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“Trump, sin embargo, no tiene ningún
reparo en matar sin
remordimientos e incluso, hace poco, pareció que proponía aniquilar con una bomba
nuclear Los Ángeles y San Diego, aunque cada vez es más difícil adivinar el
significado de sus divagaciones incoherentes (pero en el pasado
amenazó a ambas ciudades, desplegó tropas en Los Ángeles y amenazó
con hacerlo en San Diego). Ni siquiera los ejércitos de Lincoln –que
recurrieron a una “guerra total” para terminar con una guerra civil
prolongada, brutal y costosa– aniquilaron el Sur ni diezmaron a su población.
Y, al término de esta, Lincoln trató de “curar las heridas de la
nación” con unas palabras que a Trump le harían atragantarse: “Sin malicia
hacia nadie; con caridad para todos”. “Lincoln no creía que Estados
Unidos pudiera ser vencido por una potencia extranjera pero sí preveía
la posibilidad de que el país sellara su propia suerte: “Si la
destrucción es nuestro destino, debemos ser nosotros los artífices y
ejecutores”, afirmó en aquel discurso de 1838.
“Como nación de hombres libres,
debemos perdurar para siempre o morir por suicidio”. La reelección de un
criminal cobarde que intentó socavar lo que queda de democracia en Estados
Unidos parece, sin duda, algo más que un simple grito de auxilio.“Me da la
impresión de que nuestro proceso de degeneración está siendo muy rápido”,
escribió Lincoln a su amigo Joshua Speed en 1855. Unos 171 años más tarde bien
podría haber llegado a su fin.
El sufrimiento infligido por Donald Trump ha sido inmenso. Y su propensión
al fracaso podría ser ahora su rasgo más característico. Es posible que, en
última instancia, se le recuerde por haber convertido una “incursión”
militar temeraria en una guerra interminable condenada al fracaso o como
el mayor depravado que ha ocupado el cargo de presidente. Pero la mala
gestión de Trump de un proyecto de construcción local —que convirtió un monumento
nacional en pleno funcionamiento en una ruina rodeada de vallas— podría
ser su decepción más ilustrativa: un pequeño fracaso de proporciones
épicas y, en cierto modo, un triste reflejo de todos los estadounidenses.
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Fuentes: TomDispatch/Counterpunch - Imagen: Jon Tyson (¿Ya me echas de menos?)
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REFLEXIONES EN LA ERA TRUMP.
*****
Por Nick
Turse | 24/10/2026 | EE.UU.
Fuentes. Revista Rebelión sábado 24 de octubre del 2926.
Traducido para Rebelión por Paco Muñoz
de Bustillo
Una transformación emblemática
Estaba oscuro y hacía frío la primera
vez que le vi, serenamente sentado, bañado por una luz tenue. La estatua de
Abraham Lincoln en Washington D.C., de 6 metros de altura y 120 toneladas de
peso, es un monumento de mármol blanco dedicado a uno de los presidentes de la
nación más inteligente, elocuente y moral.
No había venido a contemplar a Lincoln
sino el estanque reflectante que lleva su nombre. Ha sido transformado en un
monumento de otro tipo por el hombre insensato, poco elocuente e totalmente
inmoral que ocupa el mismo cargo que ocupó Lincoln.
El presidente Donald Trump quiere
rehacer el paisaje de Washington D.C., derribando el Ala Este de la Casa Blanca para construir un salón de baile de
proporciones desmesuradas añadiendo su nombre al Centro Kennedy o
demoliéndolo si no puede hacerlo; e instalando un Arco Triunfal de 76
metros de altura que “albergará… un gran número de drones y francotiradores
tanto en la parte alta como en la plaza”. Hace unos días, la Administración
se atrevió a desobedecer la orden de un juez y arrancó 340 árboles maduros en
East Potomac Golf Links, un campo municipal situado al sudeste de Washington
que Trump quiere reconvertir en un campo de nivel profesional, como los de sus
propiedades personales.
La rehabilitación del estanque
reflectante del Monumento a Lincoln, que Trump planeaba terminar para el 250
aniversario de la nación el 4 de julio, debería haber sido la tarea más
sencilla de su proyecto de remodelación de la capital. Pero rápidamente se
convirtió en un monumento al fracaso.
