lunes, 20 de julio de 2026

MÁS ALLÁ DEL MUNDIAL: EL MODELO NORUEGO que promueve la sostenibilidad, la igualdad y el aprovechamiento de los recursos.

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NOTA. IMPORTANTE. En el Norte de Europa, aún quedan algunos países, con un sistema Democrático, con Economía social del mercado, como Estado de Bienestar Social surgidos después de la Segunda Guerra Mundial. Uno de ellos es NORUEGA, donde se mantiene la vigencia de la Monarquía, y políticamente el primer ministro es Elegido en Elecciones Generales y es el que conduce la Política del País. 

“Igualdad de oportunidades como política de Estado. Uno de los principios del modelo noruego es promover la igualdad de oportunidades. La legislación prohíbe la discriminación por motivos de sexo, orientación sexual, identidad de género, discapacidad, origen étnico o religión. El país desarrolló políticas destinadas a incrementar la participación de las mujeres en la vida política y económica. Entre ellas destacan las licencias parentales compartidas, medidas para favorecer la conciliación entre la vida laboral y familiar y normas destinadas a reducir las brechas de género.

De hecho, con una alta representación femenina en posiciones ministeriales y profesionales, Noruega se encuentra en el tercer puesto del Global Gender Gap Report y ocupa la séptima posición en el Women Peace and Security Index. En el ámbito deportivo, las competiciones masculinas y femeninas continúan regulándose conforme a normas establecidas por las federaciones nacionales e internacionales. Un ejemplo claro es la presencia de Lise Klaveness, quien en su presentación como la primera presidenta de la federación noruega acusó a la FIFA de haber adjudicado la Copa del Mundo a Qatar 'de una manera inaceptable'. Sin embargo, la abogada y exfutbolista no limitó sus declaraciones públicas a temas vinculados con el deporte o con los premios y vuelos del presidente Gianni Infantino. En su momento, pidió que Israel sea suspendido del fútbol internacional en el contexto de la guerra en Gaza. "Personalmente, creo que, dado que Rusia está fuera, Israel también debería estarlo", declaró en aquel momento.

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Mientras se destaca como una de las economías más verdes, Noruega combina un modelo de economía social de mercado con un fuerte Estado de bienestar. Foto: Composición LR.

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MÁS ALLÁ DEL MUNDIAL: EL MODELO NORUEGO que promueve la sostenibilidad, la igualdad y el aprovechamiento de los recursos.

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Política. Con una monarquía y un primer ministro laboralista que dirige el Gobierno, Noruega tiene una economía y una democracia estables, con gran participación de la población en las elecciones. La Constitución establece una clara separación de los poderes y las políticas públicas promueven la igualdad de oportunidades y reducen las brechas de género.

Por Mauricio Guevara Condori.

Fuente. La República domingo 19 de julio del 2026.

 

El 11 de julio pasado, la selección noruega le dijo adiós a la cita futbolística más importante del deporte rey: el Mundial. Junto con esta eliminación, culminó una tendencia representada por Erling Haaland e impulsada por las arengas nórdicas implementadas por el equipo durante y después de cada encuentro. Sin embargo, la grandeza de esta nación no se limita a esta histórica presentación deportiva.

Noruega es considerada una de las democracias más sólidas del planeta, según el Democracy Index by Country 2026, y figura de manera recurrente entre los países con mayor desarrollo humano y calidad de vida. Su modelo combina una economía de mercado con un amplio Estado de bienestar, instituciones fuertes y una administración responsable de los recursos naturales.

Con una población de alrededor de 5,6 millones de habitantes, la nación construyó un sistema que busca equilibrar el crecimiento económico con la protección social.

A diferencia de lo que suele creerse, el país no responde a un modelo socialista, sino a una economía social de mercado, en la que la iniciativa privada convive con una importante presencia del Estado en sectores estratégicos y en la prestación de servicios públicos.

Además, es considerado uno de los países más verdes del mundo, con 98% de su electricidad proveniente de fuentes renovables, aunque mantiene el aumento de su producción de gas y petróleo, combustibles fósiles que exporta de forma masiva y que constituyen la principal fuente de ingresos, según datos de la BBC.



Una democracia parlamentaria consolidada.

Noruega es una monarquía constitucional parlamentaria. El rey Harald V es el jefe de Estado y desempeña funciones representativas, mientras que el poder ejecutivo recae en el primer ministro y el Consejo de Estado, responsables de dirigir el Gobierno.

En septiembre de 2025, el Partido Laborista noruego, liderado por Jonas Gahr Støre, logró un segundo mandato en las elecciones generales, al superar a un partido populista de derecha. Con una participación del 78,9%, el movimiento de izquierda obtuvo 28,2% de los votos y 53 escaños, una mejora con respecto a su resultado en las elecciones del 2021.

La victoria del laborismo ocurre en medio del avance de partidos de derecha y ultraderecha en otros países de Europa, además de la preocupación interna por temas como el aumento del costo de vida, la industria petrolera y la reforma tributaria.

Cabe indicar que el Parlamento, conocido como Storting, está conformado por representantes elegidos mediante sufragio universal cada cuatro años. El sistema político es multipartidista, por lo que la formación de gobiernos de coalición es frecuente.

La Constitución establece una clara separación entre los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Asimismo, los municipios y condados cuentan con amplias competencias para administrar servicios como educación, salud y planificación territorial, lo que fortalece la descentralización del Estado.

Noruega mantiene, además, altos estándares de transparencia pública. De acuerdo con Transparencia Internacional, el país se ubica de forma constante entre las naciones con menor percepción de corrupción en el mundo.



El petróleo como pieza clave dentro de la economía.

El sistema económico noruego se basa en el libre mercado. Las empresas privadas generan la mayor parte del empleo y la inversión, mientras que el Estado establece reglas para garantizar la competencia y corregir fallas del mercado.

