domingo, 24 de mayo de 2026

LA TRAMPA DE TUCÍDIDES Y LA CUMBRE TRUMP–XI JINPING, por Manuel Rodríguez Cuadros.

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“Lo cierto es que la posibilidad de que la cumbre de Beijing abra un nuevo períodoaunque quizás todavía larvario— de una relación menos conflictiva y más cooperativa entre China y Estados Unidos posee, más allá de las intenciones de sus líderes, importantes bases materiales que pueden tornarla viable. Stéphanie Balme sostiene que Estados Unidos y China son dos sistemas que tienden a converger y a hibridarse: “Hoy, Estados Unidos redescubre, a través de China, instrumentos que ellos mismos habían contribuido a marginalizar durante las décadas de globalización liberal: política industrial, subsidios masivos, control de las cadenas de suministro críticas y seguridad tecnológica”.

“La hibridación se produciría en una dinámica en la que China profundiza mecanismos de competitividad y recurre a instrumentos de mercado, mientras Estados Unidos reivindica formas de intervención estatalantes demonizadas por la teoría liberal— en nombre de la seguridad económica y la soberanía industrial. Balme incluso señala paralelismos en las dinámicas políticas internas de ambas potencias: soberanismo, conservadurismo social y centralidad del poder nacional. Lo que sí constituye una evidencia es la existencia de una interdependencia compleja entre ambas economías y el hecho de que la apuesta por la coexistencia pacífica y la estabilidad empieza a emerger como un interés compartido. La única cuestión que podría alterar radicalmente este escenario sería un cambio en Estados Unidos respecto de la política de “una sola China”. Esa es la línea roja reiterada en Beijing por Xi Jinping y que, en principio, fue recibida con claridad por Donald Trump.

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LA TRAMPA DE TUCÍDIDES Y LA CUMBRE TRUMP–XI JINPING,

por Manuel Rodríguez Cuadros.

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Por Manuel Rodríguez Cuadros. Jurista y ex Ministro de Relaciones Exteriores.

Fuente. La República domingo 24 de mayo del 2026.

" La única cuestión que podría alterar radicalmente este escenario sería un cambio en Estados Unidos respecto de la política de “una sola China”. Esa es la línea roja reiterada en Beijing por Xi Jinping y que, en principio, fue recibida con claridad por Donald Trump"

El lenguaje es el instrumento esencial de la diplomacia. Expresa siempre —o casi siempre— la voluntad negociadora o posicional de los Estados. La precisión o imprecisión, la claridad o ambigüedad del lenguaje marcan los márgenes de la negociación o de las correlaciones de fuerza. La exactitud de lo que se dice o no se dice determina el alcance de lo que un jefe de Estado o un negociador puede aceptar o no aceptar. A ese margen, técnicamente, se le denomina “zona de posible acuerdo” (ZOPA).

Cuando los asuntos de Estado son de especial trascendencia, la manera más segura de instrumentar el lenguaje por vía oral es leyendo. De esa manera, cada expresión es sopesada a partir de su significante (el término o símbolo utilizado) y de su significado (el contenido real o la interpretación política que se le atribuye).

El alcance y la trascendencia del encuentro en la cumbre entre los presidentes Xi Jinping y Donald Trump deben buscarse en el lenguaje que ambos mandatarios utilizaron para fijar sus posiciones y reseñar sus entendimientos. Con la salvedad de que Xi utilizó siempre la regla del lenguaje escrito. Trump la combinó con su conocida espontaneidad oral, que muchas veces hace más difícil la tarea de descifrar con exactitud sus posiciones.



Con el telón de fondo de una grave situación internacional caracterizada por las políticas de poder unilaterales de la diplomacia del America First, la competencia tecnológica y comercial entre ambas naciones, la sensibilidad china respecto de la cuestión de Taiwán y la redefinición del equilibrio global entre Washington y Beijing, Xi optó por el uso de los dos extremos del lenguaje diplomático: el simbólico y el de precisión absoluta.

En lenguaje simbólico hizo referencia al ya clásico teorema del historiador de la Guerra del Peloponeso, denominado la “trampa de Tucídides”, concepto popularizado contemporáneamente por Graham Allison. Dijo Xi:

“Mientras la transformación del siglo se acelera y el panorama internacional atraviesa cambios y turbulencias, el mundo ha llegado a una nueva encrucijada. ¿Pueden China y Estados Unidos superar la ‘trampa de Tucídides’ y establecer un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias? ¿Podemos enfrentar juntos los desafíos globales y aportar mayor estabilidad al mundo?”.

La trampa de Tucídides hace referencia a la constatación histórica de que el ascenso de Atenas y el temor de Esparta a ser desplazada como centro del poder hicieron inevitable la guerra.

