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“Estados Unidos también enfrenta una
decisión. Puede
seguir tratando al Golfo como una extensión de su arquitectura de
seguridad, asumiendo que las monarquías absorberán los costos de una
estrategia regional diseñada en Washington. O puede aceptar que el CCG
está entrando en una etapa más autónoma, más transaccional y menos
disciplinada por la lógica occidental. Esa autonomía incluirá
conversaciones con China, incluso en corredores estratégicos. Incluirá
una mayor cautela en la exportación de capital. Incluirá exigencias de
seguridad más concretas a cambio de cooperación. Y probablemente también
incluya una revisión crítica del viejo intercambio tácito: protección
estadounidense a cambio de energía estable, inversiones y alineamiento
geopolítico. El futuro del Golfo no se decidirá únicamente en los campos
de batalla ni en la mesa de negociación entre Washington y
Teherán. También se decidirá en los centros de datos que buscan
financiamiento, en los puertos que conectan Asia y Europa, en los
oleoductos que esquivan Ormuz, en las reuniones discretas de los fondos
soberanos y en la capacidad —todavía pendiente— de seis Estados ricos de
convertirse en una verdadera comunidad estratégica. Ahí se juega la
reconfiguración de Medio Oriente. Y también una parte no menor del poder
estadounidense en el siglo XXI.
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Fuentes: El tábano economista.
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EL GOLFO DESPUÉS DE ORMUZ.
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Por Alejandro Marcó del
Pont | 15/05/2026 | Economía.
Fuente. Revista rebelión viernes 15 de mayo del 2026.
La guerra no crea desde cero la
reorientación del capital del Golfo, la acelera (El Tábano Economista)
La guerra de EE. UU./ Israel con Irán no solo alteró el equilibrio militar
de Medio Oriente. También abrió una crisis más profunda, la del modelo
de poder sobre el que los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) construyeron
su ascenso durante las últimas décadas. Arabia Saudita, Emiratos Árabes
Unidos, Catar, Kuwait, Bahréin y Omán habían logrado combinar tres activos
decisivos: seguridad provista en gran medida por EE. UU., centralidad
logística en los flujos de energía (exportaciones y corredores para
distribuirlas) y una extraordinaria capacidad de inversión global a través de
sus fondos soberanos. Esta guerra ha puesto en jaque las tres cosas al mismo
tiempo.
El debate público suele concentrarse en lo más visible: misiles,
drones, refinerías golpeadas, el cierre del Estrecho de Ormuz y la escalada
entre Washington y Teherán. Pero el verdadero cambio geopolítico es más
estructural. La reconfiguración del CCG depende hoy de su capacidad para
resolver tres vulnerabilidades simultáneas: la ausencia de una
defensa regional realmente integrada; la construcción de corredores
alternativos a los grandes cuellos de botella marítimos, con la incógnita
estratégica de si China será incluida en su diseño y la preservación de su
potencia financiera externa, en particular los flujos de sus fondos soberanos
hacia Estados Unidos, en un contexto de guerra, caída de ingresos y
necesidad de reorientar capital hacia prioridades domésticas.
La guerra acelera esa discusión porque golpea a la vez la
seguridad, la energía, el turismo, la logística y la capacidad del Golfo
para seguir exportando capital. Rebecca Patterson lo formuló con
agudeza en un artículo reciente para el Council on Foreign Relations:
“existe un riesgo
mucho menos atendido para Estados Unidos que el precio del petróleo o la
interrupción de materias primas críticas. Ese riesgo es la
reducción del suministro de dólares procedentes del Golfo, especialmente
hacia empresas tecnológicas estadounidenses necesitadas de financiamiento,
proyectos de inteligencia artificial y sus intermediarios financieros”. No
es un detalle marginal. Es uno de los nervios menos discutidos del nuevo
equilibrio regional.
