jueves, 4 de junio de 2026

LA BATALLA DE PABÓN. CRISIS INSTITUCIONAL Y CRIMEN ORGANIZADO EN ECUADOR.

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"El “Estado fallido” como construcción social y política. Para comprender la profundidad del diagnóstico de Pabón es imperativo recuperar la literatura académica sobre el concepto de “Estado fallido”, categoría que, como ha señalado Juan Tokatlian, ha sido social y políticamente construida. La noción fue introducida originalmente en el debate de las Relaciones Internacionales (RI) por Gerald Helman y Steven Ratner a principios de los años ‘90. En su formulación inicial, el término describía a entidades nacionales incapaces de sostenerse como miembros de la comunidad internacional, lo cual ponía en peligro tanto a sus ciudadanos como a la estabilidad regional. Sin embargo, lo que nació como una preocupación humanitaria en la posguerra fría mutó rápidamente hacia una lógica securitaria.

"Tokatlian argumenta que, a partir de mediados de la década de 1990, se gestó en Washington una “comunidad epistémica sui generis” compuesta por expertos, funcionarios y servicios de inteligencia que transformaron el concepto en una herramienta para legitimar intervenciones en los asuntos internos de países periféricos. Bajo esta óptica, el “Estado fallido” dejó de ser un problema de desarrollo para convertirse en un problema de seguridad nacional para las grandes potencias, especialmente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando se parangonó la fragilidad estatal con la provisión de santuarios para el terrorismo global. Esta construcción conceptual tiende a imponer una jerarquía internacional donde los Estados en crisis son vistos comoperiferias turbulentas” que deben ser tuteladas o disciplinadas por el centro.

"Jonathan Di John, por su parte, advierte que los índices agregados que intentan medir el fracaso estatal suelen ser engañosos, ya que omiten las variaciones significativas de capacidad entre los distintos sectores de un mismo Estado . No obstante, la utilidad política del término para las potencias es innegable. En el caso colombiano, la caracterización de “Estado fallido” sirvió —como fue desarrollado por Tokatlian— para justificar la aplicación de una diplomacia coercitiva y la implementación de planes de asistencia militarizada que, de forma paradójica, a menudo terminan por exacerbar la fragilidad institucional de la nación intervenida. En Ecuador, la apelación de Paola Pabón a esta categoría hoy no solo sirve para describir el estado deturbulencia periférica” que atraviesa el país, sino también para llamar la atención sobre el riesgo que supone una soberanía cada vez más perforada por intereses foráneos que se presentan como la única solución posible ante el descalabro interno.

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Fuentes: El Cohete a la Luna - Imagen: La prefecta de la provincia de Pichincha, Paola Pabón.

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LA BATALLA DE PABÓN.

CRISIS INSTITUCIONAL Y CRIMEN ORGANIZADO EN ECUADOR.

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Por Luciano Anzelini | 04/06/2026 | Ecuador.

Fuentes. Revista Rebelión jueves 4 de junio del 2026

El pasado sábado 23 de mayo, en el marco de la conmemoración por los 204 años de la Batalla de Pichincha, la prefecta del Gobierno Autónomo Descentralizado de esa provincia, Paola Pabón, pronunció un discurso que no solo impactó por su potencia retórica, sino por la crudeza de su diagnóstico sobre la realidad ecuatoriana [1]. Desde las faldas del volcán donde se selló la independencia colonial, Pabón interpeló al presente al aludir a la emergencia de “nuevas tiranías y nuevos colonialismos”.

En un pasaje que sintetiza la tragedia de una nación que supo tener —a mediados de la década pasada— muy respetables indicadores sociales, la prefecta fue categórica al afirmar que el país atraviesa una “crisis civilizatoria” en la que la desinstitucionalización ha alcanzado niveles terminales. Al recurrir a Gramsci para describir este claroscuro donde “el viejo mundo se muere y el nuevo tarda en aparecer”, Pabón denunció que lo que hoy impera en Ecuador es un “neoliberalismo de la muerte” que ha convertido “los derechos en mercadería” y al Estado en un espectro ausente.

El punto más álgido de su intervenciónde una densidad teórica poco habitual, que incluyó, además de Gramsci, referencias a los filósofos Giorgio Agamben y Marina Garcés ocurrió cuando sostuvo que Ecuador se ha convertido en un “Estado fallido”. Esta afirmación no fue resultado de una extralimitación del lenguaje, sino la descripción de una realidad material que se manifiesta en una tasa de 51 muertes violentas por cada 100.000 habitantes, cifra que sitúa al país andino en el podio de la inseguridad hemisférica, solo por detrás de Haití. Pabón describió un escenario de horror cotidiano con “familias enteras que viven bajo la extorsión”, “adolescentes reclutados por el crimen organizado” y un abandono estatal que ha dejado a 450.000 niños y jóvenes fuera del sistema educativo.

Esta crisis se entrelaza con una deriva autoritaria que tiene en los presos políticos una de sus expresiones más elocuentes. Mientras Pabón pronunciaba su discurso en Quito, figuras centrales de la oposición como el ex Vicepresidente Jorge Glas y el alcalde de Guayaquil, Aquiles Álvarez, permanecen recluidos en la cárcel de máxima seguridad “Encuentro”, presidio construido bajo el paradigma de alto impacto del salvadoreño Nayib Bukele. El deterioro físico de Álvarez, quien ha perdido cerca de 30 kilos y sufre restricciones severas a las visitas, es denunciado por su defensa como una campaña sistemática de persecución para proscribirlo políticamente. Por su parte, la situación de Jorge Glas es calificada por sus abogados como un intento deliberado de “dejarlo morir”, con denuncias de tratos degradantes, falta de agua potable y negación de atención médica a pesar de las medidas cautelares de la CIDH.

