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“Para derrotar a la extrema derecha. La elección puede tener un desenlace terrible.
Ajustar la línea para vencer en las elecciones es, por lo tanto, imperioso.
Queda claro que una táctica basada en la defensa del legado del gobierno no
es suficiente. Levantar nuevas banderas de expansión de derechos,
asumir compromisos con los intereses populares y hacer promesas no es «demagogia»:
debe ser una estrategia de movilización. Defender el fin inmediato de la
jornada laboral «6×1» (seis días de trabajo por uno de descanso) y el límite
de 40 horas semanales, el transporte público gratuito en las grandes
ciudades, la regulación del impuesto sobre las grandes fortunas,
la reforma agraria contra el latifundio, la prohibición de las
apuestas en línea, el fortalecimiento de un Sistema Nacional de Cuidados
y tantas otras causas justas será vital.
“Al mismo tiempo, será
necesario mantener la firmeza frente a la exigencia de una amnistía para
los responsables del intento de golpe de Estado, como señal de
que no pasarán. Aquellos que, en el campo de la izquierda radical, apostaron
durante los últimos años a que el centro de la táctica debía ser la «superación
por izquierda» del gobierno de Lula, a partir de sus límites y
vacilaciones reales, pero subestimando el peligro de la extrema derecha,
están ahora también ante el desafío de luchar para impedir una
victoria de Flávio Bolsonaro. No podemos permitir que ocurra en
Brasil lo que sucedió en Alemania con las elecciones de
Sajonia-Anhalt.
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Fuentes: Jacobinlat [Imagen: Lula da Silva en un vídeo emitido en su canal oficial el 9 de septiembre de 2026 en el que le solicitaba al STF que levantase el secreto de sumario que pesa sobre el banco Master. Créditos: Lulaoficial]
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BRASIL EN ALERTA ROJA.
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Por Valerio
Arcary | 17/09/2026 | Brasil.
Fuente. Revista Rebelión jueves 17 de septiembre del 2026.
La ofensiva de la extrema derecha y la
crisis abierta en el Supremo Tribunal Federal amenazan con alterar la relación
de fuerzas de cara a las elecciones brasileñas. Para derrotar al bolsonarismo,
la campaña de Lula deberá recuperar la iniciativa y asumir nuevas demandas
populares.
Las elecciones presidenciales de
Brasil se aproximan
en medio de una tormenta perfecta: mientras las encuestas marcan una alarmante
paridad entre Lula y la ultraderecha, un estallido institucional en el Supremo
Tribunal Federal vuelve a poner en jaque al sistema político. Entre maniobras
judiciales para garantizar la impunidad del bolsonarismo, el
hostigamiento del poder mediático y las vacilaciones del oficialismo, la crisis
abierta amenaza con alterar definitivamente la relación de fuerzas. El peligro
de una restauración neofascista en el país más grande de la región se vuelve
cada vez más real.
La escalada de la crisis política ha cobrado un giro explosivo. La
decisión de André Mendonça, ministro del Supremo Tribunal Federal (STF),
de remover a Andrei Rodrigues de la dirección de la Policía Federal
constituye una maniobra subversiva al servicio de una operación golpista.
Se trata de una arbitrariedad institucional que incurre en un claro abuso de
autoridad: un juez de la máxima corte no tiene atribuciones para nombrar o
destituir al jefe de la Policía Federal, potestad que le corresponde al Poder
Ejecutivo a través del Ministerio de Justicia.
La destitución de Rodrigues —justificada bajo el pretexto de su
supuesta afinidad con el también ministro del STF, Alexandre de Moraes— busca
interferir en el proceso electoral para favorecer a Flávio Bolsonaro,
senador e hijo del expresidente, consolidado como el principal candidato de
la extrema derecha. No es un hecho aislado: Flávio Bolsonaro
lleva tiempo agitando a las bases ultraderechistas bajo la consigna «Fuera
Moraes, Fuera Lula».
Ante esto, la solicitud de la Abogacía General de la Unión (AGU) para que el propio STF anule la remoción de Rodrigues es ineludible y debe ser aceptada. Se especula con que Edson Fachin, presidente del tribunal, podría retirar a Mendonça de la relatoría sobre las investigaciones del Banco Master y del Instituto Nacional del Seguro Social (INSS), lo que sería positivo. Sin embargo, resulta poco probable que Fachin encuentre dentro del propio STF un remedio jurídico capaz de frenar la embestida. La crisis empeorará antes de encontrar una salida.
