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“En el centro de este rompecabezas está la presión sobre China. La medida busca, como objetivo
paralelo y nada
secreto, estrangular la línea de suministro energético del gigante
asiático para forzarlo a mediar con Irán, atrapando a Pekín en
el «atolladero de Ormuz». Es una maniobra para que China se
queme las manos apagando un fuego que le quema su propia casa. A pesar
de la doctrina oficial que habla de estabilidad, muchos analistas
advierten que la crisis está debilitando la influencia estadounidense
a largo plazo en el Golfo. La narrativa de Washington como proveedor
último de seguridad se ha visto dañada, quizás
irreparablemente. Los líderes del Golfo, que han visto cómo la Quinta
Flota se mantiene al margen mientras sus petroleros arden,
están sacando conclusiones. Y esto los está empujando a buscar
un papel más independiente y desconfiado en el escenario global.
Paradójicamente, la crisis ha creado un vacío de seguridad que
las monarquías del Golfo no pueden llenar por sí solas. Desconfían
de Estados Unidos, pero ¿a quién más pueden recurrir?
“No existe una potencia
alternativa con la capacidad y
la voluntad de reemplazar el paraguas militar estadounidense. Ni China ni
Rusia quieren o
pueden ser los nuevos gendarmes del estrecho. Esta es la gran
paradoja que define el nuevo Oriente Medio: el Golfo es hoy
más vulnerable que nunca, pero se siente más solo que nunca. Esa
soledad los obliga a una diplomacia frenética y ambigua, diversificando sus
alianzas con Pekín, Moscú y Ankara, no por amor, sino por puro instinto de
supervivencia. Se aferran a cualquier clavo ardiendo para no caer al
vacío. Y mientras el mundo contiene la respiración, la amenaza
definitiva planea sobre los mercados como un buitre. Con
aproximadamente 15 millones de barriles diarios de
exportaciones de crudo del CCG varados, la tentación de usar el arma
definitiva es grande. Los países del Consejo de Cooperación del Golfo,
viendo cómo su riqueza se evapora y su relevancia se desvanece, podrían
recurrir a lo que equivale a una «opción nuclear» energética: declarar
fuerza mayor en sus contratos de exportación y retirar deliberadamente
otro 20% del suministro mundial del mercado. Sería el golpe de
gracia a una economía global ya tambaleante, un acto de autodestrucción para
recordarle al mundo que, aunque heridos, ellos aún sostienen las llaves del
grifo. En este ajedrez de sombras y petróleo, la única certeza es que el manual
de la guerra fría ha sido reescrito con tinta de crudo y fuego. Y en la primera
página, una frase resuena con fuerza. Quizás, solo quizás, mantenerlo
cerrado no fue un error; fue el plan desde el principio.
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Fuentes: El tábano economista.
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LA LÓGICA OCULTA TRAS
EL BLOQUEO DE LOS ESTRECHOS.
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Por Alejandro Marcó del Pont | 23/04/2026 | Economía
Fuentes. Revista Rebelión jueves 23 de
abril del 2026.
Fuentes: El tábano economista.
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Quizás mantener cerrado el
estrecho de Ormuz fue siempre la estrategia (El Tábano Economista)
Quizás, solo quizás, la historia no
sea como nos la han contado. Posiblemente la imagen de un mundo al borde del
abismo energético, con los precios del crudo disparados y las bolsas temblando, no sea el reflejo de un error de
cálculo estratégico, sino la fotografía precisa del objetivo buscado. Durante
semanas, la narrativa dominante ha sido la de un incendio geopolítico fuera de
control. Irán, acorralado, cierra el grifo de Ormuz en un acto de
desesperación; los hutíes, sus fieles peones, bloquean Bab el-Mandeb; y Estados
Unidos, el atribulado bombero global, corre de un lado a otro tratando de
apagar las llamas sin quemarse demasiado.
Es una historia muy occidental,
cómoda, lineal y, veremos posiblemente, errónea. La hipótesis que debe abrirse paso entre el ruido
de los misiles es otra, mucho más incómoda: ¿y si el cierre de los estrechos no
es una consecuencia indeseada de la guerra, sino su propósito central? Esta
es una variante sofisticada de la tesis del «poder de los puntos de
estrangulamiento«, largamente tratado aquí es dos artículos (aquí y aquí). Una doctrina que sostiene que, en un mundo
hiperconectado, la capacidad de perturbar los nodos críticos del comercio
global otorga un poder más formidable que el de un portaaviones.
