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“Desde otra perspectiva, La Vía Campesina, organización que reúne a 180
agrupaciones locales y nacionales representativas de más de 200 millones
de pequeños y medianos productores agrícolas y trabajadores rurales en
81 países, también apunta a un cambio radical de la lógica del
crecimiento y el desarrollo humano. En su caso, comenzando con una redefinición
del derecho a la alimentación. En un manifiesto de octubre de 2025,
reactualizado en abril de 2026, La Vía Campesina afirma que la agroecología
campesina es la respuesta al grave problema de una alimentación
muy dispar. Y propone soluciones reales que reconozcan la
soberanía alimentaria, la dignidad y la justicia para
los pueblos del mundo, como un “nuevo paradigma financiero basado en
subvenciones públicas incondicionales, no en préstamos”. Según La
Vía Campesina, estos fondos deben ser “controlados democráticamente para
impulsar transiciones justas y soberanas”. Es importante que los países del
Sur Global puedan “transitar en sus propios términos, con
reparaciones financieras, transferencia de tecnología y autonomía para definir
sus propias sendas de desarrollo”. Por otra parte, promueve la “construcción
de una solidaridad global que también apoye transiciones justas y soberanas
para los pueblos del Norte Global, cuyo control sobre sus propias economías es
crucial para acabar con el imperialismo y la explotación de la clase
trabajadora y la Madre Tierra”
“La propuesta de La Vía
Campesina no es
algo reciente. En
efecto, en muy diversos momentos desde su nacimiento en 1993
ha criticado frontalmente el modelo decrecimiento económico neoliberal y
el agronegocio debido a que ambos priorizan la rentabilidad
corporativa y la especulación financiera sobre el bienestar
social, la salud humana y la sostenibilidad ambiental. Sin
duda alguna, un modelo que genera pobreza expulsa a los pequeños
agricultores de sus tierras y destruye la biodiversidad. A todas
luces, América Latina y el Caribe, como buena parte del resto del mundo,
se encuentran en la encrucijada de una compleja etapa histórica
caracterizada por una doble crisis: la del crecimiento global y la del
propio concepto usado hasta aquí para medir e interpretar dicho
crecimiento. Crisis agravada por guerras con efectos perniciosos en todo
el mundo y en particular en el Sur Global, que paga el precio más
alto, el de la creciente pobreza extrema
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Fuentes: Rebelión.
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LATINOAMÉRICA Y EL CARIBE EN SU LABERINTO.
La doble crisis del crecimiento.
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Por Sergio Ferrari | 13/05/2026 | Economía
Fuentes Revista Rebelión miércoles 13 de mayo del 2026.
Además de sus históricos problemas
estructurales, América Latina y el Caribe confrontan ahora la incertidumbre
generada por la inestabilidad geopolítica internacional. En medio de esta
coyuntura ven alejarse sus expectativas de crecimiento para 2026.
Aunque las marcadas disparidades entre países no permiten sacar una
conclusión única, como lo constata la Comisión Económica para América Latina
y el Caribe (CEPAL), se percibe una tendencia predominante: la media de
crecimiento real del Producto Interno Bruto (PIB) el año en curso seguirá
bajando hasta un minúsculo 2,2%, con un deterioro real para 24 de sus 33
países.
Regionalmente, el crecimiento
en América del Sur será de 2,4% (2,9% en 2025). En América Central, de
2,2% (2,3% en 2025). En todo el continente, México, la República Dominicana y
el Caribe de habla no
hispana quizás sean las únicas excepciones de crecimiento
previsto. México, con un salto del 1,5% con respecto al 0,8%
anterior; República Dominicana que aumentaría hasta el 4%; en tanto el
Caribe de lengua no hispana las cifras son más bien engañosas debido al empuje
de Guyana. Si se excluye esta última, estaríamos hablando de apenas un 1,2%,
bien por debajo del 2,0% en 2025 (https://www.cepal.org/sites/default/files/pr/files/tabla_proyecciones_abril-2026-esp.pdf).
Crisis crónica: “crecimiento perezoso”.
Con esta proyección, la CEPAL está rectificando sus
previsiones anteriores de un crecimiento un poco mayor para la región.
Tras cuatro años consecutivos con índices porcentuales en torno al 2% anual,
algo así como un “crecimiento perezoso”, concluye que se trata de
“un techo bajo que
habla de una incapacidad estructural para despegar, insertada en un contexto
internacional que pesa como un ladrillo”.
(https://news.un.org/es/story/2026/04/1541379).