La intervención estatal se concentra principalmente en sectores considerados estratégicos, como la energía. El Gobierno mantiene participación en compañías vinculadas a la explotación de petróleo y gas, recursos que representan una parte importante de las exportaciones nacionales y de los ingresos públicos.

Para evitar que la economía dependa exclusivamente de los hidrocarburos, Noruega creó en 1990 el Government Pension Fund Global, administrado por Norges Bank Investment Management.

El Estado mantiene una participación importante dentro del conglomerado Equinor, principal operador en la plataforma continental noruega, y destina la mayor parte de sus beneficios al fondo soberano, que a finales de 2025 presentó activos por un valor estimado de US$1,9 billones, equivalente a un ahorro de US$350.000 por cada ciudadano.

Actualmente, el manejo de la producción de petróleo ha hecho que el país se alce como uno de los más beneficiados por el bloqueo del estrecho de Ormuz, en medio de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Esto no es un episodio inusual, pues una situación similar se produjo al inicio de los enfrentamientos entre Rusia y Ucrania.

Datos recogidos por la BBC indican que las exportaciones del sector suponen más del 60% del total de los bienes vendidos al exterior y representan más del 20% del Producto Interno Bruto (PIB) nacional.

En la misma línea, Thina Saltvedt, analista de la corporación financiera Nordea, aseguró para el mismo medio que Europa consume 'alrededor de un 30% del gas y un 15% del petróleo' y que hacia ese continente se envía el '90% de nuestras exportaciones'.

Paralelamente, el país ha impulsado el desarrollo de otros sectores, como la pesca, la acuicultura, el transporte marítimo, la energía hidroeléctrica, la industria tecnológica y los servicios avanzados.



Impuestos para financiar el Estado de bienestar.

El modelo noruego se sostiene mediante una elevada recaudación tributaria. Los impuestos financian un amplio sistema de servicios públicos.

La educación es gratuita en la enseñanza obligatoria y secundaria, mientras que las universidades públicas continúan ofreciendo formación sin costo de matrícula para muchos estudiantes, aunque desde el 2023 algunos estudiantes internacionales provenientes de países fuera del Espacio Económico Europeo deben pagar matrícula, conforme a la legislación aprobada por el Parlamento.

El sistema sanitario ofrece cobertura universal y combina financiamiento público con copagos en determinados servicios. Asimismo, el Estado garantiza pensiones, seguros de desempleo y diversas prestaciones destinadas a proteger a la población frente a la vulnerabilidad.

El sistema tributario noruego se basa en impuestos directos e indirectos. El principal es el impuesto sobre la renta, que grava los ingresos de personas y empresas mediante un sistema progresivo: quienes tienen mayores ingresos pagan una proporción mayor. Además, las personas cuyo patrimonio neto supera un umbral establecido por la ley deben pagar un impuesto sobre el patrimonio, calculado sobre el valor de sus activos menos sus deudas.

También se aplica un impuesto al valor agregado (IVA) sobre la compra de bienes y servicios. La tasa general es del 25%, aunque algunos productos y servicios, como los alimentos y el transporte de pasajeros, cuentan con tasas reducidas. A esto se suman impuestos especiales sobre combustibles, bebidas alcohólicas, tabaco y actividades contaminantes.

No obstante, este manejo terminó por generar una consecuencia: la fuga de millonarios del país, la mayoría con destino a Suiza. Según los datos del think tank Civita, en 2022 quedaban 261 residentes con activos de más de 10 millones de coronas (855.000 euros) y en 2023 eran ya solo 254, un descenso que se aceleró desde la última subida.

Igualdad de oportunidades como política de Estado.

Uno de los principios del modelo noruego es promover la igualdad de oportunidades. La legislación prohíbe la discriminación por motivos de sexo, orientación sexual, identidad de género, discapacidad, origen étnico o religión.

El país desarrolló políticas destinadas a incrementar la participación de las mujeres en la vida política y económica. Entre ellas destacan las licencias parentales compartidas, medidas para favorecer la conciliación entre la vida laboral y familiar y normas destinadas a reducir las brechas de género.

De hecho, con una alta representación femenina en posiciones ministeriales y profesionales, Noruega se encuentra en el tercer puesto del Global Gender Gap Report y ocupa la séptima posición en el Women Peace and Security Index.

En el ámbito deportivo, las competiciones masculinas y femeninas continúan regulándose conforme a normas establecidas por las federaciones nacionales e internacionales. Un ejemplo claro es la presencia de Lise Klaveness, quien en su presentación como la primera presidenta de la federación noruega acusó a la FIFA de haber adjudicado la Copa del Mundo a Qatar 'de una manera inaceptable'.

Sin embargo, la abogada y exfutbolista no limitó sus declaraciones públicas a temas vinculados con el deporte o con los premios y vuelos del presidente Gianni Infantino. En su momento, pidió que Israel sea suspendido del fútbol internacional en el contexto de la guerra en Gaza. "Personalmente, creo que, dado que Rusia está fuera, Israel también debería estarlo", declaró en aquel momento.

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domingo, 19 de julio de 2026

CUBA: FUERTE RESPUESTA DE DÍAZ CANEL A MARCO RUBIO. Acusó a EE. UU. de promover “alianzas de ultraderecha que recuerdan al fascismo hitleriano”

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“La coalición, formada por 60 países, se reunió para abordar lo que la Administración de Donald Trump considera un resurgimiento internacional del “terrorismo político de extrema izquierda” en distintas partes del mundo, informó Yahoo! News. “El terrorismo político de extrema izquierda es una amenaza real y transnacional que ha existido durante décadas, pero que ahora está experimentando un resurgimiento”, explicó Rubio. “Puede adoptar diversos lemas e ideologías según el lugar y la época. Pueden llamarse anticapitalistas, antiimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas. Pero su naturaleza fundamental es siempre la misma. Se trata de un resentimiento ponzoñoso, disfrazado con el lenguaje de la igualdad”, denunció. “Dicen que el comunismo suena bien en teoría, pero nunca funciona en la práctica. En realidad, eso no es cierto. El comunismo no suena bien ni siquiera en teoría”, añadió.

