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“Las claves de la crisis del progresismo quizá anidan en su propio origen:
apareció como una «salida de emergencia» ante la crisis de los
sistemas políticos vigentes, resultado del agotamiento del proyecto
neoliberal y la impugnación planteada por la protesta popular.
Pero la ofensiva de la derecha no ha cesado: su meta
es concretar un cambio cultural que rompa los valores progresistas y
los lazos solidarios que se habían tejido durante cuatro lustros. Y
para esta derecha del siglo XXI, el pensamiento crítico es un
obstáculo para el progreso.
“La democracia representativa, la propiedad privada, la cultura
eurocentrista, el sufragismo y los partidos políticos son
algunas de las «verdades reveladas» que organizan nuestra vida
institucional, nuestra democracia declarativa desde el siglo
XIX. Pero, como señala Jorge Elbaum, la profundidad de
la crisis actual cuestiona a la modernidad y al
capitalismo porque ya no se trata de reformar al Estado
sino de cambiar los paradigmas que hacen a su vigencia,
existencia, constitución y organización, y ponerle freno a la ofensiva
libertaria de las ultraderechas bien financiadas desde Washington
y Europa, para imponer gobiernos que sean cómodos para EEUU,
Trump y sus financistas, y su empeño por recuperar su patio trasero,
con una versión siglo XXI de la doctrina Monroe de América
para los (norte) americanos.
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Fuentes: Rebelión.
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BARCELONA,
¿SALIDA DEL LABERINTO PARA EL PROGRESISMO?
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Por Aram Aharonian | 20/04/2026 | Opinión
Fuentes. Revista Rebelión lunes 21 de abril del 2026.
Hoy, en medio de una ofensiva a fondo
–intelectual, mediática, militar- de la derecha más reaccionaria y dependiente,
el progresismo (una parte de la izquierda) intenta salir su laberinto,
rediseñando su discurso y sus formas de acción, cuando el espacio político fue
ocupado por las fuerzas conservadoras, la economía consumista.
El progresismo se fue opacando en Latinoamérica, mérito de gobernantes que no lograron (o ni siquiera lo intentaron) realizar cambios en beneficio de las grandes mayorías. A uno y otro lado del Atlántico, ultraderechistas libertarios -émulos de Donald Trump- ocupan cada vez más posiciones de poder desde las cuales empujan una agenda de barbarie, odio y prevalencia de la fuerza imperial sobre la razón popular.
Presidenta de México, Claudia Sheinbaum llega a Barcelona, para participar en Cumbre del Progresismo.
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En América Latina, el auge de la
ultraderecha calca
los patrones de las dictaduras impuestas o patrocinadas por Washington
durante la guerra fría: sumisión indisimulada a la Casa Blanca,
entrega de los recursos naturales a los dueños de capitales extranjeros,
establecimiento de estados policíacos con el pretexto de la seguridad,
persecución de la disidencia, desmantelamiento sistemático de derechos
sociales y remplazo efectivo de las democracias (por muy imperfectas
que fueran) con oligarquías excluyentes y aporofóbicas, señala el
diario mexicano La Jornada.
Sea por convicción ideológica o por oportunismo electoral,
las derechas tradicionales han depuesto las máscaras y renunciado
al liberalismo formal para mimetizarse con las fuerzas neofascistas
del trumpismo.
Hoy, tras medio siglo de
neoliberalismo –con
los algunos interregnos progresistas- los medios hegemónicos
han instalado un sentido común que estigmatiza como “populista” o
“radical” cualquier intento de hacer valer la provisión del acceso a
la atención médica, a la educación, a la vivienda o al trabajo
digno, cercenando las libertades para dedicar sus esfuerzos y poderío
a la libre circulación de los capitales y reprimir la protesta
contra las injusticias sociales generadas por el modelo económico.
