jueves, 9 de abril de 2026

ESTADOS UNIDOS PUEDE GANAR LAS BATALLAS, PERO NO LA GUERRA DE IRÁN. Imperio sin industria, imperio de papel.

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“Irán y la estrategia del desgaste. Irán ha comprendido bien esa limitación del imperio estadounidense y por eso se le enfrenta sin perseguir una victoria militar clásica que nunca podría alcanzar. Le basta con prolongar el conflicto, elevar los costes y tensionar el sistema global No es, ni de lejos, una potencia industrial. Décadas de sanciones han limitado severamente su acceso a tecnología avanzada, su capacidad manufacturera es modesta y sus cadenas de suministro están sometidas a una presión constante. No puede ganar una guerra convencional contra Estados Unidos. Probablemente lo sabe. Pero esa es, exactamente, la clave: no necesita ganarla, sino no perderla inmediatamente. Y para eso, sus limitaciones importan menos que las del adversario, porque la asimetría no opera en el plano de la capacidad total (totalmente a favor de Estados Unidos), sino en el del tiempo para las partes. Cada semana de conflicto que Irán puede sostener —con drones baratos, con la amenaza latente sobre el estrecho de Ormuz o las fuentes de petróleo, gas y azufre— es una semana que Estados Unidos tiene que financiar, reponer y justificar políticamente ante su propia opinión pública. La debilidad, bien administrada, puede ser una forma de resistencia. No porque Irán sea fuerte. Sino porque la guerra de desgaste no la gana quien tiene más, sino quien aguanta más. A Irán no le hace falta ganar la guerra para impedir que Estados Unidos e Israel la ganen.

“La gran potencia que domina el mundo no se enfrenta hoy a un enemigo más fuerte, sino a algo mucho más incómodo que le puede hacer perder la guerra: las consecuencias de su propio éxito. El mismo proceso que permitió maximizar beneficios a sus grandes empresas industriales debilitó la capacidad material necesaria para sostener el poder militar de Estados Unidos. Durante décadas, su poder descansó sobre una combinación de industria, finanzas y fuerza militar. Hoy, esa combinación sigue existiendo, pero ha perdido equilibrio. Sigue teniendo el ejército y las finanzas más poderosas del mundo, pero carece de la base material necesaria para sostener su poder cuando la guerra deja de resolverse en operaciones rápidas y pasa a depender de la capacidad de producción.

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Fuentes: Ganas de escribir.

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ESTADOS UNIDOS PUEDE GANAR LAS BATALLAS, PERO NO LA GUERRA DE IRÁN.

Imperio sin industria, imperio de papel.

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Por Juan Torres López | 09/04/2026 | Economía

Fuentes. Revista Rebelión jueves 9 de abril del 2026-

Lo que está ocurriendo con Estados Unidos en Irán es quizá el mejor ejemplo de cómo esa gran potencia ha construido su enorme poder sobre bases que no permiten sostenerlo indefinidamente y en cualquier condición. Sigue siendo capaz de destruir con una eficacia extraordinaria, pero no está claro que pueda mantener esa capacidad durante el tiempo necesario para ganar la guerra.

Como ha hecho en ocasiones anteriores con otras naciones, el ejército estadounidense es capaz de castigar ahora a Irán con extraordinaria eficacia. Da golpes muy dolorosos a su infraestructura, a sus fuerzas armadas y a su población, y siembra el caos y la destrucción en su territorio y economía. Pero Estados Unidos flaquea y será prácticamente imposible que pueda ganar la guerra cuando se ha encontrado con una resistencia derivada de nuevas formas de hacerla que obligan a mantener los golpes y ofensivas durante mucho tiempo.

Su enorme superioridad militar le permite entrar en la guerra y castigar duramente, pero no le garantiza salir de ella en condiciones de victoria por una razón bastante sencilla: desde hace décadas, Estados Unidos ha ido debilitando progresivamente su base industrial en sectores clave para proporcionarle producción armamentística y autonomía suficientes para enfrentamientos bélicos prolongados.


Imperio sin industria, Imperio de papel.
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Una economía financiarizada.

Al finalizar la segunda guerra mundial, Estados Unidos, cuya población representa­ba el 6% de la población del planeta, tenía un PIB equivalente al 50% mundial, casi el 60% de la producción industrial de todo el mundo y el 80% de todas las reservas de oro existen­tes. Hoy día, esas proporciones son del 25%, el 17% y el 25%, respectivamente.

El giro que lo cambió todo se produjo en el último cuarto del siglo pasado, con la globalización.

Estados Unidos favoreció que sus grandes empresas industriales se desplazaran a los países con mano de obra más barata para obtener mayores beneficios que luego volvían para alimentar su sector financiero. Dejó de ser el gran taller del mundo para convertirse en el centro de mando y de la especulación financiera global. La industria manufacturera pasó de representar el 25% del PIB en 1950 al 9,5 % en 2025. Y en ese mismo periodo las finanzas pasaron del 2,5% al 8% (o del 7% al 22,5% si se le suman los seguros y alquileres).

Durante décadas, la operación funcionó. Estados Unidos podía endeudarse sin descanso para comprar bienes —muchos de ellos estratégicos— porque el dólar seguía siendo la moneda de referencia global. La afluencia de beneficios financieros compensaba su déficit comercial.

