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“El
resultado de la reunión entre Nixon
y Golda Meir en septiembre de 1969
no se conoce con el mismo detalle. Parece claro que EEUU e Israel llegaron a un
acuerdo secreto en los términos que deseaba Meir. No se harían pruebas nucleares que trascendieran y no habría
una declaración pública sobre el nuevo arsenal. EEUU no reconocería en público que Israel contaba con armamento
nuclear. En octubre, Rabin informa a
Kissinger de que Israel “no
se convertirá en una potencia nuclear”. Es una simple
mentira o una aplicación de la adaptación del lenguaje a las circunstancias.
Las bombas nucleares existen, pero,
al no hacerse pública su existencia, en realidad no existen.
“Además, comunica que su país estudiará firmar el TNP
después de las elecciones de noviembre. Al
año siguiente, el mismo Rabin
confirma que no habrá tal adhesión. Ya da igual. EEUU abandona toda idea de presión y pone fin a las inútiles
inspecciones de la central de Dimona.
No es necesario continuar con el teatro de las inspecciones que nunca iban a
encontrar nada. Desde entonces,
Israel mantiene una política a la que
se llama de ambigüedad nuclear. Ni
confirma ni desmiente que tenga las armas nucleares que todo el mundo sabe que
tiene. Si es necesario, reitera
los términos expresados años atrás por Rabin.
En 1986, un técnico de Dimona llamado Mordejái Vanunu se
puso en contacto con The Sunday
Times para contar lo que
sabía del arsenal atómico y aportar pruebas fotográficas. El periódico lo llevó
al Reino Unido, pero el Mossad consiguió engañarle
después y lo secuestró. Fue juzgado en secreto en Israel y condenado. Pasó 18 años en prisión, de los que once
fueron en confinamiento solitario.
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Fuentes: El Diario [Foto: Instalaciones nucleares israelíes de Dimona en una foto de 2000 (EFE)].
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CÓMO
ISRAEL CONSTRUYÓ SU ARSENAL NUCLEAR CON ENGAÑOS Y LA COMPLICIDAD DE EEUU.
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Por Iñigo Saez de Ugarte | 01/07/2025 | Palestina y Oriente Próximo.
Fuente.
Revista Rebelión martes 1 de julio del 2025.
Israel
cuenta hoy con al menos noventa cabezas nucleares, aunque el número real se
desconoce. El país se libró con facilidad de la presión ejercida por Kennedy
para permitir las inspecciones y llegó a un acuerdo con Nixon y Kissinger para
mantener en secreto la existencia de armamento nuclear.
El vuelo de un avión
espía U2 en 1958 da a Estados Unidos la primera
pista de que algo está ocurriendo en Dimona,
Israel. Las fotografías no son una prueba definitiva porque lo que se
ve en superficie no permite llegar a una conclusión clara. Es posible que para
entonces ya exista un complejo subterráneo para el procesamiento de plutonio. El programa nuclear israelí se había
iniciado antes con la firma de un pacto con Francia, por el que París
acordaba vender a su aliado en la guerra
de Suez un reactor nuclear capaz de producir grandes cantidades de plutonio y la tecnología necesaria para
separar el plutonio del combustible
irradiado del reactor.
En el último
año de su mandato,
el presidente estadounidense Eisenhower
no abre un conflicto a causa de unas
revelaciones aún no confirmadas. La Administración de John F. Kennedy adopta una posición muy diferente. La política de
no proliferación nuclear es uno de los objetivos básicos del nuevo presidente y
eso le coloca en rumbo de colisión con el primer
ministro israelí, David Ben Gurion. El político que dominó los primeros
quince años del Estado israelí no
permitirá que JFK le arranque una
concesión más de la necesaria. Ya ha comenzado el proceso por el que Israel se hará con la bomba nuclear.
Actualmente, se calcula que el Estado
judío cuenta con al menos noventa
cabezas nucleares.
Foto: Kennedy
y Ben Gurion en su reunión en Nueva York en mayo de 1961. Bettmann / Getty
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Entonces, tanto el Departamento
de Estado como la CIA reciben
informaciones o rumores sobre la colaboración de Israel y Francia. En junio de 1960,
la Embajada de EEUU en Tel Aviv pide
explicaciones por primera vez. Recibe la respuesta de que se trata de una
planta de investigación metalúrgica.
En diciembre, Washington descubre
gracias al Gobierno británico que Noruega ha vendido a Israel veinte toneladas de agua
pesada y las dudas empiezan a disiparse. El 8 de diciembre, el
director de la CIA, Allen Dulles, informa a la Casa Blanca de que Israel
está construyendo una gran central
nuclear.