Al recurrir Xi a este lenguaje simbólico, es evidente que no lo hace literalmente con referencia a la guerra, sino en la acepción más amplia del conflicto, que puede incluirla, pero que en el actual momento histórico remite más bien a la posibilidad —que debe excluirse— de una relación de conflicto antagónico permanente.

Al mismo tiempo, al recurrir a la noción de potencias dominante y ascendente, hizo un reconocimiento implícito de la unipolaridad actual del poder, con Estados Unidos como potencia dominante. Pero también una autopercepción explícita de China como la potencia ascendente del sistema, una potencia capaz de poner en cuestión la hegemonía de la potencia dominante.



La base material de esta afirmación es evidente: China es hoy la primera potencia industrial y comercial del mundo, así como la primera economía medida en términos de paridad de poder adquisitivo. Pero sigue siendo la segunda economía global debido a la primacía estadounidense en servicios, desarrollo tecnológico, control del mercado financiero, capacidad de innovación e influencia sobre la evolución de la economía mundial. Pero el ascenso del poder chino ya no es solamente económico: es global e incluye dimensiones políticas, diplomáticas, militares y estratégicas.

La reflexión de Xi, alejándose del axioma de Tucídides, llama la atención sobre la necesidad de negarlo y apostar por una estabilidad estratégica que haga primar la negociación y la cooperación sobre el conflicto.

A este nivel —el del curso que deben tomar las relaciones sinoestadounidenses— el lenguaje simbólico es sustituido en Xi por la palabra precisa y los contenidos unívocos:

“¿Podemos establecer un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias?”. La respuesta es afirmativa: “La revitalización de la nación china y el objetivo de hacer grande nuevamente a los Estados Unidos pueden avanzar juntos, ayudarse mutuamente al éxito y promover el bienestar del mundo entero”.

Por primera vez, China reconoce implícitamente la legitimidad de la opción MAGA (Make America Great Again), con sus componentes de nacionalismo económicoproteccionismo comercial, relocalización industrial y crítica a la globalización neoliberal—, así como del soberanismo, entendido como prioridad del interés nacional. Afirma también que este interés nacional norteamericano no tiene incompatibilidad con la estrategia china de desarrollo nacional, político y social, y abre el derrotero para “avanzar juntos y ayudarse mutuamente”.

Estas definiciones implican, ya en el plano de la política exterior, apostar por la viabilidad de establecer entre Estados Unidos y China una relación de estabilidad estratégica y coexistencia pacífica, que reduzca las contradicciones antagónicas y permita que las coincidencias y la oposición de intereses puedan resolverse mediante la negociación y el interés recíproco.



Trump no dio respuestas específicas plenamente alineadas con lo dicho por Xi, pero en su propio lenguaje matizó más que nunca sus apreciaciones sobre el papel de China en la actual escena mundial y sobre el sentido y direccionalidad de las relaciones bilaterales.

Expresiones como

“Queremos una China fuerte, con una relación justa” o, más específicamente, en una referencia indirecta a la “trampa de Tucídides”, “el conflicto entre grandes potencias no beneficia a nadie”, así como sus reiteradas referencias al “respeto mutuo”, a la “competencia equilibrada” y a las “responsabilidades históricas” de ambas potencias, revelan una aproximación menos confrontación y de apertura a las propuestas de Xi Jinping.

Lo cierto es que la posibilidad de que la cumbre de Beijing abra un nuevo períodoaunque quizás todavía larvario— de una relación menos conflictiva y más cooperativa entre China y Estados Unidos posee, más allá de las intenciones de sus líderes, importantes bases materiales que pueden tornarla viable.

Stéphanie Balme sostiene que Estados Unidos y China son dos sistemas que tienden a converger y a hibridarse:

“Hoy, Estados Unidos redescubre, a través de China, instrumentos que ellos mismos habían contribuido a marginalizar durante las décadas de globalización liberal: política industrial, subsidios masivos, control de las cadenas de suministro críticas y seguridad tecnológica”.

La hibridación se produciría en una dinámica en la que China profundiza mecanismos de competitividad y recurre a instrumentos de mercado, mientras Estados Unidos reivindica formas de intervención estatalantes demonizadas por la teoría liberal— en nombre de la seguridad económica y la soberanía industrial. Balme incluso señala paralelismos en las dinámicas políticas internas de ambas potencias: soberanismo, conservadurismo social y centralidad del poder nacional.

Lo que sí constituye una evidencia es la existencia de una interdependencia compleja entre ambas economías y el hecho de que la apuesta por la coexistencia pacífica y la estabilidad empieza a emerger como un interés compartido. La única cuestión que podría alterar radicalmente este escenario sería un cambio en Estados Unidos respecto de la política de “una sola China”. Esa es la línea roja reiterada en Beijing por Xi Jinping y que, en principio, fue recibida con claridad por Donald Trump.

