viernes, 26 de junio de 2026

LA BATALLA POR LA EUROPA SOCIAL.

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"Los Estados tienen la obligación de garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Pero también es necesario preguntarse si una dinámica permanente de rearme puede acabar desplazando recursos necesarios para sostener el Estado del bienestar. La seguridad colectiva no depende únicamente del gasto militar. También exige sociedades cohesionadas, servicios públicos fuertes, empleo decente, protección social y oportunidades para las nuevas generaciones.

"El futuro de Europa no está escrito. Lo que hoy está en juego no es únicamente una determinada orientación política o económica, sino el rumbo mismo del proyecto europeo. Frente a quienes pretenden abrir paso a una Europa más desigual, más fragmentada y menos solidaria, la defensa de la democracia económica y social, de la igualdad de derechos y de la cohesión social adquiere una importancia decisiva.

"La batalla por la Europa social es también una lucha por preservar y ampliar las conquistas que han definido a la Europa democrática durante décadas: los derechos laborales, la negociación colectiva, los servicios públicos, la igualdad y el Estado del bienestar. Lo que hoy está en juego no es solo un conjunto de políticas sociales, sino una determinada idea de Europa basada en la democracia, la justicia social y la solidaridad. El futuro del proyecto europeo dependerá en buena medida de la capacidad para defender y fortalecer esos principios.

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Fuentes: Nueva tribuna [Foto: Comisión Europea].

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LA BATALLA POR LA EUROPA SOCIAL.

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Por Toni Ferrer | 26/06/2026 | Europa

Fuentes. Revista Rebelión viernes 26 de junio del 2026.

El futuro de Europa no está escrito. Lo que hoy está en juego no es únicamente una determinada orientación política o económica, sino el rumbo mismo del proyecto europeo.

La gran movilización del sindicalismo europeo celebrada en Madrid el pasado 18 de junio lanzó un mensaje claro: el futuro de Europa dependerá de su capacidad para defender la democracia, el trabajo decente, la justicia social y la paz. Convocada por la Confederación Europea de Sindicatos (CES) junto con CCOO y UGT, reunió a cerca de once mil sindicalistas de España y otros países europeos. En un momento marcado por las guerras, las desigualdades y el avance de propuestas que cuestionan derechos sociales y laborales, la movilización reivindicó la vigencia del modelo social europeo.

La elección de Madrid respondió a razones de fondo. Durante los últimos años, España se ha convertido en una referencia en el debate social europeo gracias a los avances alcanzados mediante el diálogo social entre el Gobierno progresista, los sindicatos y las organizaciones empresariales.



Las mayores conquistas democráticas llegaron de la mano de la ampliación de los derechos laborales y sociales.

Los acuerdos logrados durante la pandemia para proteger el empleo, la reforma laboral, la recuperación de la negociación colectiva, las subidas del salario mínimo, la regulación del teletrabajo o la Ley Rider han demostrado que es posible mejorar las condiciones de trabajo y reducir la precariedad sin renunciar al crecimiento económico ni a la creación de empleo.

La revalorización de las pensiones conforme a la inflación media y las medidas destinadas a reforzar la financiación y sostenibilidad de la Seguridad Social son otros ejemplos de esa experiencia. Estos acuerdos han convertido a España en una referencia para buena parte del sindicalismo europeo y han confirmado que el diálogo social sigue siendo una herramienta eficaz para ampliar derechos, afrontar las transformaciones económicas y sociales y reducir desigualdades.

La invasión rusa de Ucrania ha devuelto la guerra al continente y los conflictos provocados por Estados Unidos e Israel en Oriente Próximo continúan provocando sufrimiento humano e inestabilidad. A ello se añaden las dificultades de acceso a la vivienda, el aumento de las desigualdades y la incertidumbre que generan las transformaciones económicas, tecnológicas y medioambientales que atraviesan nuestras sociedades.

La democracia no se sostiene únicamente sobre elecciones e instituciones. Las mayores conquistas democráticas llegaron de la mano de la ampliación de los derechos laborales y sociales. El Estado del bienestar y los servicios públicos no son elementos ajenos a la democracia; son un pilar central de ella.

La negociación colectiva, el diálogo social y la capacidad de los trabajadores para organizarse y defender sus intereses fortalecen la vida democrática. También lo hace la participación de las personas trabajadoras en la empresa.



La democracia económica y social constituye uno de los rasgos más valiosos del modelo europeo. Cuando aumentan las desigualdades, se debilitan los servicios públicos y la protección social o se precarizan las condiciones de vida, no solo empeora la situación de quienes lo padecen. También se debilita la propia democracia. No puede haber una democracia fuerte allí donde avanzan la desigualdad, la precariedad y la exclusión social.

Este escenario favorece el crecimiento de fuerzas de ultraderecha que transforman el malestar social en desconfianza hacia las instituciones democráticas y en enfrentamiento entre grupos sociales. Frente a problemas complejos ofrecen respuestas simples, buscan culpables y apelan al miedo. Lo preocupante es que parte de ese discurso ha dejado de ser patrimonio exclusivo de la ultraderecha y encuentra cada vez más eco en sectores de la derecha tradicional.

Detrás de ese discurso suelen encontrarse propuestas de desregulación económica, laboral y social, debilitamiento de los servicios públicos y cuestionamiento de los sindicatos. Son políticas que erosionan derechos conquistados durante décadas, ponen en peligro la cohesión social y debilitan los pilares sobre los que se ha construido el modelo social europeo.