La propia Paola Pabón no ha sido ajena a este tipo de arbitrariedades: en 2019 sufrió 71 días de privación de la libertad tras ser acusada en forma injusta de rebelión durante las protestas contra los ajustes económicos del gobierno de Lenin Moreno (2017-2021), experiencia que marcó su liderazgo y su compromiso con la defensa de las reglas democráticas.



El “Estado fallido” como construcción social y política.

Para comprender la profundidad del diagnóstico de Pabón es imperativo recuperar la literatura académica sobre el concepto de “Estado fallido”, categoría que, como ha señalado Juan Tokatlian, ha sido social y políticamente construida [2]. La noción fue introducida originalmente en el debate de las Relaciones Internacionales (RI) por Gerald Helman y Steven Ratner a principios de los años ‘90 [3]. En su formulación inicial, el término describía a entidades nacionales incapaces de sostenerse como miembros de la comunidad internacional, lo cual ponía en peligro tanto a sus ciudadanos como a la estabilidad regional. Sin embargo, lo que nació como una preocupación humanitaria en la posguerra fría mutó rápidamente hacia una lógica securitaria.

Tokatlian argumenta que, a partir de mediados de la década de 1990, se gestó en Washington una “comunidad epistémica sui generis” compuesta por expertos, funcionarios y servicios de inteligencia que transformaron el concepto en una herramienta para legitimar intervenciones en los asuntos internos de países periféricos. Bajo esta óptica, el “Estado fallido” dejó de ser un problema de desarrollo para convertirse en un problema de seguridad nacional para las grandes potencias, especialmente tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuando se parangonó la fragilidad estatal con la provisión de santuarios para el terrorismo global. Esta construcción conceptual tiende a imponer una jerarquía internacional donde los Estados en crisis son vistos comoperiferias turbulentas” [4] que deben ser tuteladas o disciplinadas por el centro.

Jonathan Di John, por su parte, advierte que los índices agregados que intentan medir el fracaso estatal suelen ser engañosos, ya que omiten las variaciones significativas de capacidad entre los distintos sectores de un mismo Estado [5]. No obstante, la utilidad política del término para las potencias es innegable. En el caso colombiano, la caracterización de “Estado fallido” sirvió —como fue desarrollado por Tokatlian— para justificar la aplicación de una diplomacia coercitiva y la implementación de planes de asistencia militarizada que, de forma paradójica, a menudo terminan por exacerbar la fragilidad institucional de la nación intervenida.

En Ecuador, la apelación de Paola Pabón a esta categoría hoy no solo sirve para describir el estado deturbulencia periférica” que atraviesa el país, sino también para llamar la atención sobre el riesgo que supone una soberanía cada vez más perforada por intereses foráneos que se presentan como la única solución posible ante el descalabro interno.

Noboa en manos del Comando Sur.

Bajo las administraciones de Daniel Noboa (2023-presente), el vínculo entre la conceptualización de “Estado fallido” y la realidad política se ha estrechado de la mano de una creciente y solicitada intervención de los Estados Unidos en materia de seguridad. Noboa ha consolidado a Ecuador como un actor destacado de un bloque de países latinoamericanos dispuestos a respaldar sin ambages a Washington, al procurar de forma activa la intromisiónpor invitación” de la administración Trump bajo una lógica de vasallaje.

Esta estrategia se despliega en un escenario donde el gobierno ecuatoriano, sin embargo, ha sufrido una derrota política no menor en su intento por formalizar la presencia militar extranjera. En noviembre de 2025, la ciudadanía rechazó contundentemente en una consulta popular la propuesta de Noboa para permitir la instalación de bases militares extranjeras en territorio nacional. En Manta, donde los Estados Unidos operaron la Base Aérea Eloy Alfaro entre 1999 y 2009, la opción por el “No” —respaldada por la oposición— se impuso por un margen del 75%, casi 15 puntos por encima de la media nacional.

Sin embargo, la voluntad popular parece estar bajo asedio mediante lo que se presenta como “operaciones conjuntas”. Un ejemplo alarmante de esta dinámica fue la operación militar llevada a cabo en marzo de 2026 en la comunidad de San Martín (provincia de Sucumbíos), en la frontera norte. Mientras el gobierno ecuatoriano y el secretario de Defensa estadounidense, Peter Hegseth, promocionaban el bombardeo de lo que supuestamente era un campamento de entrenamiento de “narcoterroristas”, una investigación de The New York Times reveló que el ataque, en realidad, destruyó una finca lechera y ganadera de pobladores civiles.

Los relatos de los residentes de San Martín describen una secuencia de abusos por parte de las fuerzas militares, que incluyeron incendios de viviendas, interrogatorios bajo tortura con descargas eléctricas y asfixia de trabajadores rurales antes de que fueran expulsados hacia Colombia. A pesar de la evidencia de que se trataba de instalaciones civiles, Noboa defendió la operación sobre la base de supuesta información de inteligencia y negó cualquier ataque a la población.

 

Este incidente no es un caso aislado, sino el síntoma de una política que subordina la protección de los derechos humanos a las necesidades de una “guerra interna” agitada por Noboa, la cual no alcanza los resultados esperados en materia de pacificación. El papel de las fuerzas norteamericanas en territorio ecuatoriano es, en efecto, una realidad cotidiana que abarca desde la asesoría de inteligencia y el adiestramiento militar hasta la coordinación operativa en tareas de vigilancia, lo que ha llevado a una evidente pérdida de control soberano sobre espacios estratégicos.

La reversión de la “década ganada”.

El camino de Ecuador hacia lo que Paola Pabón describe como un “Estado fallido” no es producto de una fatalidad del destino, sino el resultado de la reversión de los logros alcanzados durante el periodo 2007-2017. Como hemos argumentado en trabajos previos, la crisis actual solo puede explicarse a partir del desmantelamiento sistemático de las capacidades estatales y el retorno de un neoliberalismo radicalizado. Un informe del Center for Economic and Policy Research (CEPR) de 2017 detalla cómo, durante la administración de Rafael Correa, Ecuador experimentó una estabilidad política y social sin precedentes en su historia contemporánea.