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sábado, 23 de mayo de 2026

TESIS EN LA ONU: ERRADICAR LA POBREZA SIN CRECIMIENTO PERPETUO.

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“Se plantea la necesidad de financiar esas transformaciones mediante impuestos a la riqueza y a las herencias, así como la cancelación de las cargas de deuda soberana insostenibles que impiden a muchos países invertir en protección social. Aunque los países de ingresos bajos y medios puedan necesitar aún cierto crecimiento para invertir en infraestructuras y servicios públicos, el desafío es “apoyar un crecimiento menos dependiente de las cadenas de suministro mundiales explotadoras”.

“Ese crecimiento debería “permitir el desarrollo sin perpetuar la desigualdad o el daño medioambiental” de acuerdo con la hoja. “Cuando comencé mi mandato hace seis años, la agenda ‘más allá del crecimiento’ estaba en los márgenes. Hoy, mientras nuestras estructuras económicas nos precipitan hacia la catástrofe climática y niveles extremos de desigualdad, está configurando cada vez más el debate”, afirmó De Schutter.

“La hoja de ruta se presenta en un momento crucial, cuando la comunidad internacional comienza a diseñar la próxima generación de Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que sustituirán a los actuales cuando expiren en 2030. De Schutter advirtió que estos nuevos objetivos «se quedarán cortos si no miran más allá del crecimiento».“Poner fin a la pobreza es uno de los desafíos más urgentes de la humanidad, pero seguirá siendo inalcanzable a menos que estemos dispuestos a repensar los supuestos económicos que han guiado mal las políticas durante generaciones”, concluyó De Shutter.

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Fuentes: IPS.

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TESIS EN LA ONU: ERRADICAR LA POBREZA SIN CRECIMIENTO PERPETUO.

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Por | 23/05/2026 | EconomíaOtro mundo es posible

Fuentes Revista rebelión sábado 23 de mayo del 2026.

La pobreza puede superarse más allá del crecimiento económico con políticas diferentes a las sostenidas hasta ahora por numerosos economistas, organizaciones y gobiernos, con acuerdos y políticas como mejores empleos, una renta básica universal y cancelación de las deudas soberanas insostenibles, afirma una nueva hoja de ruta presentada por un experto de la ONU.

GINEBRA – Un experto independiente de las Naciones Unidas presentó el miércoles 22 de abril una hoja de ruta para erradicar la pobreza sin necesidad de un crecimiento económico perpetuo, un enfoque que desafía décadas de ortodoxia en las políticas de desarrollo.

El modelo actual “no es realista ni sostenible, y a menudo es contraproducente”, afirmó Olivier de Schutter, relator especial sobre pobreza extrema y derechos humanos, en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en esta ciudad suiza de Ginebra.

“Durante décadas, la narrativa dominante ha sido que el crecimiento económico es la única salida de la pobreza», declaró De Schutter en la presentación de su Hoja de Ruta para la Erradicación de la Pobreza más allá del Crecimiento.

Sin embargo,

“la economía global que hemos construido canaliza una inmensa riqueza hacia las manos de una élite diminuta, debilita las instituciones democráticas y atrapa a millones en trabajos mal pagados”, aseveró.

“Se basa en el saqueo de los recursos naturales y la mano de obra barata del Sur global, y ha causado daños irreparables al planeta”, dijo De Schutter.



Agregó que

“en nombre de la competitividad y el crecimiento, los gobiernos también han debilitado las protecciones laborales, desregulado los mercados y recortado los servicios públicos, profundizando la inseguridad y las desigualdades”.

La hoja expone que el crecimiento económico, definido como el aumento del producto interno bruto (PIB),

“se ha visto durante mucho tiempo como algo deseable en sí mismo, y los economistas han estudiado cómo conseguirlo, y los políticos cómo repartir sus beneficios”.

A su vez, los órganos de derechos humanos han considerado el crecimiento como una condición indispensable para el ejercicio de los derechos económicos y sociales, bajo el supuesto de que sin crecimiento no habría recursos que movilizar para

La asistencia sanitaria, viviendas sociales, educación o crear puestos de trabajo.

En cuanto a los gobiernos

“siguen actuando como si el crecimiento infinito fuera posible. Desoyendo las advertencias de los científicos, parecen creer que la actividad económica puede expandirse sin fin, como si la Tierra fuese a proporcionar recursos ilimitados eternamente”, advierte el documento.

Sostiene la hoja que mientras la economía se rija principalmente por la obtención del máximo beneficio, responderá a la demanda expresada por los grupos más ricos de la sociedad,

“provocando formas de producción extractivas que empeoran la exclusión social en nombre de la creación de más riqueza”.

“No logrará hacer efectivos los derechos de las personas en situación de pobreza”, sentencia el texto.