La política del miedo y del odio no resuelve los problemas; los agrava y divide a quienes comparten intereses y necesidades comunes. Frente a ello, el sindicalismo reivindica la solidaridad, la ampliación de derechos y la defensa de intereses colectivos. Los sindicatos siguen siendo actores fundamentales de la democracia económica y social. No solo negocian salarios y condiciones de trabajo; también amplían espacios de participación y contribuyen a equilibrar relaciones de poder.

El trabajo decente es una cuestión clave para el futuro europeo. Tener empleo ya no garantiza por sí solo una vida digna. La precariedad, los bajos salarios, las dificultades para acceder a una vivienda y las nuevas formas de empleo vinculadas a las plataformas digitales afectan a millones de personas. Por ello, el sindicalismo europeo defiende empleos estables con derechos, salarios suficientes y condiciones laborales dignas. Las transiciones digital y ecológica solo serán sostenibles si generan empleo decente y si sus beneficios se distribuyen de forma más justa.



La inmigración se ha convertido en uno de los principales blancos de los discursos reaccionarios. Se presenta a las personas migrantes como una amenaza para el empleo, los salarios o los servicios públicos. Sin embargo, la realidad económica y demográfica muestra algo muy distinto.

Las sociedades europeas necesitarán millones de trabajadores para sustentar su actividad económica, garantizar el relevo generacional y contribuir a la financiación de las pensiones. Las personas migrantes trabajan, cotizan, pagan impuestos y participan en la creación de riqueza. Su aportación ya es esencial y lo será aún más en el futuro.

Los retos migratorios no se resolverán alimentando el miedo ni levantando muros. Tampoco mediante deportaciones masivas o el traslado de personas migrantes y solicitantes de asilo a terceros países. Europa necesita políticas de integración, igualdad de derechos y condiciones laborales dignas para todos. Convertir a las personas migrantes en chivos expiatorios no resuelve los problemas reales; solo alimenta la división social y desvía la atención de los verdaderos desafíos económicos y sociales que compartimos.

La jornada de Madrid abordó también una cuestión decisiva para el futuro europeo: la relación entre seguridad, paz y Estado del bienestar. Por eso la paz formó parte del lema de la movilización sindical. La construcción europea nació de la voluntad de superar los conflictos que devastaron el continente durante el siglo XX y de construir un espacio basado en la cooperación, la democracia y el progreso social.

Los Estados tienen la obligación de garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Pero también es necesario preguntarse si una dinámica permanente de rearme puede acabar desplazando recursos necesarios para sostener el Estado del bienestar. La seguridad colectiva no depende únicamente del gasto militar. También exige sociedades cohesionadas, servicios públicos fuertes, empleo decente, protección social y oportunidades para las nuevas generaciones.

El futuro de Europa no está escrito. Lo que hoy está en juego no es únicamente una determinada orientación política o económica, sino el rumbo mismo del proyecto europeo. Frente a quienes pretenden abrir paso a una Europa más desigual, más fragmentada y menos solidaria, la defensa de la democracia económica y social, de la igualdad de derechos y de la cohesión social adquiere una importancia decisiva.

La batalla por la Europa social es también una lucha por preservar y ampliar las conquistas que han definido a la Europa democrática durante décadas: los derechos laborales, la negociación colectiva, los servicios públicos, la igualdad y el Estado del bienestar. Lo que hoy está en juego no es solo un conjunto de políticas sociales, sino una determinada idea de Europa basada en la democracia, la justicia social y la solidaridad. El futuro del proyecto europeo dependerá en buena medida de la capacidad para defender y fortalecer esos principios.

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jueves, 25 de junio de 2026

RUPTURA Y FRACASO. COLOMBIA. IRAN.

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"Pero es también algo reconocible, que la incapacidad de declarar un triunfo militar proviene de las mismas características difuminadas del tipo de confrontación. Las restricciones impuestas a la misma capacidad militar estadunidense juegan papel preponderante para no reconocer triunfo alguno. La no consecución de los objetivos planteados, para justificar la agresión original, determina la evaluación dominante.  Tal y como la misma coparticipación de Israel condiciona juicios (genocida) por doquier. La caída notable en las mediciones de opinión, llevadas a cabo recientes, sobre la presidencia de Donald Trump, es un factor condicionante de su margen decisorio. Irán, al haber logrado controlar y hacerse del mando y control del estrecho de Ormuz, funcionó como punto crucial del conflicto. El costo para el resto del mundo, en cambio, ha sido monumental y no se han extinguido sus múltiples daños. 

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Aspectos de la jornada electoral de Colombia. Foto Afp
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RUPTURA Y FRACASO.

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Autor Luis Linares Zapata

Fuente. La Jornada. Ciudad de México miércoles 24 de junio del 2026.

El muy reducido margen en el triunfo de la ultraderecha en Colombia, sin duda, vigorizará el aliento de sus guías nacionales. Por lo demás, bastante necesitados de ideas. Eso, por sólo decir lo evidente, poco habrá de contribuir a expandir sus posturas, atractivo y promesas. Parte de tal incapacidad ha estado fincada en sus ralas plataformas conceptuales. Los horizontes que podrían emerger de tales ideas son, por mucho, medianos en sus concreciones. 

Han carecido, en toda ocasión, del toque popular masivo que pudiera dotarlos de un músculo de apoyo decisorio mayoritario. No sólo en las votaciones conseguidas, que han ganado, no sin exhibir apoyos externos notables. Carecen de continuidad que vigorice esos votos con utilidades en derechos, bienestar y bienes sociales. 