En abril Trump declaró que añadir
al estanque un “revestimiento industrial a precio de ganga en el color azul de
la bandera estadounidense” lo dejaría “precioso y maravilloso” y duraría “40 o
50 años”. Sin embargo,
su renovación –adjudicada mediante un contrato sin licitación y anunciada
cuando se acercaban las festividades del 250 aniversario en el National
Mall– comenzó a fallar a los pocos días. A esto le siguió una proliferación de
brillantes algas verdes y finalmente el revestimiento elegido por Trump tuvo un
defecto catastrófico: le salieron ampollas y luego se desprendió
hasta separarse del hormigón.
Cuando lo visité, la única agua que permanecía en el emblemático monumento nacional (desde donde Martin Luther King pronunció su histórico discurso de 1963 “Tengo un sueño”) era un charco estancado que se extendía hacia una masa de hojas podridas, una abigarrada variedad de botellas de plástico, una lata de aluminio azul-plateada de agua mineral y un par de envases de aerosol de productos químicos de limpieza.
Donald Trump. Reflexiones sobre su presidencia.
*****
Encadenamiento
de fallos.
Lo que presencié resultaba emblemático
de una Casa Blanca totalmente desbordada por los desastres –grandes y pequeños– que ella misma
ha provocado. La Administración Trump ha sido humillada desde Washington
D.C. a Oriente Medio. Es un desastre envuelto en fiascos dentro de una
catástrofe supina, por parafrasear la famosa frase de Winston Churchill.
Estos fracasos encadenados son innumerables. El ataque a la escuela primaria
de Minab —en el que murieron más de 150 personas, la mayoría de ellas niñas—
dentro del fracaso más amplio de la guerra contra Irán. Las ejecuciones extrajudiciales de supervivientes indefensos de naufragios
en el marco de la sangrienta campaña de ataques a embarcaciones supuestamente
de narcotraficantes. Los asesinatos de personas desarmadas a manos de agentes
federales de inmigración y las muertes bajo custodia del Servicio de
Inmigración y Control de Aduanas (ICE) que forman parte del proyecto más amplio
y cruel contra los inmigrantes por parte de la
Administración.
Las brutales operaciones de
deportación han acumulado un sinfín de irregularidades: la ocupación militar de ciudades
estadounidenses; el
arresto y detención de ciudadanos estadounidenses y sus crueles expulsiones a terceros países; los
disparos y palizas a manifestantes e inmigrantes, la persecución contra Kilmar Abrego García; la espiral de
alegaciones de corrupción en torno a la entonces secretaria de Seguridad
Nacional Kristi Noem; y así sucesivamente.
Y luego están la devaluación de la
democracia y el debilitamiento del Estado de derecho mediante la politización y la
instrumentalización del Departamento de Justicia; la conversión de las fuerzas
del orden federales en un escuadrón de matones al servicio del presidente; el
desmantelamiento de las garantías de los derechos civiles; la
persecución de los oponentes políticos; los ataques implacables contra el
poder judicial independiente; la extralimitación del poder ejecutivo; y el
indulto o la conmutación de las penas de prisión de los insurrectos en el
asalto al Capitolio.
Hay otros innumerables escándalos y revelaciones: la negativa a publicar los archivos completos de Epstein; el acuerdo en la demanda de Trump contra el IRS [Servicio de Impuestos Internos]; el encubrimiento del número de muertos estadounidenses en la guerra de Irán; la filtración de planes de EE.UU en Yemen de 2025 (Signalgate); el avión qatarí de 400 millones de dólares que se convirtió en un riesgo para la seguridad ; el fraude con criptomonedas; las reducciones arancelarias a cambio de favores; el descarado tráfico de influencias; y las acciones insensatas del llamado Departamento de Eficiencia Gubernamental, que podrían provocar más de 14 millones de muertes evitables a nivel mundial para 2030, incluidas aproximadamente 4,5 millones de muertes de niños menores de 5 años, todo para ahorrarles a los estadounidenses unos 17 centavos por día.
El
escenario del crimen presidencial.
El Estanque del Monumento a Lincoln –seco y desolado detrás de un montón
de barreras– me pareció una prisión al aire libre. Al frente, en el extremo
occidental junto al Monumento, varias vallas metálicas negras de las
utilizadas para el control de multitudes y otra barrera metálica naranja
similar protegían dos filas de malla metálica. El resto del
perímetro estaba oculto tras otra valla metálica proporcionada por National
Rent-A-Fence.
Parte del vallado –que se extendía más
de un kilómetro–
estaba cubierto por una malla oscura que ocultaba el estanque sin agua.
