lunes, 18 de mayo de 2026

LA IMPORTANCIA DE AMÉRICA LATINA PARA ESTADOS UNIDOS. Relevantes e Indefensos.

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"El orden mundial no hegemónico. Las guerras reseñadas son las manifestaciones actuales de un “orden mundial no hegemónico” en pleno desenvolvimiento. Retomando las categorías del neogramsciano Robert W. Cox (1926-2018), podemos definir este periodo como uno signado por la puesta en entredicho de las reglas de juego globales, el avance del proteccionismo económico y la desestabilización de los balances estratégico-militares. Para el experto canadiense, un “orden no hegemónico” se caracteriza por la carencia de un liderazgo capaz de combinar coerción y consenso, dando lugar a una fase de “revolución pasiva” a escala planetaria donde las potencias tradicionales intentan preservar sus privilegios frente al surgimiento de nuevas fuerzas sociales y políticas. En este marco, las instituciones internacionales pierden su apariencia de universalidad para convertirse en meros instrumentos de disputa. Tras el breve momento unipolar que siguió a la Guerra Fría, el sistema internacional ha mutado hacia una estructura que, además de “no hegemónica” —según la formulación de Cox— es, en la mirada de Mónica Hirst, Roberto Russell, Ana María Sanjuan y Juan Tokatlian, “posoccidental”. Y añadimos nosotros, incipientemente bipolar. En este último punto diferimos de la caracterización de Mearsheimer, quien considera que habitamos un mundo multipolar, resultado de la competencia entre Estados Unidos, China y Rusia. Nuestra perspectiva sostiene que Rusia, a pesar de su innegable peso nuclear y geográfico, carece de la base material necesaria para constituirse en un polo rector de poder global. Como reflejan los datos económicos, la economía rusa atraviesa una situación de debilidad estructural: es, en términos nominales, al menos 15 veces menor que la de Estados Unidos. Con casi el 40% de su presupuesto federal devorado por el esfuerzo bélico y la seguridad nacional, y un desplome de la inversión extranjera, Moscú se encuentra en una situación de desgaste que la aleja de la paridad estratégica con Washington o Beijing.

"En nuestra mirada, la verdadera competencia sistémica se da, como señalan Hirst et al., entre un “Norte 1” (Estados Unidos) y un “Norte 2” (China). Como bien han analizado estos autores en su caracterización de la dinámica triangular, este nuevo escenario sitúa a nuestra región en una circunstancia inédita de “doble dependencia” respecto de dos competidores con paridades relativas de poder. En este contexto, el alineamiento dogmático y el seguidismo ciego hacia cualquiera de los polos no constituye un buen negocio para un Estado mediano como la Argentina. La autonomía no debe entenderse como un aislamiento caprichoso, sino como la capacidad de diversificar vínculos para proteger el interés nacional en un mundo donde el poder ya no es unipolar y la competencia entre los Nortes tiende a intensificarse sobre las periferias ricas en recursos. Finalmente, es imperioso sopesar que este orden “no hegemónico”, “posoccidental” e incipientemente bipolar otorga a los Estados del Sur Global una mayor relevancia estratégica, pero también los convierte en un terreno decisivo de las crisis internacionales. La capacidad de navegar estas turbulencias depende de una lectura estratégica que reconozca que las grandes potencias son extremadamente sensibles a sus entornos geográficos. Si la Argentina no logra definir sus intereses de forma soberana, corre el riesgo de ser reducida a una mera correa de transmisión de agendas de seguridad ajenas, perdiendo la oportunidad histórica que el ascenso de nuevos polos de poder podría ofrecer para su desarrollo.

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Fuentes: El Cohete a la Luna.

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LA IMPORTANCIA DE AMÉRICA LATINA PARA ESTADOS UNIDOS.

Relevantes e Indefensos.

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Por Luciano Anzelini | 18/05/2026 | América Latina y CaribeEE.UU.

Fuentes- Revista Rebelión lunes 18 de mayo del 2026.

En el actual escenario de fragmentación global, resulta indispensable revisitar las premisas que guían la inserción internacional de las naciones periféricas. Una reciente entrevista concedida a Infobae por John Mearsheimer —referente indiscutido del neorrealismo— sacudió los cimientos de cierta academia regional que se autopercibe marginal. Con la contundencia que lo caracteriza, Mearsheimer sentenció que “América Latina es el área más importante del mundo para Estados Unidos”.

Esta afirmación no es una concesión retórica, sino una derivación lógica de su teoría estructural: para que una potencia pueda proyectar su poder en teatros lejanos, como el este de Asia o Europa, debe garantizar primero una preeminencia incontestada en su propio hemisferio. Según su visión, al ser Washington un hegemón regional, el control sobre el Hemisferio occidental es lo que le otorga la libertad de maniobra necesaria para concentrarse en la contención de otros contendientes sistémicos.

Esta perspectiva sobre la relevancia estratégica de América Latina colisiona con la mirada que han desarrollado destacados analistas como Luis Schenoni y Andrés Malamud. Según estos expertos, nuestra región atraviesa una trayectoria de declive y pierde densidad en indicadores clave como proporción de la población mundial, peso estratégico, volumen comercial, músculo militar y capacidad diplomática. En sus propias palabras, “el apogeo de América Latina brilla a sus espaldas” . Para estos autores, la pérdida de relevancia es un dato estructural: al no representar ya una amenaza de seguridad (como en la Guerra Fría) ni ser una fuente de insumos insustituibles (ante la supuesta autosuficiencia energética de Washington), América Latina se habría convertido en una zona “menos apetecible” y, por ende, crecientemente irrelevante.