La opinión
pública no tarda mucho tiempo en
enterarse. El 16 de diciembre, el diario británico Daily Express anuncia que
Israel está desarrollando “una bomba
nuclear experimental” en Dimona, una pequeña localidad situada en el
desierto del Negev.
La primera reacción israelí es la habitual en todos los
países que han conseguido la bomba. Dimona
ha sido “diseñada exclusivamente con
fines pacíficos”, dice el Gobierno de Ben
Gurion. Como Israel no cuenta oficialmente con uranio, promete que
entregará a EEUU cualquier cantidad
de plutonio que se produzca en el proceso de fisión nuclear. No es que estas
promesas tengan mucha credibilidad en el Congreso de EEUU en un principio. “Mienten
como ladrones de caballos”, dice con lenguaje
pintoresco el senador republicano Bourke Hickenlooper.
La presión de
Washington es incesante. Kennedy aún alberga esperanzas de que
el presidente Gamal Abdel Nasser no
coloque a Egipto en el bando soviético y cree compatible la alianza
con Israel con un rechazo radical a la bomba nuclear israelí. En una reunión en la suite 28A del Waldorf Astoria de Nueva York, el 30 de
mayo de 1961, se produce la
confrontación entre los dos hombres.
Ben Gurion se mantiene firme en la defensa del uso pacífico de Dimona. Israel necesita la energía nuclear para mantener plantas desalinizadoras con las que suministrar agua potable a zonas necesitadas, dice. Kennedy no se conforma con explicaciones plausibles. Exige una serie de inspecciones anuales de Dimona con la presencia de científicos neutrales para darles más credibilidad. Ben Gurion comienza a desconfiar.
BG: “¿Qué
quiere decir con neutrales?”.
JFK: “¿Cree, como Jruschov, que ningún hombre puede
ser neutral? Pensemos en Nehru” (primer ministro de India).
BG: “Sí,
Nehru es neutral, aunque tras su experiencia con China, no diría que es tan
neutral”.
JFK: “Sí. O
Suiza, Suecia o Dinamarca. ¿Se opondría a que enviáramos a un científico
neutral?”.
Ben Gurion
está acorralado. Negarse a esas
inspecciones demostraría que tiene algo que ocultar, que es precisamente lo que
está ocurriendo. Acepta, pero a partir de
entonces se embarca en una serie de maniobras de obstrucción y consigue
retrasar las visitas. Una inspección anterior no había arrojado ningún
resultado. En una segunda ocasión, los científicos sólo pueden pasar 40
minutos en Dimona y no reciben
permiso para visitar el edificio principal. Todo
está preparado para que no encuentren nada.
Kennedy podría haber aumentado la presión hasta niveles
insoportables impidiendo la venta de los misiles
antiaéreos Hawk en 1962. Por
otro lado, sin ellos es probable que Ben
Gurion no hubiera autorizado ningún tipo de inspección. Y eso es todo lo que podía conseguir EEUU en ese momento.
Los Hawks son la mejor
línea de defensa con la que Dimona puede contar ante un hipotético ataque
preventivo egipcio, como de hecho ya había amenazado Nasser. En la primera oleada de ataques para destruir a las
fuerzas aéreas egipcias en la Guerra de
los Seis Días (1967), Israel sólo
pierde ocho aviones. Uno de ellos
vuelve dañado a su base manteniendo el silencio de las comunicaciones ordenado
para la misión. Entra en el espacio aéreo de Dimona y es derribado por un Hawk.
Kennedy no ceja en
su empeño hasta que arranca un compromiso en una reunión con Shimon Peres –entonces viceministro de Defensa e implicado en el programa nuclear desde el
primer momento–, que termina
convirtiéndose en la respuesta estándar israelí para las décadas siguientes.
“Puedo
asegurarle con total claridad que no introduciremos las armas nucleares en la
región, y que ciertamente no seremos los primeros en hacerlo”, dice Peres en la Casa Blanca. Como se verá
más tarde, las palabras tendrán un significado muy peculiar a la hora de
encubrir las evidencias sobre la bomba israelí.
La
resistencia de Ben Gurion a aceptar inspecciones reales termina
enfureciendo a Kennedy. En la
historia de la relación entre ambos aliados, pocas veces EEUU ha enviado a Israel un ultimátum tan claro como el que aparece
en la carta de JFK al primer
ministro israelí del 18 de mayo de 1963.
“Este
compromiso [con la seguridad de Israel]
y este apoyo estarían en serio peligro para la opinión pública de este país y
para Occidente si este Gobierno [de
EEUU] fuera incapaz de obtener información fiable sobre un asunto tan vital
para la paz como el carácter de los esfuerzos israelíes en el campo nuclear”.
