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“Odio, despolitización y crueldad. La economía política del odio no
produce politización,
sino su contrario. Al reducir el conflicto social a batallas morales
simplificadas, se ocultan las estructuras materiales de desigualdad y poder
financiero. El enemigo ya no es un sistema, sino un
individuo ridiculizado. La crueldad discursiva se normaliza
como entretenimiento
y como prueba de autenticidad. En este proceso, la ciudadanía es
entrenada para reaccionar, no para comprender. La fe sustituye a la
evidencia; la pertenencia afectiva, al análisis.
“Donald Trump, el espejo de Javier Milei no constituye
una anomalía excéntrica dentro del sistema político estadounidense, sino
la explicitación extrema de tendencias largamente incubadas en el
neoliberalismo tardío anglosajón. Su irrupción no inaugura la
vulgaridad política, la convierte en doctrina de poder. En este sentido, Trump
opera como prototipo transnacional, un modelo exportable que articula
agresión discursiva, desinformación sistemática y fetichización del éxito
financiero.
“Trump construye un vínculo cuasirreligioso
con su base electoral. El líder no es evaluado por resultados, sino venerado
por su capacidad de transgredir normas. La vulgaridad se presenta como autenticidad; la
agresión, como coraje; la ignorancia, como prueba de independencia frente a las
élites culturales. Este régimen de fe política desplaza la
racionalidad democrática. El seguidor no exige consistencia programática
ni rendición de cuentas. Exige lealtad simbólica. La traición ya no es
cambiar de posición, sino dudar.
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Javier Milei, el mejor alumno del presidente norteamericano Donald Trump. (EFE/EFE)
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LA VULGARIDAD COMO SÍNTOMA DE ÉPOCA.
EL LENGUAJE COMO UN ARMA PARA HUMILLAR, SILENCIAR Y DESPOLITIZAR.
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La vulgaridad tiene un papel
estructural en los discursos de Javier Milei en la Argentina y Donald Trump en
los Estados Unidos. No constituye un exceso retórico accidental sino un
instrumento de dominación.
Por Pablo Tigani.
Dr. En
Ciencia Política.
Fuente. Página /12 domingo 14 de marzo del 2026.
La vulgaridad no constituye un exceso
retórico accidental, sino un instrumento estratégico de dominación, despolitización
y violencia simbólica.
Su uso sistemático, la agresión performativa y la jerga económica opaca produce
un régimen de creencia antes que de conocimiento, sustituyendo la validación
empírica por la adhesión afectiva.
Este proceso es reforzado por
plataformas digitales, ecosistemas de trolls y formaciones ideológicas propias de ciertas escuelas de
negocios hostiles al pensamiento crítico. Al situar estos fenómenos en el marco
más amplio del autoritarismo neoliberal y del poder financiero global, sostenemos
que la vulgaridad opera como una tecnología de gobierno que erosiona la
deliberación democrática, legitima la crueldad social y normaliza la
degradación institucional.
Agresión.
La vulgaridad es el núcleo operativo
del discurso político contemporáneo. En la Argentina actual, como en los Estados Unidos de la
era Trump, la obscenidad verbal, el insulto sistemático, la agresión
performativa y la jerga económica ininteligible no constituyen desvíos
del orden democrático, sino su mutación autoritaria. Javier
Milei no es simplemente un político “mal educado”; es la expresión
concentrada de un régimen discursivo que desprecia el conocimiento, ridiculiza
la evidencia y sustituye la razón pública por la fe.
La escena se repite ahora con una
regularidad inquietante. Vuelven el economista sin trayectoria académica sólida, los
tuiteros profesionalizados y los egresados de escuelas de negocios
que repiten consignas huecas envueltas en tecnicismos vacíos, mientras reducen
toda crítica a insultos, amenazas o acusaciones morales. No hay debate,
hay escarnio. No hay argumentos, hay obscenidad. El lenguaje se vuelve
un arma para humillar, silenciar y despolitizar.
Problema político.
Desde una perspectiva sociológica
crítica, el lenguaje
no es un instrumento neutral de transmisión de ideas, sino un campo de
lucha donde se producen y reproducen jerarquías sociales, cognitivas y
morales. Como mostró Bourdieu, toda práctica lingüística está atravesada
por relaciones de poder que determinan qué formas de decir son legítimas
y cuáles son descalificadas como ignorantes, impropias o irrelevantes. La
vulgaridad, en este sentido, no es simplemente “hablar mal”, sino intervenir estratégicamente en el “mercado
lingüístico” para producir efectos de dominación simbólica.
