jueves, 27 de agosto de 2026

WALLERSTEIN PREDIJO LA CAÍDA DEL IMPERIO ESTADOUNIDENSE.

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"El fin de la Guerra Fría desligó al radicalismo y al conservadurismo del liberalismo centrista. Los efectos fueron drásticos. Décadas de consenso neoliberal fueron desafiadas por figuras como Donald Trump y Bernie Sanders. Cuando Trump asumió la presidencia —primero en 2017 y nuevamente en 2025— lo hizo como crítico del orden liberal de Estados Unidos. Sin embargo, el lema «Estados Unidos primero» no ha dado lugar a la reactivación de la producción nacional, a la mejora del bienestar social ni a la protección de la clase trabajadora. Por el contrario, el trumpismo se caracteriza por una corrupción masiva y descarada (tanto en el país como en el extranjero), el militarismo en el exterior y políticas internas de deportación masiva. Estados Unidos ha seguido ampliando sus compromisos y su gasto militares, pero sin un compromiso con el bienestar social interno. Mientras tanto, el optimismo de la población estadounidense respecto al futuro ha disminuido en general desde 2013.

"En resumen, Estados Unidos ha elegido el camino neofascista que Wallerstein consideró inicialmente como el menos probable: conflicto social, brutalidad y prejuicios. Los miembros de los estratos superiores han buscado aferrarse a sus notables privilegios y beneficios. En consecuencia, la población estadounidense lleva vidas más precarias, viviendo al día, con menos protecciones contra los riesgos de la enfermedad, la vejez y la inestabilidad laboral. En 2026, la guerra de Estados Unidos en Irán resume dos tendencias del declive hegemónico estadounidense. Una es la incapacidad de Estados Unidos para imponer su voluntad a pesar de contar con un ejército extremadamente poderoso. La otra es el descontento de la población estadounidense ante un nivel de vida reducido y una clase dirigente en la que ya no confía. Esos sentimientos de descontento, como señaló Wallerstein, pueden ser poderosos catalizadores de la acción política. Washington podría verse sorprendido una vez más por acontecimientos caóticos, tanto a nivel global como interno, que no puede controlar.

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Fuentes: Revista Jacobin.

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WALLERSTEIN PREDIJO LA CAÍDA DEL IMPERIO ESTADOUNIDENSE.

Sociólogo, Historiador, Científico Social Estadounidense. (1930-2019)

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Por Gregory P. Williams | 27/08/2026 | EE.UU.

Fuentes. Revista Rebelión jueves 27 de agosto del 2026.

En pleno auge belicista tras el 11S, Immanuel Wallerstein anticipó que la hegemonía estadounidense había iniciado una caída irreversible. A más de dos décadas de la advertencia, la incapacidad de Washington para gestionar la decadencia aceleró el giro neofascista interno y empujó al mundo a una era de caos e inestabilidad.

En julio de 2002, Immanuel Wallerstein participó en el programa matutino de llamadas en vivo de C-SPAN. Acababa de escribir un ensayo para la revista Foreign Policy con un título provocativo: «El águila ha aterrizado de emergencia». Wallerstein argumentaba que la posición dominante de Estados Unidos en el escenario mundial estaba en declive. Había pasado menos de un año desde los atentados del 11S y la posterior invasión estadounidense de Afganistán. El gobierno de Bush estaba preparando a sus fuerzas armadas y a la opinión pública para la invasión de Irak, que comenzaría en marzo de 2003.

Conviene recordar que George W. Bush era una figura muy popular en ese entonces. La aprobación del presidente había alcanzado un récord del 90 % el septiembre anterior y se mantenía por encima del 70 % cuando Wallerstein hizo pública su advertencia sobre el declive. Sin embargo, a Wallerstein le pareció el momento exacto para intervenir. Llevaba escribiendo sobre la decadencia hegemónica de Estados Unidos desde principios de la década de 1980. Pese a ello, aún creía, en el intervalo entre las invasiones de Afganistán e Irak, que Estados Unidos tenía la oportunidad de gestionar eficazmente su declive.

Wallerstein no creía que fuera posible prolongar indefinidamente el dominio global de una gran potencia. Sostenía que las grandes potencias alcanzan la hegemonía —término que remite a un dominio global sin parangón— debido a factores económicos, políticos y militares que, en última instancia, también erosionan esa misma hegemonía. El declive hegemónico estadounidense comenzó mucho antes del 11S, con la crisis económica de la década de 1970 y la guerra de Vietnam.

Para Wallerstein, Estados Unidos enfrentaba la disyuntiva de toda potencia hegemónica en decadencia: un declive progresivo o una caída estrepitosa. George W. Bush eligió lo segundo. Hoy, Donald Trump ha acelerado aún más esa dinámica al desplegar agresivamente una de las pocas armas que le quedan a un hegemón en agonía: un aparato militar extremadamente poderoso.


Ciclos de hegemonía.

¿Por qué estaba en declive la hegemonía de Estados Unidos? Para Wallerstein, la hegemonía estadounidense del siglo XX apenas se diferenciaba de la holandesa del siglo XVII o de la británica del siglo XIX. Estas tres potencias (y solo estas tres, según su planteo) alcanzaron la hegemonía al montarse sobre una ola de fuerzas económicas que no podían controlar del todo y al imponerse militarmente sobre un rival. Tras su triunfo, la potencia hegemónica pasaba a crear instituciones a su imagen y semejanza. Los británicos, por ejemplo, se impusieron sobre Francia y luego crearon el Concierto de Europa en 1815.

El ascenso de Estados Unidos a la hegemonía comenzó tras la recesión mundial de 1873. En el relato de Wallerstein, la pérdida de cuota de mercado de Gran Bretaña en el mundo se debió al despliegue de Estados Unidos y de su principal rival, Alemania. Estados Unidos se convirtió en un gigante de la producción de acero y, posteriormente, de automóviles, mientras que Alemania lo hizo en la industria química. El ascenso económico de cada uno de estos Estados fue precedido por una crisis política interna y una posterior estabilización (relativa): en el caso estadounidense, la victoria de la Unión en la Guerra de Secesión; en el alemán, la unificación bajo el liderazgo prusiano tras la guerra franco-prusiana.

Wallerstein concebía las dos guerras mundiales como una prolongada Guerra de los Treinta Años entre ambos rivales. Señalaba que tanto las Provincias Unidas de los Países Bajos como Gran Bretaña también habían alcanzado la hegemonía tras conflagraciones de tres décadas (en el caso neerlandés, esto ocurrió tras la Guerra de los Treinta Años original, entre 1618 y 1648).

