jueves, 11 de junio de 2026

LOS IMPONDERABLES DEL FÚTBOL Y EL EVENTUAL «FRACASO» DE LA COPA MUNDIAL 2026: ALGUNOS ESCENARIOS POSIBLES.

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“Otro imponderable son los recientes anuncios de probables marchas y protestas en la Ciudad de México previstas para el próximo jueves 11 de junio y que desembocarían en las inmediaciones del Estado Azteca, recinto donde se realizará la inauguración de la Copa Mundial. En medio de la crisis de violencia, de la criminalización de los pobres y de las estrategias de “limpieza social” que caracterizan a México desde hace varios lustros, colectivos de docentes, transportistas, organizaciones campesinas, empleados del sector salud, pensionados del sector público, colectivos de colonos que radican alrededor del Estadio Azteca y madres buscadoras de desaparecidos, marcharán desde distintos puntos de la ciudad para llegar al recinto tres veces mundialista. La inconformidad social, si es que ésta tiene bases populares y no es mediada por agentes dedicados a cooptar la acción colectiva, no es para menos: tan solo en Monterrey, el gobierno local instaló lonas y vallas para encubrir las condiciones de vida en las que viven miles de habitantes alrededor de aquellos corredores y vialidades por las que cruzarán las delegaciones deportivas y los turistas en su camino al estadio (https://shre.ink/3otW). Misma fortuna experimenta la ciudad de Guadalajara con la privatización de facto de su centro histórico vía el territorio delimitado para el FIFA Fan Fest y las quejas ciudadanas por la exclusión padecida en este evento futbolístico.

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Fuentes: Rebelión.

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LOS IMPONDERABLES DEL FÚTBOL Y EL EVENTUAL «FRACASO» DE LA COPA MUNDIAL 2026:

ALGUNOS ESCENARIOS POSIBLES.

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Por Isaac Enríquez Pérez | 11/06/2026 | EconomíaMundo

Fuentes. Revista Rebelión jueves 11 de junio del 2026.

Si bien la Copa Mundial de la FIFA es, históricamente, un negocio privado altamente rentable, que aprovecha la pasión de las aficiones y el despliegue en un aparato global de comercialización que de manera sincronizada actúa sin mecanismos reguladores de su condición monopolística, no por ello deja de exponerse a tropiezos y a problemáticas imprevistas como parte de la misma voracidad de quienes organizan la justa mundialista.

Con un impacto económico total previsto por 80.000 millones de dólares –30.500 millones de dólares solo para los Estados Unidos– y ganancias que la FIFA estima para sí misma por entre 11.000 y 14.000 millones de dólares –cifra esta última que casi duplicaría los 7.500 millones de dólares embolsados por este organismo internacional privado durante el ciclo mundialista Catar 2019-2022–. A esas cifras no se les catalogaría como fracaso y menos si se trata de un mundial de fútbol publicitado como el más grande de la historia (48 selecciones nacionales, 104 partidos, tres países organizadores).

Sin embargo, a unos cuantos días del inicio de la Copa Mundial el ánimo de las poblaciones de los tres países sede no precisamente expresan el propio de una gran fiesta deportiva. En un estudio realizado en Estados Unidos durante el mes de marzo por Pew Research Center, se señala que el 66% de la población encuestada no muestra interés alguno en seguir la justa mundialista, que el evento solo será probablemente seguido por el 28% y que solo el 14% mostrará un mayor interés y atención. De esa población encuestada y que muestra intereses por el Mundial 2026, el 54% son migrantes, destacando los asiáticos con un 44% e hispanohablantes con un 42% (https://shre.ink/3ott).



La Copa Mundial de la FIFA 2026 fue sistemáticamente diseñada y promovida por sus organizadores y patrocinadores como un macroevento elitista y excluyente en esencia. No solo por los altos precios de las entradas a los estadios y de los servicios anexos que requieren los turistas que acudirán a las sedes, sino porque la promoción se canalizó a sectores sociales privilegiados como los consumidores de alto poder adquisitivo, los ejecutivos de corporaciones, el turismo de alta gama, los personajes del medio del espectáculo, los directivos y exjugadores y los influencers. Ese es el nicho de mercantilización de la FIFA y sus socios comerciales, quedando el resto de los 1.500 millones de aficionados confinados, si bien les resulta, a la televisión de paga y atados al sofá de su casa. El mundial de fútbol no es más de los pueblos, no se vive en las calles, ni en los barrios y ni entre los aficionados de las clases sociales populares. Un mundial que se percibe como cuando el propio dueño de la casa no es invitado a la fiesta pese a que aportó –a través de sus impuestos– los insumos necesarios para su organización y realización.

Aunque en principio no será un fracaso financiero para la FIFA y sus socios y patrocinadores, existen varios imponderables que se vienen gestando desde meses atrás y otros que se harán presentes, de golpe, en cuanto inicie y avance el torneo.

