sábado, 12 de septiembre de 2026

COLOMBIA. PISOTEAR A LOS DAMNIFICADOS. Del papel higiénico a las pelotas de fútbol.

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“El dolor de la gente se convirtió en una forma de hacer vulgar propaganda política, puesto que, los balones llevaban la inscripción, “Defensores de la patria”. El símbolo es diciente, en el balón se habla de la patria, pero es una retórica vacía, de un ciudadano con nacionalidad estadounidense que va a entregar todavía más el país a Estados Unidos e Israel, pero el vocablo patrio no tiene nada que ver con los colombianos humildes y a pie, pobres y negros en Buenaventura, a los que solo se les lanza unos balones, como a los perros chandosos se les bota un pedazo de pan. El hecho bochornoso de lanzarle balones a los damnificados se repitió luego en Quibdó, la capital del siempre sufrido Departamento del Chocó. Esto indica, que el nivel de estupidez no tiene límites, máxime cuando el dolor y el sufrimiento son un espectáculo mediático para que un payaso metido a político se divierta, como se lo enseñó hace años el amo imperial Donald Trump cuando con sadismo les lanzó rollos de papel higiénico a los damnificados de Puerto Rico.

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Fuentes: El Colectivo (Medellín) – Rebelión.

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COLOMBIA. PISOTEAR A LOS DAMNIFICADOS.

Del papel higiénico a las pelotas de fútbol.

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Por Renán Vega Cantor | 12/09/2026 | OpiniónRacismo y opresión capitalista

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Fuentes. Revista Rebelión sábado 12 de septiembre del 2026.

El presidente de Colombia procedió de la forma más burda y ordinaria al entregar a los habitantes de Buenaventura, mayoritariamente afrodescendientes y afligidos por la violencia y la miseria, pelotas de fútbol.

Nada de lo que hacen los cipayos en los países de Nuestra América es original. Hasta las acciones más elementales de los politicastros de la extrema derecha que, por desdicha, gobiernan en el continente es una vil copia de lo que en los Estados Unidos hace y dice, con una vulgaridad sin par, el atrabiliario Donald Trump o alguien que pertenece a las altas esferas del poder en el territorio del Tio Sam.

Incluso, se replica el mismo comportamiento cínico y sádico de D. Trump ante los efectos sociales de los desastres, como lo acaba de confirmar el individuo que se dice presidente de Colombia y ocupa la Casa Blanca tropical otra miserable copia de Washington que queda en Barranquilla. Un hecho lo confirma: el reparto de pelotas de fútbol en Buenaventura y Quibdó por parte de Abelardo de la Espriella. Quien piense que esa es una acción espontánea que, de repente, se le ocurrió al falso tigre, simplemente desconoce o no quiere recordar un suceso similar, aunque haya utilizado otro objeto, que realizó en 2017 Donald Trump en Puerto Rico. Recordemos y comparemos.


ROLLOS DE PAPEL HIGIENICO A LOS DANNIFICADOS EN PUERTO RICO

“Deben estar orgullosos [los puertorriqueños] de que solo murieran 16 personas frente a los miles que lo hicieron en ‘una catástrofe verdadera como Katrina’». -Donald Trump, declaración en Puerto Rico, octubre 3 de 2017.

En septiembre de 2017 un huracán, bautizado María, arrasó con Dominica, Islas Vírgenes de Estados Unidos y Puerto Rico. Por su magnitud e impacto destructivo ha sido la peor catástrofe que ha sufrido esta isla desde 1899, cuando la azotó otro huracán. Generó un apagón eléctrico que afectó a toda la isla y, en algunos lugares, se prolongó durante un año. En principio se reportaron 64 muertes, pero el 28 de agosto de 2018 las autoridades locales dieron una cifra oficial de 3000 fallecidos, aunque un estudio de la Universidad de Harvard elevó la cifra a 4645. La infraestructura básica quedó arrasada, incluyendo viviendas, escuelas, hospitales, supermercados, centrales telefónicas, acueductos, plantas de tratamiento de aguas residuales, carreteras, bombas de gasolina…  El servicio de telefonía móvil se interrumpió en un 95%. El huracán aceleró el flujo de población con dirección a Estados Unidos, a donde llegaron en las semanas siguientes 200 mil personas, el 8% de la población de Puerto Rico.

El 3 de octubre de 2017 Trump visitó la isla devastada, 13 días después del paso de María. En una capilla, en donde lo esperaban decenas de personas, Trump reía y hacía chistes de mal gusto como si estuviera asistiendo a una fiesta de payasos. Y de pronto empezó a enviar a los presentes rollos de papel higiénico de cocina, simulando que lanzaba una pelota de básquetbol hacia una cesta. Aparte de esta humillación improvisó una arenga en la cual dijo que la forma en que su gobierno había tratado la emergencia de los puertorriqueños era “fantástica” y agradecieran porque no había habido tanto muertos como en Nueva Orleans con el huracán Katrina, donde si se había presentado una “catástrofe real”. Además, insultó a los puertorriqueños diciéndoles que eran flojos y les gustaba quejarse y esperaban que se les resolviera todo.

Para Donald Trump, como buen especulador inmobiliario, todo es un juego, un chiste de mal gusto, incluyendo el dolor de la gente, que soporta en carne propia el peso de la catástrofe y la destrucción. Y por eso ha sostenido después de la catástrofe que su gestión en ese momento fue un “éxito total”. Como dijo la alcaldesa de San Juan, Carmen Yutín Cruz: «Si él piensa que la muerte de 3.000 personas es un éxito, que dios nos ayude a todos».



PELOTAS DE FUTBOL A LOS DANNIFICADOS DE BUENAVENTURA Y QUIBDO.

“Señor presidente […] traiga cosas de construcción […]. Lo que necesitamos es techo, necesitamos ayuda normalmente, no balones”. -Habitante anónimo de Buenaventura, agosto 16 de 2026.

El fuerte terremoto que sacudió a Colombia el 10 de agosto, con una magnitud de 7.4, devastó varias regiones del país, arrasó con la infraestructura física y social en ciudades (Pereira, Manizales, Cali…) y decenas de municipios. El saldo de muertos se acerca a los 350 y han quedado sin techo unas 400 mil personas. En medio del dolor, el recién posesionado Abelardo de la Espriella, siguiendo el ejemplo de Donald Trump, llegó a Bogotá horas después sonriente, repartiendo besos y haciendo chistes de mal gusto.

Una de sus acciones más detestables ocurrió en Buenaventura, en la costa pacífica, el principal puerto del país, afligido por la miseria, la violencia y tristemente recordado por las casas de pique de los paramilitares, en donde con motosierra desmembraron a decenas de personas. Ese municipio doblemente abatido, igual que la mayor parte de nuestra costa pacífica, por la miseria estructural y por el terremoto. Quedaron averiadas 9 mil viviendas, 29 escuelas y colegios están en ruinas, dejando a miles de estudiantes sin clases. El servicio de agua, que solo se brinda normalmente 4 horas al día, quedó interrumpido, agravando los problemas higiénicos y sanitarios que carcomen a este municipio, cuya población es mayoritariamente afrodescendiente.