Porque controlar no significa
necesariamente abrir; a menudo, el verdadero poder reside en la prerrogativa de
cerrar, de negar, de asfixiar. Y
en esta ecuación, mantener cosidas las arterias de Ormuz y Bab el-Mandeb
constituye un desafío estructural no solo para Teherán o Riad, sino,
sobre todo, para las principales economías de Asia Oriental y Meridional.
El impacto es un terremoto de intensidad variable: una fragilidad existencial
en Japón y Corea del Sur, una tormenta perfecta sobre la pujante
India y, un golpe quirúrgico a los cimientos del crecimiento
chino. No es teoría de la conspiración de salón; es una alternativa fría
de los manuales de geopolítica que se escribieron mucho antes de que
Donald Trump volviera a poner un pie en la Oficina Oval.
Conviene recordar que, en Washington,
ciertas ideas nunca mueren, solo esperan su momento. El manual de Elbridge
Colby, «La estrategia de la denegación (The
Strategy of Denial),
y el meticuloso plan de la Heritage Foundation, el célebre “Project 2025”, no son meros ejercicios académicos para adornar
estanterías. Son los planos de una nueva arquitectura de poder. Ambos
textos, leídos con la perspectiva que otorga el caos actual, parecen mostrar
que asfixiar a China a través de sus líneas de suministro energético no
es una opción sobre la mesa, sino la mesa misma sobre la que se está jugando la
partida.
La lógica es aplastante y sigue la
estela de aquel otro artículo que titulé «Trump no improvisa”. La profesora Helen Thompson, de la Universidad de Cambridge,
una de las mentes más lúcidas y respetadas en el análisis de la geopolítica
de la energía, ha articulado esta sospecha con la precisión de un cirujano.
Thompson argumenta que el hilo conductor constante durante esta segunda
administración Trump ha sido la reconfiguración geopolítica del sector
energético mundial, y que el cierre efectivo de Ormuz podría no ser
un «error» estratégico, sino una característica deliberada del conflicto.
En sus propias palabras, «hay que considerar la posibilidad de
que parte de lo que está ocurriendo no se trata solo de Irán, sino del intento
de la administración Trump de perjudicar a China«.
Si la sabiduría convencional se
equivoca, entonces elevar el precio mundial del petróleo y mantenerlo alto
podría ser un objetivo bélico fundamental. Es una jugada maestra de doble filo: perjudica a
China, que depende de la energía importada, y beneficia a Estados
Unidos, que hoy es un exportador neto. Y aquí viene el giro irónico. Sí
este es el caso, el control iraní sobre el flujo de petróleo, ese espectro
que aterra a Occidente, sería un resultado no solo tolerable, sino
deseable para ciertos despachos en Washington.
¿Les parece descabellado? Como
siempre, hagan los cálculos.
El dinero, ese detector de falsedades infalible, nunca miente. Según el equipo
de datos de Dow Jones Markets, desde que estalló esta guerra el pasado
28 de febrero, el sector energético estadounidense que cotiza en bolsa ha
engordado su valor de mercado en 93.000 millones de dólares. Casi cien
mil millones de razones para no tener prisa por apagar el fuego. Las
estimaciones de ingresos para 2026 de estas empresas se han disparado en más
de 200.000 millones de dólares, pasando de 1,9 billones a 2,1 billones. Su
beneficio neto total estimado ha aumentado un 22%, unos 33.000
millones de dólares adicionales, hasta alcanzar la friolera de 183.000
millones. ¿Casualidad? Llamémoslo un feliz accidente geopolítico para esas
mismas élites energéticas que pavimentaron con generosas donaciones el
camino de Trump de vuelta a la Casa Blanca. La coincidencia es demasiado
perfecta para ser fortuita.