El primer problema del Consejo de
Cooperación del Golfo (CCG)
es militar, aunque en realidad sea político. Los seis países del Golfo
llevan años hablando de coordinación defensiva, de interoperabilidad, de
sistemas de alerta temprana y de una arquitectura común frente a misiles y
drones. Existen acuerdos, ejercicios conjuntos, grupos de trabajo y hasta una
retórica recurrente de “seguridad indivisible”. Sin embargo, la guerra
demostró que esa integración era más formal que efectiva.
La principal barrera no es
tecnológica. Es política. Los Estados del Golfo no comparten una misma lectura
estratégica del mundo. Emiratos y Bahréin profundizaron vínculos con Israel;
Catar conserva una asociación estrecha con Turquía; Omán protege su
rol de mediador y mantiene canales con Irán; Arabia Saudita alterna
entre la contención, la negociación y la búsqueda de autonomía. Son países
aliados en el papel, pero no idénticos en sus prioridades, ni en sus amenazas
percibidas, ni en sus márgenes de maniobra.
Durante años, Washington ayudó a administrar esa fragmentación sin resolverla. Vendió sistemas antimisiles, radares, aviones y baterías de defensa a sus socios del Golfo. Impulsó ejercicios conjuntos. Promovió la interoperabilidad entre las fuerzas locales y el dispositivo militar estadounidense. En mayo de 2024, luego del ataque iraní contra Israel, un funcionario del Pentágono presentó ese episodio como una prueba del valor de la defensa aérea y antimisiles integrada, y sostuvo que había dado nueva urgencia a la cooperación regional.
El problema es que interoperabilidad
con Estados Unidos no equivale a integración defensiva entre los países del CCG.
Washington construyó
una arquitectura de vínculos bilaterales —cada monarquía conectada a la
potencia protectora— más que una verdadera defensa colectiva intra-Golfo.
Ese modelo fue rentable para la industria militar estadounidense y funcional
para preservar la centralidad de Washington como proveedor
indispensable. Pero dejó pendiente lo esencial: que los propios países del CCG
puedan compartir información, asignar recursos, coordinar respuestas y
protegerse como bloque, no solo como clientes de un paraguas externo.
La guerra con Irán exhibió el costo de
esa diferencia. Los
ataques no distinguieron demasiado entre los grados de alineamiento de cada
capital. Los puertos, las instalaciones energéticas, los aeropuertos y
las infraestructuras críticas del Golfo se convirtieron en parte del
teatro de operaciones. Reuters recogió la inquietud de
fuentes regionales que expresaban una paradoja brutal: Estados
Unidos encendió la guerra, pero los países árabes del Golfo son quienes
absorben una parte sustantiva del daño económico y estratégico.
La pregunta, entonces, ya no es si el
CCG necesita más
defensa. Eso es evidente. La pregunta es qué tipo de defensa quiere
construir. Si la respuesta es comprar más sistemas nacionales, el resultado
será una versión más cara de la vulnerabilidad actual. Si la respuesta es una verdadera
arquitectura regional —alerta temprana compartida, defensa aérea
coordinada, mando conjunto y producción local de ciertos insumos críticos—,
entonces el CCG podría transformar la crisis en una oportunidad de
autonomía estratégica.
Pero esa alternativa exige algo que hasta ahora no ha
ocurrido: que las monarquías del Golfo acepten que la soberanía no se
preserva aislándose, sino integrando capacidades. Ese es el primer dilema de la
reconfiguración regional.
El segundo eje es logístico y
geoeconómico. El cierre
del Estrecho de Ormuz no fue simplemente una disrupción del comercio
energético. Fue la demostración de que el principal cuello de botella
del Golfo puede ser convertido en instrumento de coerción estratégica.
Antes de la guerra, Ormuz era una amenaza permanente pero
muchas veces tratada como improbable en sus consecuencias extremas. Incluso
cuando se admitía el riesgo, buena parte del análisis económico occidental lo
colocaba en la categoría de escenario de tensión parcial, no de interrupción
masiva y sostenida. La dimensión del golpe explica por qué Ormuz
dejó de ser un simple paso marítimo. En 2025, cerca de 15 millones de
barriles diarios de crudo atravesaron el estrecho, aproximadamente un
tercio del comercio mundial de petróleo. Además, una porción decisiva
del GNL global depende de esa ruta, en particular el gas de Catar.
