jueves, 17 de septiembre de 2026

BRASIL EN ALERTA ROJA.

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“Para derrotar a la extrema derecha. La elección puede tener un desenlace terrible. Ajustar la línea para vencer en las elecciones es, por lo tanto, imperioso. Queda claro que una táctica basada en la defensa del legado del gobierno no es suficiente. Levantar nuevas banderas de expansión de derechos, asumir compromisos con los intereses populares y hacer promesas no es «demagogia»: debe ser una estrategia de movilización. Defender el fin inmediato de la jornada laboral «6×1» (seis días de trabajo por uno de descanso) y el límite de 40 horas semanales, el transporte público gratuito en las grandes ciudades, la regulación del impuesto sobre las grandes fortunas, la reforma agraria contra el latifundio, la prohibición de las apuestas en línea, el fortalecimiento de un Sistema Nacional de Cuidados y tantas otras causas justas será vital.

Al mismo tiempo, será necesario mantener la firmeza frente a la exigencia de una amnistía para los responsables del intento de golpe de Estado, como señal de que no pasarán. Aquellos que, en el campo de la izquierda radical, apostaron durante los últimos años a que el centro de la táctica debía ser la «superación por izquierda» del gobierno de Lula, a partir de sus límites y vacilaciones reales, pero subestimando el peligro de la extrema derecha, están ahora también ante el desafío de luchar para impedir una victoria de Flávio Bolsonaro. No podemos permitir que ocurra en Brasil lo que sucedió en Alemania con las elecciones de Sajonia-Anhalt.

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Fuentes: Jacobinlat [Imagen: Lula da Silva en un vídeo emitido en su canal oficial el 9 de septiembre de 2026 en el que le solicitaba al STF que levantase el secreto de sumario que pesa sobre el banco Master. Créditos: Lulaoficial]

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BRASIL EN ALERTA ROJA.

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Por Valerio Arcary | 17/09/2026 | Brasil.

Fuente. Revista Rebelión jueves 17 de septiembre del 2026.

La ofensiva de la extrema derecha y la crisis abierta en el Supremo Tribunal Federal amenazan con alterar la relación de fuerzas de cara a las elecciones brasileñas. Para derrotar al bolsonarismo, la campaña de Lula deberá recuperar la iniciativa y asumir nuevas demandas populares.


Las elecciones presidenciales de Brasil se aproximan en medio de una tormenta perfecta: mientras las encuestas marcan una alarmante paridad entre Lula y la ultraderecha, un estallido institucional en el Supremo Tribunal Federal vuelve a poner en jaque al sistema político. Entre maniobras judiciales para garantizar la impunidad del bolsonarismo, el hostigamiento del poder mediático y las vacilaciones del oficialismo, la crisis abierta amenaza con alterar definitivamente la relación de fuerzas. El peligro de una restauración neofascista en el país más grande de la región se vuelve cada vez más real.

La escalada de la crisis política ha cobrado un giro explosivo. La decisión de André Mendonça, ministro del Supremo Tribunal Federal (STF), de remover a Andrei Rodrigues de la dirección de la Policía Federal constituye una maniobra subversiva al servicio de una operación golpista. Se trata de una arbitrariedad institucional que incurre en un claro abuso de autoridad: un juez de la máxima corte no tiene atribuciones para nombrar o destituir al jefe de la Policía Federal, potestad que le corresponde al Poder Ejecutivo a través del Ministerio de Justicia.

La destitución de Rodrigues —justificada bajo el pretexto de su supuesta afinidad con el también ministro del STF, Alexandre de Moraes— busca interferir en el proceso electoral para favorecer a Flávio Bolsonaro, senador e hijo del expresidente, consolidado como el principal candidato de la extrema derecha. No es un hecho aislado: Flávio Bolsonaro lleva tiempo agitando a las bases ultraderechistas bajo la consigna «Fuera Moraes, Fuera Lula».

Ante esto, la solicitud de la Abogacía General de la Unión (AGU) para que el propio STF anule la remoción de Rodrigues es ineludible y debe ser aceptada. Se especula con que Edson Fachin, presidente del tribunal, podría retirar a Mendonça de la relatoría sobre las investigaciones del Banco Master y del Instituto Nacional del Seguro Social (INSS), lo que sería positivo. Sin embargo, resulta poco probable que Fachin encuentre dentro del propio STF un remedio jurídico capaz de frenar la embestida. La crisis empeorará antes de encontrar una salida.


La ofensiva de la extrema derecha.

La extrema derecha brasileña se ha anotado un triunfo táctico en toda la línea a través de tres frentes. En primer lugar, la campaña contra Alexandre de Moraes cobró impulso cuando Mendonça filtró mensajes entre el juez y Daniel Vorcaro, expropietario del Banco Master y figura central de un entramado de corrupción. Esta filtración ilegal e inédita buscó quitar la mancha de la sospecha sobre Flávio Bolsonaro y golpear directamente a Lula.

En segundo lugar, la maniobra sirvió para revitalizar la movilización del 7 de septiembre en la Avenida Paulista de São Paulo. Con casi treinta mil manifestantes, el núcleo duro del bolsonarismo mostró un músculo político renovado. Si bien fueron menos que las cuarenta mil de 2025 que marcharon —a la defensiva— por la amnistía de los condenados por el intento de golpe de Estado del 8 de enero, aun así, fue una demostración poderosa. Más allá de la cifra en un momento y otro, el dato que sobresale es la postura: hoy esos mismos sectores movilizados pasan a la ofensiva y exigen el impeachment de Moraes.

En tercer lugar, su impacto en la opinión pública es innegable: las últimas encuestas ubican un aumento de la desaprobación del gobierno de Lula que parece avanzar por encima del 50%, y proyectan un virtual empate técnico en una eventual segunda vuelta.