“El secretario de Estado realizó un repaso de algunos episodios violentos a lo largo de la historia y aseguró que “la violencia de izquierda no solo fue justificada; fue tratada como algo sacrosanto, una categoría protegida en sí misma”. La reunión de este jueves en Washington se convocó para abordar lo que la Administración del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, considera un resurgimiento internacional del “terrorismo político de extrema izquierda” en distintas partes del mundo. De acuerdo con el Departamento de Estado, “el terrorismo antigubernamental de extrema izquierda es ahora responsable de más ataques y complots en Estados Unidos que cualquier otra categoría ideológica”.

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CUBA: FUERTE RESPUESTA DE DÍAZ CANEL A MARCO RUBIO.

Acusó a EE. UU. de promover “alianzas de ultraderecha que recuerdan al fascismo hitleriano”

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Cuba: fuerte respuesta de Díaz Canel a Marco Rubio

El secretario de Estado de Trump había dicho que la isla contribuyó a forjar la “extrema izquierda” durante una reunión sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político.

Fuente Página /12. sábado 18 de julio del 2026.

Miguel Diaz Canel, presidente de Cuba. AFP. AFP

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El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, acusó este viernes a EE.UU. de promover “alianzas de ultraderecha que recuerdan al fascismo hitleriano” tras las declaraciones del secretario de Estado, Marco Rubio, que aseguran que la isla contribuyó a forjar la “extrema izquierda” en su país y el continente.

Fascismo hitleriano.

“Con amenazante proyección transnacional, se promueven alianzas de ultraderecha que recuerdan al fascismo hitleriano o la tenebrosa Operación Cóndor, para arremeter contra una supuesta “izquierda radical” global”, expresó el mandatario del país caribeño esta jornada en redes sociales.

Cuestionó, asimismo, si “se buscan pretextos como justificación para nuevos atropellos y mayores agresiones” y denunció que el verdadero “peligro para la humanidad es la filosofía del despojo que dicta las acciones de guerra de la ultraderecha transnacional”.

El presidente cubano señaló a

“la derecha imperial y sus acólitos” como “peligrosamente radicales” y “responsables” de crímenes como el “genocidio en Gaza”, “asesinatos extrajudiciales”, “cacería, tortura y asesinato de migrantes”, “bombardeo a escuela de niñas en Irán” y el “genocida bloqueo al pueblo cubano”.



“Extrema izquierda”

El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, había asegurado este jueves durante el discurso inaugural de la Reunión Ministerial sobre el Resurgimiento del Terrorismo Político celebrada en Washington que “el régimen cubano contribuyó a forjar la extrema izquierda” en ese país y el hemisferio.

“La vasta red de inteligencia e ideológica del régimen cubano contribuyó a forjar la extrema izquierda en nuestro país y en nuestro hemisferio, y permanece inextricablemente vinculada a los grupos y movimientos de extrema izquierda en todo Occidente y más allá de sus fronteras”, afirmó el secretario de Estado.

La coalición, formada por 60 países, se reunió para abordar lo que la Administración de Donald Trump considera un resurgimiento internacional del “terrorismo político de extrema izquierda” en distintas partes del mundo, informó Yahoo! News.

“El terrorismo político de extrema izquierda es una amenaza real y transnacional que ha existido durante décadas, pero que ahora está experimentando un resurgimiento”, explicó Rubio.

“Puede adoptar diversos lemas e ideologías según el lugar y la época. Pueden llamarse anticapitalistas, antiimperialistas, comunistas, anarquistas o marxistas. Pero su naturaleza fundamental es siempre la misma. Se trata de un resentimiento ponzoñoso, disfrazado con el lenguaje de la igualdad”, denunció.

“Dicen que el comunismo suena bien en teoría, pero nunca funciona en la práctica. En realidad, eso no es cierto. El comunismo no suena bien ni siquiera en teoría”, añadió.

El secretario de Estado realizó un repaso de algunos episodios violentos a lo largo de la historia y aseguró que

“la violencia de izquierda no solo fue justificada; fue tratada como algo sacrosanto, una categoría protegida en sí misma”.

La reunión de este jueves en Washington se convocó para abordar lo que la Administración del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, considera un resurgimiento internacional del “terrorismo político de extrema izquierda” en distintas partes del mundo.

De acuerdo con el Departamento de Estado,

“el terrorismo antigubernamental de extrema izquierda es ahora responsable de más ataques y complots en Estados Unidos que cualquier otra categoría ideológica”.


Estancamiento.

Las declaraciones tanto del presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, como del secretario de Estado de EE. UU. Marco Rubio, tienen lugar en un contexto marcado por el estancamiento de la vía diplomática entre ambas naciones.

Washington ha aplicado una política de máxima presión a La Habana desde inicios de año para que introduzca cambios políticos y económicos; y para ello impuso desde enero un bloqueo petrolero -que ha deteriorado excesivamente las ya precarias condiciones de vida- y nuevas sanciones en mayo, que ahuyentan a empresas extranjeras.

La economía estatal cubana está casi paralizada y según las proyecciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), se puede contraer al menos un 6,5 %, mientras economistas independientes estiman sumar una caída acumulada de más del 15 % entre 2020 y 2025.

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sábado, 18 de julio de 2026

EL MUNDO ESTÁ CAMBIANDO Y CAMBIARÁ MÁS, POR MARIANELLA LEDESMA.