Sin embargo, emerge aquí una paradoja analítica que merece ser puntualizada. Grandes académicos, situados en las antípodas ideológicas, coinciden en la centralidad estratégica de nuestro territorio. Mientras Mearsheimer enfatiza el peso del hemisferio como un espacio cuya estabilidad es indispensable para la competencia global, intelectuales de la izquierda latinoamericana como Atilio Borón han sostenido históricamente que ninguna región verdaderamente irrelevante habría sido objeto de la primera doctrina de política exterior estadounidense —la Doctrina Monroe de 1823— ni pionera en contar con un tratado de asistencia militar como el TIAR.

Esta convergencia entre Mearsheimer y Borón sugiere que la supuesta irrelevancia latinoamericana es, en rigor, una apreciación que —cuando se traslada al diseño de políticas— resulta funcional al centro para garantizar el flujo de recursos estratégicos sin la necesidad de negociar con actores autónomos. Subestimar nuestro valor estratégico es el primer paso hacia la claudicación soberana.



Entre el lobby y la improvisación.

El análisis que Mearsheimer efectúa sobre los conflictos en curso revela una profunda carencia de rumbo estratégico en Washington. En Medio Oriente, la guerra entre el eje Washington-Tel Aviv e Irán no parece responder a intereses nacionales estadounidenses cuidadosamente ponderados, sino al influjo desproporcionado de grupos de cabildeo. En palabras de Mearsheimer en su conferencia magistral ante el Parlamento Europeo en noviembre de 2025:

“Estados Unidos tiene una relación especial con Israel sin parangón en la historia. Esta conexión, fruto del enorme poder del lobby israelí en Estados Unidos, no solo implica que Estados Unidos apoyará a Israel incondicionalmente, sino también que las fuerzas estadounidenses participarán en las guerras de Israel, ya sea directa o indirectamente”.

En lo que respecta a la guerra actual, y como ha señalado —entre otros— Fareed Zakaria, nos encontramos ante una presidencia norteamericana construida sobre el bluff y la improvisación, donde la conducción del conflicto carece de una estrategia esclarecida. Aun así, es importante señalar que la escalada militar en curso no es un evento fortuito, sino que tuvo su preludio en junio de 2025 con la agresión sistemática contra instalaciones clave del programa nuclear iraní en sitios como Fordo, Natanz e Isfahán. Estos ataques preventivos no solo han sido decisivos para el desmantelamiento del agonizante orden internacional basado en reglas, sino que, como advirtió Kenneth Waltz hace más de una década, podrían generar el efecto contrario al deseado: convencer a Teherán de que la única vía para disuadir ataques de potencias hostiles es, precisamente, alcanzar capacidades de disuasión atómica.

En el teatro europeo, la guerra entre Rusia y Ucrania encuentra sus causas profundas en la precipitada decisión transatlántica de expandir la OTAN hacia las fronteras rusas. En el mencionado discurso ante el Parlamento Europeo, Mearsheimer fue lapidario:

“Europa y Estados Unidos, de forma imprudente, intentaron incorporar a Ucrania a la OTAN, lo que provocó una guerra perdida con Rusia que aumenta considerablemente las probabilidades de que Estados Unidos abandone Europa y la OTAN quede desmantelada”. En este marco, la insistencia en incorporar a Ucrania a la alianza atlántica fue interpretada por Moscú como una “amenaza existencial que [debía] evitarse a toda costa”.

Según Mearsheimer:

“La guerra de Ucrania, que, según mi parecer, fue provocada por Occidente y, en especial, por Estados Unidos, es la principal causa de la inseguridad europea actual”.

Según su interpretación, Washington y sus aliados ignoraron deliberadamente las líneas rojas de Moscú trazadas desde la cumbre de Bucarest en 2008, lo que condujo inevitablemente a una tragedia que podría haberse evitado mediante la diplomacia.

Rusia, en la mirada de este verdadero analista emblema de las Relaciones Internacionales (RI), no es una potencia con un plan maestro para conquistar Europa de Este, sino un actor que ha recurrido a una guerra preventiva para impedir que su entorno inmediato se transforme en una plataforma militar hostil. Como explicó Mearsheimer ante los eurodiputados, la idea de que Putin busca recrear la Unión Soviética es un argumento carente de evidencia empírica.

Sin embargo, la persistencia de Occidente en alimentar el conflicto ha dejado a Europa en una situación de extrema fragilidad, viéndose forzada a aceptar una dependencia creciente de la seguridad suministrada por Washington. Esta dinámica ha terminado por subordinar los intereses estratégicos de las capitales europeas a los dictados de la Casa Blanca, erosionando los márgenes de autonomía del proyecto comunitario europeo.



El orden mundial no hegemónico.

Las guerras reseñadas son las manifestaciones actuales de un “orden mundial no hegemónico” en pleno desenvolvimiento. Retomando las categorías del neogramsciano Robert W. Cox (1926-2018), podemos definir este periodo como uno signado por la puesta en entredicho de las reglas de juego globales, el avance del proteccionismo económico y la desestabilización de los balances estratégico-militares. Para el experto canadiense, un “orden no hegemónico” se caracteriza por la carencia de un liderazgo capaz de combinar coerción y consenso, dando lugar a una fase de “revolución pasiva” a escala planetaria donde las potencias tradicionales intentan preservar sus privilegios frente al surgimiento de nuevas fuerzas sociales y políticas. En este marco, las instituciones internacionales pierden su apariencia de universalidad para convertirse en meros instrumentos de disputa.

Tras el breve momento unipolar que siguió a la Guerra Fría, el sistema internacional ha mutado hacia una estructura que, además de “no hegemónica” —según la formulación de Cox— es, en la mirada de Mónica Hirst, Roberto Russell, Ana María Sanjuan y Juan Tokatlian, “posoccidental”. Y añadimos nosotros, incipientemente bipolar. En este último punto diferimos de la caracterización de Mearsheimer, quien considera que habitamos un mundo multipolar, resultado de la competencia entre Estados Unidos, China y Rusia.