Pero reducir esta compleja ecuación a
los balances contables de Exxon o Chevron sería simplista. La conveniencia de cerrar ambos estrechos es una telaraña
de intereses mucho más intrincada, donde otros jugadores con agendas
propias bailan al borde del precipicio. ¿Qué sucede con el Consejo de
Cooperación del Golfo (CCG), esos jeques que veían sus petrodólares fluir como
ríos? ¿Qué papel juega Israel en este tablero? ¿Y qué hay de Irán, el supuesto
villano de la película? Sobre todo, ¿cómo encajan en esta narrativa las
economías de Asia, esos gigantes con los pies de barro energético?
Comencemos por los daños colaterales,
porque en esta guerra de desgaste, las víctimas se cuentan por millones de
barriles no entregados y puntos de PIB evaporados. Japón es el ejemplo más
descarnado de vulnerabilidad extrema. El país del sol naciente es,
energéticamente hablando, un rehén de Oriente Medio. Aproximadamente el 95% de
sus importaciones de petróleo surcan las aguas que hoy son un cementerio de
rutas comerciales, todas pasando por el embudo de Ormuz.
El impacto no se hizo esperar, en el mes siguiente al cierre, el precio del crudo se disparó más de un 80%, y llenar el depósito en Kioto o Kobe se convirtió en un lujo que duplica su coste anterior. La imagen es más elocuente que cualquier gráfico, en la semana posterior al bloqueo, ni un solo petrolero, ni uno, atracó en puerto japonés proveniente de la región. El silencio en los muelles de Yokohama es el sonido de una economía que contiene la respiración.
Corea del Sur, esa otra maravilla
industrial asiática, se asoma a un abismo similar. Su economía, un prodigio de
exportación y alta tecnología, ha recibido un golpe directo en su corazón
productivo. Más del 60% del crudo que alimenta sus fábricas y el 54% de la
nafta, un insumo petroquímico tan esencial como el oxígeno para su modelo
industrial, transita por el mismo punto de estrangulamiento. La dependencia no
es una cuestión de preferencia, es una viga maestra de su arquitectura
económica; si cede, el edificio se viene abajo.
Para la India, la tercera economía de
Asia, la crisis ha tomado la forma de una tormenta perfecta que azota con furia
todos los flancos de su estabilidad macroeconómica y social. El problema de
Nueva Delhi no es solo el crudo para mover sus fábricas y sus millones de
vehículos. India importa alrededor del 60% de su consumo de Gas Licuado de
Petróleo (GLP), ese combustible humilde pero vital que arde en las cocinas de
cientos de millones de hogares. Y el 90% de ese volumen llega a través de
Ormuz. De repente, la geopolítica de altos vuelos se cuela en la cocina de una
familia encareciendo la comida y amenazando la seguridad alimentaria de una
nación que depende de fertilizantes que también cruzan, o deberían cruzar, esas
aguas. Es un shock multidimensional que erosiona los cimientos mismos de su
crecimiento.
Y luego está China, el verdadero
elefante en la habitación, o, mejor dicho, el dragón al que se pretende
encadenar. Para Pekín, la crisis trasciende lo económico y se convierte en una
vulnerabilidad estratégica de primer orden, una línea roja dibujada con crudeza
por la «Línea de la Teoría de Colby«. Sostener que el bloqueo de los estrechos
es un movimiento deliberado de Washington para asfixiar la «línea de vida»
energética china y, con ello, frenar su ascenso geopolítico. Ya no es una tesis
marginal en los seminarios universitarios; es una posibilidad que se discute en
los centros de poder con la gravedad que merece. Los datos confirman la
magnitud de este «Talón de Aquiles». En 2025, el 75% del crudo que devoraba la
maquinaria china era importado, un total de 578 millones de toneladas. Arabia
Saudita e Irak eran, por este orden, su segundo y tercer proveedor. Estrangular
Ormuz es, en la práctica, poner un lazo corredizo alrededor del cuello del
crecimiento chino. Y el nudo lo aprieta quien controla el estrecho, o quien se
beneficia de que permanezca cerrado.
Mientras el dragón se retuerce, los halcones del Golfo, esos príncipes del petróleo que durante décadas dictaron cátedra sobre la opulencia, están descubriendo que su trono se tambalea. El cierre de facto del paso ha provocado pérdidas económicas que harían temblar al ministro de finanzas más insensible. Se estima que aproximadamente 14,8 millones de barriles de petróleo producidos diariamente por las naciones del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) —Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Omán y Bahréin— quedan varados sin una ruta de exportación viable. Están sentados sobre la mayor reserva de liquidez del mundo que no pueden vender. En conjunto, estos países podrían estar perdiendo hasta 1.200 millones de dólares diarios en ingresos por exportaciones.