 

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"Los ciudadanos. Frente a estas piezas, en el tablero de ajedrez político, ¿dónde está el poder de los ciudadanos? Nos encontramos fuera de ese juego y nos convertimos en meros espectadores, invitados a cambiar periódicamente las piezas. Es una especie de participación simbólica, pero no transformadora. Y ahí es donde se genera esa frustración. Yo creo que no hay un jaque mate fácil, porque esos actores que mueven las piezas del ajedrez suelen operar al margen de las reglas. Pero, quizás, si se fortalecen la transparencia, la participación ciudadana real, la organización de colectivos sociales y el ataque a las estructuras de impunidad, ahí se podría empezar a reducir su poder. Es un proceso largo, pero es la única manera de cambiar las cosas. El poder de los ciudadanos está en la capacidad de moverse colectivamente, como peones con potencial. Reitero, colectivamente. Es un símbolo, que, aunque se empiece pequeño, cuando se organizan, cuando se articulan, pueden cambiar las reglas del juego. Si son independientes, pueden moverse con claridad, marcar la agenda y generar cambios. Pero, si están controlados, pueden quedar reducidos a peones, seguir órdenes y reproducir las narrativas del poder, algo de lo que ya tenemos en demasía en nuestro escenario nacional.

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EL MUNDO ESTÁ CAMBIANDO Y CAMBIARÁ MÁS,

POR MARIANELLA LEDESMA.

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"El poder de los ciudadanos está en la capacidad de moverse colectivamente, como peones con potencial".

Por Marianela Ledesma.

Ex presidenta del Tribunal Constitucional.

Fuente, La República sábado 18 de julio del 2026.

El Jurado Nacional de Elecciones, acaba de entregar sus credenciales a los congresistas electos para el período 2026-2031. Tenemos una foto de cómo será la composición del Congreso, pero la foto del hoy no será la foto del mañana. ¡Ello es inevitable!

Dice Zygmunt Bauman que vivimos bajo las reglas de la “modernidad líquida”, caracterizada por la inestabilidad, la falta de cohesión y la ausencia de formas definidas, a diferencia de la “modernidad sólida”, en la que se desarrollaron nuestros padres y abuelos, caracterizada por el orden, lo predecible y lo estable. ¿Qué provocó ese cambio? 

a) las empresas, que tienen más poder que los propios gobiernos y cambian leyes de forma rápida en respuesta al mercado; 

b) la tecnología y, sobre todo, internet, que hace que las formas de trabajar, transportarnos y relacionarnos cambien a una velocidad impresionante; y 

c) la migración humana, que también genera cambios rápidos en la cultura y en la economía de los países. Esto, ¿qué significa? Que, bajo esta modernidad líquida, la identidad es cambiante y nunca terminamos de definir nuestra religión ni nuestras creencias políticas. Hay inestabilidad y falta de solidez en las estructuras. Si esto lo trasladamos al ejercicio político, ello hace que la composición de los congresos no sea estable. Los grupos entran con promesas, luego se adaptan a las circunstancias y eso genera desconfianza en la ciudadanía. La sociedad líquida desestabiliza esas representaciones políticas; de ahí que la foto de la composición congresal no será la misma en 2031. Hay que mirarla bajo el escenario del juego político en el que se moverán.


El ajedrez político.

En el ajedrez, se requiere tener claro, quien es quien, en ese tablero, para no confundir las jugadas y los movimientos inesperados.  El Rey, es la pieza más valiosa del tablero, y en el caso peruano, está representado por el poder económico.

Los peones son las piezas más numerosas, avanzan poco a poco, y pueden llegar al otro extremo del tablero y convertirse en una pieza más fuerte. Aunque no tengan poder inmediato, su acumulación y organización a largo plazo, puede cambiar el juego. Instituciones como la Junta Nacional de Justicia, el Tribunal Constitucional, el Ministerio Público, la Defensoría del Pueblo, entre otros organismos, se posicionan como peones en el tablero. Es un escenario donde su rol queda reducido a seguir las directrices, sin autonomía real.

En la posición de alfil ubicamos a la Presidencia de la República, al igual que al Congreso. Ambos representan el poder, mas no lo detentan. El alfil se mueve en diagonal, así que su alcance es más limitado y, de hecho, actúa como un símbolo. Es decir, no tiene tanta fuerza directa como la reina o las torres, pero representa la institucionalidad, el rostro simbólico de la nación.

Las congregaciones religiosas también deben ser visibilizadas en este ejercicio político; podrían ser ubicadas como alfiles porque tienen una influencia simbólica fuerte, aunque no siempre directa. Se mueven de manera diagonal, como en espacios morales y de valores, y a veces pueden ser catalizadoras del cambio social. Su rol es estratégico, pero no siempre visible en el tablero. De igual forma, ocurre con los medios de comunicación. Si son independientes, pueden moverse con claridad, marcar la agenda y generar cambios. Pero, si están controlados, pueden quedar reducidos a peones, seguir órdenes y reproducir las narrativas del poder.

Los partidos políticos podrían ser posicionados como las torres. Son piezas fuertes, estructuradas, se mueven en línea recta y tienen una gran capacidad de control territorial. A través de ellas, se organizan las fuerzas políticas, se proyectan hacia el futuro y buscan influir en las reglas del juego; sin embargo, ante la ausencia de partidos sólidos, las torres estarían apuntaladas por las fuerzas militares y policiales. Estas tienen una presencia estable y pueden marcar el equilibrio del poder, a veces fuera de las reglas formales.

El caballo en ajedrez se mueve en forma de "L". Es la única pieza que puede saltar sobre otras. Pueden ser actores menos visibles, pero estratégicos: por ejemplo, ciertos grupos empresariales medianos, gremios profesionales o incluso algunos sectores regionales que, aunque no sean el foco del poder, tienen la capacidad de saltar barreras, conectar intereses y, a veces, desestabilizar las lógicas más tradicionales. Podemos ubicar aquí a la minería informal e ilegal y a las redes de narcotráfico. Esos actores suelen moverse por fuera del juego formal, pero tienen una enorme capacidad de influir, presionar y desestabilizar, aunque no aparezcan entre las piezas tradicionales.