Tras imponerse a Alemania y a las potencias del Eje en 1945, la dirigencia estadounidense consideró que necesitaba tres condiciones para sostener su prosperidad: 1) mercados internacionales para su producción industrial; 2) un orden mundial que garantizara el comercio a bajo costo; y 3) una suerte de pacto que asegurara que la producción no sufriera interrupciones. Washington logró estos objetivos mediante la reconstrucción de Europa Occidental y Japón, la creación de grandes instituciones multilaterales como las Naciones Unidas y el establecimiento de un acuerdo tácito con la Unión Soviética. Este último movimiento, simbolizado por la Conferencia de Yalta en febrero de 1945, fue para Wallerstein mucho más decisivo que la fundación de la ONU dos meses después.

Según el relato convencional, la Guerra Fría —que se extendió aproximadamente desde 1945 hasta 1991 (si se toma el período más amplio)— fue una contienda entre dos adversarios irreconciliables: Estados Unidos y la Unión Soviética. Para Wallerstein, en cambio, este período se articuló en torno a un pacto implícito entre las dos grandes potencias. La esfera de influencia estadounidense abarcaba aproximadamente dos tercios del planeta, mientras que la soviética cubría el resto. Cada potencia dominaba su zona y utilizaba la amenaza de la otra para alinear a sus aliados díscolos. Yalta se sostenía en un «equilibrio del terror» entre ambas naciones.

El apogeo de la hegemonía estadounidense transcurrió aproximadamente entre 1945 y 1970. Como todo hegemón, Estados Unidos terminó siendo víctima de su propio éxito. Hacia 1970, Europa Occidental y Japón se habían convertido, a ojos de Wallerstein, en pares económicos de Washington. En el proceso de forjar socios comerciales —clave para el éxito de posguerra—, Estados Unidos también construyó a sus propios rivales. Como todo hegemón, Estados Unidos comenzó a perder su ventaja económica siguiendo la misma secuencia en la que la había construido. Primero, el hegemón pierde su ventaja en la agricultura y la industria; luego, en el comercio; finalmente, en el sector financiero.

También en la década de 1970, la derrota en Vietnam expuso la debilidad militar de Estados Unidos y su incapacidad para imponer su voluntad a escala global. Vietnam, escribió Wallerstein, simbolizó el rechazo al orden mundial estadounidense por parte de los pueblos postergados del mundo, conocidos a veces como Tercer Mundo o Sur Global. El movimiento de independencia vietnamita contra las potencias coloniales (Francia, Japón y Estados Unidos) fue una extensión de la ola de protesta global que eclosionó en 1968. Según Wallerstein,

«la generación del 68 no se limitó a condenar la hegemonía estadounidense. Condenaron la complicidad soviética con Estados Unidos, condenaron Yalta» y solo veían «dos bandos: las dos superpotencias y el resto del mundo».

El colapso de la Unión Soviética en 1991, de nuevo a contracorriente del sentido común dominante, representó para Wallerstein un desastre para Estados Unidos, porque perdió a su gran Otro. En un ensayo de 1992, Wallerstein insistió en que la Guerra Fría

«no era un juego que había que ganar, sino más bien un minué que había que bailar… El fin de la Guerra Fría eliminó, en efecto, el último gran sostén de la hegemonía y la prosperidad estadounidense: el escudo soviético».

La respuesta de Washington al declive hegemónico ha sido reafirmar su grandeza, tanto en los discursos como en los hechos, para intentar recuperar su posición global. Sin embargo, como explicó Wallerstein en C-SPAN:

«Si eres el número uno, no tienes por qué andar gritándolo. La gente lo sabe. Si tienes que gritarlo, es porque algo anda mal. Algo está pasando».


Patrón del colapso en 7 etapas. Estados Unidos está en la étapa 5.

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Matar al mensajero.

Muchos de los oyentes que llamaban a C-SPAN no recibieron con agrado el mensaje de Wallerstein sobre el declive. La audiencia expresó su malestar de diversas maneras: una persona preguntó si flameaban banderas en el campus de Yale, dado el aparente sesgo antiestadounidense del autor; otra lo acusó de haber esquivado el reclutamiento para la guerra de Vietnam, sin reparar en que había sido incorporado al servicio militar en una etapa anterior, durante la guerra de Corea. A una tercera le dio escalofríos la sola idea de Wallerstein en la presidencia:

«Si un tipo como él estuviera al mando de Estados Unidos, el país terminaría como un armadillo, hecho una bola, esperando a que le den una patada».

Ese tipo de exabruptos resultaba habitual para Wallerstein, quien ya había escrito sobre el costo psicológico y nacional que el declive hegemónico impone a quienes lo experimentan. Se trataba de un período potencialmente peligroso para la política interna y para la clase dirigente a la que la ciudadanía pudiera recurrir. En el programa, Wallerstein aclaró que él solo era el mensajero y que Estados Unidos se estaba aislando del mundo: no solo de las naciones que necesitaba seducir, sino también de sus aliados más cercanos.

«Si sobreestimas tu poder y andas por ahí actuando como un matón», afirmó, «pierdes mucho más que si entablas un diálogo elemental».

Parte de la audiencia veía en Wallerstein un intento de reformar la política exterior estadounidense. Un espectador preguntó cómo responder a las acusaciones de antiamericanismo, a lo que Wallerstein respondió que procuraba apelar a la razón. Sostuvo que la política exterior de Estados Unidos atentaba contra los propios intereses de sus ciudadanos:

No apelo a su altruismo, apelo a su egoísmo. Están provocando un impacto negativo mucho más veloz sobre Estados Unidos y sobre sus propias vidas. En cuanto a su nivel de vida, su riesgo de morir y todo lo que defienden, estarán peor si insisten con estas políticas que si cambian de rumbo.

El declive no equivalía a una catástrofe. Históricamente, las potencias hegemónicas no caen demasiado bajo: terminan reacomodándose entre las demás grandes potencias, aunque con un nivel de confort material superior al de la mayoría (basta observar hoy a los Países Bajos o al Reino Unido). Es más: como escribió Wallerstein en aquel ensayo de 1992, el declive podía ser «la mayor bendición de todas». Estados Unidos tenía la oportunidad de abrazar un sentido moral. Fue

«Abraham Lincoln quien dio la nota moral: “Así como no querría ser un esclavo, tampoco querría ser un amo”».

A comienzos de la década de 1990, Wallerstein vislumbró dos futuros posibles para Estados Unidos. El primero derivaría en el neofascismo, caracterizado por el conflicto social y por el sometimiento de los sectores populares a la brutalidad y el prejuicio. El segundo escenario, más esperanzador, asumía la forma de una solidaridad nacional canalizada mediante la socialdemocracia y el avance hacia el igualitarismo.