En paralelo, la burguesía liberalexpresada en el dominio de los grandes medios de comunicación, los principales periódicos de São Paulo y Río de Janeiro y el peso nacional de la cadena Rede Globo— se sumó al embate de Mendonça contra Moraes, consciente de que favorece a Flávio Bolsonaro. Pese a esto, sería apresurado todavía interpretar este alineamiento táctico como un respaldo cerrado al proyecto neofascista.

Este sector responde a un programa propio: exige un freno recesivo con duros recortes del gasto público para asegurar el superávit primario y reduzca la deuda pública, aun a costa de los hondos costos sociales que tendrían esas medidas. Paradójicamente, sabe también que sin algún grado de crecimiento Brasil sería ingobernable. Pero no comparte la apuesta bolsonarista por la subordinación a los Estados Unidos de Donald Trump. Tampoco el proyecto político de la extrema derecha de conquistar la presidencia y una mayoría absoluta en el Senado, destituir a Moraes y nombrar una mayoría de ministros del STF, abriendo el camino hacia un endurecimiento del régimen bajo la forma de un «poder total».

A diferencia de 2022 (cuando apoyó a la candidata centrista Simone Tebet en primera vuelta y a Lula, a regañadientes, en la segunda), la burguesía liberal no parece estar dispuesta a definir su apoyo desde ahora. Su plan parece pasar más bien por hostigar a Lula para mejorar sus condiciones de negociación ante lo que vendrá.

En esa línea, lo más probable es que su giro favorable a Mendonça responda a otros objetivos: desgastar el poder adquirido por Alexandre de Moraes a partir de su papel en el juicio por el intento de golpe de Estado y enterrar la investigación sobre las redes de desinformación de la extrema derecha. En el camino, desgastar a Lula y mantener incierto el desenlace de una eventual segunda vuelta, chantajear al gobierno e intentar imponerle, antes de las elecciones, un ajuste fiscal severo con compromisos públicos claros de recortar el gasto público al menos en dos puntos porcentuales del PIB.



Una elección abierta.

La idea de que la reelección de Lula en primera vuelta estaba asegurada —un cálculo instalado en la dirección de la campaña— ya era errónea antes del vertiginoso ascenso del escritor y psiquiatra Augusto Cury, quien escaló al tercer lugar en los sondeos representando al partido Avante. En los últimos diez días, la ventaja relativa de Lula se evaporó, y el riesgo de una derrota se convirtió en un peligro real e inmediato. Sin embargo, si el triunfalismo ingenuo es una postura equivocada, también lo es el derrotismo. La contienda sigue abierta.

En lo que va del ciclo, la coyuntura atravesó varios giros: tras un inicio de año en el que Flávio Bolsonaro logró consolidarse como la referencia opositora —desplazando a figuras como Tarcísio de Freitas—, la filtración de sus audios con Vorcaro en mayo cambió el panorama. Gilberto Kassab, dirigente del Partido Social Democrático (PSD) y uno de los principales articuladores políticos del centro y la derecha brasileños, se animó a impulsar la candidatura presidencial de Ronaldo Caiado, entonces gobernador de Goiás. También se presentó Renan Santos, dirigente surgido del Movimento Brasil Livre (MBL) y candidato presidencial del nuevo partido de derecha Missão. Ambos intentaron explotar un espacio a la derecha en competencia con el bolsonarismo y fracasaron, lo que le devolvió la iniciativa a Lula y desarticuló los intentos de instalar alternativas centroderechistas.

Si el escenario cambió radicalmente antes, puede volver a hacerlo. Pero, en buena medida, esto depende de que la izquierda reaccione.


Una crisis del régimen.

No estamos ante una marejada política coyuntural como las otras tantas que se sucedieron desde que Lula asumió la presidencia en 2023. Se trata esta de una crisis de una verdadera crisis del régimen. La ultraderecha está desafiando la arquitectura institucional misma, combinando sus posiciones en el Congreso y el STF con la agitación callejera y mediática.

En el fondo opera un factor estructural: la renuencia de las élites sociales a clausurar definitivamente el ciclo golpista, oscilando entre la amnistía a los insurgentes y el freno a cualquier reforma popular. A esto se le añaden los conflictos entre el Ejecutivo y el Congreso, o entre el gobierno de Lula y el Centrão, que ya habían abierto la puerta a una suerte de «semipresidencialismo» improvisado. Esa fue la forma que asumió la «defensa del orden» incluso contra reformas democráticas moderadas y limitadas. La alianza entre el Ejecutivo y el STF favoreció la defensa de la democracia, pero la presión reaccionaria es ahora tan grande que amenaza con modificar cualitativamente la relación de fuerzas dentro del propio STF.

Por si no fuera suficiente, la interferencia de los Estados Unidos de Donald Trump en el proceso electoral se hace cada vez más evidente, como también lo fue en Perú y en Colombia.

Para derrotar a la extrema derecha.

La elección puede tener un desenlace terrible. Ajustar la línea para vencer en las elecciones es, por lo tanto, imperioso. Queda claro que una táctica basada en la defensa del legado del gobierno no es suficiente.

Levantar nuevas banderas de expansión de derechos, asumir compromisos con los intereses populares y hacer promesas no es «demagogia»: debe ser una estrategia de movilización. Defender el fin inmediato de la jornada laboral «6×1» (seis días de trabajo por uno de descanso) y el límite de 40 horas semanales, el transporte público gratuito en las grandes ciudades, la regulación del impuesto sobre las grandes fortunas, la reforma agraria contra el latifundio, la prohibición de las apuestas en línea, el fortalecimiento de un Sistema Nacional de Cuidados y tantas otras causas justas será vital.