Esa acumulación de poder financiero permitió consolidar un poder militar global sin precedentes. Con una moneda de reserva mundial y capacidad casi ilimitada de endeudamiento, Estados Unidos sostuvo un ejército desplegado en cientos de bases y afrontó guerras extremadamente costosas, como la de Irak, sin comprometer su estabilidad a corto plazo.



Las limitaciones de un imperio sin industria.

Con el paso del tiempo, sin embargo, esa situación ha ido mostrando una gran fragilidad en todos los terrenos y particularmente en el militar.

China aprovechó la globalización para desarrollar una base industrial mucho más sólida, mientras que las sucesivas intervenciones militares estadounidenses contribuyeron a que otros países buscaran alternativas al dólar. Al mismo tiempo, los beneficios financieros se concentraban en Wall Street y se orientaban a la especulación, deteriorando progresivamente la infraestructura material de la economía estadounidense.

La economía financiarizada de Estados Unidos se fue convirtiendo en una de papel, frente a las de otros países y fundamentalmente la de China que habían optado por consolidar a la industria como su principal motor y sostén. Y algo parecido le comenzó a ocurrir a su capacidad militar.

Estados Unidos mantiene un despliegue global con cientos de bases, pero dedica la mayor parte de su presupuesto a sostener esa estructura: entre un 30% y un 40% se destina a personal, otro 20–30% a operaciones y mantenimiento, y solo en torno a un 15–20% a la adquisición de nuevos sistemas.

Este modelo comienza a mostrar sus límites cuando las guerras dejan de decidirse por la superioridad inicial y pasan a depender de la capacidad de sostener el esfuerzo en el tiempo.

En conflictos recientes, Estados Unidos ha tenido que emplear grandes cantidades de munición de alta precisión en periodos muy cortos de tiempo (más de 800 misiles Tomahawk en poco más de un mes de guerra en Irán). Diversos informes del propio Departamento de Defensa y análisis de centros independientes advierten de que la capacidad de producción actual es limitada y que la reposición de estos sistemas puede llevar años. Cada vez tiene más dificultad para sostener ritmos de consumo propios de una guerra prolongada.

La fabricación de los nuevos sistemas de defensa y ataque requiere cadenas de suministro complejas: componentes electrónicos, sistemas de guiado y materiales avanzados que no se producen en masa. Son caros, sofisticados y lentos de fabricar y, sobre todo, dependen de un ecosistema productivo global y no autónomo en Estados Unidos.

Durante décadas, la ventaja estadounidense consistió en poder producir más que nadie. Hoy mantiene la capacidad de destruir más que ningún otro país, pero tiene crecientes dificultades para reponer al mismo ritmo esa capacidad. Estados Unidos sigue teniendo el ejército más poderoso del mundo, pero depende de una base industrial que ya no controla plenamente.

Su industria militar está diseñada para conflictos cortos y tecnológicamente dominados, no para guerras largas de desgaste donde lo decisivo es la capacidad de producción sostenida.

El propio Departamento de Defensa ha advertido de vulnerabilidades en áreas críticas como la microelectrónica, los materiales estratégicos o los componentes industriales. Incluso se han detectado dependencias inesperadas en la cadena de suministro de sistemas avanzadosen las infraestructuras de las bases y donde se producen las municiones.

Ya no basta con tener dinero para ganar guerras si no se puede transformar rápidamente en producción, porque el dinero no fabrica misiles si no existe la capacidad industrial para hacerlo.

Como han advertido diversos informes del propio sistema de defensa estadounidense, el problema no es únicamente el consumo de munición, sino la capacidad de reposición. La base industrial de defensa “no está adecuadamente preparada para el entorno actual” y, en escenarios de alta intensidad, Estados Unidos podría quedarse sin determinados sistemas en cuestión de días. Reponerlos no es inmediato: puede llevar años, e incluso más de ocho en algunos casos, mientras que la producción de ciertos misiles requiere hasta dos años. La cuestión, por tanto, no es si puede destruir más que nadie, sino si puede sostener ese ritmo de destrucción en el tiempo. Como señalaba recientemente la analista Mackenzie Eaglen, del conservador American Enterprise Institute«guerra tras guerra, Estados Unidos sigue quedándose sin municiones».

Y a esta enorme limitación se une otra no menos limitante para Estados Unidos. La guerra moderna introduce una enorme asimetría de costes, como también se está comprobando en Irán: hay que utilizar sistemas de defensa muy caros para neutralizar amenazas mucho más baratas. Los drones de bajo coste obligan a utilizar interceptores que multiplican varias veces su precio y eso hace que la superioridad tecnológica deje de ser una ventaja cuando no se puede sostener.

Dicho todo esto de otro modo más simple: Estados Unidos sigue teniendo el ejército más poderoso, eficaz y con mayor capacidad de dar un golpe letal, pero siempre que la guerra no se alargue demasiado.



Irán y la estrategia del desgaste.

Irán ha comprendido bien esa limitación del imperio estadounidense y por eso se le enfrenta sin perseguir una victoria militar clásica que nunca podría alcanzar. Le basta con prolongar el conflicto, elevar los costes y tensionar el sistema global

No es, ni de lejos, una potencia industrial. Décadas de sanciones han limitado severamente su acceso a tecnología avanzada, su capacidad manufacturera es modesta y sus cadenas de suministro están sometidas a una presión constante. No puede ganar una guerra convencional contra Estados Unidos. Probablemente lo sabe. Pero esa es, exactamente, la clave: no necesita ganarla, sino no perderla inmediatamente. Y para eso, sus limitaciones importan menos que las del adversario, porque la asimetría no opera en el plano de la capacidad total (totalmente a favor de Estados Unidos), sino en el del tiempo para las partes. Cada semana de conflicto que Irán puede sostener —con drones baratos, con la amenaza latente sobre el estrecho de Ormuz o las fuentes de petróleo, gas y azufre— es una semana que Estados Unidos tiene que financiar, reponer y justificar políticamente ante su propia opinión pública. La debilidad, bien administrada, puede ser una forma de resistencia. No porque Irán sea fuerte. Sino porque la guerra de desgaste no la gana quien tiene más, sino quien aguanta más. A Irán no le hace falta ganar la guerra para impedir que Estados Unidos e Israel la ganen.