Sin evidenciar la menor sensibilidad y empatía hacia el dolor de los habitantes del puerto, Abelardo llegó, como si todavía estuviera en campaña, sonriente y desde su papamóvil blindado procedió de la forma más burda y ordinaria, y hasta en eso imitó a su amo imperial, Donald Trump, al lanzarle a la gente pelotas de fútbol como si estuviera jugando básquetbol.

El dolor de la gente se convirtió en una forma de hacer vulgar propaganda política, puesto que, los balones llevaban la inscripción, “Defensores de la patria”. El símbolo es diciente, en el balón se habla de la patria, pero es una retórica vacía, de un ciudadano con nacionalidad estadounidense que va a entregar todavía más el país a Estados Unidos e Israel, pero el vocablo patrio no tiene nada que ver con los colombianos humildes y a pie, pobres y negros en Buenaventura, a los que solo se les lanza unos balones, como a los perros chandosos se les bota un pedazo de pan.

El hecho bochornoso de lanzarle balones a los damnificados se repitió luego en Quibdó, la capital del siempre sufrido Departamento del Chocó. Esto indica, que el nivel de estupidez no tiene límites, máxime cuando el dolor y el sufrimiento son un espectáculo mediático para que un payaso metido a político se divierta, como se lo enseñó hace años el amo imperial Donald Trump cuando con sadismo les lanzó rollos de papel higiénico a los damnificados de Puerto Rico.

Publicado en papel en El Colectivo (Medellín), septiembre de 2026.

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viernes, 11 de septiembre de 2026

CHILE. 11 DE SEPTIEMBRE: EL DÍA EN QUE EL SUEÑO DE MUCHOS SE VOLVIÓ LA PROPIEDAD DE POCOS.

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 “Porque quizás esa sea finalmente la cuestión más profunda que me dejó el 11 de septiembre. 

Que un país puede cambiar. Que los sueños pueden ser derrotados, pero también que pueden volver a ser soñados. Que un Chile distinto es posible, pero que primero hay que atreverse a imaginarlo y después construirlo. Y eso es precisamente lo que quienes nacimos en la pobreza aprendemos de una manera particularmente dura, que las condiciones en las que nacimos no fueron escogidas por nosotros, pero tampoco tienen por qué convertirse en el límite de aquello que podemos imaginar para los que vienen después. En ese aquel septiembre, no entendía de socialismo, capitalismo, imperialismo, propiedad privada ni lucha de clases. Entendía el hambre. Entendía las caras cansadas. Entendía que los adultos hablaban de cosas que no debía escuchar. Entendía que había miedo. Muchos años después aprendería que esas cosas aparentemente desconectadas formaban parte de una misma historia y que aquella historia también era la mía.

El 11 de septiembre nos marcó a todos y todas. Pero mucho más a quienes nacimos en la pobreza, porque muchas veces heredamos sus costos sin haber participado de sus decisiones. Y quizás por eso sigo buscando respuestas, conversando con quienes estuvieron, escuchando a quienes todavía pueden contar y tratando de reconstruir mi propio relato. No para quedarme atrapado en el pasado, sino para recordar algo que el tiempo, la derrota y la costumbre muchas veces intentan hacernos olvidar, que otro Chile fue pensado, que otro Chile fue soñado y que, mientras alguien sea capaz de volver a soñarlo, todavía es posible construirlo.

¡Viva el pueblo, vivan los trabajadores!

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Fuentes: Rebelión.

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11 DE SEPTIEMBRE: EL DÍA EN QUE EL SUEÑO DE MUCHOS

SE VOLVIÓ LA PROPIEDAD

DE POCOS.

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Por Alejandro Mora Donoso | 11/09/2026 | Chile

Fuentes. Revista Rebelión viernes 11 de septiembre del 2026.

El hambre estaba a la vuelta de la esquina. Las caras flacas, sin maquillaje, llenas de cansancio, son parte de lo que el 11 de septiembre significa para mí. Algo que entonces parecía lejano, casi incomprensible, pero que llevaba consigo un sentimiento de injusticia terrible. Un sentimiento que, para ser honesto, no pasa hasta la fecha.

Para quienes somos de izquierda, el 11 de septiembre es un lugar particularmente difícil. Para algunos más que para otros, lógicamente. Algunos lo vivieron bajo persecución, arresto, tortura y desaparición. Para otros, como yo, fue un recuerdo de infancia atravesado por el hambre y la pobreza.

Todos contamos algo del 11, moros y cristianos. En mi familia contaban cómo los marinos tenían sitiados a los ratis en Bilbao, en Talcahuano, a pocas cuadras de la casa, y cómo las balas se escuchaban mientras ellos se escondían en el patio. Yo escucharía otras historias años después, en las ollas comunes de comienzos de los años 80, mientras compañeros de trabajo de mi padre llegaban todos los días al sindicato para marchar contra la reforma portuaria.

El hambre estaba a la vuelta de la esquina. Las caras flacas, sin maquillaje, llenas de cansancio, son parte de lo que el 11 de septiembre significa para mí. Algo que entonces parecía lejano, casi incomprensible, pero que llevaba consigo un sentimiento de injusticia terrible. Un sentimiento que, para ser honesto, no pasa hasta la fecha. Yo no escogí nacer donde nací. Mucho menos escogí vivir lo que viví. Pero décadas después tendría que reconstruir mi propio relato, buscando explicaciones para entender el porqué de mi propia historia.

Escuché la grabación de Allende por primera vez en aquella olla común. Me echaron para afuera de la pieza donde la estaban escuchando, pero alcancé a oír, entre el humo del cigarro, la voz del Presidente despidiéndose. Yo lo veía como un héroe. Tenía apenas siete años y, por supuesto, no entendía mucho de nada. No podía comprender qué significaban aquellas palabras, ni por qué los adultos escuchaban en silencio, ni por qué aquella voz parecía tener una importancia que yo todavía no podía medir.



Todo ese tiempo quedó encapsulado en mis recuerdos y solamente unos diez años después tendría la madurez suficiente para comenzar a buscar la verdad sobre aquel 11 de septiembre. La pregunta era demasiado grande para mi cabeza de entonces. ¿Por qué las muertes? ¿Por qué la barbarie? ¿Por qué la división? ¿Qué había ocurrido realmente para que un país llegara hasta allí? Aprendería entonces algo de política, pero también algo mucho más incómodo: que detrás de la historia de los grandes acontecimientos existen historias pequeñas que no aparecen en los libros. La historia de los niños que crecieron con hambre, la de los trabajadores que perdieron sus organizaciones, la de las familias que aprendieron a vivir con miedo, la de quienes tuvieron que esconderse, la de quienes desaparecieron y también la de quienes, como yo, crecieron sin comprender del todo por qué sus vidas habían tomado un determinado rumbo.

Con los años fui entendiendo que el 11 de septiembre no fue solamente el día en que terminó el gobierno de Salvador Allende. Tampoco fue solamente el comienzo de una dictadura brutal, aunque aquello sea una verdad imposible de relativizar. Fue también el comienzo de una profunda transformación de Chile, porque aquello que estaba en disputa no era solamente quién ocupaba La Moneda. También estaba en disputa qué país se quería construir, quién debía tener el poder económico, qué significaba la propiedad, qué lugar tendrían los trabajadores, qué debía hacer el Estado y hasta dónde podía llegar la democracia cuando comenzaba a tocar los intereses de quienes siempre habían tenido más.

