miércoles, 3 de junio de 2026

DOCTRINA SOCIAL CATÓLICA PARA EL SIGLO XXI.

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“Frente a los Papas europeos, que difícilmente podían entender las realidades latinoamericanas, son los Papas Francisco (2013-2025) y León XIV (desde 2025), los que mejor han comprendido al “Tercer Mundo”: el primero, por ser argentino y haber hecho su vida en el país de su origen, y el segundo, que siendo norteamericano, ejerció su misión en África y como Obispo de Chiclayo en Perú (2014-2023), hasta el llamado de Francisco para que ejerciera como Prefecto Dicasterio para los Obispos y Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina. Francisco supo valorar la TL y, en sus Encíclicas Laudato (2015) y Fratelli Tutti (2020) también integró la visión ecológica, la casa común de los seres humanos, la crítica al mercado y la explotación que genera. León XIV ha impactado enormemente en el mundo con su reciente Encíclica Magnifica Humanitas (https://t.ly/Zw3Bx), cuyo eje está en los desafíos éticos, sociales y humanos de la Inteligencia Artificial. Sus propuestas son inéditas. El pontífice advierte sobre el “paradigma tecnocrático y el poder digital”, que se concentran en pocas manos. La idea puede ser asimilada al concepto paralelo que introdujo el economista griego Yanis Varoufakis (Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo, 2024) al analizar el “tecnofeudalismo” como era postcapitalista al servicio de una élite de nuevos “señores feudales” que se apropian del trabajo general de quienes usan redes y tecnologías actuales. El Papa aboga por “desarmar” la IA y la tecnología si se utilizan como instrumentos de dominación. Y demanda solidaridad y paz, con iguales críticas al afán desmedido de acumulación de riqueza y concentración del poder.

“Estas actualizaciones de la DSI obviamente han despertado las reacciones de la oligarquía tecnológica que domina el mundo y de aquellos que siguen viendo el fantasma “comunista” y la supuesta inclinación “política” de los dos últimos Papas por el “Tercer Mundo” y los pobres. De modo que en América Latina la DSI también ha pasado a formar parte de los “progresismos” perseguidos y odiados por el imperio del tecnocapital, el empresariado oligárquico regional y los gobiernos de las derechas políticas que los representan. De otro lado, el Papa León XIV también ha realizado críticas directas y públicas a la administración de Donald Trump por sus agresivas políticas injerencistas como en Irán o Venezuela, el recrudecimiento del bloqueo a Cuba (mientras el exilio cubano de Miami le exige condenar al régimen de la isla), la persecución a los migrantes y el armamentismo del país bajo una «ilusión de omnipotencia», lo cual demuestra una clara conciencia histórica del Pontífice sobre el mundo multipolar en marcha.

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Fuentes: Rebelión.

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DOCTRINA SOCIAL CATÓLICA PARA EL SIGLO XXI.

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Por Juan J. Paz-y-Miño Cepeda | 03/06/2026 | Opinión

Fuentes Rebelión miércoles 3 de junio del 2026.

Hay una trayectoria histórica muy importante de la que puede llamarse iglesia popular en América Latina, anterior incluso a la formulación de la Doctrina Social de la Iglesia Católica (DSI), que debe ser reconocida como parte de los procesos de liberación social en la región.

En la historiografía tradicional fue una constante concebir a la iglesia católica bien como eje de civilización espiritual desde la conquista y el coloniaje (versión conservadora) o bien como institución de oscurantismo y opresión (versión liberal), a lo cual se sumó la versión marxista dogmática que simplemente redujo la religión a ser el “opio del pueblo”. Pero fue el filósofo Enrique Dussel (1934-2023) el primero en cuestionar esas tradiciones ideológicas en su monumental Historia General de la Iglesia en América Latina (https://t.ly/_XFIV), que coordinó con otros autores. Cabe encontrar una dialéctica entre la “Cristiandad opresora” y la “Iglesia profética popular”, que ha permitido entender no solo el vínculo de las élites religiosas con el poder, sino la diferenciación marcada por una iglesia vinculada a la defensa de lo popular: en el siglo XVI las primeras críticas a la conquista y el coloniaje en manos de Bartolomé de las Casas, Antonio de Montesinos y el obispo Vasco de Quiroga (organizó «pueblos-hospitales» en Michoacán basados en la Utopía de Tomás Moro); las misiones de dominicos, franciscanos o jesuitas en comunidades indígenas y pueblos “fronterizos”; en los siglos XVII y XVIII las Reducciones o Misiones Jesuíticas del Paraguay, que crearon comunidades de indígenas guaraníes autónomas; el bajo clero durante las independencias, con figuras como Miguel Hidalgo y José María Morelos en México; y, con mayor actualidad, las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) desde la década de 1960, que mantuvieron la resistencia especialmente contra las dictaduras militares de la Guerra Fría.



Puede entenderse que, en América Latina, si bien no surgió una DSI, si se configuraron momentos históricos en los que se denunció el sistema de opresión y explotación, incluyendo formulaciones teóricas y también prácticas, en defensa de las poblaciones sometidas y explotadas. Tampoco puede sostenerse que la iglesia europea fuera siempre monolítica y al servicio de la opresión. Cabe recordar a los Padres de la Iglesia (siglos IV y V) como San Juan Crisóstomo, para quien «el rico es un ladrón»; los movimientos mendicantes del siglo XIII; el Humanismo Cristiano del siglo XVI con Tomás Moro; el catolicismo social francés y alemán (siglo XIX); y, finalmente, el nacimiento de la DSI.