Por ejemplo: a dos semanas para el inicio del Mundial, el 80% de los hoteles de las ciudades estadounidenses mundialistas se quejan de que las reservaciones de habitaciones están muy por debajo de lo previsto, incluso a niveles distantes de las habitaciones ocupadas en veranos de los últimos años. Se estima también que los boletos en condición de reventa para 90% de los partidos experimentan una caída de los precios marcados por la especulación en un inicio. Las altas temperaturas veraniegas –que afectarán el rendimiento físico de los jugadores en 97 partidos– y el “golpe de calor” (estrés térmico peligroso) que pesará sobre 26 de los 104 partidos y que afectarán especialmente a las sedes estadounidenses, se erigen como un factor condicionante del propio Mundial, donde los expertos de la World Weather Attribution recomiendan incluso reprogramar esos encuentros afectados por las condiciones climáticas (https://shre.ink/3ot8). Y los controles y las redadas migratorias que afectarán, incluso emocionalmente, a los turistas provenientes de aquellos países ideológicamente enfrentados con el Gobierno de los Estados Unidos. No menos importante será el previsible nivel de juego que rondará la mediocridad cuando menos en su fase de grupos y hasta la fase de octavos de final, debido en gran medida al incremento sustancial de las selecciones nacionales que acudirán a la competencia desde las distintas regiones del mundo.



Algunos de estos condicionantes del Mundial son estructurales, como el clima y el intenso y crítico calor. Si bien era algo imprevisto, surge en los últimos días como un imponderable que puede afectar drásticamente los encuentros de fútbol. Otros estás relacionados con las relaciones de poder y la ausencia de regulaciones estatales que subyacen en el sistema algorítmico de precios estipulado en condiciones monopolísticas por la FIFA. Otros tienen que ver con el propio cambio geopolítico contemporáneo y el proceso neoaislacionista que impulsa una facción de las elites plutocráticas estadounidenses –la que promueve y respalda a Donald Trump– y que se traducen en controles migratorios sobre jugadores, delegaciones y turistas provenientes de países con los cuales el Gobierno estadounidense guarde alguna enemistad.

Existen varios escenarios de cara a estos condicionantes que es necesario analizar:

a) Un Mundial en el que, al rodar el balón, todo salga como lo planeado por sus principales beneficiarios, opacándose la crítica y el descontento en cuanto los cracks realicen su mayor esfuerzo e invadan el firmamento con jugadas espectaculares y de antología, tal como lo fueron los mundiales anteriores a 1986. Estadios, por supuesto, a rebosar de aficionados gustosos de ese espectáculo y dispuestos a derrochar su poder adquisitivo. Lo cual evidenciaría el éxito del macroexperimento de la FIFA fundamentado en el fútbol/corporación y la elitización del fútbol a través del espectáculo/negocio global, fundamentados en la exclusión sistemática del aficionado tradicional.

b) Un Mundial sin cupos a tope en los estadios y en los hoteles disponibles para el evento y con un espectáculo en la cancha oprimido por la calidad deficitaria de más del 70% de los combinados nacionales que competirán. Con multitudes de aficionados sin mayor vínculo que el de la plataforma streaming y con la resignación de no poder ni acercarse a los recintos mundialistas debido a las restricciones impuestas por la llamada “última milla de la FIFA”. A este escenario se agregan los partidos disminuidos y detenidos por los “golpes de calor” entre los jugadores e, incluso, la posibilidad de tormentas eléctricas en algunas sedes tal como ocurrió en el Mundial de Clubes durante el verano de 2025. El negocio de la FIFA no se alteraría al existir amplios márgenes de ganancia vía los derechos de transmisión de los encuentros, la publicidad y la venta de merchandise, pese a amplios sectores de los estadios vacíos por los precios exorbitantes de las entradas.


c) Un tercer escenario sugeriría que además de la exclusión sistemática del aficionado tradicional y la extrema elitización del fútbol como espectáculo/negocio, se conjuguen una serie de condicionantes donde los factores geopolíticos jueguen en contra del propio Mundial al momento en que el turista decida no acudir a los Estados Unidos por los riesgos migratorios que ello suponga, incluida la negación del ingreso al país anfitrión, la expulsión o incluso la deportación de este. La racionalidad del turista privilegiará su seguridad y estabilidad y el no exponerse a actos arbitrarios de las autoridades migratorias. De hecho, ya se suscitan esos eventos a unos días de inaugurarse el Mundial: la selección de Irán, si bien sus miembros lograron sus visas, fueron obligados a instalar su campamento en un hotel de Tijuana (México) y a trasladarse a los estadios estadounidenses los días de los cotejos y volver de inmediato a la misma ciudad mexicana; Omar Artanárbitro somalí con gafete FIFAsufrió la denegación del ingreso a los Estados Unidos sin mayor razón que su nacionalidad; misma fortuna corren periodistas y aficionados provenientes de países non gratos, a quienes se les rechazó la visa o sufrieron detenciones al ingresar a los Estados Unidos. Entonces, si se suscitan estadios, hoteles y recintos turísticos sin los cupos esperados, y se generaliza un desdén por el Mundial desde múltiples sectores poblacionales internos y externos, más una expulsión masiva del aficionado hasta del mismo sofá de su casa tras los altos costes de las suscripciones a las plataformas que transmitirán los partidos, o incluso de los restaurantes y bares que no cuenten con los permisos y licencias correspondientes, entonces podría hacerse real el fantasma que el propio medio de Newsweek anunció en semanas pasadas, y que denominó como “el riesgo de convertirse en un fracaso colosal” (https://shre.ink/3otB).