Las notables ausencias de argumentos políticos, entre sus distintos liderazgos locales, los incapacitan para profundizar la calidad de sus ofertas. Eso centra sus pitazos en los errores o en los débiles y parciales atractivos que han descubierto en el progresismo opositor. El eje mismo de su centro de gravedad, alrededor del cual giran todos ellos, viene cargando un fardo de desprestigio que no logra dejar de lado y, menos, situar en el olvido. 


La creciente noción de haber sucumbido en la guerra iraní se esparce por confines impensados, toca hasta los mismos escalones superiores del Partido Republicano. Es casi uniforme, en los análisis de los centros de investigación y entre los muchos difusores mundiales, que ha sido Irán el verdadero triunfador de la desigual guerra. Mucho de esas suposiciones, a manera de conclusión, puede aceptarse. 

Pero es también algo reconocible, que la incapacidad de declarar un triunfo militar proviene de las mismas características difuminadas del tipo de confrontación. Las restricciones impuestas a la misma capacidad militar estadunidense juegan papel preponderante para no reconocer triunfo alguno. La no consecución de los objetivos planteados, para justificar la agresión original, determina la evaluación dominante. 

Tal y como la misma coparticipación de Israel condiciona juicios (genocida) por doquier. La caída notable en las mediciones de opinión, llevadas a cabo recientes, sobre la presidencia de Donald Trump, es un factor condicionante de su margen decisorio. Irán, al haber logrado controlar y hacerse del mando y control del estrecho de Ormuz, funcionó como punto crucial del conflicto. El costo para el resto del mundo, en cambio, ha sido monumental y no se han extinguido sus múltiples daños. 

El muy reducido margen en el triunfo de la ultraderecha en Colombia, sin duda, vigorizará el aliento de sus guías nacionales. Por lo demás, bastante necesitados de ideas. Eso, por sólo decir lo evidente, poco habrá de contribuir a expandir sus posturas, atractivo y promesas. Parte de tal incapacidad ha estado fincada en sus ralas plataformas conceptuales. Los horizontes que podrían emerger de tales ideas son, por mucho, medianos en sus concreciones. 

Han carecido, en toda ocasión, del toque popular masivo que pudiera dotarlos de un músculo de apoyo decisorio mayoritario. No sólo en las votaciones conseguidas, que han ganado, no sin exhibir apoyos externos notables. Carecen de continuidad que vigorice esos votos con utilidades en derechos, bienestar y bienes sociales



Las notables ausencias de argumentos políticos, entre sus distintos liderazgos locales, los incapacitan para profundizar la calidad de sus ofertas. Eso centra sus pitazos en los errores o en los débiles y parciales atractivos que han descubierto en el progresismo opositor. El eje mismo de su centro de gravedad, alrededor del cual giran todos ellos, viene cargando un fardo de desprestigio que no logra dejar de lado y, menos, situar en el olvido. 

La creciente noción de haber sucumbido en la guerra iraní se esparce por confines impensados, toca hasta los mismos escalones superiores del Partido Republicano. Es casi uniforme, en los análisis de los centros de investigación y entre los muchos difusores mundiales, que ha sido Irán el verdadero triunfador de la desigual guerra. Mucho de esas suposiciones, a manera de conclusión, puede aceptarse. 

Pero es también algo reconocible, que la incapacidad de declarar un triunfo militar proviene de las mismas características difuminadas del tipo de confrontación. Las restricciones impuestas a la misma capacidad militar estadunidense juegan papel preponderante para no reconocer triunfo alguno. La no consecución de los objetivos planteados, para justificar la agresión original, determina la evaluación dominante. 

Tal y como la misma coparticipación de Israel condiciona juicios (genocida) por doquier. La caída notable en las mediciones de opinión, llevadas a cabo recientes, sobre la presidencia de Donald Trump, es un factor condicionante de su margen decisorio. Irán, al haber logrado controlar y hacerse del mando y control del estrecho de Ormuz, funcionó como punto crucial del conflicto. El costo para el resto del mundo, en cambio, ha sido monumental y no se han extinguido sus múltiples daños. 

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miércoles, 24 de junio de 2026

LAS PÉRDIDAS ECONÓMICAS Y POLÍTICAS DE LA UNIÓN EUROPEA

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"Asimismo, la Unión Europea aceptó comprar 750.000 millones de dólares en productos energéticos estadounidenses, principalmente gas natural licuado y energía nuclear, rechazar los adquiridos a mucho menor precio en Rusia, invertir 600.000 millones en la economía de Estados Unidos y obtener grandes cantidades de equipamiento militar del país norteamericano.  A finales de junio de 2025 y bajo fuerte presión de Trump, los miembros de la OTAN acordaron en la cumbre de La Haya destinar para el año 2035 el 5 % de su Producto Interno Bruto (PIB) a la seguridad y el gasto militar lo que representará una erosión para esos países de 500.000 millones de euros anuales. Además, Washington seguirá como principal exportador de armas hacia Europa Occidental. Para Mario Draghi, exdirector del Banco Central Europeo y ex primer ministro de Italia, “la Unión se hunde en la recesión y el futuro de su economía tiene tintes sombríos”.

Como colofón de estos hechos, Estados Unidos logró estancar a la Unión Europea como competidor económico y político, pero contrariamente no ha podido debilitar a Rusia, que continúa siendo una de las principales potencias del orbe.

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Fuentes: Rebelión [Imagen: La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, estrechan la mano durante una reunión en el club de golf Trump Turnberry el 27 de julio de 2025 en Turnberry, Escocia. (Foto: Andrew Harnik/Getty Images)]

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LAS PÉRDIDAS ECONÓMICAS Y POLÍTICAS DE LA UNIÓN EUROPEA.

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Por Hedelberto López Blanch. /24/06/2026/ Economía, Europa.