El Papa León XIII (1878-1903), con su Encíclica Rerum Novarum (1891) fue el fundador de la DSI. Estaba en pleno avance el capitalismo europeo, de modo que el Papa defendió la dignidad de los trabajadores y la necesidad de su protección con derechos que impidan los abusos de la industrialización. Le siguió Pío XI (1922-1939) con Quadragesimo Anno (1931), quien retomó el tema obrero y, adicionalmente, condenó el fascismo, los totalitarismos y el marxismo (la Revolución Rusa triunfó en 1917). Pero el gran renovador fue Juan XXIII (1958-1963) con Mater et Magistra (1961), Pacem in Terris (1963) y la convocatoria al Concilio Vaticano II, que reformaron el culto y potenciaron la defensa de los derechos humanos y la paz mundial. Pablo VI (1963-1978) en Populorum Progressio (1967) habló de desarrollo integral contra la brecha entre países ricos y pobres. Juan Pablo II (1978-2005) escribió tres Encíclicas, exaltando la dignidad humana y el trabajo, condenando al “capitalismo salvaje”, pero, al mismo tiempo, convirtiéndose en un actor fundamental en el derrumbe de la URSS y en un radical cuestionador de la Teología de la Liberación nacida en América Latina.



En efecto, tras el Concilio Vaticano II, la Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968) consagró la Teología de la Liberación (TL). Entre sus teóricos cabe nombrar a: Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Hugo Assmann, Jon Sobrino, Juan Luis Segundo, Hélder Câmara, Manuel Larraín, Marcos McGrath. Y el eje doctrinario fue la “opción preferencial por los pobres” y la denuncia de las “estructuras de pecado” contra las que era socialmente lícito combatir. Desde sus inicios, la TL fue atacada de “comunista” incluso porque sus mentores aceptaron el marxismo como método de investigación socioeconómica; pero, sobre todo, porque la opción por los pobres fue determinante en el surgimiento de las CEB y una potente Iglesia popular en toda Latinoamérica.

Frente a los Papas europeos, que difícilmente podían entender las realidades latinoamericanas, son los Papas Francisco (2013-2025) y León XIV (desde 2025), los que mejor han comprendido al “Tercer Mundo”: el primero, por ser argentino y haber hecho su vida en el país de su origen, y el segundo, que siendo norteamericano, ejerció su misión en África y como Obispo de Chiclayo en Perú (2014-2023), hasta el llamado de Francisco para que ejerciera como Prefecto Dicasterio para los Obispos y Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina.

Francisco supo valorar la TL y, en sus Encíclicas Laudato (2015) y Fratelli Tutti (2020) también integró la visión ecológica, la casa común de los seres humanos, la crítica al mercado y la explotación que genera. León XIV ha impactado enormemente en el mundo con su reciente Encíclica Magnifica Humanitas (https://t.ly/Zw3Bx), cuyo eje está en los desafíos éticos, sociales y humanos de la Inteligencia Artificial. Sus propuestas son inéditas. El pontífice advierte sobre el “paradigma tecnocrático y el poder digital”, que se concentran en pocas manos. La idea puede ser asimilada al concepto paralelo que introdujo el economista griego Yanis Varoufakis (Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo, 2024) al analizar el “tecnofeudalismo” como era postcapitalista al servicio de una élite de nuevos “señores feudales” que se apropian del trabajo general de quienes usan redes y tecnologías actuales. El Papa aboga por “desarmar” la IA y la tecnología si se utilizan como instrumentos de dominación. Y demanda solidaridad y paz, con iguales críticas al afán desmedido de acumulación de riqueza y concentración del poder.



Estas actualizaciones de la DSI obviamente han despertado las reacciones de la oligarquía tecnológica que domina el mundo y de aquellos que siguen viendo el fantasma “comunista” y la supuesta inclinación “política” de los dos últimos Papas por el “Tercer Mundo” y los pobres. De modo que en América Latina la DSI también ha pasado a formar parte de los “progresismos” perseguidos y odiados por el imperio del tecnocapital, el empresariado oligárquico regional y los gobiernos de las derechas políticas que los representan. De otro lado, el Papa León XIV también ha realizado críticas directas y públicas a la administración de Donald Trump por sus agresivas políticas injerencistas como en Irán o Venezuela, el recrudecimiento del bloqueo a Cuba (mientras el exilio cubano de Miami le exige condenar al régimen de la isla), la persecución a los migrantes y el armamentismo del país bajo una «ilusión de omnipotencia», lo cual demuestra una clara conciencia histórica del Pontífice sobre el mundo multipolar en marcha.

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martes, 2 de junio de 2026

LA GRAN DIVISIÓN DEL SIGLO XXI: la estructura de las élites y el colapso de la interdependencia china-estadounidense.

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“El modelo económico de China, impulsado por sus élites estatales, descansa sobre altas tasas de inversión en manufactura avanzada combinadas con un consumo doméstico relativamente deprimido. Al no absorber toda la producción internamente, el excedente industrial se proyecta hacia los mercados globales en forma de exportaciones competitivas de vehículos eléctricos, baterías y paneles solares. Las élites políticas occidentales, temerosas de una segunda «ola de desindustrialización» que arrase con sus industrias autóctonas y desestabilice sus sistemas electorales, han respondido con la imposición de aranceles masivos y cuotas proteccionistas. Esta dinámica amenaza con desmantelar definitivamente el armazón institucional de la OMC, sumiendo al comercio internacional en un régimen de represalias mutuas, reminiscente del de la década de 1930. El análisis de la competencia entre China y Estados Unidos a través de la confluencia de la geopolítica, la macroeconomía y la sociología de las élites revela un panorama sombrío, pero sumamente clarificador. La globalización, lejos de ser un proceso natural irreversible, fue un proyecto político-económico contingente, diseñado y sostenido por coaliciones de élites específicas que hoy han retirado su respaldo.