Dos hechos inesperados contribuirán a que la
tormenta amaine: la dimisión de Ben
Gurion y el asesinato de Kennedy.
Una primera respuesta del primer ministro a la carta de Washington contiene las promesas
habituales, pero también ciertas salvedades ambiguas que hacen ver a los
norteamericanos que el israelí no ha entendido el mensaje. Un mes después, Kennedy
envía una segunda carta en términos similares, si cabe más duros, y reitera la
amenaza de que el apoyo a Israel está “en serio peligro”.
Ben Gurion está
tensando la cuerda al límite, pero no tendrá que afrontar las consecuencias.
Antes de que el embajador norteamericano
pueda entregarle la segunda carta, presenta la dimisión de forma inesperada. La
noticia causa un gran impacto en Israel.
El político más poderoso del país
se retira de todos sus cargos: primer ministro, ministro de Defensa y líder del partido Mapai (que
luego será el Partido Laborista).
Varios políticos e historiadores creen que el conflicto con Washington es lo que ha originado la dimisión. Incluso algunos
opinan que fue forzada por Kennedy.
Sin embargo, no parece que sea así. En el libro ‘Support Any Friend. Kennedy’s Middle East and the Making of the
U.S.-Israel Alliance’, el historiador Warren Bass sostiene que la razón no
hay que buscarla en el programa nuclear. La posición de dentro de su partido
era insostenible. La vieja guardia del Ben
Gurion Mapai
“estaba
convencida de que Ben Gurion iba a
pasar por encima de la vieja generación de líderes y colocar a (Shimon) Peres y (Moshe) Dayan al frente del partido”. No iban a permitirlo.
Foto: Ben
Gurion y el general Ariel Sharon en una visita a instalaciones militares en el
Sinaí en 1971. Getty
*****
Sin el
carácter indomable de Ben Gurion, muchos creen que el
sucesor, Levi Eshkol, será un líder de transición. Pero en el
caso del conflicto nuclear con EEUU, su perfil bajo y alergia a los grandes enfrentamientos le resultan
muy útiles.
Eshkol no tiene la
menor intención de correr riesgos en la relación con Washington. Es demasiado valiosa como para adoptar una actitud
obstruccionista. Bass cuenta en su
libro un viejo chiste israelí en el que unos agricultores se presentan en el
despacho del primer ministro para quejarse de los efectos de una terrible
sequía. “¿Dónde?”, pregunta un
alarmado Eshkol. “En el Negev, por
supuesto”, le dicen. “Menos mal”,
comenta Eshkol, mucho más aliviado. “Pensaba que era en EEUU”.
Donde Ben
Gurion había sido intransigente, su sucesor es flexible y conciliador. Acepta
la idea de inspecciones regulares sin concretar demasiado. En ese momento, la prioridad es reducir al
mínimo las tensiones en una relación que es estratégica para Israel. Ya habrá tiempo de ocuparse de que el programa nuclear siga
oculto. Kennedy se da de momento por
satisfecho.
Su muerte en
noviembre de 1963 no provoca un
giro completo en las relaciones con Israel.
Sí acelera la profundización de la alianza. Lyndon Johnson no está tan comprometido con la idea de no
proliferación. Nunca permite que el
programa nuclear israelí interfiera en su diálogo con Eshkol. Y da inicio a una etapa que se prolonga hasta nuestros días
de venta del mejor armamento a Israel. 210 tanques M-48 en 1965. 48 bombarderos Skyhawk en 1966, la primera gran
venta de aviones. 50 bombarderos F-4 Phantom en 1968.
Las
inspecciones de Dimona –Kennedy
quería que fueran dos al año– se reducen a una sola. Los norteamericanos ven lo que los israelíes quieren que vean. En junio
de 1966, The New York Times informa de que la
última visita confirma a Washington “la
conclusión inicial de que la central no se está utilizando para fabricar armas
atómicas”. Lo que no conoces no te puede hacer daño.
En algún
momento de la presidencia de Johnson, Israel concluye los trabajos
de su primera bomba nuclear.
Según el historiador israelí Avner Cohen, cuando llega la guerra
de 1967, el país ya cuenta con “capacidad
armamentística nuclear, rudimentaria pero operativa”, probablemente dos
bombas nucleares.