Aunque Wallerstein no solía inclinarse por pronósticos desmedidamente optimistas, consideraba que la vía igualitaria era más probable que la neofascista. Preveía una catarsis nacida de «un estrés social compartido» que, articulada con la prosperidad económica estadounidense y la noción popular de libertad, engendraría un movimiento contra las principales dimensiones de la «asignación desigual»: género, raza y etnia, edad y clase. Calculaba que el impulso del 68, al haber resquebrajado la hegemonía estadounidense y destronado la ideología del liberalismo centrista, conduciría a un movimiento de masas en favor del progreso.

Wallerstein contaba además con la historia como guía. En los dos primeros antecedentes de hegemonía en la economía-mundo capitalista —el holandés y el británico—, el declive hegemónico fue seguido, a la larga, por una marcha hacia el bienestar y la igualdad. ¿Por qué tendría que ser Estados Unidos la excepción?

Sin embargo, Wallerstein también dejaba abierta la rendija del neofascismo. Si el fin de la Guerra Fría significaba el fin del dominio estadounidense sobre dos tercios del globo, también implicaba el fin del liberalismo centrista como garante cultural de la economía-mundo capitalista. Desde las revoluciones de 1848, al menos, el liberalismo centrista había sido la fuerza de gravedad que mantenía a raya tanto a la izquierda radical como a la derecha conservadora.

El liberalismo centrista prometía la efectivización de los derechos democráticos y el bienestar económico, no de manera inmediata para todos los pueblos, sino mediante un proceso gradual y ordenado administrado por el Estado a lo largo de generaciones. El liberalismo centrista, como señaló Wallerstein en su libro El moderno sistema mundial IV, fue utilizado por «los fuertes [para] atenuar el descontento de los débiles». Las figuras e instituciones poderosas atenuaban el descontento de las masas desposeídas, así como los Estados fuertes atenuaban el descontento de los Estados débiles.

Sin embargo, la ventaja económica de Estados Unidos trastabilló a medida que el Sur Global comenzó a impugnar la estructura de poder de Yalta. Tras el colapso de uno de sus actores principales, la Unión Soviética, las masas y los Estados débiles demostraron no ser tan débiles después de todo. Ante ese escenario, para Wallerstein,

«los conservadores volverían a ser conservadores, y los radicales, radicales. Los liberales centristas no desaparecieron, pero vieron recortado su peso». Las posibilidades ideológicas quedaban de pronto abiertas.

Tras la Guerra Fría, Wallerstein percibió un gran potencial para que el declive de la hegemonía estadounidense estuviera acompañado de una redistribución económica interna. Diez años más tarde, aquel movimiento radical no se había materializado, mientras que los halcones conservadores se hallaban firmemente entronizados en el poder. Buscaban hacer alarde de su músculo militar porque, según su lógica,

«si Washington no ejerce la fuerza, Estados Unidos quedará cada vez más marginado». Wallerstein, no obstante, advirtió que sus acciones provocaban el efecto contrario. Inevitable como era el declive, la agresiva política exterior del gobierno de Bush «solo contribuirá a la decadencia de Estados Unidos, transformando un descenso gradual en una caída mucho más rápida y turbulenta».

En retrospectiva, el ensayo de 2002 y la aparición televisiva de Wallerstein constituyeron un intento por desviar a Estados Unidos de esa trayectoria. Evidentemente, había abandonado la esperanza de un movimiento socialdemócrata y reorientaba su atención hacia el propio poder hegemónico en descomposición. En el verano de 2002, más de seis de cada diez estadounidenses respaldaban la apertura de un segundo frente bélico en Irak. La posición de Wallerstein era la de un sector crítico, impopular pero persistente. Ante semejantes cuestionamientos, el presidente Bush se limitaba a señalar que la historia juzgaría sus actos.

Hoy resulta evidente que los halcones no lograron preservar la hegemonía estadounidense ni remodelar el mundo a la medida de los intereses de Washington. ¿Qué ha ocurrido entre aquel momento y el presente?



Declive y negación.

El siglo XXI no ha empezado bien para Estados Unidos. La dirigencia estadounidense se ha empecinado en recuperar la hegemonía perdida. A medida que el poder económico de Estados Unidos disminuye en comparación con el resto del mundo, Washington ha utilizado su ejército para hacer gala de fuerza e imponer sus objetivos políticos. De hecho, Estados Unidos ha emprendido más intervenciones militares desde 1991 que entre 1798 y 1990. Esta opción constituye la estrategia clásica de un hegemón en decadencia sumido en la negación: consciente de su caída, pero incapaz de ver que su mejor opción viable era la gestión adecuada del descenso.

Estados Unidos no ha logrado un mundo más pacífico ni más próspero, ni ha mejorado la situación de las naciones que invadió. En Universalismo europeo: la retórica del poder (2006), Wallerstein cuestionó la lógica del intervencionismo. La potencia invasora rara vez mejora la situación del lugar invadido en comparación con lo que habría sido de no haber intervenido, conclusión confirmada por las aventuras militares de Estados Unidos a lo largo y ancho del Medio Oriente.

El veredicto de Wallerstein de 2002 podría haber sido escrito este mismo año (o esta misma semana). Escribió que Estados Unidos se encuentra como

«una superpotencia solitaria que carece de poder verdadero, un líder mundial al que nadie sigue y al que pocos respetan, y una nación que va a la deriva peligrosamente en medio de un caos global que no puede controlar».

La reacción de la generación del 68 que él describió provino tanto del Sur Global no alineado como de las masas descontentas en su propio país. En el siglo XXI, la concatenación que comenzó a nivel del sistema-mundo se trasladó rápidamente a la política interna estadounidense y luego volvió a extenderse hacia afuera.

El fin de la Guerra Fría desligó al radicalismo y al conservadurismo del liberalismo centrista. Los efectos fueron drásticos. Décadas de consenso neoliberal fueron desafiadas por figuras como Donald Trump y Bernie Sanders. Cuando Trump asumió la presidencia —primero en 2017 y nuevamente en 2025— lo hizo como crítico del orden liberal de Estados Unidos.

Sin embargo, el lema «Estados Unidos primero» no ha dado lugar a la reactivación de la producción nacional, a la mejora del bienestar social ni a la protección de la clase trabajadora. Por el contrario, el trumpismo se caracteriza por una corrupción masiva y descarada (tanto en el país como en el extranjero), el militarismo en el exterior y políticas internas de deportación masiva. Estados Unidos ha seguido ampliando sus compromisos y su gasto militares, pero sin un compromiso con el bienestar social interno. Mientras tanto, el optimismo de la población estadounidense respecto al futuro ha disminuido en general desde 2013.