El sistema de economía-mundo analizado por Wallerstein está experimentando una transición estructural donde la eficiencia económica pura ha sido desplazada por el imperativo de la supervivencia y la autonomía política. La advertencia de Richard Lachmann adquiere una relevancia profética. Las élites de las grandes potencias, concentradas en la preservación de su control interno y en la neutralización de sus rivales directos, están desgarrando los bienes públicos globales —la estabilidad financiera, la cooperación climática, la gobernanza tecnológica común y la prevención de conflictos a gran escala— que garantizan la viabilidad del propio orden internacional. No nos dirigimos hacia un colapso automático del sistema, sino hacia una era de multipolaridad armada y fragmentada, caracterizada por lo que los analistas denominan «paz armada disuasoria». En este entorno, la estabilidad global dependerá de la capacidad de las élites de poder en Washington y Pekín para establecer mecanismos mínimos de gestión de crisis. Sin embargo, en la medida en que las dinámicas políticas internas de ambas superpotencias sigan premiando el nacionalismo defensivo y penalizando el compromiso diplomático, los «pasajeros de primera clase» continuarán disputándose el timón de un orden global que amenaza con fracturarse bajo sus pies.

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LA GRAN DIVISIÓN DEL SIGLO XXI: 

la estructura de las élites y el colapso de la interdependencia china-estadounidense.

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Por Alejandro Marcó del Pont | 01/06/2026 | Economía.

Fuente. Revista rebelión lunes 1 de junio del 2026.

Fuentes: El tábano economista [Imagen: El naufragio, William Turner, 1805]

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Los pasajeros de primera clase están saqueando el barco mientras se hunde (El Tábano Economista)

El orden internacional contemporáneo atraviesa una fase de reconfiguración estructural que desafía las lecturas lineales de la transición hegemónica. No asistimos simplemente a un choque clásico entre una potencia establecida y una emergente, concebido bajo el prisma tradicional del neorrealismo. Lo que define la presente coyuntura es la desarticulación deliberada de la simbiosis económica más profunda de la historia moderna impulsada por transformaciones de fondo en la composición, los intereses y la percepción de riesgo de las élites de poder dentro de los Estados Unidos y la República Popular China.

Para comprender la velocidad y la naturaleza de este rompimiento, la ciencia política clásica resulta insuficiente. Es imperativo cruzar la geopolítica de las grandes potencias con la macroeconomía global y, fundamentalmente, con una sociología crítica de las élites. Como argumentó Richard Lachmann en su obra póstuma “Pasajeros de primera clase en un barco que se hunde (2020)”, la parálisis estratégica y el declive de las potencias imperiales a menudo no provienen de amenazas externas insolubles, sino de la incapacidad de sus élites fragmentadas para sacrificar privilegios de corto plazo en pos de la preservación del sistema en su conjunto.

Es decir, expone que el declive imperial ocurre cuando las élites se vuelven tan corporativas y autorreferenciales que priorizan defender sus privilegios e ingresos sectoriales específicos antes que invertir en la preservación del sistema que las sostiene. En el caso de EE. UU., la élite de poder estadounidense (el complejo de seguridad nacional, Wall Street y el capital tecnológico de defensa) prefiere balcanizar la economía global para mantener su primacía antes que permitir una gobernanza multipolar compartida.



En el contexto estadounidense, la «élite de poder» descrita originalmente por C. Wright Millsesa amalgama entrelazada de mandos militares, líderes políticos y magnates corporativos— ha visto fracturado su consenso de la era de la globalización. El ala financiera de Wall Street y el bloque tecnológico de Silicon Valley, que durante décadas operaron como los arquitectos de la interdependencia con Pekín, hoy se ven subordinados a un nuevo consenso bipartidista en Washington dominado por el aparato de seguridad nacional.

Si disfrutáramos de una mirada de Arrighi y Wallerstein, habría una bifurcación sistémica, es decir, la economía-mundo capitalista estaría agotando la fase de expansión financiera de la hegemonía estadounidense. Siguiendo a Arrighi (Caos y gobernabilidad en el sistema-mundo), cuando la potencia hegemónica recurre a la militarización de las finanzas (sanciones, exclusión del SWIFT), acelera la creación de estructuras alternativas por parte de las élites no occidentales, precipitando la fragmentación del mercado mundial unificado.

Por el contrario, en Pekín, el Politburó del Partido Comunista de China (PCCh) ha consolidado un modelo de primacía de la seguridad estatal sobre la maximización del crecimiento económico abstracto. Bajo la premisa de la «seguridad total», las élites estatales y las empresas públicas (SOE, por sus siglas en inglés) han disciplinado a los barones tecnológicos del sector privado, reorientando el capital nacional desde el arbitraje financiero y las plataformas de consumo digital hacia la manufactura avanzada, la soberanía de la cadena de suministro y lo que Giovanni Arrighi identificó como la transición hacia un modelo de desarrollo no desposeedor.

Este primer artículo examinará cómo la colisión entre estas dos arquitecturas de élite está fragmentando la economía internacional. A través de la lógica del de-risking (reducción de riesgos), el nacionalismo tecnológico, la militarización de las finanzas y la disputa por los cuellos de botella de la infraestructura global, las dinámicas internas de las élites están arrastrando al sistema de economía-mundoen el sentido acuñado por Immanuel Wallerstein— hacia una multipolaridad fragmentada e intrínsecamente inestable.

La arquitectura global de las últimas cuatro décadas se cimentó sobre un pacto implícito entre las élites occidentales y el funcionariado reformista de Pekín tras la apertura económica iniciada por Deng Xiaoping. Como analizó Giovanni Arrighi en Adam Smith en Pekín (2007) este proceso no supuso una mera capitulación de China ante el capitalismo neoliberal, sino una convergencia de conveniencias. Para la élite corporativa y financiera de los Estados Unidos, la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001 representó una bonanza sin precedentes. Una masiva deflación de los costes laborales, la optimización de los retornos de capital mediante la deslocalización (offshoring) y el acceso a un mercado doméstico en expansión exponencial. Wall Street actuó como el principal valedor de Pekín en Washington, asegurando que las tensiones políticas sobre Taiwán quedaran subordinadas al flujo libre de mercancías y capitales.



Por su parte, la élite del Partido Comunista de China (PCCh) utilizó este flujo masivo de inversión extranjera directa para industrializar el país, absorber transferencias tecnológicas y sacar a centenares de millones de personas de la pobreza, legitimando su monopolio del poder político a través de un desempeño económico sin parangón. Durante este periodo, las reservas de divisas chinas se reciclaron masivamente en la compra de bonos del Tesoro de los EE. UU., creando un ciclo macroeconómico cerrado: China producía, Estados Unidos consumía a crédito, mientras Pekín financiaba la deuda estadounidense.

