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“En las últimas semanas las oposiciones han cedido en la agenda grande, la gran agenda política del país que es la recuperación
de la democracia, una demanda presente en todas las coyunturas de los
60 días de gobierno. Salvo excepciones personales cada vez más
visibles, la política democrática es mediática o principalmente
mediática, de modo que los opositores caen en el juego de los grandes
medios orgánicos al poder que los tildan de obstruccionistas al
mismo tiempo que los insultan, se burlan de su inexperiencia
-solo de la inexperiencia opositora porque la inexperiencia de la
oficialismo es pasada por alto- adulan y seducen a los posibles
tránsfugas, investigan los conflictos de interés de los paramentar sino
de los ministros y colocan debajo de la alfombra los temas más
importantes vinculados a la democracia.
“Aceptar y someterse al trading del
rival ya tiene sus costos.
La última encuesta de IEP deja mal parado al Parlamento que,
considerando los votos en la primera y segunda vuelta, debería ser el centro
de la recuperación de la democracia. En cambio, se aprecia una gradual
subordinación de la agenda democrática original resultado del
desplazamiento temático. En la experiencia peruana estos movimientos
terminan en dos procesos, el mimetismo político o pérdida de la
identidad por la que votaron los electores de los grupos que
deberían honrar ese mandato desde la oposición, y la domesticación
parlamentaria, un proceso al que asistimos en vivo y en directo entre
2022 y 2026 y que llevaron a la pérdida de inscripción electoral del
grupo de izquierda que pactó con la ultraderecha (Perú Libre) y de
los partidos del llamado centro político (APP, Somos Perú, AP,
Partido Morado). En su diversidad, la oposición tendría siempre que
recuperar la palabra como un inicio de la recuperación del cambio. Además,
se trata también de recuperar el país o de emprender esa tarea. De lo contrario,
la gran continuidad que opera en el ámbito del gobierno también operará
en el ámbito de los grupos democráticos que accedieron al ejercicio del
poder parlamentario prometiendo recuperar la democracia.
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Keiko Fujimori se refirió a los juicios contra militares durante su discurso en la ONU. Foto: captura de pantalla.
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“GOBIERNO DEL PERU”.
60 DÍAS, LA GRAN CONTINUIDAD,
POR JUAN DE LA PUENTE.
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"Se hace necesario no sólo
revisar la naturaleza
del gobierno, sino también el papel de las oposiciones."
Por Juan de la Puente. Politólogo.
Periodista.
Fuente La República lunes 28 de
septiembre del 2026.
A 60 días de iniciado el gobierno no hay manera de ignorar que es la continuación del régimen que administró el país entre diciembre de 2022 y julio de 2026. Este dato, sin embargo, es el segundo en importancia visto con una cartografía de larga duración. El primer dato continúa siendo que tanto la instalación del régimen híbrido 2022-2026 como el ajustado triunfo de Fuerza Popular denotaron el fin de la democracia peruana, en el primer caso su hundimiento, y en el segundo la reiteración de esta decadencia.
Las fuerzas democráticas se prepararon para la reelección del régimen híbrido, cierto, pero no estaban preparadas para que la continuidad sea casi total y cubra la mayoría de los espacios y quehaceres gubernamentales. Hubo poca conciencia de que la continuidad es lo único que puede producir un régimen que solo pudo quedarse en el poder a costa de decenas de muertos, que evitó agónicamente una implosión generalizada y que llegó exhausto al fin del proceso electoral.
En el mejor de los casos, hubo una visión matizada que
estimó que el nuevo gobierno tenía la capacidad de innovación para
producir una especie de borrón y cuenta nueva y, al mismo tiempo, dejar
intacta y servirse de las estructuras del régimen que se impuso de modo
cruento. El gobierno contribuyó a esta percepción con el discurso relativamente
exitoso de que estaba recibiendo un país destrozado.
Nada de eso ha sucedido. La continuidad es virtualmente
absoluta, y aunque existe la posibilidad de giros tecnocráticos neoliberales
con distintos grados de autoritarismo, el que Fuerza Popular prometió en
la campaña electoral, son cada vez menos probables esos desenlaces
innovadores de lo que ahora se tiene como administración del Estado.
Cualquier giro neoliberal autoritario sería gemelo del autoritarismo
del periodo Boluarte y, aunque se multiplique por varias veces, no
se alejaría de ese referente.
La pregunta es cómo asumir la cuestión
de la gran continuidad
como un hecho concluyente y cómo relacionarla con el primer dato de la realidad,
de que esa continuidad sigue haciendo del régimen actual uno no
democrático.