En resumen, Estados Unidos ha elegido el camino neofascista que Wallerstein consideró inicialmente como el menos probable: conflicto social, brutalidad y prejuicios. Los miembros de los estratos superiores han buscado aferrarse a sus notables privilegios y beneficios. En consecuencia, la población estadounidense lleva vidas más precarias, viviendo al día, con menos protecciones contra los riesgos de la enfermedad, la vejez y la inestabilidad laboral.

En 2026, la guerra de Estados Unidos en Irán resume dos tendencias del declive hegemónico estadounidense. Una es la incapacidad de Estados Unidos para imponer su voluntad a pesar de contar con un ejército extremadamente poderoso. La otra es el descontento de la población estadounidense ante un nivel de vida reducido y una clase dirigente en la que ya no confía. Esos sentimientos de descontento, como señaló Wallerstein, pueden ser poderosos catalizadores de la acción política. Washington podría verse sorprendido una vez más por acontecimientos caóticos, tanto a nivel global como interno, que no puede controlar.

Gregory P. Williams: Profesor asociado de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad Simmons de Boston. Su libro Contesting the Global Order: The Radical Political Economy of Perry Anderson and Immanuel Wallerstein es un título académico destacado de la American Library Association.

Traducción: Natalia López.

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miércoles, 26 de agosto de 2026

¿POR QUÉ ATACAN AL NOBEL QUE DEFIENDE A LA CLASE TRABAJADORA?

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"Para terminar, hay que apuntar que hay muchos aspectos sin concluir en el trabajo de Daron Acemoglu que merecerán un desarrollo en los próximos meses y años, y que son claves para la política pública. La proposición central de Acemoglu es que la tecnología, para que promueva una prosperidad compartida, tiene que estar dirigida. Los críticos, incluido el texto de The Economist, señalan lo ambiguo que resulta eso en la práctica. Tienen razón en este punto, ya que el trazo de Acemoglu y sus coautores apunta en la dirección de intervenir en los destinos del mercado autorregulado a fin de dirigir la tecnología ‘hacia otra parte’. Por la comparación histórica se deduce que el efecto buscado es el fortalecimiento de los sindicatos, de la democracia y del poder frente a las élites (léase, los tecnooligarcas), pero está ausente todavía el ‘cómo’ lograr todo eso.

"Por otro lado, Acemoglu insiste en que la sociedad tiene alternativas a la implantación de tecnología en formas que provocan graves daños a la clase trabajadora. Él acepta que los empresarios buscan elevar sus beneficios y aumentar la productividad promedio del trabajo, aunque esa implantación no produzca bienestar social (en su terminología, que no incremente la productividad marginal del trabajo). Un análisis estructural objetará que un empresario asume una determinada tecnología maximiza dora de beneficios porque está obligado por la competencia, de modo que no está claro cómo podría ser de otra forma sin recurrir a instrumentos clásicos como la regulación estatal. En el fondo, la gramática habitual de un proceso de “dirección tecnológica” es la que tiene que ver con la planificación, el Estado y la protección social; y probablemente por ahí vendrán las próximas discusiones en el campo.

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Fuentes: El diario [Fotografía de archivo del economista turco-estadounidense Daron Acemoglu. EFE/EPA/PONTUS LUNDAHL SWEDEN OUT]

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¿POR QUÉ ATACAN AL NOBEL QUE DEFIENDE A LA CLASE TRABAJADORA?

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Por Alberto Garzón Espinosa | 26/08/2026 | Economía.

Fuentes. Revista Rebelión miércoles 26 de agosto del 2026.

Daron Acemoglu ha utilizado las herramientas de la economía convencional para mostrar que la tecnología y el mercado no producen automáticamente una prosperidad compartida. Aceptar ese razonamiento pone en tela de juicio todas las promesas de los promotores de la IA y aboga por políticas públicas totalmente distintas a las que se defienden desde los centros de poder vinculados a las grandes tecnológicas

Daron Acemoglu, economista ganador del llamado premio Nobel de economía en 2024, acaba de publicar un nuevo libro titulado What Happened to Liberal Democracy? (¿Qué pasó con la democracia liberal?) y la famosa revista The Economist, fundada en 1843 y paradigma de la defensa del libre comercio y del liberalismo económico, ha aprovechado para pasarle algunas facturas. En un artículo que ha sorprendido a todos, la revista aprovechó para lanzar unas dispersas críticas teóricas a su trabajo y, sobre todo, para impugnar el estatus del reputado economista. Quizás la mejor prueba es que The Economist afirma en su titular que Acemoglu es extrañamente poco convincente y que sus argumentos “sobre la IA son además pesimistas hasta el punto de perder credibilidad”. No es de extrañar que el afectado haya considerado el ataque como algo personal y haya tenido que responder públicamente.


Todo apunta a que la causa última del desencuentro se encuentra en el hecho de que el trabajo académico de Acemoglu, que gira en torno al cambio técnico y el papel de la inteligencia artificial, ha desembocado en una propuesta para reforzar a la clase trabajadora. Este punto es precisamente uno de los atacados por The Economist, que etiqueta su enfoque como pesimista e inespecífico. La economista Mònica Martínez Bravo sintetizó bien esta tensión al escribir:

“Qué cosas tan curiosas pasan cuando un Nobel de Economía escribe un libro defendiendo volver a poner a la clase trabajadora en el centro de la política económica”.

En este análisis vamos a ver en qué sentido y hasta qué punto la visión de Martínez Bravo es cierta. Y, de paso, aprovechamos para meternos en el apasionante y preocupante mundo de las consecuencias socioeconómicas de la inteligencia artificial.



El papel de la automatización.

Uno de los grandes interrogantes de la economía es averiguar cuáles son los efectos de la automatización, es decir, de la sustitución de trabajadores humanos por máquinas. ¿Se destruye empleo?, ¿se deprimen los salarios?, ¿se modifica la correlación de fuerzas entre capital y trabajo? Se trata de un debate que, después de doscientos años, no ha derivado en consenso alguno, sino en diferentes enfoques con los que pensar un proceso tan complejo. Y, para entenderlo bien, tenemos que remontarnos a comienzos del siglo XIX.

