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“Los efectos de El Niño sobre los alimentos básicos serán tanto
más graves por
cuanto se conjugarán con los de las guerras y la sequía. Según la
FAO, es posible que varios cientos de millones de personas se encuentren
en una situación de grave inseguridad alimentaria en 2026. Muchos
morirían entonces de hambre; otros fallecerían por los
efectos de una contaminación proteiforme (gas, partículas,
compuestos polis aromáticos cancerígenos debidos a incendios y vertidos) causada
por los bombardeos israelí-estadounidenses sobre las refinerías iraníes,
así como por los mega incendios. El panorama quedaría incompleto,
sin embargo, si no se mencionara un último azote no menos devastador: la
especulación. “Los actores que dominan los mercados financieros de las
materias primas agrícolas exacerban los efectos de las crisis especulando sobre
el hambre y sacan provecho de estas situaciones —señala un informe de
CCFD-Terre Solidaire publicado en 2023—. Esta alarmante tendencia nos resulta
demasiado familiar: la favorece la progresiva desregulación de los mercados,
que ha abierto las puertas a la financiarización de nuestra alimentación y a
sus nefastas consecuencias”.
“Es poco probable que estos
especuladores renuncien
a sus beneficios, aunque ello implique dejar que los más
desfavorecidos padezcan los tormentos del hambre. Ese sufrimiento que,
como dejó escrito Louis Calaferte, “deriva en obsesión”
y a causa del cual se pierde “dignidad, honor y orgullo”. La situación aquí descrita no es fruto
de ninguna fatalidad.
Es la consecuencia lógica y previsible de un modelo de organización social
y de decisiones políticas tomadas con pleno conocimiento de causa. ¿Hasta cuándo?
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Fuentes: Le Monde diploma tique en español.
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ALERTA SOBRE LA AGRICULTURA MUNDIAL.
El hambre que se avecina.
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Por Mohamed Larbi
Bouguerra | 01/10/2026 | Ecología social
Fuentes Revista rebelión viernes 2 de
octubre del 2026,
Tras las olas de calor, los mega incendios y las sequías de este verano, una pregunta debería obsesionar a los responsables políticos europeos: ¿cómo salir de un sistema que engendra devastación? La mayoría de ellos prefiere seguir agitando sus sonajeros favoritos: austeridad, inmigración, fiscalidad…
Mientras tanto, el deterioro de las
cosechas, las guerras, el encarecimiento de los fertilizantes y la llegada de
un episodio de El Niño especialmente intenso amenazan la seguridad alimentaria
mundial. Se está gestando un nuevo azote que, en todo el planeta, podría
alimentar otra hoguera: la de la cólera.
Entre dos embates contra la orilla,
las olas suelen caracterizarse por un movimiento de retroceso: la resaca.
Por desgracia, no ha ocurrido así con el clima este verano. La sucesión
de olas de calor se ha parecido más bien a un anegamiento. Con temperaturas
superiores a los 40° en unas áreas que, en algunos momentos, llegaron a
cubrir el 40% de la Francia continental, el país se ha convertido en una
hoguera. A veces, literalmente: mega incendios capaces de engendrar su propio sistema
climático han devorado cerca de 100.000 hectáreas en Francia. Algo nunca visto.
En España, la superficie quemada ha llegado casi al triple, según el Sistema
Europeo de Información sobre Incendios Forestales. Toda Europa
occidental se ha visto afectada.
“¡Por suerte, se acerca el otoño!”, nos tranquilizan los boletines
meteorológicos, mientras las cadenas informativas se congratulan del descenso
de las temperaturas. Lo peor habría quedado atrás y por fin se abriría un
periodo de alivio. Desgraciadamente, semejante análisis equivale a
confundir los tres golpes que en el teatro anuncian el levantamiento del telón
con el propio drama. Porque esto no ha hecho más que empezar. Además de los
diluvios que de ordinario suceden a los episodios de calor extremo, la
sequía y los incendios han encendido una bomba de relojería cuya mecha
había acortado la guerra desatada por Estados Unidos e Israel contra Irán
al provocar el cierre del estrecho de Ormuz.