La llegada de Xi Jinping al poder en 2012 marcó un punto de inflexión decisivo en la autopercepción de la élite china. La crisis financiera global de 2008 ya había sido interpretada en Pekín como el síntoma inequívoco del declive terminal de la hegemonía financiera occidental, una lectura alineada con las tesis de Ray Dalio sobre el ciclo de grandes deudas y el cambio de orden mundial. La élite china determinó que la dependencia del consumo estadounidense y de las tecnologías occidentales clave (como los semiconductores y el software de infraestructura) exponía al país a un estrangulamiento estratégico. En consecuencia, se lanzaron iniciativas estructurales como el Made in China 2025 y, posteriormente, la estrategia de «Doble Circulación» o Xiconomics, diseñada para blindar el mercado interno y lograr la autosuficiencia tecnológica, al tiempo que se proyectaba el poder infraestructural a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI).

El consenso de las élites que sostenía el orden globalizado se quebró. En Washington, el giro hacia la confrontación que comenzó bajo la administración Trump no fue una aberración transitoria, sino la manifestación de un cambio tectónico en la elite de poder. Como reportó un análisis exhaustivo de Foreign Affairs en 2024, el establishment demócrata y el republicano convergieron en una doctrina común, el compromiso económico con China no había transformado su sistema político hacia el liberalismo; al contrario, había financiado el surgimiento de un competidor comunista de alta tecnología capaz de disputar la hegemonía estadounidense en el Indo-Pacífico y el control de los estándares globales.



En el escenario contemporáneo (2024-2026), la competencia estratégica ya no se dirime primordialmente en el terreno del libre comercio, sino en el control de las tecnologías de uso dual (civil y militar) y la resiliencia de las cadenas de valor. La economía internacional se ha convertido en un vector de la geopolítica, un fenómeno que el Peterson Institute for International Economics (PIIE) ha catalogado como la era de la «seguridad económica omnipresente».

El campo de batalla central de esta disputa es el ecosistema de los semiconductores avanzados, la inteligencia artificial (IA) y la computación cuántica. Las restricciones a la exportación impuestas por la Oficina de Industria y Seguridad (BIS) del Departamento de Comercio de EE. UU., iniciadas de forma sistémica en octubre de 2022 y endurecidas sucesivamente de manera drástica, representan un intento explícito de estrangulamiento tecnológico. La doctrina del «patio pequeño y valla alta» (small yard, high fence), formulada por el asesor de seguridad nacional Jake Sullivan, busca asfixiar la capacidad de China para desarrollar chips de vanguardia por debajo de los 14 nanómetros, limitando su acceso a los sistemas de litografía ultravioleta extrema (EUV) producidos por la firma holandesa ASML y a las unidades de procesamiento gráfico (GPU) de empresas estadounidenses.

Un informe del Center for Strategic and International Studies (CSIS) detalla cómo esta política ha obligado a una reestructuración forzosa de las cadenas globales. La respuesta de Pekín no ha sido la capitulación, sino una movilización masiva de recursos estatales a través de los «Grandes Fondos» de circuitos integrados, forzando a las élites corporativas locales a sustituir todos los componentes extranjeros. Firmas como Huawei y Semiconductor Manufacturing International Corporation (SMIC) han logrado avances significativos en la producción de chips a base de arquitecturas alternativas y procesos de litografía madura optimizados, lo que demuestra los límites de las sanciones unilaterales frente a un Estado con una base de ingenieros de escala continental.

Paralelamente, la disputa se ha trasladado al sector de la transición energética, donde China ostenta un cuasi-monopolio de facto. Según datos de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) analizados por el Financial Times, Pekín controla más del 70% de la capacidad de refinamiento de minerales críticos como el litio, el cobalto y las tierras raras, y produce más del 80% de los módulos solares y baterías para vehículos eléctricos a nivel mundial. La élite automotriz y tecnológica europea y estadounidense se encuentra atrapada en una contradicción insoluble. Cumplir con las metas de descarbonización exige la integración de la tecnología china, pero la directriz geopolítica ordena la reducción de riesgos —de-risking—.

Esta paradoja económica genera una intensa fricción en el ámbito geofinanciero. La exclusión de Rusia del sistema SWIFT tras la invasión de Ucrania aceleró un proceso que se ha descrito como la diversificación del riesgo sistémico del dólar. La élite financiera china, en coordinación con sus homólogos del bloque BRICS+, ha expandido el uso del CIPS (Sistema de Pago Interbancario de China) y la internacionalización del yuan a través de contratos de materias primas denominados en la moneda china (el «petroyuan»).

Hoy en día, el nexo del poder se ubica en el aparato burocrático de seguridad nacional (Pentágono, agencias de inteligencia, Consejo de Seguridad Nacional) en estrecha alianza con facciones del Congreso. Esta coalición ha redefinido el interés nacional en términos de primacía militar y tecnológica. Silicon Valley, que inicialmente mantenía una postura ambivalente y globalista, se ha alineado progresivamente con Washington a medida que la computación de frontera y la IA se han convertido en prioridades de defensa. El auge de fondos de capital riesgo enfocados en «tecnología de defensa» (defense tech) y el protagonismo de figuras que conectan el desarrollo tecnológico con la seguridad estatal demuestran esta fusión.


China define su Plan de 5 años, con un Nuevo Pleno 2026 del Partido Comunista de la Republica Popular China. 

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En la República Popular China, la estructura de élite está estrictamente jerarquizada bajo el control de la dirección central del PCCh. El giro político de la última década ha consolidado el poder de los tecnócratas de la seguridad por encima de los cuadros puramente orientados al crecimiento del PIB que dominaron las eras de Jiang Zemin y Hu Jintao.