El progresismo hoy se manifiesta en la lucha contra la ultraderecha. Encuentros como la Global Progressive Mobilisation en Barcelona reúnen a líderes progresistas de 40 países para abogar por la paz, la igualdad y la protección de los derechos humanos, en un espacio para discutir y debatir –entre ellos- los desafíos comunes y para unir fuerzas en defensa de la democracia y la justicia social.
Presidenta de México, Claudia Sheinbaum, a su llegada a Barcelona "dio vida, solidaridad y Confianza" a la Democracia. El Pueblo la recibió como realmente merece una de las grandes Lideres Políticas del siglo XXI.
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En Barcelona, los
oradores coincidieron
en la necesidad de regularizar la tecnología, establecer un impuesto
a los superricos, materializar la transición hacia energías limpias
y renovar el funcionamiento de Naciones Unidas. Sin estar
siquiera presente, Trump fue el protagonista de la cumbre progresista.
Pocos se atrevieron a mencionarlo por su nombre, las críticas a
la guerra en Irán y el respaldo al multilateralismo surgieron
como una antítesis de sus políticas.
Michelle Bachelet (quien teme enfrentarse a EEUU
en su carrera hacia al Secretaría General de Naciones Unidas), el
alcalde de Nueva York Zohran Mamdani, y los políticos
estadounidenses Bernie Sanders y Hillary Clinton ofrecieron
discursos pregrabados, en los que resaltaron
«la no intervención, la
solución pacífica de controversias, la igualdad jurídica de los estados, la
necesidad de la cooperación internacional para el desarrollo y la lucha
permanente por la paz».
Chris Murphy, senador demócrata de Connecticut,
definió a Trump como
«la mayor amenaza a la
democracia desde la guerra civil», ya que, a su juicio, se ha «apoderado de los
medios de comunicación, los tribunales y ha silenciado a la oposición».
Sin dudas, Claudia Sheinbaum, Pedro
Sánchez, Luiz Inácio Lula da Silva y Gustavo Petro encabezan gobiernos que han
reducido la pobreza, integrado a la sociedad a cientos de miles
de migrantes, apostado por la paz, protegido la soberanía
frente a los amagos del trumpismo, trabajado a favor de las mayorías.
Más allá de las críticas puntuales, demuestran que es posible y necesario poner los cimientos de un mundo cuando los tanques de la batalla cultural que sugieren que no hay alternativas al predominio de la codicia, el egoísmo, la desigualdad extrema y la ley de la selva en las relaciones intra e internacionales.
Un comunicado conjunto de México,
Brasil y España condena
cualquier tipo de intervención militar en Cuba, por la
“necesidad de respetar
en todo momento el derecho internacional y los principios de integridad
territorial, igualdad soberana y arreglo pacífico de las controversias” y su compromiso de “incrementar de
manera coordinada la respuesta humanitaria dirigida a aliviar el sufrimiento
del pueblo cubano”. La defensa de la libertad de Cuba ante el asedio
imperialista fue y sigue siendo una bandera irrenunciable de todos los
pueblos que luchan por un mundo de iguales.
Si a principios de siglo se registraba un vacío en el espacio
político, ocupado por fuerzas conservadoras, hoy pareciera que la población
joven, influenciada por la economía de consumo y las redes
sociales, ha perdido referentes políticos que defiendan
el Estado, las políticas redistributivas, el desarrollo humano,
el medio ambiente y los DDHH de las minorías. Algunos de los gobiernos
progresistas surgidos en la región latinoamericana se dedicaron más
a defender lo logrado que a profundizar los cambios y sembrar futuro.
Entonces, la propuesta era un modelo
de desarrollo solidario,
levantado sobre seis ejes, que proponía la superación de la desigualdad
social, la búsqueda de valor, una nueva política económica, la transición
ecológica, la integración como construcción de la región y una nueva
institucionalidad democrática, un rol activo del Estado, reformas
tributarias, salud universal y luchar contra el calentamiento
global.