Hay una señal inequívoca. Cuando el nivel de los ríos
desciende, aparecen rocas en la superficie del Elba, el Danubio o el Rin. A
veces revelan fechas grabadas en ellas durante las sequías severas del
pasado: 1616, 1746, 1842… Unos episodios caracterizados por cosechas
catastróficas, aumento de los precios y escasez. De ahí el nombre que
reciben estas formaciones que hoy afloran amenazadoramente: las “piedras del
hambre”. El Támesis y el Po mostraban sus caudales más bajos “para un
mes de julio en 34 años de registros”, según el observatorio europeo del
cambio climático Copernicus. En Francia, un Sena “con gotero” debe ya “la
mitad de su caudal” al aporte de los lagos-embalse situados aguas
arriba del río y de sus afluentes, en Champaña y en Borgoña. El 40% de los
pequeños cursos de agua objeto de seguimiento sufren interrupciones de
caudal, y 97 departamentos han decretado restricciones en el uso del
“oro azul”. Su ciclo se ve alterado por la artificialización de los
suelos y por prácticas agrícolas que favorecen la escorrentía y
dificultan la recarga de los acuíferos.
El impacto en los cultivos ya está
siendo dramático.
El servicio de estadísticas del Ministerio de Agricultura francés estima
que la cosecha de maíz caerá un 35% en 2026, lo que podría situarla en
su nivel más bajo desde 1980. “Existe un riesgo de escasez de ciertos
productos en los lineales de los supermercados —explica Cyril Pogu,
copresidente de la federación Légumes de France (‘Hortalizas de Francia’)—. Hay
pérdidas muy importantes que llegan al 100% en lechugas, brócolis, puerros,
coles y rábanos”. En Bélgica, “se habla fácilmente de una disminución de
los rendimientos de entre el 10% y el 30%” en el caso de los cereales,
calcula Guillaume Van Binst, secretario general de la Federación de
Jóvenes Agricultores. Una apreciación que comparten los agricultores
británicos.
En materia de suministro alimentario
mundial, este panorama viene a oscurecer un horizonte de por sí ensombrecido por el
conflicto entre Rusia y Ucrania, así como por la guerra de Estados
Unidos e Israel contra Irán. Como señalaba un informe del Parlamento
Europeo de 2022. antes de la guerra, Ucrania suministraba cerca de
la mitad de los cereales y un cuarto de las aves de corral importadas por Europa.
En conjunto, Rusia y Ucrania suponían un 30% de las exportaciones
mundiales de trigo y un porcentaje semejante de las exportaciones de
cebada. Pero Moscú ataca los buques ucranianos y ha impuesto el bloqueo
de los puertos ucranianos en el mar Negro, por los que transitaba el
90% de las exportaciones agrícolas del país. Kiev no se queda atrás
y ataca los puertos bajo control ruso y sus silos de granos. Los flujos de
cereales se han visto por ello gravemente perturbados.
Carestía de fertilizantes.
Lo mismo sucede con la circulación de
las materias primas esenciales para la fabricación de fertilizantes por el
golfo Arábigo-Pérsico.
De resultas de los bombardeos estadounidenses contra Irán y el cierre del
estrecho de Ormuz, las instalaciones de producción dañadas o reducidas a la
inactividad han provocado la escasez de insumos clave, ocasionando un fuerte
aumento de los precios y ralentizando la producción a escala planetaria.
Ya en marzo de 2026, antes incluso de que el hemisferio norte
empezara a asarse, el economista jefe de la Organización de
las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), Máximo
Torero, advertía de que la guerra en Irán estaba
“provocando una de
las conmociones más graves en los flujos mundiales de productos básicos de los
últimos años, lo que tiene implicaciones importantes para la seguridad
alimentaria, la producción agrícola y los mercados mundiales”.
Además de la urea —un fertilizante
nitrogenado del cual Irán, Arabia Saudí, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos y
Bahréin suministran colectivamente
más de un tercio de las exportaciones mundiales—, la región del Golfo es
responsable de cerca de la mitad del comercio internacional de azufre. The
Mosaic Company, un gigante estadounidense del sector agrícola, ha
citado recientemente el brusco aumento del precio de este recurso como
el principal motivo de su decisión de reducir la producción de fertilizantes
fosfatados en sus plantas de Estados Unidos y Brasil. El fosfato natural
de las minas de Marruecos, por ejemplo, solo se convierte en superfosfato
—un valioso fertilizante— después de ser tratado con ácido sulfúrico, para
la fabricación del cual es necesario el azufre. En opinión de Torero,
el cierre de Ormuz no solo constituye “una perturbación energética. Es una
perturbación sistemática que afecta a los sistemas agroalimentarios de todo el
mundo”.