El análisis de la CEPAL subraya el impacto significativo de
la nueva situación mundial: desde diciembre de 2025 hasta fines de abril,
“el escenario externo
se ha endurecido, especialmente a raíz de la guerra en Oriente Medio, que ha
disparado la volatilidad de los mercados y el precio del petróleo”. Así, por ejemplo, el primer cuatrimestre
de 2026, los combustibles esenciales han subido un 74% con respecto al año
anterior.
De la mano de esta crisis, agudizada por el doble tapón
impuesto al Estrecho de Ormuz en las costas iraníes –por donde transita
más del 20% del combustible mundial–, también se encarecieron alimentos
y servicios, inevitable freno al crecimiento del intercambio
mundial. De allí que las organizaciones internacionales
especializadas pronostiquen que este año el techo de crecimiento del
comercio mundial sea del 2,7%, muy inferior al 4,7% de 2025,
con sus repercusiones directas en el continente.
Por otra parte, varios socios relevantes de
América Latina y el Caribe, como China, la Unión Europea e India, se
han desacelerado en momentos en que los bancos centrales del mundo,
asustados por la inflación, se han vuelto cautelosos y
están imponiendo condiciones financieras menos favorables que las que proyectaban
hace apenas unos meses.
En síntesis, el consumo regional se enfría y la inversión no
arranca, la economía se desacelera, los precios suben y el trabajo
escasea. Realidad macro que se expresa en la caída de la capacidad
económica familiar debido a que el consumo privado ha perdido energía.
Más preocupante aún, insiste la CEPAL, es la media de la inflación en
la región, que este año superará el 3% (fue del 2,4% en 2025),
aunque
“se dejará sentir
particularmente en América del Sur debido a la volatilidad del tipo de cambio y
la subida de los costos de la importación”.
Para la CEPAL, un 2,2% “no es una
catástrofe puntual, sino la expresión de un síntoma crónico”, que describe en términos elocuentes: la
región lleva años en la trampa del bajo crecimiento, alta exposición a
los vaivenes mundiales y poca capacidad para encender motores propios,
con riesgos que no desaparecen, como condiciones financieras
restrictivas, inflación alimentaria y energética y volatilidad
cambiaria. Además, sobre algunos países pesan problemas estructurales
más profundos, como restricciones externas, margen de maniobra
político agotado e instituciones frágiles. De allí que su mensaje
sea no solo económico sino también político:
“Ampliar la movilización de recursos internos y externos y fortalecer la gobernanza son factores fundamentales para impulsar políticas que dinamicen la inversión, aumenten la productividad y fortalezcan la resiliencia macroeconómica en un entorno global cada vez más incierto”.
La guerra y el impacto mundial.
Por su parte, el Fondo Monetario
Internacional (FMI)
proyecta tendencias similares a nivel mundial a las anticipadas por la CEPAL
para América Latina y el Caribe, como lo documenta en su informe de
abril La economía mundial bajo la sombra de la guerra. Aun
suponiendo que el conflicto en el Medio Oriente tuviese una duración
y un alcance limitados, de todos modos, el FMI proyecta
para 2026 una desaceleración del crecimiento del 3,1% con un leve aumento
de la inflación. En el caso de las economías de mercados
emergentes y en desarrollo, esta tendencia será mucho más pronunciada.
(https://www.imf.org/es/publications/weo/issues/2026/04/14/world-economic-outlook-april-2026).
¿Quién se beneficia con las nuevas
guerras?, sin duda
una pregunta crítica en esta coyuntura tan compleja y alterada.
En todo caso, y tanto a la luz de los brutales costos humanos como de
los indicadores económicos, puede afirmarse que prácticamente ninguna
economía nacional podrá sacar provecho de estos conflictos, a
excepción de la gran industria armamentista.
La radiografía del FMI, a quien nadie puede tildar de
progresista, es elocuente:
el gasto para defensa en los próximos dos años y medio aumentará de tal manera que llegará a representar unos 2,7 puntos porcentuales del PIB y aproximadamente dos tercios de este se financiarán mediante nuevo endeudamiento, es decir, mayores déficits. En términos concretos, el gasto militar se traducirá en un aumento de la deuda pública de aproximadamente un 7%, con la consiguiente reducción del gasto social.
“Crecimiento”: un concepto también en crisis.
La teoría del crecimiento económico estrechamente ligado al aumento
del PIB que los organismos internacionales emplean sistemáticamente
para sus estadísticas, sus tablas comparativas y sus proyecciones
puede ayudar a proyectar tendencias económicas generales de una región
o continente, e incluso del mundo. Sin embargo, sus limitaciones
son cada vez más evidentes. Prueba de ello, los cuestionamientos no
solo de expertos y teóricos altamente especializados, movimientos
sociales e importantes organizaciones no gubernamentales (ONG), sino
también, y muy significativamente, desde dentro mismo de las Naciones
Unidas.