En cambio, la reina es la pieza más poderosa, porque se puede mover a cualquier número de casillas en línea recta, ya sea horizontal, vertical o diagonal. En esta dinámica, se podría ubicar como la reina al sistema judicial, porque tiene un poder amplio cuando es independiente. Se mueve en todas las direcciones, puede frenar abusos y equilibrar fuerzas, siempre que conserve su autonomía. Si está capturada por el poder económico o político, pierde su fuerza. Pero, en su mejor versión, es la que realmente puede hacerle jaque al poder, si se mantiene firme.

Si el sistema judicial es realmente autónomo, puede ser un freno al poder desmedido. Es la pieza que, al moverse en cualquier dirección, tiene la capacidad de poner límites, hacer valer derechos y actuar como un verdadero contrapeso, siempre que conserve esa autonomía e independencia en su labor.

En el tablero de ajedrez político, el rey estaría representado por el poder económico. No perdamos de vista ello: una cosa es detentar el poder y otra ser representante de ese poder, como ocurre con el ejercicio de la Presidencia de la República o la representación congresal. Así que, en este esquema, cada pieza tiene su peso, que permitirá sostener el poder del Rey, o el juego terminará con un jaque mate al rey.



Los ciudadanos.

Frente a estas piezas, en el tablero de ajedrez político, ¿dónde está el poder de los ciudadanos? Nos encontramos fuera de ese juego y nos convertimos en meros espectadores, invitados a cambiar periódicamente las piezas. Es una especie de participación simbólica, pero no transformadora. Y ahí es donde se genera esa frustración.

Yo creo que no hay un jaque mate fácil, porque esos actores que mueven las piezas del ajedrez suelen operar al margen de las reglas. Pero, quizás, si se fortalecen la transparencia, la participación ciudadana real, la organización de colectivos sociales y el ataque a las estructuras de impunidad, ahí se podría empezar a reducir su poder. Es un proceso largo, pero es la única manera de cambiar las cosas.

El poder de los ciudadanos está en la capacidad de moverse colectivamente, como peones con potencial. Reitero, colectivamente. Es un símbolo, que, aunque se empiece pequeño, cuando se organizan, cuando se articulan, pueden cambiar las reglas del juego.

Si son independientes, pueden moverse con claridad, marcar la agenda y generar cambios. Pero, si están controlados, pueden quedar reducidos a peones, seguir órdenes y reproducir las narrativas del poder, algo de lo que ya tenemos en demasía en nuestro escenario nacional.

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viernes, 17 de julio de 2026

¿ES CHINA UN CAPITALISMO DE ESTADO?

 

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“La prueba de fuego será 2035. En realidad, la discusión probablemente no pueda resolverse hoy. Será la evolución del propio sistema la que determine cuál de las interpretaciones resulta finalmente correcta. Por eso adquiere tanta importancia el experimento iniciado en Zhejiang. Si durante la próxima década China consigue reducir las desigualdades, reforzar la prosperidad común, mantener subordinado al capital privado, profundizar la transición ecológica y preservar el liderazgo público sobre los sectores estratégicos, aumentarán los argumentos de quienes consideran que está desarrollando una modalidad inédita de socialismo. Si, por el contrario, la lógica de la acumulación privada termina imponiéndose sobre los objetivos sociales, el concepto de capitalismo de Estado adquirirá una fuerza explicativa mucho mayor. En consecuencia, el debate permanece abierto. No tanto porque falten datos, sino porque el objeto de estudio continúa transformándose.

Una última observación. La mayoría de los análisis -tanto favorables como críticos- intentan responder a la pregunta «¿qué es China?». Sin embargo, el propio PCCh formula otra distinta: «¿hacia dónde va China?». Es una diferencia metodológica de enorme importancia. Mientras gran parte de la literatura occidental clasifica el sistema atendiendo a su estado actual, el Partido lo define por su dirección histórica. Es decir, sostiene que una sociedad puede contener elementos capitalistas sin ser capitalista si esos elementos constituyen una fase transitoria subordinada a un proyecto socialista de largo plazo. Ahí reside, probablemente, el auténtico núcleo del debate: no en si China utiliza mercados o empresas privadas pues eso es evidente, sino en si esos instrumentos están transformando el socialismo o si, por el contrario, es el socialismo el que está instrumentalizando al mercado para alcanzar unos objetivos políticos previamente definidos. Esa es la cuestión que la evolución de China durante las próximas dos décadas ayudará a responder.

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Fuentes: Rebelión

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¿ES CHINA UN CAPITALISMO DE ESTADO?

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Por Xulio Ríos | 17/07/2026 | Mundo

Fuentes, Revista Rebelión viernes 17 de julio del 2026.

La naturaleza del modelo económico y político chino seguirá siendo objeto de debate durante mucho tiempo. Pocas etiquetas han suscitado tanta controversia como la de «CAPITALISMO DE ESTADO», utilizada con frecuencia para describir el sistema vigente en la República Popular China. Se trata, además, de una expresión que en China provoca un rechazo frontal, no solo por sus implicaciones ideológicas, sino porque se considera incapaz de explicar la singularidad de un proyecto que sus dirigentes insisten en presentar como una forma inédita de desarrollo socialista.

La discusión no es menor. Si China fuera simplemente un capitalismo de Estado, cabría interpretarla como una variante autoritaria del capitalismo contemporáneo. Si, por el contrario, estuviera construyendo una modalidad original de socialismo, nos encontraríamos ante una experiencia histórica distinta, todavía inacabada y cuyo desenlace permanece abierto.