Nuestra perspectiva sostiene que Rusia, a pesar de su innegable peso nuclear y geográfico, carece de la base material necesaria para constituirse en un polo rector de poder global. Como reflejan los datos económicos, la economía rusa atraviesa una situación de debilidad estructural: es, en términos nominales, al menos 15 veces menor que la de Estados Unidos. Con casi el 40% de su presupuesto federal devorado por el esfuerzo bélico y la seguridad nacional, y un desplome de la inversión extranjera, Moscú se encuentra en una situación de desgaste que la aleja de la paridad estratégica con Washington o Beijing.

En nuestra mirada, la verdadera competencia sistémica se da, como señalan Hirst et al., entre un “Norte 1” (Estados Unidos) y un “Norte 2” (China). Como bien han analizado estos autores en su caracterización de la dinámica triangular, este nuevo escenario sitúa a nuestra región en una circunstancia inédita de “doble dependencia” respecto de dos competidores con paridades relativas de poder. En este contexto, el alineamiento dogmático y el seguidismo ciego hacia cualquiera de los polos no constituye un buen negocio para un Estado mediano como la Argentina. La autonomía no debe entenderse como un aislamiento caprichoso, sino como la capacidad de diversificar vínculos para proteger el interés nacional en un mundo donde el poder ya no es unipolar y la competencia entre los Nortes tiende a intensificarse sobre las periferias ricas en recursos.

Finalmente, es imperioso sopesar que este orden “no hegemónico”, “posoccidental” e incipientemente bipolar otorga a los Estados del Sur Global una mayor relevancia estratégica, pero también los convierte en un terreno decisivo de las crisis internacionales. La capacidad de navegar estas turbulencias depende de una lectura estratégica que reconozca que las grandes potencias son extremadamente sensibles a sus entornos geográficos. Si la Argentina no logra definir sus intereses de forma soberana, corre el riesgo de ser reducida a una mera correa de transmisión de agendas de seguridad ajenas, perdiendo la oportunidad histórica que el ascenso de nuevos polos de poder podría ofrecer para su desarrollo.



El Atlántico Sur y las Fuerzas Armadas.

Este panorama global tiene implicancias directas para la seguridad internacional y la defensa nacional de la Argentina. La creciente relevancia de nuestra región no es una concesión semántica o diplomática, sino un dato concreto derivado de nuestros activos: parte del “Triángulo del Litio”, el yacimiento de Vaca Muerta y, fundamentalmente, nuestra posición como llave de acceso a la Antártida. El Atlántico Sur ha dejado de ser un espacio remoto para convertirse en el epicentro de una puja por recursos ictícolas, hidrocarburíferos y potencialmente mineros (nódulos polimetálicos), vigilados de cerca por el enclave colonial británico en Malvinas, que actúa como base militar de la alianza anglo-norteamericana en la región.

Frente a este desafío soberano, el actual gobierno ha optado por un proceso de “desnacionalización estratégica”. Este fenómeno —que hemos abordado minuciosamente en artículos previos— se traduce, en términos de gestión pública, en una parálisis del planeamiento de la defensa nacional: a más de dos años de iniciada la administración Milei, el Poder Ejecutiv0o ha sido incapaz de emitir la Directiva de Política de Defensa Nacional (DPDN); y el Ministerio de Defensa de llevar adelante la responsabilidad del planeamiento estratégico-militar del sector, dejando un vacío que ha sido llenado con las instrucciones del Pentágono.

El resultado es un desfinanciamiento crítico del Instrumento Militar. El Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés), el think tank más prestigioso en el seguimiento de información militar a nivel global, acaba de publicar su último anuario, correspondiente a 2025. El estudio exhibe que el gasto en defensa de la Argentina se halla en un piso histórico, siendo el más bajo de la región.

La inversión en defensa ha caído al 0,56% del PBI, un deterioro significativo si se lo compara con el 0,85% destinado en 2015 (último año del gobierno de Cristina Fernández), lo que evidencia un abandono sistemático de la capacidad de defensa del territorio nacional. A todo esto, debe añadirse que el presupuesto 2026 eliminó el financiamiento del FONDEF (Fondo Nacional de Defensa), un programa creado por ley en 2020 que garantizaba la asignación anual del 0,8% de los gastos corrientes del Estado al reequipamiento militar.

A este cuadro de menesterosidad presupuestaria se suma el peligroso proceso de policialización de las Fuerzas Armadas. Al intentar convertir a los militares en policías de frontera para la lucha contra el “narcomenudeo” —a través de iniciativas como la “Operación Roca”— se desvían recursos y atención de aspectos clave de la misión primaria como la protección de la soberanía en el Atlántico Sur.

Esta desnaturalización ignora las lecciones más elementales del Informe Rattenbach, que demostró cómo un instrumento militar distraído en funciones de seguridad interna y politizado carece —más allá de ciertas excepciones notables de algunas de sus unidades en la guerra de 1982— de la aptitud profesional para enfrentar con éxito un conflicto convencional. Y no puede menospreciarse, en un mundo conflictivo, incierto y pugnante como el actual, el reciente presagio de un líder prudente —en el sentido realista del término— como Luiz Inácio Lula da Silva, quien afirmó: “Si no nos preparamos para defendernos, en cualquier momento nos invaden”.

La Argentina, sin renunciar jamás a su estrategia diplomática de recuperación de las islas Malvinas —tal como lo prescribe la disposición transitoria primera de la Constitución Nacional—, debe entender que la diplomacia no puede ser efectiva si no está acompañada de una defensa activa. Es indispensable fortalecer las capacidades de control, vigilancia, reconocimiento e inteligencia estratégica en el Atlántico Sur. Solo mediante un incremento de los costos económicos y militares para el ocupante británico se podrá dotar de peso real a los reclamos en los foros internacionales.