Si este último escenario se presenta, la FIFA estaría obligada a dar un amplio giro de tuerca en torno a su estrategia de hipermercantilización. El sueño de Gianni Infantino de convertir al Mundial 2026 en “mil años de mundiales a la vez” y de contar con “104 superbowls” en un solo torneo, se desplomaría por su propio peso. Tan solo la asociación de hoteleros de la ciudad de Nueva York (AHLA, por sus siglas en inglés), estima pérdidas hasta por cien millones de dólares en cuanto a la ocupación hotelera en este verano.

Otro imponderable son los recientes anuncios de probables marchas y protestas en la Ciudad de México previstas para el próximo jueves 11 de junio y que desembocarían en las inmediaciones del Estado Azteca, recinto donde se realizará la inauguración de la Copa Mundial. En medio de la crisis de violencia, de la criminalización de los pobres y de las estrategias de “limpieza social” que caracterizan a México desde hace varios lustros, colectivos de docentes, transportistas, organizaciones campesinas, empleados del sector salud, pensionados del sector público, colectivos de colonos que radican alrededor del Estadio Azteca y madres buscadoras de desaparecidos, marcharán desde distintos puntos de la ciudad para llegar al recinto tres veces mundialista. La inconformidad social, si es que ésta tiene bases populares y no es mediada por agentes dedicados a cooptar la acción colectiva, no es para menos: tan solo en Monterrey, el gobierno local instaló lonas y vallas para encubrir las condiciones de vida en las que viven miles de habitantes alrededor de aquellos corredores y vialidades por las que cruzarán las delegaciones deportivas y los turistas en su camino al estadio (https://shre.ink/3otW). Misma fortuna experimenta la ciudad de Guadalajara con la privatización de facto de su centro histórico vía el territorio delimitado para el FIFA Fan Fest y las quejas ciudadanas por la exclusión padecida en este evento futbolístico.

Estos escenarios, sin lugar a duda, abren varias aristas para el análisis: la Copa Mundial de la FIFA 2026 se entrevera con las múltiples crisis del capitalismo, tanto la civilizatoria como con la relacionada con el agotamiento del modelo del crecimiento económico ilimitado, y que en aras de subsanarlo intensifica los procesos de hipermercantilización de la vida social. A lo que se suma una cruenta disputa en torno a la construcción de significaciones y al control respecto a la formación de identidades territoriales a partir de un fenómeno social como el fútbol. La disputa estriba en hacer efectivo o no el derecho al ocio y al esparcimiento. Una eficaz regulación del Estado, el riesgo es urgente, en aras de evitar que estas múltiples crisis se salgan de madre y que fenómenos como el fútbol se tornen cada vez más distantes de las clases sociales populares.

Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor y autor del libro “La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos”. Twitter: @isaacepunam

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miércoles, 10 de junio de 2026

CONGRESO ANFICTIÓNICO DE PANAMÁ Y LOS IDEALES DE LA UNIÓN HISPANOAMERICANA. Un bicentenario oscuro.

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“El Congreso Anfictiónico fue una asamblea diplomática que se llevó a cabo en 1826 en la Ciudad de Panamá convocada por Simón Bolívar con el objetivo de crear una confederación de repúblicas hispanoamericanas. La idea era que esta unión política y militar sirviera para defender la soberanía de los nuevos países, promover la cooperación y consolidar la independencia frente a posibles amenazas externas. Sin embargo, el congreso no logró sus objetivos principales debido a las rivalidades internas, los desacuerdos entre los delegados y la falta de apoyo de algunas naciones clave. Aunque sus resultados fueron limitados, es considerado un antecedente importante del panamericanismo. Ya la idea de crear una gran nación cuya extensión abarcara a toda Hispanoamérica se había originado con el prócer venezolano Francisco de Miranda, quien propuso el nombre de Colombia para esa eventual nación. Simón Bolívar, también, en la Carta de Jamaica de 1815 expresó:

"Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Nuevo Mundo en una sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene su origen, una lengua, unas costumbres y una religión, debería, por consiguiente, tener un solo gobierno que confederase los diferentes estados que hayan de formarse; [...] ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar y discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra, con las naciones de las otras tres partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración..."

Simón Bolívar, Carta de Jamaica, Kingston, 6 de septiembre de 1815 El congreso fue convocado por Simón Bolívar, desde Lima, el 7 de diciembre de 1824 y el patriota peruano José Faustino Sánchez Carrión, nombrado por Bolívar ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores del Perú, y quien compartía plenamente con Bolívar el ideario de la unidad hispanoamericana, cursó a los gobiernos americanos la invitación. Cuando, después de cien siglos, la posteridad busque el origen de nuestro derecho público, y recuerden los pactos que consolidaron su destino, registrarán con respeto los protocolos del Istmo. En él, encontrarán el plan de las primeras alianzas, que trazará la marcha de nuestras relaciones con el universo. ¿Qué será entonces el Istmo de Corinto comparado con el de Panamá? Simón Bolívar, Convocatoria del Congreso de Panamá, Lima, 7 de diciembre de 1824.

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Fuentes: Rebelión.

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CONGRESO ANFICTIÓNICO DE PANAMÁ Y LOS IDEALES DE LA UNIÓN HISPANOAMERICANA.

