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"Pero la deuda pública francesa, que se sitúa en el 119 % del PIB, se encuentra en su nivel más alto desde 1946. Su déficit presupuestario, del 5,1 %, también se encuentra entre los más elevados de la UE. Simplemente, no hay dinero en el banco para aliviar la presión del coste de la vida que llevó a 550 000 personas a salir a la calle el sábado. Los mercados están preocupados: los costes de financiación de Francia son más elevados que los de Grecia. Y ante la escasez de opciones fiscales, la respuesta más clara del Gobierno —siguiendo la tradición francesa de siempre— ha sido el uso de gases lacrimógenos y las cargas con porras, a veces contra escolares, lo que ha agravado aún más las tensiones.
"Las consecuencias para las elecciones presidenciales podrían ser profundas. La coalición centrista construida en torno a la marca de Macron se ha derrumbado prácticamente por completo. Si las protestas y la violencia persisten, los principales beneficiarios serán los defensores de la ley y el orden de la extrema derecha. Jean-Baptiste Moreau, un influyente exdiputado del partido de Macron con el que el presidente —en gran medida en funciones— todavía habla de vez en cuando, llegó, según se informa, a sugerir este fin de semana que debería dimitir y convocar elecciones presidenciales anticipadas. “Macron sigue creyendo que puede cambiar las cosas”, declaró a Le Monde. “Pero, en este momento, Marine Le Pen va directa al Palacio del Elíseo”.
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Fuentes: El diario [Foto: La policía se enfrenta a los manifestantes en la Plaza de la República de París durante las protestas del pasado sábado. Julien Mattia / DPA]
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LA OLA DE DISTURBIOS EN FRANCIA ACORRALA
A UN MACRON CADA VEZ MÁS AISLADO.
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Por Jon Henley | 22/10/2026 | Europa
Fuentes- Revista rebelión jueves 22 de octubre del 2026.
El presidente francés ha empeorado su
imagen de arrogancia con una serie de errores estratégicos a los que se suman
las críticas desde todo el espectro político, incluido sus antiguos aliados
La policía se enfrenta a los
manifestantes en la Plaza de la República de París durante las protestas del
pasado sábado. Julien Mattia / DPA
El coro casi unánime de condenas con
el que se recibió el discurso a la nación pronunciado por Emmanuel Macron el pasado domingo, tras uno de los días más violentos de
disturbios y saqueos en la historia reciente de Francia, fue un claro reflejo de lo
debilitado que se encuentra ahora.
Desde su despacho en el Palacio del Elíseo, el presidente pronunció un discurso de ocho minutos en el que expresó su “ira y vergüenza” tras un fin de semana en el que se incendió un ayuntamiento, se saquearon más de 2.000 tiendas, se detuvo a 2.300 personas y resultaron heridos 1.000 policías.
Una protesta de un mes de duración por parte de los
alumnos de secundaria,
motivada por el deterioro y el hacinamiento de las aulas, se sumó a un descontento
más generalizado por el aumento vertiginoso del coste de la vida, la
desigualdad que se agrava rápidamente y la reducción del gasto público, lo
que unió a estudiantes, profesores, sindicalistas y un movimiento de los
‘chalecos amarillos ’resurgido.
Esas protestas, en su mayoría
pacíficas, fueron
rápidamente aprovechadas por grupos enmascarados que incendiaron vehículos,
saquearon comercios y causaron graves daños a las infraestructuras
públicas, entre ellos el incendio del ayuntamiento de Limoges y la irrupción
en el de Marsella.
Macron reconoció la “profunda inquietud” de los jóvenes, pero no ofreció iniciativas políticas concretas, ni una reorganización del Gobierno, ni nuevo gasto público, limitándose a pedir a su primer ministro que organizara consultas y a instar a los políticos de la oposición a que tomaran posición.
Críticas de todos los frentes
La respuesta, en todo el espectro
político, fue contundente. La líder de Los Verdes, Marine Tondelier, afirmó que, en lugar de
“ni siquiera empezar
a hacer ningún tipo de mea culpa”, Macron les convocaba al “despacho del primer
ministro como a unos alumnos ante la pizarra”.
En la extrema derecha, Jordan
Bardella, de Agrupación Nacional, calificó el discurso de “lamentable” y afirmó que a Macron “ya no le
queda nada que decir” a los franceses. La líder del partido, Marine
Le Pen, afirmó que el país se encuentra “atrapado en una tenaza
entre la violencia y la impotencia”.
