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“Asistiremos a una sofisticada ingeniería tecnológica, que fuera de la competencia
deportiva ya está siendo usada para vigilar a las poblaciones y asesinar
selectivamente. Los juegos tendrán lugar en un escenario
geopolítico que, más allá de sus resultados deportivos estará signado
por un nuevo (des)equilibrio internacional que ya no estará
asentado sobre la hegemonía del eje occidental. Sucede que el
fútbol y el deporte en general, absorbido por intereses mezquinos, convierte
la alegría en mercancía y el juego en negocio. Los mundiales y
megaproyectos deportivos no favorecen a las comunidades, ponen las ganancias
por encima de la vida y venden la ilusión efímera de que la
felicidad puede vestirse con la casaca de un equipo nacional. Frente
al futbol espectáculo, frente al fútbol que oculta la desigualdad
y la discriminación, es preciso reivindicar el futbol de los barrios,
de las comunidades y de los pueblos. El fútbol que siempre nace y
se nutre del corazón de los desheredados, de los excluidos y
despojados.
“Otro fútbol es posible e
imprescindible, el
que sirve al encuentro y a la paz, no a la división, a la manipulación
o al enfrentamiento. Ese fútbol que hoy crece desde la convicción de
todas y todos aquellos que queremos un mundo justo, con igualdad
de derechos y oportunidades de desarrollo para todo ser humano
sobre la Tierra, por el solo hecho de haber nacido. Un mundo
humanista.
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Fuentes: Rebelión.
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OTRO FÚTBOL Y OTRO MUNDO SON POSIBLES… E IMPRESCINDIBLES.
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Por Javier
Tolcachier | 08/06/2026 | Otro mundo es posible.
Fuente. Revista Rebelión lunes 8 de junio del 2026
En pocos días más, las y los
aficionados al fútbol (y no solo ellos y ellas) tendrán sus ojos puestos en las
incidencias de la Copa Mundial de Fútbol 2026. Un torneo que se disputará en
medio de una crisis sistémica, también de proporciones mundiales y que al igual
que muchas de sus ediciones anteriores pretenderá distraer de problemas severos
e inocultables.
Haciendo un breve recuento, el primer
campeonato tuvo lugar en Uruguay en 1930, en medio de la Gran Depresión ocasionada por la burbuja
financiera en los Estados Unidos. Cuatro años después, la Copa se
jugó en la Italia de Benito Mussolini. El fascismo descubrió que once
jugadores podían serle de gran utilidad, sobre todo con el triunfo que
obtuvo la escuadra nacional.
En 1938, Francia hospedó el torneo con la sombra de
la guerra que se desataría poco tiempo después. Doce años después, la
Copa saldría de su escondite en una caja de zapatos, debajo de la
cama del vicepresidente de la FIFA para viajar al Brasil, quien perdió
la final con el equipo uruguayo en un memorable partido definitorio
en el Maracaná.
Suiza, que se había mantenido neutral
durante la Guerra, debía simbolizar el regreso de la paz en el Mundial
de 1954. Sin embargo, el mundo había entrado en una nueva
guerra entre el bloque socialista y el bloque capitalista capitaneado
por los Estados Unidos. Alemania, que regresaba al torneo después
de haber estado prohibida su participación, venció a los favoritos
húngaros en la final.
La Unión Soviética consiguió participar por primera
vez en la sexta edición que se jugó en Suecia en 1958. La
lucha por la liberación del colonialismo entraba a las canchas.
Por vez primera tuvieron un cupo para participar seleccionados de Asia y
África.
En 1962, dos años después del terrible
terremoto de Valdivia,
la Copa se jugó en Chile. Uno de los cuatro estadios
utilizados era propiedad de la minera estadounidense Braden Copper Company
– nacionalizada nueve años después por el gobierno de Salvador
Allende. Brasil se llevó el trofeo de la mano de Garrincha
y Pelé, pero la alegría desatada no duró mucho. El país,
presidido por el progresista João Goulart, se vería ensombrecido por el golpe
militar de 1964, dictadura que recién vería su fin veintiún años
después.
En el 66´ la corona volvería a Europa y la ganó el local Inglaterra,
mientras que en México 1970, en plena ebullición de la ola de
rebeldía juvenil y a dos años de la masacre de estudiantes en Tlatelolco,
Brasil consagraría su tercer triunfo. Los alemanes ganarían su
segundo trofeo también como locales en 1974 superando, una vez
más, al favorito equipo magiar. Pocos meses antes había ocurrido
el embargo petrolífero de los países árabes, como represalia al apoyo
que prestaron varios países occidentales a Israel en la guerra de Yom
Kippur.
Mientras tanto, sangrientas dictaduras se ensañaban con los impulsos revolucionarios
en América Latina. El mundial de 1978 intentaría tapar en Argentina
la terrible violación a los Derechos Humanos de los sucesivos gobiernos
militares que dejaría treinta mil víctimas.
Los mundiales jamás han estado
separados de la política, del dinero o del poder.
España, poco después del fin de la
dictadura franquista, organizó la Copa en 1982, en la que por primera
vez participaron equipos de todos los continentes, un preludio de la
globalización en ciernes.