Un bicentenario oscuro.

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Por Juan J. Paz-y-Miño Cepeda | 10/06/2026 | América Latina y Caribe

Fuentes. Revista Rebelión miércoles 10 de junio del 2026.

En este año se conmemora el bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá, que expresó los ideales por la unión de la entonces Hispanoamérica, y que contrastan con la situación que vive América Latina en la actualidad.

Dos siglos atrás vivíamos la culminación de los procesos independentistas frente al coloniaje español. Al mismo tiempo nacía una identidad hispanoamericana inédita, por basarse precisamente en el ideal de libertad y el deseo por forjar naciones con gobiernos propios. Francisco de Miranda (1750-1816) soñaba con la constitución de una “Colombia” hispanoamericana, una idea retomada por Simón Bolívar (1783-1830), quien logró fundar la República de Colombia en 1819, como primer paso para la unión de todos los territorios libres. En diciembre de 1824 convocó al Congreso Anfictiónico que se inauguró el 22 de junio de 1826 en Panamá. En su libro Diario del Congreso Anfictiónico de Panamá. Cronología de sus antecedentes, desarrollo y resultados (2025https://t.ly/-8FVB) y en recientes conferencias en las que destaca por la promoción del bicentenario (https://t.ly/9y4Fz) y de las labores de ADHILAC, el historiador cubano Sergio Guerra Vilaboy da cuenta precisa de ese Congreso.



En definitiva, el Congreso se proponía integrar a la gigante región conocida como Hispanoamérica, para garantizar su independencia, coordinar su defensa, arribar a una confederación y liberar a Cuba y Puerto Rico. El peligro provenía de la Santa Alianza y los proyectos de reconquista española. Bolívar pensaba en la comunidad identitaria de Hispanoamérica y por eso no incluía a Haití ni a Brasil. Rechazó la posibilidad de participación de los Estados Unidos, aunque tuvo que ceder a la invitación que había hecho Francisco de Paula Santander; pero, en cambio, confiaba que invitar a Inglaterra con delegados observadores, servía para frenar cualquier afán neocolonizador. Sin embargo, Panamá no fue el mejor sitio para el Congreso y no llegaron varias delegaciones, de modo que asistieron solo las de Colombia (Venezuela, Colombia que incluía Panamá, y Ecuador), también México, Centroamérica y Perú. Hubo resistencias del Río de la Plata (Argentina). Aunque la reunión en Panamá concluyó el 15 de julio, se decidió continuar las sesiones en Tacubaya, México. Pero el Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua solo fue ratificado por Colombia, mientras México y Centroamérica lo archivaron. Además, surgieron problemas internos, como el anti bolivarianismo de Perú o los problemas territoriales entre países nacientes, por lo cual el Congreso terminó sus labores en 1829. Para Bolívar fue el fin del ideal más grande de su vida. Tuvo que concentrarse en procurar la unión de la Gran Colombia, que finalmente también se disolvió. El desencanto de Bolívar fue total y su muerte sería la expresión del fin de la Hispanoamérica unida en una gran nación.

Ahora bien, la división de Hispanoamérica en una veintena de países con sus respectivos intereses y caminos de construcción de sus Estados nacionales impidió que durante el siglo XIX pudiera articularse una geoestrategia común ante el ascenso y desarrollo del capitalismo europeo y norteamericano. Desde el mismo Congreso Anfictiónico, los EE. UU. desempeñaron un papel desestabilizador, especialmente en Tacubaya, dejando en claro sus intereses comerciales y permaneciendo “neutral” ante Cuba y Puerto Rico, todavía colonias españolas y a pesar de la proclamada Doctrina Monroe (1823). Gran Bretaña también estuvo claramente orientada a garantizar su hegemonía comercial y naval, neutralizar la competencia de los EE. UU. y sin apoyar a las independencias en el Caribe. América Latina creció como región primario-exportadora, dependiente y con poderosas oligarquías que dominaron largamente en los países, impidiendo la unidad de intereses ante las potencias.

En cambio, con el avance de las décadas y de dos siglos, no se pudo impedir que surgiera una conciencia de identidad común entre las sociedades latinoamericanas. Sobre esa base se cultivó el ideal de la unión entre pueblos considerados como hermanos. Algunos gobernantes lograron expresarlo. El caudillo liberal ecuatoriano Eloy Alfaro incluso pretendió revivir la Gran Colombia y en 1896 convocó a un Congreso continental (se realizó en México) boicoteado por EE. UU. Ese Congreso aprobó un contundente documento contra la Doctrina Monroe, que debía sujetarse al derecho público americano y, además, abogó por la independencia de Cuba y Puerto Rico.



El latino americanismo social continuó desarrollándose en el siglo XX. Y cada vez más los países y sus historias o coyunturas específicas han pasado a ser conocidas y compartidas, fortaleciendo la hermandad, a pesar de las diferencias y hasta conflictos. Una época de convergencia latinoamericanista inédita se produjo al iniciarse el siglo XXI con los triunfos de gobiernos progresistas que caracterizaron la “marea rosa” de la región. Entonces se articularon políticas y geoestrategias comunes, con cuestionamientos a las “Cumbres de las Américas” promovidas por EE. UU. y la consagración de la CELAC como organismo propio de los países latinoamericanos. El ciclo posterior, en cambio, ha demostrado que los gobiernos empresariales y neoliberales que han ganado terreno en el continente no tienen intención alguna de articular políticas y geoestrategias latinoamericanistas. A todos interesan exclusivamente los buenos negocios, el mercado norteamericano y las relaciones comerciales abiertas con cualquier otro país del mundo, vistas como espacio para la ampliación de las esferas simplemente empresariales. Los resultados sociales de esas políticas son nefastos. Contrastan con ellos los avances de los pocos gobiernos progresistas en la región.