El conjunto de estos trastornos
económicos no
dejará de repercutir en los rendimientos agrícolas, en especial en los
de los cereales que requieren grandes cantidades de fertilizantes. Se
verán afectados el trigo en Egipto y el arroz en la India, así como
grandes países agrícolas exportadores, como Brasil, y Estados subsaharianos
como Somalia, Tanzania, Mozambique o Kenia, muy dependientes de las importaciones
de fertilizantes. La FAO considera que la región de Asia meridional se
enfrenta a un “riesgo extremo”. Los agricultores de países como
Pakistán o Bangladés —incapaces de pujar más que los países ricos por
los fertilizantes— se han visto obligados a sembrar en suelos
empobrecidos. Según el Banco Africano de Desarrollo (BAfD), también
están en peligro los pequeños agricultores africanos, que producen el 70%
de los alimentos del África subsahariana. La gravedad de la presente
crisis queda probada por el hecho de que China ha limitado sus exportaciones
de fertilizantes y de que los productores australianos de cereales han
reducido la superficie sembrada. En cuanto a los agricultores
estadounidenses de maíz y soja, han pedido ayuda al presidente Donald
Trump. Su presión ha llevado a la Administración estadounidense a
levantar las sanciones impuestas a los fertilizantes bielorrusos y venezolanos.
Pero los agricultores quieren más, y exigen la revocación de los
aranceles sobre el superfosfato marroquí.
Los efectos de El Niño.
Sin embargo, lo más preocupante aún
está por venir.
No se trata de una guerra ni de una nueva ola de calor, sino de la intensificación
de un fenómeno meteorológico cíclico que este año se anuncia
especialmente intenso: El Niño, un fenómeno oceanográfico que se
caracteriza por un aumento de la temperatura del agua en el Pacífico y
que conlleva tanto lluvias torrenciales en el continente americano
como sequía (e incendios) en Australia y el sudeste asiático, además
de tifones en todo el Extremo Oriente.
Hace más de un siglo, entre 1876 y
1878, el mundo conoció el episodio de El Niño más intenso jamás registrado. Provocó sequías catastróficas en
China, África meridional, Brasil, Egipto y la India. Este último país,
sometido a una tutela colonial singularmente violenta, contabilizó más
de seis millones de fallecimientos atribuibles a la hambruna.
El episodio actual, que la Organización Meteorológica Mundial prevé
que se intensifique este otoño y prolongue sus efectos hasta la
primavera de 2027, podría alcanzar una intensidad aún mayor.
En Perú ya
se ha dejado sentir:
la temperatura anormalmente elevada de las aguas del Pacífico ha llevado a
las autoridades a prohibir la pesca de anchovetas, un alimento básico para
la población. Esta medida, destinada a proteger la especie, ha
provocado que se doblara el precio de la harina de pescado y se triplicara
el del aceite de pescado. La India e Indonesia, grandes productores de café
robusta, van a sufrir un fuerte calor; en Vietnam, el fenómeno
amenaza los embalses que tradicionalmente sirven para irrigar los
cafetales, comprometiendo así la cosecha de 2027-2028.
Los efectos de El Niño sobre los
alimentos básicos
serán tanto más graves por cuanto se conjugarán con los de las
guerras y la sequía. Según la FAO, es posible que varios cientos de
millones de personas se encuentren en una situación de grave
inseguridad alimentaria en 2026. Muchos morirían entonces de hambre;
otros fallecerían por los efectos de una contaminación proteiforme (gas,
partículas, compuestos polis aromáticos cancerígenos debidos a incendios y
vertidos) causada por los bombardeos israelí-estadounidenses sobre las refinerías
iraníes, así como por los mega incendios.
El panorama quedaría incompleto, sin embargo, si no se mencionara un
último azote no menos devastador: la especulación.
“Los actores que
dominan los mercados financieros de las materias primas agrícolas exacerban los
efectos de las crisis especulando sobre el hambre y sacan provecho de estas
situaciones —señala un informe de CCFD-Terre Solidaire publicado en 2023—. Esta
alarmante tendencia nos resulta demasiado familiar: la favorece la progresiva
desregulación de los mercados, que ha abierto las puertas a la financiarización
de nuestra alimentación y a sus nefastas consecuencias”.
Es poco probable que estos
especuladores renuncien
a sus beneficios, aunque ello implique dejar que los más
desfavorecidos padezcan los tormentos del hambre. Ese sufrimiento que,
como dejó escrito Louis Calaferte, “deriva en obsesión”
y a causa del cual se pierde “dignidad, honor y orgullo”.
La situación aquí descrita no es fruto
de ninguna fatalidad.
Es la consecuencia lógica y previsible de un modelo de organización social
y de decisiones políticas tomadas con pleno conocimiento de causa. ¿Hasta cuándo?
Mohamed Larbi Bouguerra. Profesor
universitario, miembro de la Academia de Ciencias, Letras y Artes Bayt al
Hikma, (Cartago, Túnez).
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