Oficialmente, el modelo chino se define como una economía socialista de mercado. La expresión no es casual. Desde la perspectiva del Partido Comunista de China (PCCh), no se trata de una economía de mercado en sentido liberal, sino de una economía con mercado, donde este constituye un instrumento de asignación de recursos subordinado a objetivos políticos definidos mediante la planificación. El mercado no determina el rumbo del desarrollo; lo hace el Partido. El objetivo declarado continúa siendo la construcción de una sociedad socialista moderna hacia 2049, coincidiendo con el centenario de la fundación de la República Popular, y no la culminación de una sociedad capitalista.

Precisamente ahí reside una de las primeras diferencias conceptuales. En las economías capitalistas el mercado constituye el principio organizador del sistema; en China, al menos en el plano doctrinal e institucional, el mercado se presenta como una herramienta al servicio de un proyecto político de alcance superior


Los argumentos del capitalismo de Estado.

Quienes califican a China como capitalismo de Estado parten de elementos objetivos.

Desde posiciones liberales o conservadoras se subraya la coexistencia de propiedad pública y privada, la búsqueda sistemática de beneficios, la integración plena en el comercio internacional, la existencia de grandes corporaciones competitivas o una creciente acumulación de riqueza. A ello se añade un Estado extremadamente activo que protege sectores estratégicos, dirige la política industrial, controla el sistema financiero y orienta la innovación tecnológica. Para estos analistas, China habría sustituido el libre mercado por un capitalismo gobernado desde el poder político.

Paradójicamente, parte de la izquierda llega a una conclusión similar, aunque por razones muy distintas. Su principal argumento es que la expansión de la propiedad privada, la aparición de una poderosa clase empresarial, las desigualdades sociales, la existencia de relaciones salariales plenamente mercantiles y la utilización del beneficio como incentivo económico revelarían un abandono de los principios clásicos del socialismo. Desde esta óptica, el discurso socialista funcionaría como una legitimación ideológica de un sistema esencialmente capitalista.

Resulta llamativo que esta crítica apenas se formulara durante las primeras décadas de la reforma, cuando China seguía siendo un país relativamente pobre. Solo cuando el desarrollo económico alcanzó dimensiones extraordinarias comenzó a generalizarse la idea de que semejante éxito únicamente podía explicarse mediante una conversión al capitalismo. Es como si el socialismo solo resultara creíble mientras administraba la escasez y dejara automáticamente de serlo al generar prosperidad.

Esta lectura, sin embargo, tiende a minimizar la importancia de las singularidades chinas y presupone que cualquier utilización del mercado conduce necesariamente al capitalismo, una equivalencia que ni la teoría económica ni la experiencia histórica permiten establecer de forma automática.

La respuesta china.

El rechazo chino a la etiqueta de capitalismo de Estado no responde únicamente a una cuestión terminológica. Aceptarla implicaría reconocer que el proyecto iniciado en 1949 habría abandonado sus fundamentos ideológicos para transformarse en una variante del capitalismo.

Por ello, el PCCh insiste en que las reformas introducidas desde finales de los años setenta representan una evolución del socialismo, adaptada a nuevas circunstancias históricas. La incorporación del mercado, de la empresa privada o incluso del capital extranjero no modificaría la naturaleza del sistema porque todos esos instrumentos permanecerían subordinados al liderazgo político del Partido.

Desde esta perspectiva, el criterio decisivo no consiste en determinar si existen mercados o propiedad privada -presentes, en diferentes grados, en numerosas economías- sino en establecer quién fija las prioridades del desarrollo y quién controla los resortes fundamentales del poder económico.

En China, el Partido mantiene el control absoluto sobre los sectores considerados estratégicos; conserva la propiedad pública de la tierra urbana y limita profundamente la privatización del suelo rural; dirige el sistema financiero; mantiene una presencia orgánica dentro de las grandes empresas privadas; controla los principales instrumentos de comunicación y planificación; y, sobre todo, impide que el empresariado pueda constituirse como una fuerza política autónoma capaz de condicionar al Estado.

Esta diferencia resulta esencial. En las economías capitalistas son los grandes intereses privados quienes terminan condicionando la acción pública. En China ocurre, al menos hasta el presente, el fenómeno inverso: es el Estado, dirigido por el Partido, quien subordina el capital privado a prioridades políticas definidas previamente.



El papel de la planificación.

Una idea ampliamente extendida atribuye el éxito chino exclusivamente a la apertura económica y a la inversión extranjera. Sin embargo, esa explicación resulta claramente insuficiente.

La apertura fue importante, pero probablemente lo decisivo haya sido la extraordinaria capacidad del Estado para planificar el desarrollo durante más de cuatro décadas. El capital extranjero fue admitido, aunque bajo condiciones compatibles con los objetivos nacionales de industrialización, transferencia tecnológica y creación de capacidades propias.

El resultado no ha sido únicamente la recepción de inversiones internacionales, sino la construcción deliberada de uno de los ecosistemas industriales más completos del mundo bajo una lógica de soberanía económica que hoy se extiende a ámbitos tan diversos como la seguridad alimentaria, las infraestructuras críticas, la energía o las tecnologías avanzadas.

Esta diferencia puede apreciarse comparando el caso chino con experiencias clásicas de capitalismo de Estado, como la desarrollada durante décadas por el Kuomintang en Taiwán. Allí el Estado impulsó la industrialización, pero con la finalidad de consolidar una economía plenamente capitalista e integrada en la estrategia geopolítica estadounidense. En China continental, por el contrario, el discurso oficial insiste en que la industrialización constituye una etapa dentro de un proceso histórico cuyo horizonte continúa siendo socialista.

¿Qué debemos observar?

El verdadero problema quizá no consista en decidir hoy si China es o no capitalismo de Estado, sino en identificar qué parámetros permitirán responder a esa pregunta en el futuro.

Reducir el análisis al crecimiento del PIB, al volumen exportador o al número de millonarios resulta claramente insuficiente. Si la propia legitimidad del modelo descansa sobre la promesa de construir una sociedad distinta, será necesario evaluar también otros indicadores.