A esa realidad se ha sumado el segundo gobierno de Donald Trump (2025-hoy) que ha proclamado la Doctrina Donroe con el Corolario Trump, según la cual los EEUU no admitirán en el continente gobiernos disidentes ni la presencia de intereses de los países a los que considera como adversarios, a la cabeza de los cuales se ubica China, luego Rusia, pero también los BRICS (https://t.ly/ljTqm). Bajo esas nuevas orientaciones todos los países de América Latina y el Caribe están amenazados. Además, el Secretario de Estado Marco Rubio ha declarado, en forma abierta y directa:

La Administración Trump ya no tolerará regímenes marxistas

radicales en nuestro hemisferio que busquen amenazar l

seguridad nacional de EE. UU. y participar en operaciones de

influencia para exportar su “revolución” venenosa y malvada a

nuestro país y al resto del mundo” (https://t.ly/ZyRmd).

Desde luego, se refleja la reacción de una potencia que ha

perdido su anterior hegemonía y se repliega sobre el

“hemisferio occidental” (América) ante un mundo multipolar

que la ha desplazado.

En el bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá nuestra América Latina vive una de las épocas más oscuras de la historia contemporánea. La soberanía e independencia de cada país están sujetas al nuevo americanismo donroísta. Y los gobiernos empresariales de la región, con oligarquías en el poder o derechas políticas a su servicio, no tienen problema alguno en subordinarse a semejante posición.

Historia y Presente – blog

www.historiaypresente.com

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martes, 9 de junio de 2026

EL PUEBLO ESTÁ ENFRENTADO A UN GOBIERNO SIN APOYO POPULAR. Rodrigo Paz perdió la legitimidad.

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“La economía política de la crisis se refleja en este protagonismo popular: mientras el Estado concentra beneficios en las élites y reproduce medidas impuestas desde afuera, el pueblo organiza su propia agenda de justicia distributiva y de soberanía. La legitimidad que nace desde abajo no se mide en indicadores macroeconómicos, sino en la capacidad de resistir, de mantener viva la memoria y de proyectar un futuro donde la democracia se reconstruya en las calles y carreteras. La legitimidad no se decreta, se construye. Y cuando el gobierno quiebra la Constitución, se sostiene en una justicia corrupta y concentra beneficios para las élites, pierde toda autoridad moral y política. Hoy, las calles y carreteras son el verdadero escenario de la democracia: allí el pueblo recuerda que la justicia no puede ser comprada, que los derechos no se negocian y que la dignidad no se posterga. La crisis que vivimos es el precio de la corrupción y de la traición al pacto social. Pero también es la oportunidad de reorganizar la fuerza popular, de levantar una legitimidad nueva que nazca desde abajo, desde la resistencia y la memoria. Porque cuando el pueblo habla en las calles y carreteras, ningún poder puede fingir legitimidad.

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Fuentes: Red de Economía Política.

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EL PUEBLO ESTÁ ENFRENTADO A UN GOBIERNO SIN APOYO POPULAR.

Rodrigo Paz perdió la legitimidad.

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Por | 09/06/2026 | Bolivia

Fuentes. Revista Rebelión martes 9 de junio del 2026.

RED DE ECONOMÍA POLÍTICA.

N°14 – junio 5/2026

La legitimidad de un gobierno no se sostiene únicamente en las urnas. Deviene de la autoridad moral, del respeto y de lo justo que es un presidente con su pueblo. Si el pueblo acepta, reconoce y respalda a su presidente y obedece las directrices políticas y económicas que dicte o proponga, entonces diremos que la autoridad cuenta con legitimidad, que cuenta con el respaldo sino el cariño de los sectores populares. En Bolivia, esas grandes mayorías hoy le exigen ¡que renuncie!!! y con ello, le dieron la espalda a un presidente y a su gestión, que, en solo 6 meses, echó por tierra algún atisbo de que el neoliberalismo no regresaría al país.

Rodrigo Paz ha perdido toda la legitimidad y está en la disyuntiva de aferrarse a un estado de sitio o dejar el poder, evitando mayor sacrificio de vidas.



1. La legitimidad se gana o se pierde.

La pérdida de legitimidad del gobierno de Rodrigo Paz no fue un accidente ni un error de gestión. Es consecuencia de las medidas económicas dictadas contrarias a las postuladas en la campaña electoral; su “programa de centro” con el que llegó al poder, no prometía medidas neoliberales agresivas como las que hoy sostiene y defiende, pese a haber retrocedido en varios intentos. El abismo entre el respaldo popular (mandato) a todas las promesas y las decisiones gubernamentales asumidas al llegar a la Plaza Murillo, convierte a su gestión en un engaño, en una impostura, en un acto político fraudulento, sostenido en la mentira y la demagogia.

