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"En diciembre de 2025, Alejandro Gil, exministro de
Economía de Cuba, fue condenado a cadena perpetua. Entre los cargos que se le
imputaron, según el Tribunal Supremo Popular de Cuba, figuraban acusaciones
de espionaje, corrupción, soborno y delitos económicos. Al parecer,
Gil había abusado de su cargo en beneficio personal y facilitado información a
entidades extranjeras. Aun así, la supervivencia de Cuba es una prueba
impresionante de los logros alcanzados por la Revolución hasta los años
noventa. La mayoría de los Estados que conquistaron la independencia política
en la ola de revoluciones antimperialistas que siguió a la victoria de las
revoluciones china y cubana no fueron capaces de preservar sus logros
revolucionarios: Argelia y Egipto son ejemplos de esa regresión
histórica posterior a 1991. En ese contexto, la responsabilidad de
Brasil —y, en una escala diferente, la de China— en la solidaridad con Cuba es
ineludible. Cuba está en peligro. Hay que salvarla.
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CUBA ESTÁ EN PELIGRO.
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Cuba enfrenta hoy una ofensiva
contrarrevolucionaria abierta. En nombre del «malestar social», Washington
apuesta a provocar una implosión interna para consumar la recolonización de la
isla. Defender a Cuba no es una opción moral, sino una obligación política de
la izquierda.
Valerio Arcary, Jacobin.
Fuente. Jaque al Neoliberalismo.
Lunes 9 de febrero del 2026.
La situación en Cuba ha empeorado
cualitativamente tras el ataque del pasado 3 de enero a Venezuela y el
consiguiente secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores. La interrupción de los
suministros a Cuba de petróleo venezolano se ha visto en parte compensada por
México, pero la
decisión y la capacidad de ese país de seguir enviando petróleo a Cuba se
ven hoy amenazadas. Trump apuesta a que apretando las tuercas del
estrangulamiento económico de la isla se podrá atizar las llamas del malestar
social y ya ha pronosticado el inminente colapso del gobierno cubano. La
prensa estadounidense ha difundido declaraciones extraoficiales de funcionarios
de la administración de Washington según las cuales existiría un plan para
derrocar al gobierno de Cuba a más tardar a finales de 2026. En
sus provocaciones, Trump llegó al extremo de declarar que Marco Rubio,
actual Secretario de Estado y proveniente de una familia de origen cubano,
podría ser un buen candidato para la presidencia de Cuba. Esta dramática
avalancha plantea un desafío estratégico para la izquierda mundial, en especial
la latinoamericana. La defensa de Cuba frente al imperialismo es
cuestión de principios. El proyecto de derrocamiento del gobierno
cubano es de naturaleza contrarrevolucionaria. La caída de ese gobierno
sería una derrota histórica cuyo impacto podría compararse sólo con el derrumbe
de la URSS en 1991. La restauración del capitalismo en Cuba sería
despiadada y el país se convertiría una vez más en una semicolonia; o
peor, en un protectorado estadounidense, similar al que existe en Puerto Rico,
desenlace devastador para toda América Latina.
La situación interna de Cuba es de una
inmensa penuria, lamentablemente
cada vez más parecida a la de los años noventa del llamado
«Período especial» que sobrevino al
derrumbe de la URSS. Apagones de varias horas al día castigan a la población de
la isla y ni siquiera las grandes ciudades se libran de ese flagelo. La escasez es generalizada, lo
mismo de alimentos que de medicinas. La mayoría de la población vive en
condiciones materiales de sacrificio. En 2024, Cuba solicitó ayuda al
Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, habida cuenta de la incapacidad
para satisfacer por medios propios agudas necesidades nutricionales de los
niños. Según estimaciones, la pandemia de Covid-19 hizo que la economía
cubana se contrajera en más del 10% del PIB. La crisis sanitaria ha
reducido casi a la nada el turismo y ha agravado la escasez de divisas
fuertes —dólares y euros— esenciales para financiar importaciones y
controlar la inflación. Desde 2020, cerca de un millón de cubanos han
abandonado la isla en su lucha por la supervivencia.
¿Por qué esta terrible vulnerabilidad?
Porque Cuba permanece dramáticamente asediada por el bloqueo de Washington, que se ha visto recrudecido por
las nuevas sanciones impuestas por el gobierno de Trump ya desde su primer
mandato (y que Biden dejara intactas). Situada a sólo 150 km del sur de
Florida, en 1959 Cuba fue escenario del triunfo de la primera revolución
socialista en América y, en cuanto Estado independiente, ha sido capaz de
resistir hasta hoy todo embate. El imperialismo yanqui considera inaceptable
que prevalezca esa Cuba. La burguesía cubana en Estados Unidos es
hoy mucho más fuerte que cuando huyera a ese país desde la isla, habiendo
pasado a engrosar la clase dominante yanqui, la más poderosa del mundo.
A diferencia de los capitalistas chinos en la diáspora, se ha negado a toda
negociación con el gobierno de Cuba y ha mantenido una posición de
irreconciliable apoyo al bloqueo contra Cuba. Descartada una estrategia militar
que daría lugar a una guerra civil, la apuesta de Washington consiste en
llevar poco a poco a Cuba a una cruel e implacable asfixia económica a fin
de fomentar una crisis social y la subversión interna dentro de la isla.