Las cifras de este think tank con sede en Washington son esclarecedoras: en el decenio transcurrido entre 2007 y 2017, la inversión pública aumentó del 4% al 14,8% del PBI, el gasto social se duplicó y la tasa de pobreza disminuyó en un 38%. Este fortalecimiento de lo público tuvo un impacto directo y positivo en la seguridad. El índice de homicidios intencionales, que en 2007 se situaba en 18 por cada 100 000 habitantes, fue reducido de forma sistemática hasta alcanzar un piso histórico de 5 en 2017. Estos resultados no fueron fruto del azar ni simplemente del auge de los commodities, sino de reformas que incluyeron la regulación estricta del sector financiero y un manejo estratégico del Banco Central que permitió implementar políticas contracíclicas incluso en un contexto de economía dolarizada y crisis global.

Sin embargo, a partir de 2017, con los sucesivos gobiernos de Moreno, Lasso y ahora Noboa, se inició un proceso que Pabón describe como de “necropolítica” —término acuñado por el intelectual camerunés Achille Mbembe—, caracterizado por la generalización del terror, la violencia y la muerte. El retiro del Estado de áreas clave como la salud y la educación públicas, sumado a la desregulación extrema del sistema financiero, creó las condiciones ideales para la penetración del crimen organizado. La dolarización, que durante el correísmo fue gobernada y regulada para proteger la balanza de pagos, se ha transformado hoy en un factor facilitador para el narcotráfico, al hacer que el lavado de activos sea inmensamente más sencillo y convierta al país en un paraíso para capitales espurios. El contraste estadístico es demoledor: de los 5 homicidios por cada 100.000 habitantes en 2017, la tasa se disparó a 21 en 2021, a 45 en 2023 y hoy enfrenta la cifra estremecedora de 51.


 

Milei y Novoa, jugando en Casa Rosada.

El espejo argentino.

Esta trayectoria ecuatoriana debe verse como un cristal en el que la Argentina comienza a reflejarse. El experimento libertario de Javier Milei, inaugurado a fines de 2023 con el DNU 70/23 y la denominada Ley Ómnibus, se ha erigido en la puerta de entrada a ese mismo neoliberalismo radical que ha conducido a Ecuador al borde del abismo. La visión de Milei sobre el Estado como “la base de todos los problemas” ignora las lecciones elementales de la ciencia política contemporánea y las advertencias de autores incluso conservadores como Francis Fukuyama, quien ha señalado con énfasis que, en el mundo en desarrollo, los gobiernos débiles son la fuente de los problemas más graves.

El paralelismo es inquietante: la ambición inicial de Milei por la dolarización de la economía argentina y el cercenamiento de las capacidades regulatorias del Estado nos comienzan a colocar en la misma senda de vulnerabilidad ante el narcotráfico y el lavado de activos que hoy asfixia al país andino. Al igual que en Ecuador, donde la militarización de la seguridad pública se presenta como la única respuesta ante el avance criminal, el gobierno de Milei se empecina en quebrar el consenso democrático para involucrar a las Fuerzas Armadas en tareas de seguridad interior; e ignora la abundante evidencia empírica sobre el fracaso de tales estrategias y los riesgos de un instrumento militar policializado.

En esta clave es que debe leerse la reciente firma de la Carta de Intención entre la Armada Argentina y el Comando Sur de los Estados Unidos para la implementación del Protecting Global Commons Program (Programa de Protección de los Comunes Globales). Este convenio, que autoriza a las fuerzas del Comando Sur a participar en el patrullaje del Atlántico Sur, representa una creciente pérdida de soberanía bajo una doctrina que disuelve la jurisdicción nacional en un concepto de “espacio de todos”. Al catalogar nuestra Zona Económica Exclusiva (ZEE) como un “bien común global”, el gobierno nacional permite que potencias extranjeras asuman el control operativo y la supervisión de nuestros mares, de modo de transformarlos en un área de vigilancia, control e inteligencia para el Pentágono. Esta voluntad de alineamiento irrestricto con Washington, que replica el modelo de vasallaje de Noboa, despoja a la nación de sus recursos estratégicos y de su capacidad de decisión autónoma, lo que deja a las Fuerzas Armadas nacionales en una posición de absoluta dependencia técnica y subordinación doctrinaria.

Reflexión final.

El juego de palabras entre la famosa Batalla de Pavón en la Argentina de 1861 y el liderazgo actual de la prefecta de Pichincha es algo más que una alegoría. La “Batalla de Pabón” que hoy se libra en Ecuador no es una disputa por fronteras y organización territorial como la que enfrentó a las fuerzas de la Confederación Argentina, comandadas por Urquiza, y las fuerzas porteñas, lideradas por Mitre. Según la interpretación de la propia Pabón en su discurso del 23 de mayo pasado, lo que está en juego es el sentido mismo de lo común y la “supervivencia de la dignidad colectiva”.

Frente al embate de gobiernos como los de Noboa y Milei, que han decidido entregar la soberanía y desmantelar el Estado protector en nombre de una libertad que termina por ser el privilegio de unos pocos, la figura de Paola Pabón —quien gobierna desde la adversidad y bajo la sombra de la persecución política— emerge como una de las esperanzas más concretas de la política sudamericana. Su papel será decisivo en el futuro próximo si los ecuatorianos pretenden evitar el camino ineluctable hacia el “Estado fallido”, por el que lo conduce la derecha neoliberal desde que Rafael Correa terminó su gobierno en 2017.

* Luciano Anzelini es doctor en Ciencias Sociales (UBA) y profesor de Relaciones Internacionales (UBA-UNSAM-UNQ-UTDT).

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miércoles, 3 de junio de 2026

DOCTRINA SOCIAL CATÓLICA PARA EL SIGLO XXI.