La Administración Johnson nunca se ve en la tesitura de tomar una decisión al no poder ignorar que Israel tiene la bomba. Nixon no tiene esa posibilidad. Cuando plantea en varias ocasiones al Gobierno de Golda Meir que la aparición de armas nucleares en Oriente Medio es “una amenaza directa a la seguridad nacional de Estados Unidos” porque supondría un grave revés para los intentos de impedir la extensión de esas armas en todo el mundo, Israel comienza a dar forma a la política de ambigüedad calculada que persiste hasta nuestros días. Para ello, es necesario retorcer la verdad, aplicar a ciertos conceptos un significado discutible y hacer creer a Washington que estaría dispuesta a firmar el Tratado de No Proliferación.
Foto: Golda
Meir, Richard Nixon y Henry Kissinger en la visita de la primera ministra
israelí a Washington en 1973. Getty.
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Al final,
Richard Nixon y Henry Kissinger
deciden que la capacidad de presión de su
Gobierno sobre Israel es limitada y
que llevarla hasta sus últimas consecuencias sería incluso contraproducente
para la política de no proliferación.
Tras la
llegada de Nixon a la Casa Blanca, la bomba israelí es ya el fantasma del que todos hablan en los Departamentos de Estado
y de Defensa en Washington, aunque
los hay que harán todo lo posible por ocultarlo. Entre ellos, está el
embajador norteamericano en Tel Aviv, Walworth Barbour, en el cargo desde 1961 (lo fue durante doce años).
Barbour asiste a una
reunión en el Departamento de Estado al comenzar 1969 donde recibe un informe
sobre lo que los servicios de Inteligencia conocen del programa de armas nucleares israelíes. En un
momento dado, el embajador se levanta y da por zanjada la cuestión: “Caballeros,
no me creo ni una palabra de esto”.
Hay una
persona que no da crédito a lo que escucha, quizá porque sólo unos meses antes
había dado a Barbour esa información
sin que se produjera la misma reacción. Fuera de los oídos de los demás, le
dice: “Señor embajador, usted sabe que
esto es cierto”. El diplomático le
deja claro cuáles son sus prioridades:
“Si yo lo reconociera, tendría que
ir al presidente [para informarle]. Y si él lo admite, tendría que hacer algo
al respecto. El presidente no me
envió para meterle en problemas. No quiere que le den malas noticias”.
Todas las
claves de lo que termina siendo la luz verde de EEUU a la bomba israelí están en un informe que Kissinger envía a Nixon en
julio de 1969, desclasificado en 2001,
poco antes de una visita de Golda
Meir a la Casa Blanca. El consejero de Seguridad
Nacional presenta ahí el consenso existente entre los principales departamentos
implicados y hace sus propias recomendaciones.
El texto es en sí mismo un manual de la realpolitik. Se establecen unos principios claros de
la política
exterior norteamericana, pero, al
mismo tiempo, se admite que hacerlos cumplir perjudicaría por otras razones a
los intereses del país. El silencio es la forma con que se salva esa
contradicción. Si los israelíes
quieren tener algo, la única alternativa viable es que no se sepa. Golda Meir no podría estar más de
acuerdo.
Kissinger establece
que la presencia de armas nucleares en Oriente
Medio va contra los intereses de EEUU.
Acto seguido, detalla el potencial israelí:
“Israel tiene 12 misiles
superficie-superficie entregados por Francia. Ha puesto en marcha una cadena de
producción y planea tener para finales de 1970
una fuerza total de 24-30, diez de
los cuales están programados para llevar cabezas nucleares”.
¿Cuál es la principal y única baza con la que cuenta EEUU para presionar, dado que nadie se imagina que vaya a imponer sanciones a su aliado? La venta de los bombarderos F-4 Phantom, prometida por Johnson y que está previsto que se inicie en septiembre. Kissinger apunta que, cuando se firmó ese contrato, Israel se comprometió a “no ser el primero en introducir armas nucleares en Oriente Medio”. Hay que recordar que los F-4 pueden adaptarse para lanzar una bomba nuclear.
Para salvar
el salto entre el lenguaje y la realidad, los israelíes tienen su propia definición de
la palabra introducir. Según ha contado Yitzhak Rabin a sus interlocutores (entonces embajador
israelí en Washington), es lícito
contar con armas nucleares mientras no hagan una prueba nuclear, desplieguen esas armas o hagan pública su
posesión. Si no hacen nada que sirva
al mundo para ser consciente de que existe una nueva potencia nuclear, en ese
caso no estarían introduciendo las nuevas armas en la región.
“Al firmar el contrato [de venta de
los F-4], escribimos a Rabin para
decirle que creemos que la simple ‘posesión’ constituye una ‘introducción’, y
que la introducción de armas nucleares por Israel
sería para nosotros causa suficiente para cancelar el contrato”, prosigue Kissinger.
