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"Específicamente la crítica
estructuralista
sostiene que México logró integrarse exitosamente a las cadenas
globales de valor, pero sin capturar una proporción equivalente del
valor agregado generado por ellas. El ejemplo más evidente es la industria
automotriz, pocas actividades ilustran mejor las virtudes y limitaciones
del modelo. México es uno de los principales exportadores de
vehículos del mundo. Produce millones de automóviles al año. Alberga
plantas de prácticamente todos los grandes fabricantes globales.
Sin embargo, gran parte de las decisiones estratégicas continúan tomándose
fuera del país. Las patentes se registran fuera del país. Los centros
de investigación más importantes permanecen fuera del país. La
ingeniería de mayor complejidad suele desarrollarse fuera del
país. México fabrica, otros diseñan. México ensambla. Otros controlan la
propiedad intelectual. La revisión de 2026 podría comenzar a responderla.
Si la nueva arquitectura norteamericana incorpora a México como socio
tecnológico, como participante en la producción de semiconductores, baterías,
minerales críticos y productos farmacéuticos avanzados, el país
podría ascender dentro de la cadena de valor. En ese escenario,
la competencia con China podría transformarse en una oportunidad
histórica para la industrialización mexicana.
"Pero existe otro camino. Si la revisión del tratado se
limita a endurecer reglas de origen para excluir a China y proteger
industrias estadounidenses, México corre el riesgo de quedar atrapado en
un papel conocido. Ensamblar productos diseñados en otro lugar,
producir componentes desarrollados en otro lugar y capturar apenas
una fracción del valor generado. Ese es el verdadero dilema del nuevo
T-MEC. Estados Unidos
necesita una América del Norte integrada porque ya no posee por sí solo
la capacidad industrial suficiente para enfrentar el desafío chino.
México necesita que esa integración se traduzca en desarrollo
tecnológico propio y no únicamente en más fábricas. La revisión de 2026 no decidirá solamente el futuro de
un tratado comercial. Decidirá si América del Norte puede convertirse en
un bloque económico capaz de competir con China y, al mismo
tiempo, determinará si México logra finalmente dejar atrás su
condición de plataforma manufacturera para transformarse en un
protagonista pleno de la nueva revolución industrial.
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Fuentes: El tábano economista.
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LA GEOPOLÍTICA DETRÁS DEL TRATADO ENTRE ESTADOS UNIDOS, MÉXICO Y
CANADÁ.
(T-MEC)
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Por Alejandro Marcó del
Pont | 22/06/2026 | Economía
Fuentes- Revista Rebelión lunes 22 de
junio del 2026.
La interdependencia destructiva, la
paradoja del costo (El Tábano Economista)
La revisión del Tratado entre México,
Estados Unidos y Canadá (T-MEC) en 2026 constituye el momento más delicado para la integración
económica norteamericana desde la renegociación impulsada por Donald Trump
entre 2017 y 2020. Lo que inicialmente fue concebido como un mecanismo
técnico de evaluación se ha transformado en una negociación
estratégica donde convergen disputas comerciales, rivalidades tecnológicas,
seguridad fronteriza, política industrial y competencia geopolítica global.
Es decir, la revisión ya no trata solamente de aranceles o
exportaciones. Lo que está en juego es quién controlará las cadenas
productivas críticas del continente, cómo se distribuirán los
beneficios del nearshoring y si México logrará
transformar su extraordinaria integración manufacturera en un verdadero
proyecto de desarrollo nacional. La disputa fundamental no es comercial; es
una disputa por el modelo de desarrollo de América del Norte y la
capacidad que esta unidad tiene para enfrentar a China desde el punto de
vista económico y geopolítico. Si América del Norte no se
integra, la probabilidad que EE. UU. compita con China es
inexistente
La pregunta que domina las discusiones
en Washington ya no
es cuánto exporta México o cuántos automóviles cruzan diariamente la
frontera. La pregunta es mucho más inquietante: ¿puede Estados Unidos
competir con China durante las próximas décadas sin integración completa de
América del Norte?
La respuesta, que se abre paso entre republicanos
y demócratas, es la misma: no puede hacerlo solo. Durante treinta años, Estados
Unidos organizó la globalización bajo la premisa de que la
producción podía dispersarse por el mundo sin consecuencias estratégicas. El
resultado fue una extraordinaria reducción de costos para las empresas
estadounidenses, pero también una creciente dependencia de Asia en
sectores críticos. La pandemia, las interrupciones logísticas y
la guerra tecnológica con Pekín terminaron por revelar una
realidad incómoda. La primera economía del planeta había perdido parte
del control sobre las cadenas productivas que sostienen su prosperidad.

China no solamente se convirtió en la fábrica del
mundo. Se convirtió en el centro gravitacional de sectores estratégicos.