Al mismo tiempo, será necesario mantener la firmeza frente a la exigencia de una amnistía para los responsables del intento de golpe de Estado, como señal de que no pasarán. Aquellos que, en el campo de la izquierda radical, apostaron durante los últimos años a que el centro de la táctica debía ser la «superación por izquierda» del gobierno de Lula, a partir de sus límites y vacilaciones reales, pero subestimando el peligro de la extrema derecha, están ahora también ante el desafío de luchar para impedir una victoria de Flávio Bolsonaro. No podemos permitir que ocurra en Brasil lo que sucedió en Alemania con las elecciones de Sajonia-Anhalt.

Valerio Arcary es historiador, militante del PSOL (Resistencia) y autor de O Martelo da História. Ensaios sobre a urgência da revolução contemporânea (Sundermann, 2016).

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miércoles, 16 de septiembre de 2026

LA MOVIDA INDEPENDENTISTA QUE PONE EN JAQUE A LONDRES.

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“Escocia, Gales y la Unión Europea. El nacionalismo escocés es otra historia particular. En la posguerra era irrelevante: los conservadores dominaban cómodamente la escena política. En los 80, con la desindustrialización del Thatcherismo, el Partido Nacionalista Escocés creció hasta transformarse en una de las principales fuerzas políticas. El laborismo de Tony Blair intentó contener este ascenso nacionalista en 1999 con la devolución del Parlamento escocés suprimido en el acuerdo de unificación de Inglaterra y Escocia en 1701. Los dos primeros gobiernos fueron una coalición laborista-liberal, pero en 2007 los nacionalistas ganaron las elecciones y volvieron a triunfar en 2011.

“Con esta mayoría, el SNP (Scottish National Party) le logró imponer al gobierno conservador de David Cameron un referendo, convencidos de que obtendrían la independencia. El peligro de que una Escocia independiente quedara fuera de la Unión Europea fue fundamental en la derrota de los independentistas en la consulta popular de 2014. Feroz ironía del destino porque el mismo Cameron convocaría a un referendo en 2016 para determinar si el Reino Unido seguiría siendo parte de la Unión Europea. Para sorpresa de los británicos y del mundo, el pueblo votó a favor del Brexit por un estrecho margen. Los escoceses que favorecieron por abrumadora mayoría la permanencia en la Unión Europea se encontraron de la noche a la mañana fuera del bloque que consideraban fundamental para su futuro.

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El escocés John Swinney, el galés Rhun ap Iorwerth y las irlandesas Mary Lou McDonald y Michelle O'Neill. ADRIAN DENNIS. AFP

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LA MOVIDA INDEPENDENTISTA QUE PONE EN JAQUE A LONDRES.

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“Está llegando a su fin”: la historia de un Reino Unido que se resquebraja ante el desafío de Escocia, Gales e Irlanda del Norte.

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Los líderes nacionalistas tres regiones de las cuatro regiones británicos firmaron un memorando para su independencia. Qué puede pasar y el impacto en el tema Malvinas.

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Por Marcelo Justo,

Fuente Página/12. martes 15 de septiembre del 2026.

Desde Londres.

Los líderes nacionalistas de Escocia, Gales e Irlanda del Norte, tres de las cuatro regiones británicas, firmaron este lunes un memorando de entendimiento para la independencia y virtual disolución del Reino Unido. En la declaración conjunta, los líderes del ejecutivo de estas tres regiones exigen a Londres el derecho a celebrar referendos de independencia, algo que el gobierno de Andy Burnham rechaza.

El Reino Unido, que tardó más de cuatro siglos en conformarse, podría terminar en unos pocos años si la declaración se traduce en hechos. El primer paso está dado. En la declaración firmada en la capital de Gales, Cardiff, el ministro principal galés, Rhun ap Iorwerth, del independentista Plaid Cymru; su homólogo en Escocia, John Swinney, del Partido Nacionalista Escocés (SNP); y su contraparte norirlandesa, Michelle O’Neill, del izquierdista Sinn Féin, señalaron que el gobierno central, regulado desde Londres, no tiene razón de ser. 

“Para el pueblo de nuestras islas y para el mundo está claro que el gobierno de Westminster está llegando a su fin. Este gobierno no tiene el derecho a bloquear nuestra democracia o a erosionar el derecho a decidir nuestro futuro”, señalaron.

Los tres titulares de los respectivos Ejecutivos firmaron la declaración como líderes partidarios y no en su carácter de gobernadores de sus regiones, pero un documento de esta naturaleza es inédito en la historia del Reino Unido. Los líderes indicaron que cada región procedería con el proceso de independencia a su propio paso, una admisión de que, a pesar de la voluntad política común sobre la independencia, se trata de tres historias distintas.



La historia del presente.

El Reino Unido suele desconcertar a los extranjeros. No es Inglaterra, es diferente a Gran Bretaña; sus miembros tienen distintos equipos en los torneos deportivos internacionales, pero en las Naciones Unidas son representados por ese “United Kingdom” que tardó siglos en formarse. El primer bloque fue en 1536, cuando Gales se unió a Inglaterra bajo el memorable reinado de Enrique VIII, que tuvo seis esposas, ejecutó a dos y se separó de la autoridad católica papal creando la Iglesia Anglicana.

En 1707 se produjo la unión de Escocia con Inglaterra que, después de una devastadora guerra civil y un rey decapitado, se había transformado en una monarquía parlamentaria. En 1801 se sumó Irlanda. Pero en 1922, luego de una cruenta guerra de liberación, la isla quedó dividida en la República de Irlanda, independiente de los británicos e Irlanda del Norte, que seguía formando parte de la unión.