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“Frente a los Papas europeos, que difícilmente podían entender las realidades latinoamericanas, son los Papas Francisco (2013-2025) y León XIV (desde 2025), los que mejor han comprendido al “Tercer Mundo”: el primero, por ser argentino y haber hecho su vida en el país de su origen, y el segundo, que siendo norteamericano, ejerció su misión en África y como Obispo de Chiclayo en Perú (2014-2023), hasta el llamado de Francisco para que ejerciera como Prefecto Dicasterio para los Obispos y Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina. Francisco supo valorar la TL y, en sus Encíclicas Laudato (2015) y Fratelli Tutti (2020) también integró la visión ecológica, la casa común de los seres humanos, la crítica al mercado y la explotación que genera. León XIV ha impactado enormemente en el mundo con su reciente Encíclica Magnifica Humanitas (https://t.ly/Zw3Bx), cuyo eje está en los desafíos éticos, sociales y humanos de la Inteligencia Artificial. Sus propuestas son inéditas. El pontífice advierte sobre el “paradigma tecnocrático y el poder digital”, que se concentran en pocas manos. La idea puede ser asimilada al concepto paralelo que introdujo el economista griego Yanis Varoufakis (Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo, 2024) al analizar el “tecnofeudalismo” como era postcapitalista al servicio de una élite de nuevos “señores feudales” que se apropian del trabajo general de quienes usan redes y tecnologías actuales. El Papa aboga por “desarmar” la IA y la tecnología si se utilizan como instrumentos de dominación. Y demanda solidaridad y paz, con iguales críticas al afán desmedido de acumulación de riqueza y concentración del poder.

“Estas actualizaciones de la DSI obviamente han despertado las reacciones de la oligarquía tecnológica que domina el mundo y de aquellos que siguen viendo el fantasma “comunista” y la supuesta inclinación “política” de los dos últimos Papas por el “Tercer Mundo” y los pobres. De modo que en América Latina la DSI también ha pasado a formar parte de los “progresismos” perseguidos y odiados por el imperio del tecnocapital, el empresariado oligárquico regional y los gobiernos de las derechas políticas que los representan. De otro lado, el Papa León XIV también ha realizado críticas directas y públicas a la administración de Donald Trump por sus agresivas políticas injerencistas como en Irán o Venezuela, el recrudecimiento del bloqueo a Cuba (mientras el exilio cubano de Miami le exige condenar al régimen de la isla), la persecución a los migrantes y el armamentismo del país bajo una «ilusión de omnipotencia», lo cual demuestra una clara conciencia histórica del Pontífice sobre el mundo multipolar en marcha.

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Fuentes: Rebelión.

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DOCTRINA SOCIAL CATÓLICA PARA EL SIGLO XXI.

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Por Juan J. Paz-y-Miño Cepeda | 03/06/2026 | Opinión

Fuentes Rebelión miércoles 3 de junio del 2026.

Hay una trayectoria histórica muy importante de la que puede llamarse iglesia popular en América Latina, anterior incluso a la formulación de la Doctrina Social de la Iglesia Católica (DSI), que debe ser reconocida como parte de los procesos de liberación social en la región.

En la historiografía tradicional fue una constante concebir a la iglesia católica bien como eje de civilización espiritual desde la conquista y el coloniaje (versión conservadora) o bien como institución de oscurantismo y opresión (versión liberal), a lo cual se sumó la versión marxista dogmática que simplemente redujo la religión a ser el “opio del pueblo”. Pero fue el filósofo Enrique Dussel (1934-2023) el primero en cuestionar esas tradiciones ideológicas en su monumental Historia General de la Iglesia en América Latina (https://t.ly/_XFIV), que coordinó con otros autores. Cabe encontrar una dialéctica entre la “Cristiandad opresora” y la “Iglesia profética popular”, que ha permitido entender no solo el vínculo de las élites religiosas con el poder, sino la diferenciación marcada por una iglesia vinculada a la defensa de lo popular: en el siglo XVI las primeras críticas a la conquista y el coloniaje en manos de Bartolomé de las Casas, Antonio de Montesinos y el obispo Vasco de Quiroga (organizó «pueblos-hospitales» en Michoacán basados en la Utopía de Tomás Moro); las misiones de dominicos, franciscanos o jesuitas en comunidades indígenas y pueblos “fronterizos”; en los siglos XVII y XVIII las Reducciones o Misiones Jesuíticas del Paraguay, que crearon comunidades de indígenas guaraníes autónomas; el bajo clero durante las independencias, con figuras como Miguel Hidalgo y José María Morelos en México; y, con mayor actualidad, las Comunidades Eclesiales de Base (CEB) desde la década de 1960, que mantuvieron la resistencia especialmente contra las dictaduras militares de la Guerra Fría.



Puede entenderse que, en América Latina, si bien no surgió una DSI, si se configuraron momentos históricos en los que se denunció el sistema de opresión y explotación, incluyendo formulaciones teóricas y también prácticas, en defensa de las poblaciones sometidas y explotadas. Tampoco puede sostenerse que la iglesia europea fuera siempre monolítica y al servicio de la opresión. Cabe recordar a los Padres de la Iglesia (siglos IV y V) como San Juan Crisóstomo, para quien «el rico es un ladrón»; los movimientos mendicantes del siglo XIII; el Humanismo Cristiano del siglo XVI con Tomás Moro; el catolicismo social francés y alemán (siglo XIX); y, finalmente, el nacimiento de la DSI.

