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“Todos estos fracasos han enturbiado aún más la razón de la administración
Trump, llevándola ahora a ensayar una concepción racial del poder.
Apoyándose en Huntington -para quien el Estado es solo un vehículo de
una unidad más elevada llamada “civilización” compuesta por la religión,
la historia compartida, las costumbres, autoidentificación e
idioma- y cuya superioridad frente a otras se mide en la “aplicación
de la violencia organizada” (El choque de civilizaciones,
pág. 58), concluyeron que para terminar con el “régimen” de gobierno iraní
había que arrasar la “civilización” iraní. Y eso es lo que han
anunciado Pero ¿cómo se aniquila “en una noche” la cultura, la historia,
la forma de vida las instituciones y la religión de 90 millones de
personas? Las formas tradicionales de colonialismo de catequesis y aculturación
requieren décadas o siglos. Matarlos en campos de
concentración llevaría años. Hacer desaparecer una civilización
en una noche requiere inevitablemente una “solución final” atómica. Esa es la amenaza subyacente.
“Finalmente, el mismo 7 de abril,
Trump anunció una tregua de dos semanas. Las acciones de Wall Street volvieron a subir,
la llegada del Armagedón se guardó en el cajón y la tolerancia global
a la barbarie, se escondió detrás de un hipócrita silencio. Pero,
como en 1943, el mundo de lo “normalizado” ya se desplazó aún más
hacia el abismo. Se dice que Trump, sus palabras y acciones, no serán
duraderas y muestran la decadencia de un imperio y del viejo
orden mundial. Si, pero también deben ser vistas como el temible
estremecimiento del inicio de uno nuevo. Como nos lo recuerda
Hegel, la historia siempre avanza a tropezones del lado malo de
las pasiones y deseos egoístas. Por eso Trump es la mismísima
personificación del tiempo liminal.
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(AFP/Getty Images via AFP)
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¿CÓMO SE EXTERMINA UNA CIVILIZACIÓN?
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Por Álvaro
García Linera.
Sociólogo,
UNAM, México. Docente Universitario.
Universidad
Mayor de San Andrés. UMSA. Bolivia.
Otorgaron
Varios Doctorados Honoris Causa.
Exvicepresidente
de Bolivia- del MAS.
Fuente- Página /12 domingo 20 de abril del 2026.
El 7 de abril en su red social Truth,
el presidente Trump sentenció a Irán: “Esta noche una civilización entera
desaparecerá”.
Lo aterrador no es solo la intención de un presidente de una potencia
nuclear de prepararse para exterminar a toda “una civilización”, sino
también el silencio y morbo con el que esta monstruosa declaración
ha sido recibida por la “opinión pública” dominante en el mundo entero.
Pocos se horrorizaron ante la amenaza
pública y oficial de asesinar
a millones de personas -niños, adultos, ancianos- y devastar
su cultura, su historia, su religiosidad, su economía,
su geografía, sus instituciones y su descendencia, pues
todo eso es una “civilización”. Unos corrieron a ver cuánto
había afectado ese ultimátum al precio internacional del petróleo y
el gas que consumen en sus países. Otros, con indiferencia
desplazaron el dedo de la pantalla del celular para ver un video
más jocoso, en tanto una gran cantidad de psicópatas con poder
colocaron el cronómetro para contabilizar el tiempo que restaba
para presenciar el nuevo espectáculo: ver a Trump recular
épicamente, o contemplar en vivo la apocalíptica extinción
de una nación de 90 millones de personas. Les daba igual que fuese
una u otra.
Si alguien se pregunta cómo fue
posible que mientras que en 1944 en Auschwitz se cremaba una civilización y en la costa
báltica las clases medias alemanas disfrutaban con desbordante alegría
el caluroso verano, no tienen más que ver la displicente parsimonia de
los actuales gobernantes de la mayoría de los países del mundo,
y de sus representantes letrados, ante el genocidio en Gaza o las
estridentes intimidaciones del presidente estadounidense.
La comparación no es forzada. En 1943, el jefe supremo de las SS A. Himmler, en un discurso en Polonia, trazó la forma operativa del “exterminio del pueblo judío” (yadvashem. org). Sustituyan la palabra pueblo por civilización y tendrán la misma sentencia genocida que hoy se ha lanzado sobre Irán. Con la diferencia de que Himmler señaló que de ello “no se hablaría en público”. En cambio, hoy se lo hace a través de todos los medios de comunicación.
Este desplazamiento de la frontera de
lo normalizado públicamente,
de lo indiferente o risible para los parámetros morales del votante,
es llamativo. No tiene que ver únicamente con la cualidad
personal de los presidentes que monopolizan la fuerza
performativa del lenguaje oficial. Es, también, una predisposición
social a lo impensable y a la abominación, propias de aquellos
tiempos de colapso del sistema de creencias prevaleciente y la ausencia,
temporal, de uno nuevo.
Pero ¿cómo pasó el presidente Trump de planificar la
decapitación de los líderes de un país soberano a anunciar el posible
exterminio de una nación? Se puede decir que, en menos de un mes, Trump
y el gabinete que lo acompaña pasaron por tres concepciones del Estado, todas
ellas fallidas a la hora de instrumentalizarlas para sus
expectativas.
