&&&&&
“La alternativa más racional para Trump no sería buscar una victoria,
sino negociar por capas: estabilizar el frente iraní, preservar flujos
mínimos de tierras raras, limitar los controles tecnológicos a
criterios de seguridad nacional verdaderamente defendibles, reducir
el uso performativo de aranceles y reconstruir una coordinación
seria con aliados. Pero eso exige disciplina estratégica. Exige
aceptar que no todo anuncio ruidoso es una victoria. Exige entender
que una economía interdependiente no se gobierna solo con amenazas.
Y exige algo que Trump rara vez practica: distinguir entre presión y estrategia.
“China, en cambio, parece estar jugando
una partida más institucional. No responde únicamente con
castigos puntuales, sino con marcos legales que condicionan el
comportamiento de empresas, gobiernos y cadenas de suministro. No se
limita a contestar golpe por golpe. Rediseña el terreno donde se produce
el golpe. Ahí reside la diferencia fundamental. Washington usa la
sanción como látigo. Beijing está construyendo un sistema para
que obedecer ese látigo también tenga costo.
“Por eso, si Trump llega a Beijing creyendo que todavía puede
intimidar a China con el repertorio habitual, corre el riesgo
de confundir ruido con poder. Su problema no es la falta
absoluta de cartas. Su problema es que todas sus cartas tienen reverso.
Cada arancel puede encarecer su propia economía. Cada control
tecnológico puede acelerar la autonomía china. Cada sanción puede
activar una orden de bloqueo. Cada amenaza financiera puede abrir un
frente sistémico. Cada gesto unilateral puede empujar a los aliados a la
cautela. China ya no espera pasivamente el próximo golpe. Lo
anticipa, lo encuadra jurídicamente y lo convierte en un costo para terceros.
/////
Fuentes: El tábano economista.
*****
TRUMP SIN UN «AS EN LA MANGA» EN EL ENCUENTRO
CON CHINA.
*****
Por Alejandro Marcó del
Pont | 11/05/2026 | Economía
Fuentes. Revista rebelión lunes 11 de
mayo del 2026.
Trump, Xi y la diplomacia del daño
mutuo (El Tábano Economista)
Donald Trump llegará a su encuentro
con Xi Jinping en Beijing con una certeza incómoda, todavía puede hacer daño,
pero ya no puede dictar las reglas del juego. Su repertorio es conocido, ruidoso y políticamente poco
eficaz ante su electorado: aranceles, amenazas, controles tecnológicos,
presión sobre bancos, sanciones secundarias, restricciones financieras,
advertencias sobre chips, software y semiconductores. Es una caja de herramientas
poderosa, pero no es un as en la manga. Casi todas esas herramientas
tienen un defecto estructural, dañan también a quien las usa. En la
relación entre Estados Unidos y China, la coerción económica dejó
de ser una calle de una sola mano. Se convirtió en una avenida de
doble circulación, cargada de obstáculos, desvíos y costos colaterales.
La reunión prevista para el 14 y 15 de
mayo no llega en un vacío diplomático.
Lo hace después de años de guerra comercial, de controles tecnológicos, de
sanciones cruzadas y de una competencia cada vez menos disimulada por el
control de los insumos estratégicos del siglo XXI. Reuters
Breakingviews describió el próximo encuentro como una cumbre con más
riesgos que promesas, donde el déficit comercial, Irán, los
semiconductores y las tierras raras aparecen como parte de un mismo
tablero. El dato central no es que Trump quiera mostrarse fuerte.
Eso ya se sabe. El dato relevante es que, esta vez, la fortaleza
estadounidense parece menos unilateral que antes. Washington descubrió
que no puede vivir cómodamente sin ciertos insumos chinos; Beijing, a su
vez, sabe que sigue necesitando tecnología estadounidense, pero también
entiende que la dependencia es recíproca y que esa reciprocidad puede
convertirse en arma.
Durante años, la sanción
estadounidense funcionó
como una forma de jurisdicción imperial informal. No hacía falta
ocupar territorios ni desplegar tropas. Bastaba con controlar el acceso al dólar,
al sistema financiero, a los bancos corresponsales, a las aseguradoras,
a las navieras, a los mercados de capitales y a las tecnologías
críticas. Una empresa podía estar en Europa, Asia o América
Latina, pero si tocaba el sistema estadounidense, quedaba bajo la sombra
de Washington. Esa fue una de las grandes ventajas estratégicas de
Estados Unidos desde el fin de la Guerra Fría: convertir su
centralidad financiera en poder político global. El problema para
Trump es que China ya no se limita a quejarse de esa extraterritorialidad.