La gran potencia que domina el mundo no se enfrenta hoy a un enemigo más fuerte, sino a algo mucho más incómodo que le puede hacer perder la guerra: las consecuencias de su propio éxito. El mismo proceso que permitió maximizar beneficios a sus grandes empresas industriales debilitó la capacidad material necesaria para sostener el poder militar de Estados Unidos.

Durante décadas, su poder descansó sobre una combinación de industria, finanzas y fuerza militar. Hoy, esa combinación sigue existiendo, pero ha perdido equilibrio. Sigue teniendo el ejército y las finanzas más poderosas del mundo, pero carece de la base material necesaria para sostener su poder cuando la guerra deja de resolverse en operaciones rápidas y pasa a depender de la capacidad de producción.

Al final, como casi siempre, la cuestión no es quién golpea más fuerte, sino quién puede seguir haciéndolo cuando las facturas empiezan a llegar. En este caso, en forma de una capacidad de producción de la que Estados Unidos carece en estos momentos.

P.S. Después de haber entregado este artículo para publicar, se informa del ultimátum de Trump a Irán: si no abre el estrecho, destrozará la civilización, dice. Afirma que bombardeará instalaciones civiles, fuentes de energía… cualquier cosa que se le ponga por delante. No le preocupa reconocer que se va a convertir (si no lo era ya) en un criminal de guerra. No creo que esto invalide la tesis de mi artículo. Más bien lo contrario. Estados Unidos debe tratar de ganar dando golpes cada vez más letales y rápidos, precisamente por lo que acabo de señalar. Quizá me haya equivocado con el título y debería haber dicho Imperio sin industria, imperio brutal.

Publicado en ctxt.es el 7 de abril de 2026

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miércoles, 8 de abril de 2026

EL FINAL DEL "CORTO SIGLO XX". LA NUEVA ERA MULTIPOLAR DEL SIGLO XXI Y EL DESAFÍO DE DESARROLLAR EL LATINOAMERICANISMO.

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“A pesar de las amenazas, Trump no ha podido acabar con la herencia de las décadas pasadas: China mantiene amplias relaciones económicas con América Latina y en varios países es el primer “socio comercial”. Con Rusia sucedió algo parecido, aunque no con la dimensión que adquirió China. Los BRICS ofrecen un futuro por construir. Son realidades que involucran no solo a gobiernos sino a empresarios de la región. De modo que en ese marco de conformación del mundo multipolar adquiere particular importancia el reciente, aunque poco publicitado, Primer Foro de Alto Nivel realizado en Bogotá, Colombia, el 21 de marzo (2026), entre la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y los países de África  Allí se acordó el fomento de las relaciones económicas y culturales, además de compartir plenamente los principios de soberanía, independencia y deuda histórica por la esclavitud transatlántica que durante cuatro siglos del pasado engrandeció a los imperios europeos. Fue la base para que la ONU aprobara (25/03/2026) una resolución que condena la esclavitud como “el crimen de lesa humanidad más grave”, aunque con el voto en contra de las antiguas potencias coloniales europeas y, además, de Argentina, mientras Ecuador permaneció ausente en la votación 
"A pesar de los obstáculos, para América Latina la nueva era multipolar del siglo XXI ofrece el desafío de edificar el Latino americanismo como geopolítica propia y determinante para las relaciones internacionales. La cooperación con África y Asia puede ser provechosa. Pero, ante todo, la región requerirá de la ampliación de gobiernos progresistas, porque han demostrado ser los únicos capaces de asumir posiciones soberanas y de encaminar a cada país en la senda de un
progreso que logre el bienestar colectivo.

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Fuentes: Rebelión.

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EL FINAL DEL "CORTO SIGLO XX".

LA NUEVA ERA MULTIPOLAR DEL SIGLO XXI Y EL DESAFÍO DE DESARROLLAR EL LATINOAMERICANISMO.

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Por Juan J. Paz-y-Miño Cepeda | 08/04/2026 | América Latina y Caribe.

Fuentes Revista Rebelión miércoles 8 de abril del 2026-

El historiador marxista británico Eric Hobsbawm (1917-2012) en su Historia del Siglo XX (1994) distinguió un “largo siglo XIX” y un “corto siglo XX”. El primero, que comenzó con la Revolución Francesa de 1789 y la Revolución Industrial en Inglaterra, se prolongó hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial en 1914. Consolidó la era de la burguesía por el desarrollo del capitalismo y de las potencias colonialistas europeas. El segundo, se extendió entre 1914 y la desintegración de la Unión Soviética (URSS) en 1991/1992. Esta era de los extremos caracterizó la confrontación entre capitalismo y socialismo, bajo el ascenso de los Estados Unidos como la gran potencia que desplazó a Europa y que, luego del derrumbe del socialismo soviético, consolidó su hegemonía unipolar en el mundo.