De Shutter afirma que

“el paso de una economía impulsada por la búsqueda de la maximización de los beneficios a una economía basada en los derechos humanos no solo es posible, sino que resulta necesario para mantenerse dentro de los límites planetarios”.

La nueva hoja de ruta fue construida con las contribuciones de más de 400 expertos de todo el sistema de la ONU, el mundo académico, los gobiernos, la sociedad civil y los sindicatos, y ofrece opciones de política concretas para una transición hacia una economía de derechos humanos.

Entre las medidas propuestas se incluye el fortalecimiento de los servicios públicos universales y los sistemas de cuidados, y la introducción de mecanismos de seguridad de los ingresos, como la renta básica universal.

Asimismo, la garantía de acceso a un trabajo digno a través de un empleo público garantizado, y la reducción del tiempo de trabajo, garantizando al mismo tiempo salarios justos y dignos.

Se plantea la necesidad de financiar esas transformaciones mediante impuestos a la riqueza y a las herencias, así como la cancelación de las cargas de deuda soberana insostenibles que impiden a muchos países invertir en protección social.

Aunque los países de ingresos bajos y medios puedan necesitar aún cierto crecimiento para invertir en infraestructuras y servicios públicos, el desafío es

“apoyar un crecimiento menos dependiente de las cadenas de suministro mundiales explotadoras”.

Ese crecimiento debería

“permitir el desarrollo sin perpetuar la desigualdad o el daño medioambiental” de acuerdo con la hoja.

“Cuando comencé mi mandato hace seis años, la agenda ‘más allá del crecimiento’ estaba en los márgenes. Hoy, mientras nuestras estructuras económicas nos precipitan hacia la catástrofe climática y niveles extremos de desigualdad, está configurando cada vez más el debate”, afirmó De Schutter.

La hoja de ruta se presenta en un momento crucial, cuando la comunidad internacional comienza a diseñar la próxima generación de Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que sustituirán a los actuales cuando expiren en 2030.

De Schutter advirtió que estos nuevos objetivos «se quedarán cortos si no miran más allá del crecimiento».

“Poner fin a la pobreza es uno de los desafíos más urgentes de la humanidad, pero seguirá siendo inalcanzable a menos que estemos dispuestos a repensar los supuestos económicos que han guiado mal las políticas durante generaciones”, concluyó De Shutter.

A-E/HM

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viernes, 22 de mayo de 2026

LA PRESENCIA DE CHINA EN AMÉRICA LATINA.

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“Pero al mismo tiempo, muchos gobiernos responden con un argumento sencillo, occidente nunca ofreció el nivel de financiamiento e infraestructura que ahora ofrece China, y aquí está la gran contradicción del asunto; para algunos, Beijing representa una oportunidad histórica de crecimiento, desarrollo, modernización y diversificación económica. Para otros, representa el nacimiento de una nueva dependencia extranjera disfrazada de cooperación. Lo cierto es que en 2026 América Latina ya no es un simple espectador del conflicto global, ahora es uno de los campos de batalla más importantes de la disputa entre China y EE. UU. por recursos, tecnología, energía y control económico. China ya no es solamente un comprador de materias primas, se convierte en un actor profundamente metido en sectores clave de la región, como el litio, cobre, puertos, telecomunicaciones, inteligencia artificial, minería, energía, vigilancia digital y movilidad eléctrica. La gran pregunta es si América Latina logrará usar esta relación para fortalecer industrias propias y ganar soberanía económica y desarrollo, o si terminará atrapada en un modelo de dependencia, deuda y control tecnológico extranjero. Porque la pelea por América Latina ya inició, y lo que pase en esta región durante las próximas décadas, podría definir buena parte del nuevo equilibrio mundial. 

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Fuentes: Rebelión.

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LA PRESENCIA DE CHINA EN AMÉRICA LATINA.

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Por Mg. José A. Amesty Rivera | 22/05/2026 | América Latina y Caribe.

Fuentes. Revista Rebelión viernes 22 de mayo del 2026.

La gente común de nuestros pueblos latinoamericanos ya no habla de China solamente como un país lejano que compra petróleo, hierro o soya, ahora se habla de una potencia que se está metiendo “hasta la cocina” en América Latina, y no solo en comercio, también en tecnología, puertos, carreteras, energía, telecomunicaciones, inteligencia artificial, vigilancia digital y hasta en el juego político de la región. 

En 2026, China dejó de ser simplemente “un cliente grande”, hoy es uno de los actores más poderosos dentro de América Latina y está peleando cara a cara con EE. UU. y Europa por el control económico y estratégico del continente.

Y la verdad es que esto no pasa de la noche a la mañana; mientras América Latina se hunde entre deuda, crisis económicas, corrupción, industrias quebradas y gobiernos desesperados buscando financiamiento, Beijing llega ofreciendo plata rápida, obras gigantescas y tecnología sin sermones políticos ni condiciones incómodas.