Hagan la suma: desde que comenzó el
conflicto, la hemorragia acumulada supera los 15.000 millones de dólares en
ingresos por petróleo y gas. El Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta un
panorama desolador. De las ocho economías más afectadas por el conflicto, cinco
se contraerán en 2026. Catar, otrora el país más rico del mundo per cápita, ha
sufrido la revisión a la baja más drástica de su pronóstico de crecimiento, una
caída de casi 15 puntos porcentuales que refleja el daño extenso en su
infraestructura energética.
Arabia Saudita y los Emiratos Árabes
Unidos, que cuentan con oleoductos de derivación para sortear el infierno de
Ormuz, son «perdedores relativos», una distinción que solo consuela en un club
de damnificados. Pero la verdadera pérdida para Riad y Abu Dabi no se mide en
barriles o dólares, sino en la erosión acelerada de un pilar geopolítico que
sostuvo su estabilidad durante décadas, el viejo y entrañable pacto de
«petróleo por seguridad». Estados Unidos garantizaba la libertad de navegación
y, a cambio, el Golfo inundaba los mercados con su crudo. Ese pacto, hoy, es
papel mojado flotando en las aguas del Golfo Pérsico. Esta crisis está
acelerando el giro de las petromonarquías hacia un mundo multipolar,
empujándolas a diversificar sus alianzas y a reducir su dependencia histórica
de un Washington que, por acción u omisión, parece haberlas abandonado a su
suerte.
En este tablero de perdedores, ¿Dónde
queda Israel? A primera vista, el Estado judío también sufre un coste
estratégico considerable. Con ambos estrechos cerrados, el 99% de su comercio
exterior quedaría bloqueado, una asfixia logística de primer orden. Además,
perdería su principal fuente de suministro, ya que el 62% de su crudo,
proveniente de Azerbaiyán y Kazajistán, llega a sus refinerías tras atravesar
esos mismos cuellos de botella. El resultado inmediato sería un incremento de
al menos el 15% en los precios de los combustibles. Un disgusto, sin duda.
Pero miren más allá del surtidor de
gasolina. Para Israel, esta crisis es, sobre todo, una oportunidad histórica
para consolidar su papel como un actor energético y de seguridad indispensable
en la región. El principal beneficio estratégico que se abre paso entre los
escombros de la guerra es la posibilidad de posicionarse como la ruta terrestre
alternativa y segura para el flujo de energía del Golfo hacia una Europa
sedienta, sorteando por completo el volátil Estrecho de Ormuz y la amenaza
iraní. La infraestructura clave existe y se llama oleoducto Eilat-Ashkelon,
una serpiente de acero que conecta el Mar Rojo con el Mediterráneo. Vinculen
este conducto con el oleoducto saudí Este-Oeste, el famoso Petroline,
y habrán creado un corredor terrestre que evite por completo las aguas
controladas por los Guardianes de la Revolución.
Operar este corredor no solo
transformaría a Israel en el centro de gravedad del sistema energético mundial,
sino que fortalecería de manera irreversible sus lazos estratégicos con los
estados del Golfo, creando una enorme palanca económica y geopolítica. La
crisis subraya la vulnerabilidad de las monarquías del Golfo ante la sombra
alargada de Teherán, lo que refuerza el papel de Israel como un socio de
seguridad confiable, el único con la capacidad y la voluntad de plantar cara al
enemigo común. Si bien la normalización diplomática abierta puede verse
afectada en el corto plazo —las fotos de apretones de manos tendrán que
esperar—, la cooperación en seguridad y defensa con países como los Emiratos
Árabes Unidos se ha fortalecido significativamente en la oscuridad de las salas
de guerra.
Y llegamos al actor principal, Estados
Unidos, el director de orquesta de este caos aparente. El bloqueo de Ormuz
encaja como un guante en lo que se ha denominado la «Estrategia Abierta» de
Washington. Al crear una incertidumbre insoportable en el suministro del Golfo,
Estados Unidos busca que los compradores globales —europeos, asiáticos, todos—
lo perciban como un proveedor más fiable y seguro. Es la vieja lógica del
miedo: compren mi petróleo porque el de los otros puede no llegar.