A diferencia de Francis Fukuyama que proclamó el “fin de la historia” alcanzado con la globalización de la economía de mercado libre y la democracia de tipo occidental (ideas que luego abandonaría ante las nuevas realidades que adquirió el mundo), el historiador Hobsbawm, aunque no alcanzó a escribir otro libro sobre el tema, en conferencias, artículos y entrevistas intuyó el fin de la era del “corto siglo XX” por el declive de la hegemonía estadounidense y de la influencia de Occidente, debido al inicio de un nuevo mundo dominado por Asia, en medio de un “desorden mundial” que implicaba el colapso del “orden” creado después de la Segunda Guerra Mundial. Advirtió (y, en cierto modo, predijo) el ascenso de China que recuperaba su posición histórica como civilización mundial, bajo un modelo propio de construcción económica y social. También observó el resurgimiento de Rusia en la era postsoviética. Pero no alcanzó a visualizar el desarrollo de los BRICS y el peso que adquiriría el “Tercer Mundo”.



En efecto, en forma paralela, a partir de las reformas introducidas por el gobierno de Deng Xiaoping en 1978, en las décadas finales del siglo XX se levantó el poderío de China que, con el avance del siglo XXI desafió la hegemonía unipolar de los EE. UU. Y, además, a pesar del derrumbe del socialismo, Rusia también logró despegar su economía y nuevamente pasó a disputar las relaciones económicas internacionales. A estos cambios indetenibles se sumó la constitución de los BRIC, en 2009 con Brasil, Rusia, India y China, grupo al que se sumó Sudáfrica al año siguiente, pasando a denominarse BRICS.

En pleno desarrollo de ese mundo multipolar, también se produjo el complejo y contradictorio ascenso de los países del Sur Global en Asia, África y América Latina, postergados en su desarrollo económico, social y político independiente. Estas regiones, con largas historias de intervencionismo e injerencia extranjera, son las que promovieron las tesis sobre soberanía nacional, anticolonialismo, antimperialismo, paz, solución pacífica de las controversias internacionales y libertad para construir sus propios caminos de modernización, sin sujetarse a los “modelos” que han impuesto las grandes potencias de Occidente y, sobre todo, los EE. UU. Su convergencia más remota se halla en la Conferencia de Bandung de 1955, de la cual nació el “Tercer Mundo”.

Ante este conjunto de procesos que han alcanzado dimensiones históricas inesperadas, las radicales posturas adoptadas por los EE. UU. bajo el segundo gobierno de Donald Trump (desde enero 2025) han alterado las relaciones internacionales. Su gobierno ha dejado en claro que la seguridad nacional del país, sus intereses económicos, su modelo de democracia y su influencia mundial no pueden disminuir (https://t.ly/QNMF9 ; https://t.ly/-Hqw_). No interesan más las normas e instituciones mundiales creadas en la postguerra si la seguridad de EE. UU. se ve amenazada (https://t.ly/egE8w). Se ha dejado en claro que China es un adversario al que hay que detener, Rusia el segundo oponente y los BRICS el siguiente. La Europa de la OTAN creada en 1949 pasó de ser un continente aliado (a la época contra la URSS) a otro fuera del concepto de “Hemisferio Occidental” (Groenlandia y toda América) y compuesto por un conjunto de países que igualmente tienen que defender los intereses estadounidenses. Trump ha reaccionado contra los gobiernos de Francia, Alemania, Italia e incluso la Gran Bretaña, que se negaron a que las bases militares establecidas en sus territorios sirvan para la guerra contra Irán. Los ha encarado previendo su salida de la OTAN y desafiando a los europeos a abastecerse con el petróleo norteamericano o ir a tomarlo, por sí mismos, en el Medio Oriente, abriendo la circulación por el estrecho de Ormuz: “Get Your Own Oil” (https://t.ly/rGg9w ; https://t.ly/QZRgH).



Al mismo tiempo, América Latina ha pasado a ser el único refugio “natural” de la hegemonía en declive de los EE. UU., con la amenaza del nuevo monroísmo del siglo XXI, cuyo “Corolario Trump” exige la alineación incondicional de todos los países y gobiernos de la región a los intereses de EE. UU. De manera directa y especial tienen que hacerlo aquellos países “en este gran vecindario” que forman parte, desde ahora, de la sui géneris órbita geoestratégica del Greater North America (“Gran América del Norte”), que se extiende desde Groenlandia hasta Ecuador y desde Alaska hasta Guyana, que no pertenece más al Sur Global y que, de acuerdo con el Secretario de Defensa, Pete Hegseth, quien presentó el mapa oficial, constituye una parte integral de la estructura defensiva inmediata bajo el estricto control militar y político estadounidense (https://t.ly/VpOVF ; https://t.ly/rv4_3 ).
 
A pesar de las amenazas, Trump no ha podido acabar con la herencia de las décadas pasadas: China mantiene amplias relaciones económicas con América Latina y en varios países es el primer “socio comercial”. Con Rusia sucedió algo parecido, aunque no con la dimensión que adquirió China. Los BRICS ofrecen un futuro por construir. Son realidades que involucran no solo a gobiernos sino a empresarios de la región. De modo que en ese marco de conformación del mundo multipolar adquiere particular importancia el reciente, aunque poco publicitado, Primer Foro de Alto Nivel realizado en Bogotá, Colombia, el 21 de marzo (2026), entre la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y los países de África (https://t.ly/LdK9E). Allí se acordó el fomento de las relaciones económicas y culturales, además de compartir plenamente los principios de soberanía, independencia y deuda histórica por la esclavitud transatlántica que durante cuatro siglos del pasado engrandeció a los imperios europeos. Fue la base para que la ONU aprobara (25/03/2026) una resolución que condena la esclavitud como “el crimen de lesa humanidad más grave”, aunque con el voto en contra de las antiguas potencias coloniales europeas y, además, de Argentina, mientras Ecuador permaneció ausente en la votación (https://t.ly/OqV85).
 