Esta intervención adopta una forma
específica, la
inversión del principio de legitimidad. Allí donde el discurso político
moderno se apoyaba -al menos normativamente- en la racionalidad, la
argumentación y la referencia empírica, el discurso vulgar se legitima
por su capacidad de humillar, agredir y desorganizar cognitivamente al
interlocutor. El insulto sustituye al argumento; la obscenidad, a
la demostración; la violencia verbal, al debate.
Este desplazamiento es clave, el poder
deja de persuadir para imponer climas emocionales como en el Congreso, el
primero de marzo. El odio, el desprecio y la burla se convierten en
formas ordinarias de relación política. En este sentido, la vulgaridad
no es antihegemónica, como a veces se la presenta, sino
profundamente funcional a una hegemonía que ya no necesita convencer, sino
neutralizar.
Los llamados “trolls” no son meros usuarios exaltados, sino nodos de una división del trabajo digital que articula influencers, cuentas automatizadas, operadores semiprofesionalizados y funcionarios con acceso privilegiado a información y amplificación.
Milei-Trump y la máquina transnacional.
Los casos de Javier Milei y Donald
Trump no pueden
analizarse aisladamente. Ambos se inscriben en un ecosistema transnacional
donde circulan estrategias, formatos y lenguajes. La retórica del
insulto, la teatralización del enemigo y la exaltación de la
ignorancia como virtud se replican con sorprendente coherencia.
El ecosistema Milei-Trump
funciona como una máquina discursiva que articula tres niveles: liderazgo
carismático, operadores digitales y plataformas algorítmicas. El líder produce enunciados
provocativos; los trolls los amplifican y radicalizan; las
plataformas los monetizan.
Odio, despolitización y crueldad.
La economía política del odio no
produce politización,
sino su contrario. Al reducir el conflicto social a batallas morales
simplificadas, se ocultan las estructuras materiales de desigualdad y poder
financiero. El enemigo ya no es un sistema, sino un
individuo ridiculizado.
La crueldad discursiva se normaliza
como entretenimiento
y como prueba de autenticidad. En este proceso, la ciudadanía es
entrenada para reaccionar, no para comprender. La fe sustituye a la
evidencia; la pertenencia afectiva, al análisis.
Donald Trump, el espejo de Javier
Milei no constituye
una anomalía excéntrica dentro del sistema político estadounidense, sino
la explicitación extrema de tendencias largamente incubadas en el
neoliberalismo tardío anglosajón. Su irrupción no inaugura la
vulgaridad política, la convierte en doctrina de poder. En este sentido, Trump
opera como prototipo transnacional, un modelo exportable que articula
agresión discursiva, desinformación sistemática y fetichización del éxito
financiero.
Trump construye un vínculo cuasirreligioso
con su base electoral. El líder no es evaluado por resultados, sino venerado
por su capacidad de transgredir normas. La vulgaridad se presenta como autenticidad; la
agresión, como coraje; la ignorancia, como prueba de independencia frente a las
élites culturales.
Este régimen de fe política desplaza la racionalidad democrática. El seguidor no exige consistencia programática ni rendición de cuentas. Exige lealtad simbólica. La traición ya no es cambiar de posición, sino dudar.
El caso argentino.
Las similitudes entre Trump y Milei
no son accidentales. Ambos movilizan el insulto como método, la mentira como
rutina y la fe como
sustituto del conocimiento. Ambos se apoyan en ecosistemas digitales que
amplifican la agresión y penalizan la crítica.
La diferencia central reside en la
posición estructural
de cada país en el sistema internacional. Mientras Estados Unidos
exporta modelos de dominación simbólica, países periféricos como la
Argentina los importan y los radicalizan.
En los países centrales, la vulgaridad
autoritaria coexiste con mayores colchones institucionales. En la periferia, donde las
capacidades estatales son más frágiles, la importación de estos modelos
produce daños sociales más intensos y duraderos.
Pablo
Tigani es
Doctor en Ciencia Política y Máster en Política Económica Internacional
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