Ahí fue donde China encuentra la puerta abierta, lo que hace veinte años parecía un simple negocio comercial, hoy es una transformación completa del mapa de poder latinoamericano. 



China ya controla o participa en puertos, redes eléctricas, minas, telecomunicaciones, proyectos energéticos, satélites y sistemas tecnológicos sensibles; su influencia se mete desde las calles de Bogotá hasta las minas de litio en Bolivia, pasando por el petróleo venezolano y los puertos gigantes del Pacífico.

Y mientras muchos gobiernos celebran inversiones y acuerdos, otros advierten que la región podría estar entrando en una nueva forma de dependencia extranjera; porque sí, cambió el jugador, pero el riesgo de subordinación sigue allí.  

El comercio es probablemente la cara más visible de esta expansión, China ya es el principal socio comercial de varios países sudamericanos, compra cantidades cuantiosas de soya, cobre, hierro, petróleo, carne y litio, mientras inunda la región con maquinaria, tecnología, paneles solares, productos industriales y vehículos eléctricos.

Hoy el comercio entre China y América Latina supera el medio billón de dólares al año, una cifra que hace dos décadas parecía pura ciencia ficción. 

Pero detrás de estos números bonitos aparece una realidad incómoda; América Latina sigue exportando materia prima barata e importando productos industrializados, o sea, seguimos jugando el viejo papel de proveedores de recursos mientras otros se quedan con la tecnología, la industria y las ganancias grandes



Brasil es uno de los mejores ejemplos. China se convirtió en el principal comprador de soya brasileña y también absorbe enormes cantidades de hierro, petróleo y carne; hay regiones enteras del agro brasileño que dependen directamente de lo que decida Beijing. Si China compra más, la economía rural respira, si China baja las compras, miles de productores tiemblan. Este nivel de dependencia ya preocupa dentro de sectores industriales brasileños, especialmente porque productos chinos mucho más baratos están golpeando fábricas locales y aumentando la vulnerabilidad económica.

Mientras tanto, empresas chinas avanzan sobre redes eléctricas, energía, puertos y telecomunicaciones. Huawei prácticamente se volvió protagonista del despliegue tecnológico brasileño y juega fuerte en las redes 5G.

Además, marcas chinas de vehículos eléctricos están entrando agresivamente al mercado latinoamericano, desplazando poco a poco a fabricantes occidentales. Y aquí es donde la pelea geopolítica se pone seria, porque el 5G no es solamente internet rápido, aquí también se juega inteligencia artificial, automatización industrial, vigilancia urbana y control de infraestructura crítica. 

Washington lo sabe perfectamente, por esto Estados Unidos lleva años presionando a gobiernos latinoamericanos para frenar el avance tecnológico chino.



Argentina enfrenta otro escenario delicado. El país tiene una de las mayores reservas de litio del planeta, un recurso fundamental para baterías, autos eléctricos y toda la transición energética mundial. China ya se está posicionando fuerte dentro del llamado “triángulo del litio”, compartido con Bolivia y Chile. Pero además del litio, Beijing financió represas, ferrocarriles y proyectos energéticos argentinos. Y el punto más sensible sigue siendo la estación espacial china instalada en Neuquén, en plena Patagonia. Oficialmente es una base científica.

Extraoficialmente, muchos en Washington sospechan posibles usos militares o de inteligencia. Esto demuestra que la competencia entre China y EE. UU. ya no ocurre solamente en Asia o en el Mar del Sur de China, la batalla también se está jugando en territorio latinoamericano. 

Chile ocupa otro lugar clave porque controla algunos de los minerales más importantes para el futuro energético global. El cobre chileno es vital para industrias tecnológicas y eléctricas, mientras el litio se vuelve prácticamente oro moderno; China ya participa en minería, energía y telecomunicaciones chilenas. 

Y EE. UU. mira con preocupación proyectos relacionados con cables submarinos, centros de datos y redes digitales estratégicas, porque quien controle los minerales críticos y la infraestructura digital del futuro tendrá una ventaja brutal sobre la economía mundial. 


Perú se ha convertido en uno de los principales laboratorios de expansión china en infraestructura; empresas chinas tienen enorme presencia en minas de cobre y oro, pero el proyecto que más preocupa a Washington es el mega puerto de Chancay. Este puerto, financiado con capital chino, podría cambiar completamente las rutas comerciales entre Sudamérica y Asia. Para Beijing, es una pieza estratégica dentro de su expansión marítima global, para EE. UU. es otro punto de influencia china creciendo en el Pacífico latinoamericano.