En los 60 se desató en Irlanda del Norte un sangriento conflicto que duraría más de 30 años entre nacionalistas, predominantemente católicos, que querían la unificación con la República, y unionistas, predominantemente protestantes que querían seguir siendo parte del Reino Unido.

En 1998 se firmó un acuerdo de paz que puso fin a ese conflicto que dejó más de 3600 muertos y heridas políticas que no han terminado de cicatrizar. El acuerdo contenía un párrafo clave para la declaración firmada este lunes porque concede el derecho a la población norirlandesa de convocar a un referendo para decidir si sigue siendo parte del Reino Unido o prefiere formar parte de la República de Irlanda.

Es lo que recordó la presidenta de Sin Fein, Mary Lou MacDonald, una de las signatarias del acuerdo, invocando el mismo principio que el gobierno de Andy Burnham usa para defender la soberanía británica sobre las Malvinas.

El principio de la autodeterminación es inalienable. Tenemos el derecho a celebrar un referendo. Tenemos el derecho a decidir sobre nuestro futuro. No podemos aceptar o tolerar a que un primer ministro nos quite ese derecho”, dijo


Escocia, Gales y la Unión Europea.

El nacionalismo escocés es otra historia particular. En la posguerra era irrelevante: los conservadores dominaban cómodamente la escena política. En los 80, con la desindustrialización del Thatcherismo, el Partido Nacionalista Escocés creció hasta transformarse en una de las principales fuerzas políticas. El laborismo de Tony Blair intentó contener este ascenso nacionalista en 1999 con la devolución del Parlamento escocés suprimido en el acuerdo de unificación de Inglaterra y Escocia en 1701. Los dos primeros gobiernos fueron una coalición laborista-liberal, pero en 2007 los nacionalistas ganaron las elecciones y volvieron a triunfar en 2011.

Con esta mayoría, el SNP (Scottish National Party) le logró imponer al gobierno conservador de David Cameron un referendo, convencidos de que obtendrían la independencia. El peligro de que una Escocia independiente quedara fuera de la Unión Europea fue fundamental en la derrota de los independentistas en la consulta popular de 2014. Feroz ironía del destino porque el mismo Cameron convocaría a un referendo en 2016 para determinar si el Reino Unido seguiría siendo parte de la Unión Europea. Para sorpresa de los británicos y del mundo, el pueblo votó a favor del Brexit por un estrecho margen. Los escoceses que favorecieron por abrumadora mayoría la permanencia en la Unión Europea se encontraron de la noche a la mañana fuera del bloque que consideraban fundamental para su futuro.

El referendo europeo resignificó el de la independencia de 2014. Para el SNP hoy hay una oportunidad histórica gracias a la nueva ecuación política que siguió a las elecciones regionales y municipales de mayo.

“Por primera vez en la historia, Escocia, Gales e Irlanda del Norte están gobernadas por ministros principales pro-independentistas”, dijo el ministro primero de Escocia John Swinney.

En esta ola proindependentista, Gales es un caso particular. Gobernada por el laborismo durante los últimos 100 años, los independentistas del Plaid Cymru, un partido de centroizquierda, parecían condenados a un voto de protesta. En las elecciones de mayo de este año, aprovechando la debilidad del gobierno laborista de Keir Starmer, dieron el batacazo convirtiéndose en la primera minoría con un 34% de los votos seguidos por la ultraderecha de Reform UK con un 29% mientras que el laborismo quedaba relegado a un humillante tercer lugar con el 11% de los sufragios. Esto explica que el ministro principal galés del Playd Cymru, Rhun ap Iorwerth, sonara más cauto que los escoceses y norirlandeses y se centrara más en una mayor autonomía que en una fecha concreta para un referendo.



Trump y Malvinas.

La declaración conjunta no sorprende y es un nuevo polo político en la complicada madeja que enfrenta el aun popular primer ministro Andy Burnham. El ímpetu existe, pero también la polarización que crearía en cada nación. En Irlanda del Norte corren el riesgo de reavivar el conflicto inter-comunitario que ha continuado en estado latente desde los acuerdos de paz de 1998. En Escocia no hay garantías de que el nacionalismo obtenga en este referendo y con la promesa de volver a la Unión Europea, la victoria que no consiguió en 2014. En Gales las fuerzas que se oponen al referendo y la separación superan a las de Playd Cymru que gobierna en minoría.

Todos estos matices le resbalaron al presidente Donald Trump que estaba de visita en la República de Irlanda este fin de semana. En la conferencia posterior a su reunión con el primer ministro irlandés Micheál Martin. Trump se mostró “encantado” con la idea de la unificación.

“No quiero causar problemas, pero me encantaría ver a Irlanda unificada. Al final va a suceder. Más vale que suceda ahora. Seguro que el Reino Unido tendrá algo que decir al respecto, pero creo que sería grandioso”, señaló.

En cuanto a las Malvinas es interesante que el documento firmado por los líderes de Escocia, Gales e Irlanda del Norte invocan la “autodeterminación” para respaldar su derecho a un referendo. Seguramente el gobierno británico – sea laborista o conservador – le encontrará alguna cuadratura al círculo para negarles el derecho diciendo que son situaciones diferentes, pero su propia definición sobre la soberanía de las Malvinas, basada precisamente en ese principio, deja mal parado el eterno argumento británico para no negociar con Argentina.

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martes, 15 de septiembre de 2026

LA CUMBRE DE LOS BRICS Y EL ESPEJISMO DE LA EMANCIPACIÓN «POR ARRIBA»

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“La Sociología de los BRICS analiza cómo el bloque de potencias emergentes (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y sus nuevos miembros ampliados en BRICS+) reconfigura las relaciones sociales, las desigualdades globales, las identidades del Sur Global y las estructuras de poder frente a la hegemonía occidental”. 