El aislamiento de Cuba, agravado por
la evolución desfavorable
de la correlación política de fuerzas en el sistema mundial ante la ofensiva
de Trump por preservar la supremacía de Estados Unidos, está en la base de la
actual coyuntura. Cuba no es una prueba de que el socialismo sea
inviable, sino todo lo contrario. Durante décadas, Cuba entusiasmó al mundo
con extraordinarias proezas sociales cuyos resultados en educación, salud
pública e investigaciones médicas eran muy superiores a los de países con
muchos más recursos naturales y anterior nivel de desarrollo material y
tecnológico. Los logros científicos de Cuba abarcaron, en fecha muy
reciente, el desarrollo autónomo, en tiempo récord, de vacunas contra el
coronavirus. La propiedad social y la planificación económica han demostrado su
superioridad en comparación con los regímenes de propiedad y sistemas de
gestión en Estados capitalistas en una etapa similar de desarrollo económico y
social. No tiene sentido comparar a Cuba con España, pero sí con países vecinos
de América Central o el Caribe. En sentido general, mientras existió la
URSS, el desarrollo social de Cuba fue todo un éxito. Para citar sólo unos
pocos ejemplos, todavía en 2022, según datos del Programa de las Naciones
Unidas para el Desarrollo, Cuba exhibía un Índice de Desarrollo Humano
de 0.762, lo que la situaba en el grupo de países de «alto desarrollo
humano», con una esperanza de vida de 77,63 años y una tasa de
mortalidad infantil que hasta ese mismo año había sido durante décadas inferior
a la de Estados Unidos: aproximadamente 4.08-5 muertes por cada 1.000 nacidos
vivos en Cuba en comparación con aproximadamente 5.4-5.9 por cada 1.000
nacidos vivos en Estados Unidos. Por otro lado, el proceso de transición
poscapitalista en Cuba se vio interrumpido por numerosos factores. Aun
así, los nuevos sectores sociales acomodados que se fueron constituyendo en
la isla gracias a las oportunidades de negocio favorecidas por el propio
gobierno con el fin de aumentar la capacidad productiva y atraer inversiones
extranjeras, permanecen fuera del poder. No se puede dejar de reconocer, sin
embargo, que tras tantos años de devastadores sacrificios en Cuba se ha
producido una fractura generacional difícil, si no imposible de cerrar.
La estrategia de Trump apunta a la
subversión política y social en Cuba por medio de su estrangulamiento económico. El malestar social en la isla
aumentó a medida que la vida se hacía más y más difícil. No obstante,
las razones que pueden llevar a que la gente salga a manifestarse en las calles
—aun cuando sean legítimas y comprensibles, como durante las masivas protestas
del 11 de julio de 2021— no son suficientes para caracterizar de progresista
cualquier movilización. Ser de izquierda no nos obliga a apoyar cualquier
movilización contra el gobierno. En la tradición marxista, son cuatro
los criterios para formarse una opinión sobre la naturaleza de una protesta
social:
1) cuáles son las reivindicaciones o
el programa;
2) cuál es el sujeto social;
3) quién desempeña el papel de sujeto
político; y
4) cuáles son los resultados
probables.
No basta con que las reivindicaciones
sean justas. Que el sujeto social
sea de extracción popular es un factor importante, pero tampoco es
suficiente. Si la dirección es reaccionaria, ignorar el desenlace más
probable es una imprudencia. Se impone la necesidad de un análisis
objetivo para no caer en la trampa de desvalorizar el papel de quienes dirigen
la movilización y de pasar por alto el desenlace que esa dirección
busca. La lucha por el poder es el núcleo de la lucha de clases. Una
desestabilización del gobierno cubano para propiciar la entrega del país a la
burguesía de Miami sería una tragedia histórica.
En Cuba, la alternativa no es entre dictadura y democracia, sino —como en
Venezuela e Irán— entre independencia o recolonización. Defender a Cuba frente
a las presiones imperialistas no significa alinearse incondicionalmente con
toda acción o medida del gobierno de La Habana. Por el contrario, toda actitud
solidaria e internacionalista honesta debe ser una actitud de apoyo crítico,
tanto en el plano estratégico como en el táctico. Lo que significa que quienes
defiendan a la Revolución deben estar en condiciones de ejercer sus derechos
democráticos a la libre expresión ante onerosas presiones burocráticas.
En diciembre de 2025, Alejandro Gil, exministro de
Economía de Cuba, fue condenado a cadena perpetua. Entre los cargos que se le
imputaron, según el Tribunal Supremo Popular de Cuba, figuraban acusaciones
de espionaje, corrupción, soborno y delitos económicos. Al parecer,
Gil había abusado de su cargo en beneficio personal y facilitado información a
entidades extranjeras. Aun así, la supervivencia de Cuba es una prueba
impresionante de los logros alcanzados por la Revolución hasta los años
noventa. La mayoría de los Estados que conquistaron la independencia política
en la ola de revoluciones antimperialistas que siguió a la victoria de las
revoluciones china y cubana no fueron capaces de preservar sus logros
revolucionarios: Argelia y Egipto son ejemplos de esa regresión
histórica posterior a 1991. En ese contexto, la responsabilidad de
Brasil —y, en una escala diferente, la de China— en la solidaridad con Cuba es
ineludible. Cuba está en peligro. Hay que salvarla.
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