Renunciar a la disuasión autónoma para transformarse en una fuerza policial subordinada no solo compromete la integridad territorial, sino que nos sitúa en una fase de indefensión crítica frente a potencias que, como el Reino Unido, hoy refuerzan activamente su preparación militar en el Atlántico Sur.



De peones a arquitectos.

Resulta indispensable recuperar la lucidez estratégica para comprender el mundo que habitamos. Como señalábamos al inicio, la sentencia de John Mearsheimer sobre la máxima relevancia de América Latina para los Estados Unidos no es un elogio, sino una advertencia sobre la intensidad de la disputa que se avecina en nuestro propio entorno geopolítico. Ignorar esta centralidad en favor de un relato de irrelevancia solo facilita la entrega de nuestros recursos y la fragmentación de nuestra soberanía.

América Latina, en general, y la Argentina, en particular, se encuentran ante una encrucijada. En un orden mundial “no hegemónico”, “posoccidental” e incipientemente bipolar, la “occidentalización dogmática” y la policialización de nuestras Fuerzas Armadas constituyen una claudicación que compromete el futuro de la nación. El desafío es, por tanto, reconstruir una política exterior y de defensa profesionales, centradas en la procura de mayores márgenes de autonomía y en la defensa del Atlántico Sur y su proyección antártica, que sean capaces de navegar las turbulencias de la discordia global con un esclarecido sentido nacional.

Solo a través de la conciencia de nuestra importancia estratégica, tal como lo reconocen con lucidez desde el realista Mearsheimer hasta el marxista Borón, podremos dejar de ser peones en juegos ajenos para convertirnos en arquitectos de nuestra propia seguridad internacional.

Luciano Anzelini es doctor en Ciencias Sociales (UBA) y profesor de Relaciones Internacionales (UBA-UNSAM-UNQ-UTDT).

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sábado, 16 de mayo de 2026

EL DOLOROSO DECLIVE DE LOS IMPERIOS.

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“Según las fuentes estadísticas internacionales más solventes, Estados Unidos no es ni mucho menos la primera potencia mundial en todos los aspectos: ocupa el último lugar entre las naciones más avanzadas en los indicadores de salud, el 57 en libertad de prensa y estado del clima y el medio ambiente, el 46 en esperanza de vida, el 29 en ausencia de corrupción, el 27 en movilidad social, el 26 en indicadores educativos y el 24 en la felicidad que sienten sus ciudadanos. Sí está en el primer lugar, por el contrario, en número de personas encarceladas, en muertes por armas de fuego, tiroteos escolares, muerte por drogas, quiebras familiares por gastos médicos, obesidad infantil, muerte por desesperación… y, entre los países más ricos del planeta, también en desigualdad de ingreso y riqueza, mortalidad materna y pobreza infantil. En cuanto a indicadores económicos, igualmente es cierto que Estados Unidos es la primera potencia mundial en gasto militar y endeudamiento. Lo mismo que ocupa esa posición de privilegio por el número de guerras que ha provocado o en las que ha participado, y en los golpes de Estado que ha impulsado o dado directamente, utilizando sus servicios de inteligencia o fuerzas armadas.

“Estados Unidos destaca sobremanera en los rankings mundiales. Es cierto. Pero también lo es que todas esas posiciones de vanguardia, como acaba de señalar, no son precisamente como para sentirse orgulloso, y que no permitan afirmar que ese país se encuentre en una Edad de Oro.

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Fuentes: Ganas de escribir.

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EL DOLOROSO DECLIVE DE LOS IMPERIOS.

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Por Juan Torres López | 16/05/2026 | Economía

Fuentes. Revista Rebelión sábado 16 de mayo del 2026.

Desde hace semanasla página web de la Casa Blanca se abre con un texto que termina diciendo:

«Hemos entrado indudablemente en una Edad de Oro de la grandeza estadounidense, que promete aún mayores oportunidades y seguridad en el futuro».

Un mensaje que el presidente Trump suele repetir añadiendo que su país es la primera gran potencia mundial en todos los ámbitos.

Es indudable que el poder de ese país es inmenso y que está en la vanguardia del mundo en muchos ámbitos cruciales para la economía, la política y la vida de los seres humanos. Pero la Administración estadounidense y su máximo líder hacen una lectura bastante parcial del lugar que Estados Unidos ocupa en el mundo.

Según las fuentes estadísticas internacionales más solventes, Estados Unidos no es ni mucho menos la primera potencia mundial en todos los aspectos: ocupa el último lugar entre las naciones más avanzadas en los indicadores de salud, el 57 en libertad de prensa y estado del clima y el medio ambiente, el 46 en esperanza de vida, el 29 en ausencia de corrupción, el 27 en movilidad social, el 26 en indicadores educativos y el 24 en la felicidad que sienten sus ciudadanos. Sí está en el primer lugar, por el contrario, en número de personas encarceladas, en muertes por armas de fuego, tiroteos escolares, muerte por drogas, quiebras familiares por gastos médicos, obesidad infantil, muerte por desesperación… y, entre los países más ricos del planeta, también en desigualdad de ingreso y riqueza, mortalidad materna y pobreza infantil. En cuanto a indicadores económicos, igualmente es cierto que Estados Unidos es la primera potencia mundial en gasto militar y endeudamiento. Lo mismo que ocupa esa posición de privilegio por el número de guerras que ha provocado o en las que ha participado, y en los golpes de Estado que ha impulsado o dado directamente, utilizando sus servicios de inteligencia o fuerzas armadas.

Estados Unidos destaca sobremanera en los rankings mundiales. Es cierto. Pero también lo es que todas esas posiciones de vanguardia, como acaba de señalar, no son precisamente como para sentirse orgulloso, y que no permitan afirmar que ese país se encuentre en una Edad de Oro.