“VARIAS POTENCIAS NO GARANTIZAN UN MUNDO JUSTO. La palabra «multipolaridad», habitualmente relacionada con los BRICS, describe un mundo donde varias potencias tienen capacidad para influir en las decisiones internacionales. Puede sonar prometedor frente a un orden dominado por una sola. Pero no explica cómo gobiernan esas potencias ni qué hacen con el poder que consiguen. Antes de la Primera Guerra Mundial ya existían varios grandes imperios. Competían por colonias, mercados y recursos, mientras millones de personas permanecían sometidas. Su coexistencia no impidió la guerra. La historia no tiene por qué repetirse exactamente, pero enseña que repartir el poder entre más Estados no basta para terminar con la dominación.

“Nueva Delhi ha confirmado que hay gobiernos capaces de disputar privilegios occidentales. Esa disputa puede abrir oportunidades que sería absurdo despreciar. Pero aprovecharlas en beneficio popular requiere organización, derechos y capacidad para intervenir en las decisiones económicas. Ninguna de esas potencias hará automáticamente ese trabajo por quienes viven de su salario. Por eso, apoyar la resistencia frente a las agresiones de Estados Unidos no obliga a justificar todo lo que hagan sus competidores. Los trabajadores necesitan defender sus intereses también frente a los empresarios de su propio país. El cambio decisivo llegará cuando puedan decidir qué se produce, para qué y cómo se reparte. Tener más banderas alrededor de una mesa no resuelve quién sigue quedándose con el fruto de su trabajo.

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Fuentes: Canarias semanal.

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LA CUMBRE DE LOS BRICS Y EL ESPEJISMO DE LA EMANCIPACIÓN «POR ARRIBA»

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Por Manuel Medina | 15/09/2026 | Economía

Fuentes. Revista rebelión martes 15 de septiembre del 2026.

La cooperación entre los gobiernos del BRICS abre nuevas posibilidades comerciales y financieras sin por ello acabar con las desigualdades dentro de sus países

Los BRICS quieren que Estados Unidos y Europa «manden menos» en la economía mundial. ¿Pero significa eso que automáticamente sus trabajadores vivirán mejor? Los acuerdos de Nueva Delhi sobre monedas, préstamos y comercio permiten explicar qué puede cambiar y qué seguirá siendo igual si la riqueza sigue permaneciendo en las mismas manos.

  Los pasados días 12 y 13 de septiembre se reunieron, en Nueva Delhi, los gobiernos de los «países BRICS» con la finalidad de tomar acuerdos que les permitan ampliar el comercio en monedas nacionales, mejorar las conexiones entre sus sistemas de pagos y reclamar reformas en las instituciones económicas internacionales. 

   Por otra parte, la Cumbre celebrada, también ha servido para mantener conversaciones entre gobiernos enfrentados en y por la guerra en Oriente Próximo. 

     Pero antes de ofrecer más información sobre esta cumbre conviene recordar quiénes son los BRICS. Se trata de una agrupación de naciones cuyo nombre reúne las iniciales de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica —esta última, por su nombre en inglés, South África. Con el tiempo se han incorporado otros países, aunque el grupo ha conservado esas mismas siglas. 

   Sus gobiernos coinciden en que Estados Unidos y las potencias europeas continúan conservando demasiado poder para decidir sobre asuntos que afectan a todos. Desean cambiar ese reparto y disponer de más libertad para comerciar, invertir y defender sus intereses.

 

  Hasta aquí, la idea resulta muy comprensible. La dificultad empieza cuando se supone que ese cambio traerá necesariamente una vida mejor para sus respectivos pueblos. Para averiguarlo, hay una interrogante que debe responder a una pregunta sencilla, pero también clave: cuando decimos que un país gana, ¿quién gana dentro de ese país?



CUBA. Estuvo presente en la Cumbre de los BRICS en Nueva Delhi. India.

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QUERER QUE WASHINGTON MANDE MENOS TIENE RAZONES.

     La simpatía que en la actualidad despiertan los BRICS no ha surgido de la nada. Muchos países conocen lo que significa depender de decisiones tomadas fuera de sus fronteras. Si necesitan un préstamo, pueden encontrarse con exigencias que afectan a sus servicios públicos. Si una potencia bloquea sus pagos internacionales, pueden tener dificultades para comprar productos necesarios, aunque dispongan de dinero.

   Por eso importa mucho contar con otras opciones. Un gobierno que puede acudir a distintos prestamistas tiene más posibilidades de negociar. Un país que dispone de varios compradores para sus exportaciones depende menos de que uno de ellos deje de comprarle. Esa mayor libertad puede ayudar a resistir presiones.

   Pensemos, por ejemplo, en un agricultor obligado a vender toda su cosecha a un único comprador. Si aparece otro, quizá consiga un precio mejor. Pero todavía necesitaremos saber si el agricultor posee la tierra o la trabaja para un gran propietario. En el segundo caso, el dueño puede cobrar más por la cosecha sin aumentar el salario de quienes la recogieron. Con el comercio entre países ocurre algo parecido: las ventajas no se reparten solas.

   «La Cumbre de Nueva Delhi permite entender por qué comerciar con otras monedas y conseguir nuevos prestamistas no equivale a transformar la sociedad»


¿QUÉ SIGNIFICA COMERCIAR SIN DÓLARES?

    Uno de los acuerdos de Nueva Delhi busca facilitar los pagos en monedas nacionales. Esto no significa que haya nacido una moneda común de los BRICS. La delegación india precisó que no existe actualmente una propuesta de ese tipo. Se trata de hacer más sencillos y baratos los pagos entre países utilizando las monedas que ya tienen. 