La
ofensiva de la extrema derecha.
La extrema derecha brasileña se ha anotado un triunfo táctico en
toda la línea a través de tres frentes. En primer lugar, la
campaña contra Alexandre de Moraes cobró impulso cuando Mendonça
filtró mensajes entre el juez y Daniel Vorcaro, expropietario del
Banco Master y figura central de un entramado de corrupción. Esta
filtración ilegal e inédita buscó quitar la mancha de la sospecha sobre Flávio
Bolsonaro y golpear directamente a Lula.
En segundo lugar, la maniobra sirvió para revitalizar
la movilización del 7 de septiembre en la Avenida Paulista de São
Paulo. Con casi treinta mil manifestantes, el núcleo duro del bolsonarismo
mostró un músculo político renovado. Si bien fueron menos que las cuarenta mil
de 2025 que marcharon —a la defensiva— por la amnistía de los condenados por el
intento de golpe de Estado del 8 de enero, aun así, fue una demostración
poderosa. Más allá de la cifra en un momento y otro, el dato que sobresale es
la postura: hoy esos mismos sectores movilizados pasan a la ofensiva y exigen
el impeachment de Moraes.
En tercer lugar, su impacto en la opinión pública
es innegable: las últimas encuestas ubican un aumento de la
desaprobación del gobierno de Lula que parece avanzar por encima del
50%, y proyectan un virtual empate técnico en una eventual segunda
vuelta.
En paralelo, la burguesía liberal —expresada en el dominio de los
grandes medios de comunicación, los principales periódicos de São Paulo y
Río de Janeiro y el peso nacional de la cadena Rede Globo— se sumó
al embate de Mendonça contra Moraes, consciente de que favorece a Flávio
Bolsonaro. Pese a esto, sería apresurado todavía interpretar este
alineamiento táctico como un respaldo cerrado al proyecto neofascista.
Este sector responde a un programa
propio: exige
un freno recesivo con duros recortes del gasto público para asegurar el superávit
primario y reduzca la deuda pública, aun a costa de los hondos costos
sociales que tendrían esas medidas. Paradójicamente, sabe también que sin algún
grado de crecimiento Brasil sería ingobernable. Pero no comparte la apuesta
bolsonarista por la subordinación a los Estados Unidos de Donald Trump.
Tampoco el proyecto político de la extrema derecha de conquistar la
presidencia y una mayoría absoluta en el Senado, destituir a Moraes y
nombrar una mayoría de ministros del STF, abriendo el camino hacia un endurecimiento del régimen
bajo la forma de un «poder total».
A diferencia de 2022 (cuando apoyó a la candidata centrista
Simone Tebet en primera vuelta y a Lula, a regañadientes, en
la segunda), la burguesía liberal no parece estar dispuesta a definir su
apoyo desde ahora. Su plan parece pasar más bien por hostigar a Lula
para mejorar sus condiciones de negociación ante lo que vendrá.
En esa línea, lo más probable es que su giro
favorable a Mendonça responda a otros objetivos: desgastar el poder
adquirido por Alexandre de Moraes a partir de su papel en el juicio
por el intento de golpe de Estado y enterrar la investigación sobre las
redes de desinformación de la extrema derecha. En el camino, desgastar a
Lula y mantener incierto el desenlace de una eventual segunda vuelta,
chantajear al gobierno e intentar imponerle, antes de las elecciones, un
ajuste fiscal severo con compromisos públicos claros de recortar el
gasto público al menos en dos puntos porcentuales del PIB.
Una
elección abierta.
La idea de que la reelección de Lula en primera vuelta estaba asegurada
—un cálculo instalado en la dirección de la campaña— ya era errónea antes del vertiginoso
ascenso del escritor y psiquiatra Augusto Cury, quien escaló al tercer
lugar en los sondeos representando al partido Avante. En los últimos
diez días, la ventaja relativa de Lula se evaporó, y el riesgo de una
derrota se convirtió en un peligro real e inmediato. Sin embargo, si
el triunfalismo ingenuo es una postura equivocada, también lo es el derrotismo.