El Papa León XIII (1878-1903), con su Encíclica Rerum Novarum (1891) fue el fundador de la DSI. Estaba en pleno avance el capitalismo europeo, de modo que el Papa defendió la dignidad de los trabajadores y la necesidad de su protección con derechos que impidan los abusos de la industrialización. Le siguió Pío XI (1922-1939) con Quadragesimo Anno (1931), quien retomó el tema obrero y, adicionalmente, condenó el fascismo, los totalitarismos y el marxismo (la Revolución Rusa triunfó en 1917). Pero el gran renovador fue Juan XXIII (1958-1963) con Mater et Magistra (1961), Pacem in Terris (1963) y la convocatoria al Concilio Vaticano II, que reformaron el culto y potenciaron la defensa de los derechos humanos y la paz mundial. Pablo VI (1963-1978) en Populorum Progressio (1967) habló de desarrollo integral contra la brecha entre países ricos y pobres. Juan Pablo II (1978-2005) escribió tres Encíclicas, exaltando la dignidad humana y el trabajo, condenando al “capitalismo salvaje”, pero, al mismo tiempo, convirtiéndose en un actor fundamental en el derrumbe de la URSS y en un radical cuestionador de la Teología de la Liberación nacida en América Latina.



En efecto, tras el Concilio Vaticano II, la Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín (1968) consagró la Teología de la Liberación (TL). Entre sus teóricos cabe nombrar a: Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Hugo Assmann, Jon Sobrino, Juan Luis Segundo, Hélder Câmara, Manuel Larraín, Marcos McGrath. Y el eje doctrinario fue la “opción preferencial por los pobres” y la denuncia de las “estructuras de pecado” contra las que era socialmente lícito combatir. Desde sus inicios, la TL fue atacada de “comunista” incluso porque sus mentores aceptaron el marxismo como método de investigación socioeconómica; pero, sobre todo, porque la opción por los pobres fue determinante en el surgimiento de las CEB y una potente Iglesia popular en toda Latinoamérica.

Frente a los Papas europeos, que difícilmente podían entender las realidades latinoamericanas, son los Papas Francisco (2013-2025) y León XIV (desde 2025), los que mejor han comprendido al “Tercer Mundo”: el primero, por ser argentino y haber hecho su vida en el país de su origen, y el segundo, que siendo norteamericano, ejerció su misión en África y como Obispo de Chiclayo en Perú (2014-2023), hasta el llamado de Francisco para que ejerciera como Prefecto Dicasterio para los Obispos y Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina.

Francisco supo valorar la TL y, en sus Encíclicas Laudato (2015) y Fratelli Tutti (2020) también integró la visión ecológica, la casa común de los seres humanos, la crítica al mercado y la explotación que genera. León XIV ha impactado enormemente en el mundo con su reciente Encíclica Magnifica Humanitas (https://t.ly/Zw3Bx), cuyo eje está en los desafíos éticos, sociales y humanos de la Inteligencia Artificial. Sus propuestas son inéditas. El pontífice advierte sobre el “paradigma tecnocrático y el poder digital”, que se concentran en pocas manos. La idea puede ser asimilada al concepto paralelo que introdujo el economista griego Yanis Varoufakis (Tecnofeudalismo: El sigiloso sucesor del capitalismo, 2024) al analizar el “tecnofeudalismo” como era postcapitalista al servicio de una élite de nuevos “señores feudales” que se apropian del trabajo general de quienes usan redes y tecnologías actuales. El Papa aboga por “desarmar” la IA y la tecnología si se utilizan como instrumentos de dominación. Y demanda solidaridad y paz, con iguales críticas al afán desmedido de acumulación de riqueza y concentración del poder.



Estas actualizaciones de la DSI obviamente han despertado las reacciones de la oligarquía tecnológica que domina el mundo y de aquellos que siguen viendo el fantasma “comunista” y la supuesta inclinación “política” de los dos últimos Papas por el “Tercer Mundo” y los pobres. De modo que en América Latina la DSI también ha pasado a formar parte de los “progresismos” perseguidos y odiados por el imperio del tecnocapital, el empresariado oligárquico regional y los gobiernos de las derechas políticas que los representan. De otro lado, el Papa León XIV también ha realizado críticas directas y públicas a la administración de Donald Trump por sus agresivas políticas injerencistas como en Irán o Venezuela, el recrudecimiento del bloqueo a Cuba (mientras el exilio cubano de Miami le exige condenar al régimen de la isla), la persecución a los migrantes y el armamentismo del país bajo una «ilusión de omnipotencia», lo cual demuestra una clara conciencia histórica del Pontífice sobre el mundo multipolar en marcha.

Historia y Presente – blog www.historiaypresente.com

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martes, 2 de junio de 2026

LA GRAN DIVISIÓN DEL SIGLO XXI: la estructura de las élites y el colapso de la interdependencia china-estadounidense.

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“El modelo económico de China, impulsado por sus élites estatales, descansa sobre altas tasas de inversión en manufactura avanzada combinadas con un consumo doméstico relativamente deprimido. Al no absorber toda la producción internamente, el excedente industrial se proyecta hacia los mercados globales en forma de exportaciones competitivas de vehículos eléctricos, baterías y paneles solares. Las élites políticas occidentales, temerosas de una segunda «ola de desindustrialización» que arrase con sus industrias autóctonas y desestabilice sus sistemas electorales, han respondido con la imposición de aranceles masivos y cuotas proteccionistas. Esta dinámica amenaza con desmantelar definitivamente el armazón institucional de la OMC, sumiendo al comercio internacional en un régimen de represalias mutuas, reminiscente del de la década de 1930. El análisis de la competencia entre China y Estados Unidos a través de la confluencia de la geopolítica, la macroeconomía y la sociología de las élites revela un panorama sombrío, pero sumamente clarificador. La globalización, lejos de ser un proceso natural irreversible, fue un proyecto político-económico contingente, diseñado y sostenido por coaliciones de élites específicas que hoy han retirado su respaldo.