En otras zonas el tejido estaba rasgado o se había caído, amontonándose de
cualquier manera. Cerca del extremo este una pequeña sección de la valla
yacía en el suelo –formando un amasijo arrugado de malla metálica, con los
postes torcidos, que se asemejaba a una víctima en la escena de un crimen–
detrás de un muro de cinta amarilla: 27 tiras entrecruzadas en las que se
leía: “línea policial. No traspasar”. Más allá, donde el agua
debería estar reflejando los rayos del sol naciente, circulaban
camionetas y algunos trabajadores caminaban lentamente, asintiendo
con la cabeza, y miraban el duro paisaje urbano, como si esperaran el sonido
de la sirena de la fábrica.
Ante este fiasco, Trump –que siempre se hace la víctima y
culpa a sus supuestos enemigos de sus propios fallos– ha afirmado en
repetidas ocasiones que unos vándalos armados de cuchillos habían
destrozado el revestimiento del estanque. Varias personas, entre ellas
el exatleta olímpico David Hearn, fueron detenidas y acusadas de delitos
graves y leves, pero los casos se desestimaron. El Departamento del Interior
facilitó documentos a la fiscalía federal
“en los que
indicaban que los daños sufridos por el estanque reflectante del Monumento a
Lincoln en junio de 2026 fueron consecuencia de una instalación defectuosa por
parte del contratista, Atlantic Industrial Coatings”. El Departamento de
Justicia también lo calificó de “instalación apresurada y chapucera” y en julio
retiró los cargos que había presentado contra las personas acusadas de
vandalizar el monumento. El 1 de octubre, un juez dictaminó que los fiscales
federales no pueden volver a presentar cargos contra Hearn. Pero la semana
pasada, Trump seguía difundiendo esas mentiras. “Se produjeron actos de
vandalismo”, declaró a la prensa. “Solo la gente enferma hace eso, y tenemos
sus fotos”.
No lejos de la estatua de Lincoln la
Administración recurrió a las mismas excusas, acompañadas del lenguaje “asqueroso
y soez” de Trump y de sus falsedades sobre el vandalismo. En
una hoja de papel plastificada colocada en una valla podía leerse:
“El personal del
servicio de Parques Nacionales y la empresa adjudicataria están reparando las
zonas dañadas por vándalos y realizando un esfuerzo histórico para limpiar,
arreglar y embellecer el Estanque Reflectante del Monumento a Lincoln. Las
administraciones anteriores habían abandonado este emblemático monumento
nacional, como se puso en evidencia recientemente con más de la mitad de las
cañerías del estanque atascadas y las veredas y bordillos de granito muy
sucias. El estanque permanecerá vacío mientras se procede con las obras para
que pueda volver a reflejar verdaderamente la belleza, dignidad y grandeza de
la capital de nuestra nación”.
La semana pasada Atlantic
Industrial Coating
anunció en su página web que
“todas las
reparaciones en garantía ¡estaban terminadas el 2 de febrero de 2026!”. La
empresa añadía: “¡Ha sido un honor servir a nuestra gran nación!”. A
continuación, Trump afirmó que la remodelación del estanque reflectante estaba
casi terminada. “Creo que lo van a llenar esta semana”, dijo el 6 de octubre.
“El estanque reflectante está totalmente terminado”.
El Servicio de Parques Nacionales no
respondió a
numerosas preguntas concretas de The Intercept sobre los trabajos realizados
por Atlantic Industrial Coatings y sobre si las cañerías habían quedado
desatascadas por completo y el granito totalmente limpio. Tampoco
la propia empresa respondió a dichas preguntas.
El lunes apareció un nuevo anuncio
sobre la valla al tiempo
que el agua volvía a rellenar el estanque.
“El estanque
reflectante del Monumento a Lincoln se está rellenado una vez el Servicio de
Parques Nacionales y la empresa adjudicataria dan los toques finales a su
histórico esfuerzo por limpiar, reparar y embellecer este emblemático monumento
nacional”, ponía en un cartel sin indicación alguna de quién lo había colocado.
También incluía una advertencia: “Como parte del proceso normal de llenado, es
posible que el agua parezca temporalmente turbia antes de que se aclare”.
Tanto si el estanque reflectante vuelve a ser un fiel reflejo de “la belleza, la dignidad y la grandeza de la capital de nuestra nación”, como si sufre otra catástrofe que lo deje con un aspecto repulsivo, todo ello es sintomático de un problema más amplio: la acumulación de errores voluntarios y fracasos que la Administración Trump es incapaz de solucionar y que, en ocasiones, tras múltiples intentos, apenas consigue contener. Se ha convertido en un gigante lamentable e impotente, incapaz de alcanzar ni siquiera sus objetivos más modestos, con un poder que solo le permite verter desinformación; ocultar las fechorías bajo el manto del secreto; socavar, sabotear y destruir las instituciones gubernamentales; e infligir sufrimiento a los más vulnerables e indefensos, como los escolares en Irán y los inmigrantes indocumentados en Estados Unidos.