El 11 de septiembre fue el día en que el sueño de muchos se volvió la propiedad de pocos. Después del golpe vino una transformación profunda de la estructura económica chilena, pero también una transformación de las expectativas, de las posibilidades y de aquello que una sociedad podía imaginar como posible. El sueño de un Chile distinto, más justo, más próspero para muchos y no solamente para unos pocos, fue derrotado junto con un proyecto político, y sobre sus ruinas se construyó un país que todavía habitamos.

Por eso creo que el 11 de septiembre nos cambió a todos y todas, incluso a quienes nacimos después o éramos demasiado pequeños para comprender lo que estaba sucediendo. De esa idea no podemos escapar y tampoco deberíamos intentar escondernos. El 11 no terminó cuando terminó el bombardeo de La Moneda, ni cuando terminó la dictadura, ni siquiera cuando recuperamos formalmente está cuestión absurda y grotesca que hoy llamamos «democracia». Sus consecuencias siguieron caminando con nosotros, metiéndose en nuestras familias, en nuestros barrios, en nuestras oportunidades, en nuestras pobrezas y también en nuestras formas de entender el mundo. Los beneficiados fueron los menos y los costos los pagaron, de distintas maneras, quienes habían soñado con un Chile próspero para muchos.



Hoy quedan cada vez menos personas capaces de decir «yo estuve ahí». Quedan sobrevivientes, presos políticos, exiliados, trabajadores, militares, funcionarios, niños de entonces y familias que todavía cargan sus propias historias, pero el tiempo hace su trabajo y lentamente aquella generación comienza a desaparecer. Llegará un momento en que nadie podrá contarnos directamente cómo sonaron las balas, cómo se vivió el miedo, cómo se escuchó la voz de Allende por una radio o cómo se sintió perder un país conocido. Entonces quedarán los relatos. El mío es apenas uno de ellos.

Pero también está aquello que fui encontrando después, durante los años en que me convertí en comunicador social y comencé a conversar con esa historia grande de lucha. He tenido la oportunidad de escuchar a sobrevivientes, de conversar con jóvenes que protagonizaron aquellos años, con presidentes de cordones industriales, con revolucionarios de verdad, con personas que cargaron sobre sus cuerpos y sus vidas la historia que nosotros muchas veces conocemos solamente a través de los libros. Incluso, muchos años después, terminé compartiendo una habitación de hospital con un exmilitante del MIR. También pude conversar con familiares del Presidente héroe. Son encuentros que quizás para otros sean solamente episodios, pero para mí forman parte de una misma búsqueda, reconstruir ese relato para no olvidar, para entender de dónde venimos y, sobre todo, para no aceptar que el país que tenemos era el único país que podía existir.

Porque quizás esa sea finalmente la cuestión más profunda que me dejó el 11 de septiembre. Que un país puede cambiar. Que los sueños pueden ser derrotados, pero también que pueden volver a ser soñados. Que un Chile distinto es posible, pero que primero hay que atreverse a imaginarlo y después construirlo. Y eso es precisamente lo que quienes nacimos en la pobreza aprendemos de una manera particularmente dura, que las condiciones en las que nacimos no fueron escogidas por nosotros, pero tampoco tienen por qué convertirse en el límite de aquello que podemos imaginar para los que vienen después.

En ese aquel septiembre, no entendía de socialismo, capitalismo, imperialismo, propiedad privada ni lucha de clases. Entendía el hambre. Entendía las caras cansadas. Entendía que los adultos hablaban de cosas que no debía escuchar. Entendía que había miedo. Muchos años después aprendería que esas cosas aparentemente desconectadas formaban parte de una misma historia y que aquella historia también era la mía.

El 11 de septiembre nos marcó a todos y todas. Pero mucho más a quienes nacimos en la pobreza, porque muchas veces heredamos sus costos sin haber participado de sus decisiones. Y quizás por eso sigo buscando respuestas, conversando con quienes estuvieron, escuchando a quienes todavía pueden contar y tratando de reconstruir mi propio relato. No para quedarme atrapado en el pasado, sino para recordar algo que el tiempo, la derrota y la costumbre muchas veces intentan hacernos olvidar, que otro Chile fue pensado, que otro Chile fue soñado y que, mientras alguien sea capaz de volver a soñarlo, todavía es posible construirlo.

¡Viva el pueblo, vivan los trabajadores!

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jueves, 10 de septiembre de 2026

WASHINGTON Y EL ASALTO A LA SOBERANÍA BRASILEÑA.

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“El peligro de la ola ultraderechista no concierne únicamente a Brasil, sino a toda América Latina y al equilibrio del Sur Global. La tentativa de liquidar la soberanía brasileña a través de estos títeres, amantes del hegemonismo, busca reimplantar las estrategias de intervención directa vía golpes blandos suaves según el manual del politólogo Gene Sharp. Frente a la extorsión foránea y la genuflexión bolsonarista, la defensa del proyecto integrador, popular y soberano encabezado por Lula da Silva se convierte en la trinchera decisiva para la dignidad de todo el continente.

“Detrás de la fachada de sintonía internacional, el proyecto político de los Bolsonaro transita por un terreno minado de incertidumbres legales. El caso más paradigmático es la situación de Jair Bolsonaro, condenado a prisión por su participación en un intento de golpe de Estado. A esto se suman investigaciones sobre redes de desinformación, donde figura el consultor argentino Fernando Cerimedo, donde su rol como artífice de campañas de manipulación y desinformación digital evidencia la vulnerabilidad institucional frente a las injerencias algorítmicas. Las ramificaciones judiciales demuestran que la extrema derecha opera en un limbo híbrido, donde la agitación digital compensa la podredumbre política y moral de sus líderes. Es la sombra intervencionista. La alianza entre los Bolsonaro y Trump expone una contradicción tan flagrante como peligrosa: se aplauden discursos patrióticos mientras se avalan medidas que lesionan la estabilidad política, social y comercial del gigante sudamericano. Con un escenario judicial asfixiante y un andamiaje de propaganda bajo la lupa, la derecha confía en la validación externa para mantener viva una polarización que amenaza la democracia institucional de cara a las urnas del próximo 4 de octubre. La soberanía de Brasil y del continente está en juego.

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Fuentes: Rebelión / Hispan TV [Imagen: Flávio Bolsonaro junto a Donald Trump en el Salón Oval de la Casa Blanca el 26 de mayo de 2026. Créditos: Instagram/@FlavioBolsonaro]

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WASHINGTON Y EL ASALTO A LA SOBERANÍA BRASILEÑA.

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Por Pablo Jofré Leal | 10/09/2026 | Brasil

Fuentes Revista Rebelión jueves 10mde septiembre del 2026.

En este artículo el autor reflexiona sobre las futuras elecciones presidenciales en Brasil y analiza el papel sumiso del candidato Bolsonaro, señalando que en esas elecciones Brasil decide entre la dignidad y la soberanía y el entreguismo subordinado y vil.


El escenario político brasileño, de cara a las elecciones presidenciales de octubre del 2026 no representa, únicamente, una pelea doméstica por el sillón del ejecutivo en el palacio de Planalto constituye el epicentro de una guerra geopolítica de baja intensidad.

