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“Este reposicionamiento se manifiesta en diversas iniciativas
estadounidenses en la región.
Por un lado, el renovado interés en infraestructuras críticas,
como el Canal de Panamá o el puerto de Chancay en Perú, así como
las presiones políticas para asegurar condiciones favorables de uso
y limitar la influencia china, evidencian la centralidad geoeconómica
de los corredores logísticos globales. Por otro lado, los acuerdos de cooperación
militar en países como Ecuador reflejan una estrategia de mayor
presencia en el Pacífico latinoamericano, vinculada tanto a la gestión
de la geoestrategia militar como a los intereses minerales ubicados
en la Zona Clarion-Clipperton. La atención creciente sobre puertos,
bases logísticas y corredores marítimos en el Pacífico, así como la disputa
en el Caribe, particularmente en torno a Venezuela y Cuba, responden
a esta lógica de un mundo en proceso de reorganización.
“Así, la región no solo resulta
relevante por sus recursos,
sino también por su posición geopolítica en la arquitectura del
comercio global y en la estrategia militar. El control territorial ya
no se ejerce únicamente mediante el dominio directo, sino que se articula
a través de redes logísticas, acuerdos de seguridad y mecanismos
de influencia económica. La disputa contemporánea combina así
dimensiones geoeconómicas y geoestratégicas en un mismo proceso.
En este tablero de ajedrez reconfigurado, América Latina y el
Caribe se consolidan como un espacio estratégico en la reorganización
del poder global.
“El principal desafío para la región no radica en la
escasez de recursos, sino en las limitaciones para gestionar y
gobernar soberanamente su abundancia. En un contexto de creciente
multipolaridad, la construcción de estrategias regionales de cooperación
no solo es deseable, sino necesaria para evitar la profundización de
una inserción subordinada y dependiente en una economía global en plena
reorganización. En última instancia, América Latina y el Caribe
enfrentan una disyuntiva estructural: continuar siendo el
territorio donde otros disputan el futuro o constituirse en un actor
capaz de intervenir activamente en la definición de las reglas de
esa disputa. La región no es infortunada; es estratégicamente rica
en un sistema que históricamente ha transformado su riqueza en
subordinación.
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Fuentes: Rebelión.
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EL RETORNO DE LA DOCTRINA MONROE:
AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE EN EL
NUEVO TABLERO GLOBAL.
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Por Héctor López-Terán | 07/10/2026 | América Latina y Caribe.
Fuente Revista Rebelión miércoles 7 de otubre del 2026.
En 1823, el presidente James Monroe
advirtió a las potencias europeas que el continente americano ya no era
territorio de colonización. Dos siglos después, la Casa Blanca ha vuelto a esa
doctrina ahora con un ‘corolario Trump’ inscrito en su Estrategia de Seguridad
Nacional para disputarle a China el acceso a los minerales que sostienen la
nueva oleada tecnológica
En el contexto actual, marcado por la transición hacia un
orden internacional multipolar, América Latina y el Caribe adquieren una
renovada relevancia estratégica. La demanda de minerales críticos —como el
litio, el cobre o el molibdeno— podría multiplicarse exponencialmente en
las próximas décadas, impulsada por la innovación tecnológica, las nuevas
tecnologías de la información, la automatización, la digitalización y la
incorporación de energías renovables. Esa demanda podría reconfigurar
en la región la geografía de la extracción y, con ella, la organización
económica y las relaciones sociales asociadas. [i] El resultado es un
tablero de disputa integrado por los minerales, el monopolio tecnológico
de las manufacturas y las energías renovables, que se expresa en
la contienda global entre Estados y sus corporaciones.
Estados Unidos llega debilitado a esta
contienda. Su capitalismo
financiarizado —más orientado a la ganancia financiera que a la producción—
privilegió durante años la rentabilidad de corto plazo, relocalizó
su producción fuera del país y limitó así su propia transformación
industrial. Enfrente tiene a China. Este país, a partir de una estrategia
económica y política articulada tanto en el plano interno como externo,
ha logrado posicionarse progresivamente como un actor central en la economía
mundial. Hoy, su poder económico no solo se sustenta en su capacidad
industrial y tecnológica, sino también en la concentración de insumos
estratégicos, su extracción y refinación, así como en el incremento
sostenido de la innovación. En contraste, Estados Unidos ha desarrollado
una vulnerabilidad estratégica estructural, caracterizada por su
creciente dependencia de minerales provenientes del exterior: su lista
oficial de minerales críticos incluye hoy sesenta, diez más que la
de 2022, particularmente para sectores clave como los semiconductores,
la tecnología, la electrónica, la industria nuclear y la defensa. [II]
En esta disputa, América Latina y el
Caribe emergen como
un espacio clave para garantizar el acceso a recursos estratégicos.