Fuente. Revista Rebelión miércoles 24 de junio del 2026.

La subordinación a Washington que los dirigentes millonarios de Europa Occidental han reforzado en la última década con el objetivo de debilitar a Rusia ha costado a esas naciones un amplio deterioro económico, político y militar, además del descrédito en el ámbito internacional.

El diario inglés Financial Times calculó recientemente que las numerosas “sanciones” antirrusas aplicadas por la Unión Europea (UE) y Gran Bretaña a expensas de los dictados de la Casa Blanca, han provocado que las empresas que tenían negocios en Rusia hayan tenido pérdidas por más de 100.000 millones de euros, específicamente las de petróleo y de gas, así como las compañías financieras, aseguradoras, bancos, servicios públicos y de las industrias automovilísticas.

Al seguir a Estados Unidos en los intentos por debilitar a Rusia, primero durante el Gobierno de Joe Biden y después con el de Donald Trump, Europa Occidental se ha visto obligada a abonar grandes sumas de dinero por los combustibles más caro que proceden de Washington y a la par romper importantes convenios y transacciones con el gigante euroasiático.



Un informe publicado por la agencia Eurostat señala que el volumen de petróleo ruso importado por los países de la UE disminuyó del 29.2 % (en 2021) al 1,4 % (en 2025), y de gas del 38,5 % al 7,9 %, para el mismo período.

El precio por “liberarse de la dependencia” del combustible ruso, como lo exigió Washington desde el primer momento, es de alrededor de un billón de euros, lo cual ha resultado un negocio calamitoso.

El director del Departamento de Cooperación Económica del Ministerio de Exteriores de Rusia, Dmitri Birichevski, durante una intervención en el reciente Foro de San Petersburgo informó que las naciones de la Unión Europea han perdido hasta un billón de dólares tras abandonar las materias primas y los hidrocarburos rusos debido al aumento de los precios y al hecho de que ahora compran más caro a otros proveedores.

La Casa Blanca obligó a la UE a no adquirir hidrocarburos rusos y comprarlos en Estados Unidos a un precio superior bajo la “justificación” de que esos países no estuvieran atados económicamente a Moscú.

Bajo esas circunstancias, fueron cerrados los gasoductos Yamal-Europa, el segundo ramal que corría a través de Ucrania y destruidos los de Nord Stream 1 y 2, acciones que fueron catalogada por el Kremlin como actos terroristas.

De todas formas, según Rusia, quienes renunciaron a estos recursos continúan comprando petróleo y gas rusos a través de intermediarios a precios más elevados.

Recordemos que el pasado año, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, firmó con el presidente Trump un acuerdo comercial leonino, totalmente desequilibrado, que constituyó otro hecho de humillación europea.

Mediante ese convenio, los productos de la UE que entren a Estados Unidos pagarán un arancel del 15 % mientras los miembros del bloque no cobrarán nada por los bienes estadounidenses que llegan a sus países. Así de simple, como se dice, la ley del embudo.

Asimismo, la Unión Europea aceptó comprar 750.000 millones de dólares en productos energéticos estadounidenses, principalmente gas natural licuado y energía nuclear, rechazar los adquiridos a mucho menor precio en Rusia, invertir 600.000 millones en la economía de Estados Unidos y obtener grandes cantidades de equipamiento militar del país norteamericano

A finales de junio de 2025 y bajo fuerte presión de Trump, los miembros de la OTAN acordaron en la cumbre de La Haya destinar para el año 2035 el 5 % de su Producto Interno Bruto (PIB) a la seguridad y el gasto militar lo que representará una erosión para esos países de 500.000 millones de euros anuales. Además, Washington seguirá como principal exportador de armas hacia Europa Occidental.

Para Mario Draghi, exdirector del Banco Central Europeo y ex primer ministro de Italia,

“la Unión se hunde en la recesión y el futuro de su economía tiene tintes sombríos”.

Como colofón de estos hechos, Estados Unidos logró estancar a la Unión Europea como competidor económico y político, pero contrariamente no ha podido debilitar a Rusia, que continúa siendo una de las principales potencias del orbe.

Hedelberto López Blanch, periodista, escritor e investigador cubano, especialista en política internacional. 

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martes, 23 de junio de 2026

NO TODOS LOS IMPERIOS SE PARECEN.

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“Un imperio no siempre se anuncia a sí mismo por medio de decretos coloniales, a veces llega a través de puertos. En los últimos 15 años los EAU han extendido su presencia en toda África por medio de inversiones en infraestructuras portuarias, aeropuertos y redes logísticas, y un puerto nunca es un lugar neutro. El poeta e investigador palestino Rafeef Ziadah ha escrito acerca de la intervención de los EAU para controlar los puertos yemeníes y las rutas comerciales en todo el océano Índico y el mar Rojo, y ha indicado que el mismo puerto que se utiliza para la ayuda humanitaria se utiliza para suministrar material militar. La línea entre ayuda y guerra es deliberadamente difusa, no es casual. El oro es el recurso que permite entender el circuito de retroalimentación. Un informe publicado en abril de 2026 por el Center for Environmental and Social Studies detalla cómo el oro de Sudán, que se extrae mediante violencia y coacción, se mueve por medio de redes informales a través de las fronteras hasta llegar a Dubái. Las cadenas de suministro permiten que los materiales se atribuyan erróneamente, se vuelvan a etiquetar o se mezclen para ocultar su origen; la línea entre el oro de origen legal y el ilegal se difumina durante el transporte. El oro se cambia por armas y liquidez financiera, y la guerra se mantiene.