Está construyendo instrumentos para volverla más costosa.

El caso de las refinerías chinas acusadas de comprar petróleo iraní
lo muestra con claridad. En abril, el Departamento del Tesoro de Estados
Unidos sancionó a Hengli
Petrochemical (Dalian) Chemical Co., una refinería independiente
china, a la que acusó de haber comprado miles de millones de dólares en
petróleo iraní. Para Washington, el objetivo era evidente: cortar
ingresos a Teherán, presionar a quienes sostienen su comercio petrolero
y advertir a terceros que el petróleo iraní no es una mercancía
neutral sino una exposición jurídica y financiera. La medida
formaba parte de una ofensiva más amplia contra la llamada flota
fantasma iraní y contra las redes que permiten a Irán seguir
exportando crudo pese a las sanciones.
Pero la respuesta china no fue una
represalia clásica.
No se limitó a sancionar a una empresa estadounidense equivalente, ni a
imponer un arancel espejo, ni a emitir una condena diplomática
rutinaria. El Ministerio de Comercio de China anunció una orden para bloquear
el cumplimiento de las sanciones estadounidenses contra cinco
refinerías: Hengli Petrochemical, Shandong Jincheng Petrochemical Group, Hebei
Xinhai Chemical Group, Shouguang Luqing Petrochemical y Shandong Shengxing
Chemical. Según Reuters, Beijing sostuvo que las sanciones
estadounidenses violaban el derecho internacional y las normas básicas
de las relaciones internacionales, y ordenó que esas medidas no
fueran reconocidas, implementadas ni cumplidas dentro del marco jurídico
chino.
Ese movimiento marca un cambio
cualitativo. China no
está respondiendo solo con daño económico; está respondiendo con arquitectura
jurídica. Está diciendo a bancos, traders, aseguradoras,
navieras y socios comerciales: si obedecen automáticamente a Washington,
pueden quedar expuestos en China. La sanción estadounidense funciona
mejor cuando el resto del mundo la acata preventivamente, incluso sin
estar obligado directamente. China intenta quebrar esa obediencia
anticipada. No necesita destruir el poder financiero estadounidense. Le
alcanza con hacerlo más ambiguo, más caro y más riesgoso.
La base de esta estrategia no apareció
de un día para el otro. En 2021, China
aprobó las “Reglas
para contrarrestar la aplicación extraterritorial injustificada de legislación
extranjera y otras medidas”. Esa normativa permite al Ministerio de
Comercio emitir órdenes de prohibición cuando una ley extranjera, aplicada
extraterritorialmente, restringe de manera injustificada las actividades
comerciales normales de ciudadanos o empresas chinas. Más
importante aún, si una persona o empresa cumple con una medida
extranjera incluida dentro de una orden de prohibición y con eso perjudica
a una empresa china, esta puede iniciar acciones ante un tribunal chino
y reclamar compensación.
En términos menos jurídicos y más
políticos: China está
creando una pinza. Si una empresa extranjera cumple con las sanciones
de Estados Unidos, puede exponerse a demandas o sanciones en China.
Si no cumple con las sanciones de Estados Unidos, puede quedar bajo el castigo
financiero de Washington. La empresa deja de ser simplemente un
actor económico y se convierte en rehén de dos soberanías enfrentadas.
Esa es la novedad. La disputa ya no ocurre solo entre Estados. Se
traslada al contrato privado, al pago pendiente, al seguro marítimo,
al crédito bancario, al proveedor de componentes, al distribuidor europeo,
al importador asiático, al socio latinoamericano.
Imaginemos un caso hipotético. Una
empresa china, TechWorld,
fabrica componentes electrónicos de alta precisión. Una distribuidora
europea, EuroDist, firma con ella un contrato por diez millones
de euros. TechWorld produce y entrega. Antes del pago final, Estados
Unidos incluye a TechWorld en una lista de sanciones por
supuestas ventas a un tercer país sancionado, como podría ser Irán.
EuroDist, temiendo perder acceso al sistema financiero estadounidense, decide
no pagar. Desde su punto de vista, está actuando con prudencia.
Desde el punto de vista chino, está acatando una medida extranjera
considerada ilegítima y extraterritorial.