Una contienda que influirá, decisivamente, en el equilibrio de fuerzas en América Latina y parte importante de la consolidación del sur global de cara a la próxima década. En un tablero político brasileño, bajo un fortísimo asedio exterior, con Estados Unidos participando activamente, apoyando en el apoyo a la ultraderecha representada por Flavio Bolsonaro, como ariete contra la soberanía del gigante sudamericano.

No se trata únicamente de una pugna electoral entre dos modelos antagónicos, sino del despliegue de un guion de intervención orquestado desde Washington que busca quebrar la autonomía estratégica del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, promoviendo abiertamente al clan Bolsonaro y sus operadores ultraderechistas del mundo.

¿El objetivo? recolonizar la mayor economía de América Latina y darle más fuelle a los gobiernos de ultraderecha que se han instalado en el continente. Washington, en su contumacia política criminal, no abandona su histórica política de considerar a América latina como su patio trasero, sino que también ha intensificado y variado sus herramientas de intervención a través de la llamada guerra híbrida [1].

Para el progresismo brasileño y sus aliados internacionales el triunfo de Lula resulta absolutamente indispensable, para salvaguardar así, la soberanía nacional y, al mismo tiempo, mantener esperanzas de recuperación de espacios para la izquierda en el continente y punto de referencia para el sur global.

La derecha brasileña ha mostrado su cara indigna de sometimiento a Washington cuya expresión la vislumbramos en la recepción en alfombra roja al abanderado derechista Flavio Bolsonaro en el salón oval, para pedir la bendición trumpista y la anhelada fotografía que tratara de salvar su candidatura y que desnuda la naturaleza de este pacto colonial. La vanidad y la megalomanía se potencian en escenarios mediáticos.

Washington busca tutelar el próximo gobierno brasileño y para eso requiere a Flavio Bolsonaro. Figura modelada a imagen y semejanza de los deseos de Trump. Por ello el aparato político, de inteligencia, mediático ha diseñado y promocionado el instalar en el poder a un candidato dócil, servicial, una figura subordinada a los intereses del capital transnacional y la hegemonía estadounidense, que actúe como un dique de contención frente a procesos de integración regional y mundial.



Mientras el presidente Lula defiende la industrialización nacional, la integración regional del Sur Global y una política exterior multipolar a través de los BRICS, el bolsonarismo acude a la Casa Blanca a rendir pleitesía y ofrecer las riquezas estratégicas de la nación a cambio de tutela y apoyo político. Luego de su encuentro con Trump en la Casa Blanca, Flavio Bolsonaro hizo un pedido específico y es justamente lo que busca evitar Lula:

“Yo fui exactamente a hacer ese pedido expreso a Trump, Estados Unidos tiene que declarar al Comando Vermelho y al PCC como organizaciones terroristas de Brasil” sostuvo Bolsonaro.

Una petición considerada una muestra de vergüenza y entreguismo a una potencia extranjera pero que en esencia representó una distracción frente al ofrecimiento principal: entregar las riquezas brasileñas y su autonomía como país.

Con este encuentro, el senador derechista buscaba impulsar su candidatura después de la filtración vinculada con Daniel Vorcaro, un banquero encarcelado por sospechas de estar detrás del mayor fraude financiero de la historia del país, algo que ha lastrado su apoyo en las encuestas. Trump le sirve a la ultraderecha para blindar a corruptos muestra de la catadura moral de este sector político, tanto en Brasil como en el resto de nuestros países.

Tierras raras a precio de saldo.

La candidatura de Flavio Bolsonaro y sus apoyos no expresan una forma de actuar aislada. Personifican los intereses del agronegocio depredador, las facciones ultraconservadoras del movimiento evangélico (cristianismo sionista ligado estrechamente al régimen israelí) y los sectores militares que añoran la vuelta a un estado manu militari.

Un gobierno de Bolsonaro en alianza con Washington tiene también un trasfondo material: el control de los minerales críticos. En plena pugna hegemónica contra China, Estados Unidos busca resolver su vulnerabilidad de estos suministros estratégicos imponiendo el despojo de los yacimientos en el mundo y entre ellos del gigante sudamericano.

Voceros y senadores afines a la línea dura en Washington plantean la necesidad de impulsar una victoria de la ultraderecha con Flavio Bolsonaro, ya que este candidato garantiza a las corporaciones estadounidenses acceso prioritario y sin condiciones a las reservas brasileñas de tierras raras, sacrificando la soberanía industrial y el valor agregado que defiende el proyecto popular de Lula.

La industria imperial ansia el control de Neodimio y Praseodimio, elementos esenciales para la fabricación de imanes permanentes de alta potencia, para uso de motores de vehículos eléctricos, turbinas eólicas y robótica avanzada. Disprosio y Terbio, para garantizar la estabilidad térmica de los imanes en condiciones de alta exigencia tecnológica y militar. Como también Niobio y Litio, minerales estratégicos en los que Brasil posee reservas masivas, vitales para aleaciones aeroespaciales, defensa y almacenamiento de energía.

Las declaraciones de los jerarcas estadounidenses ratifican sin rodeos esta doctrina intervencionista. El propio Trump suele declarar que el denominado sur global, debe volver a alinearse con las prioridades de seguridad y comercio de Estados Unidos. Advirtiendo a los BRICS, del cual forma parte Brasil, que su postura para buscar monedas o sistemas de pagos alternativos constituye un ataque directo a la economía de Estados Unidos.

En sus redes sociales Trump ha amenazado directamente a la nación sudamericana, afirmando que

«se encamina a un desastre económico si insiste en desafiar el dólar y asociarse con nuestros competidores globales» señalando a China como enemigo principal.

En un interesante análisis, desde el corazón del imperio se señala respecto a los afanes de dominio de Trump que esta estrategia

“establece que Estados Unidos debe controlar el hemisferio occidental en los ámbitos político, económico, comercial y militar”, un corolario trumpiano de la doctrina Monroe, que allanó el camino para la hegemonía de Washington hasta fines del siglo XX y descuidándolo en las últimas tres décadas [2] con un Trump que ha entrado de lleno en volver a reflotar esa doctrina de dominio.

Marco Rubio, secretario de Estado y alfil de la política de asfixia hacia la región, deja clara su hostilidad contra el proyecto soberano brasileño al sostener

«El liderazgo de Lula en Brasil representa un obstáculo directo para los intereses estratégicos de Estados Unidos en el hemisferio occidental». A ello sumó la amenaza explícita: «Garantizaremos que aquellos gobiernos que abran las puertas a la influencia de China en nuestros recursos críticos enfrenten severos costos económicos y diplomáticos». Las palabras de Rubio desataron la crítica certera de Lula «El tal Marco Rubio es el enemigo mortal de varios países latinoamericanos”. 



Sombras sobre la democracia brasileña.

Volvamos a la disyuntiva en la que se debate Brasil: un presidente como Lula, referente para el sur global y capaz de desafiar a la hegemonía estadounidense, enfrenta en las próximas presidenciales a Flavio Bolsonaro, cuya fotografía junto al inquilino de la Casa Blanca en el Despacho Oval sintetiza no sólo la indignidad de los políticos ultraderechistas de nuestro continente, sino también una de las paradojas de la geopolítica hemisférica.