La verdad es que Estados Unidos es un imperio en declive. Hay unos datos muy elementales que quizá lo demuestren de forma muy rápida y elemental. Al terminar la segunda Guerra Mundial, su Producto Interior Bruto representaba el 50% del global, su producción industrial equivalía al 60% de la de todos los países del mundo juntos, y disponía del 80% de las reservas de oro existentes en el planeta. Hoy día, el PIB de Estados Unidos representa el 25% del mundial, su industria el 17% de la producción industrial global y sólo dispone del 25% de las reservas de oro totales. Su peso en la economía, el comercio, las finanzas, la tecnología e incluso en el poderío militar sigue siendo muy alto, pero en todos esos ámbitos decae sin cesar. Y lo hace, además, frente a China, una nación pobre y atrasada hace muy pocas décadas y que ahora ha logrado superar a Estados Unidos en muchos de los indicadores estratégicos más relevantes.


¿Está Estados Unidos, cayendo, como el IMPERIO ROMANO? Todos los paralelismo explicados.

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Imperios en declive.

Ante esta situación en la que se encuentra Estados Unidos me parece fundamental tener en cuenta que el declive de todos los imperios que se han conocido y estudiado suele tener características semejantes que es muy probable que se vuelvan a dar ahora, en su caso.

Los imperios nunca declinan suavemente, digamos que aceptando pasivamente su pérdida de influencia y poder. Lo hacen, por el contrario, aumentando su agresividad, intensificando la extracción de riqueza a otras naciones y convirtiéndose en más peligrosos que nunca. Cuando su pujanza económica disminuye, aumentan la coerción militar, la presión financiera y el control político. Y, al no poder integrar ya bajo su manto a las demás naciones con consensos y convicción, recurren a la amenaza y exigen obediencia ciega.

Eso ocurrió con Roma, un imperio que terminó devorándose a sí mismo cuando, incapaz de seguir expandiendo su poder, comenzó a exprimir a los campesinos y artesanos y a generar una inflación disparada para poder financiar un gasto militar que terminó provocando su colapso. La desigualdad que eso produjo no fue un efecto colateral del declive, sino una de sus causas estructurales más relevantes.

España controló durante el siglo XVI los mayores flujos de metales preciosos que el mundo había conocido. Era el imperio donde nunca se ponía el sol, pero comenzó a encadenar bancarrotas y se convirtió en el Estado más endeudado de su época. Casi la mitad de los ingresos de la Corona terminaban como intereses de la deuda en los bolsillos de banqueros genoveses y alemanes, mientras se deterioraban las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población.

El Imperio británico, por el contrario, sí mantuvo su base productiva en la etapa de apogeo, pero no pudo evitar ni fue capaz de enfrentarse al ascenso de otras potencias como Alemania y Estados Unidos, en las últimas décadas del siglo XIX. Pero también reaccionó ante ello aumentando la agresión, la expansión colonial y las guerras cada vez más inútiles y costosas. La conocida como Guerra de los Bóers, en Sudáfrica, se había concebido como una operación rápida y de bajo coste. Sin embargo, se convirtió en un conflicto de desgaste que costó un cuarto de millón de bajas, generó una auténtica ruina financiera y puso al descubierto las limitaciones militares de un imperio que hasta entonces había podido actuar con total impunidad allí donde se le antojaba. El paralelo con las últimas guerras promovidas por Estados Unidos en Afganistán, Irak o Irán no puede ser más evidente.



Un mismo patrón.

La mayoría de los imperios conocidos han recurrido a la coerción y a la expansión militar cuando su liderazgo económico menguaba y por eso registran gastos militares exagerados en esa etapa que agudizan el deterioro económico. Lo mismo que está sucediendo con los Estados Unidos de nuestra época, un imperio que prácticamente no ha dejado de estar en ningún momento en guerra durante los últimos veinticinco años.

También está aumentando ahora la extracción creciente de riqueza a quienes habían sido los mejores aliados del imperio estadounidense. Se comprueba particularmente con Europa, que soporta costes energéticos extraordinarios, pérdida de capital industrial, dependencia militar y tecnológica y subordinación estratégica a Estados Unidos sin precedentes. Y lo que aún es más revelador es que esa presión sobre los aliados produce precisamente el efecto contrario al deseado. La hostilidad de Trump logra unir a Europa, acercar a China, Japón y Corea del Sur, o generar un bloque cada vez más numeroso de países antagónicos a Washington.

Por otro lado, los imperios en declive no sólo aumentan su agresión y control hacia el exterior, sino también dentro de sus propias fronteras. tal y como está ocurriendo ahora con Estados Unidos. Con la excusa de combatir el terrorismo, allí se vigila masivamente a sus ciudadanos, se militariza la acción policial y las libertades y derechos civiles se erosionan sin cesar.

Quizá el síntoma más claro y paralelo con el patrón histórico es lo que está ocurriendo con la distribución de la riqueza interna en Estados Unidos. Roma exprimió a sus campesinos para pagar a los mercenarios, España esquilmaba a sus vasallos para pagar a sus banqueros, y ahora Estados Unidos recorta la sanidad y ayudas destinadas a la población más pobre para financiar su gasto militar y los privilegios fiscales que concede a los oligarcas.

Es igualmente característico de los imperios en declive que sus clases dirigentes se conviertan en algo así como autómatas incapaces de reconocer las limitaciones que afectan a su poder y capacidad de influencia. Los reyes siguieron embarcando a España en guerras imposibles a pesar sus bancarrotas. El imperio japonés atacó a Estados Unidos cuando se sabía perfectamente que no estaba en condiciones de hacerle frente. La Francia napoleónica se precipitó ella misma hacia el colapso creyéndose dueña y señora del mundo en las estepas rusas… Los grandes imperios en declive nunca se detienen a tiempo.