Esta mutación interna se manifestó con claridad en la campaña de regulación y disciplina de los grandes barones del sector tecnológico privado (Alibaba, Tencent, Ant Group, Didi) que comenzó en 2020. La dirección del Partido consideró que la acumulación descontrolada de capital, el control monopolístico de datos sociales por parte de entidades privadas y las veleidades financieras de sus fundadores amenazaban la estabilidad del régimen y desviaban recursos de los sectores verdaderamente estratégicos. El PCCh impuso multas billonarias, forzó reestructuraciones corporativas e integró comités del Partido directamente en la gobernanza de estas empresas.

La élite económica legítima en la China actual es aquella alineada con los objetivos del Estado. Las empresas de propiedad estatal (SOE) que controlan la infraestructura pesada, la energía y la banca, junto con una nueva generación de empresarios privados dedicados a las «tecnologías de cuello de botella» (hard tech): semiconductores, robótica industrial, biotecnología avanzada y nuevos materiales. La riqueza personal ya no garantiza la impunidad ni la influencia política; el capital debe subordinarse al imperativo histórico de la resiliencia nacional frente a lo que Pekín percibe como un cerco estratégico integral por parte de Occidente.

La colisión entre estas estructuras de élite proyecta riesgos sistémicos sobre la estabilidad geopolítica y macroeconómica global, manifestándose con especial gravedad en tres áreas críticas.

La imposición de barreras tecnológicas está creando una bifurcación de la arquitectura digital global, un fenómeno conocido como el «esplinternet». Países de América Latina, África y el Sudeste Asiático se ven sometidos a una presión diplomática y económica creciente para elegir entre la infraestructura tecnológica estadounidense (basada en el software occidental, nubes de datos hiperescalables — como la capacidad de un sistema tecnológico o arquitectura en la nube para crecer de manera masiva y ágil en respuesta a aumentos repentinos de demanda—, así como redes aliadas) o la infraestructura china (redes 5G/6G de Huawei, sistemas de vigilancia urbana, nubes estatales y cables submarinos financiados por Pekín). Esta fragmentación no solo duplica de forma ineficiente los costes de capital para las economías en desarrollo, sino que reduce la interoperabilidad global, ralentizando el ritmo de la innovación científica compartida y creando ecosistemas de información cerrados que exacerban la polarización geopolítica.

La concentración geográfica de las cadenas de suministro críticas significa que cualquier alteración en los «puntos de estrangulamiento» (chokepoints) puede desencadenar ondas de choque inflacionarias y parálisis industriales a nivel planetario, como el que ha dado lugar a la “guerra de los corredores”. El Estrecho de Taiwán, por donde transita un porcentaje altísimo de la flota de contenedores del mundo y prácticamente la totalidad de los chips de lógica avanzada producidos por Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), constituye el epicentro del riesgo geopolítico.

Un informe de la RAND Corporation advierte que incluso un bloqueo de baja intensidad o una cuarentena aduanera impuesta por Pekín sobre la isla costaría billones de dólares a la economía mundial en cuestión de semanas. Asimismo, la proyección del poder naval chino en el Mar de la China Meridional y el Estrecho de Malaca colisiona directamente con la doctrina de libertad de navegación defendida por el Comando del Indo-Pacífico de EE. UU., manteniendo la región en un estado de alerta militar permanente.

El modelo económico de China, impulsado por sus élites estatales, descansa sobre altas tasas de inversión en manufactura avanzada combinadas con un consumo doméstico relativamente deprimido. Al no absorber toda la producción internamente, el excedente industrial se proyecta hacia los mercados globales en forma de exportaciones competitivas de vehículos eléctricos, baterías y paneles solares. Las élites políticas occidentales, temerosas de una segunda «ola de desindustrialización» que arrase con sus industrias autóctonas y desestabilice sus sistemas electorales, han respondido con la imposición de aranceles masivos y cuotas proteccionistas. Esta dinámica amenaza con desmantelar definitivamente el armazón institucional de la OMC, sumiendo al comercio internacional en un régimen de represalias mutuas, reminiscente del de la década de 1930.

El análisis de la competencia entre China y Estados Unidos a través de la confluencia de la geopolítica, la macroeconomía y la sociología de las élites revela un panorama sombrío, pero sumamente clarificador. La globalización, lejos de ser un proceso natural irreversible, fue un proyecto político-económico contingente, diseñado y sostenido por coaliciones de élites específicas que hoy han retirado su respaldo.

El sistema de economía-mundo analizado por Wallerstein está experimentando una transición estructural donde la eficiencia económica pura ha sido desplazada por el imperativo de la supervivencia y la autonomía política. La advertencia de Richard Lachmann adquiere una relevancia profética. Las élites de las grandes potencias, concentradas en la preservación de su control interno y en la neutralización de sus rivales directos, están desgarrando los bienes públicos globales —la estabilidad financiera, la cooperación climática, la gobernanza tecnológica común y la prevención de conflictos a gran escala— que garantizan la viabilidad del propio orden internacional.

No nos dirigimos hacia un colapso automático del sistema, sino hacia una era de multipolaridad armada y fragmentada, caracterizada por lo que los analistas denominan «paz armada disuasoria». En este entorno, la estabilidad global dependerá de la capacidad de las élites de poder en Washington y Pekín para establecer mecanismos mínimos de gestión de crisis. Sin embargo, en la medida en que las dinámicas políticas internas de ambas superpotencias sigan premiando el nacionalismo defensivo y penalizando el compromiso diplomático, los «pasajeros de primera clase» continuarán disputándose el timón de un orden global que amenaza con fracturarse bajo sus pies.

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lunes, 1 de junio de 2026

POLITOLOGO LEVISTKY. LEVISTKY: “SI HUBIERA UN ESFUERZO AUTORITARIO DE PARTE DEL GOBIERNO DE KEIKO, LA OPOSICIÓN SERÍA DÉBIL".