Con ser
peligrosa, la posesión de armas nucleares no lo es tanto como el hecho de que
trascienda. Podría hacer que la URSS
extendiera su paraguas nuclear sobre los países árabes y reforzar su control
sobre ellos. Kissinger se pone en la
piel del Politburó para afirmar que
los soviéticos también preferirían no saber y no tener por tanto que cumplir los
compromisos con sus aliados.
A EEUU le interesa “como mínimo” que Israel firme el TNP.
Con una mezcla de cinismo y realismo,
Kissinger admite que quizá sea irrelevante. “No es que firmar suponga
alguna diferencia en el programa nuclear israelí, porque Israel podría fabricar las cabezas nucleares de forma clandestina”.
Al menos, la firma les daría la opción de tratar el asunto abiertamente con el Gobierno de Golda Meir.
Los objetivos
norteamericanos planteados a Nixon son que Israel firme el TNP, que
se comprometa por escrito a no ser el primer país en introducir las armas
nucleares en Oriente Medio, quedando
claro que posesión es sinónimo de
introducción (aunque Kissinger
dice que podrían darse por satisfechos siempre que no se concluya hasta el
final el proceso de ensamblaje de una cabeza nuclear o su instalación en un misil); y que detenga la producción
y despliegue de los misiles Jericó o cualquier otro misil capaz de transportar una cabeza nuclear.
De inmediato,
Kissinger plantea a Nixon por qué estos tres objetivos son
de hecho inalcanzables. Este “dilema”
se basa en que “Israel no nos tomará en
serio” si no estamos en condiciones de amenazar con cancelar la venta de aviones o incluso toda la relación
militar entre los dos países, incluida la venta
de armamento. Se puede realizar esa presión, pero no será efectiva si
no se está dispuesto a llegar hasta el
final.
Y lo que
Kissinger le dice a Nixon es que no pueden. Negar
a Israel los aviones provocaría
una “enorme presión pública” sobre
el Gobierno –hay que suponer que por la probable protesta de la comunidad judía norteamericana y del
Congreso–.
“Estaríamos
en una posición indefendible si no pudiéramos declarar por qué hemos retirado
los aviones. Pero si explicamos nuestra posición en público, seríamos nosotros
los que estaríamos desvelando la posesión de armas nucleares por Israel, con
todas las consecuencias internacionales que eso conlleva”.
El resultado de la reunión entre Nixon y Golda Meir en septiembre de 1969 no se conoce con el mismo detalle. Parece claro que EEUU e Israel llegaron a un acuerdo secreto en los
términos que deseaba Meir. No se
harían pruebas nucleares que trascendieran y no habría una declaración pública
sobre el nuevo arsenal. EEUU no
reconocería en público que Israel contaba con armamento nuclear.
En octubre,
Rabin informa a Kissinger de que Israel “no se convertirá en una potencia nuclear”. Es una simple mentira o una aplicación de la
adaptación del lenguaje a las circunstancias. Las bombas nucleares existen, pero, al no hacerse pública su existencia,
en realidad no existen.
Además, comunica que su país estudiará firmar el TNP después de las elecciones de noviembre. Al año siguiente, el mismo Rabin confirma que no habrá tal adhesión. Ya da igual. EEUU abandona toda idea de presión y pone fin a las inútiles inspecciones de la central de Dimona. No es necesario continuar con el teatro de las inspecciones que nunca iban a encontrar nada.
Desde
entonces, Israel mantiene una política a la que se llama de ambigüedad nuclear. Ni confirma ni
desmiente que tenga las armas nucleares que todo el mundo sabe que tiene. Si es necesario, reitera los términos
expresados años atrás por Rabin. En
1986, un técnico de Dimona llamado Mordejái Vanunu se
puso en contacto con The Sunday
Times para contar lo que
sabía del arsenal atómico y aportar pruebas fotográficas. El periódico lo llevó
al Reino Unido, pero el Mossad consiguió engañarle
después y lo secuestró. Fue juzgado en secreto en Israel y condenado. Pasó 18
años en prisión, de los que once fueron en confinamiento solitario.
El entonces
primer ministro, Ehud Olmert, cometió un desliz en una entrevista con
una televisión alemana en 2006 al dar a entender que Israel
contaba con armas nucleares. Recibió muchas críticas de la oposición entre
las que destacó la del exministro de
Exteriores Silvan Shalom, del Likud.
“Siempre
nos enfrentamos a la misma cuestión cuando nuestros enemigos preguntan: ¿por
qué se permite a Israel tener la bomba y no a Irán?”.
Esa es la
pregunta que todos los presidentes norteamericanos posteriores a Nixon no han
querido responder en público.
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