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Fuentes: Rebelión.

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NO TODOS LOS IMPERIOS SE PARECEN.

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Por Cheriese Dilrajh | 23/06/2026 | Mundo

Fuentes Revista Rebelión martes 23 de junio del 2026.


Traducido del inglés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

Aunque los Emiratos Árabes Unidos (EAU) no ocupan ningún territorio, arman a milicias, controlan los puertos y camuflan la violencia con el lenguaje del desarrollo. El precio lo paga Sudán.

Un imperio nunca ha consistido únicamente en la ocupación colonial. Estados Unidos y Gran Bretaña siguen siendo los artífices más visibles de la muerte y la destrucción a gran escala, pero los EAU representan un modelo diferente y en cierto modo más insidioso: uno que funciona por medio de la adquisición de capital, de armar a fuerzas que actúan por intermediación y del control de las infraestructuras en vez del control territorial directo.

La alianza entre Occidente y el Golfo funciona por medio del poder militar, el secretismo financiero y la inversión extractivista. La característica que la define es la externalización de la violencia, que se camufla con el lenguaje del desarrollo, la logística y la diplomacia humanitaria, y se esconde detrás de una arquitectura de lujo.

Recientemente se ha presentado a los EAU como la desafortunada víctima de las represalias iraníes tras la guerra regional que iniciaron Israel y Estados Unidos. Donald Trump ha indicado que está considerando conceder ayuda financiera a los EAU por ser un «aliado fiel» que ha sufrido un golpe económico. Es extremadamente irónico: los EAU han utilizado todo su aparato autoritario para detener a cualquier persona que documente públicamente la magnitud de los ataques iraníes sobre su territorio; una investigación de Bellingcat concluyó que se había detenido a al menos cinco personas simplemente por compartir grabaciones con el teléfono de ataques de misiles. Pero el relato victimista no debe ocultar el papel que desempeñan los EAU como potencia subimperialista que ha facilitado guerras y crímenes de guerra en toda la zona, sobre todo en Sudán.



Los EAU tienen un valor estructural para Estados Unidos. Fue el primer Estado del Golfo que normalizó sus relaciones con Israel, es uno de los principales compradores del armamento estadounidense y actúa como centro neurálgico para la inteligencia, las finanzas y la logística militar. Han creado una red de bases e instalaciones que se extiende desde Yemen hasta Somalia, en torno al mar Rojo y al golfo de Adén, y que se construyó con la participación de Estados Unidos e Israel. Se trata de la infraestructura de una potencia regional que busca tener influencia sin asumir sus responsabilidades.

La mayor crisis humanitaria del mundo tiene lugar en Sudán. En abril de 2023 empezó una catastrófica guerra civil provocada por una violenta lucha de poder entre las Fuerzas Armadas de Sudán (SAF, por sus siglas en inglés) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés) que devastó Jartún, El Fasher y otras docenas de ciudades. Se podría ver desde el espacio la sangre derramada en El Fasher.

Desde abril de 2023 han sido desplazadas unos 15 millones de personas, mientras que otros varios millones más siguen necesitando ayuda para sobrevivir. Las mujeres están particularmente expuestas a la violencia sexual y la tortura. Más de 33.7 millones de personas de una población de 50 millones necesita actualmente ayuda humanitaria urgente. Más de la mitad del país sufre una inseguridad alimentaria severa, los servicios sanitarios esenciales han colapsado y los brotes de enfermedades agravan una situación que ya es de por sí catastrófica. Se calculaba que a fecha de finales del año pasado la cantidad de víctimas mortales ascendía a 400.000 personas, aunque es muy difícil de calcular.

La guerra en Sudán es una de las que financian directamente los Emiratos Árabes Unidos. No parece una ocupación colonial clásica y por ello se la considera secundaria, aunque las consecuencias que tiene son de las más catastróficas del mundo.

El escritor sudanés Husam Mahjoub ofrece el marco analítico más claro:

«El papel de los EAU en Sudán no es una anormalidad, sino que forma parte de un proyecto coherente, bien financiado y de alcance regional: una agenda subimperialista que combina extracción económica, el establecimiento de alianzas autoritarias y políticas contrarrevolucionarias bajo la cobertura de la sofisticación diplomática y alianzas globales. Por desgracias, Sudán es uno de sus principales laboratorios».



¿Como y porque caen los Imperios?

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Mahjoub explica que los EAU se han posicionado como una fuerza contrarrevolucionaria en toda la zona, que canaliza el apoyo a las RSF (una milicia que ha cometido atrocidades generalizadas) por medio de transferencias de armas y apoyo logístico. La organización The Sentry reveló en abril de 2026 que el líder de RSF Mohamed Hamdan Dagalo (Hemedti) y sus hermanos habían acumulado inversiones en 20 propiedades de lujo por valor de 24 millones de dólares, todas ellas situadas en la misma urbanización cerrada de Dubái.

Los EAU no actúan solos. Egipto y otras potencias regionales trabajan juntamente con la Unión Europea, Rusia y Estados Unidos para mantener la inestabilidad en Sudán mientras obtienen beneficios estratégicos y económicos: reservas de oro, goma arábiga, tierras agrícolas y acceso a las rutas comerciales del mar Rojo. Los EAU han negado todas las acusaciones contra ellos, pero ello no ha ido acompañado de transparencia, de modo que siguen sin asumir sus responsabilidades.