En México 86, la “mano de Dios” y los pies de Maradona
llevaron a Argentina a lograr su segundo galardón, derrotando en
fase de cuartos de final a la escuadra inglesa, con las heridas aun
frescas de la guerra en las colonizadas Islas Malvinas. Los sudamericanos
no pudieron revalidar su título en el siguiente Mundial
en Italia (1990), cayendo ante el conjunto alemán, cuyo pueblo
celebraba la reciente reunificación nacional.
Regida por la preeminencia del
neoliberalismo, en 1994
el Mundial de fútbol se disputó en los Estados Unidos, un país sin
tradición en este deporte. En 1998, el evento tendría lugar en Francia
con el triunfo de la escuadra gala en el Estadio de
Saint-Denis, un suburbio de París con una gran población inmigrante.
Tiempo después, la ultraderechista Marine Le Pen calificaría a este barrio
de la periferia capitalina como un área «fuera de control», una «zona
sin ley» en manos de «escoria».
En el evento inaugural del siglo XXI, la Copa se disputó en Corea del
Sur y Japón, siendo atravesada esta edición por la rampante corrupción
de altos directivos de la FIFA. El lema del torneo siguiente, disputado en Alemania
en 2006, (“El mundo entre amigos») no pudo plasmarse en el juego,
rompiéndose el récord del mayor número de tarjetas amarillas y rojas.
Fuera de la cancha, millones de personas sensibles habían llenado las
calles en contra de la invasión estadounidense a Irak. Esta
furiosa avanzada por recursos petrolíferos y control geopolítico había
intentado legitimarse como “guerra contra el terrorismo islámico”,
estigmatizando a las poblaciones musulmanas, sin distinción alguna, como
fanáticos peligrosos.
El enorme Nelson Mandela celebraría la
elección de Sudáfrica
como sede del primer Mundial en suelo africano en 2010 a pesar de la
enorme erogación financiera que suponía la construcción de nuevos
estadios, mientras el país seguía cargando las enormes
desigualdades heredadas del apartheid. También en Brasil, cuatro
años después, el alto coste de las millonarias obras motivaron extendidas
protestas por parte de la población brasileña, antes y durante el torneo.
El clamor popular, más allá de la habitual euforia futbolera que
caracteriza al país insistió – con toda la razón – en que hubiera
sido mucho más importante que el dinero de los estadios se
hubiera invertido en hospitales y escuelas.
La vigésima edición fue en Rusia 2018, cuya elección como sede fue
cuestionada por presuntas denuncias de corrupción. El entonces primer
ministro Vladimir Putin dijo que consideraba las investigaciones como un intento
de los Estados Unidos de expulsar a Joseph Blatter del cargo de
presidente de la FIFA como castigo por su apoyo a Rusia como
anfitrión del certamen. La elección del Reino de Qatar para el certamen
2022 tuvo idénticas sospechas, sumadas a los cuestionamientos por la
violación de derechos humanos. En esa edición, en un final no apto
para dolencias cardíacas, Argentina obtuvo su tercer trofeo.
La inminente Copa Mundial de Fútbol
2026, organizado por México,
Estados Unidos y Canadá, no logrará ocultar el intento de limpieza
étnica de la población palestina, los bombardeos israelíes y estadounidenses
contra Irán, el secuestro del presidente venezolano, las redadas
antiinmigrantes y las agresivas medidas y la descarada injerencia
del gobierno reaccionario de Donald Trump. Será un Mundial
con una guerra abierta entre Rusia y Ucrania, conflictos armados en Sudán
y República Democrática del Congo, catástrofes climáticas
y la continuidad del expolio de los recursos naturales para beneficiar a
unos pocos conglomerados financieros. Ningún gol podrá aliviar
las violaciones a los derechos humanos, la violencia contra las mujeres,
los intentos de recolonización, la discriminación racista o el incremento
de las afecciones de salud mental.
Asistiremos a una sofisticada ingeniería tecnológica, que fuera de la competencia deportiva ya está siendo usada para vigilar a las poblaciones y asesinar selectivamente. Los juegos tendrán lugar en un escenario geopolítico que, más allá de sus resultados deportivos estará signado por un nuevo (des)equilibrio internacional que ya no estará asentado sobre la hegemonía del eje occidental.
Sucede que el fútbol y el deporte en
general, absorbido
por intereses mezquinos, convierte la alegría en mercancía y
el juego en negocio. Los mundiales y megaproyectos deportivos no
favorecen a las comunidades, ponen las ganancias por encima de la
vida y venden la ilusión efímera de que la felicidad puede vestirse con
la casaca de un equipo nacional.
Frente al futbol espectáculo, frente
al fútbol que oculta
la desigualdad y la discriminación, es preciso reivindicar el
futbol de los barrios, de las comunidades y de los pueblos.
El fútbol que siempre nace y se nutre del corazón de los desheredados,
de los excluidos y despojados.
Otro fútbol es posible e
imprescindible, el
que sirve al encuentro y a la paz, no a la división, a la manipulación
o al enfrentamiento. Ese fútbol que hoy crece desde la convicción de
todas y todos aquellos que queremos un mundo justo, con igualdad
de derechos y oportunidades de desarrollo para todo ser humano
sobre la Tierra, por el solo hecho de haber nacido. Un mundo
humanista.
Javier
Tolcachier
es investigador del Centro Mundial de Estudios Humanistas, comunicador en
Agencia Internacional de Noticias Pressenza e integrante del Secretariado del
Foro Humanista Mundial.
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