Bolivia también entró de lleno en el tablero geopolítico gracias al litio. Durante años el país tuvo dificultades para industrializar sus reservas, y ahí apareció China ofreciendo financiamiento, tecnología y acuerdos industriales. Además, crecieron convenios relacionados con satélites, telecomunicaciones y vigilancia digital. Muchos ya llaman al litio “el petróleo del siglo XXI”, y no es exageración. El país o bloque que domine ese recurso tendrá poder enorme sobre la economía energética del futuro.

Venezuela representa probablemente uno de los vínculos más profundos entre China y América Latina. Durante años, Beijing prestó miles de millones de dólares respaldados con petróleo venezolano, incluso después del colapso económico, China mantuvo apoyo financiero, tecnológico y diplomático al gobierno venezolano. Empresas chinas participaron en telecomunicaciones, sistemas de monitoreo estatal y vigilancia digital, y esto encendió todas las alarmas en Washington. Porque para EE. UU. no se trata solamente de negocios, también ven una expansión de modelos de control político apoyados en tecnología china.

Colombia muestra otro fenómeno interesante, aunque históricamente fue uno de los aliados más cercanos de Estados Unidos en Sudamérica, China logró avanzar fuerte en infraestructura y tecnología. El metro de Bogotá, construido por un consorcio chino, es uno de los símbolos más visibles de ese avance. Incluso empresarios colombianos comenzaron a mirar más hacia Asia mientras algunos mercados occidentales se desaceleran; esto manda un mensaje clarísimo, hasta los aliados tradicionales de Washington están buscando diversificar relaciones. 



México vive quizás el equilibrio más complicado de todos, su economía depende profundamente de EE. UU., pero China ya se volvió clave en manufactura, electrónica y vehículos eléctricos. Washington acusa constantemente a empresas chinas de usar territorio mexicano para esquivar aranceles y entrar indirectamente al mercado norteamericano. Mientras tanto, fabricantes chinos siguen creciendo gracias a precios más baratos y producción masiva; México intenta jugar en ambos bandos sin romper con ninguno. 

Panamá sigue siendo una joya geopolítica por el canal interoceánico; China entendió hace años que controlar rutas logísticas globales vale tanto como controlar petróleo o minerales. Empresas chinas participaron en puertos, infraestructura marítima y proyectos estratégicos vinculados al comercio internacional, y claro, EE. UU. no piensa quedarse tranquilo viendo cómo Beijing gana terreno en uno de los puntos más sensibles del continente. 

Ecuador también recibió una ola fuerte de capital chino en hidroeléctricas, minería y petróleo, pero varios proyectos terminaron cuestionados por sobrecostos, fallas técnicas y dependencia financiera. Ahí nace otra discusión cada vez más fuerte en América Latina; ¿China realmente ayuda al desarrollo o simplemente está construyendo una nueva forma de dependencia?

Uruguay intenta mantener el equilibrio, comercia cada vez más con China, vende productos agrícolas y fortalece acuerdos tecnológicos, pero sin romper totalmente con Occidente. 

Costa Rica tiene un peso simbólico importante porque fue uno de los primeros países centroamericanos en romper relaciones con Taiwán para reconocer oficialmente a China, desde entonces crecieron inversiones, cooperación tecnológica e infraestructura. Pero también aparecieron investigaciones sobre minería ilegal y tráfico de oro vinculadas a cadenas internacionales conectadas, supuestamente con el mercado chino. Esto demuestra la posibilidad que la expansión económica también puede mezclarse con redes criminales, corrupción y destrucción ambiental. 



En Cuba y Nicaragua, la relación con China tiene además un componente político clarísimo, ambos gobiernos ven en Beijing un aliado frente a sanciones y presiones occidentales; China participa en telecomunicaciones, infraestructura y financiamiento estatal.

En Nicaragua, el acercamiento explotó después de romper relaciones diplomáticas con Taiwán. Y mientras eso ocurre, países como Paraguay enfrentan presiones económicas internas para acercarse también a Beijing.

La pelea diplomática entre China y Taiwán ya aterrizó de lleno en América Latina

Uno de los sectores donde China avanza más rápido es el de vehículos eléctricos, marcas como BYD, Chery, Geely y MG están entrando con fuerza gracias a modelos más baratos y agresivos que muchos competidores occidentales, en este sentido, Brasil, México, Chile y Colombia son mercados prioritarios. 

Esto acelera la transición energética, sí, pero también aumenta la dependencia tecnológica de cadenas industriales controladas por China. Huawei sigue dominando buena parte de las telecomunicaciones latinoamericanas pese a toda la presión de Washington, y aquí ya no estamos hablando solamente de celulares o internet, estamos hablando de inteligencia artificial, automatización, vigilancia urbana y seguridad nacional.

EE. UU. teme que China termine obteniendo acceso privilegiado a infraestructura crítica latinoamericana mediante estas tecnologías. 