Su riqueza mineral la sitúa en el centro de las estrategias
geopolíticas contemporáneas, intensificando la competencia entre potencias
por el acceso a los yacimientos de la región. De acuerdo con la Comisión
Económica para América Latina y el Caribe [III], la región alberga cerca
del 35 % del molibdeno, el 40 % del cobre y el 50 % del litio
de las reservas mundiales. Pese a esta riqueza minera
explotada desde tiempos coloniales, la región continúa ocupando una posición
subordinada en la economía mundial. Esta condición no es contingente:
responde a una posición periférica producida históricamente por
la dinámica del capitalismo global, que ha relegado a la región.
Históricamente, la centralidad de la región ha estado vinculada
a los recursos que sustentan los distintos ciclos de acumulación
capitalista. El carbón fue fundamental para la Revolución
Industrial británica; el petróleo, para la hegemonía
estadounidense y la consolidación del capitalismo fósil; y, en la
actualidad, los minerales críticos sostienen una nueva oleada tecnológica
y de reorganización económica. Aunque la relevancia de cada recurso
ha variado según el periodo histórico, la expansión constante de la frontera
extractiva ha reforzado el patrón de acumulación, bajo nuevas
formas técnicas y organizativas, pero manteniendo una orientación
exportadora destinada al beneficio de los mercados externos y a los procesos
de reconfiguración tecnológica de los países centrales. La demanda
mundial de ciertos recursos naturales, indispensables para la reproducción
metabólica del capitalismo en materia y energía, ha anclado a la
región en una posición estratégica. Pero esa centralidad se debe a
lo que la región tiene, no a lo que transforma: la dependencia
tecnológica ha impedido que su riqueza se traduzca en la. transformación
de sus matrices productivas
Estados Unidos ha respondido al avance de China
en la región —que Pekín enmarca en su documento de política
hacia América Latina y el Caribe, actualizado en 2025— con una estrategia
de reposicionamiento que combina instrumentos diplomáticos,
económicos y militares. Con Donald Trump, la Doctrina Monroe se
reactualiza en formas, más confrontativas y directas, orientadas al control
político y económico de la región, con el objetivo de limitar la
presencia de actores extrarregionales y garantizar el acceso a
recursos estratégicos que respalden sus cadenas de suministro. La
estrategia se expresa en la noción de un “mundo libre” promovida
por la Estrategia de Seguridad Nacional y por diversas declaraciones
del presidente Trump.
La securitización —es decir, presentar el
narcotráfico, las organizaciones criminales y la migración como amenazas
a la seguridad nacional— opera como mecanismo de legitimación de
la intervención geopolítica: permite ampliar la presencia
estadounidense en la región bajo marcos discursivos renovados y
acompaña un reajuste de la presencia militar en el hemisferio
occidental. La seguridad se convierte así en el lenguaje moral
de la intervención: justifica tanto el combate a los grupos
criminales del hemisferio como la contención de la denominada “amenaza
extranjera”. Esa doble agenda tomó forma en marzo de 2026
con el Escudo de las Américas, respaldado por una docena de
gobiernos de la región. A su vez, las diferencias políticas y la fragmentación
diplomática regional sirven para reimpulsar la presencia militar
estadounidense bajo una versión renovada de la estrategia aplicada
durante el último cuarto del siglo XX.
Frente a esta presión, América Latina
y el Caribe
atraviesan un momento de inflexión: la Casa Blanca ha profundizado la divergencia
de posiciones políticas entre los países de la región. Mientras
algunos gobiernos han optado por alineamientos estratégicos con Estados
Unidos, priorizando acuerdos de seguridad, inversión y cooperación
militar como en los casos de Argentina, Ecuador y Colombia, otros
han buscado preservar márgenes de autonomía frente a las presiones
externas, como México y Brasil. Esta fragmentación limita
la capacidad de acción colectiva y genera conflictos internos. Lejos
de ser un accidente, esta desintegración funciona como una condición
que facilita la presión externa, reproduciendo patrones históricos de subordinación
y control derivados de la política exterior estadounidense. La región
sigue apareciendo en la estrategia estadounidense más como un archipiélago
de intereses nacionales que como un bloque articulado, capaz de negociar
no solo los beneficios del ciclo extractivo, sino también la transferencia
tecnológica que exige la reorganización económica contemporánea.