A pesar de los obstáculos, para América Latina la nueva era multipolar del siglo XXI ofrece el desafío de edificar el latino americanismo como geopolítica propia y determinante para las relaciones internacionales. La cooperación con África y Asia puede ser provechosa. Pero, ante todo, la región requerirá de la ampliación de gobiernos progresistas, porque han demostrado ser los únicos capaces de asumir posiciones soberanas y de encaminar a cada país en la senda de un progreso que logre el bienestar colectivo.

Blog del autor: Historia y Presente

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martes, 7 de abril de 2026

EE. UU. PRESENTA LA INICIATIVA «GRAN AMÉRICA DEL NORTE»

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“La Gran Norteamérica es el nombre del nuevo tablero donde la soberanía ya no se negocia en foros diplomáticos, sino que se administra en salas de guerra. A cambio de una supuesta paz, tutelada, la región entregará recursos naturales y seguridad fronteriza. El enunciado de esta nueva denominación no es una propuesta de cooperación, sino una orden de partición. En medio de la atención del mundo a una guerra que Donald Trump dice haber ganado, y que tiene un catastrófico impacto económico mundial –que en el plano interno le está pasando factura con una mayor caída de respaldo a su gestión, situada en 31%–, el anuncio de la nueva partición de América Latina y el Caribe ha pasado desapercibido. A diferencia de la Unión Africana, que pese a las diferencias de idioma, credos, historia y orígenes de sus 55 miembros ha logrado posiciones comunes frente al cambio climático, el comercio global o un asiento en el Grupo de los 20, la región latinoamericana y caribeña ha consolidado el quiebre de la CELAC y, con ello, su dignidad y soberanía como región. Así, volvemos a ser un archipiélago de naciones compitiendo entre sí para ver quien agrada más al Pentágono.

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Fuentes: El Cohete a la Luna - Imagen: La iniciativa de "La Gran América del Norte" fue anunciada por el secretario de Guerra de EE. UU. Pete Hegseth.

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EE. UU. PRESENTA LA INICIATIVA «GRAN AMÉRICA DEL NORTE»

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Por Ariela Ruiz Caro | 07/04/2026 | América Latina y CaribeEE.UU.

Peruana. Dra. En Economía.

Fuentes. Revista Rebelión martes 7 de abril del 2026.

Han pasado cinco semanas desde que los primeros misiles de la operación Furia Épica asesinaron, en el primer día, al líder supremo Alí Jamenei, a 150 niñas de una escuela y personal educativo, y a la mayor parte de la cúpula militar (40) y política de Irán. El estallido ha derribado algo más que infraestructura en el Medio Oriente y, a la fecha, más de 3.500 vidas solo en Irán: ha terminado de demoler las aspiraciones de coordinación y defensa común de la soberanía en América Latina y el Caribe. Lo que hasta hace poco más de una década se proyectaba como un conjunto de naciones capaz de definir o negociar parámetros comunes mínimos para preservar la autonomía en su política de inserción internacional, hoy está hecho añicos. Los rayos que guiaron la cooperación regional con gran éxito en el continente sudamericano, en el marco de la UNASUR, como a nivel regional en la CELAC, se han extinguido. La región se ha fracturado y una parte de América Latina y el Caribe confluye hacia la conformación de la “Gran América del Norte”.

Se trata de una nueva iniciativa enmarcada en la estrategia de seguridad hemisférica del continente americano, que va desde Ecuador hasta Groenlandia e incluye a todo el Caribe, Centroamérica, México, Colombia, Venezuela y Guyana. Si bien se trata de una nueva y prepotente delimitación geográfica, el propósito estratégico de esta redefinición busca fortalecer la influencia y el control de Washington en el continente, considerando a los países latinoamericanos y caribeños que engloba como socios clave.

La iniciativa «Gran América del Norte» fue anunciada por el secretario de Guerra, Pete Hegseth, la víspera de que el Presidente Trump informara a la nación que golpearían extremadamente duro a Irán durante las próximas dos o tres semanas hasta devolverlos a la Edad de Piedra, que es a donde pertenecen, y que habían “diezmado” la marina, la fuerza aérea y las comunicaciones iraníes. Así, ante la inestabilidad en el Medio Oriente, Estados Unidos busca aceleradamente consolidar un bloque económico y energético continental que no dependa de cadenas de suministro de otras regiones.



Adiós Sur Global.

En la nueva Gran América del Norte se establece que dichas naciones no son parte del denominado Sur Global puesto que se ubican al norte de la línea ecuatorial y están dentro de la zona de interés directo de defensa estadounidense. De esta forma se busca garantizar la seguridad de recursos críticos, rutas marítimas y el Canal de Panamá con el argumento de reforzar la cooperación en defensa y el control de rutas de narcotráfico que impactan directamente la seguridad de Estados Unidos.