David Ricardo es considerado uno de los padres fundadores de la economía política. Con veintipocos años se hizo millonario especulando en bolsa y pudo retirarse a sus propiedades a escribir. Su libro Principios de Economía Política y Tributación se convirtió pronto en un indispensable, y sigue siendo la base de la actual teoría del comercio internacional e incluso de la teoría del valor-trabajo del marxismo. En las dos primeras ediciones Principios, Ricardo apenas tuvo nada que decir especial sobre el proceso de automatización, pues compartía el criterio convencional y optimista de los economistas de la época. Es importante que entendamos esta forma de pensar la automatización, porque es a grandes rasgos la que domina en la profesión todavía. Según esta visión, cuando las máquinas sustituyen a trabajadores en un proceso productivo se producen dos efectos. El primero, el obvio de que un cierto número de personas pierden su empleo. El segundo, que la propia introducción de las nuevas máquinas es capaz de crear nuevos puestos de trabajo que absorberán el empleo previamente expulsado.

Es decir, para los economistas no estamos ante un problema preocupante porque la economía se regula de manera que la introducción de máquinas (la incorporación de nueva tecnología) es capaz de mantener el nivel de empleo. Y Ricardo pensaba más o menos esto, pero sólo hasta 1821.

En su famosa tercera edición de los Principios, Ricardo introdujo un nuevo capítulo donde consideró errónea la visión convencional y reconoció que “estoy convencido ahora de que la sustitución del trabajo humano por la maquinaria es, a menudo, muy perjudicial a los intereses de la clase trabajadora”. El impacto de este cambio fue enorme, y su discípulo John Ramsay McCulloch se quejó ante él amargamente (p. 381) porque entendía que daba pábulo a los movimientos obreros anti maquinaría. Era un tiempo de enorme agitación social, ya que la Revolución Industrial se estaba desplegando en el Reino Unido y estaba transformando radicalmente el modo de vida de la clase trabajadora.

En uartículo académico de 2024, Daron Acemoglu y Simon Johnson trataron justamente este momento histórico. Para ellos el cambio de Ricardo respecto de la maquinaria tuvo que ver con que el hecho de que fuera elegido miembro de la Cámara de los Comunes, es decir, diputado. Gracias a eso, Ricardo fue testigo de lo que realmente estaba ocurriendo en la industria del algodón y, de ese modo, pudo corregir sus ideas previas. Porque lo que estaba pasando no tenía nada que ver con la visión optimista de los economistas, sino que la Revolución Industrial estaba deteriorando gravemente las condiciones de vida de la clase trabajadora.

El artículo, por cierto, se apoya en gran medida en los trabajos de dos gigantes de la historiografía marxista británica, Edward Palmer Thompson y Eric Hobsbawm (aunque también cita, de manera complementaria, al reputado —léase, convencional— historiador Joel Mokyr). Los números de Acemoglu indican que, con la automatización, los salarios reales de los tejedores manuales cayeron un mínimo de un 25%, sin que esos trabajadores pudieran trasladarse a nuevos sectores emergentes. Simplemente, sus condiciones de vida fueron arrasadas por la introducción de maquinaria en la industria. La paradoja es que como la productividad estaba creciendo, y los salarios no, los empresarios ganaron enormes beneficios que elevaron la desigualdad. En palabras que repite mucho Acemoglu, la prosperidad no fue compartida.

La lógica de esta lectura crítica del proceso de automatización ya había sido incorporada en el trabajo de Acemoglu mucho antes. Donde aparece de forma divulgativa con más claridad es en su libro de 2023 Power and Progress (Poder y progreso), coescrito también con Simon Johnson, donde subrayaban que no hay nada automáticamente beneficioso para la sociedad en la introducción de nueva tecnología. Según ellos, que los incrementos de productividad sean compartidos depende de aspectos como el tipo de tecnología, las instituciones (normas, costumbres, leyes) y la orientación que se quiera imprimir desde la sociedad. De manera significativa, Acemoglu y Johnson aceptan que la prosperidad sólo es compartida cuando los avances de la tecnología se apartan del interés egoísta de las élites. De ahí que los autores explicaran que la clave para entender los aumentos de calidad de vida de la clase trabajadora durante la segunda mitad del siglo XIX tuviera que ver con la democratización del sistema político, el crecimiento de los sindicatos y la legislación para proteger los derechos de los trabajadores; elementos todos que obligaban a orientar el cambio tecnológico en otra dirección distinta a la de los meros intereses económicos de las élites. Cualquiera familiarizado con la historia del movimiento obrero puede ver en este razonamiento de Acemoglu y Johnson un elemento político claramente subversivo.

Hay que cuidarse mucho de pensar que esto es solo historia económica, o economía política del siglo XIX. El punto de referencia de Acemoglu es siempre el cambio tecnológico actual, y más concretamente la adopción de la inteligencia artificial en los procesos productivos actuales. Pero Acemoglu usa la historia económica para reflexionar sobre el proceso contemporáneo, preguntándose (en Power and Progress) qué pasa si los economistas convencionales están equivocados y la IA fundamentalmente provoca distorsiones en el mercado de trabajo que incrementan la desigualdad de salarios y empleo, su impacto redistribuye poder hacia las élites, empobrece a miles de millones de personas en el mundo no desarrollado, si refuerza prejuicios étnicos o sociales, o si destruye las instituciones democráticas. Su conclusión ha sido que lo que necesita la sociedad contemporánea es, como ocurrió en el siglo XIX, el crecimiento de contraargumentos y organizaciones que puedan contrarrestar al pensamiento convencional. Para hacerse una idea más completa, baste decir que uno de los últimos artículos de Acemoglu, firmado con David Autor y Simon Johnson, se llama “Building pro-worker artificial intelligence” (Construir una inteligencia artificial favorable a los trabajadores).



No es un economista heterodoxo, lo que lo hace más peligroso.

Aunque a algunos les haya parecido demasiado disidente, debemos recordar que Daron Acemoglu no es un revolucionario en el sentido clásico. Ni siquiera en su disciplina. El primer libro suyo que llegó a mi biblioteca no fue un ensayo, sino su manual Introduction to Modern Economic Growth de 2009. Se trata de un texto de posgrado con álgebra sumamente avanzada y en el que se repasan los modelos de crecimiento económico desde una óptica unilateral: la neoclásica (una teoría ahistórica que abandona muchas de las preocupaciones de los economistas clásicos, como Adam Smith, David Ricardo o Karl Marx). Esta es la dominante en las facultades de economía, y frente a ella se han elevado históricamente otras escuelas de pensamiento, como la poskeynesiana o la marxista, consideradas por ello como heterodoxas. Acemoglu pertenece a esta escuela de pensamiento, y de hecho recientemente ha afirmado que encuentra la discusión sobre el capitalismo “descerebrada”. En la cosmovisión subyacente a los modelos de Acemoglu no hay relaciones de producción, el poder entra como una categoría de capacidad de negociación y captura regulatoria y la visión de las instituciones es débil y nunca estructural. Consecuentemente, su concepto de clase trabajadora no es marxista, pero conduce a lo que él denomina “liberalismo de clase trabajadora”.