El espacio también entró en la pelea. China desarrolla cooperación espacial con Argentina, Bolivia, Venezuela y Brasil, oficialmente son proyectos científicos, pero Washington sospecha posibles usos militares duales. La competencia espacial ya dejó de ser cosa exclusiva de las superpotencias tradicionales



América Latina ahora forma parte del tablero geopolítico; las críticas al avance chino son cada vez más fuertes. Muchos economistas creen que la región corre el riesgo de hundirse otra vez en el viejo modelo extractivista, que es, exportar recursos baratos mientras otros desarrollan industria y tecnología. Otros alertan sobre deuda, pérdida de soberanía y dependencia tecnológica.

Además, comunidades indígenas y grupos ambientalistas denuncian contaminación, destrucción ecológica y conflictos sociales relacionados con proyectos extractivos impulsados por empresas extranjeras, incluidas compañías chinas.

Pero al mismo tiempo, muchos gobiernos responden con un argumento sencillo, occidente nunca ofreció el nivel de financiamiento e infraestructura que ahora ofrece China, y aquí está la gran contradicción del asunto; para algunos, Beijing representa una oportunidad histórica de crecimiento, desarrollo, modernización y diversificación económica. Para otros, representa el nacimiento de una nueva dependencia extranjera disfrazada de cooperación.

Lo cierto es que en 2026 América Latina ya no es un simple espectador del conflicto global, ahora es uno de los campos de batalla más importantes de la disputa entre China y EE. UU. por recursos, tecnología, energía y control económico. China ya no es solamente un comprador de materias primas, se convierte en un actor profundamente metido en sectores clave de la región, como el litio, cobre, puertos, telecomunicaciones, inteligencia artificial, minería, energía, vigilancia digital y movilidad eléctrica.

La gran pregunta es si América Latina logrará usar esta relación para fortalecer industrias propias y ganar soberanía económica y desarrollo, o si terminará atrapada en un modelo de dependencia, deuda y control tecnológico extranjero. Porque la pelea por América Latina ya inició, y lo que pase en esta región durante las próximas décadas, podría definir buena parte del nuevo equilibrio mundial. 

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jueves, 21 de mayo de 2026

¿BOLIVIA POR QUÉ DEBE RENUNCIAR RODRIGO PAZ ¿A LA PRESIDENCIA?

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“La reorganización del pueblo frente a los derechos arrebatados. A pesar de la represión y del aparato institucional que bloquea la legalidad – el Tribunal Constitucional Plurinacional y el Tribunal Supremo Electoral actuando como brazos del Poder Ejecutivo–, el pueblo mantiene viva su capacidad de reorganización. Los derechos arrebatados por el Gobierno de Arce y ahora profundizados por Paz no han sido olvidados: están en la memoria colectiva y alimentan la combatividad de sindicatos, organizaciones sociales y sectores populares.

“La resistencia se articula en torno a la defensa de la CPE y a la denuncia de la ilegalidad que impide la participación del instrumento político del Pueblo. Esa energía latente anuncia que la renuncia de Paz no es solo un reclamo político, sino una necesidad para restablecer la soberanía popular para retomar el proceso de cambio y la revolución cultural que vive Bolivia. El ente aglutinador de todas las demandas nítidamente es la Constitución Política del Estado, y ésta se ha convertido en la bandera de lucha de las protestas y demandas populares y en el mayor temor de las minorías privilegiadas.

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Fuentes: Red de Economía Política.

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¿BOLIVIA POR QUÉ DEBE RENUNCIAR RODRIGO PAZ

¿A LA PRESIDENCIA?

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Por | 21/05/2026 | Bolivia

Fuente. Revista rebelión jueves 21 de mayo del 2026.

Desde el 1° de mayo, el pueblo ha puesto sobre la mesa un conjunto de demandas dirigidas al Gobierno, exigiendo que cumpla con su mandato constitucional de hacer respetar y respetar la CPE y, de defender, sin ambigüedades, los intereses nacionales y la voluntad popular que lo llevó al poder, hasta llegar a la demanda de que el Presidente Rodrigo Paz debe renunciar a la presidencia, no por capricho o consigna aislada producto del pueblo movilizado en las calles y carreteras, sino por la conclusión de seis meses de fracaso como Gobierno que se basa en la permanente mentira, la violación a la CPE y el intento de sofocar la voluntad popular.

1. La mentira como argumento y práctica política.

En estos seis meses, el Gobierno de Rodrigo Paz ha convertido la mentira en herramienta cotidiana de gestión. Promesas de estabilidad económica, transparencia institucional y respeto a la Constitución se han revelado como discursos vacíos. La práctica política se sostiene en anuncios sin respaldo técnico, en cifras maquilladas y en narrativas que buscan encubrir la improvisación. La mentira no es un error aislado: es el método de gobierno, un mecanismo de gestión para ganar tiempo mientras la crisis se profundiza y la confianza ciudadana se erosiona.