Un imperio no siempre se anuncia a sí mismo por medio de decretos coloniales, a veces llega a través de puertos. En los últimos 15 años los EAU han extendido su presencia en toda África por medio de inversiones en infraestructuras portuarias, aeropuertos y redes logísticas, y un puerto nunca es un lugar neutro. El poeta e investigador palestino Rafeef Ziadah ha escrito acerca de la intervención de los EAU para controlar los puertos yemeníes y las rutas comerciales en todo el océano Índico y el mar Rojo, y ha indicado que el mismo puerto que se utiliza para la ayuda humanitaria se utiliza para suministrar material militar. La línea entre ayuda y guerra es deliberadamente difusa, no es casual.

El oro es el recurso que permite entender el circuito de retroalimentación. Un informe publicado en abril de 2026 por el Center for Environmental and Social Studies detalla cómo el oro de Sudán, que se extrae mediante violencia y coacción, se mueve por medio de redes informales a través de las fronteras hasta llegar a Dubái. Las cadenas de suministro permiten que los materiales se atribuyan erróneamente, se vuelvan a etiquetar o se mezclen para ocultar su origen; la línea entre el oro de origen legal y el ilegal se difumina durante el transporte. El oro se cambia por armas y liquidez financiera, y la guerra se mantiene.

En enero de 2026 la misión naval «Will for Peace» llevó un convoy de buques de guerra procedentes de Rusia, China y los Emiratos Árabes Unidosatracar en la ciudad sudafricana de Simon’s Town bajo la etiqueta de un «ejercicio marítimo». Ahí se vio perfectamente la confusión deliberada que identifica Ziadah entre logística humanitaria, militar y comercial. Sudáfrica no es un mero espectador en estas redes. Open Secrets ha sacado a la luz a Integrated Convoy Protection (ICP), una empresa sudafricana, y el papel que desempeña suministrando a la maquinaria de guerra emiratí con envíos que pasan por el puerto de Durban hasta Jebel Ali, en Dubái. Este es el rostro de la violencia silenciosa: se mueve a través de infraestructuras ordinarias, oculta en la rutina del comercio mundial.

Pero el puerto de Durban también ha sido el escenario de un plante: en 2021 sus estibadores se negaron de descargar un barco de mercancías israelí en un acto de solidaridad con el pueblo palestino, y los movimientos sindicales se sumaron en señal de apoyo. Los puertos son políticos, es donde se sustentan las guerras y donde los trabajadores conservan el poder de interrumpirlas.

El papel subimperial de los EAU no es una anomalía, es la expresión lógica de un sistema global en el que la alineación estratégica tiene prioridad sobre la vida humana, tanto en Jartún como en Gaza; tanto en Sudán como en Yemen. Los Estados del Golfo contribuyeron a neutralizar la liberación palestina. Ahora se está abandonando a Sudán con los mismos mecanismos. La alianza entre Occidente y el Golfo no es una relación entre iguales que comparten los mismos valores, sino que es una estructura que produce y mantiene la muerte generalizada y hay que llamarla por su nombre.

Se debe ver Dubai como es: una isla artificial construida sobre la esclavitud.

Cheriese Dilrajh es una artista, escritora e investigadora de Open Secrets.

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lunes, 22 de junio de 2026

LA GEOPOLÍTICA DETRÁS DEL TRATADO ENTRE ESTADOS UNIDOS, MÉXICO Y CANADÁ. (T-MEC)

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"Específicamente la crítica estructuralista sostiene que México logró integrarse exitosamente a las cadenas globales de valor, pero sin capturar una proporción equivalente del valor agregado generado por ellas. El ejemplo más evidente es la industria automotriz, pocas actividades ilustran mejor las virtudes y limitaciones del modelo. México es uno de los principales exportadores de vehículos del mundo. Produce millones de automóviles al año. Alberga plantas de prácticamente todos los grandes fabricantes globales. Sin embargo, gran parte de las decisiones estratégicas continúan tomándose fuera del país. Las patentes se registran fuera del país. Los centros de investigación más importantes permanecen fuera del país. La ingeniería de mayor complejidad suele desarrollarse fuera del país.  México fabrica, otros diseñan. México ensambla. Otros controlan la propiedad intelectual. La revisión de 2026 podría comenzar a responderla. Si la nueva arquitectura norteamericana incorpora a México como socio tecnológico, como participante en la producción de semiconductores, baterías, minerales críticos y productos farmacéuticos avanzados, el país podría ascender dentro de la cadena de valor. En ese escenario, la competencia con China podría transformarse en una oportunidad histórica para la industrialización mexicana.

"Pero existe otro camino. Si la revisión del tratado se limita a endurecer reglas de origen para excluir a China y proteger industrias estadounidenses, México corre el riesgo de quedar atrapado en un papel conocido. Ensamblar productos diseñados en otro lugar, producir componentes desarrollados en otro lugar y capturar apenas una fracción del valor generadoEse es el verdadero dilema del nuevo T-MEC. Estados Unidos necesita una América del Norte integrada porque ya no posee por sí solo la capacidad industrial suficiente para enfrentar el desafío chino. México necesita que esa integración se traduzca en desarrollo tecnológico propio y no únicamente en más fábricasLa revisión de 2026 no decidirá solamente el futuro de un tratado comercial. Decidirá si América del Norte puede convertirse en un bloque económico capaz de competir con China y, al mismo tiempo, determinará si México logra finalmente dejar atrás su condición de plataforma manufacturera para transformarse en un protagonista pleno de la nueva revolución industrial.

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Fuentes: El tábano economista.

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LA GEOPOLÍTICA DETRÁS DEL TRATADO ENTRE ESTADOS UNIDOS, MÉXICO Y CANADÁ.

(T-MEC)

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Por Alejandro Marcó del Pont | 22/06/2026 | Economía

Fuentes- Revista Rebelión lunes 22 de junio del 2026.