El Sur Global es un término geopolítico y socioeconómico, no puramente geográfico, que agrupa a países de África, América Latina, el Caribe, la mayor parte de Asia y Oceanía. Representa a naciones históricamente marginadas, con pasado colonial y que buscan reformar el orden mundial desigual. Concentran cerca del 85% de la población mundial. Aunque la mayoría está en el hemisferio sur, incluye a países del norte como China o India. El término ha evolucionado de significar “subdesarrollo” a representar una fuerza multipolar que busca autonomía y equidad en la economía global. Se trata de un contrapeso al Norte Global, que suele referirse a países desarrollados (Europa, Estados Unidos, Japón, Canadá, Australia). Con la Gran América del Norte, Estados Unidos ha decidido que más de una docena de países latinoamericanos y caribeños dejen de ser parte de este Foro.

¿Y qué han dicho los Presidentes de México, Colombia y Venezuela, ahora que Estados Unidos les ha dicho que son parte de la Gran Norteamérica? Los tres gobiernos han optado por el silencio estratégico, sin emitir declaraciones directas de rechazo o validación específica sobre el nuevo mapa de Pete Hegseth, probablemente para ignorar una decisión geográfica y geopolítica que no ha sido consultada ni acordada, y que no merece la pena tomar en serio. El Presidente brasileño, a pesar de ser un crítico constante de la política exterior de Estados Unidos hacia la región y un defensor de la soberanía y de la búsqueda de intereses comunes mínimos para defenderse de los conflictos hegemónicos, ha mantenido la misma posición.

Cabe señalar que al día siguiente del anuncio de Hegseth, la Presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, agradeció y valoró positivamente la decisión del gobierno de Donald Trump de retirarla de la lista de sancionados de la OFAC (Oficina de Control de Activos Extranjeros). Esta remoción de la “Lista Clinton” (SDN) eliminó las restricciones financieras y comerciales que pesaban sobre ella desde 2018, permitiéndole ahora interactuar libremente con empresas e inversionistas estadounidenses. Delcy calificó la medida como un “paso en la dirección de la normalización y fortalecimiento de las relaciones” entre Venezuela y Estados Unidos.

Al llamarla Gran América del Norte, Hegseth delimita un espacio que puede controlar de forma efectiva y rápida, dejando al Cono Sur como una zona de influencia amiga, pero externa al núcleo de seguridad nacional. La mayoría de los gobiernos de la Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Perú, Uruguay y Bolivia, que siguen perteneciendo al Sur Global, por su ubicación geográfica, son considerados como socios de la retaguardia estratégica enfocados principalmente en asegurar el suministro de recursos naturales. Washington les exige asumir una mayor responsabilidad en su propia defensa para que así ellos puedan concentrar sus recursos en el nuevo núcleo de la Gran Norteamérica y en el conflicto en el Medio Oriente. Así, Estados Unidos evita la responsabilidad de defender territorios tan distantes, mientras que líderes como los Presidentes de la Argentina, Chile, Paraguay o Bolivia operan como aliados externos bajo el marco del Escudo de las Américas.



Sinfonía en tres actos.

El despliegue del plan Gran Norteamérica es la culminación de una política de dominación regional que comenzó a gestarse con la publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional el 4 de diciembre de 2025, tal como comentamos en El Cohete. Este documento oficializó la llamada “Doctrina Donroe”, que restablece el control absoluto de Washington sobre el hemisferio occidental para asegurar recursos críticos y frenar la influencia de potencias rivales. Producto de dicha estrategia, han tenido lugar tres iniciativas importantes que también informamos en El Cohete:

La Conferencia de las Américas contra los Cárteles. El 5 de marzo, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, recibió en la sede del Comando Sur en Doral a los ministros de defensa de 17 países. En esta reunión, en la que también participaron el secretario de Estado, Marco Rubio, y el asesor Stephen Miller, se sentaron las bases para justificar ataques militares directos contra el narcoterrorismo en suelo regional.

La Cumbre del Escudo de las Américas. Dos días después, el 7 de marzo, en la reunión en el Doral Miami, los Presidentes suscribieron la Carta del Doral que selló una alianza que institucionaliza la cooperación militar y el intercambio de inteligencia.

La Directiva del 31 de marzo. Finalmente, la formalización de la Gran Norteamérica cerró el círculo, fragmentando el continente y enterrando, por ahora, las aspiraciones de autonomía de la UNASUR y la CELAC. En efecto, la Gran Norteamérica es la definición de una zona de influencia en la que todo lo que sucede desde Groenlandia hasta Ecuador es un asunto de seguridad interna de Estados Unidos. Así, la cooperación voluntaria es reemplazada por el establecimiento de un bloque de seguridad integrado donde la soberanía local se supedita a la seguridad de Estados Unidos.



Nada nuevo bajo el sol.

La voracidad de Estados Unidos por el acceso a los recursos naturales de la región no es nueva y las intervenciones militares en la región y en el mundo siempre han tenido sabor a petróleo o a algún recurso natural. Los objetivos nunca han sido la democracia, la libertad, el respeto a la institucionalidad o algunos de esos valores que han servido siempre de pretextos.

Recordemos a la generala estadounidense Laura Richardson, ex jefa del Comando Sur, cuando, sin eufemismos, se refirió en enero de 2023 a la riqueza de recursos naturales de la región y cómo estos constituyen un tema de seguridad nacional para su país frente a sus adversarios China y Rusia. Entonces señaló que

“la región era importante por todos sus ricos recursos y elementos de tierras poco comunes, el triángulo del litio en la Argentina, Bolivia y Chile, donde se concentra el 60% del litio en el mundo, tan necesarios para la tecnología”. También dijo que “tenemos 31% del agua dulce del mundo en esta región y el Amazonas como los pulmones del mundo (…) Con ese inventario, a Estados Unidos le queda mucho por hacer”. Por eso, Richarson señalaba, en una conferencia en el think tank Atlantic Council, la necesidad de “controlar la región” a cualquier costo.