 

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Alejandro Céspedes García: Un peruano quiere ver cómo es posible seguir apostando por el sueño de una democracia, sobre todo los jóvenes que escuchan hablar de diez años de crisis y siguen buscando esa esperanza de democracia la cual ven cada vez más lejana. ¿Cuáles serían esas evaluaciones o criterios de evaluación ciudadana y democrática que les recomendaría al momento de emitir su voto?

“Steven Levitsky: Mira, la pregunta que haces es súper difícil. Es cierto que los peruanos que han crecido en el siglo XXI, y sobre todo los que han entrado al mundo político en las últimas dos décadas, no conocen una democracia que funcione. No tienen ninguna razón, basándose en su experiencia vivida, para confiar en esta democracia. Los gobiernos muchas veces no cumplen con sus promesas, los congresistas no cumplen con sus promesas. No tienen razón alguna para confiar en la democracia. Es casi una cuestión de fe. Para muchos, por lo general, quienes siguen apostando por la democracia son los que han vivido la pérdida de la democracia. Porque perder la democracia te muestra la importancia de poder organizarse libremente, salir a protestar, salir a criticar al gobierno sin temor, publicar lo que uno quiera, oponerse al gobierno, votar y cambiar al gobierno si no te gusta. Esos derechos básicos de un ciudadano en una sociedad libre a veces solo se valoran cuando los pierdes. Es un poco como el oxígeno, como dijo Fernando Henrique Cardoso, el expresidente de Brasil. Solamente te das cuenta de su importancia cuando lo pierdes. Entonces, hablando con quienes han vivido bajo Velasco o con quienes han vivido bajo el régimen de Fujimori, uno puede entender un poco lo que significa perder la democracia, perder los derechos básicos.

“Porque los peruanos, aunque la democracia no funcione bien, siguen gozando de esos derechos: salir a protestar, organizarse, expresarse y cambiar a sus gobiernos cada cinco años. Y entiendo que un joven de 20 o 25 años, que solo ha vivido la democracia peruana del siglo XXI, quizá no me crea. Pero la alternativa es casi siempre peor, aunque a veces parece mejor. Durante los primeros tres o cuatro años del gobierno de Fujimori, los peruanos pensaban —y parecía— que el autoritarismo de Fujimori funcionaba mejor. Pero en el año 2000 se dieron cuenta de que había sido uno de los gobiernos más corruptos de la historia de Sudamérica. La alternativa a la democracia es casi siempre peor. Entonces, la democracia, en cierto sentido, es una especie de mal menor. Puede no funcionar bien, pero funciona mejor que las alternativas.

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POLITOLOGO LEVISTKY.

LEVISTKY: “SI HUBIERA UN ESFUERZO AUTORITARIO DE PARTE DEL GOBIERNO DE KEIKO, LA OPOSICIÓN

SERÍA DÉBIL".

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A pocos días de la segunda vuelta electoral, Steven Levitsky, profesor de la Universidad de Harvard y coautor de Cómo mueren las democracias, conversó con La República sobre la crisis política peruana, el debilitamiento de las instituciones, los riesgos para la democracia y los escenarios que podrían abrirse tras la elección..

Aunque el politólogo advierte que el país atraviesa uno de sus momentos más delicados, sostiene que aún es posible reconstruir una democracia más sólida.

Por Alejandro Céspedes García. Periodista. Entrevista.

Fuente. La República domingo 31 de mayo del 2026.

Alejandro Céspedes García: En Cómo mueren las democracias, un libro que ha servido para entender la caída de las democracias en el mundo, usted y el profesor Ziblatt argumentaron que las democracias no mueren de golpe, sino lentamente, desde adentro. ¿En qué etapa de ese proceso piensa que está el Perú?

Steven Levitsky: Bueno, el Perú es un poco diferente. El Perú sufrió el tipo de muerte de la democracia que describimos en el libro en los años 90 con Fujimori. Fujimori fue un presidente elegido libremente en 1990, pero hizo el famoso autogolpe e instauró un régimen autoritario que duró casi una década.

En los últimos 26 años, el Perú ha sido una democracia inestable, débil, con muchos problemas, con mucho descontento, pero no ha caído, no ha colapsado de la manera que describimos en el libro, sobre todo porque nadie ha tenido la fortaleza. Todos los presidentes elegidos a partir del año 2000, casi una generación, han sido débiles. Nadie ha tenido mayoría en el Congreso; ninguno, desde Toledo hasta Dina Boluarte o Balcázar, tenía apoyo popular superior al 50 %, ninguno tenía un partido político fuerte, ninguno tenía capacidad de movilización y, como dije, ninguno tenía mayoría en el Congreso.

Entonces, todos los presidentes han sido débiles. Por eso terminan cayendo ellos, en vez de cerrar el Congreso, en vez de establecer un régimen autoritario. O llegaron al final de su mandato, como Toledo, García y Humala, o cayeron. Entonces, es una democracia sostenida por la debilidad generalizada, la debilidad de todos. No es una democracia que funcione muy bien, no es una democracia muy sana, no es una democracia en la cual los gobiernos puedan gobernar bien, pero la debilidad de todos los presidentes hasta ahora ha asegurado la supervivencia, por lo menos, de la democracia.

Alejandro Céspedes García: En una publicación en redes reciente, usted también ha dicho que el Perú ha sobrevivido democráticamente no por la fortaleza de sus instituciones, sino porque, en general, nadie pudo consolidar el poder. Hay una suerte de equilibrio del caos que parece mantener en vilo la supervivencia del Perú en general. Ya pasamos por tantos presidentes que cuesta seguir sus nombres. ¿Cree que este equilibrio del caos sigue siendo posible después de esta elección o ahora sí se podrá romper?

Steven Levitsky: Perfectamente podría romperse. Obviamente es imposible predecirlo, pero parece cada vez más obvio que este equilibrio no da para siempre, no es muy sostenible. Como han descrito varios politólogos y analistas peruanos, el régimen va debilitándose cada vez más con cada elección, con cada presidencia; la institucionalidad va debilitándose, las instituciones están siendo corrompidas poco a poco por varios actores informales e ilegales. El Congreso se ha convertido cada vez más en un centro de criminalidad y el rendimiento de los gobiernos ha bajado. El nivel de descontento y desconfianza popular, que siempre fue alto y ya era alto hace 20 años, ahora está por las nubes. Entonces, en algún momento, me parece que esto no va a poder seguir.