   Para entenderlo, imaginemos una empresa brasileña que compra maquinaria china. Aunque ninguna de las dos empresas sea estadounidense, el pago puede hacerse en dólares. Eso obliga a conseguir esa moneda y utilizar los bancos y mecanismos necesarios para poder transferirla. Si pueden pagar directamente en reales o yuanes, quizá reduzcan gastos y algunas dependencias.

  Pero pagar de otra manera no resuelve todos los problemas. Quien recibe una moneda necesita poder utilizarla después. Si vende mucho a un país y apenas le compra nada, puede acumular dinero que no le resulte fácil gastar. Por eso hacen falta acuerdos y mecanismos que funcionen, además de buenas intenciones.

   Hay otra cuestión todavía más importante. La empresa brasileña de nuestro ejemplo puede ahorrar en el pago de su maquinaria y mantener los mismos salarios. La fábrica china puede vender más sin reducir la jornada de sus trabajadores. Cambiar de moneda puede, evidentemente, beneficiar al negocio; pero para que beneficie también a los empleados, hacen falta decisiones y fuerzas capaces de conseguirlo.



UN BANCO DIFERENTE, PERO UN BANCO.

    Los BRICS cuentan también con el Nuevo Banco de Desarrollo, creado para financiar infraestructuras y otros proyectos. Puede prestar dinero para mejorar el transporte, el abastecimiento de agua o la energía. Su estrategia también contempla financiar operaciones privadas y conceder parte de sus créditos en monedas nacionales. 

  «Detrás de los acuerdos entre gobiernos hay empresas, bancos y trabajadores cuyos intereses no coinciden, aunque compartan bandera»

    Disponer de esa financiación puede ser muy útil. Una población que necesita agua corriente no debería esperar indefinidamente porque los prestamistas habituales no consideren prioritaria su obra. Pero, para valorar un préstamo, hay que seguir el dinero hasta su destino. ¿Quién recibe los fondos? ¿Quién construye? ¿Quién será dueño de las instalaciones? ¿Cuánto pagarán los usuarios?

   Por un momento, imagine el lector una carretera. Puede comunicar pueblos aislados y facilitar el acceso a un hospital. También puede construirse principalmente para transportar minerales desde una mina hasta un puerto. Incluso puede cumplir ambas funciones. Saber qué banco la financia no basta para conocer cómo se repartirán sus ventajas.

   Además, el propio banco necesita conseguir dinero y devolverlo a quienes se lo prestan. Eso limita sus decisiones. En 2022, el Nuevo Banco de Desarrollo suspendió nuevas transacciones en Rusia, uno de sus países fundadores, ante las restricciones y la incertidumbre del momento. Este episodio mostró claramente que tener un Banco propio no significa quedar fuera de las presiones del sistema financiero internacional.

  «El debilitamiento del dominio occidental puede abrir oportunidades, pero su aprovechamiento depende de quién controla la economía y quién decide sobre sus recursos».

QUIEREN MÁS PODER EN LAS INSTITUCIONES EXISTENTES.

   La Cumbre que motiva este artículo, ha reclamado cambios en el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Son dos instituciones económicas que tienen como cometido, entre otros, prestar dinero a los países y tienen una gran influencia sobre sus políticas económicas.

   Los BRICS quieren que las economías emergentes tengan más voz en sus decisiones. También han defendido el comercio internacional frente a los aranceles impuestos unilateralmente, es decir, los impuestos que un país cobra a determinados productos extranjeros importados. 

   Sus gobiernos consideran que el reparto actual les concede menos poder del que corresponde al tamaño de sus economías. Quieren participar más en la dirección de esas instituciones y conseguir mejores condiciones para sus actividades económicas. Esa aspiración no incluye acabar con el poder de los grandes propietarios sobre las empresas y el trabajo.

  Pero aquí conviene detenerse. Un empresario puede enfrentarse a otro porque quiere una parte mayor del negocio. Esa disputa puede ser muy dura, pero ambos pueden coincidir en mantener bajos los costes laborales. La competencia entre países tampoco elimina el conflicto entre propietarios y trabajadores dentro de cada uno de ellos.



SENTARSE JUNTOS NO SIGNIFICA QUERER LO MISMO.

    La reunión entre representantes de Irán y Emiratos Árabes Unidos ayuda a entender otra característica del grupo. Ambos aceptaron una declaración que pide contención y protección de la población civil. El presidente iraní se reunió además con el príncipe heredero de Abu Dabi. Fue un contacto diplomático importante entre países enfrentados por la guerra, aunque no resolvió sus diferencias. 

   Los BRICS permiten mantener conversaciones y alcanzar acuerdos concretos. Sin embargo, sus miembros no forman un equipo que actúe siempre con un mismo propósito. Cada gobierno protege sus alianzas, sus empresas y sus necesidades. Pueden colaborar en un asunto y competir en el siguiente.

   China necesita compradores para sus productos. India quiere desarrollar sus propias industrias, que pueden competir con las chinas. Los exportadores de energía buscan clientes, mientras los compradores buscan precios favorables. Compartir unas siglas no hace desaparecer esas diferencias. Tampoco convierte a todos sus integrantes en defensores de las mismas causas.

UN PAÍS MÁS RICO PUEDE TENER TRABAJADORES POBRES.

    Cuando se anuncia que una economía crece, falta explicar cómo se reparte lo que produce. Las exportaciones pueden aumentar mientras los salarios apenas avanzan. Una empresa puede conquistar mercados extranjeros y exigir más esfuerzo a su plantilla. El éxito que celebra un gobierno o determinadas clases sociales puede ser percibido de manera muy distinta en una oficina de dirección y en los asalariados de una fábrica.