Lo que la administración de Trump ha hecho es simplemente acelerar los tiempos y avanzará sin tregua en medio de la poca resistencia que ofrece una región mayormente doblegada, y en medio del estruendoso fracaso de su aventura guerrerista conjunta con Israel en Irán, más allá de sus mensajes triunfalistas.

Conclusión.

La Gran Norteamérica es el nombre del nuevo tablero donde la soberanía ya no se negocia en foros diplomáticos, sino que se administra en salas de guerra. A cambio de una supuesta paz, tutelada, la región entregará recursos naturales y seguridad fronteriza. El enunciado de esta nueva denominación no es una propuesta de cooperación, sino una orden de partición.

En medio de la atención del mundo a una guerra que Donald Trump dice haber ganado, y que tiene un catastrófico impacto económico mundial –que en el plano interno le está pasando factura con una mayor caída de respaldo a su gestión, situada en 31%–, el anuncio de la nueva partición de América Latina y el Caribe ha pasado desapercibido.

A diferencia de la Unión Africana, que pese a las diferencias de idioma, credos, historia y orígenes de sus 55 miembros ha logrado posiciones comunes frente al cambio climático, el comercio global o un asiento en el Grupo de los 20, la región latinoamericana y caribeña ha consolidado el quiebre de la CELAC y, con ello, su dignidad y soberanía como región. Así, volvemos a ser un archipiélago de naciones compitiendo entre sí para ver quien agrada más al Pentágono.

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lunes, 6 de abril de 2026

SE BUSCA UN PRESIDENTE CON AMOR POR EL PAÍS. POR MARIANELLA LEDESMA.

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“Necesitamos un presidente que tenga amor por el país, que tenga amor por los ciudadanos, que tome al Estado como un instrumento enfocado al servicio del bien común. No queremos un presidente político sino un presidente estadista, que no viva el hoy, pensando en las próximas elecciones, sino que mire y camine hacia el mañana, pensando en las futuras generaciones. Quien mira el hoy y se agota en el hoy, mira simplemente ya el pasado. Una muestra de ello es la clase política actual que integra el Congreso. Su acción política se ha desarrollado en la búsqueda de votos para alcanzar su reelección, sin importarles el bienestar de los ciudadanos.

“Un presidente estadista no permitiría seguir precarizando la explotación minera ilegal, extendiendo los plazos del REINFO; es un sistema laboral sin derechos ni protección; que promueve la trata de personas, que agrede y contamina los recursos naturales, medioambientales, afectando muchos ecosistemas donde interviene. Un presidente estadista tiene una visión estratégica a largo plazo, enfocada en el bien común y el futuro del país, por encima de intereses electorales inmediatos. Esto implica que debe actuar con prudencia, integridad y experiencia para tomar decisiones estructurales que beneficien a las próximas generaciones.   Un presidente estadista requiere conocimiento del funcionamiento del Estado, sabiduría, capacidad de diálogo para construir puentes y generar consensos en temas del bien común.

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SE BUSCA UN PRESIDENTE CON AMOR POR EL PAÍS.

POR MARIANELLA LEDESMA.

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"No queremos un presidente político sino un presidente estadista, que no viva el hoy, pensando en las próximas elecciones, sino que mire y camine hacia el mañana, pensando en las futuras generaciones"

Por Dra. Marianela Ledesma Narváez.

Ex presidenta del Tribunal Constitucional.

Fuente. La Republica domingo 5 de abril del 2026.

Estamos cerca de elegir a quien dirigirá el destino de nuestro país por cinco años y para ello, tenemos un pelotón de postulantes, 36 para ser precisa. Por mandato constitucional (art. 118), quien sea elegido presidente dirigirá la política general de gobierno, velará por el orden interno, administrará la hacienda pública, entre otras atribuciones. Los ciudadanos tenemos el poder-deber de elegir a quien guiará nuestro destino como país.

Los candidatos presidenciales han expuesto sus propuestas sobre uno de los problemas que nos agobia: la inseguridad ciudadana y la lucha contra la criminalidad. Tenemos una lluvia de propuestas para enfrentar a la criminalidad, que pasan desde la pena de muerte, la cadena perpetua, el trabajo forzado, las cárceles con serpientes, etc. Hay un festival de ofertas sobre quien ofrece más mano dura contra la delincuencia, como si el problema se agotara con ello.

Otros ofrecen desarrollar una mayor inteligencia policial, dotar de mayor armamento y patrulleros a la PNP; sin embargo, ningún candidato ha explicado de dónde se va a obtener el presupuesto para su implementación. Esto es importante precisar, sobre todo si en estos últimos tiempos, los grupos políticos que integran el Congreso vienen aprobando leyes que aumentan el gasto público y exoneraciones tributarias.



Se mira el árbol, pero no el bosque.

Se pretende luchar contra el crimen sin visibilizar las causas que lo generan; por ahí, algunos candidatos como Mesias Guevara y Jorge Nieto pusieron en la palestra a las leyes que este Congreso ha aprobado para beneficiar el juzgamiento y sanción de los criminales; para proteger los dineros ilícitos que ingresan a la economía, vaciando de contenido a la Ley de extinción de dominio; y ni qué decir del allanamiento a las moradas de los investigados, donde el factor sorpresa (propio de ese tipo de actuaciones) ya no es posible, reduciendo así la eficacia del allanamiento.

