domingo, 15 de marzo de 2026

LA VULGARIDAD COMO SÍNTOMA DE ÉPOCA. EL LENGUAJE COMO UN ARMA PARA HUMILLAR, SILENCIAR Y DESPOLITIZAR.

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“Odio, despolitización y crueldad. La economía política del odio no produce politización, sino su contrario. Al reducir el conflicto social a batallas morales simplificadas, se ocultan las estructuras materiales de desigualdad y poder financieroEl enemigo ya no es un sistema, sino un individuo ridiculizado. La crueldad discursiva se normaliza como entretenimiento y como prueba de autenticidad. En este proceso, la ciudadanía es entrenada para reaccionar, no para comprender. La fe sustituye a la evidencia; la pertenencia afectiva, al análisis.

“Donald Trump, el espejo de Javier Milei no constituye una anomalía excéntrica dentro del sistema político estadounidense, sino la explicitación extrema de tendencias largamente incubadas en el neoliberalismo tardío anglosajón. Su irrupción no inaugura la vulgaridad política, la convierte en doctrina de poder. En este sentido, Trump opera como prototipo transnacional, un modelo exportable que articula agresión discursiva, desinformación sistemática y fetichización del éxito financiero.

“Trump construye un vínculo cuasirreligioso con su base electoral. El líder no es evaluado por resultados, sino venerado por su capacidad de transgredir normas. La vulgaridad se presenta como autenticidad; la agresión, como coraje; la ignorancia, como prueba de independencia frente a las élites culturales. Este régimen de fe política desplaza la racionalidad democrática. El seguidor no exige consistencia programática ni rendición de cuentas. Exige lealtad simbólica. La traición ya no es cambiar de posición, sino dudar.

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Javier Milei, el mejor alumno del presidente norteamericano Donald Trump. (EFE/EFE)

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LA VULGARIDAD COMO SÍNTOMA DE ÉPOCA.

EL LENGUAJE COMO UN ARMA PARA HUMILLAR, SILENCIAR Y DESPOLITIZAR.

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La vulgaridad tiene un papel estructural en los discursos de Javier Milei en la Argentina y Donald Trump en los Estados Unidos. No constituye un exceso retórico accidental sino un instrumento de dominación.

Por Pablo Tigani.

Dr. En Ciencia Política.

Fuente. Página /12 domingo 14 de marzo del 2026.

La vulgaridad no constituye un exceso retórico accidental, sino un instrumento estratégico de dominación, despolitización y violencia simbólica. Su uso sistemático, la agresión performativa y la jerga económica opaca produce un régimen de creencia antes que de conocimiento, sustituyendo la validación empírica por la adhesión afectiva.

Este proceso es reforzado por plataformas digitales, ecosistemas de trolls y formaciones ideológicas propias de ciertas escuelas de negocios hostiles al pensamiento crítico. Al situar estos fenómenos en el marco más amplio del autoritarismo neoliberal y del poder financiero global, sostenemos que la vulgaridad opera como una tecnología de gobierno que erosiona la deliberación democrática, legitima la crueldad social y normaliza la degradación institucional.

Agresión.

La vulgaridad es el núcleo operativo del discurso político contemporáneo. En la Argentina actual, como en los Estados Unidos de la era Trump, la obscenidad verbal, el insulto sistemático, la agresión performativa y la jerga económica ininteligible no constituyen desvíos del orden democrático, sino su mutación autoritaria. Javier Milei no es simplemente un político “mal educado”; es la expresión concentrada de un régimen discursivo que desprecia el conocimiento, ridiculiza la evidencia y sustituye la razón pública por la fe.

La escena se repite ahora con una regularidad inquietante. Vuelven el economista sin trayectoria académica sólida, los tuiteros profesionalizados y los egresados de escuelas de negocios que repiten consignas huecas envueltas en tecnicismos vacíos, mientras reducen toda crítica a insultos, amenazas o acusaciones morales. No hay debate, hay escarnio. No hay argumentos, hay obscenidad. El lenguaje se vuelve un arma para humillar, silenciar y despolitizar.



Problema político.