Y, por último, en todos ellos se da un fenómeno que también estamos viviendo en estos momentos cuando comienza a producirse el de Estados Unidos, la financiarización extrema de sus economías. Lo que comienza siendo un imperio basado en el poderío productivo, agrícola, industrial y comercial termina por no poder sostenerse nada más que en la fuerza artificialmente lograda de su moneda divisa, además de en los ejércitos.


La caída del Imperio Norteamericano, será larga y dolorosa.

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No es precisamente su Edad de Oro.

Estados Unidos no va a colapsar, ni a corto plazo ni siguiendo un guion simple o predecible. No podemos saber lo que ocurrirá en los próximos años, pero sí se puede sostener con certeza algo que ya ha comenzado a producirse y a evidenciarse ante nuestros ojos: Estados Unidos está entrando en la fase más peligrosa de todos los procesos de dominio imperial. Aquella en la que el imperio sigue siendo extraordinariamente poderoso, pero no lo suficiente como para imponer su poderío sin costes igualmente extraordinarios a los demás y a sí mismo. Tanto por el deterioro de los motores que le dan fuerza interna, como por la existencia de competidores que alteran las reglas de privilegio que había establecido para poder sostener su imperio.

El mundo de hoy día ya no es unipolar y Estados Unidos se sigue comportando, sin embargo, como si lo fuera. Y su superioridad económica, financiera, tecnológica y militar ya no es suficiente, ni siquiera, para imponerse a una potencia media como es Irán. Algo, hace décadas impensable. Y, como nos ha enseñado la historia, cuando todo esto ocurre es cuando el imperio y el mundo sobre el que se proyecta se vuelven más inestables y violentos. La prepotencia y la soberbia insultante de Trump no son rasgos personales, son la característica estructural y muy dolorosas para todos de los imperios que comienzan a caer.

También sabemos, por supuesto, que la historia no tiene por qué repetirse siempre de la misma forma. Pero, por si acaso, debiéramos prepararnos para estar en condiciones de enfrentarnos a lo peor.

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viernes, 15 de mayo de 2026

EL GOLFO DESPUÉS DE ORMUZ.

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“Estados Unidos también enfrenta una decisión. Puede seguir tratando al Golfo como una extensión de su arquitectura de seguridad, asumiendo que las monarquías absorberán los costos de una estrategia regional diseñada en Washington. O puede aceptar que el CCG está entrando en una etapa más autónoma, más transaccional y menos disciplinada por la lógica occidental. Esa autonomía incluirá conversaciones con China, incluso en corredores estratégicos. Incluirá una mayor cautela en la exportación de capital. Incluirá exigencias de seguridad más concretas a cambio de cooperación. Y probablemente también incluya una revisión crítica del viejo intercambio tácito: protección estadounidense a cambio de energía estable, inversiones y alineamiento geopolítico. El futuro del Golfo no se decidirá únicamente en los campos de batalla ni en la mesa de negociación entre Washington y Teherán. También se decidirá en los centros de datos que buscan financiamiento, en los puertos que conectan Asia y Europa, en los oleoductos que esquivan Ormuz, en las reuniones discretas de los fondos soberanos y en la capacidad —todavía pendiente— de seis Estados ricos de convertirse en una verdadera comunidad estratégica. Ahí se juega la reconfiguración de Medio Oriente. Y también una parte no menor del poder estadounidense en el siglo XXI.

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Fuentes: El tábano economista.

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EL GOLFO DESPUÉS DE ORMUZ.

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Por Alejandro Marcó del Pont | 15/05/2026 | Economía.

Fuente. Revista rebelión viernes 15 de mayo del 2026.

La guerra no crea desde cero la reorientación del capital del Golfo, la acelera (El Tábano Economista)

La guerra de EE. UU./ Israel con Irán no solo alteró el equilibrio militar de Medio Oriente. También abrió una crisis más profunda, la del modelo de poder sobre el que los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) construyeron su ascenso durante las últimas décadas. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kuwait, Bahréin y Omán habían logrado combinar tres activos decisivos: seguridad provista en gran medida por EE. UU., centralidad logística en los flujos de energía (exportaciones y corredores para distribuirlas) y una extraordinaria capacidad de inversión global a través de sus fondos soberanos. Esta guerra ha puesto en jaque las tres cosas al mismo tiempo.

El debate público suele concentrarse en lo más visible: misiles, drones, refinerías golpeadas, el cierre del Estrecho de Ormuz y la escalada entre Washington y Teherán. Pero el verdadero cambio geopolítico es más estructural. La reconfiguración del CCG depende hoy de su capacidad para resolver tres vulnerabilidades simultáneas: la ausencia de una defensa regional realmente integrada; la construcción de corredores alternativos a los grandes cuellos de botella marítimos, con la incógnita estratégica de si China será incluida en su diseño y la preservación de su potencia financiera externa, en particular los flujos de sus fondos soberanos hacia Estados Unidos, en un contexto de guerra, caída de ingresos y necesidad de reorientar capital hacia prioridades domésticas.

La guerra acelera esa discusión porque golpea a la vez la seguridad, la energía, el turismo, la logística y la capacidad del Golfo para seguir exportando capital. Rebecca Patterson lo formuló con agudeza en un artículo reciente para el Council on Foreign Relations:

existe un riesgo mucho menos atendido para Estados Unidos que el precio del petróleo o la interrupción de materias primas críticas. Ese riesgo es la reducción del suministro de dólares procedentes del Golfo, especialmente hacia empresas tecnológicas estadounidenses necesitadas de financiamiento, proyectos de inteligencia artificial y sus intermediarios financieros”. No es un detalle marginal. Es uno de los nervios menos discutidos del nuevo equilibrio regional.