Desde la perspectiva estadounidense,
América Latina y el Caribe
sigue siendo concebida como un espacio de alta relevancia estratégica.
Más allá de la noción retórica de “patio trasero”, que expresa
una relación de subordinación, la región representa para Estados
Unidos un territorio clave para la proyección del poder
económico, político y militar, especialmente en un contexto en el que se
hacen cada vez más evidentes los dos modelos económicos en disputa. Estados
Unidos impulsa una reorganización económica interna orientada a
la reindustrialización —mediante subsidios e inversiones para
repotenciar los sectores en los que perdió competitividad—, acompañada
de una política exterior altanera, amenazante y beligerante,
destinada a garantizar el acceso preferente a recursos estratégicos
y a contener la influencia de actores extrarregionales. China,
en cambio, promueve una estrategia anclada en la economía real y
en una propuesta de gobernanza global, expresada en su XV Plan
Quinquenal (2026–2030) y en la Iniciativa de Desarrollo Global.
Ante su ya evidente desventaja frente al país asiático, los estadounidenses
recurren, quizás, a lo que pudieran ser sus dos últimos instrumentos
de poder: la jerarquía del dólar y su aparato militar.
Este reposicionamiento se manifiesta en diversas
iniciativas estadounidenses en la región. Por un lado, el
renovado interés en infraestructuras críticas, como el Canal de
Panamá o el puerto de Chancay en Perú, así como las presiones
políticas para asegurar condiciones favorables de uso y limitar
la influencia china, evidencian la centralidad geoeconómica de los corredores
logísticos globales. Por otro lado, los acuerdos de cooperación militar
en países como Ecuador reflejan una estrategia de mayor presencia en
el Pacífico latinoamericano, vinculada tanto a la gestión de la
geoestrategia militar como a los intereses minerales ubicados en la Zona
Clarion-Clipperton. La atención creciente sobre puertos, bases
logísticas y corredores marítimos en el Pacífico, así como la disputa
en el Caribe, particularmente en torno a Venezuela y Cuba, responden
a esta lógica de un mundo en proceso de reorganización.
Así, la región no solo resulta
relevante por sus recursos,
sino también por su posición geopolítica en la arquitectura del
comercio global y en la estrategia militar. El control territorial ya
no se ejerce únicamente mediante el dominio directo, sino que se articula
a través de redes logísticas, acuerdos de seguridad y mecanismos
de influencia económica. La disputa contemporánea combina así
dimensiones geoeconómicas y geoestratégicas en un mismo proceso.
En este tablero de ajedrez reconfigurado, América Latina y el
Caribe se consolidan como un espacio estratégico en la reorganización
del poder global.
El principal desafío para la región no radica en la
escasez de recursos, sino en las limitaciones para gestionar y
gobernar soberanamente su abundancia. En un contexto de creciente
multipolaridad, la construcción de estrategias regionales de cooperación
no solo es deseable, sino necesaria para evitar la profundización de
una inserción subordinada y dependiente en una economía global en plena
reorganización. En última instancia, América Latina y el Caribe
enfrentan una disyuntiva estructural: continuar siendo el
territorio donde otros disputan el futuro o constituirse en un actor
capaz de intervenir activamente en la definición de las reglas de
esa disputa. La región no es infortunada; es estratégicamente rica
en un sistema que históricamente ha transformado su riqueza en
subordinación.
Notas:
[I] Rivera Ríos, M., Araujo Loredo,
O., García Veiga, J., & Lujano López, J. B. (2023). El capitalismo del quinto Kondratiev.
Acumulación de capital, tecnología digital y procesossocioinstitucionales.
[II] Comisión Económica para América
Latina y el Caribe.
(2024, diciembre 8). Minerales críticos para la transición energética y la
electromovilidad: Oportunidades para el desarrollo económico con desafíos
socioambientales | Comisión Económica para América Latina y el Caribe.
[III] Ministerio de Relaciones
Exteriores de China, & Gobierno de la República Popular China. (2025). Documento
sobre la Política de China hacia América Latina y el Caribe.
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