La crisis mostró que existen vías de
alivio, pero no soluciones completas. Arabia Saudita pudo aumentar los despachos por el
oleoducto este-oeste hacia Yanbu, en el Mar Rojo. Emiratos utilizó la ruta
Habshan-Fujairah para sacar parte de su crudo evitando el estrecho. Estas
infraestructuras permitieron mitigar la pérdida de exportaciones y elevar el
tráfico de buques tanque en puertos sauditas del Mar Rojo de manera
marginal.
Pero conviene no exagerar su alcance. Los bypass energéticos no
cubren a todos por igual. Kuwait, Catar e Irak tienen restricciones
mucho mayores. Las alternativas sirven sobre todo para petróleo, no
necesariamente para gas natural licuado. Y ninguna tubería resuelve por sí sola
la vulnerabilidad de importaciones esenciales, cadenas alimentarias, bienes
industriales, fertilizantes o flujos comerciales generales. Por eso el corredor
deja de ser “infraestructura” y pasa a ser estrategia
nacional y regional.
La nueva pregunta del Golfo es cómo
construir rutas que
permitan sobrevivir a un Ormuz intermitente, condicionado o
políticamente disputado. Esa discusión incluye oleoductos, puertos,
ferrocarriles, depósitos estratégicos, redes digitales, cables submarinos y
plataformas logísticas. El CCG ya había aprobado avances en la conexión
ferroviaria regional, pero la guerra le da un significado distinto, ya no se
trata únicamente de diversificar comercio, sino de reducir
vulnerabilidades existenciales.
Sin embargo, el verdadero debate no es
técnico. Es político: ¿puede el CCG diseñar corredores alternativos sin
China? La respuesta
realista es que probablemente no quiera hacerlo. China no es un actor
externo menor para el Golfo. Es comprador clave de energía, socio
comercial fundamental y proveedor de financiamiento e infraestructura. En
mayo de 2025, la declaración conjunta ASEAN–China–CCG incluyó de
manera explícita la promoción de cooperación de alta calidad bajo la Ruta
de la Seda y el desarrollo de corredores logísticos y plataformas
digitales.
Ese dato altera todo el cuadro. Si el
corredor del Medio Oriente-India-Europa (IMEC) fue pensado en Washington/Israel
como parte de una geoeconomía que contuviera el avance de la Ruta de la Seda
china, los países del Golfo parecen menos interesados en elegir
entre una arquitectura u otra que en superponerlas. Quieren
corredores occidentales, sí, pero también desean conservar acceso a capital,
demanda e infraestructura china. Esa ambivalencia enfurece a Estados
Unidos porque reduce el valor estratégico de sus proyectos de conectividad:
un corredor que debía anclar al Golfo a Occidente puede convertirse, en
manos del CCG, en una plataforma de multipolaridad.
Si China participa de manera decisiva
en el diseño de los corredores del Golfo, Estados Unidos pierde exclusividad. Si queda afuera,
el CCG reduce su margen de maniobra frente a su principal socio
comercial asiático. Ninguna de las dos opciones es neutra. La guerra con Irán
vuelve más urgente esa decisión porque demuestra que la infraestructura es,
en realidad, política condensada. Ormuz no era simplemente un
estrecho. Era una promesa de continuidad. Esa promesa se rompió.
El tercer eje es el más subestimado y, quizá, el más importante para Estados
Unidos. Durante décadas se habló del “reciclaje de petrodólares”.
Los países exportadores de energía acumulaban excedentes y una parte
sustantiva regresaba a los mercados occidentales en forma de depósitos,
bonos, acciones e inversiones de cartera. Esa lógica no desapareció, pero
cambió radicalmente de escala y sofisticación.