Si el Ministerio de Comercio chino emite una orden
de bloqueo sobre esa sanción, TechWorld podría demandar a EuroDist
ante tribunales chinos. Podría reclamar el pago adeudado, intereses,
daños derivados de la interrupción comercial y eventualmente solicitar
medidas sobre activos de EuroDist en China. EuroDist quedaría atrapada.
Si paga, teme a Beijing. Si no paga, teme a Washington. La
sanción deja de ser una línea recta entre Estados Unidos y la empresa
sancionada; se transforma en una red de riesgos extendida sobre toda
la cadena comercial.
Ahí está el corazón de la nueva
estrategia china. Beijing
entendió que la extraterritorialidad estadounidense opera porque
terceros actores privados sobreactúan el cumplimiento. Los bancos
cancelan cuentas, los proveedores suspenden operaciones, las aseguradoras
se retiran, las navieras modifican rutas, los compradores se
cubren, los abogados recomiendan prudencia extrema. China
ahora busca introducir un costo contrario: cumplir demasiado con
Washington también pueda ser jurídicamente peligroso. Es una
forma de lawfare económico, pero no en el sentido
superficial del término. Es la juridificación de la rivalidad
geopolítica.

Trump, frente a eso, conserva
herramientas importantes,
pero todas tienen límites. La primera son los aranceles. Puede volver a amenazar con tarifas
elevadas sobre productos chinos y presentarlas como prueba de
dureza. El problema es que China ya aprendió a convivir con la presión
arancelaria, a redirigir flujos comerciales y a absorber
parte del daño. El Consejo
de Relaciones Exteriores (CFR, por sus siglas en inglés)
señala que, después de la escalada de 2025, Estados Unidos y China
redujeron parcialmente sus tarifas hacia fines de noviembre; aun así, el
comercio bilateral cayó con fuerza y China alcanzó un superávit
comercial muy elevado pese a los aranceles.
La segunda carta son los controles tecnológicos.
Estados Unidos sigue
controlando nodos decisivos: chips avanzados, software de diseño,
equipos de fabricación, propiedad intelectual, sistemas operativos,
herramientas de inteligencia artificial y maquinaria crítica para semiconductores.
Esta es una ventaja real. Pero también aquí aparece una
debilidad. Washington ha usado cada vez más los controles de
exportación como fichas de negociación, no solo como instrumentos
estrictos de seguridad nacional. El Center for Strategic and International Studies
(CSIS) advierte que esa expansión erosiona la credibilidad del sistema,
incentiva a China a acelerar su sustitución tecnológica y empuja a ambos
países hacia una carrera de controles cada vez más amplia.
Cuando Washington dice que una
tecnología no puede
venderse por razones de seguridad nacional, pero luego negocia
excepciones a cambio de compromisos comerciales, compras agrícolas
o concesiones coyunturales, el mensaje se debilita. China
interpreta que no se trata de una línea roja estratégica,
sino de una moneda de cambio. Y cuando una herramienta de seguridad
se convierte en moneda de cambio, pierde autoridad. También
pierde capacidad para ordenar coaliciones, porque los aliados
empiezan a preguntarse si están defendiendo una arquitectura
común o acompañando una táctica transaccional de corto plazo.
La tercera carta es la
más poderosa y la más
peligrosa: el sistema financiero. Trump podría aumentar la presión sobre
bancos chinos vinculados a pagos de petróleo iraní. Esa
amenaza sí tiene densidad estratégica. Sancionar bancos,
restringir acceso al dólar o castigar entidades que procesan pagos
sensibles puede generar un impacto mucho mayor que sancionar
refinerías independientes. El problema es que esa carta se parece menos
a un as y más a una granada. Puede obligar a China a moverse,
pero también puede llevar la disputa a un nivel sistémico. Si Washington
toca bancos chinos relevantes, Beijing puede responder con restricciones
regulatorias contra empresas estadounidenses, controles de exportación,
investigaciones administrativas, presión sobre activos o nuevas
medidas sobre cadenas de suministro.

La cuarta carta sería
la coordinación con aliados.
En términos estratégicos, esta es probablemente la más racional. Si
Estados Unidos quiere reducir la dependencia de China en minerales
críticos, semiconductores, baterías, insumos farmacéuticos y manufactura
avanzada, no puede hacerlo solo. Necesita a Japón, Corea del Sur, la
Unión Europea, Australia, Canadá, India, México y otras economías
integradas en cadenas globales. Francia, por ejemplo, convocó a
países del G7 para discutir cómo reducir la dependencia de China en
materiales críticos, en un contexto donde las tierras raras y los
imanes permanentes se volvieron una vulnerabilidad industrial y militar.