La contienda sigue abierta.
En lo que va del ciclo, la coyuntura atravesó varios giros:
tras un inicio de año en el que Flávio Bolsonaro logró consolidarse como
la referencia opositora —desplazando a figuras como Tarcísio de Freitas—,
la filtración de sus audios
con Vorcaro en mayo cambió el panorama. Gilberto Kassab,
dirigente del Partido Social Democrático (PSD) y uno de los
principales articuladores políticos del centro y la derecha brasileños,
se animó a impulsar la candidatura presidencial de Ronaldo Caiado,
entonces gobernador de Goiás. También se presentó Renan Santos,
dirigente surgido del Movimento Brasil Livre (MBL) y candidato
presidencial del nuevo partido de derecha Missão. Ambos intentaron
explotar un espacio a la derecha en competencia con el bolsonarismo y
fracasaron, lo que le devolvió la iniciativa a Lula y desarticuló
los intentos de instalar alternativas centroderechistas.
Si el escenario cambió radicalmente antes, puede volver a hacerlo. Pero, en buena medida, esto depende de que la izquierda reaccione.
Una
crisis del régimen.
No estamos ante una marejada política
coyuntural como las otras tantas que se sucedieron desde que Lula asumió
la presidencia en 2023. Se trata esta de una crisis de una
verdadera crisis del régimen. La ultraderecha está desafiando la arquitectura
institucional misma, combinando sus posiciones en el Congreso y el STF
con la agitación callejera y mediática.
En el fondo opera un factor
estructural:
la renuencia de las élites sociales a clausurar definitivamente el ciclo
golpista, oscilando entre la amnistía a los insurgentes y el freno a
cualquier reforma popular. A esto se le añaden los conflictos entre
el Ejecutivo y el Congreso, o entre el gobierno de Lula y el Centrão,
que ya habían abierto la puerta a una suerte de «semipresidencialismo»
improvisado. Esa fue la forma que asumió la «defensa del orden» incluso
contra reformas democráticas moderadas y limitadas. La alianza
entre el Ejecutivo y el STF favoreció la defensa de la democracia,
pero la presión reaccionaria es ahora tan grande que amenaza con
modificar cualitativamente la relación de fuerzas dentro del propio STF.
Por si no fuera suficiente, la interferencia de los Estados
Unidos de Donald Trump en el proceso electoral se hace cada vez más
evidente, como también lo fue en Perú y en Colombia.
Para
derrotar a la extrema derecha.
La elección puede tener un desenlace terrible.
Ajustar la línea para vencer en las elecciones es, por lo tanto, imperioso.
Queda claro que una táctica basada en la defensa del legado del gobierno no
es suficiente.
Levantar nuevas banderas de expansión de derechos,
asumir compromisos con los intereses populares y hacer promesas no es «demagogia»:
debe ser una estrategia de movilización. Defender el fin inmediato de la
jornada laboral «6×1» (seis días de trabajo por uno de descanso) y el límite
de 40 horas semanales, el transporte público gratuito en las grandes
ciudades, la regulación del impuesto sobre las grandes fortunas,
la reforma agraria contra el latifundio, la prohibición de las
apuestas en línea, el fortalecimiento de un Sistema Nacional de Cuidados
y tantas otras causas justas será vital.
Al mismo tiempo, será necesario mantener la firmeza
frente a la exigencia de una amnistía para los responsables del intento
de golpe de Estado, como señal de que no pasarán. Aquellos que, en
el campo de la izquierda radical, apostaron durante los últimos años a
que el centro de la táctica debía ser la «superación por izquierda»
del gobierno de Lula, a partir de sus límites y vacilaciones reales,
pero subestimando el peligro de la extrema derecha, están ahora también
ante el desafío de luchar para impedir una victoria de Flávio
Bolsonaro. No podemos permitir que ocurra en Brasil lo que sucedió
en Alemania con las elecciones de Sajonia-Anhalt.
Valerio
Arcary es
historiador, militante del PSOL (Resistencia) y autor de O Martelo da
História. Ensaios sobre a urgência da revolução contemporânea (Sundermann,
2016).
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