El primer problema del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) es militar, aunque en realidad sea político. Los seis países del Golfo llevan años hablando de coordinación defensiva, de interoperabilidad, de sistemas de alerta temprana y de una arquitectura común frente a misiles y drones. Existen acuerdos, ejercicios conjuntos, grupos de trabajo y hasta una retórica recurrente de “seguridad indivisible”. Sin embargo, la guerra demostró que esa integración era más formal que efectiva.

La principal barrera no es tecnológica. Es política. Los Estados del Golfo no comparten una misma lectura estratégica del mundo. Emiratos y Bahréin profundizaron vínculos con Israel; Catar conserva una asociación estrecha con Turquía; Omán protege su rol de mediador y mantiene canales con Irán; Arabia Saudita alterna entre la contención, la negociación y la búsqueda de autonomía. Son países aliados en el papel, pero no idénticos en sus prioridades, ni en sus amenazas percibidas, ni en sus márgenes de maniobra.

Durante años, Washington ayudó a administrar esa fragmentación sin resolverla. Vendió sistemas antimisiles, radares, aviones y baterías de defensa a sus socios del Golfo. Impulsó ejercicios conjuntos. Promovió la interoperabilidad entre las fuerzas locales y el dispositivo militar estadounidense. En mayo de 2024, luego del ataque iraní contra Israel, un funcionario del Pentágono presentó ese episodio como una prueba del valor de la defensa aérea y antimisiles integrada, y sostuvo que había dado nueva urgencia a la cooperación regional.



El problema es que interoperabilidad con Estados Unidos no equivale a integración defensiva entre los países del CCG. Washington construyó una arquitectura de vínculos bilaterales —cada monarquía conectada a la potencia protectora— más que una verdadera defensa colectiva intra-Golfo. Ese modelo fue rentable para la industria militar estadounidense y funcional para preservar la centralidad de Washington como proveedor indispensable. Pero dejó pendiente lo esencial: que los propios países del CCG puedan compartir información, asignar recursos, coordinar respuestas y protegerse como bloque, no solo como clientes de un paraguas externo.

La guerra con Irán exhibió el costo de esa diferencia. Los ataques no distinguieron demasiado entre los grados de alineamiento de cada capital. Los puertos, las instalaciones energéticas, los aeropuertos y las infraestructuras críticas del Golfo se convirtieron en parte del teatro de operaciones. Reuters recogió la inquietud de fuentes regionales que expresaban una paradoja brutal: Estados Unidos encendió la guerra, pero los países árabes del Golfo son quienes absorben una parte sustantiva del daño económico y estratégico.

La pregunta, entonces, ya no es si el CCG necesita más defensa. Eso es evidente. La pregunta es qué tipo de defensa quiere construir. Si la respuesta es comprar más sistemas nacionales, el resultado será una versión más cara de la vulnerabilidad actual. Si la respuesta es una verdadera arquitectura regional —alerta temprana compartida, defensa aérea coordinada, mando conjunto y producción local de ciertos insumos críticos—, entonces el CCG podría transformar la crisis en una oportunidad de autonomía estratégica.

Pero esa alternativa exige algo que hasta ahora no ha ocurrido: que las monarquías del Golfo acepten que la soberanía no se preserva aislándose, sino integrando capacidades. Ese es el primer dilema de la reconfiguración regional.

El segundo eje es logístico y geoeconómico. El cierre del Estrecho de Ormuz no fue simplemente una disrupción del comercio energético. Fue la demostración de que el principal cuello de botella del Golfo puede ser convertido en instrumento de coerción estratégica.

Antes de la guerra, Ormuz era una amenaza permanente pero muchas veces tratada como improbable en sus consecuencias extremas. Incluso cuando se admitía el riesgo, buena parte del análisis económico occidental lo colocaba en la categoría de escenario de tensión parcial, no de interrupción masiva y sostenida. La dimensión del golpe explica por qué Ormuz dejó de ser un simple paso marítimo. En 2025, cerca de 15 millones de barriles diarios de crudo atravesaron el estrecho, aproximadamente un tercio del comercio mundial de petróleo. Además, una porción decisiva del GNL global depende de esa ruta, en particular el gas de Catar.



La crisis mostró que existen vías de alivio, pero no soluciones completas. Arabia Saudita pudo aumentar los despachos por el oleoducto este-oeste hacia Yanbu, en el Mar Rojo. Emiratos utilizó la ruta Habshan-Fujairah para sacar parte de su crudo evitando el estrecho. Estas infraestructuras permitieron mitigar la pérdida de exportaciones y elevar el tráfico de buques tanque en puertos sauditas del Mar Rojo de manera marginal.

Pero conviene no exagerar su alcance. Los bypass energéticos no cubren a todos por igual. Kuwait, Catar e Irak tienen restricciones mucho mayores. Las alternativas sirven sobre todo para petróleo, no necesariamente para gas natural licuado. Y ninguna tubería resuelve por sí sola la vulnerabilidad de importaciones esenciales, cadenas alimentarias, bienes industriales, fertilizantes o flujos comerciales generales. Por eso el corredor deja de ser “infraestructura” y pasa a ser estrategia nacional y regional.

La nueva pregunta del Golfo es cómo construir rutas que permitan sobrevivir a un Ormuz intermitente, condicionado o políticamente disputado. Esa discusión incluye oleoductos, puertos, ferrocarriles, depósitos estratégicos, redes digitales, cables submarinos y plataformas logísticas. El CCG ya había aprobado avances en la conexión ferroviaria regional, pero la guerra le da un significado distinto, ya no se trata únicamente de diversificar comercio, sino de reducir vulnerabilidades existenciales.

Sin embargo, el verdadero debate no es técnico. Es político: ¿puede el CCG diseñar corredores alternativos sin China? La respuesta realista es que probablemente no quiera hacerlo. China no es un actor externo menor para el Golfo. Es comprador clave de energía, socio comercial fundamental y proveedor de financiamiento e infraestructura. En mayo de 2025, la declaración conjunta ASEAN–China–CCG incluyó de manera explícita la promoción de cooperación de alta calidad bajo la Ruta de la Seda y el desarrollo de corredores logísticos y plataformas digitales.