Lo que también me preocupa es que esta democracia ha sobrevivido mientras todos los presidentes sean débiles.

A mí me preocupa mucho el hecho de que Keiko Fujimori podría ser una presidenta no tan débil, porque, aunque no tendría mayoría en el Congreso, tiene una presencia importante en él, con una capacidad probada de construir una mayoría a través de alianzas criminales o semis criminales. Tiene amigos en las Fuerzas Armadas, en los medios, en el sector privado y, a diferencia de otros años, tendría un gobierno amigo en Washington, en Estados Unidos. Entonces, si hubiera un esfuerzo autoritario de parte del gobierno de Keiko Fujimori, creo que la oposición sería débil.

Habría oposición en la sociedad, pero los actores que concentran el poder y los recursos en el Perú no estarían movilizándose en contra. Y el gobierno de Estados Unidos tampoco. Estamos hablando de un fenómeno que parece haber cambiado.

Alejandro Céspedes García: En uno de sus textos sobre autoritarismo competitivo, trataba al fujimorismo como un caso de estudio, y desde entonces han pasado 25 años. El fujimorismo de Keiko este año, en 2026, ¿es el mismo fenómeno?

Steven Levitsky: Es bastante diferente. El nombre y el apellido son los mismos. Me parece que el fujimorismo actual sigue siendo autoritario, pero el fenómeno de Alberto en los 90 y el fenómeno de Keiko en los años 2020 son totalmente diferentes. Alberto surge y puede consolidar el poder debido a la tremenda crisis económica y de seguridad, con Sendero Luminoso, que existía en el país cuando fue elegido. Y tuvo una coalición.

Gracias a la reforma económica, eso le dio cierto espacio internacional y le permitió construir una coalición que incluía a los militares y al sector privado. Y, sobre todo, Fujimori fue un presidente muy popular durante seis o siete años, con una amplia mayoría en la opinión pública. Eso le permitió gobernar de una manera que no va a ser posible para Keiko Fujimori.

Si gana, el primer día de su presidencia va a tener menos del 50 % de apoyo. Alberto Fujimori, cuando cierra el Congreso, estaba cerca del 90 % de aprobación, por encima del 80 %. Keiko Fujimori no va a estar ni a la mitad del apoyo popular que tuvo su padre.

Entonces, eso la va a debilitar. Pero también creo que, si quiere consolidar el poder, si quiere ejercer poder, va a tener que hacerlo desde el principio. Obviamente, Alberto fue autoritario, pero no va a ser tan fácil. El camino va a ser distinto porque no va a tener el apoyo que tuvo su padre.



Alejandro Céspedes García: Usted ha mencionado que el fujimorismo tiene aliados en Washington. ¿A qué se refiere?

Si Keiko hubiera ganado en 2021, el gobierno habría sido el de Biden. O si hubiera ganado en 2011 contra Humala, el gobierno habría sido el de Obama. A diferencia de eso, al gobierno de Trump no le importa la democracia en América Latina. Le importan los aliados ideológicos y los amigos; quienes cumplen con los deseos del gobierno norteamericano y quienes tratan bien personalmente a Trump.

Entonces, un gobierno de izquierda, si Sánchez logra ganar la presidencia, creo que va a enfrentar a un gobierno no muy amable en Estados Unidos. Pero Keiko, aunque rompa las reglas del juego democrático —y no es 100 % seguro que lo vaya a hacer—, si lo hace desde la presidencia, no va a ser castigada por Washington. Va a ser totalmente tolerada, incluso apoyada, por Washington.

Alejandro Céspedes García: Vamos al otro lado, porque usted en sus redes sociales ha pedido votar por Sánchez, pero lo llama un desastre.

Steven Levitsky: Bueno, no pedí votar por nadie. Ese no es mi rol, no soy peruano.

Alejandro Céspedes García: Buena aclaración. En su publicación entiende que el riesgo menor, en todo caso, sería Sánchez, aunque lo llama un desastre. ¿Cómo llega un académico tan riguroso a recomendar un voto que él mismo califica de malo?

Steven Levitsky: Mira, lamentablemente los peruanos han elegido entre males menores ya por mucho tiempo, y los males menores se ponen cada vez peor.

O sea, el voto entre un malo y Keiko parecía un voto entre dos malos, pero, 15 años después, la selección es peor. Podemos hablar del porqué, pero tiene que ver con el colapso de los partidos políticos, la extrema fragmentación del sistema político. Cuando tienes 18, 25 o 30 candidatos, los que llegan al balotaje, los que salen primero y segundo, suelen ser los de los polos, suelen ser extremistas que generan un apoyo intenso del 15 % o 18 % del electorado y, muchas veces, el rechazo del 60 % o 70 %.

Entonces, los primeros dos —y eso ocurrió con PPK y Keiko, ocurrió fuertemente con Castillo y Keiko, y ocurre esta vez— son dos candidatos altamente impopulares, rechazados por la gran mayoría de los peruanos. Los peruanos tienen que escoger entre dos candidatos que no quieren, que odian en muchos casos, y eso es muy lamentable. Ni Sánchez ni Keiko son candidatos que caigan bien, no son candidatos talentosos, no son candidatos que hayan convencido o ganado la confianza de gran parte del electorado.

Entonces, los mismos peruanos han dicho, en las encuestas y con su voto, que Sánchez y Fujimori son malos. La gran mayoría votó en contra de ambos. Es terrible que los dos candidatos en el balotaje tengan un nivel de desaprobación mucho más alto que su nivel de aprobación.

Entonces, hay muy pocos que cuestionan que los peruanos tienen que escoger entre dos opciones malas, si no desastrosas.