Uno de los fracasos de cierto
progresismo –el
importado desde la socialdemocracia europea- es haber operado con diagnósticos
del siglo XX en sociedades que sufrieron cambios radicales, lo que
ha llevado a una defensa acrítica del Estado, sin discutir
qué tipo de Estado se necesita para enfrentar las crisis actuales. Lo
triste es que aquella esperanza del surgimiento de un proyecto
progresista devino en fracaso parcial, con una profunda
crisis de proyecto político y una deriva hacia el
conservadurismo.
Había para políticos profesionales y empresarios alentados desde Europa
y Washington, un modelo progresista latinoamericano a cooptar,
capturar, aniquilar. Y es, precisamente, una tarea que está finiquitando
Trump, con su ataque a Caracas y el secuestro del presidente
Nicolás Maduro, con el bloqueo y la amenaza bélica contra Cuba, con el financiamiento a candidatos
presidenciales de ultraderecha en la región, ávidos de sacarse
una foto con él en Mar-a-Lago.
Hay que reconocer la debilidad
gubernativa de casi
todos los últimos gobiernos progresistas que dejaron a sus países
con un mínimo de crecimiento económico y con altos índices de
inconformidad social. Con mandatarios que se impusieron en
elecciones, pero muy rápidamente perdieron apoyo popular en el poder.
Con rotundos fracasos como el de Alberto Fernández en Argentina o
Gabriel Boric en Chile, «embajadores» del progresismo, que
dejaron el paso libre para ultraconservadores como Javier Milei y José
Antonio Kast.
Algo ha cambiado en los últimos dos años. La nueva doctrina de seguridad estratégica de los EE. UU. radicaliza el injerencismo político y el intervencionismo militar sobre lo que Washington caracteriza despectivamente como su «patio trasero». El terrorismo mediático, por su parte, ha propiciado un clima funcional a las ultraderechas regionales que renovaron su confianza en los mercados a partir del despliegue de tropas en el Caribe y la ampulosidad cortoplacista de Trump.
Las claves de la crisis del
progresismo quizá
anidan en su propio origen: apareció como una «salida de emergencia»
ante la crisis de los sistemas políticos vigentes, resultado
del agotamiento del proyecto neoliberal y la impugnación
planteada por la protesta popular. Pero la ofensiva de la
derecha no ha cesado: su meta es concretar un cambio
cultural que rompa los valores progresistas y los lazos
solidarios que se habían tejido durante cuatro lustros. Y para esta derecha
del siglo XXI, el pensamiento crítico es un obstáculo para el progreso.
La democracia representativa, la propiedad privada, la cultura
eurocentrista, el sufragismo y los partidos políticos son
algunas de las «verdades reveladas» que organizan nuestra vida
institucional, nuestra democracia declarativa desde el siglo
XIX. Pero, como señala Jorge Elbaum, la profundidad de
la crisis actual cuestiona a la modernidad y al
capitalismo porque ya no se trata de reformar al Estado
sino de cambiar los paradigmas que hacen a su vigencia,
existencia, constitución y organización, y ponerle freno a la ofensiva
libertaria de las ultraderechas bien financiadas desde Washington
y Europa, para imponer gobiernos que sean cómodos para EEUU,
Trump y sus financistas, y su empeño por recuperar su patio trasero,
con una versión siglo XXI de la doctrina Monroe de América
para los (norte) americanos.
Decía el poeta español León Felipe:
¿Quién lee diez siglos
en la Historia y no la cierra / al ver las mismas cosas siempre con distinta
fecha? / Los mismos hombres, las mismas guerras, los mismos tiranos, / las
mismas cadenas, los mismos farsantes, las mismas sectas. /
¡y los mismos, los
mismos poetas! ¡Qué pena, que sea así todo siempre, siempre de la misma manera!
Aram
Aharonian: Periodista
y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Creador y fundador de
Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y
dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)
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