Entre ellos destacan la evolución de la desigualdad; el grado de universalización de los servicios públicos; la erradicación de la pobreza extrema; la efectividad de las políticas de prosperidad común; la capacidad para limitar la influencia política del gran capital; la persistencia de la propiedad pública en los sectores estratégicos; el mantenimiento del liderazgo político del Partido sobre la economía; la transición ecológica; la lucha contra la corrupción y la consolidación de formas de desarrollo menos dependientes de la lógica exclusiva del beneficio.

En este sentido adquiere especial relevancia el experimento desarrollado en Zhejiang, una de las provincias más dinámicas del país. Allí se ensayan políticas que pretenden anticipar la siguiente fase del modelo: fortalecimiento del liderazgo del Partido, desarrollo verde y civilización ecológica, ampliación de las políticas de prosperidad común, regulación del capital privado y profundización de la lucha contra la corrupción. Su evaluación hacia 2035 probablemente ofrecerá algunas de las evidencias más sólidas para valorar hacia dónde evoluciona realmente el sistema chino.



China es otra experiencia histórica.

Quizá el principal error consista en intentar encajar a China dentro de categorías elaboradas para explicar otras experiencias históricas.

No cabe duda de que incorpora numerosos elementos que asociamos al capitalismo: mercados, empresas privadas, competencia, acumulación, innovación o apertura internacional. Pero tampoco cabe ignorar que el poder político mantiene un grado de dirección económica, planificación estratégica y control sobre el capital privado difícilmente comparable con las economías capitalistas convencionales.

El «secreto» del modelo chino parece residir menos en la economía que en la política. No es el Estado actuando como un gran capitalista, sino un Estado que pretende alinear la actividad económica con objetivos sociales, nacionales y estratégicos de largo plazo. Que esa pretensión logre materializarse plenamente o termine siendo absorbida por las dinámicas propias del capitalismo constituye precisamente la gran incógnita.

En última instancia, será la propia evolución de China la que responda a esta cuestión. Nadie puede afirmar con certeza que el actual modelo desemboque en una sociedad socialista plenamente desarrollada. Pero tampoco resulta metodológicamente riguroso dar por supuesto que la presencia del mercado u otros atributos “capitalistas” invalida automáticamente esa posibilidad.

Cabe, por otra parte, hacer mención de la persistencia de las campañas de educación ideológica que apela a mantener a ultranza la fidelidad a la misión fundacional o la revalidación del marxismo, especialmente en el xiismo, como guía inspiradora de los más de cien millones de militantes del PCCh. Es este mandarinato el que vertebra las políticas del país en todos los órdenes.

China continúa siendo, ante todo, una especificidad histórica. Su proyecto combina una fuerte tradición civilizacional, una reivindicación permanente de la soberanía nacional y una experimentación institucional sin precedentes. Tal vez por ello las categorías heredadas resulten insuficientes para comprender una realidad cuya definición definitiva todavía pertenece más al futuro que al presente.

Un debate todavía abierto.

La definición del sistema económico chino constituye probablemente uno de los mayores debates intelectuales de las últimas décadas. Lo menos que puede decirse es que no existe un consenso académico. Al contrario, economistas, politólogos e historiadores utilizan categorías diferentes para explicar una realidad que combina planificación estatal, mercados, empresas privadas, empresas públicas y un partido único que mantiene el monopolio del poder político.

La dificultad deriva de que China reúne características propias de sistemas aparentemente incompatibles. Quienes privilegian el peso del mercado concluyen que el país ya es esencialmente capitalista. Quienes ponen el acento en la estructura del poder sostienen que el socialismo sigue siendo el principio ordenador del sistema. Entre ambos extremos abundan las posiciones intermedias.



La interpretación liberal: un capitalismo dirigido.

Desde una perspectiva liberal, China representa una modalidad de capitalismo de Estado. Autores como Barry Naughton, Nicholas Lardy o Yasheng Huang, aun con diferencias importantes entre ellos, coinciden en señalar que la economía china funciona mayoritariamente mediante mecanismos de mercado. Los precios se determinan esencialmente por la oferta y la demanda, existe competencia entre empresas, proliferan las compañías privadas, el trabajo asalariado constituye la relación económica dominante y la integración en el capitalismo global es prácticamente completa.

La diferencia con las economías occidentales residiría en que el Estado conserva un papel mucho más activo. Controla el sistema financiero, dirige la política industrial, protege determinados sectores, interviene sobre los flujos de capital y utiliza las empresas públicas como instrumentos estratégicos.

Desde esta perspectiva, el socialismo habría quedado reducido a una legitimación política mientras el funcionamiento cotidiano respondería, en esencia, a la lógica capitalista.

La crítica marxista: una restauración capitalista.

Curiosamente, buena parte de la crítica procedente de la izquierda llega a una conclusión semejante, aunque por caminos completamente distintos.

Autores como David Harvey, Minqi Li o Au Loong Yu consideran que las reformas iniciadas por Deng Xiaoping condujeron progresivamente a una restauración del capitalismo.

Su argumento principal no se centra en la existencia de mercados -que también existieron parcialmente en otras experiencias socialistas- sino en la transformación de las relaciones sociales de producción.

Subrayan varios elementos como el crecimiento de la propiedad privada; la formación de una poderosa clase empresarial; la ampliación de las desigualdades sociales; la mercantilización creciente del trabajo; la aparición de grandes fortunas; la integración plena en el capitalismo mundial.

Desde esta óptica, el Estado continúa siendo fuerte, pero actúa esencialmente para garantizar la acumulación de capital, aunque bajo dirección del Partido.

No obstante, esta interpretación suele enfrentarse a una objeción relevante. Si el capitalismo se hubiera restaurado plenamente, ¿cómo explicar que el Estado siga controlando los principales bancos, los sectores estratégicos, la política monetaria, la tierra urbana y una parte sustancial de la inversión nacional?