Los derechos humanos en la era Trump:
un punto de inflexión con impacto global,
*****
Sin
malicia hacia nadie.
Trump prometió acabar con la “ciénaga”
de la corrupción en Washington
pero en vez de eso la sobrealimentó y solo consiguió vaciar de agua el
estanque del Monumento a Lincoln y al país de cualquier ápice de decencia.
A finales de agosto Trump recurrió a
[la red social] Truth Social
para afirmar que él era
“seis veces más popular
que Abraham Lincoln, en referencia a un sondeo entre los Republicanos actuales
en el que el 53 % afirmaba
que el presidente al que más admiraba era Trump, frente al 8 % que nombraba a
Lincoln. Ese mismo mes él se autocalificó por encima de Lincoln y
otros presidentes. De alguna manera, resulta apropiado que Trump haya
destrozado el estanque reflectante del Monumento a Lincoln de la misma forma en
que ha mancillado el cargo que Lincoln ocupó en su día.
No sabemos si Lincoln podría haber
imaginado un presidente tan corrupto como Trump, pero sí que afirmó, por entonces, su
temor a
” un mal augurio… el
creciente desprecio por la ley que impera en el país; la gradual tendencia a
sustituir el juicio sensato de los tribunales por pasiones desenfrenadas y
furiosas”. No podía haber previsto los ataques a embarcaciones, el término
“víctima de la trata de personas” ni el hecho de que Estados Unidos pudiera matar a estas últimas mediante los primeros,
pero en ese mismo discurso de 1838 —cuando solo tenía 28 años— comprendió los
peligros de tales ejecuciones sumarias, señalando que “cuando a la gente se le
mete en la cabeza ahorcar a los tahúres o quemar a los asesinos, deberían
recordar que, en la confusión que suele acompañar a tales actos, es muy
probable que cuelguen o quemen a alguien que no sea ni un tahúr ni un asesino”.
Trump, sin embargo, no tiene ningún
reparo en matar sin remordimientos e incluso, hace poco, pareció que
proponía aniquilar con una bomba nuclear Los Ángeles y San Diego, aunque
cada vez es más difícil adivinar el significado de sus divagaciones
incoherentes (pero en el pasado amenazó a ambas ciudades, desplegó tropas en Los Ángeles y amenazó
con hacerlo en San Diego). Ni siquiera los ejércitos de Lincoln –que
recurrieron a una “guerra total” para terminar con una guerra civil
prolongada, brutal y costosa– aniquilaron el Sur ni diezmaron a su población.
Y, al término de esta,
Lincoln trató de
“curar las heridas de la nación” con unas palabras que a Trump le harían
atragantarse: “Sin malicia hacia nadie; con caridad para todos”.
Lincoln no creía que Estados Unidos pudiera ser vencido por una potencia
extranjera pero sí preveía la posibilidad de que el país sellara su propia
suerte:
“Si la destrucción
es nuestro destino, debemos ser nosotros los artífices y ejecutores”, afirmó en
aquel discurso de 1838. “Como nación de hombres libres, debemos perdurar para
siempre o morir por suicidio”. La reelección de un criminal cobarde que intentó
socavar lo que queda de democracia en Estados Unidos parece, sin duda, algo más
que un simple grito de auxilio.
“Me da la impresión
que nuestro proceso de degeneración está siendo muy rápido”, escribió Lincoln a
su amigo Joshua Speed en 1855. Unos 171 años más tarde bien podría haber
llegado a su fin.
El sufrimiento infligido por Donald
Trump ha
sido inmenso. Y su propensión al fracaso podría ser ahora su rasgo
más característico. Es posible que, en última instancia, se le recuerde por
haber convertido una “incursión” militar temeraria en una guerra
interminable condenada al fracaso o como el mayor depravado que ha ocupado el
cargo de presidente. Pero la mala gestión de Trump de un proyecto de
construcción local —que convirtió un monumento nacional en pleno
funcionamiento en una ruina rodeada de vallas— podría ser su decepción más
ilustrativa: un pequeño fracaso de proporciones épicas y, en cierto
modo, un triste reflejo de todos los estadounidenses.
Nick Turse es director ejecutivo de TomDispatch y miembro del Type
Media Center. Es autor entre otros libros de Next
Time They’ll Come to Count the Dead: War and Survival in South Sudan y del
superventas Kill Anything That Moves.
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