Mientras la administración norteamericana endurece aranceles —como el gravamen del 25% a miles de productos brasileños— bajo el argumento de prácticas comerciales desleales, el, mandatario republicano prodiga elogios hacia el clan Bolsonaro tildando a Flavio el candidato de “joven inteligente que ama mucho a su país”. Es la sombra de la vanidad, palmotear la espalda del débil.

Esto responde a una estrategia calculada de intervención blanda en vísperas de las elecciones. El gobierno de Lula calificó la medida como un “hito lamentable”, denunciando la complicidad de la familia Bolsonaro al castigar la economía nacional para obtener réditos electorales. El respaldo explícito de la Casa Blanca busca legitimar a la extrema derecha, utilizando la presión económica como un torniquete para debilitar al oficialismo.

¿Cómo puede amar a su patria quien entrega las llaves de sus riquezas al amo extranjero a cambio de una palmadita electoral? Es la doble moral imperial y la conducta genuflexa de la ultraderecha. A esto se enfrenta Brasil, que exige la necesidad de decidir por la dignidad y la soberanía y no al entreguismo subordinado y vil.

Washington no tolera un Brasil independiente, soberano y líder de la multipolaridad. Resulta evidente que en octubre próximo se definen dos visiones: Una, de un Brasil donde a ultraderecha no es más que la herramienta cipayo dispuesta a hipotecar los recursos estratégicos de su pueblo para satisfacer los dictados hegemónicos del imperio. Y, la otra visión, la de un Brasil con un líder dotado de una visión de dignidad y esperanza que es la exigencia de seguir avanzando en forma positiva como lo indican las propias encuestas electorales que sitúan al actual mandatario con 6 a 7 puntos de ventaja.

El peligro de la ola ultraderechista no concierne únicamente a Brasil, sino a toda América Latina y al equilibrio del Sur Global. La tentativa de liquidar la soberanía brasileña a través de estos títeres, amantes del hegemonismo, busca reimplantar las estrategias de intervención directa vía golpes blandos suaves según el manual del politólogo Gene Sharp. Frente a la extorsión foránea y la genuflexión bolsonarista, la defensa del proyecto integrador, popular y soberano encabezado por Lula da Silva se convierte en la trinchera decisiva para la dignidad de todo el continente.

Detrás de la fachada de sintonía internacional, el proyecto político de los Bolsonaro transita por un terreno minado de incertidumbres legales. El caso más paradigmático es la situación de Jair Bolsonaro, condenado a prisión por su participación en un intento de golpe de Estado. A esto se suman investigaciones sobre redes de desinformación, donde figura el consultor argentino Fernando Cerimedo, donde su rol como artífice de campañas de manipulación y desinformación digital evidencia la vulnerabilidad institucional frente a las injerencias algorítmicas. Las ramificaciones judiciales demuestran que la extrema derecha opera en un limbo híbrido, donde la agitación digital compensa la podredumbre política y moral de sus líderes. Es la sombra intervencionista.

La alianza entre los Bolsonaro y Trump expone una contradicción tan flagrante como peligrosa: se aplauden discursos patrióticos mientras se avalan medidas que lesionan la estabilidad política, social y comercial del gigante sudamericano. Con un escenario judicial asfixiante y un andamiaje de propaganda bajo la lupa, la derecha confía en la validación externa para mantener viva una polarización que amenaza la democracia institucional de cara a las urnas del próximo 4 de octubre. La soberanía de Brasil y del continente está en juego.

Pablo Jofré Leal es periodista y analista internacional.

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Notas

[1] La guerra híbrida es el mecanismo por el cual el imperialismo contemporáneo ejecuta una “política de máxima presión” combinado la fuerza militar indirecta, el sabotaje, asedio cibernético y de manera fundamental la manipulación de la opinión pública, para derribar de forma asimétrica a los proyectos nacionales, que se niegan a subordinarse a su hegemonía.

[2] Según Mariano Aguirre para reactivar la Doctrina Monroe Washington está reactivando y en otras reajustando su presencia militar en la región, incrementar sus fuerzas navales para controlar las rutas migratorias y el tráfico de drogas y desplegar efectivos en las fronteras. Además, utilizará «el sistema militar superior al de cualquier otro país del mundo» para acceder a los recursos energéticos y minerales de la región. 

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miércoles, 9 de septiembre de 2026

MAO, LA MODERNIZACIÓN Y EL «VIEJO TONTO»

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“El Viejo tonto, finalmente, no es tanto el símbolo de un hombre que consigue mover una montaña como el de una sociedad que acepta que determinadas empresas históricas no se completan en una sola generación. La modernización china puede leerse, así como una sucesión de generaciones que reciben una tarea, la modifican, la corrigen y la transmiten a la siguiente. La revolución liderada por Mao pretendía cambiar China en una generación; la modernización descubrió que cambiar China era, en realidad, una tarea de generaciones. Y la parábola del Viejo tonto, mucho más antigua que el maoísmo, continúa ofreciendo una imagen poderosa de esa larga marcha que no aporta la certeza de que la montaña desaparecerá mañana, sino la convicción de que merece la pena empezar a moverla hoy. Mao aporta muy tempranamente la idea de la transformación como empresa histórica intergeneracional, pero el maoísmo incurre en la tentación de acelerar artificialmente ese proceso; Deng introduce la paciencia, la experimentación y el pragmatismo, mientras que Xi recupera una visión más estratégica y deliberada de la modernización.

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Fuentes: Rebelión.

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MAO, LA MODERNIZACIÓN Y EL «VIEJO TONTO»

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Fuente. Revista Rebelión miércoles 9 de septiembre del 2026.

Por Xulio Ríos | 09/09/2026 | Mundo.

El 9 de septiembre de 1976, hace ahora cincuenta años, moría Mao Zedong. Su muerte cerraba una etapa decisiva de la historia contemporánea de China, pero no clausuraba su influencia. Medio siglo después, Mao continúa presente en la memoria política y simbólica del país, aunque la China actual sea, en muchos aspectos, profundamente diferente de aquella que él gobernó. Una de las razones de esta persistencia es que, más allá de las enormes contradicciones y tragedias del maoísmo, en su pensamiento político ya estaba presente una determinada concepción de la transformación de China: la modernización como una tarea histórica de largo aliento, que exigía una voluntad colectiva capaz de afrontar obstáculos aparentemente insuperables.

Hay una parábola que permite aproximarse a esa idea con particular nitidez: la del Viejo tonto que mueve las montañas (Yugong yishan), procedente de la tradición clásica china. Según el relato, un anciano decide retirar dos enormes montañas que dificultan el paso delante de su casa. Ante las burlas de quienes consideran absurda la empresa, responde que, aunque él no consiga terminarla, continuarán sus hijos, sus nietos y las generaciones posteriores. La montaña, por tanto, acabará desapareciendo.

Mao recuperó esta parábola en momentos decisivos. En 1945, poco antes de la victoria comunista, la utilizó para expresar una idea que trascendería el contexto revolucionario inmediato: las grandes transformaciones históricas exigen perseverancia, organización y confianza en la capacidad humana para modificar una realidad aparentemente inmóvil. No era solamente una metáfora sobre la revolución. Era también una determinada filosofía de la acción histórica.