Los candidatos se han preguntado antes de proponer los severos castigos, ¿qué genera el aumento de la criminalidad? Ninguno ha ensayado una respuesta que contenga una explicación objetiva y razonable; por decir, el candidato Ronald Atencio atribuye la criminalidad a la Constitución actual y considera que la solución es el cambio de Constitución; sin embargo, bajo una lógica marxista son las condiciones materiales las que se reflejan en la respuesta jurídica y no a la inversa. Hay que transformar las condiciones materiales.



La desigualdad material y la delincuencia.

En el debate presidencial, ningún candidato visibilizó a la desigualdad material como causa de la criminalidad. Esta desigualdad es estructural y no se ha transformado. Las brechas sociales no se han reducido. Una muestra de ello es el aumento de la anemia infantil. La desnutrición crónica infantil afecta al 20% de niños menores de cinco años en zonas rurales. El 36,5% de la población -dice el INEI- sufre de un déficit calórico (hambre real). El Perú registra su peor situación nutricional de los últimos 10 años, según el Índice Global del Hambre 2023.

La desigualdad hace que los jóvenes que provienen de hogares con bajos recursos económicos no tengan la posibilidad de continuar estudios superiores o técnicos, lo que tendrá un impacto directo en su futuro laboral.

La posibilidad de lograr un cupo en el programa social Beca 18 es reducida. De los 20.000 jóvenes que cada año postulan, solo 5.000 logran alcanzar el apoyo estatal. Nos preguntamos,

¿qué hacen los jóvenes que no alcanzaron un cupo en Beca 18? ¿Qué actividad asumen para sobrevivir?

¿Qué proyecto de vida pueden emprender los jóvenes en un modelo que no ha permitido en décadas construir un Estado social, donde las oportunidades sean para todos y no para un puñado de ellos?

Por ello, no debe llamar la atención que nuestros jóvenes busquen emigrar del país y que sea el robo agravado el delito que más cometen. Además, en el caso de delitos graves como el sicariato, se reporta que ocho de cada nueve detenidos son menores de edad.

Las cifras macroeconómicas de nuestro país ubican el crecimiento del PBI en un 3,4%; frente a ello, nos preguntamos cómo se traduce esto en la mejoría de los servicios de los ciudadanos (educación, salud, trabajo, transporte, seguridad, etc.) y sobre todo, en la población del interior del país. Necesitamos una transformación en la gestión del presupuesto público que apunte a la satisfacción de dichos servicios, de manera universal.



Estado precario frente al crimen.

La precariedad del Estado se busca deliberadamente mantener, para evitar la construcción de un Estado profesional, fuerte, robusto que haga frente a las imperfecciones del mercado bajo este modelo de economía liberal.

Basta mirar la respuesta que brinda la burocracia estatal para encontrar ineficiencia. Cuando se pide protección frente a la criminalidad, encontramos que quien está llamado a realizar esa tarea está infestado también por la criminalidad. No es una novedad que el apoyo policial tenga un costo económico ilegal, tampoco lo es que los miembros de las organizaciones criminales estén integrados por algunos miembros de la PNP. La reorganización radical de la PNP es una variable para considerar en esta lucha.

La capacidad en las cárceles, frente al incremento de la población penitenciaria, ha rebalsado. ¿Qué acciones se han tomado al respecto? El hacinamiento carcelario es una problemática que se ha incrementado exponencialmente en esta última década y se requiere ampliar la capacidad de los centros penitenciarios.

La migración venezolana es otro tema al que recurren los postulantes a la presidencia, como si ella fuera la causa de los males. No se tiene una lectura de la real dimensión de grupo. La estadística del INPE refiere que ella representa el 1% de la población carcelaria.



Se busca un estadista.

Necesitamos un presidente que tenga amor por el país, que tenga amor por los ciudadanos, que tome al Estado como un instrumento enfocado al servicio del bien común. No queremos un presidente político sino un presidente estadista, que no viva el hoy, pensando en las próximas elecciones, sino que mire y camine hacia el mañana, pensando en las futuras generaciones. Quien mira el hoy y se agota en el hoy, mira simplemente ya el pasado. Una muestra de ello es la clase política actual que integra el Congreso. Su acción política se ha desarrollado en la búsqueda de votos para alcanzar su reelección, sin importarles el bienestar de los ciudadanos.

Un presidente estadista no permitiría seguir precarizando la explotación minera ilegal, extendiendo los plazos del REINFO; es un sistema laboral sin derechos ni protección; que promueve la trata de personas, que agrede y contamina los recursos naturales, medioambientales, afectando muchos ecosistemas donde interviene.

Un presidente estadista tiene una visión estratégica a largo plazo, enfocada en el bien común y el futuro del país, por encima de intereses electorales inmediatos. Esto implica que debe actuar con prudencia, integridad y experiencia para tomar decisiones estructurales que beneficien a las próximas generaciones. 

Un presidente estadista requiere conocimiento del funcionamiento del Estado, sabiduría, capacidad de diálogo para construir puentes y generar consensos en temas del bien común.

Ya Winston Churchill decía:

“el político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones.”

Necesitamos encontrarlo y pronto. Esa es nuestra tarea en estas próximas elecciones.

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