El sistema de economía-mundo analizado por Wallerstein está experimentando una transición estructural donde la eficiencia económica pura ha sido desplazada por el imperativo de la supervivencia y la autonomía política. La advertencia de Richard Lachmann adquiere una relevancia profética. Las élites de las grandes potencias, concentradas en la preservación de su control interno y en la neutralización de sus rivales directos, están desgarrando los bienes públicos globales —la estabilidad financiera, la cooperación climática, la gobernanza tecnológica común y la prevención de conflictos a gran escala— que garantizan la viabilidad del propio orden internacional. No nos dirigimos hacia un colapso automático del sistema, sino hacia una era de multipolaridad armada y fragmentada, caracterizada por lo que los analistas denominan «paz armada disuasoria». En este entorno, la estabilidad global dependerá de la capacidad de las élites de poder en Washington y Pekín para establecer mecanismos mínimos de gestión de crisis. Sin embargo, en la medida en que las dinámicas políticas internas de ambas superpotencias sigan premiando el nacionalismo defensivo y penalizando el compromiso diplomático, los «pasajeros de primera clase» continuarán disputándose el timón de un orden global que amenaza con fracturarse bajo sus pies.

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LA GRAN DIVISIÓN DEL SIGLO XXI: 

la estructura de las élites y el colapso de la interdependencia china-estadounidense.

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Por Alejandro Marcó del Pont | 01/06/2026 | Economía.

Fuente. Revista rebelión lunes 1 de junio del 2026.

Fuentes: El tábano economista [Imagen: El naufragio, William Turner, 1805]

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Los pasajeros de primera clase están saqueando el barco mientras se hunde (El Tábano Economista)

El orden internacional contemporáneo atraviesa una fase de reconfiguración estructural que desafía las lecturas lineales de la transición hegemónica. No asistimos simplemente a un choque clásico entre una potencia establecida y una emergente, concebido bajo el prisma tradicional del neorrealismo. Lo que define la presente coyuntura es la desarticulación deliberada de la simbiosis económica más profunda de la historia moderna impulsada por transformaciones de fondo en la composición, los intereses y la percepción de riesgo de las élites de poder dentro de los Estados Unidos y la República Popular China.

Para comprender la velocidad y la naturaleza de este rompimiento, la ciencia política clásica resulta insuficiente. Es imperativo cruzar la geopolítica de las grandes potencias con la macroeconomía global y, fundamentalmente, con una sociología crítica de las élites. Como argumentó Richard Lachmann en su obra póstuma “Pasajeros de primera clase en un barco que se hunde (2020)”, la parálisis estratégica y el declive de las potencias imperiales a menudo no provienen de amenazas externas insolubles, sino de la incapacidad de sus élites fragmentadas para sacrificar privilegios de corto plazo en pos de la preservación del sistema en su conjunto.

Es decir, expone que el declive imperial ocurre cuando las élites se vuelven tan corporativas y autorreferenciales que priorizan defender sus privilegios e ingresos sectoriales específicos antes que invertir en la preservación del sistema que las sostiene. En el caso de EE. UU., la élite de poder estadounidense (el complejo de seguridad nacional, Wall Street y el capital tecnológico de defensa) prefiere balcanizar la economía global para mantener su primacía antes que permitir una gobernanza multipolar compartida.



En el contexto estadounidense, la «élite de poder» descrita originalmente por C. Wright Millsesa amalgama entrelazada de mandos militares, líderes políticos y magnates corporativos— ha visto fracturado su consenso de la era de la globalización. El ala financiera de Wall Street y el bloque tecnológico de Silicon Valley, que durante décadas operaron como los arquitectos de la interdependencia con Pekín, hoy se ven subordinados a un nuevo consenso bipartidista en Washington dominado por el aparato de seguridad nacional.

Si disfrutáramos de una mirada de Arrighi y Wallerstein, habría una bifurcación sistémica, es decir, la economía-mundo capitalista estaría agotando la fase de expansión financiera de la hegemonía estadounidense. Siguiendo a Arrighi (Caos y gobernabilidad en el sistema-mundo), cuando la potencia hegemónica recurre a la militarización de las finanzas (sanciones, exclusión del SWIFT), acelera la creación de estructuras alternativas por parte de las élites no occidentales, precipitando la fragmentación del mercado mundial unificado.

Por el contrario, en Pekín, el Politburó del Partido Comunista de China (PCCh) ha consolidado un modelo de primacía de la seguridad estatal sobre la maximización del crecimiento económico abstracto. Bajo la premisa de la «seguridad total», las élites estatales y las empresas públicas (SOE, por sus siglas en inglés) han disciplinado a los barones tecnológicos del sector privado, reorientando el capital nacional desde el arbitraje financiero y las plataformas de consumo digital hacia la manufactura avanzada, la soberanía de la cadena de suministro y lo que Giovanni Arrighi identificó como la transición hacia un modelo de desarrollo no desposeedor.

Este primer artículo examinará cómo la colisión entre estas dos arquitecturas de élite está fragmentando la economía internacional. A través de la lógica del de-risking (reducción de riesgos), el nacionalismo tecnológico, la militarización de las finanzas y la disputa por los cuellos de botella de la infraestructura global, las dinámicas internas de las élites están arrastrando al sistema de economía-mundoen el sentido acuñado por Immanuel Wallerstein— hacia una multipolaridad fragmentada e intrínsecamente inestable.

La arquitectura global de las últimas cuatro décadas se cimentó sobre un pacto implícito entre las élites occidentales y el funcionariado reformista de Pekín tras la apertura económica iniciada por Deng Xiaoping. Como analizó Giovanni Arrighi en Adam Smith en Pekín (2007) este proceso no supuso una mera capitulación de China ante el capitalismo neoliberal, sino una convergencia de conveniencias. Para la élite corporativa y financiera de los Estados Unidos, la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001 representó una bonanza sin precedentes. Una masiva deflación de los costes laborales, la optimización de los retornos de capital mediante la deslocalización (offshoring) y el acceso a un mercado doméstico en expansión exponencial. Wall Street actuó como el principal valedor de Pekín en Washington, asegurando que las tensiones políticas sobre Taiwán quedaran subordinadas al flujo libre de mercancías y capitales.