Desde la perspectiva de la economía política, la crisis dejada por Arce Catacora -inflada y sobredimensionada por la banca, la oligarquía, la derecha y los medios de comunicación- al no resolverse, desnudó la contradicción entre el relato oficialista de estabilidad y la realidad del pueblo que enfrenta el deterioro de la economía familiar, colas inmensas para comprar gasolina y diésel, inflación, desempleo y precariedad. Las medidas económicas del gobierno de Rodrigo Paz concentran beneficios en los sectores privilegiados y distribuye los costos sociales sobre las mayorías, vulnerando la Constitución y el pacto social que sostiene al Estado Plurinacional. Se hizo todo lo contrario de lo que se prometió y la decepción llegó al límite.

Los bloqueos y marchas son la respuesta popular de rechazo, denuncia, enojo, condena a ese cambio a ese giro, a ese salto al neoliberalismo fracasado. No son simples actos de protesta coyuntural, sino la explicitación de una ruptura, de un abandono y rechazo social a un presidente y gobierno que ya no les representa y al que perdieron todo el respeto. El bloque social popular votó con la esperanza de que Rodrigo Paz podría respetar las grandes conquistas económicas, sociales políticas y culturales logradas por el pueblo en los últimos años frente a las amenazas de la extrema derecha de Tuto Quiroga; seis meses después, han pasado a un desprecio y enojo popular que se mide en los adjetivos más duros y crueles contra el presidente. La legitimidad institucional se vació, cuando el pueblo, en las calles y carreteras, demuestra que la verdadera democracia, se mide en la justicia distributiva y en la defensa de los derechos conquistados.



2. La ruptura con la Constitución y el pacto social.

La pérdida de legitimidad del gobierno no se limita a la gestión económica: se profundiza en el terreno político y jurídico. El intento de modificar, vaciar o reinterpretar la Constitución Política del Estado (CPE), convierte al gobierno en un actor que rompe el pacto fundacional del Estado

Plurinacional. No hablamos de errores administrativos, sino de una ofensiva consciente contra los derechos conquistados por el pueblo.

Al debilitar la CPE, se debilitan también los mecanismos de respeto a los derechos humanos, de redistribución de la riqueza, de soberanía, de control social y de participación democrática. El resultado es un Estado que deja de ser garante de derechos para transformarse en administrador de intereses externos y de élites internas.

La legitimidad se fractura porque el pacto social – ese acuerdo que dio origen al Estado Plurinacionalya no se respeta. La protesta en las calles y carreteras es, entonces, también una defensa de la Constitución: un recordatorio de que la democracia boliviana no puede sobrevivir si se mutila su base jurídica y social, que en Bolivia no se puede gobernar sin la participación del pueblo.

Por eso, las calles y carreteras se han convertido en el verdadero tribunal popular. Allí, sindicatos, comunidades y sectores movilizados reclaman lo que la justicia auto prorrogada les negó: el respeto a la Constitución, la defensa de los derechos conquistados y la recuperación de un pacto social roto. La medida del Estado de Sitio simplemente traerá luto al país.



3. La legitimidad de las medidas populares.

La pérdida de legitimidad del gobierno abre un nuevo escenario: la reorganización popular frente a un poder que ya no les representa. Cuando las instituciones se vacían de dignidad y la justicia se corrompe, es el pueblo quien asume el rol de garante de derechos y memoria. Las calles y carreteras se convierten en espacios de soberanía, dónde la Central Obrera Boliviana (COB), comunidades campesinas y pueblos originarios, transportistas y organizaciones sociales levantan su voz contra un gobierno que los excluye.

La resistencia no es únicamente social: es moral y política. Los bloqueos y marchas expresan la dignidad de sectores que se niegan a aceptar la precariedad como destino. Cada punto de resistencia en las carreteras es también un recordatorio de los derechos arrebatados y de la necesidad de reconstruir un pacto social desde abajo. En este sentido, la movilización popular no solo desafía al gobierno, sino que plantea una alternativa de legitimidad basada en la acción colectiva y en la defensa de la Constitución.

La economía política de la crisis se refleja en este protagonismo popular: mientras el Estado concentra beneficios en las élites y reproduce medidas impuestas desde afuera, el pueblo organiza su propia agenda de justicia distributiva y de soberanía. La legitimidad que nace desde abajo no se mide en indicadores macroeconómicos, sino en la capacidad de resistir, de mantener viva la memoria y de proyectar un futuro donde la democracia se reconstruya en las calles y carreteras.

La legitimidad no se decreta, se construye. Y cuando el gobierno quiebra la Constitución, se sostiene en una justicia corrupta y concentra beneficios para las élites, pierde toda autoridad moral y política. Hoy, las calles y carreteras son el verdadero escenario de la democracia: allí el pueblo recuerda que la justicia no puede ser comprada, que los derechos no se negocian y que la dignidad no se posterga.

La crisis que vivimos es el precio de la corrupción y de la traición al pacto social. Pero también es la oportunidad de reorganizar la fuerza popular, de levantar una legitimidad nueva que nazca desde abajo, desde la resistencia y la memoria. Porque cuando el pueblo habla en las calles y carreteras, ningún poder puede fingir legitimidad.