Desde una perspectiva sociológica crítica, el lenguaje no es un instrumento neutral de transmisión de ideas, sino un campo de lucha donde se producen y reproducen jerarquías sociales, cognitivas y morales. Como mostró Bourdieu, toda práctica lingüística está atravesada por relaciones de poder que determinan qué formas de decir son legítimas y cuáles son descalificadas como ignorantes, impropias o irrelevantes. La vulgaridad, en este sentido, no es simplemente “hablar mal”, sino intervenir estratégicamente en el “mercado lingüístico” para producir efectos de dominación simbólica.

Esta intervención adopta una forma específica, la inversión del principio de legitimidad. Allí donde el discurso político moderno se apoyaba -al menos normativamente- en la racionalidad, la argumentación y la referencia empírica, el discurso vulgar se legitima por su capacidad de humillar, agredir y desorganizar cognitivamente al interlocutor. El insulto sustituye al argumento; la obscenidad, a la demostración; la violencia verbal, al debate.

Este desplazamiento es clave, el poder deja de persuadir para imponer climas emocionales como en el Congreso, el primero de marzo. El odio, el desprecio y la burla se convierten en formas ordinarias de relación política. En este sentido, la vulgaridad no es antihegemónica, como a veces se la presenta, sino profundamente funcional a una hegemonía que ya no necesita convencer, sino neutralizar.

Los llamados “trolls” no son meros usuarios exaltados, sino nodos de una división del trabajo digital que articula influencers, cuentas automatizadas, operadores semiprofesionalizados y funcionarios con acceso privilegiado a información y amplificación.



Milei-Trump y la máquina transnacional.

Los casos de Javier Milei y Donald Trump no pueden analizarse aisladamente. Ambos se inscriben en un ecosistema transnacional donde circulan estrategias, formatos y lenguajes. La retórica del insulto, la teatralización del enemigo y la exaltación de la ignorancia como virtud se replican con sorprendente coherencia.

El ecosistema Milei-Trump funciona como una máquina discursiva que articula tres niveles: liderazgo carismático, operadores digitales y plataformas algorítmicasEl líder produce enunciados provocativos; los trolls los amplifican y radicalizan; las plataformas los monetizan.

Odio, despolitización y crueldad.

La economía política del odio no produce politización, sino su contrario. Al reducir el conflicto social a batallas morales simplificadas, se ocultan las estructuras materiales de desigualdad y poder financieroEl enemigo ya no es un sistema, sino un individuo ridiculizado.

La crueldad discursiva se normaliza como entretenimiento y como prueba de autenticidad. En este proceso, la ciudadanía es entrenada para reaccionar, no para comprender. La fe sustituye a la evidencia; la pertenencia afectiva, al análisis.

Donald Trump, el espejo de Javier Milei no constituye una anomalía excéntrica dentro del sistema político estadounidense, sino la explicitación extrema de tendencias largamente incubadas en el neoliberalismo tardío anglosajón. Su irrupción no inaugura la vulgaridad política, la convierte en doctrina de poder. En este sentido, Trump opera como prototipo transnacional, un modelo exportable que articula agresión discursiva, desinformación sistemática y fetichización del éxito financiero.

Trump construye un vínculo cuasirreligioso con su base electoral. El líder no es evaluado por resultados, sino venerado por su capacidad de transgredir normas. La vulgaridad se presenta como autenticidad; la agresión, como coraje; la ignorancia, como prueba de independencia frente a las élites culturales.

Este régimen de fe política desplaza la racionalidad democrática. El seguidor no exige consistencia programática ni rendición de cuentas. Exige lealtad simbólica. La traición ya no es cambiar de posición, sino dudar.



El caso argentino.

Las similitudes entre Trump y Milei no son accidentales. Ambos movilizan el insulto como método, la mentira como rutina y la fe como sustituto del conocimiento. Ambos se apoyan en ecosistemas digitales que amplifican la agresión y penalizan la crítica.

La diferencia central reside en la posición estructural de cada país en el sistema internacional. Mientras Estados Unidos exporta modelos de dominación simbólica, países periféricos como la Argentina los importan y los radicalizan.

En los países centrales, la vulgaridad autoritaria coexiste con mayores colchones institucionales. En la periferia, donde las capacidades estatales son más frágiles, la importación de estos modelos produce daños sociales más intensos y duraderos.

Pablo Tigani es Doctor en Ciencia Política y Máster en Política Económica Internacional

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