La primera, más cercana al absolutismo monárquico, que identifica el régimen de gobierno
de un país con la persona del soberano. En este caso, decapitar
al gobernante es descabezar la cohesión política de la sociedad, lo
que la convierte en un conglomerado de personas derrotadas y sumisas
hacia el soberano externo que detenta la capacidad de definir
la vida, o la muerte, de cualquier otra persona del país. Por
ello, matar al líder supremo iraní -Ali Jamanei-fue el principal
objetivo del bombardeo norteamericano sobre Irán.
El éxito de este objetivo fue espectacular. Trump anuncia operaciones militares el 28 de febrero y el 1 de marzo, se confirma la muerte del líder iraní. Pero, contra todo lo esperado, el gobierno no cayó ni el pueblo iraní salió jubiloso a las calles para ondear banderas norteamericanas. Se suponía que muerto el líder, el gobierno se paralizaría y la sociedad iraní, que semanas atrás había salido a protestar contra el gobierno por la inflación y el colapso de los ingresos económicos, celebraría la muerte del gobernante. Pero nada de eso sucedió. La sociedad iraní se contrajo en un luto generalizado.
Fracasada la interpretación
absolutista del cuerpo gubernamental,
se pasó inmediatamente a una concepción weberiana del Estado.
Según esta concepción, el Estado es el monopolio de la coerción
por lo que, terminar con ese monopolio externamente, se presentó como
la manera de colapsar cualquier tipo de gobierno e, incluso, de aniquilar
la represiva maquinaria que supuestamente “impide” a los iraníes
festejar la “liberación” estadounidense.
De esta forma, en los siguientes días aviones y
misiles de EE. UU. e Israel acabaron con la aviación,
la flota naval y los puestos de mando del ejército de Irán. Además,
asesinaron a los mandos políticos y militares de la Guardia
Revolucionaria Islámica, del Estado Mayor, de las milicias y
a varios ministros. Pero, tampoco así el gobierno
islámico cayó, ni se rindió y mucho menos desapareció.
Al contrario, en una sorprendente
lógica descentralizada
y diluida en la población, propia de las guerras de guerrillas
-solo que ahora con drones, barcazas rápidas y RPG- los iraníes han
neutralizado las sofisticadas baterías de defensa
aérea de EE. UU. e Israel desplegadas en medio oriente. Han
dañado y obligado a evacuar las 13 bases militares norteamericanas
del golfo Pérsico llevando a los 40 000 militares allí asentados
a trabajar en hoteles civiles o en las bases de Alemania e Italia
(Wall Street Journal, 8 de abril).
Ese error de concepción le ha
resultado muy caro a
la administración de Trump. Para fines de marzo, el Financial
Times calcula un costo de cerca de 30.000 millones de dólares,
sin que se haya podido cambiar al “régimen” y controlar el estrecho
de Ormuz. Luego está, la disparada del precio del petróleo que contraerá
el crecimiento de la economía global. Y, en lo interno, el escandaloso
incremento del precio de la gasolina en un 30 %, que ciertamente
cobrará su factura política en las elecciones parlamentarias
de noviembre.
Todos estos fracasos han enturbiado aún más la razón de la administración Trump, llevándola ahora a ensayar una concepción racial del poder. Apoyándose en Huntington -para quien el Estado es solo un vehículo de una unidad más elevada llamada “civilización” compuesta por la religión, la historia compartida, las costumbres, autoidentificación e idioma- y cuya superioridad frente a otras se mide en la “aplicación de la violencia organizada” (El choque de civilizaciones, pág. 58), concluyeron que para terminar con el “régimen” de gobierno iraní había que arrasar la “civilización” iraní. Y eso es lo que han anunciado
Pero ¿cómo se aniquila “en una noche”
la cultura, la historia,
la forma de vida las instituciones y la religión de 90 millones de
personas? Las formas tradicionales de colonialismo de catequesis y aculturación
requieren décadas o siglos. Matarlos en campos de
concentración llevaría años. Hacer desaparecer una civilización
en una noche requiere inevitablemente una “solución final” atómica. Esa es la amenaza subyacente.
Finalmente, el mismo 7 de abril, Trump
anunció una tregua de dos semanas.
Las acciones de Wall Street volvieron a subir, la llegada del Armagedón
se guardó en el cajón y la tolerancia global a la barbarie, se escondió
detrás de un hipócrita silencio. Pero, como en 1943, el mundo de lo “normalizado”
ya se desplazó aún más hacia el abismo.
Se dice que Trump, sus palabras y
acciones, no serán
duraderas y muestran la decadencia de un imperio y del viejo
orden mundial. Si, pero también deben ser vistas como el temible
estremecimiento del inicio de uno nuevo. Como nos lo recuerda
Hegel, la historia siempre avanza a tropezones del lado malo de
las pasiones y deseos egoístas. Por eso Trump es la mismísima
personificación del tiempo liminal.
Artículo publicado en simultáneo
con Diario Red de España.
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