Por su parte, la élite del Partido Comunista de China (PCCh) utilizó este flujo masivo de inversión extranjera directa para industrializar el país, absorber transferencias tecnológicas y sacar a centenares de millones de personas de la pobreza, legitimando su monopolio del poder político a través de un desempeño económico sin parangón. Durante este periodo, las reservas de divisas chinas se reciclaron masivamente en la compra de bonos del Tesoro de los EE. UU., creando un ciclo macroeconómico cerrado: China producía, Estados Unidos consumía a crédito, mientras Pekín financiaba la deuda estadounidense.

La llegada de Xi Jinping al poder en 2012 marcó un punto de inflexión decisivo en la autopercepción de la élite china. La crisis financiera global de 2008 ya había sido interpretada en Pekín como el síntoma inequívoco del declive terminal de la hegemonía financiera occidental, una lectura alineada con las tesis de Ray Dalio sobre el ciclo de grandes deudas y el cambio de orden mundial. La élite china determinó que la dependencia del consumo estadounidense y de las tecnologías occidentales clave (como los semiconductores y el software de infraestructura) exponía al país a un estrangulamiento estratégico. En consecuencia, se lanzaron iniciativas estructurales como el Made in China 2025 y, posteriormente, la estrategia de «Doble Circulación» o Xiconomics, diseñada para blindar el mercado interno y lograr la autosuficiencia tecnológica, al tiempo que se proyectaba el poder infraestructural a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI).

El consenso de las élites que sostenía el orden globalizado se quebró. En Washington, el giro hacia la confrontación que comenzó bajo la administración Trump no fue una aberración transitoria, sino la manifestación de un cambio tectónico en la elite de poder. Como reportó un análisis exhaustivo de Foreign Affairs en 2024, el establishment demócrata y el republicano convergieron en una doctrina común, el compromiso económico con China no había transformado su sistema político hacia el liberalismo; al contrario, había financiado el surgimiento de un competidor comunista de alta tecnología capaz de disputar la hegemonía estadounidense en el Indo-Pacífico y el control de los estándares globales.



En el escenario contemporáneo (2024-2026), la competencia estratégica ya no se dirime primordialmente en el terreno del libre comercio, sino en el control de las tecnologías de uso dual (civil y militar) y la resiliencia de las cadenas de valor. La economía internacional se ha convertido en un vector de la geopolítica, un fenómeno que el Peterson Institute for International Economics (PIIE) ha catalogado como la era de la «seguridad económica omnipresente».

El campo de batalla central de esta disputa es el ecosistema de los semiconductores avanzados, la inteligencia artificial (IA) y la computación cuántica. Las restricciones a la exportación impuestas por la Oficina de Industria y Seguridad (BIS) del Departamento de Comercio de EE. UU., iniciadas de forma sistémica en octubre de 2022 y endurecidas sucesivamente de manera drástica, representan un intento explícito de estrangulamiento tecnológico. La doctrina del «patio pequeño y valla alta» (small yard, high fence), formulada por el asesor de seguridad nacional Jake Sullivan, busca asfixiar la capacidad de China para desarrollar chips de vanguardia por debajo de los 14 nanómetros, limitando su acceso a los sistemas de litografía ultravioleta extrema (EUV) producidos por la firma holandesa ASML y a las unidades de procesamiento gráfico (GPU) de empresas estadounidenses.

Un informe del Center for Strategic and International Studies (CSIS) detalla cómo esta política ha obligado a una reestructuración forzosa de las cadenas globales. La respuesta de Pekín no ha sido la capitulación, sino una movilización masiva de recursos estatales a través de los «Grandes Fondos» de circuitos integrados, forzando a las élites corporativas locales a sustituir todos los componentes extranjeros. Firmas como Huawei y Semiconductor Manufacturing International Corporation (SMIC) han logrado avances significativos en la producción de chips a base de arquitecturas alternativas y procesos de litografía madura optimizados, lo que demuestra los límites de las sanciones unilaterales frente a un Estado con una base de ingenieros de escala continental.

Paralelamente, la disputa se ha trasladado al sector de la transición energética, donde China ostenta un cuasi-monopolio de facto. Según datos de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) analizados por el Financial Times, Pekín controla más del 70% de la capacidad de refinamiento de minerales críticos como el litio, el cobalto y las tierras raras, y produce más del 80% de los módulos solares y baterías para vehículos eléctricos a nivel mundial. La élite automotriz y tecnológica europea y estadounidense se encuentra atrapada en una contradicción insoluble. Cumplir con las metas de descarbonización exige la integración de la tecnología china, pero la directriz geopolítica ordena la reducción de riesgos —de-risking—.

Esta paradoja económica genera una intensa fricción en el ámbito geofinanciero. La exclusión de Rusia del sistema SWIFT tras la invasión de Ucrania aceleró un proceso que se ha descrito como la diversificación del riesgo sistémico del dólar. La élite financiera china, en coordinación con sus homólogos del bloque BRICS+, ha expandido el uso del CIPS (Sistema de Pago Interbancario de China) y la internacionalización del yuan a través de contratos de materias primas denominados en la moneda china (el «petroyuan»).

Hoy en día, el nexo del poder se ubica en el aparato burocrático de seguridad nacional (Pentágono, agencias de inteligencia, Consejo de Seguridad Nacional) en estrecha alianza con facciones del Congreso. Esta coalición ha redefinido el interés nacional en términos de primacía militar y tecnológica. Silicon Valley, que inicialmente mantenía una postura ambivalente y globalista, se ha alineado progresivamente con Washington a medida que la computación de frontera y la IA se han convertido en prioridades de defensa. El auge de fondos de capital riesgo enfocados en «tecnología de defensa» (defense tech) y el protagonismo de figuras que conectan el desarrollo tecnológico con la seguridad estatal demuestran esta fusión.


China define su Plan de 5 años, con un Nuevo Pleno 2026 del Partido Comunista de la Republica Popular China. 