La interdependencia destructiva, la paradoja del costo (El Tábano Economista)

La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) en 2026 constituye el momento más delicado para la integración económica norteamericana desde la renegociación impulsada por Donald Trump entre 2017 y 2020. Lo que inicialmente fue concebido como un mecanismo técnico de evaluación se ha transformado en una negociación estratégica donde convergen disputas comerciales, rivalidades tecnológicas, seguridad fronteriza, política industrial y competencia geopolítica global.

Es decir, la revisión ya no trata solamente de aranceles o exportaciones. Lo que está en juego es quién controlará las cadenas productivas críticas del continente, cómo se distribuirán los beneficios del nearshoring y si México logrará transformar su extraordinaria integración manufacturera en un verdadero proyecto de desarrollo nacional. La disputa fundamental no es comercial; es una disputa por el modelo de desarrollo de América del Norte y la capacidad que esta unidad tiene para enfrentar a China desde el punto de vista económico y geopolítico. Si América del Norte no se integra, la probabilidad que EE. UU. compita con China es inexistente

La pregunta que domina las discusiones en Washington ya no es cuánto exporta México o cuántos automóviles cruzan diariamente la frontera. La pregunta es mucho más inquietante: ¿puede Estados Unidos competir con China durante las próximas décadas sin integración completa de América del Norte?

La respuesta, que se abre paso entre republicanos y demócratas, es la misma: no puede hacerlo solo. Durante treinta años, Estados Unidos organizó la globalización bajo la premisa de que la producción podía dispersarse por el mundo sin consecuencias estratégicas. El resultado fue una extraordinaria reducción de costos para las empresas estadounidenses, pero también una creciente dependencia de Asia en sectores críticos. La pandemia, las interrupciones logísticas y la guerra tecnológica con Pekín terminaron por revelar una realidad incómoda. La primera economía del planeta había perdido parte del control sobre las cadenas productivas que sostienen su prosperidad.




China no solamente se convirtió en la fábrica del mundo. Se convirtió en el centro gravitacional de sectores estratégicos. Controla una parte sustancial del procesamiento mundial de minerales críticos, domina la producción de baterías para vehículos eléctricos, lidera el mercado de paneles solares y ocupa posiciones centrales en numerosas cadenas de suministro industriales. Incluso en aquellos sectores donde Estados Unidos conserva ventajas tecnológicas, como los semiconductores avanzados, la dependencia de insumos, materiales y procesos distribuidos por Asia sigue siendo enorme.

Desde la perspectiva estadounidense, la conclusión es evidente. La competencia con China ya no puede librarse únicamente mediante aranceles o restricciones comerciales. Requiere reconstruir una base industrial continental. Por eso la revisión del T-MEC ha adquirido una importancia estratégica sin precedentes. Lo que está en juego es la construcción de una América del Norte capaz de funcionar como una plataforma integrada de producción, innovación y seguridad económica. Sin esa integración, Washington corre el riesgo de enfrentar a China con una estructura productiva fragmentada y dependiente.

La paradoja es que el país indispensable para ese proyecto es precisamente México. Estados Unidos necesita a México porque ninguna estrategia seria de reindustrialización puede funcionar sin aprovechar la capacidad manufacturera, la ubicación geográfica y la integración logística que el país ha desarrollado durante tres décadas. Los semiconductores requieren plantas de ensamblaje y prueba. Las baterías requieren una enorme red de proveedores industriales. Los minerales críticos necesitan capacidad de procesamiento y manufactura. La industria farmacéutica demanda cadenas regionales resilientes. Ninguna de estas actividades puede escalarse exclusivamente dentro del territorio estadounidense sin disparar costos y perder competitividad.

Sin México no existe una verdadera estrategia norteamericana de nearshoring. Sin México no existe una alternativa regional a las cadenas asiáticas y tampoco existe una masa crítica suficiente para competir con China.

Sin embargo, esa necesidad convive con una creciente desconfianza. Washington observa con preocupación cómo las inversiones chinas aumentan en territorio mexicano. Para muchos funcionarios estadounidenses, el riesgo no consiste solamente en la presencia de capital chino. El temor es que México termine funcionando como una plataforma indirecta para que empresas chinas accedan al mercado norteamericano aprovechando los beneficios del tratado.




La inversión china en México representa un dilema geopolítico fundamental para América del Norte. Aunque cuantitativamente modesta (menos del 2% del total de IED en México), su impacto cualitativo en sectores estratégicos (automotriz, electrónica, baterías, minerales críticos) amenaza con convertir a México en una plataforma para evadir los aranceles estadounidenses a China.

Los datos revelan una concentración sectorial alarmante desde la perspectiva de Washington: el 72% de la inversión china anunciada en 2023 se destinó al sector automotriz, mientras que las ventas de vehículos chinos en el mercado mexicano pasaron del 0.5% al 11.2% en apenas tres años. Esta penetración acelerada, combinada con el dominio chino en la cadena de suministro de vehículos eléctricos (baterías, motores, minerales críticos), ha provocado una respuesta regulatoria sin precedentes por parte de EE. UU., incluyendo aranceles del 57.6% a importaciones chinas y restricciones a las reglas de origen del T-MEC.

Si EE. UU. bloquea agresivamente la IED china en México bajo el pretexto de seguridad nacional, encarecerá drásticamente la transición energética en América del Norte. China controla actualmente más del 60% de la extracción y el 85% del procesamiento de minerales críticos globales, y domina el 80% de la producción de celdas de baterías y paneles solares. Sin las baterías y paneles solares chinos, Norteamérica no será competitiva globalmente.