En estos seis meses, el Gobierno de Rodrigo Paz ha convertido la mentira en una marca corporativa registrada como forma de gobierno, la ha convertido en herramienta cotidiana de gestión. Promesas de estabilidad económica, transparencia institucional y respeto a la Constitución se han revelado como discursos vacíos. La práctica política se sostiene en anuncios sin respaldo técnico, en cifras maquilladas y en narrativas que buscan encubrir la improvisación.



El Gobierno insiste en reciclar el neoliberalismo, mientras convierte a la “CONFEDERACION OBRERA BOLIVIANA” COB y a los trabajadores en objeto de olvido y marginación.

La memoria inmediata nos remite al frustrado D.S. 5503, aquel intento burdo de reinstalar el neoliberalismo, y a los primeros gestos de reorganización del movimiento popular. Pese a ese fracaso, el Gobierno de Paz no cesa en su empeño: ahora retorna con medidas fragmentadas y encubiertas, buscando imponer la receta dictada por los organismos internacionales en beneficio del sector más acaudalado y reaccionario de la economía. En ese camino, relega y desprecia las demandas de la COB y de los trabajadores, hasta el extremo de convertir su rol histórico en objeto de burla y de reducción sistemática dentro de la sociedad boliviana.

La corrupción persistente en el negocio de los hidrocarburos, expresada en la compra de gasolina “basura” y diésel que deterioran el parque automotor; la rebaja de cuatro impuestos que favoreció directamente a las grandes fortunas; y la intención de beneficiar al sector agroindustrial mediante una ley de tierras en perjuicio de la economía comunitaria, constituyen los ejes que revelan y aceleran el frágil manejo del Estado.

En esa virtud falaz, Rodrigo Paz ha diseñado un discurso propio de sofistas, en los que se dirige a los sectores populares como si sus acciones fueran en beneficio a ellos, cuando la realidad demuestra que su proximidad a los sectores agroindustriales y a la banca son los que prevalecen a la hora de beneficiar con sus medidas inconstitucionales.



2. Un plan de gobierno ajeno y la intención de violentar la Constitución Política del Estado (CPE)

Las acciones aplicadas por Rodrigo Paz no corresponden a su propio programa electoral, sino que reproducen medidas de otro candidato y de sectores que buscan imponer un proyecto neoliberal. Esta apropiación revela dos cosas:

Falta de legitimidad política, porque gobierna con un plan que no fue votado.

Intención de modificar la Constitución Política del Estado, debilitando sus garantías y abriendo la puerta a la privatización de recursos estratégicos y a la concentración de poder. La CPE, conquistada como pacto social, se convierte en blanco de una ofensiva que pretende vaciarla de contenido y someterla a intereses externos.

La ausencia de un plan de gobierno se percibe por la debilidad en el discurso improvisado que le obligar a seguir mintiendo, difamando o elucubrando teorías “magníficas” sin contenido ni sentido político, de ahí su aplicación y tibieza al sostenerlo a través de un Órgano Ejecutivo sin claridad política ni técnica en su ejecución, acompañada por una Asamblea Legislativa que desconoce su mandato y por tanto inoperable y parasitaria.

La realidad nos demuestra el surgimiento de nuevos liderazgos populares desde el 1° de mayo. Las COB y sus 16 resoluciones del cabildo, se constituyeron en una línea base para las diferentes expresiones populares que permitieron organizar sus demandas hasta llegar a consolidarse como una consigna de lucha la Renuncia de Rodrigo Paz a la presidencia.

3. La reorganización del pueblo frente a los derechos arrebatados

A pesar de la represión y del aparato institucional que bloquea la legalidad – el Tribunal Constitucional Plurinacional y el Tribunal Supremo Electoral actuando como brazos del Poder Ejecutivo–, el pueblo mantiene viva su capacidad de reorganización. Los derechos arrebatados por el Gobierno de Arce y ahora profundizados por Paz no han sido olvidados: están en la memoria colectiva y alimentan la combatividad de sindicatos, organizaciones sociales y sectores populares.

La resistencia se articula en torno a la defensa de la CPE y a la denuncia de la ilegalidad que impide la participación del instrumento político del Pueblo. Esa energía latente anuncia que la renuncia de Paz no es solo un reclamo político, sino una necesidad para restablecer la soberanía popular para retomar el proceso de cambio y la revolución cultural que vive Bolivia.

El ente aglutinador de todas las demandas nítidamente es la Constitución Política del Estado, y ésta se ha convertido en la bandera de lucha de las protestas y demandas populares y en el mayor temor de las minorías privilegiadas.

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