Ese dato altera todo el cuadro. Si el corredor del Medio Oriente-India-Europa (IMEC) fue pensado en Washington/Israel como parte de una geoeconomía que contuviera el avance de la Ruta de la Seda china, los países del Golfo parecen menos interesados en elegir entre una arquitectura u otra que en superponerlas. Quieren corredores occidentales, sí, pero también desean conservar acceso a capital, demanda e infraestructura china. Esa ambivalencia enfurece a Estados Unidos porque reduce el valor estratégico de sus proyectos de conectividad: un corredor que debía anclar al Golfo a Occidente puede convertirse, en manos del CCG, en una plataforma de multipolaridad.



Si China participa de manera decisiva en el diseño de los corredores del Golfo, Estados Unidos pierde exclusividad. Si queda afuera, el CCG reduce su margen de maniobra frente a su principal socio comercial asiático. Ninguna de las dos opciones es neutra. La guerra con Irán vuelve más urgente esa decisión porque demuestra que la infraestructura es, en realidad, política condensada. Ormuz no era simplemente un estrecho. Era una promesa de continuidad. Esa promesa se rompió.

El tercer eje es el más subestimado y, quizá, el más importante para Estados Unidos. Durante décadas se habló del “reciclaje de petrodólares”. Los países exportadores de energía acumulaban excedentes y una parte sustantiva regresaba a los mercados occidentales en forma de depósitos, bonos, acciones e inversiones de cartera. Esa lógica no desapareció, pero cambió radicalmente de escala y sofisticación.

Los fondos soberanos del Golfo se transformaron en instrumentos de política industrial, diplomacia económica y poder estratégico. Según estimaciones citadas por CFR, la región administra entre 4 y 7 billones de dólares en activos soberanos. EE. UU. captó 132.000 millones de dólares en 2025, el 48% del total, impulsado en gran medida por inversiones en infraestructura digital, centros de datos y empresas de inteligencia artificial. Este dato es central: el capital del Golfo ya no es solo un colchón financiero para las monarquías. Es parte del metabolismo del capitalismo estadounidense, especialmente de sus sectores más ambiciosos y costosos.

Si la guerra persiste, los países del CCG necesitarán más recursos para defensa, reparación de infraestructura, estabilización fiscal y sostenimiento interno. Eso puede reducir o postergar la colocación de capital en el exterior. Reuters informó en marzo que tres Estados del Golfo comenzaron a revisar cómo desplegar sus fondos soberanos, incluyendo posibles reversiones de compromisos, desinversiones y revaluación de patrocinios globales.

No estamos ante un viraje improvisado. La retracción internacional ya había comenzado antes de la guerra. En abril de 2026, el gobernador del Public Investment Fund saudí afirmó que el fondo buscará destinar el 80% de sus inversiones a la economía local y reducir la proporción internacional al 20%, desde picos cercanos al 30%. El giro responde tanto a la presión de los déficits y la menor renta petrolera como a la urgencia renovada que impone la guerra. Dicho de otra manera: la guerra no crea desde cero la reorientación del capital del Golfo, la acelera.

Por eso la relación Washington–CCG atraviesa una contradicción profunda. Estados Unidos quiere que los países del Golfo sigan siendo socios estratégicos, compren armamento estadounidense, financien sectores prioritarios de su economía y respalden corredores favorables a Occidente. Pero la misma guerra que Washington ayudó a desencadenar erosiona la capacidad del Golfo para cumplir todos esos roles a la vez. Si el conflicto se prolonga, el CCG tendrá que priorizar. Y es razonable suponer que priorizará su estabilidad doméstica antes que la comodidad financiera de Silicon Valley.

La gran enseñanza de esta guerra es que el Golfo ya no puede ser entendido como una región pasiva, rica y dependiente, cuya función es exportar energía, comprar armas y reciclar excedentes. Está emergiendo como un actor que debe administrar simultáneamente seguridad, conectividad y capital.

Si el CCG consigue construir una defensa regional efectiva, reducirá su dependencia del paraguas estadounidense. Si logra desarrollar corredores alternativos con suficiente autonomía, limitará el poder de coerción de Ormuz y ganará margen frente a Irán. Si preserva sus fondos soberanos sin quedar atrapado entre la guerra y las urgencias domésticas, mantendrá su influencia global. Pero si fracasa en alguno de esos frentes, su posición se debilitará.

Estados Unidos también enfrenta una decisión. Puede seguir tratando al Golfo como una extensión de su arquitectura de seguridad, asumiendo que las monarquías absorberán los costos de una estrategia regional diseñada en Washington. O puede aceptar que el CCG está entrando en una etapa más autónoma, más transaccional y menos disciplinada por la lógica occidental.

Esa autonomía incluirá conversaciones con China, incluso en corredores estratégicos. Incluirá una mayor cautela en la exportación de capital. Incluirá exigencias de seguridad más concretas a cambio de cooperación. Y probablemente también incluya una revisión crítica del viejo intercambio tácito: protección estadounidense a cambio de energía estable, inversiones y alineamiento geopolítico.

El futuro del Golfo no se decidirá únicamente en los campos de batalla ni en la mesa de negociación entre Washington y Teherán. También se decidirá en los centros de datos que buscan financiamiento, en los puertos que conectan Asia y Europa, en los oleoductos que esquivan Ormuz, en las reuniones discretas de los fondos soberanos y en la capacidad —todavía pendiente— de seis Estados ricos de convertirse en una verdadera comunidad estratégica.

Ahí se juega la reconfiguración de Medio Oriente. Y también una parte no menor del poder estadounidense en el siglo XXI.

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