Alejandro Céspedes García: Sale últimamente una tercera opción, que es el voto viciado, el voto nulo.

Steven Levitsky: En el régimen actual, o en la situación actual, es entendible que algunos lo expresen a través del voto nulo, pero normalmente, en democracia, uno puede identificar un mal menor.

Entre dos candidatos, aunque sean horribles, muchas veces uno puede identificar a uno que es más horrible que el otro. Y si uno encuentra que uno es más horrible que el otro, el voto nulo no ayuda. La única manera de derrotar al mal mayor es votando por el otro candidato.

Entonces, yo no soy muy fanático del voto nulo. Creo que es mejor hacer un voto útil.

Alejandro Céspedes García: En sus diagnósticos a lo largo de los años, siempre se habla de los últimos diez años como el comienzo del declive en el Perú, y usted ha sido cada vez más pesimista. En 2016 hablaba de riesgos para la democracia; en 2021 hablaba de crisis. Cinco años después, ¿Cómo lo llamaría?

Steven Levitsky: Es lamentable. Yo quiero mucho al Perú y siempre mantengo, o quiero mantener, cierto optimismo, cierta esperanza de que la cosa va a mejorar. Creo que es posible. Yo conozco el Perú desde 1995. He visitado el Perú casi todos los años, a veces dos veces al año, durante 30 años. Y la diferencia entre el Perú de 1995 y el Perú de hoy es enorme. O sea, es un país mucho más rico, con una clase media más grande, con recursos humanos mucho mayor que hace 30 años. Hace 30 años todavía estaba Sendero Luminoso. Es otro país. Entonces, el Perú tiene la capacidad de construir una democracia mejor. Y mantengo la esperanza de que lo va a hacer.

Pero el Perú, en los últimos cinco años, sobre todo, ha pasado de una crisis a algo que realmente ya no es una plena democracia. O sea, presidentes que jamás fueron elegidos por voto popular, un Congreso que no responde para nada a la opinión pública, la represión que ocurrió después de la caída de Castillo, sin investigación seria, sin rendición de cuentas: 50 muertos y nada. Eso no ocurre en una democracia.

Entonces, el Perú está en una situación política muy mala. Pero, repito, tengo la esperanza de que se puede construir. Tampoco va a ser Suiza en cinco años, pero podría reconstruir una democracia que funcione más o menos bien.

Y por eso creo que hay que seguir. A pesar de las terribles opciones, creo que hay que seguir luchando para mantener cierta libertad, mantener la competencia electoral, mantener un sistema electoral mínimamente democrático, mantener un sistema pluralista donde la gente tenga el derecho de organizarse, de protestar, de expresarse y de competir en elecciones más o menos libres.

Puede ser que tengamos que esperar cinco años más para empezar a construir algo un poco mejor, pero hay que mantener una sociedad o un sistema mínimamente libre para tener esa oportunidad de reconstrucción.

Alejandro Céspedes García: Un peruano quiere ver cómo es posible seguir apostando por el sueño de una democracia, sobre todo los jóvenes que escuchan hablar de diez años de crisis y siguen buscando esa esperanza de democracia la cual ven cada vez más lejana. ¿Cuáles serían esas evaluaciones o criterios de evaluación ciudadana y democrática que les recomendaría al momento de emitir su voto?

Steven Levitsky: Mira, la pregunta que haces es súper difícil. Es cierto que los peruanos que han crecido en el siglo XXI, y sobre todo los que han entrado al mundo político en las últimas dos décadas, no conocen una democracia que funcione. No tienen ninguna razón, basándose en su experiencia vivida, para confiar en esta democracia.

Los gobiernos muchas veces no cumplen con sus promesas, los congresistas no cumplen con sus promesas. No tienen razón alguna para confiar en la democracia. Es casi una cuestión de fe. Para muchos, por lo general, quienes siguen apostando por la democracia son los que han vivido la pérdida de la democracia.

Porque perder la democracia te muestra la importancia de poder organizarse libremente, salir a protestar, salir a criticar al gobierno sin temor, publicar lo que uno quiera, oponerse al gobierno, votar y cambiar al gobierno si no te gusta. Esos derechos básicos de un ciudadano en una sociedad libre a veces solo se valoran cuando los pierdes.

Es un poco como el oxígeno, como dijo Fernando Henrique Cardoso, el expresidente de Brasil. Solamente te das cuenta de su importancia cuando lo pierdes. Entonces, hablando con quienes han vivido bajo Velasco o con quienes han vivido bajo el régimen de Fujimori, uno puede entender un poco lo que significa perder la democracia, perder los derechos básicos.

Porque los peruanos, aunque la democracia no funcione bien, siguen gozando de esos derechos: salir a protestar, organizarse, expresarse y cambiar a sus gobiernos cada cinco años.

Y entiendo que un joven de 20 o 25 años, que solo ha vivido la democracia peruana del siglo XXI, quizá no me crea. Pero la alternativa es casi siempre peor, aunque a veces parece mejor. Durante los primeros tres o cuatro años del gobierno de Fujimori, los peruanos pensaban —y parecía— que el autoritarismo de Fujimori funcionaba mejor. Pero en el año 2000 se dieron cuenta de que había sido uno de los gobiernos más corruptos de la historia de Sudamérica.

La alternativa a la democracia es casi siempre peor. Entonces, la democracia, en cierto sentido, es una especie de mal menor. Puede no funcionar bien, pero funciona mejor que las alternativas.

Alejandro Céspedes García: Los peruanos tienen más miedo de que salga Julio Velarde de la presidencia del Banco Central de Reserva que de cualquier presidente que puedan elegir en el Perú.

Steven Levitsky: (Risas). Sí, es cierto. Un fenómeno extraño del Perú de las últimas dos décadas ha sido que, aunque la democracia ha funcionado mal, la economía, por lo general, ha funcionado bien.

No creo que eso sea para siempre. Con o sin Velarde, sin una democracia y un Estado de Derecho que funcionen, una economía sana va a ser muy difícil de sostener.

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