Ahí se ubican las primeras
dificultades porque
el trabajo realizado, especialmente de modo personal por la
presidenta, hasta poco antes de su viaje a EE. UU. -por
estrategia o por intuición- rebajó varios grados de
radicalidad y ferocidad a la nueva administración complementado con un gabinete
que expresaba una mayor amplitud de la que se presumía. También
es probable que los recientes discursos de la presidenta, hasta
ahora un giro narrativo, intenten ser convertidos en realidad,
aunque para ello la gran continuidad tendría que asumir la fisonomía
de un gran continuismo feroz.
En cualquier caso, la rebaja de
radicalidad y ferocidad que
se le presumía al nuevo gobierno genera un momento en el que se discute
de modo intenso casi todo y muy poco la esencia antidemocrática del
gobierno. Las oposiciones también se han dejado llevar por la
normalización de la gran continuidad, tanto aquellas cuyo programa
mínimo incluía la recuperación de la democracia como las que creen
que pueden desempeñar el papel de bisagras con el Ejecutivo.
De acuerdo con lo señalado, se hace necesario no sólo revisar
la naturaleza del gobierno, sino también el papel de las oposiciones.
En la primera vuelta el Perú votó mayoritariamente contra el pacto
parlamentario y en la segunda vuelta, en volumen de votos, la mitad
del país votó por una política que pugna por superar el estado de cosas
de la República Obscena: las instituciones capturadas,
las reglas constitucionales autoritarias, las leyes antidemocráticas
y la economía mercantilista, para instalar un régimen democrático,
deliberativo e íntegro. Las oposiciones no recibieron un mandato
continuista o de mejora continuista, sino de democratización.
En los 60 días de gobierno se sucedieron o agruparon por lo menos nueve pequeñas coyunturas, demasiadas en poco tiempo: el pedido de delegación de facultades, la transformación del LUM, las movilizaciones fuera de Lima por el alza de combustibles y pasajes, las amenazas de paro transportista en Lima, los sucesos de Trujillo a inicios de setiembre, el Escudo de las Américas y la visita de Rubio, los asesores ad honorem y el caso Cerimedo, la interpelación al ministro del Interior y el escalamiento del crimen, y el viaje a Nueva York.
Las oposiciones no recuperaron la
palabra en todas
estas coyunturas a pesar de que enviaban el aviso sobre el carácter
no democrático del gobierno. La delegación de facultades y la escalada
del crimen han ocupado entendiblemente la mayoría de sus actividades,
y aún en esos casos las oposiciones perdieron la oportunidad
de presentarle al país sus innegociables, por ejemplo, incorporar en la
delegación de facultades como condición indispensable la supresión
de las leyes procrimen y de impunidad.
La relación principal de las
oposiciones es con el
gobierno y con los grandes medios de comunicación aliados y sostén
del gobierno, y solo de modo secundario con la sociedad. Le han arrebatado
la agenda al gobierno y minimizado su iniciativa, cierto, pero han
hecho de esa agenda un picadillo de temas y convertido en una
composición temática.
En las últimas semanas las oposiciones han cedido en la agenda grande,
la gran agenda política del país que es la recuperación de la democracia,
una demanda presente en todas las coyunturas de los 60 días de gobierno.
Salvo excepciones personales cada vez más visibles, la política
democrática es mediática o principalmente mediática, de modo
que los opositores caen en el juego de los grandes medios orgánicos
al poder que los tildan de obstruccionistas al mismo tiempo
que los insultan, se burlan de su inexperiencia -solo de la inexperiencia
opositora porque la inexperiencia de la oficialismo es pasada por
alto- adulan y seducen a los posibles tránsfugas, investigan los
conflictos de interés de los paramentar sino de los ministros y
colocan debajo de la alfombra los temas más importantes vinculados a
la democracia.
Aceptar y someterse al trading del
rival ya tiene sus costos.
La última encuesta de IEP deja mal parado al Parlamento que,
considerando los votos en la primera y segunda vuelta, debería ser el centro
de la recuperación de la democracia. En cambio, se aprecia una gradual
subordinación de la agenda democrática original resultado del
desplazamiento temático. En la experiencia peruana estos movimientos
terminan en dos procesos, el mimetismo político o pérdida de la
identidad por la que votaron los electores de los grupos que
deberían honrar ese mandato desde la oposición, y la domesticación
parlamentaria, un proceso al que asistimos en vivo y en directo entre
2022 y 2026 y que llevaron a la pérdida de inscripción electoral del
grupo de izquierda que pactó con la ultraderecha (Perú Libre) y de
los partidos del llamado centro político (APP, Somos Perú, AP,
Partido Morado).
En su diversidad, la oposición tendría
siempre que recuperar
la palabra como un inicio de la recuperación del cambio. Además, se
trata también de recuperar el país o de emprender esa tarea. De lo contrario,
la gran continuidad que opera en el ámbito del gobierno también operará
en el ámbito de los grupos democráticos que accedieron al ejercicio del
poder parlamentario prometiendo recuperar la democracia.
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