&&&&&
“El avance de las extremas derechas en América Latina aprovecha de las nuevas condiciones
geopolíticas. Sus gobiernos, que representan a oligarquías empresariales,
no tienen idea del humanismo latinoamericano. Incluso cuestionan las
instituciones y derechos nacidos del liberalismo clásico, que en el siglo
XIX implantó los derechos individuales -civiles y políticos-, y el contrabalanceo
de las funciones del Estado. No tienen límites al afectar las
democracias liberales, un fenómeno que diversos estudios centralizan en
algunos gobiernos actuales, como en Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador,
El Salvador, Honduras o Paraguay, que están entre los que se unieron
al “Escudo de las Américas” convocado por Donald Trump
“En la región predomina la construcción de economías basadas en las rentabilidades de grupos económicos -y dinásticos- que instrumentalizan la corrupción privada, la reducción del Estado, el saqueo a la naturaleza, la remisión y elusión tributaria y el redoblamiento de la explotación a todo tipo de trabajadores, gracias a la “flexibilidad” laboral. Se suma el nuevo e inédito fenómeno del crimen y la delincuencia organizada, para el cual el neoliberalismo no tiene respuestas, pues destruye capacidades del Estado para controlar las fuentes irregulares de la riqueza. Históricamente, por tanto, no tiene sentido acusar al marxismo, al “comunismo” y a todo tipo de izquierdas como las grandes “amenazas” del siglo XXI. La historia del humanismo latinoamericano lo desmiente. Y en la actualidad las confrontaciones contra el poder concentrado en élites ricas se mantienen, a pesar de las adversas condiciones que han creado las nuevas derechas latinoamericanas para la acción y movilización de los pueblos.
/////
Fuentes: Rebelión.
*****
HUMANISMO LATINOAMERICANO
Y SOCIALISMO.
*****
Por Juan J. Paz-y-Miño
Cepeda | 28/07/2026 | América
Latina y Caribe
Fuentes. Revista Rebelión martes 28 de julio del 2026.
El socialismo como teoría para la
transformación del capitalismo nació en Europa del siglo XIX. Pero las ideas
sobre equidad social, propiedad comunitaria, crítica a la acumulación de
riqueza, bienestar colectivo y justicia social tienen una larga historia tanto
en ese continente como en América Latina.
El primer elemento para considerar es
la lucha de las clases dominadas contra la explotación. Levantamientos,
rebeliones y revoluciones son ampliamente conocidos y estudiados desde la Edad
Antigua, una de las
fases de la cronología histórica eurocentrista. En América Latina
esas luchas están bien marcados desde la época colonial, lo cual no
descarta la existencia de conflictos sociales en las culturas aborígenes.
En la época republicana de la región las constantes reacciones
sociales contra las dominaciones oligárquicas están documentada.
Pero es en el siglo XX, con el desarrollo del capitalismo, cuando
se expresa, cada vez con mayor transparencia, la lucha de clases,
en los términos que formulara Karl Marx.
Los procesos de lucha social fueron siempre los determinantes para el surgimiento de teorías que no solo los interpretaban, sino que buscaban solucionarlos. En la Antigüedad, el filósofo Platón, por ejemplo, imaginó una sociedad gobernada por los filósofos e incluso con abolición de la propiedad privada. En el cristianismo temprano, los Padres de la iglesia condenaron el dominio privado de los bienes, que, como la tierra, fueron entregados por Dios a todos los seres humanos y no a unos pocos. Durante la Edad Media y el Renacimiento surgieron pensadores que criticaron la desigualdad. Tomás Moro describió en su Utopía (1516) una isla sostenida en la propiedad colectiva, trabajo comunitario y sin dinero. Los distintos y tempranos socialismos utópicos de Saint Simon, Fourier y Owen en el siglo XIX constituyeron propuestas de solución al capitalismo de la primera revolución industrial.
Los procesos latinoamericanos, tan diferentes a los europeos,
tuvieron su propio camino. Pese al brutal colonialismo implantado
al iniciarse el siglo XVI, no se logró destruir la base comunitaria
del ayllu incásico o del calpulli azteca.
Y las misiones jesuitas guaraníes de
los siglos XVII y XVIII mantuvieron sociedades comunitarias. Sin embargo, a
partir del siglo XIX surgen pensadores que cuestionan severamente las
herencias coloniales basadas en la explotación humana y las nuevas
formas de opresión republicanas. Uno de los autores que ha
incursionado en el estudio de las teorías sociales de la época
republicana es el filósofo y profesor cubano Pablo Guadarrama, quien
ha defendido la autenticidad y novedad de numerosos autores, cuyas concepciones
no se reducen a “copiar” las ideas europeas. Fueron creadores de
un pensamiento emancipador, humanista e incluso promarxista, entre otros: Simón
Rodríguez (Venezuela), el maestro de Simón Bolívar; José Martí
(Cuba), Juan Bautista Alberdi (Argentina), Manuel González Prada
(Perú), Ignacio Ramírez “Nigromante” (México), Tobías Barreto
(Brasil). Agreguemos al ecuatoriano Juan Montalvo. Todos ellos
pusieron los cimientos de una larga tradición de humanismo
latinoamericano que fundamenta el sentido de justicia social.