Controla una parte sustancial del procesamiento mundial de minerales
críticos, domina la producción de baterías para vehículos eléctricos,
lidera el mercado de paneles solares y ocupa posiciones centrales
en numerosas cadenas de suministro industriales. Incluso en aquellos
sectores donde Estados Unidos conserva ventajas tecnológicas,
como los semiconductores avanzados, la dependencia de insumos,
materiales y procesos distribuidos por Asia sigue siendo enorme.
Desde la perspectiva estadounidense, la conclusión es evidente. La
competencia con China ya no puede librarse únicamente mediante aranceles
o restricciones comerciales. Requiere reconstruir una base industrial
continental. Por eso la revisión del T-MEC ha adquirido una
importancia estratégica sin precedentes. Lo que está en juego es la
construcción de una América del Norte capaz de funcionar como una plataforma
integrada de producción, innovación y seguridad económica. Sin
esa integración, Washington corre el riesgo de enfrentar a China con
una estructura productiva fragmentada y dependiente.
La paradoja es que el país indispensable para ese proyecto es
precisamente México. Estados Unidos necesita a México porque
ninguna estrategia seria de reindustrialización puede funcionar sin
aprovechar la capacidad manufacturera, la ubicación geográfica y la
integración logística que el país ha desarrollado durante tres décadas. Los
semiconductores requieren plantas de ensamblaje y prueba. Las
baterías requieren una enorme red de proveedores industriales. Los minerales críticos necesitan
capacidad de procesamiento y manufactura. La industria farmacéutica
demanda cadenas regionales resilientes. Ninguna de estas actividades
puede escalarse exclusivamente dentro del territorio estadounidense sin
disparar costos y perder competitividad.
Sin México no existe una verdadera estrategia norteamericana
de nearshoring. Sin México no existe una alternativa regional a las
cadenas asiáticas y tampoco existe una masa crítica suficiente para competir
con China.
Sin embargo, esa necesidad convive con una creciente desconfianza.
Washington observa con preocupación cómo las inversiones chinas aumentan en
territorio mexicano. Para muchos funcionarios estadounidenses, el
riesgo no consiste solamente en la presencia de capital chino. El temor es que México
termine funcionando como una plataforma indirecta para que empresas chinas
accedan al mercado norteamericano aprovechando los beneficios del
tratado.
La inversión china en México representa un dilema
geopolítico fundamental para América del Norte. Aunque
cuantitativamente modesta (menos del 2% del total de IED en México),
su impacto cualitativo en sectores estratégicos (automotriz, electrónica,
baterías, minerales críticos) amenaza con convertir a México en una
plataforma para evadir los aranceles estadounidenses a China.
Los datos revelan una concentración sectorial alarmante desde la
perspectiva de Washington: el 72% de la inversión china anunciada
en 2023 se destinó al sector automotriz, mientras que las ventas
de vehículos chinos en el mercado mexicano pasaron del 0.5% al
11.2% en apenas tres años. Esta penetración acelerada, combinada con el dominio
chino en la cadena de suministro de vehículos eléctricos
(baterías, motores, minerales críticos), ha provocado una respuesta regulatoria
sin precedentes por parte de EE. UU., incluyendo aranceles del
57.6% a importaciones chinas y restricciones a las reglas de origen
del T-MEC.
Si EE. UU. bloquea agresivamente la
IED china en México
bajo el pretexto de seguridad nacional, encarecerá drásticamente la transición
energética en América del Norte. China controla actualmente más del 60%
de la extracción y el 85% del procesamiento de minerales críticos
globales, y domina el 80% de la producción de celdas de baterías
y paneles solares. Sin las baterías y paneles solares chinos,
Norteamérica no será competitiva globalmente.
La palabra que resume esa preocupación es triangulación.
Desde la perspectiva estadounidense, una fábrica china instalada en México
que exporta hacia Estados Unidos puede convertirse en una
vulnerabilidad estratégica si mantiene dependencias tecnológicas,
financieras o de suministros provenientes de China. Lo que está en
discusión no es el origen geográfico de una planta, sino quién controla
realmente la cadena de valor.
Por eso las reglas de origen se han convertido en el verdadero campo
de batalla de la revisión de 2026. Detrás de los porcentajes de
contenido regional y de los requisitos técnicos se esconde una disputa
geopolítica de enormes dimensiones. Washington pretende utilizar
esas reglas para reducir progresivamente la presencia de insumos y
componentes chinos dentro de las cadenas productivas norteamericanas. Cada
punto adicional de contenido regional representa un intento de desplazar
producción desde Asia hacia América del Norte.
