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“Desde
la Unión Europea se ha optado por una reacción acotada y medida por la cautela, si bien la
solidaridad con Dinamarca y Groenlandia es total. Ningún gobernante quiere tener a Trump como enemigo, y si bien el diálogo se da de manera fluida, con
contactos intensos y casi diarios, es
poco lo que logra visualizarse desde
el exterior. Dentro de un paquete mínimo
de medidas, hay algunas bajo análisis como las restricciones comerciales, los
aranceles e incluso las sanciones
hacia sectores específicos de la economía estadounidense. Pero, al menos por ahora, no existen coincidencias sobre una misma
estrategia a seguir, y tampoco hay mecanismos
dentro del bloque que convoque a los países a operar de manera unificada
frente a este desafío mayúsculo. Con todo, la identidad europea se encuentra hoy abroquelada. Más difícil es la situación en el
interior de la OTAN ya que los
gobiernos que la componen podrían estar
sujetos a solicitudes de asistencia contrapuestas
tanto por parte de Dinamarca como
de Estados Unidos: cualquiera de los
dos podría invocar al famoso Artículo 5 para que el bloque actúe
contra el otro. La controversia
podría causar divisiones internas y
erosionar la confianza entre sus miembros, más aún, si se toma en cuenta que el mismo país del que la OTAN ha dependido durante los últimos 75
años, es ahora el mismo frente al
que se estaría requiriendo protección.
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GOLPE EN EL CORAZÓN DE LA
OTAN.
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Por Daniel
Kersffeld.
Fuente. Página /. 12 viernes 4 de abril del 2025
Tal parece que si
la OTAN entra en una
crisis estructural no será por enfrentarse con Rusia ni por combatir a China.
La Alianza Atlántica parece resquebrajarse por las disidencias
internas, primero, ante el giro de Washington
ante Moscú y por la estrategia que seguiría Europa en la defensa de Ucrania. Sin embargo, ahora las
tensiones se han extremado con el
interés de Estados Unidos por apropiarse de Groenlandia, territorio autónomo perteneciente a un aliado
incuestionable: el reino de Dinamarca.
Las intenciones del gobierno
estadounidense no son nuevas: estuvieron presentes ya desde mediados del siglo XIX, y volvieron a cobrar vigencia durante
la Segunda Guerra Mundial, cuando
Dinamarca fue sojuzgada por la Alemania nazi, y desde el Pentágono se ordenó una ocupación de hecho y la instalación de 17 bases militares en la isla. Durante la Guerra Fría la presencia estadounidense en Groenlandia
se intensificó, no sólo por la movilización de personal (la base de
Thule llegó a contar con más 10 mil
técnicos), sino también por el establecimiento de un sistema de radares especializados en la detección temprana de
misiles enviados desde la Unión
Soviética.
Si en el anterior mandato presidencial de Donald Trump las apetencias sobre la isla volvieron a evidenciarse, en estos últimos meses se reactualizaron ya cuando el mandatario planteó que Estados Unidos necesitaba tomar el control de Groenlandia por “razones de seguridad nacional”.
Las tierras raras y los diversos metales existentes
en el subsuelo de la isla, junto con su creciente
peso geopolítico en el Ártico
frente a la rivalidad contra China y
Rusia justificarían, incluso, una acción militar para su toma, según la declaración presidencial que generó una
alerta máxima, no sólo en Dinamarca
sino en toda Europa.
En un segundo momento premeditado, el vicepresidente
J. D. Vance viajó a
la isla y desde allí acusó al gobierno danés de descuidar la infraestructura y el bienestar de sus
comunidades. Apuntando nuevamente a la seguridad
nacional, el segundo de la Casa
Blanca concluyó en que lo “importante es que Estados Unidos tome el
liderazgo en el Ártico”.
En el gobierno centrista de la actual primera ministra Mette Frederiksen, que lidera una amplia coalición de socialdemócratas, liberales y conservadores moderados, hoy
imperan la confusión, la desconfianza y
el desconcierto. Tal como lo expresó el anterior primer ministro Lars Lokke Rasmussen
“Así
no se habla con los aliados cercanos. Y sigo considerando a Dinamarca y Estados
Unidos como aliados cercanos”.
En tanto
que, en sintonía con las directivas de
la OTAN, el pasado 11 de febrero el
Forsvarets Efterretningstjeneste (FE),
la agencia de inteligencia y seguridad
de Dinamarca, volvió a señalar a Rusia como la principal amenaza para la seguridad del país, pero también para la
subsistencia de la Unión Europea.
Una persistente y llamativa negación de la realidad
que tiende a obviar cualquier implicación y consecuencia de la política de Washington
frente a Groenlandia.
Como si se preparada para una guerra
frente a un enemigo todavía sin definición, Copenhague
procedió a la compra inmediata de equipos
para monitorear infraestructuras submarinas críticas y de
varios cientos de minas navales.
Inauguró una fábrica de drones militares,
expresó su interés por adquirir 21 buques de patrullaje para su armada y cuatro buques especializados en protección ambiental, y declaró su intensión en formar parte
de la Unidad Multinacional de la OTAN
dedicada a la protección de buques
cisterna. Todo ello, mientras el gobierno
anunciaba un incremento histórico de más de 7 mil millones de dólares
para equipar a las fuerzas armadas.
Una verdadera carrera armamentista incentivada
por la desesperación y por los peores fantasmas, y que sustrae recursos a la creciente demanda social que se percibe en el
escenario danés.
Desde la Unión Europea se ha optado por una reacción acotada y medida por la cautela, si bien la
solidaridad con Dinamarca y Groenlandia es total. Ningún gobernante quiere tener a Trump como enemigo, y si bien el diálogo se da de manera fluida, con
contactos intensos y casi diarios, es
poco lo que logra visualizarse desde
el exterior. Dentro de un paquete mínimo
de medidas, hay algunas bajo análisis como las restricciones comerciales, los
aranceles e incluso las sanciones
hacia sectores específicos de la economía estadounidense.
Pero,
al menos por ahora, no existen
coincidencias sobre una misma estrategia a seguir, y tampoco hay mecanismos dentro del bloque que
convoque a los países a operar de manera unificada frente a este desafío mayúsculo.
Con todo, la identidad europea se
encuentra hoy abroquelada.
Más difícil
es la situación en el interior de la
OTAN ya que los gobiernos que la componen
podrían estar sujetos a solicitudes de asistencia contrapuestas tanto por parte de Dinamarca como de Estados
Unidos: cualquiera de los dos podría
invocar al famoso Artículo 5 para
que el bloque actúe contra el otro. La
controversia podría causar divisiones
internas y erosionar la confianza entre sus miembros, más aún, si se toma en cuenta que el mismo país
del que la OTAN ha dependido durante
los últimos 75 años, es ahora el mismo frente al que se estaría requiriendo
protección.
Ante este inédito escenario, la principal certeza entre los mandatarios
europeos es que la apuesta de Trump
por Groenlandia no tiene únicamente
como objetivo a Dinamarca.
En el fondo, se trataría de una estrategia para debilitar al
extremo a la OTAN,
cuyo peso económico y militar
resulta excesivo para los Estados
Unidos, dispuestos hoy a entrar en conflicto con sus históricos aliados
ante una nueva estrategia global y el
rediseño de sus relaciones internacionales.
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