Los fondos soberanos del Golfo se transformaron en instrumentos
de política industrial, diplomacia económica y poder estratégico. Según
estimaciones citadas por CFR, la región administra entre 4 y 7
billones de dólares en activos soberanos. EE. UU. captó 132.000 millones
de dólares en 2025, el 48% del total, impulsado en gran medida por
inversiones en infraestructura digital, centros de datos y empresas de
inteligencia artificial. Este dato es central: el capital del Golfo ya
no es solo un colchón financiero para las monarquías. Es parte del
metabolismo del capitalismo estadounidense, especialmente de sus sectores más
ambiciosos y costosos.
Si la guerra persiste, los países del
CCG necesitarán más
recursos para defensa, reparación de infraestructura, estabilización fiscal
y sostenimiento interno. Eso puede reducir o postergar la colocación de
capital en el exterior. Reuters informó en marzo
que tres Estados del Golfo comenzaron a revisar cómo desplegar sus
fondos soberanos, incluyendo posibles reversiones de compromisos,
desinversiones y revaluación de patrocinios globales.
No estamos ante un viraje improvisado. La retracción internacional ya había
comenzado antes de la guerra. En abril de 2026, el gobernador del
Public Investment Fund saudí afirmó que el fondo buscará destinar el 80%
de sus inversiones a la economía local y reducir la proporción
internacional al 20%, desde picos cercanos al 30%. El giro responde
tanto a la presión de los déficits y la menor renta petrolera como a la
urgencia renovada que impone la guerra. Dicho de otra manera: la
guerra no crea desde cero la reorientación del capital del Golfo, la acelera.
Por eso la relación Washington–CCG atraviesa una contradicción profunda.
Estados Unidos quiere que los países del Golfo sigan siendo
socios estratégicos, compren armamento estadounidense, financien
sectores prioritarios de su economía y respalden corredores favorables a Occidente.
Pero la misma guerra que Washington ayudó a desencadenar erosiona la
capacidad del Golfo para cumplir todos esos roles a la vez. Si el
conflicto se prolonga, el CCG tendrá que priorizar. Y es razonable
suponer que priorizará su estabilidad doméstica antes que la comodidad
financiera de Silicon Valley.
La gran enseñanza de esta guerra es que el Golfo ya no puede
ser entendido como una región pasiva, rica y dependiente, cuya función
es exportar energía, comprar armas y reciclar excedentes. Está
emergiendo como un actor que debe administrar simultáneamente seguridad,
conectividad y capital.
Si el CCG consigue construir una defensa regional efectiva,
reducirá su dependencia del paraguas estadounidense. Si logra
desarrollar corredores alternativos con suficiente autonomía, limitará el poder
de coerción de Ormuz y ganará margen frente a Irán. Si preserva
sus fondos soberanos sin quedar atrapado entre la guerra y las urgencias
domésticas, mantendrá su influencia global. Pero si fracasa en alguno de
esos frentes, su posición se debilitará.
Estados Unidos también enfrenta una decisión. Puede
seguir tratando al Golfo como una extensión de su arquitectura de
seguridad, asumiendo que las monarquías absorberán los costos de una
estrategia regional diseñada en Washington. O puede aceptar que el CCG
está entrando en una etapa más autónoma, más transaccional y menos
disciplinada por la lógica occidental.
Esa autonomía incluirá conversaciones
con China, incluso en
corredores estratégicos. Incluirá una mayor cautela en la exportación de
capital. Incluirá exigencias de seguridad más concretas a cambio de
cooperación. Y probablemente también incluya una revisión crítica del viejo
intercambio tácito: protección estadounidense a cambio de energía
estable, inversiones y alineamiento geopolítico.
El futuro del Golfo no se decidirá únicamente en los campos de batalla
ni en la mesa de negociación entre Washington y Teherán. También
se decidirá en los centros de datos que buscan financiamiento, en los puertos
que conectan Asia y Europa, en los oleoductos que esquivan Ormuz,
en las reuniones discretas de los fondos soberanos y en la capacidad
—todavía pendiente— de seis Estados ricos de convertirse en una verdadera
comunidad estratégica.
Ahí se juega la reconfiguración de
Medio Oriente. Y también una parte no menor del poder estadounidense en el
siglo XXI.
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