Advirtieron la necesidad de cambiar las condiciones de vida material, potenciar
la educación, realizar la justicia. Una “utopía teórica” sobre cuya
riqueza se asentó el marxismo del siglo XX.
Durante el siglo XIX América Latina tuvo múltiples rebeliones campesinas
e indígenas, así como de movimientos artesanos y mutuales. Con el
siglo XX llegaron las huelgas y los sindicatos. El capitalismo
avanzó sobre terribles masacres: Santa María de Iquique en Chile (1907),
Cananea (1906) y Río Blanco (1907) en México, la Semana
Trágica en Argentina (1919), la de Obreros en Guayaquil, Ecuador
(1922), o las Bananeras en Colombia (1928). La primera campanada antisistema
fue la Revolución Mexicana de 1910. Y para la época habían
aparecido ideas indigenistas y agraristas, anarquistas,
anarcosindicalistas, gremialistas e incluso católicas basadas en la doctrina
social de la iglesia, que abiertamente denunciaron al capitalismo
explotador y abogaban por una sociedad “socialista” o comunitaria,
que aboliera la riqueza y la propiedad privada. En ese mismo
contexto, la llegada del marxismo a la región y el nacimiento de los
primeros partidos socialistas y comunistas, contribuyeron poderosamente
a que las teorías basadas en el humanismo latinoamericano se
enriquecieran con los fundamentos científicos que aportó el marxismo.
En ese ambiente José Carlos Mariátegui (1894-1930) fue un renovador genial, al
romper con los dogmas del marxismo “oficial” de la Unión Soviética y
generar un avance marxista crucial, al encontrar en la comunidad indígena de
los Andes y su sistema de propiedad colectiva una base real para la construcción
de la nueva sociedad socialista y comunista.
Saltando hechos y tiempos, la
Revolución Cubana de 1959
no surgió solo por la necesidad de liquidar el dominio oligárquico, la feroz
dictadura de Fulgencio Batista y la presencia monroísta de los Estados
Unidos, sino que se asentó en una historia latinoamericana que
cultivó ideales igualitarios, humanistas, comunitaristas, obreristas
y anticapitalistas de las épocas anteriores. Y como se convirtió
en ejemplo para la región, Cuba es el único país en el mundo que ha
sufrido el peso de un bloqueo que dura más de seis décadas, un Estado
que soporta en la actualidad un recrudecimiento total del mismo en medio
de amenazas injerencistas, y que se ha visto impedido de lograr el desarrollo que esperaba. Ese
estrangulamiento ha puesto en riesgo la vida de toda la población. Sin
embargo, el Departamento de Estado de los EE. UU., guiado por la
Doctrina Donroe del Corolario Trump, ha lanzado el documento “Cuba.
La capital del comunismo del siglo XXI” (https://t.ly/htlih),
que tergiversa y desconoce la historia latinoamericana, inaugura una
nueva época de neomacartismo, y que resulta una amenaza para
todas las izquierdas de la región.
El avance de las extremas derechas en
América Latina
aprovecha de las nuevas condiciones geopolíticas. Sus gobiernos, que
representan a oligarquías empresariales, no tienen idea del humanismo
latinoamericano. Incluso cuestionan las instituciones y derechos nacidos
del liberalismo clásico, que en el siglo XIX implantó los derechos
individuales -civiles y políticos-, y el contrabalanceo de las funciones
del Estado. No tienen límites al afectar las democracias liberales,
un fenómeno que diversos estudios centralizan en algunos gobiernos actuales,
como en Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, El Salvador, Honduras o Paraguay,
que están entre los que se unieron al “Escudo de las Américas” convocado por
Donald Trump (https://t.ly/oHZZW).
En la región predomina la construcción
de economías basadas
en las rentabilidades de grupos económicos -y dinásticos- que instrumentalizan
la corrupción privada, la reducción del Estado, el saqueo a la
naturaleza, la remisión y elusión tributaria y el redoblamiento
de la explotación a todo tipo de trabajadores, gracias a la “flexibilidad”
laboral. Se suma el nuevo e inédito fenómeno del crimen y la
delincuencia organizada, para el cual el neoliberalismo no tiene respuestas,
pues destruye capacidades del Estado para controlar las fuentes
irregulares de la riqueza.
Históricamente, por tanto, no tiene
sentido acusar al marxismo,
al “comunismo” y a todo tipo de izquierdas como las grandes “amenazas”
del siglo XXI. La historia del humanismo latinoamericano lo
desmiente. Y en la actualidad las confrontaciones contra el poder
concentrado en élites ricas se mantienen, a pesar de las adversas
condiciones que han creado las nuevas derechas latinoamericanas para la
acción y movilización de los pueblos.
*****