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lunes, 8 de junio de 2026

OTRO FÚTBOL Y OTRO MUNDO SON POSIBLES… E IMPRESCINDIBLES.

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“Asistiremos a una sofisticada ingeniería tecnológica, que fuera de la competencia deportiva ya está siendo usada para vigilar a las poblaciones y asesinar selectivamente. Los juegos tendrán lugar en un escenario geopolítico que, más allá de sus resultados deportivos estará signado por un nuevo (des)equilibrio internacional que ya no estará asentado sobre la hegemonía del eje occidental. Sucede que el fútbol y el deporte en general, absorbido por intereses mezquinos, convierte la alegría en mercancía y el juego en negocio. Los mundiales y megaproyectos deportivos no favorecen a las comunidades, ponen las ganancias por encima de la vida y venden la ilusión efímera de que la felicidad puede vestirse con la casaca de un equipo nacional. Frente al futbol espectáculo, frente al fútbol que oculta la desigualdad y la discriminación, es preciso reivindicar el futbol de los barrios, de las comunidades y de los pueblos. El fútbol que siempre nace y se nutre del corazón de los desheredados, de los excluidos y despojados.

“Otro fútbol es posible e imprescindible, el que sirve al encuentro y a la paz, no a la división, a la manipulación o al enfrentamiento. Ese fútbol que hoy crece desde la convicción de todas y todos aquellos que queremos un mundo justo, con igualdad de derechos y oportunidades de desarrollo para todo ser humano sobre la Tierra, por el solo hecho de haber nacido. Un mundo humanista.

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Fuentes: Rebelión.

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OTRO FÚTBOL Y OTRO MUNDO SON POSIBLES… E IMPRESCINDIBLES.

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Por Javier Tolcachier | 08/06/2026 | Otro mundo es posible.

Fuente. Revista Rebelión lunes 8 de junio del 2026

En pocos días más, las y los aficionados al fútbol (y no solo ellos y ellas) tendrán sus ojos puestos en las incidencias de la Copa Mundial de Fútbol 2026. Un torneo que se disputará en medio de una crisis sistémica, también de proporciones mundiales y que al igual que muchas de sus ediciones anteriores pretenderá distraer de problemas severos e inocultables.

Haciendo un breve recuento, el primer campeonato tuvo lugar en Uruguay en 1930, en medio de la Gran Depresión ocasionada por la burbuja financiera en los Estados Unidos. Cuatro años después, la Copa se jugó en la Italia de Benito Mussolini. El fascismo descubrió que once jugadores podían serle de gran utilidad, sobre todo con el triunfo que obtuvo la escuadra nacional.

En 1938, Francia hospedó el torneo con la sombra de la guerra que se desataría poco tiempo después. Doce años después, la Copa saldría de su escondite en una caja de zapatos, debajo de la cama del vicepresidente de la FIFA para viajar al Brasil, quien perdió la final con el equipo uruguayo en un memorable partido definitorio en el Maracaná.

Suiza, que se había mantenido neutral durante la Guerra, debía simbolizar el regreso de la paz en el Mundial de 1954. Sin embargo, el mundo había entrado en una nueva guerra entre el bloque socialista y el bloque capitalista capitaneado por los Estados Unidos. Alemania, que regresaba al torneo después de haber estado prohibida su participación, venció a los favoritos húngaros en la final.



La Unión Soviética consiguió participar por primera vez en la sexta edición que se jugó en Suecia en 1958. La lucha por la liberación del colonialismo entraba a las canchas. Por vez primera tuvieron un cupo para participar seleccionados de Asia y África.

En 1962, dos años después del terrible terremoto de Valdivia, la Copa se jugó en Chile. Uno de los cuatro estadios utilizados era propiedad de la minera estadounidense Braden Copper Company – nacionalizada nueve años después por el gobierno de Salvador Allende. Brasil se llevó el trofeo de la mano de Garrincha y Pelé, pero la alegría desatada no duró mucho. El país, presidido por el progresista João Goulart, se vería ensombrecido por el golpe militar de 1964, dictadura que recién vería su fin veintiún años después.

En el 66´ la corona volvería a Europa y la ganó el local Inglaterra, mientras que en México 1970, en plena ebullición de la ola de rebeldía juvenil y a dos años de la masacre de estudiantes en Tlatelolco, Brasil consagraría su tercer triunfo. Los alemanes ganarían su segundo trofeo también como locales en 1974 superando, una vez más, al favorito equipo magiar. Pocos meses antes había ocurrido el embargo petrolífero de los países árabes, como represalia al apoyo que prestaron varios países occidentales a Israel en la guerra de Yom Kippur.

Mientras tanto, sangrientas dictaduras se ensañaban con los impulsos revolucionarios en América Latina. El mundial de 1978 intentaría tapar en Argentina la terrible violación a los Derechos Humanos de los sucesivos gobiernos militares que dejaría treinta mil víctimas.

Los mundiales jamás han estado separados de la política, del dinero o del poder.

España, poco después del fin de la dictadura franquista, organizó la Copa en 1982, en la que por primera vez participaron equipos de todos los continentes, un preludio de la globalización en ciernes.