El problema es que la política
exterior de Trump
suele operar contra la lógica de esa coordinación. Su estilo es
bilateral, personalista, transaccional y muchas veces hostil incluso
con aliados. Para enfrentar a China de manera eficaz, Estados
Unidos necesitaría paciencia institucional, previsibilidad, acuerdos de largo
plazo y una narrativa compartida con sus socios. Trump, en cambio,
privilegia el gesto inmediato: el arancel, la amenaza, la foto,
el anuncio, la supuesta victoria. Esa teatralidad puede funcionar
en campaña, pero no resuelve la dependencia estructural.
Y ahí aparece la mejor carta china: los cuellos de botella
materiales. Estados Unidos controla nodos tecnológicos; China controla
nodos físicos. Las tierras raras y los imanes permanentes son el ejemplo
más evidente. El CFR sostiene que China domina la mayor parte del
procesamiento global de tierras raras pesadas y de la fabricación de
imanes permanentes, dejando a Estados Unidos en una dependencia casi
total para ciertos elementos necesarios en tecnologías avanzadas.
No se trata de un recurso exótico de laboratorio. Se trata de insumos
para defensa, autos eléctricos, turbinas, electrónica avanzada,
semiconductores, robótica y sistemas aeroespaciales.
La cuestión iraní agrega otra capa.
China es un comprador central del petróleo iraní y ve el conflicto con Teherán
no solo como un problema diplomático, sino como un asunto de
seguridad energética. Reuters informó que el canciller
iraní se reunió con Wang Yi en Beijing una semana antes del viaje
de Trump, y que el estrecho de Ormuz y las negociaciones con Irán
estarán en la agenda del encuentro Trump-Xi. Esto reduce aún más el
margen estadounidense. Trump puede pedir a China que presione a Irán,
pero China sabe que su relación con Teherán también le da una
carta frente a Washington. Irán deja de ser solo un expediente de Medio
Oriente y se convierte en una pieza dentro de la negociación sinoestadounidense.
China corta el suministro de Tierras Raras a Estados Unidos. Trump sufre verdadero "golpe importador".*****
Trump puede vender la cumbre como una pulseada de voluntades.
Puede presentarse como el negociador duro que obliga a Xi a sentarse
a la mesa. Puede prometer que los aranceles, las sanciones y la amenaza
financiera devolverán a Estados Unidos una superioridad perdida.
Pero la realidad es más desabrida. La negociación no se juega entre
un acreedor y un deudor, ni entre un centro imperial y una periferia
disciplinada. Se juega entre dos potencias interdependientes que conocen
las vulnerabilidades de la otra y están dispuestas a explotarlas.
La alternativa más racional para Trump no sería buscar una
victoria, sino negociar por capas: estabilizar el frente iraní,
preservar flujos mínimos de tierras raras, limitar los controles
tecnológicos a criterios de seguridad nacional verdaderamente
defendibles, reducir el uso performativo de aranceles y reconstruir
una coordinación seria con aliados. Pero eso exige disciplina
estratégica. Exige aceptar que no todo anuncio ruidoso es una
victoria. Exige entender que una economía interdependiente no
se gobierna solo con amenazas. Y exige algo que Trump rara vez
practica: distinguir entre presión y estrategia.
China, en cambio, parece estar jugando
una partida más institucional. No responde únicamente con
castigos puntuales, sino con marcos legales que condicionan el
comportamiento de empresas, gobiernos y cadenas de suministro. No se
limita a contestar golpe por golpe. Rediseña el terreno donde se produce
el golpe. Ahí reside la diferencia fundamental. Washington usa la
sanción como látigo. Beijing está construyendo un sistema para
que obedecer ese látigo también tenga costo.
Por eso, si Trump llega a Beijing creyendo que todavía puede
intimidar a China con el repertorio habitual, corre el riesgo
de confundir ruido con poder. Su problema no es la falta
absoluta de cartas. Su problema es que todas sus cartas tienen reverso.
Cada arancel puede encarecer su propia economía. Cada control
tecnológico puede acelerar la autonomía china. Cada sanción puede
activar una orden de bloqueo. Cada amenaza financiera puede abrir un
frente sistémico. Cada gesto unilateral puede empujar a los aliados a la
cautela. China ya no espera pasivamente el próximo golpe. Lo
anticipa, lo encuadra jurídicamente y lo convierte en un costo para terceros.
*****