    Esto también ocurre cuando un país vende materias primas a otro miembro de los BRICS. Si exporta minerales baratos y compra después productos industriales caros, puede seguir dependiendo de otros para obtener maquinaria y tecnología. Cambiar de comprador no significa que controle una parte mayor del negocio.

     Para saber si una relación comercial mejora esa situación, debemos mirar sus resultados. ¿Se aprende a fabricar dentro del país? ¿Se crean empleos con derechos? ¿Los ingresos permiten mejorar la sanidad y la educación? ¿Las comunidades siguen conservando sus tierras? Estas preguntas dicen infinitamente más sobre el desarrollo que una ceremonia de firma de acuerdos.

VARIAS POTENCIAS NO GARANTIZAN UN MUNDO JUSTO.

    La palabra «multipolaridad», habitualmente relacionada con los BRICS, describe un mundo donde varias potencias tienen capacidad para influir en las decisiones internacionales. Puede sonar prometedor frente a un orden dominado por una sola. Pero no explica cómo gobiernan esas potencias ni qué hacen con el poder que consiguen.

    Antes de la Primera Guerra Mundial ya existían varios grandes imperios. Competían por colonias, mercados y recursos, mientras millones de personas permanecían sometidas. Su coexistencia no impidió la guerra. La historia no tiene por qué repetirse exactamente, pero enseña que repartir el poder entre más Estados no basta para terminar con la dominación.

    Nueva Delhi ha confirmado que hay gobiernos capaces de disputar privilegios occidentales. Esa disputa puede abrir oportunidades que sería absurdo despreciar. Pero aprovecharlas en beneficio popular requiere organización, derechos y capacidad para intervenir en las decisiones económicas. Ninguna de esas potencias hará automáticamente ese trabajo por quienes viven de su salario.

    Por eso, apoyar la resistencia frente a las agresiones de Estados Unidos no obliga a justificar todo lo que hagan sus competidores. Los trabajadores necesitan defender sus intereses también frente a los empresarios de su propio país. El cambio decisivo llegará cuando puedan decidir qué se produce, para qué y cómo se reparte.

    Tener más banderas alrededor de una mesa no resuelve quién sigue quedándose con el fruto de su trabajo.

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  MANUEL MEDINA es profesor de Historia, divulgador de temas relacionados con esa materia y coautor de varios libros, entre los que se encuentran «El gran reajuste» y «Los BRICS: Esperanza o ilusión», ambos de la Editorial Semilla, y el último de próxima aparición en el curso del presente mes de septiembre.

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lunes, 14 de septiembre de 2026

¿QUÉ SON LOS ‘BOTS’? LA NUEVA ARMA DE MANIPULACIÓN POLÍTICA EN AMÉRICA LATINA.

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“Los llamados trolls. La diferencia entre ambos términos resulta fundamental. El bot es automatización. El troll, en cambio, es una persona que interviene deliberadamente para provocar, hostigar, confrontar o desviar una conversación. Un troll puede utilizar una red automatizada para multiplicar el alcance de sus mensajes, de modo que ambas figuras pueden trabajar dentro de una misma operación. “Del otro lado hay una persona molestándonos, agrediendo, pero en el caso del bot hay un algoritmo automático y eso le permite a quien lo controla manejar una gran cantidad de cuentas”, indica Emmanuel Larussi, ingeniero en Sistemas y doctor en Ciencias de la Computación, para la estación AM750.

“Por su parte, las Naciones Unidas también describen a los trolls como individuos o grupos que pueden asumir identidades falsas y utilizar redes sociales para enviar o suprimir determinados mensajes, difundiendo información errónea o desinformación y generando la apariencia de que una determinada narrativa es mayoritaria o ampliamente aceptada. Ante este panorama, la Unión Europea utiliza actualmente el concepto de Foreign Information Manipulation and Interference (FIMI) para describir determinadas operaciones intencionales y coordinadas destinadas a manipular el entorno informativo y afectar procesos políticos.

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Este fenómeno ha sido observado en campañas electorales de América Latina. Foto: Composición LR/IA.

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¿QUÉ SON LOS ‘BOTS’?

LA NUEVA ARMA DE MANIPULACIÓN POLÍTICA EN AMÉRICA LATINA.

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Detrás de una avalancha de me gusta, respuestas y tendencias en redes sociales puede no existir una multitud, sino una operación coordinada para fabricar consenso y amplificar determinadas narrativas. Estas redes de cuentas automatizadas, trolls y usuarios falsos ya forman parte de las disputas políticas en América Latina y plantean un nuevo desafío para la conversación pública y los procesos electorales.

Por Mauricio Guevara Condore. Periodista.

Fuente, La República lunes 14 de septiembre del 2026.

Una publicación aparece en X. En cuestión de minutos llegan cientos de respuestas, miles de "me gusta" y una cadena de mensajes que parece confirmar que detrás de aquella consigna existe una multitud. Pero la multitud puede ser una ilusión. En el otro extremo de la pantalla, una computadora puede estar coordinando cientos o miles de cuentas diseñadas para comportarse como usuarios comunes.

La operación ya no necesita una habitación llena de teléfonos encendidos. Puede funcionar desde servidores en la nube, mediante servicios de cómputo alquilados y sistemas capaces de administrar numerosas direcciones IP. También puede adoptar una forma más rudimentaria: dispositivos conectados a una computadora que ejecuta órdenes simultáneas.

La tecnología cambia; el propósito permanece: fabricar actividad donde no necesariamente existe respaldo ciudadano es una práctica ya conocida en Perú. Durante la década de 1990, y especialmente en los años finales del régimen de Alberto Fujimori, los llamados diarios chicha se convirtieron en uno de los ejemplos más notorios de esta práctica.