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En la República Popular China, la estructura de élite está estrictamente jerarquizada bajo el control de la dirección central del PCCh. El giro político de la última década ha consolidado el poder de los tecnócratas de la seguridad por encima de los cuadros puramente orientados al crecimiento del PIB que dominaron las eras de Jiang Zemin y Hu Jintao.

Esta mutación interna se manifestó con claridad en la campaña de regulación y disciplina de los grandes barones del sector tecnológico privado (Alibaba, Tencent, Ant Group, Didi) que comenzó en 2020. La dirección del Partido consideró que la acumulación descontrolada de capital, el control monopolístico de datos sociales por parte de entidades privadas y las veleidades financieras de sus fundadores amenazaban la estabilidad del régimen y desviaban recursos de los sectores verdaderamente estratégicos. El PCCh impuso multas billonarias, forzó reestructuraciones corporativas e integró comités del Partido directamente en la gobernanza de estas empresas.

La élite económica legítima en la China actual es aquella alineada con los objetivos del Estado. Las empresas de propiedad estatal (SOE) que controlan la infraestructura pesada, la energía y la banca, junto con una nueva generación de empresarios privados dedicados a las «tecnologías de cuello de botella» (hard tech): semiconductores, robótica industrial, biotecnología avanzada y nuevos materiales. La riqueza personal ya no garantiza la impunidad ni la influencia política; el capital debe subordinarse al imperativo histórico de la resiliencia nacional frente a lo que Pekín percibe como un cerco estratégico integral por parte de Occidente.

La colisión entre estas estructuras de élite proyecta riesgos sistémicos sobre la estabilidad geopolítica y macroeconómica global, manifestándose con especial gravedad en tres áreas críticas.

La imposición de barreras tecnológicas está creando una bifurcación de la arquitectura digital global, un fenómeno conocido como el «esplinternet». Países de América Latina, África y el Sudeste Asiático se ven sometidos a una presión diplomática y económica creciente para elegir entre la infraestructura tecnológica estadounidense (basada en el software occidental, nubes de datos hiperescalables — como la capacidad de un sistema tecnológico o arquitectura en la nube para crecer de manera masiva y ágil en respuesta a aumentos repentinos de demanda—, así como redes aliadas) o la infraestructura china (redes 5G/6G de Huawei, sistemas de vigilancia urbana, nubes estatales y cables submarinos financiados por Pekín). Esta fragmentación no solo duplica de forma ineficiente los costes de capital para las economías en desarrollo, sino que reduce la interoperabilidad global, ralentizando el ritmo de la innovación científica compartida y creando ecosistemas de información cerrados que exacerban la polarización geopolítica.

La concentración geográfica de las cadenas de suministro críticas significa que cualquier alteración en los «puntos de estrangulamiento» (chokepoints) puede desencadenar ondas de choque inflacionarias y parálisis industriales a nivel planetario, como el que ha dado lugar a la “guerra de los corredores”. El Estrecho de Taiwán, por donde transita un porcentaje altísimo de la flota de contenedores del mundo y prácticamente la totalidad de los chips de lógica avanzada producidos por Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), constituye el epicentro del riesgo geopolítico.

Un informe de la RAND Corporation advierte que incluso un bloqueo de baja intensidad o una cuarentena aduanera impuesta por Pekín sobre la isla costaría billones de dólares a la economía mundial en cuestión de semanas. Asimismo, la proyección del poder naval chino en el Mar de la China Meridional y el Estrecho de Malaca colisiona directamente con la doctrina de libertad de navegación defendida por el Comando del Indo-Pacífico de EE. UU., manteniendo la región en un estado de alerta militar permanente.

El modelo económico de China, impulsado por sus élites estatales, descansa sobre altas tasas de inversión en manufactura avanzada combinadas con un consumo doméstico relativamente deprimido. Al no absorber toda la producción internamente, el excedente industrial se proyecta hacia los mercados globales en forma de exportaciones competitivas de vehículos eléctricos, baterías y paneles solares. Las élites políticas occidentales, temerosas de una segunda «ola de desindustrialización» que arrase con sus industrias autóctonas y desestabilice sus sistemas electorales, han respondido con la imposición de aranceles masivos y cuotas proteccionistas. Esta dinámica amenaza con desmantelar definitivamente el armazón institucional de la OMC, sumiendo al comercio internacional en un régimen de represalias mutuas, reminiscente del de la década de 1930.

El análisis de la competencia entre China y Estados Unidos a través de la confluencia de la geopolítica, la macroeconomía y la sociología de las élites revela un panorama sombrío, pero sumamente clarificador. La globalización, lejos de ser un proceso natural irreversible, fue un proyecto político-económico contingente, diseñado y sostenido por coaliciones de élites específicas que hoy han retirado su respaldo.

El sistema de economía-mundo analizado por Wallerstein está experimentando una transición estructural donde la eficiencia económica pura ha sido desplazada por el imperativo de la supervivencia y la autonomía política. La advertencia de Richard Lachmann adquiere una relevancia profética. Las élites de las grandes potencias, concentradas en la preservación de su control interno y en la neutralización de sus rivales directos, están desgarrando los bienes públicos globales —la estabilidad financiera, la cooperación climática, la gobernanza tecnológica común y la prevención de conflictos a gran escala— que garantizan la viabilidad del propio orden internacional.

No nos dirigimos hacia un colapso automático del sistema, sino hacia una era de multipolaridad armada y fragmentada, caracterizada por lo que los analistas denominan «paz armada disuasoria». En este entorno, la estabilidad global dependerá de la capacidad de las élites de poder en Washington y Pekín para establecer mecanismos mínimos de gestión de crisis. Sin embargo, en la medida en que las dinámicas políticas internas de ambas superpotencias sigan premiando el nacionalismo defensivo y penalizando el compromiso diplomático, los «pasajeros de primera clase» continuarán disputándose el timón de un orden global que amenaza con fracturarse bajo sus pies.

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