Una tercera interpretación: un modelo híbrido.

Otros investigadores consideran insuficiente la dicotomía entre socialismo y capitalismo.

El caso más conocido probablemente sea Giovanni Arrighi. En “Adam Smith en Pekín”, Arrighi sostenía que China no estaba reproduciendo el desarrollo capitalista occidental sino construyendo una vía distinta basada en una fuerte tradición estatal, un elevado grado de planificación y una utilización pragmática del mercado.

Más recientemente, Isabella Weber ha insistido en que muchas de las instituciones económicas chinas no proceden únicamente del marxismo soviético, sino también de tradiciones administrativas imperiales que concebían el mercado como un mecanismo útil siempre que permaneciera bajo supervisión pública.

Desde esta perspectiva, el mercado no sería incompatible con el socialismo siempre que no determinase por sí mismo la orientación estratégica del desarrollo.



¿Qué responde el PCCh?

La posición oficial del Partido Comunista de China parte de un razonamiento diferente. El criterio fundamental no consiste en determinar si existe propiedad privada o mercado. La verdadera cuestión consiste en responder quién ejerce el poder político y qué finalidad persigue la economía.

Para el PCCh, el mercado constituye únicamente un instrumento. El sujeto dirigente continúa siendo el Partido. Esta diferencia no es meramente retórica. Como se ha señalado, en China la tierra sigue sin privatizarse plenamente; los bancos fundamentales permanecen bajo control estatal; las grandes empresas estratégicas siguen siendo públicas; las compañías privadas incorporan estructuras permanentes del Partido; el Estado determina las grandes prioridades industriales, tecnológicas y territoriales mediante planes quinquenales; el capital privado carece de autonomía para convertirse en una fuerza política independiente.

Desde la lógica oficial, precisamente estos elementos impedirían definir el sistema como capitalista. Aceptar esa etiqueta supondría reconocer que el Partido ha abandonado su misión histórica, algo incompatible con toda su construcción ideológica desde Deng Xiaoping hasta Xi Jinping.

¿Dónde está realmente la diferencia?

Quizá la cuestión más interesante consista en comparar el capitalismo de Estado clásico con el modelo chino.

En las experiencias habitualmente definidas como capitalismo de Estado -Japón de la posguerra, Corea del Sur, Singapur o el citado Taiwán gobernado por el Kuomintang- el Estado intervino intensamente para acelerar la industrialización. Pero esa intervención perseguía consolidar economías plenamente capitalistas. El éxito empresarial acababa traduciéndose, tarde o temprano, en influencia política de las élites económicas.

China presenta, hasta ahora, una lógica diferente. Los grandes empresarios pueden acumular riqueza, pero no pueden constituirse como un poder autónomo frente al Partido. No controlan el sistema financiero. No controlan los grandes medios de comunicación. No determinan la orientación de la planificación. NO financian partidos políticos alternativos.

Y cuando el liderazgo considera que determinados sectores concentran un poder excesivo -como ocurrió recientemente con las plataformas digitales o el sector inmobiliario- interviene directamente para reequilibrar el sistema. Esta subordinación permanente del capital al poder político constituye probablemente la principal diferencia respecto del capitalismo de Estado convencional. Es más, el Partido conserva intacta toda la capacidad para condicionar e incluso revertir la política del país.

El verdadero criterio.

Por ello, quizá la pregunta adecuada no sea si China tiene mercado. La inmensa mayoría de las economías contemporáneas utilizan mercados. La cuestión verdaderamente relevante consiste en averiguar quién gobierna a quién. ¿Gobierna el mercado al Estado? ¿O gobierna el Estado al mercado?

En las economías liberales, el poder económico tiende progresivamente a condicionar el poder político. En China, al menos hasta el presente, sucede justamente lo contrario. Ello no demuestra automáticamente que el modelo sea socialista. Pero sí obliga a reconocer que las categorías tradicionales resultan insuficientes para describirlo.

La prueba de fuego será 2035.

En realidad, la discusión probablemente no pueda resolverse hoy. Será la evolución del propio sistema la que determine cuál de las interpretaciones resulta finalmente correcta. Por eso adquiere tanta importancia el experimento iniciado en Zhejiang.

Si durante la próxima década China consigue reducir las desigualdades, reforzar la prosperidad común, mantener subordinado al capital privado, profundizar la transición ecológica y preservar el liderazgo público sobre los sectores estratégicos, aumentarán los argumentos de quienes consideran que está desarrollando una modalidad inédita de socialismo.

Si, por el contrario, la lógica de la acumulación privada termina imponiéndose sobre los objetivos sociales, el concepto de capitalismo de Estado adquirirá una fuerza explicativa mucho mayor.

En consecuencia, el debate permanece abierto. No tanto porque falten datos, sino porque el objeto de estudio continúa transformándose.

Una última observación.

La mayoría de los análisis -tanto favorables como críticos- intentan responder a la pregunta «¿qué es China?». Sin embargo, el propio PCCh formula otra distinta: «¿hacia dónde va China?».

Es una diferencia metodológica de enorme importancia. Mientras gran parte de la literatura occidental clasifica el sistema atendiendo a su estado actual, el Partido lo define por su dirección histórica. Es decir, sostiene que una sociedad puede contener elementos capitalistas sin ser capitalista si esos elementos constituyen una fase transitoria subordinada a un proyecto socialista de largo plazo.

Ahí reside, probablemente, el auténtico núcleo del debate: no en si China utiliza mercados o empresas privadas pues eso es evidente, sino en si esos instrumentos están transformando el socialismo o si, por el contrario, es el socialismo el que está instrumentalizando al mercado para alcanzar unos objetivos políticos previamente definidos. Esa es la cuestión que la evolución de China durante las próximas dos décadas ayudará a responder.

Xulio Ríos es autor de Marx & China. La sinización del marxismo (Akal, 2025).

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