Publicaciones como El Chino, La Chuchi, El Tío, El Mañanero y La Yuca utilizaron sus portadas para atacar a adversarios políticos y favorecer al oficialismo. Titulares como "Turista Andrade continúa botando obreros de la Muni" o "Toledo abolla a su gringa por hacerlo venado" muestran cómo el impacto emocional y la descalificación podían ocupar el lugar de una discusión informada.

El paralelismo con las nuevas herramientas digitales puede plantearse así: antes se compraban portadas; hoy pueden fabricarse tendencias, interacciones o aparentes consensos. Antes el titular sensacionalista buscaba dominar la conversación desde el puesto de periódicos; hoy el contenido puede buscar lo mismo desde una pantalla.



La narrativa de los bots.

Marcelo Santos, profesor asociado de la Escuela de Periodismo de la Universidad Diego Portales e investigador del Centro de Investigación en Comunicación, Literatura y Observación Social, compara una granja de bots con una instalación industrial en la que los teléfonos dejan de ser herramientas personales para convertirse en piezas de una maquinaria.

“A este tipo de actividad la llamamos una actividad inauténtica, porque no hay usuarios reales detrás. Son celulares con cuentas creadas sin una persona. Y que son coordinadas, gestionadas, en ese caso, por ejemplo, por una persona o un equipo de una agencia de marketing”, precisó en declaraciones para el medio chileno Bío Bío.

Cada aparato puede estar asociado a cuentas diferentes y responder a instrucciones previamente definidas: compartir, comentar, marcar una publicación o impulsar una etiqueta. La diferencia entre una cuenta automatizada y una granja está precisamente en esa escala. Un bot puede ejecutar una acción. Una red coordinada puede convertir esa acción en una supuesta escena multitudinaria.

El objetivo más importante no siempre consiste en convencer a quien lee. Está en modificar el escenario en el que esa persona recibe la información. Las plataformas utilizan señales de interacción para ordenar aquello que aparece ante sus usuarios.

Natalia Aruguete, investigadora especializada en polarización política y redes sociales en América Latina, describe el fenómeno como una alteración de las condiciones de la conversación pública.

“Puede aumentar artificialmente el volumen de determinados mensajes, repetir consignas, atacar a determinados actores y, sobre todo, producir una apariencia de consenso o de rechazo social”.

Ahí comienza el verdadero poder político de estas redes. Una tendencia digital no permanece necesariamente encerrada en la pantalla.

“Puede convertirse en noticia; los medios lo cubren, los dirigentes responden, los periodistas preguntan por él, se incorpora a entrevistas y debates, y entonces regresa a las plataformas con una legitimidad y una audiencia nuevas”, apuntó la especialista para Chequeado.

En una campaña electoral, esa dinámica puede ser especialmente valiosa. Una candidatura no necesita que todas las cuentas falsas convenzan a miles de votantes. Le basta, en determinados casos, con provocar suficiente movimiento para que personas reales entren en la discusión. La maquinaria crea el ruido; los usuarios humanos terminan propagándolo.

Y en América Latina, el fenómeno ya encontró un espacio dentro de las disputas electorales. Para Santos, uno de los indicios más reveladores es la actividad imposible para un ser humano. Durante el seguimiento de la ascensión política de Jair Bolsonaro en Brasil, encontró un usuario que publicó 120 mensajes en cuarenta minutos.



El nombre de Fernando Cerimedo aparece en ese mapa. El consultor argentino, vinculado como posible estratega digital a campañas de figuras como Javier Milei, Jair Bolsonaro, Rodrigo Paz y José Antonio Kast. Tras su aprehensión en Bolivia, la Fiscalía informó del hallazgo de una denominada “mini granja de bots” en un inmueble de La Paz.

El episodio adquirió relevancia porque el propio Cerimedo había descrito anteriormente el manejo de miles de cuentas creadas artificialmente. En declaraciones públicas sostuvo que podían utilizarse para monitorear conversaciones, producir contenido y elevar la exposición de determinados temas. También reconoció administrar trolls.

Pese a este panorama, cabe precisar que no todo bot forma parte de una campaña política. Las herramientas automatizadas tienen usos legítimos: pueden responder consultas de clientes, recopilar información, seguir precios, monitorear indicadores o ejecutar tareas repetitivas. El problema es cuando lo que se busca es distorsionar.



Los llamados trolls.

La diferencia entre ambos términos resulta fundamental. El bot es automatización. El troll, en cambio, es una persona que interviene deliberadamente para provocar, hostigar, confrontar o desviar una conversación. Un troll puede utilizar una red automatizada para multiplicar el alcance de sus mensajes, de modo que ambas figuras pueden trabajar dentro de una misma operación.

“Del otro lado hay una persona molestándonos, agrediendo, pero en el caso del bot hay un algoritmo automático y eso le permite a quien lo controla manejar una gran cantidad de cuentas”, indica Emmanuel Larussi, ingeniero en Sistemas y doctor en Ciencias de la Computación, para la estación AM750.

Por su parte, las Naciones Unidas también describen a los trolls como individuos o grupos que pueden asumir identidades falsas y utilizar redes sociales para enviar o suprimir determinados mensajes, difundiendo información errónea o desinformación y generando la apariencia de que una determinada narrativa es mayoritaria o ampliamente aceptada.

Ante este panorama, la Unión Europea utiliza actualmente el concepto de Foreign Information Manipulation and Interference (FIMI) para describir determinadas operaciones intencionales y coordinadas destinadas a manipular el entorno informativo y afectar procesos políticos.

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