La palabra que resume esa preocupación es triangulación. Desde la perspectiva estadounidense, una fábrica china instalada en México que exporta hacia Estados Unidos puede convertirse en una vulnerabilidad estratégica si mantiene dependencias tecnológicas, financieras o de suministros provenientes de China. Lo que está en discusión no es el origen geográfico de una planta, sino quién controla realmente la cadena de valor.

Por eso las reglas de origen se han convertido en el verdadero campo de batalla de la revisión de 2026. Detrás de los porcentajes de contenido regional y de los requisitos técnicos se esconde una disputa geopolítica de enormes dimensiones. Washington pretende utilizar esas reglas para reducir progresivamente la presencia de insumos y componentes chinos dentro de las cadenas productivas norteamericanas. Cada punto adicional de contenido regional representa un intento de desplazar producción desde Asia hacia América del Norte.

Las reglas de origen son el mecanismo que determina qué porcentaje de un producto debe ser producido dentro de Norteamérica para acceder a arancel cero. Bajo el NAFTA, un automóvil necesitaba aproximadamente 62,5% de contenido regional. Con el T-MEC: el 75% de contenido debe ser regional, el 70% del acero y aluminio debe provenir de Norteamérica y entre 40% y 45% del vehículo debe producirse en plantas con salarios superiores a US$16 por hora.

Ante la presión de la Casa Blanca por cerrar las puertas al capital de Beijing, México no puede permitirse una ruptura total con China, pero tampoco una confrontación abierta con su principal socio comercial. El gobierno mexicano está implementando una estrategia de «Pragmatismo Defensivo y Compartimentación». Es decir, sacrificio de sectores de los autos eléctricos y el acero. En las industrias donde EE. UU. considera la presencia china como una amenaza existencial (como las plantas de ensamblaje final de vehículos eléctricos de BYD o la fundición de acero), México aplicará restricciones severas. El gobierno ya ha establecido aranceles de hasta el 50% a más de 1,400 productos asiáticos para frenar la triangulación y mitigar las quejas de Washington.



Pero aquí aparece otra contradicción. Estados Unidos necesita integrar a México para competir con China. México necesita mantener cierto margen de maniobra para aprovechar inversiones provenientes de China. Para el gobierno mexicano, las inversiones chinas representan una fuente potencial de capital, empleo, infraestructura y transferencia tecnológica. En un contexto internacional caracterizado por la desaceleración económica y la incertidumbre global, renunciar completamente a esos flujos de inversión sería una decisión extremadamente costosa.

México se encuentra así en una posición delicada. Debe demostrar a Washington que no será una puerta trasera para China, pero al mismo tiempo busca beneficiarse de la rivalidad entre las dos mayores economías del mundo. Esta tensión revela un problema más profundo. Estados Unidos imagina una integración regional orientada a fortalecer la seguridad económica norteamericana. México aspira a una integración que impulse su propio desarrollo.

No necesariamente son los mismos objetivos. La experiencia del NAFTA, y posteriormente del T-MEC, alimenta ese debate. Los defensores del modelo destacan que México multiplicó sus exportaciones, se convirtió en una potencia manufacturera y consolidó una industria automotriz de escala global. Sus críticos responden que el crecimiento económico fue decepcionante, que la productividad avanzó lentamente y que buena parte de los beneficios fueron capturados por corporaciones multinacionales y élites empresariales a ambos lados de la frontera. La pregunta sigue abierta: ¿la integración generó desarrollo o simplemente integración?

Específicamente la crítica estructuralista sostiene que México logró integrarse exitosamente a las cadenas globales de valor, pero sin capturar una proporción equivalente del valor agregado generado por ellas. El ejemplo más evidente es la industria automotriz, pocas actividades ilustran mejor las virtudes y limitaciones del modelo. México es uno de los principales exportadores de vehículos del mundo. Produce millones de automóviles al año. Alberga plantas de prácticamente todos los grandes fabricantes globales. Sin embargo, gran parte de las decisiones estratégicas continúan tomándose fuera del país. Las patentes se registran fuera del país. Los centros de investigación más importantes permanecen fuera del país. La ingeniería de mayor complejidad suele desarrollarse fuera del país.  México fabrica, otros diseñan. México ensambla. Otros controlan la propiedad intelectual.

La revisión de 2026 podría comenzar a responderla. Si la nueva arquitectura norteamericana incorpora a México como socio tecnológico, como participante en la producción de semiconductores, baterías, minerales críticos y productos farmacéuticos avanzados, el país podría ascender dentro de la cadena de valor. En ese escenario, la competencia con China podría transformarse en una oportunidad histórica para la industrialización mexicana.

Pero existe otro camino. Si la revisión del tratado se limita a endurecer reglas de origen para excluir a China y proteger industrias estadounidenses, México corre el riesgo de quedar atrapado en un papel conocido. Ensamblar productos diseñados en otro lugar, producir componentes desarrollados en otro lugar y capturar apenas una fracción del valor generado.

Ese es el verdadero dilema del nuevo T-MEC. Estados Unidos necesita una América del Norte integrada porque ya no posee por sí solo la capacidad industrial suficiente para enfrentar el desafío chino. México necesita que esa integración se traduzca en desarrollo tecnológico propio y no únicamente en más fábricas.

La revisión de 2026 no decidirá solamente el futuro de un tratado comercial. Decidirá si América del Norte puede convertirse en un bloque económico capaz de competir con China y, al mismo tiempo, determinará si México logra finalmente dejar atrás su condición de plataforma manufacturera para transformarse en un protagonista pleno de la nueva revolución industrial.

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