Bruno Retailleau, de la derecha, afirmó que Macron estaba
“totalmente desbordado”, mientras que, desde la izquierda, Jean-Luc
Mélenchon acusó al presidente de recurrir a “la inacción y la brutalidad
policial” con la vana esperanza de que las protestas simplemente se
apagaran por sí solas.
Quizá lo más perjudicial sea que
incluso el antiguo primer ministro de Macron, Édouard Philippe, afirmó que habría preferido
“decisiones e
iniciativas que pudieran conducir a un retorno al orden y a la restauración de
la autoridad del Estado”. “Nuestro país necesita ser gobernado”, dijo.
Es de esperar que surjan críticas por parte de los rivales que se posicionan a seis meses de unas elecciones presidenciales para elegir al sucesor de Macron. Pero su enorme ferocidad pone de relieve su aislamiento, el desdén con el que se le trata y la ira que despierta.
La trampa de Macron.
Se trata de una trampa estructural
que, en gran medida,
él mismo se ha tendido. Macron llegó al poder en 2017 como un presidente “jupiteriano”: una estrategia deliberada
destinada a elevar al jefe de Estado por encima de la política
cotidiana, proyectando una autoridad distante y una brillantez
tecnocrática.
Pero, tras nueve años en el Elíseo, ese estilo prepotente —que, según
sus críticos, se debe en parte a la total falta de experiencia política
básica de Macron como cargo electo en un ayuntamiento o como
diputado por una circunscripción— se ha transformado en lo que se
percibe como arrogancia y actitud distante.
A ello se han sumado errores
estratégicos catastróficos
y los problemas económicos de Francia, que se agravan cada vez más. Macron
perdió una mayoría parlamentaria operativa al negarse a hacer una campaña
significativa entre las elecciones presidenciales y legislativas de 2022.
Dos años después, disolvió la Asamblea
Nacional. Esa
apuesta le salió por la culata de forma espectacular, ya que los
votantes eligieron un parlamento aún más estancado, dividido
entre una izquierda fragmentada, un bloque centrista muy mermado
y la extrema derecha de Le Pen.
Sin una mayoría operativa, el Gobierno recurrió repetidamente a controvertidas
maniobras constitucionales para imponer leyes sin votación parlamentaria,
lo que lo dejó —y a Macron— expuesto a nuevas acusaciones de
ilegitimidad democrática.
Las consecuencias para las elecciones
presidenciales podrían ser profundas.
La coalición centrista construida en torno a la marca de Macron se
ha derrumbado prácticamente por completo
A ese estancamiento institucional se suma una crisis fiscal inminente. En décadas pasadas, los presidentes franceses que se enfrentaban a protestas masivas en las calles podían, en la práctica, comprar un cierto grado de tranquilidad social con paquetes de gasto específicos o concesiones del sector público.
Pero la deuda pública francesa, que se
sitúa en el 119 % del PIB,
se encuentra en su nivel más alto desde 1946. Su déficit
presupuestario, del 5,1 %, también se encuentra entre los más elevados de
la UE. Simplemente, no hay dinero en el banco para aliviar la presión
del coste de la vida que llevó a 550 000 personas a salir a la calle el
sábado.
Los mercados están preocupados: los
costes de financiación de Francia son más elevados que los de Grecia. Y ante la escasez de opciones
fiscales, la respuesta más clara del Gobierno —siguiendo la tradición
francesa de siempre— ha sido el uso de gases lacrimógenos y las cargas
con porras, a veces contra escolares, lo que ha agravado aún más las
tensiones.
Las consecuencias para las elecciones
presidenciales podrían ser profundas. La coalición centrista construida en torno a la marca de
Macron se ha derrumbado prácticamente por completo. Si las protestas y
la violencia persisten, los principales beneficiarios serán los defensores de la ley y el orden de la
extrema derecha.
Jean-Baptiste Moreau, un influyente
exdiputado del partido de Macron con el que el presidente —en gran medida en funciones— todavía
habla de vez en cuando, llegó, según se informa, a sugerir este fin de
semana que debería dimitir y convocar elecciones presidenciales
anticipadas.
“Macron sigue
creyendo que puede cambiar las cosas”, declaró a Le Monde. “Pero, en este
momento, Marine Le Pen va directa al Palacio del Elíseo”.
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