Aquí podemos encontrar una de las conexiones más sugerentes con la modernización china posterior. La China que emerge de la revolución de 1949 heredaba un país extraordinariamente atrasado, fragmentado y debilitado tras décadas de guerras, intervención extranjera y convulsión política. La recuperación de la soberanía era inseparable de la recuperación de la capacidad para transformar el país. Modernizar China no podía ser, desde aquella perspectiva, una operación limitada a la economía pues implicaba reconstruir el Estado, transformar la sociedad, elevar la educación, desarrollar la ciencia y la industria y recuperar una posición internacional acorde con su dimensión histórica.

El problema es que la voluntad transformadora del maoísmo acabó errando en varias ocasiones. El Gran Salto Adelante constituye probablemente el ejemplo más dramático. La convicción de que la voluntad política podía superar los límites económicos y materiales condujo a una movilización cuyos costes humanos y económicos fueron enormes. La Revolución Cultural llevó todavía más lejos esa lógica al considerar que la propia sociedad podía ser remodelada mediante una movilización ideológica permanente, incluso contra las instituciones, el conocimiento especializado y buena parte de la propia tradición china.

La paradoja es significativa. La misma cultura política que podía proporcionar una extraordinaria capacidad de perseverancia podía alimentar también una peligrosa confianza en la omnipotencia de la voluntad política. El Viejo tonto podía representar la paciencia de las generaciones, pero también podía ser interpretado como una invitación a ignorar los límites de la realidad.

Después de la muerte de Mao, la modernización china experimentaría una profunda rectificación. Deng Xiaoping no abandonó la idea de la transformación del país, pero modificó radicalmente sus instrumentos. La prioridad pasó de la lucha de clases al desarrollo económico; de la movilización ideológica a la experimentación; de la ruptura con la tradición a la recuperación de elementos útiles del pasado; y de la voluntad de transformar inmediatamente la sociedad a la construcción gradual de las capacidades materiales necesarias para hacerlo.

En cierto sentido, el Viejo tonto regresaba, pero con una lectura diferente. La montaña ya no tenía necesariamente que ser derribada de una vez: podía ser rodeada, perforada, atravesada o removida poco a poco. La modernización china posterior a 1978 fue, en buena medida, un aprendizaje sobre cómo convertir la voluntad transformadora en un proceso más pragmático, experimental y acumulativo.


El Viejo tonto. Baidu Enciclopedia. 

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Esto ayuda también a comprender la continuidad existente entre etapas políticas que a veces se presentan como radicalmente contrapuestas. Mao, Deng y Xi representan modelos muy diferentes de ejercicio del poder y distintas fases de la modernización, pero comparten la convicción de que China debe recuperar, mediante una acción deliberada y sostenida, su capacidad de desarrollo y su posición en el mundo. La diferencia fundamental reside, en buena medida, en la respuesta a una misma pregunta: ¿cómo se mueve la montaña?

de esa extraordinaria transformación existe una cultura política que concede enorme importancia a la planificación, a la continuidad histórica, a la movilización de recursos y a la capacidad de perseguir objetivos durante largos periodos.

También existen, naturalmente, importantes zozobras. La historia china del último siglo demuestra que la El denguismo confió especialmente en el crecimiento, la apertura y la experimentación. A partir de los años noventa, la integración económica internacional se convirtió en una poderosa palanca de transformación. Con Xi Jinping reaparece con fuerza la dimensión estratégica y nacional de la modernización. La innovación tecnológica, la seguridad económica, la reducción de las vulnerabilidades externas, la revitalización rural, la prosperidad común o la construcción de un país fuerte forman parte de un proyecto que vuelve a subrayar la necesidad de una dirección política capaz de mantener el rumbo durante décadas.

Por eso resulta interesante contemplar los cincuenta años de la muerte de Mao no simplemente como una efeméride sobre el pasado, sino como una ocasión para preguntarnos qué permanece de aquella concepción de la transformación. La China tecnológica de las inteligencias artificiales, los vehículos eléctricos, los trenes de alta velocidad o la exploración espacial parece muy alejada del país rural y empobrecido de 1949. Y, sin embargo, detrás voluntad de modernizar puede producir avances extraordinarios, pero también costes inmensos cuando carece de contrapesos, de información fiable o de capacidad para corregir los errores. Esa es quizá una de las grandes lecciones que separan la experiencia maoísta de la posterior pues no basta con saber adónde se quiere llegar; hay que saber medir el camino, reconocer los obstáculos y rectificar cuando sea necesario.

El Viejo tonto, finalmente, no es tanto el símbolo de un hombre que consigue mover una montaña como el de una sociedad que acepta que determinadas empresas históricas no se completan en una sola generación. La modernización china puede leerse, así como una sucesión de generaciones que reciben una tarea, la modifican, la corrigen y la transmiten a la siguiente.

La revolución liderada por Mao pretendía cambiar China en una generación; la modernización descubrió que cambiar China era, en realidad, una tarea de generaciones. Y la parábola del Viejo tonto, mucho más antigua que el maoísmo, continúa ofreciendo una imagen poderosa de esa larga marcha que no aporta la certeza de que la montaña desaparecerá mañana, sino la convicción de que merece la pena empezar a moverla hoy.

Mao aporta muy tempranamente la idea de la transformación como empresa histórica intergeneracional, pero el maoísmo incurre en la tentación de acelerar artificialmente ese proceso; Deng introduce la paciencia, la experimentación y el pragmatismo, mientras que Xi recupera una visión más estratégica y deliberada de la modernización.

Xulio Ríos acaba de publicar China, la modernización permanente (Txalaparta, 2026)

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martes, 8 de septiembre de 2026

ISLANDIA II: DIOS SALVE A ISLANDIA, ¿Y QUIÉN SALVA A LA ARGENTINA?

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“Islandia aprendió de 2008 que la soberanía tiene un valor económico tangible al conservar la capacidad de decidir sobre el capital, la moneda, los bancos y los recursos estratégicos. La Argentina de Milei, enfrentada a una escasez crónica de capital y dólares, está tomando la decisión inversa: ofrecer al capital condiciones extraordinarias de estabilidad, rentabilidad y libertad cambiaria para que desarrolle sus recursos naturales.

“La cuestión no es si uno es nacionalista y el otro liberal. La cuestión es quién captura la renta y quién conserva el poder de modificar las reglas. Islandia dijo no a los banqueros en 2008, no a los acreedores extranjeros en 2010 y no a la Unión Europea en 2026. Cada uno de esos no fue una negativa obstinada, sino una afirmación de su capacidad para decidir sobre su propio futuro. Argentina, por el contrario, está diciendo sí a condiciones que atan su política económica durante décadas a cambio de capital que, cuando finalmente llegue, puede no quedarse en el país.

“La experiencia islandesa demuestra que la soberanía no es un lujo para países ricos, sino una herramienta para construir riqueza desde abajo. Y también demuestra que decir no, en ocasiones, es la forma más poderosa de decir sí al futuro propio.

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Fuentes: El tábano economista.

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ISLANDIA II: DIOS SALVE A ISLANDIA,

¿Y QUIÉN SALVA A LA ARGENTINA?

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Por Alejandro Marcó del Pont | 07/09/2026 | Economía

Fuentes. Revista Rebelión lunes 7 de septiembre del 2026.