Pero todo esto es, para los economistas convencionales, lo que realmente supone un peligro. Porque Acemoglu llega a sus “radicales” conclusiones desde dentro de la profesión y del mainstream. Todo su trabajo académico es una lúcida (y algebraicamente compleja) reformulación de los modelos neoclásicos de progreso técnico. Y cada paso que ha dado en los últimos veinte años, como considerar el reparto del ingreso entre capital y trabajo endógeno al cambio técnico, lo hace sin recurrir a la vastísima cantidad de trabajos heterodoxos que ya pisaron ese camino mucho antes que él. Hoy Acemoglu tiene una visión del comercio que no sería extraña para los autores marxistas, y una visión de la distribución de la renta que reconocerían autores poskeynesianos como Joan Robinson o Nicholas Kaldor. Y ya hemos visto que su lectura de algunos aspectos de la historia económica del siglo XIX presenta sorprendentes puntos de contacto con la historiografía marxista.

La clave es que Acemoglu ha llegado a conclusiones muy similares a la de las escuelas postkeynesianas e incluso marxistas, pero empleando otros conceptos y métodos. Los economistas convencionales no pueden criticarle por falta de brillantez técnica, ampliamente acreditada, pero están asustados por las conclusiones políticas que se extraen de su desviación.

Con Joseph Stiglitz ya se había ensayado la jugada. El economista estadounidense recibió el Nobel en el año 2001 por sus contribuciones a la teoría neoclásica, en particular por sus análisis con información asimétrica, y durante los años noventa destacó, entre otras cosas, por su crítica a la versión dura de la economía ecológica. Gracias a todo ello se convirtió en el economista jefe del Banco Mundial, una de las instituciones encargadas de promover el ‘Consenso de Washington’ entre los países en desarrollo, es decir, de imponer políticas neoliberales. Antes de terminar su mandato, Stiglitz abandonó su cargo y en 2002 publicó su libro Globalization and Its Discontents, donde cuestionó gran parte de la política neoliberal. Se trataba de un duro diagnóstico que a los estudiantes de posgrado de Economía Internacional y del Desarrollo siempre nos pareció ilustrativo: un neoclásico criticando las conclusiones de su viejo paradigma.

Como ahora, también The Economist fue punta de lanza contra lo que les parecía un giro inadmisible, afirmando con ironía que “Stliglitz podría haber escrito un buen libro sobre globalización. Quizás la próxima vez” y reconociendo que era un economista brillante antes de rebajar completamente su estatus. No fue el único ejemplo, ya que el entonces director de investigación del FMI (la otra pata neoliberal en el sistema internacional), Kenneth Rogoff, atacó duramente a Stiglitz y asentó la conclusión generalizada entre los economistas convencionales, a saber, que como académico Stiglitz era un genio con una mente maravillosa, pero que como político era mucho menos impresionante. Es el precedente más claro del artículo de The Economist contra Daron Acemoglu.

Lo que podemos esperar en los próximos años es un proceso, encabezado por parte de la comunidad mainstream y del que The Economist es solo la avanzadilla, para intentar devaluar la reputación de Acemoglu, no tanto en sus bases técnicas sino por sus “extravagancias” políticas. Como ya hemos visto, no es el primer caso y probablemente no será el último, pero la lógica está impresa desde hace mucho tiempo. El aura de respetabilidad en la comunidad de los economistas convencionales es dependiente tanto de las bases técnicas (con una alta sofisticación matemática, lo que hace muy inaccesible su comprensión para el público general) como de la “razonabilidad” de las conclusiones políticas. Recordemos que el premio Nobel de Economía no es tal, ya que Alfred Nobel nunca consideró entregar uno de esta materia. Que hoy exista un premio Nobel de Economía es resultado del interés del banco central sueco que, en 1968 y en un contexto de duro enfrentamiento con los socialdemócratas suecos (que estaban desplegando su vía reformista al socialismo), necesitaba mejorar la reputación de quienes defendían sus posiciones políticas (conservadoras). El gran economista sueco Gunnar Myrdal recibió el premio en 1974, pero su propia interpretación es que como era un “radical” (sus propias palabras) le hicieron compartirlo con un “reaccionario”, Friedrich Hayek. En 1977, escribió un breve artículo reconociendo que se equivocó al aceptarlo, que la economía no es una ciencia equivalente a la física o las “ciencias duras” y que, ojo, no debería existir el premio Nobel. Lo que sugería, en última instancia, es que se trataba de un reconocimiento muy cargado de valores y principios políticos.



Consecuencias para la actualidad.

El trabajo de Daron Acemoglu tiene, para mí, muchos límites. Quizás el más obvio es que, a pesar de girar en torno a la tecnología y el cambio técnico, toda consideración sobre la energía está ausente. Hablar de la transformación de la economía del siglo XIX en el Reino Unido sin mencionar el papel del carbón es extraño. También resulta problemática la escasa atención a la dimensión imperial de la industrialización británica, es decir, al hecho de que el comercio colonial, la esclavitud, la extracción de recursos y la posición de Gran Bretaña en la economía mundial formaron parte de las condiciones históricas en las que se produjo la Revolución Industrial. Esto tiene que ver con otro punto ampliamente criticado a Acemoglu, esta vez desde la heterodoxia, y presente en libros anteriores como Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity, and Poverty (Por qué fracasan los países), coescrito con James Robinson. La visión del desarrollo económico de Acemoglu es institucionalista, atribuyendo a aspectos tales como la innovación, la democracia o los tipos de gobierno la variable central que determina qué países crecen y cuáles no.

Pero su interpretación sobre la inteligencia artificial y su énfasis en el modelo de tareas —que no se automatizan empleos sino tareas— y la constatación de que los efectos de la automatización dependen del poder y de instituciones como las leyes es correcto y crucial para nuestro presente. Es cierto que otras tradiciones pueden ofrecer enfoques más agudos y estructurales sobre el papel de la tecnología, pero la originalidad y brillantez de Acemoglu es que ha llegado al mismo destino que autores heterodoxos, aunque por otro camino. Existen complementariedades entre las diferentes tradiciones que merecen la pena explotar. Por ejemplo, su insistencia en diferentes trabajos en que la tecnología puede usarse (mal) para elevar el control sobre los trabajadores (cosa que la IA ya está haciendo) puede beneficiarse mucho de toda la tradición marxista que nace con el fantástico libro del marxista Harry Braverman y que revolucionó toda la teoría sobre el mercado de trabajo. O el papel de la distribución del ingreso, que es no sólo un aspecto moral sino también de eficiencia económica (sobre todo en modelos donde la demanda juega un papel importante).