Las reglas de origen son el mecanismo que determina qué
porcentaje de un producto debe ser producido dentro de Norteamérica
para acceder a arancel cero. Bajo el NAFTA, un automóvil necesitaba
aproximadamente 62,5% de contenido regional. Con el T-MEC: el 75%
de contenido debe ser regional, el 70% del acero y aluminio debe
provenir de Norteamérica y entre 40% y 45% del vehículo debe
producirse en plantas con salarios superiores a US$16 por hora.
Ante la presión de la Casa Blanca por cerrar las puertas al
capital de Beijing, México no puede permitirse una ruptura total con
China, pero tampoco una confrontación abierta con su principal socio
comercial. El gobierno mexicano está implementando una estrategia
de «Pragmatismo Defensivo y Compartimentación». Es decir, sacrificio
de sectores de los autos eléctricos y el acero. En
las industrias donde EE. UU. considera la presencia china como
una amenaza existencial (como las plantas de ensamblaje final de vehículos
eléctricos de BYD o la fundición de acero), México aplicará
restricciones severas. El gobierno ya ha establecido aranceles de
hasta el 50% a más de 1,400 productos asiáticos para frenar la
triangulación y mitigar las quejas de Washington.

Pero aquí aparece otra contradicción. Estados Unidos necesita
integrar a México para competir con China. México necesita
mantener cierto margen de maniobra para aprovechar inversiones provenientes
de China. Para el gobierno mexicano, las inversiones chinas
representan una fuente potencial de capital, empleo, infraestructura y
transferencia tecnológica. En un contexto internacional caracterizado por
la desaceleración económica y la incertidumbre global, renunciar
completamente a esos flujos de inversión sería una decisión extremadamente
costosa.
México se encuentra así en una posición delicada. Debe
demostrar a Washington que no será una puerta trasera para China,
pero al mismo tiempo busca beneficiarse de la rivalidad entre las dos
mayores economías del mundo. Esta tensión revela un problema más
profundo. Estados Unidos imagina una integración regional
orientada a fortalecer la seguridad económica norteamericana. México
aspira a una integración que impulse su propio desarrollo.
No necesariamente son los mismos
objetivos. La
experiencia del NAFTA, y posteriormente del T-MEC, alimenta ese
debate. Los defensores del modelo destacan que México multiplicó
sus exportaciones, se convirtió en una potencia manufacturera y
consolidó una industria automotriz de escala global. Sus críticos
responden que el crecimiento económico fue decepcionante, que la
productividad avanzó lentamente y que buena parte de los beneficios fueron
capturados por corporaciones multinacionales y élites
empresariales a ambos lados de la frontera. La pregunta sigue
abierta: ¿la integración generó desarrollo o simplemente integración?
Específicamente la crítica
estructuralista
sostiene que México logró integrarse exitosamente a las cadenas
globales de valor, pero sin capturar una proporción equivalente del
valor agregado generado por ellas. El ejemplo más evidente es la industria
automotriz, pocas actividades ilustran mejor las virtudes y limitaciones
del modelo. México es uno de los principales exportadores de
vehículos del mundo. Produce millones de automóviles al año. Alberga
plantas de prácticamente todos los grandes fabricantes globales.
Sin embargo, gran parte de las decisiones estratégicas continúan tomándose
fuera del país. Las patentes se registran fuera del país. Los centros
de investigación más importantes permanecen fuera del país. La
ingeniería de mayor complejidad suele desarrollarse fuera del
país. México fabrica, otros diseñan. México ensambla. Otros controlan la
propiedad intelectual.
La revisión de 2026 podría comenzar a responderla.
Si la nueva arquitectura norteamericana incorpora a México como socio
tecnológico, como participante en la producción de semiconductores, baterías,
minerales críticos y productos farmacéuticos avanzados, el país
podría ascender dentro de la cadena de valor. En ese escenario,
la competencia con China podría transformarse en una oportunidad
histórica para la industrialización mexicana.
Pero existe otro camino. Si la revisión del tratado se
limita a endurecer reglas de origen para excluir a China y proteger
industrias estadounidenses, México corre el riesgo de quedar atrapado en
un papel conocido. Ensamblar productos diseñados en otro lugar,
producir componentes desarrollados en otro lugar y capturar apenas
una fracción del valor generado.
Ese es el verdadero dilema del nuevo
T-MEC. Estados Unidos
necesita una América del Norte integrada porque ya no posee por sí solo
la capacidad industrial suficiente para enfrentar el desafío chino.
México necesita que esa integración se traduzca en desarrollo
tecnológico propio y no únicamente en más fábricas.
La revisión de 2026 no decidirá solamente el futuro de
un tratado comercial. Decidirá si América del Norte puede convertirse en
un bloque económico capaz de competir con China y, al mismo
tiempo, determinará si México logra finalmente dejar atrás su
condición de plataforma manufacturera para transformarse en un
protagonista pleno de la nueva revolución industrial.
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