El valor de decir no (El Tábano Economista)

Cuando Donald Trump confunde Groenlandia con Islandia, el error suele provocar sonrisas en los pasillos diplomáticos. Pero para quienes observan con atención el tablero geopolítico, la confusión revela algo más profundo, la creciente relevancia de un pequeño fragmento de roca volcánica en medio del Atlántico Norte, cuya población apenas supera los 405.000 habitantes. Islandia ha logrado en las últimas dos décadas algo que las grandes potencias económicas no han sabido replicar: una recuperación soberana de su destino, sin rendir cuentas a los acreedores internacionales ni entregar sus recursos estratégicos a cambio de oxígeno financiero.

Hace doce años, cuando el mundo aún digería las cenizas de la crisis de 2008, publiqué un artículo titulado «Dios salve a Islandia«. En aquel entonces, la isla era el ejemplo perfecto de cómo no gestionar un sistema financiero. Sus tres principales bancos habían colapsado con activos equivalentes a once veces el Producto Interno Bruto nacional, una burbuja especulativa de proporciones bíblicas que dejó al país al borde de la quiebra. La receta que llegó desde Washington y Bruselas fue la de siempre: el Estado debía hacerse cargo de la deuda privada, imponer un severo programa de austeridad y vender sus activos públicos para pagar a los acreedores extranjeros. Islandia hizo exactamente lo contrario, y ese gesto de desobediencia financiera se convirtió en un hito de la economía política moderna que aún hoy resuena en los debates sobre soberanía monetaria.

El Gobierno islandés dejó caer a los bancos. No rescató a los accionistas ni a los tenedores de bonos extranjeros. Cuando el Reino Unido y los Países Bajos exigieron que la isla reembolsara a sus ahorristas minoristas, que habían perdido sus depósitos en la filial Icesave del banco Landsbanki —una suerte de sucursal digital que ofrecía tipos de interés muy por encima del promedio europeo— Reikiavik se negó rotundamente. Londres y La Haya tuvieron que asumir las pérdidas de sus propios ciudadanos, seducidos por las ganancias financieras de un banco privado que quebró por su propia mala gestión.

Posteriormente enviaron la factura a la isla, pero el Gobierno islandés sometió la cuestión a referéndum popular en 2010. El «No pagar» ganó con el 98% de los votos, un resultado tan abrumador que dejó sin argumentos a los defensores de la socialización de las pérdidas privadas. Finalmente, el Tribunal de la Asociación Europea de Libre Comercio falló en 2013 que Islandia no estaba legalmente obligada a garantizar aquellos depósitos con fondos públicos.



Los resultados de aquella rebeldía hablan por sí solos. Mientras que Irlanda y Grecia, que gestionaron sus crisis de forma convencional y sumisa a los dictados del Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea, siguen arrastrando dificultades estructurales, Islandia emergió del abismo con un vigor que muchos calificaron de milagro económico. Pero tal prodigio no tuvo lugar. Hubo decisiones políticas. Y una diferencia sustancial respecto a lo ocurrido en Estados Unidos o en el corazón de Europa: mientras en otros lugares los banqueros responsables de la crisis fueron rescatados con dinero público, Islandia investigó y condenó a prisión a decenas de ejecutivos bancarios por fraude y mala gestión. El mensaje fue inequívoco: el riesgo financiero no se socializa, y quienes juegan con el dinero de los demás deben asumir las consecuencias.

Dieciocho años después de aquel colapso, Islandia volvió a votar sobre Europa. Pero esta vez no lo hizo desde la desesperación de un país quebrado, sino desde la memoria viva de cómo consiguió salir de aquella crisis. El referéndum del 29 de agosto de 2026 no preguntaba si Islandia quería ingresar en la Unión Europea, sino si debía reanudar las negociaciones de adhesión. Un matiz aparentemente menor, pero de enorme relevancia política.

El resultado fue del 52,8% de los votantes, con una participación del 82,5%, decidió que ni siquiera quería volver a abrir la negociación. El electorado entendió que ese primer paso implicaba abrir cuestiones consideradas demasiado sensibles: pesca, soberanía, moneda, agricultura y el control de los recursos naturales. Las reglas que más importan para la vida cotidiana y para la autonomía del país son precisamente las que Islandia mantiene fuera del marco comunitario europeo. Y eso no es casualidad, es una estrategia deliberada que ha demostrado su eficacia.



Para comprender la posición islandesa, sin embargo, no basta con mirar su producto interno bruto o su balanza comercial. Hay que mirar el mapa. Islandia ocupa una posición geográfica excepcional, un punto de control marítimo y aéreo en el Atlántico Norte que conecta Europa con Groenlandia, América del Norte y el Ártico. Su geografía le otorga una relevancia estratégica que ningún indicador económico puede reflejar plenamente.

Y en este sentido, Argentina comparte con Islandia una condición similar, aunque con recursos naturales mucho más abundantes. La República Argentina se asienta sobre un punto de encuentro entre América del Sur, el Atlántico Sur, el Pasaje de Drake y la Antártida, una posición que le otorga el control de rutas marítimas esenciales y el acceso directo al continente blanco, donde la competencia geopolítica se intensifica año tras año.

Para la Unión Europea, Islandia aporta en el Atlántico Norte la vigilancia de rutas marítimas y aéreas, una posición privilegiada en el Ártico frente a la creciente competencia entre Estados Unidos, Rusia y China, el acceso a una de las grandes reservas pesqueras del mundo, una matriz energética extraordinariamente particular basada en recursos geotérmicos e hidroeléctricos, y la posibilidad de desplegar cables submarinos de comunicaciones y energía que serán cada vez más importantes en las próximas décadas.

En 2008 la amenaza era Wall Street. En 2026 las amenazas son la geopolítica, la seguridad, el comercio y la moneda. Las declaraciones de Donald Trump sobre la compra de Groenlandia introdujeron una dimensión completamente nueva en el debate islandés, acelerando la convocatoria del referéndum y reforzando el argumento de quienes defienden que la autonomía monetaria, cambiaria, fiscal y financiera tiene un valor económico superior al de cualquier integración comunitaria.

En economía, el excedente o ganancia que genera la extracción de un recurso natural —ya sea pescado, petróleo o litio— es la diferencias por encima de todos los costos normales de producción, incluido el retorno normal del capital invertido. Dado que el recurso es, en su estado natural, un bien público, esa renta debería beneficiar a toda la sociedad y no únicamente a la empresa que lo extrae.

Mientras que el modelo islandés se basa en la premisa de que el recurso natural es un activo estratégico cuya renta debe ser capturada y distribuida por el Estado, los ciclos neoliberales en Argentina, incluyendo el actual Régimen de Incentivo a Grandes Inversiones (RIGI), han tendido a tratar el recurso natural como un activo financiero más, donde el objetivo es atraer capital mediante la, reducción de costos fiscales y regulatorios, asumiendo que la renta generada,  no se quedará en el país, sino que alimentará el ciclo de fuga de capitales.

La distribución de la renta y la captura fiscal en Islandia generada por la pesca y la energía se queda en el país. El Estado captura una parte significativa a través de impuestos corporativos y tasas, y esa recaudación se traduce en un Estado de bienestar robusto, infraestructura de alta calidad y un sistema educativo fuerte. La extracción del recurso genera desarrollo interno y encadenamientos productivos que se despliegan dentro de la propia isla.