Para terminar, hay que apuntar que hay muchos aspectos sin concluir en el trabajo de Daron Acemoglu que merecerán un desarrollo en los próximos meses y años, y que son claves para la política pública. La proposición central de Acemoglu es que la tecnología, para que promueva una prosperidad compartida, tiene que estar dirigida. Los críticos, incluido el texto de The Economist, señalan lo ambiguo que resulta eso en la práctica. Tienen razón en este punto, ya que el trazo de Acemoglu y sus coautores apunta en la dirección de intervenir en los destinos del mercado autorregulado a fin de dirigir la tecnología ‘hacia otra parte’. Por la comparación histórica se deduce que el efecto buscado es el fortalecimiento de los sindicatos, de la democracia y del poder frente a las élites (léase, los tecnooligarcas), pero está ausente todavía el ‘cómo’ lograr todo eso.

Por otro lado, Acemoglu insiste en que la sociedad tiene alternativas a la implantación de tecnología en formas que provocan graves daños a la clase trabajadora. Él acepta que los empresarios buscan elevar sus beneficios y aumentar la productividad promedio del trabajo, aunque esa implantación no produzca bienestar social (en su terminología, que no incremente la productividad marginal del trabajo). Un análisis estructural objetará que un empresario asume una determinada tecnología maximiza dora de beneficios porque está obligado por la competencia, de modo que no está claro cómo podría ser de otra forma sin recurrir a instrumentos clásicos como la regulación estatal. En el fondo, la gramática habitual de un proceso de “dirección tecnológica” es la que tiene que ver con la planificación, el Estado y la protección social; y probablemente por ahí vendrán las próximas discusiones en el campo.

En definitiva, espero haber mostrado por qué creo, junto con otros economistas, que se explica la crítica de The Economist a un economista ampliamente reputado y brillante. El problema de Acemoglu para el mainstream es que ha utilizado las propias herramientas conceptuales de la economía convencional para mostrar que la tecnología y el mercado no producen automáticamente una prosperidad compartida. Aceptar ese razonamiento implica poner en tela de juicio todas las promesas de los promotores de la IA (y también los costes que lleva asociados, donde la energía de nuevo juega un papel central) y abogar por políticas públicas totalmente distintas a las que se defienden desde los centros de poder vinculados a las grandes empresas tecnológicas. Para mí, ese camino es muy fructífero y es claro que necesitamos más prosperidad compartida, es decir, más intervenciones y políticas como las de Acemoglu.

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martes, 25 de agosto de 2026

CERIMEDO Y LA CARA SUCIA DEL TECNOFASCISMO SUDAMERICANO.

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“El nuevo escándalo de Cerimedo confirmaría la existencia de una red transnacional de influencia que combina milicias digitales, violencia y corrupción. Los brasileños quieren saber si los servicios que presta son pagados por la familia Bolsonaro. Dado el historial de Cerimedo, no parece razonable pensar que estas valiosas consultorías se realicen únicamente por motivos ideológicos. ¿Podría haber recibido dinero del oscuro fondo creado por el abogado de Eduardo Bolsonaro en Estados Unidos, el mismo que se utilizó para recibir los millones del banquero Daniel Vorcaro, supuestamente destinados a la producción de la película «Dark Horse»? Existe un proyecto internacional en marcha para desestabilizar las democracias, del cual Cerimedo es una figura clave. Este es un caso que ni los medios de comunicación ni las autoridades brasileñas pueden olvidar.  Cerimedo está en prisión, Nadia está denunciando los hechos y las piezas de un rompecabezas transnacional comienzan a encajar. Si alguien cuestiona la relación de la familia Bolsonaro con Cerimedo, es casi seguro que las cosas se pondrán feas, señala Intercept Brasil.

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Fuentes: CLAE - Rebelión - Imagen: Fernando Cerimedo, asesor del presidente Paz, es detenido en Bolivia.

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CERIMEDO Y LA CARA SUCIA DEL TECNOFASCISMO SUDAMERICANO.

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Por Aram Aharonian | 25/08/2026 | América Latina y Caribe

Fuente Revista Rebelión martes 25 de agosto del 2026.

Hasta hace unos años, Fernando Cerimedo no existía ni como actor de reparto entre las primeras líneas del mundo político: quizá fue Javier Milei quien lo mandó al estrellato (o viceversa). Quien acabaría siendo un gurú de las derechas radicales latinoamericanas no destacaba en las redes sociales en Argentina, ni siquiera en momentos en que Twitter, plataforma que, al crecer en audiencias, convertía temas de conversación en asuntos de agenda pública, en movilizaciones masivas y terremotos políticos.

Por decisión del Juez boliviano Wilson Espada, se aplicó la pena máxima de detención preventiva, de 180 días, a Fernando Cerimedo a quien se acusa del intento de homicidio de su expareja Nadia Beller. A las denuncias de la víctima se sumaron el secuestro de mensajes de chat del acusado que lo comprometen: Uno de ellos que fue dirigido a un tal ECK dice: “Nos vendió Nadia. O la eliminamos o estamos jodidos. ¿Conocés a alguien que pueda hacer ese trabajo?”. Según el expresidente Evo Morales, ECK es Erik Correa Gonzales, Jefe de Inteligencia del gobierno de Rodrigo Paz, presidente de Bolivia.

La celeridad con que actuó la policía que detuvo a Cerimedo cuando trataba de abordar un avión con destino a Buenos Aires, y la decisión del juez de allanar inmediatamente su domicilio donde se encontró una granja de bots, y mucho dinero en efectivo, concuerdan con el rápido posicionamiento del vicepresidente de Bolivia, Edman Lara, abogado y exoficial de la policía, en conflicto con el presidente Paz.

Desde que se conoció el intento de asesinato de Nadia Beller, pareja de Cerimedo, Lara empezó a dar conferencias de prensa exigiendo un rápido esclarecimiento de los hechos y contestándole al presidente argentino Javier Milei que salió a respaldar a Cerimedo, uno de sus asesores estrella.