La última semana de abril Olivier
De Schutter, el Relator Especial sobre Pobreza Extrema y Derechos Humanos de esta organización, propuso
un cambio radical en las políticas de desarrollo. Como ya lo había
enunciado en julio de 2024 en su informe tan polémico como
cuestionado, Erradicar la Pobreza más allá del crecimiento, nuevamente
De Schutter aboga por medidas novedosas, como el ingreso
básico universal, la reducción de la jornada laboral y la cancelación
de deudas soberanas insostenibles (https://docs.un.org/es/A/HRC/56/61).
La propuesta de De Schutter implica un giro decisivo para que las
estrategias de desarrollo ya no dependan del factor “crecimiento”,
sino que ahora se reorienten hacia una agenda de “derechos humanos”
que sitúe el bienestar de las personas y el planeta en el centro
mismo de la transformación económica. Sus recomendaciones se
estructuran en torno a cinco pilares:
transformación de los
sistemas económicos; políticas
del mercado laboral y economía del cuidado; protección social universal y
servicios esenciales; clima, medio ambiente y gestión de recursos,
y comercio, finanzas, deuda y solidaridad global. Todos ellos
sustentados por un enfoque transversal de buen gobierno y democracia
participativa.
Se trata de una hoja de ruta que apunta a respaldar los
esfuerzos internacionales para reducir las desigualdades y
erradicar la pobreza a nivel global a partir de un concepto de desarrollo
elaborado consensualmente con actores de la sociedad civil internacional.
Concepto que afirma la plena realización de los derechos humanos,
pero ya sin reconocer al PBI como principal indicador de progreso.
A todas luces, un instrumento importante para orientar los debates
previos a la adopción de la próxima generación de Objetivos de
Desarrollo Sostenible en la Cumbre de Naciones Unidas en septiembre de 2027 (https://www.neep-poverty.org/).
Desde otra perspectiva, La Vía
Campesina,
organización que reúne a 180 agrupaciones locales y nacionales
representativas de más de 200 millones de pequeños y medianos productores
agrícolas y trabajadores rurales en 81 países, también apunta a un
cambio radical de la lógica del crecimiento y el desarrollo humano. En
su caso, comenzando con una redefinición del derecho a la alimentación.
En un manifiesto de octubre de 2025, reactualizado en abril de 2026, La
Vía Campesina afirma que la agroecología campesina es la respuesta
al grave problema de una alimentación muy dispar. Y propone
soluciones reales que reconozcan la soberanía alimentaria, la
dignidad y la justicia para los pueblos del mundo, como un
“nuevo paradigma
financiero basado en subvenciones públicas incondicionales, no en
préstamos”. Según La
Vía Campesina, estos fondos deben ser “controlados democráticamente para
impulsar transiciones justas y soberanas”. Es importante que los países del
Sur Global puedan “transitar en sus propios términos, con
reparaciones financieras, transferencia de tecnología y autonomía para definir
sus propias sendas de desarrollo”. Por otra parte, promueve la “construcción
de una solidaridad global que también apoye transiciones justas y soberanas
para los pueblos del Norte Global, cuyo control sobre sus propias economías es
crucial para acabar con el imperialismo y la explotación de la clase
trabajadora y la Madre Tierra” (https://viacampesina.org/es/cop-30-manifiesto-de-la-via-campesina-tierra-y-derechos-para-quienes-enfrian-el-planeta/).
La propuesta de La Vía Campesina no es
algo reciente. En
efecto, en muy diversos momentos desde su nacimiento en 1993
ha criticado frontalmente el modelo decrecimiento económico neoliberal y
el agronegocio debido a que ambos priorizan la rentabilidad
corporativa y la especulación financiera sobre el bienestar
social, la salud humana y la sostenibilidad ambiental. Sin
duda alguna, un modelo que genera pobreza expulsa a los pequeños
agricultores de sus tierras y destruye la biodiversidad.
A todas luces, América Latina y el
Caribe, como buena
parte del resto del mundo, se encuentran en la encrucijada de
una compleja etapa histórica caracterizada por una doble crisis: la
del crecimiento global y la del propio concepto usado hasta aquí para medir
e interpretar dicho crecimiento. Crisis agravada por guerras con efectos
perniciosos en todo el mundo y en particular en el Sur Global, que paga
el precio más alto, el de la creciente pobreza extrema
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