Islandia prohíbe constitucionalmente y por ley la propiedad extranjera de los derechos de pesca y de los recursos energéticos. El recurso se considera un bien común nacional, y aunque utiliza un sistema de cuotas individuales transferibles, el Estado mantiene un control estricto sobre el volumen total extraído, basado en criterios científicos y no en la demanda del mercado. Además, prohíbe que estos activos sean comprados por fondos buitre o corporaciones extranjeras, evitando así que la renta del recurso sea capturada por actores externos. La negativa a la Unión Europea fue, en esencia, una medida de protección de este activo estratégico.

Para entender si un modelo de gestión de recursos naturales es exitoso o extractivista, no basta con mirar si el recurso se conserva. Hay que mirar quién se queda con la renta. La industria pesquera islandesa es hoy una de las más eficientes del mundo en términos de captura y valor por trabajador. La recaudación fiscal que recibe el Estado es significativa, a través de tasas pesqueras, impuestos a la renta del recurso e impuestos corporativos sobre las ganancias del sector. Pero hay un elemento central que a menudo se pasa por alto: los salarios. A diferencia de muchos países donde la pesca es un trabajo precario y mal remunerado, en Islandia el sector pesquero es uno de los mejor pagados de la economía.

La columna vertebral de la remuneración en los barcos islandeses no es un salario fijo por hora, sino un sistema de reparto de ganancias. La tripulación no recibe solo un sueldo base, sino un porcentaje del valor de la captura, generalmente entre el 20% y el 35% del valor neto de la venta del pescado, después de deducir ciertos gastos operativos como el combustible. Este mecanismo alinea los intereses de la tripulación con la eficiencia del barco: si el barco pesca más y mejor, todos ganan más.



Gracias a este sistema y a la alta valorización del producto, los salarios en la pesca activa suelen estar entre un 15% y un 30% por encima del salario promedio nacional. Y al estar formalizados, los pescadores islandeses aportan y reciben los robustos beneficios del Estado de bienestar: salud universal, pensiones obligatorias con un aporte adicional del 12% por parte del empleador, y seguro de desempleo. Los sindicatos, como VR y Efling, son extremadamente poderosos y negocian convenios colectivos que establecen pisos salariales, límites de horas de descanso y condiciones de seguridad a bordo.

Islandia aprendió a lo largo de los años noventa y dos mil que regalar el acceso a un recurso público genera riqueza privada a costa del erario. Por ello, implementó un sistema de captura de la renta del recurso: el Estado no es dueño de los barcos, pero cobra por el derecho a usar el recurso. El mayor problema al evitar la extranjerización de la pesca fue la concentración de cuotas, ya que el 75% de ellas pertenecen a las veinticinco empresas pesqueras más grandes. Esto representa una alta concentración de la riqueza pesquera en pocas manos.

El dilema islandés es que proteger la soberanía nacional no significa necesariamente proteger a los pequeños pescadores. El sistema logró mantener el control nacional del recurso, pero al mismo tiempo permitió una concentración progresiva de las cuotas en grandes empresas. Por eso la verdadera batalla no es solo Islandia contra Bruselas, sino también una batalla interna por quién es realmente dueño del mar islandés.

Cuando un país con restricción externa crónica, como Argentina, atrae inversión extranjera en sectores extractivos con regímenes de promoción sin políticas de contenido local o retención de divisas, no se resuelve la restricción externa; se cambia su forma de financiamiento y se agrava a mediano plazo. La inversión inicial entra, pero una vez operativa, la repatriación de utilidades, el pago de regalías a casas matrices y la importación de insumos generan una salida de divisas estructural. Si a esto se suma el servicio de la deuda pública, el saldo neto de divisas para el país suele ser negativo o marginal.

Islandia salió de 2008 con una convicción sólida. Nunca más permitir que las necesidades del capital determinen hasta dónde llega la soberanía. El Estado argentino, después de décadas de crisis, parece haber llegado a la conclusión inversa: necesita ofrecer condiciones extraordinariamente favorables al capital para poder convertir sus recursos naturales en dólares y crecimiento. Argentina puede convertirse en una gran exportadora de recursos sin que necesariamente todos los dólares generados por esos recursos ingresen inmediatamente al mercado cambiario.

Pero eso es completamente diferente a afirmar que la inversión extranjera traerá dólares y resolverá la restricción externa. Puede traerlos, pero el régimen también permite que una parte importante de los flujos permanezca fuera o sea posteriormente remitida. Argentina está haciendo casi lo contrario a Islandia: para conseguir capital, el Estado ofrece al inversor una protección extraordinariamente prolongada frente a futuros cambios fiscales, regulatorios y cambiarios.



El mensaje que transmite el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) es claro: venga a invertir, puede disponer libremente de los productos, tiene un régimen cambiario privilegiado y puede remitir utilidades y dividendos bajo condiciones especiales. El problema del RIGI no es que atraiga inversión extranjera. El problema es el precio que Argentina paga por atraerla: una renuncia fiscal estimada en unos 1.813 millones de dólares anuales cuando los proyectos estén en plena producción, estabilidad tributaria, aduanera, cambiaria y regulatoria durante treinta años, y un régimen que permite una creciente disponibilidad externa de las divisas generadas por los proyectos.

Si los recursos son estratégicos y la inversión se habría producido aun con beneficios menores, el Estado está transfiriendo renta innecesariamente y comprometiendo su capacidad futura. La cuestión empírica es cuánta inversión adicional está generando realmente el RIGI y cuánto beneficio habría obtenido igualmente el inversor sin esas concesiones extraordinarias.

La integración de Argentina en lo que podríamos llamar la Pax Silicia dibuja una estructura clara. Estados Unidos capital financiero y tecnológico empresas multinacionales RIGI litio cobre petróleo gas y energía exportaciones deuda fuga de capitales. La integración de Argentina a cadenas estratégicas estadounidenses y occidentales. Buenos Aires está diseñando sus sectores estratégicos para insertarlos en cadenas globales de capital y tecnología en lugar de construir primero cadenas nacionales de control y agregación de valor.

Islandia aprendió de 2008 que la soberanía tiene un valor económico tangible al conservar la capacidad de decidir sobre el capital, la moneda, los bancos y los recursos estratégicos. La Argentina de Milei, enfrentada a una escasez crónica de capital y dólares, está tomando la decisión inversa: ofrecer al capital condiciones extraordinarias de estabilidad, rentabilidad y libertad cambiaria para que desarrolle sus recursos naturales.

La cuestión no es si uno es nacionalista y el otro liberal. La cuestión es quién captura la renta y quién conserva el poder de modificar las reglas. Islandia dijo no a los banqueros en 2008, no a los acreedores extranjeros en 2010 y no a la Unión Europea en 2026. Cada uno de esos no fue una negativa obstinada, sino una afirmación de su capacidad para decidir sobre su propio futuro. Argentina, por el contrario, está diciendo sí a condiciones que atan su política económica durante décadas a cambio de capital que, cuando finalmente llegue, puede no quedarse en el país.

La experiencia islandesa demuestra que la soberanía no es un lujo para países ricos, sino una herramienta para construir riqueza desde abajo. Y también demuestra que decir no, en ocasiones, es la forma más poderosa de decir sí al futuro propio.

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