Aprovechando sus vastas reservas de
esquisto y su creciente capacidad de exportación de Gas Natural Licuado (GNL),
se posiciona para reemplazar a los países del CCG como la fuente principal de
energía para el mundo, especialmente para una Europa desesperada por llenar sus
tanques y una Asia que busca desesperadamente rutas seguras. La inestabilidad
en la región ha generado una «prima de riesgo de tránsito por Ormuz» que
encarece el barril que sale del Golfo y, por contraste, hace que el petróleo
estadounidense sea más competitivo. Es una política de «empobrecer al vecino» a
escala global.
A diferencia de las economías
asiáticas, que se retuercen de dolor, Estados Unidos es menos dependiente del
crudo de Ormuz. De hecho, es un beneficiario neto del aumento de los precios
globales. Sus ingresos por exportaciones de energía se incrementan, llenando
las arcas de sus empresas y permitiéndole, irónicamente, subsidiar el
combustible a nivel nacional para mitigar la presión pública y evitar que el
votante medio sienta todo el rigor de la crisis en su bolsillo, cosa que
todavía no hecho. Es un rompecabezas de poder y dependencia donde la estrategia
de Washington busca un delicado y cínico equilibrio, ganar dinero con el
sufrimiento ajeno.
En el centro de este rompecabezas está
la presión sobre China. La medida busca, como objetivo paralelo y nada secreto,
estrangular la línea de suministro energético del gigante asiático para
forzarlo a mediar con Irán, atrapando a Pekín en el «atolladero de Ormuz». Es
una maniobra para que China se queme las manos apagando un fuego que le quema
su propia casa. A pesar de la doctrina oficial que habla de estabilidad, muchos
analistas advierten que la crisis está debilitando la influencia estadounidense
a largo plazo en el Golfo.
La narrativa de Washington como
proveedor último de seguridad se ha visto dañada, quizás irreparablemente. Los
líderes del Golfo, que han visto cómo la Quinta Flota se mantiene al margen
mientras sus petroleros arden, están sacando conclusiones. Y esto los está
empujando a buscar un papel más independiente y desconfiado en el escenario
global. Paradójicamente, la crisis ha creado un vacío de seguridad que las
monarquías del Golfo no pueden llenar por sí solas. Desconfían de Estados
Unidos, pero ¿a quién más pueden recurrir?
No existe una potencia alternativa con
la capacidad y la voluntad de reemplazar el paraguas militar estadounidense. Ni
China ni Rusia quieren o pueden ser los nuevos gendarmes del estrecho. Esta es
la gran paradoja que define el nuevo Oriente Medio: el Golfo es hoy más
vulnerable que nunca, pero se siente más solo que nunca. Esa soledad los obliga
a una diplomacia frenética y ambigua, diversificando sus alianzas con Pekín,
Moscú y Ankara, no por amor, sino por puro instinto de supervivencia. Se
aferran a cualquier clavo ardiendo para no caer al vacío.
Y mientras el mundo contiene la
respiración, la amenaza definitiva planea sobre los mercados como un buitre.
Con aproximadamente 15 millones de barriles diarios de exportaciones de crudo
del CCG varados, la tentación de usar el arma definitiva es grande. Los países
del Consejo de Cooperación del Golfo, viendo cómo su riqueza se evapora y su
relevancia se desvanece, podrían recurrir a lo que equivale a una «opción
nuclear» energética: declarar fuerza mayor en sus contratos de exportación y
retirar deliberadamente otro 20% del suministro mundial del mercado.
Sería el golpe de gracia a una
economía global ya tambaleante, un acto de autodestrucción para recordarle al
mundo que, aunque heridos, ellos aún sostienen las llaves del grifo. En este
ajedrez de sombras y petróleo, la única certeza es que el manual de la guerra
fría ha sido reescrito con tinta de crudo y fuego. Y en la primera página, una
frase resuena con fuerza. Quizás, solo quizás, mantenerlo cerrado no fue un
error; fue el plan desde el principio.
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