En México 86, la “mano de Dios” y los pies de Maradona llevaron a Argentina a lograr su segundo galardón, derrotando en fase de cuartos de final a la escuadra inglesa, con las heridas aun frescas de la guerra en las colonizadas Islas Malvinas. Los sudamericanos no pudieron revalidar su título en el siguiente Mundial en Italia (1990), cayendo ante el conjunto alemán, cuyo pueblo celebraba la reciente reunificación nacional.



Regida por la preeminencia del neoliberalismo, en 1994 el Mundial de fútbol se disputó en los Estados Unidos, un país sin tradición en este deporte. En 1998, el evento tendría lugar en Francia con el triunfo de la escuadra gala en el Estadio de Saint-Denis, un suburbio de París con una gran población inmigrante. Tiempo después, la ultraderechista Marine Le Pen calificaría a este barrio de la periferia capitalina como un área «fuera de control», una «zona sin ley» en manos de «escoria».

En el evento inaugural del siglo XXI, la Copa se disputó en Corea del Sur y Japón, siendo atravesada esta edición por la rampante corrupción de altos directivos de la FIFA. El lema del torneo siguiente, disputado en Alemania en 2006, (“El mundo entre amigos») no pudo plasmarse en el juego, rompiéndose el récord del mayor número de tarjetas amarillas y rojas. Fuera de la cancha, millones de personas sensibles habían llenado las calles en contra de la invasión estadounidense a Irak. Esta furiosa avanzada por recursos petrolíferos y control geopolítico había intentado legitimarse como “guerra contra el terrorismo islámico”, estigmatizando a las poblaciones musulmanas, sin distinción alguna, como fanáticos peligrosos.

El enorme Nelson Mandela celebraría la elección de Sudáfrica como sede del primer Mundial en suelo africano en 2010 a pesar de la enorme erogación financiera que suponía la construcción de nuevos estadios, mientras el país seguía cargando las enormes desigualdades heredadas del apartheid. También en Brasil, cuatro años después, el alto coste de las millonarias obras motivaron extendidas protestas por parte de la población brasileña, antes y durante el torneo. El clamor popular, más allá de la habitual euforia futbolera que caracteriza al país insistió – con toda la razón – en que hubiera sido mucho más importante que el dinero de los estadios se hubiera invertido en hospitales y escuelas.

La vigésima edición fue en Rusia 2018, cuya elección como sede fue cuestionada por presuntas denuncias de corrupción. El entonces primer ministro Vladimir Putin dijo que consideraba las investigaciones como un intento de los Estados Unidos de expulsar a Joseph Blatter del cargo de presidente de la FIFA como castigo por su apoyo a Rusia como anfitrión del certamen. La elección del Reino de Qatar para el certamen 2022 tuvo idénticas sospechas, sumadas a los cuestionamientos por la violación de derechos humanos. En esa edición, en un final no apto para dolencias cardíacas, Argentina obtuvo su tercer trofeo.

La inminente Copa Mundial de Fútbol 2026, organizado por México, Estados Unidos y Canadá, no logrará ocultar el intento de limpieza étnica de la población palestina, los bombardeos israelíes y estadounidenses contra Irán, el secuestro del presidente venezolano, las redadas antiinmigrantes y las agresivas medidas y la descarada injerencia del gobierno reaccionario de Donald Trump. Será un Mundial con una guerra abierta entre Rusia y Ucrania, conflictos armados en Sudán y República Democrática del Congo, catástrofes climáticas y la continuidad del expolio de los recursos naturales para beneficiar a unos pocos conglomerados financieros. Ningún gol podrá aliviar las violaciones a los derechos humanos, la violencia contra las mujeres, los intentos de recolonización, la discriminación racista o el incremento de las afecciones de salud mental.

Asistiremos a una sofisticada ingeniería tecnológica, que fuera de la competencia deportiva ya está siendo usada para vigilar a las poblaciones y asesinar selectivamente. Los juegos tendrán lugar en un escenario geopolítico que, más allá de sus resultados deportivos estará signado por un nuevo (des)equilibrio internacional que ya no estará asentado sobre la hegemonía del eje occidental.



Sucede que el fútbol y el deporte en general, absorbido por intereses mezquinos, convierte la alegría en mercancía y el juego en negocio. Los mundiales y megaproyectos deportivos no favorecen a las comunidades, ponen las ganancias por encima de la vida y venden la ilusión efímera de que la felicidad puede vestirse con la casaca de un equipo nacional.

Frente al futbol espectáculo, frente al fútbol que oculta la desigualdad y la discriminación, es preciso reivindicar el futbol de los barrios, de las comunidades y de los pueblos. El fútbol que siempre nace y se nutre del corazón de los desheredados, de los excluidos y despojados.

Otro fútbol es posible e imprescindible, el que sirve al encuentro y a la paz, no a la división, a la manipulación o al enfrentamiento. Ese fútbol que hoy crece desde la convicción de todas y todos aquellos que queremos un mundo justo, con igualdad de derechos y oportunidades de desarrollo para todo ser humano sobre la Tierra, por el solo hecho de haber nacido. Un mundo humanista.

Javier Tolcachier es investigador del Centro Mundial de Estudios Humanistas, comunicador en Agencia Internacional de Noticias Pressenza e integrante del Secretariado del Foro Humanista Mundial.

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