Nadia Beller denunció que Rodrigo Paz y Cerimedo eran socios en maniobras de contrabando de combustible, mensaje que encastra al presidente boliviano que no puede ocultar su relación con el “experto comunicacional” argentino. Pero ocurre que Cerimedo, que fue el fundador de la Derecha Diario, no solamente tenía relación con el presidente boliviano y Javier Milei: estuvo involucrado en el intento de golpe de Estado en Brasil para evitar que asumiera Lula y en las últimas elecciones en Honduras, donde intervino activamente la CIA para asegurar a Masry Asfua como presidente.

Beller volvió a denunciar en Facebook que el atentado en su contra fue un “crimen de Estado” y reclamó respuestas a las autoridades bolivianas por un episodio ocurrido durante su internación: vinculó imágenes tomadas el día del ataque con una fotografía que había difundido posteriormente de un hombre que, según su relato, intentó ingresar a su habitación en la Clínica Las Américas, donde permanecía internada. En las fotografías del día del atentado aparece un hombre con campera amarilla, jean desgastado y zapatillas blancas, una vestimenta que coincide con la de la persona que posteriormente se presentó en el hospital.


Cerimedo y la cara sucia del Tecnofascismo Sudamericano.

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La desinformación.

Al “asesor” Cerimedo se lo ha presentado como un operador oscuro, experto en campañas sucias, manipulador de cuentas falsas y de granjas de trolls y hábil en el manejo de la desinformación. Más que negar las acusaciones, Cerimedo las minimiza, las resignifica: le importa su reputación y sale a defenderla en la arena pública (a fuerza de cartas documento, de reclamos de rectificación, de exigencia de derecho a réplica en medios de comunicación privados) cuando está en desacuerdo con alguna afirmación.

En Brasil, el Supremo Tribunal Federal lo investigó como presunto integrante de una organización creada para atacar al sistema electoral y realizar acusaciones falsas de fraude en 2022, pero finalmente esas acusaciones no se transformaron en una imputación formal.

«La desinformación sobre el supuesto fraude electoral de Brasil fue el final para Bolsonaro, pero le sirvió de empujón a Cerimedo.

A esta altura está claro que los partidarios de Bolsonaro están preparando el terreno para impugnar nuevamente los resultados electorales. Flavio Bolsonaro –el candidato para enfrentar a Lula da Silva- siguió los pasos de su padre y se reunió con embajadores en Brasilia para difundir información falsa sobre las máquinas electrónicas de votación. Dos días después, su hermano Eduardo hizo una transmisión en directo con Fernando Cerimedo experto conspirador argentino contra la democracia en Latinoamérica.

En Bolivia, el ¿nuevo gurú? de la derecha regional apoyó al libertario Jaime Dunn, quien al final se bajó de la carrera presidencial, pero dejó bien parado a Cerimedo: Numen, que identifica a su consultora, es el nombre de una academia de formación en estrategias digitales y políticas, de la que egresó Catalina Paz, hija del actual presidente boliviano y encargada de redes sociales de su padre durante la campaña electoral.

Cerimedo afirmó que asesoró a Rodrigo Paz en la segunda vuelta electoral a pesar de que “no podría haber pagado por mis servicios, que son muy caros”. Tras las elecciones, se transformó en su principal asesor.

El vicepresidente boliviano Edman Lara, un expolicía que entró en colisión con Rodrigo Paz apenas ganaron las elecciones, se deslindó del escándalo y señaló que Cerimedo es el asesor personal del presidente, quien lo contrató en la segunda vuelta electoral:

“es un tipo maquiavélico capaz de todo (…) ha intentado moldearme a su manera, pero yo nunca lo he dejado”.

La defensa de Cerimedo, a cargo de la abogada Margarita Arce, sostiene que fue un «autoatentado» planificado por la propia Beller. Pero ella, recuperándose en la Clínica Las Américas de Santa Cruz de la Sierra, – embarazada de cuatro meses, presuntamente de Cerimedo – dijo al diario argentino Clarín que su expareja le mandó sicarios porque ella “podía contar todo lo que sabía”, principalmente su rol como consultor en el gobierno boliviano, que no estaba blanqueado.

También aseguró tener pruebas de presuntos negocios irregulares de Paz y su familia y que Cerimedo filtró los audios en los que Diego Spagnuolo, exdirector de la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS), denunciaba que la hermana del presidente y Secretaria General de la Presidencia, Karina Milei, dirigía un esquema de corrupción. También acusó a Cerimedo de ser “agente de la CIA” y mencionó explícitamente maniobras de lavado de dinero.


Cerimedo y Milei. La cara sucia del Tecnofascismo sudamericano.
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Las milicias del tecnofascismo.

Hace unas semanas, El País de España publicó dos extensos reportajes dedicados a la figura de Elon Musk. En ambos textos se describía con detalle su trayectoria empresarial. Se analizaba su influencia sobre la industria tecnológica global y se destacaba su capacidad para alterar mercados, gobiernos y formas de comunicación.

Sin embargo, resultaba llamativo que apenas se mencionara o quedaran directamente invisibilizadas su ideología de extrema derecha, su apoyo a fuerzas neofascistas en distintos países, su utilización de las redes sociales para amplificar discursos de odio y la difusión de sus narrativas xenófobas que alentaron los pogromos racistas de Belfast y hoy trata de que la región se llene de gobiernos libertarios, fascistoides.

Más allá de la discusión concreta sobre cada caso, ambos ejemplos ilustran un fenómeno más amplio: la creciente convergencia entre poder económico, poder militar, poder tecnológico, poder mediático y poder político. Ese fenómeno puede describirse mediante un concepto cada vez más utilizado en la investigación y los movimientos sociales: el tecnofascismo.

El nuevo escándalo de Cerimedo confirmaría la existencia de una red transnacional de influencia que combina milicias digitales, violencia y corrupción. Los brasileños quieren saber si los servicios que presta son pagados por la familia Bolsonaro. Dado el historial de Cerimedo, no parece razonable pensar que estas valiosas consultorías se realicen únicamente por motivos ideológicos.

¿Podría haber recibido dinero del oscuro fondo creado por el abogado de Eduardo Bolsonaro en Estados Unidos, el mismo que se utilizó para recibir los millones del banquero Daniel Vorcaro, supuestamente destinados a la producción de la película «Dark Horse»?

Existe un proyecto internacional en marcha para desestabilizar las democracias, del cual Cerimedo es una figura clave. Este es un caso que ni los medios de comunicación ni las autoridades brasileñas pueden olvidar.  Cerimedo está en prisión, Nadia está denunciando los hechos y las piezas de un rompecabezas transnacional comienzan a encajar. Si alguien cuestiona la relación de la familia Bolsonaro con Cerimedo, es casi seguro que las cosas se pondrán feas, señala Intercept Brasil.

Aram Aharonian: Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Creador y fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

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