lunes, 31 de agosto de 2026

OPERACIÓN «PARIA ECONÓMICO»: LA ÚLTIMA CARTA DE TRUMP EN EL CALLEJÓN IRANÍ.

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“La pregunta política es inevitable: ¿por qué Estados Unidos, bajo una administración que hizo campaña con «América First» y contra guerras interminables, está librando un conflicto que aumenta los precios de la gasolina para sus votantes, beneficia a Irán (su adversario declarado) con ingresos más altos, favorece a Rusia (otro adversario) con precios más elevados y contribuye a las empresas petroleras de Texas que no necesitan ayuda del gobierno? La respuesta incómoda es que la guerra se ha convertido en su propia justificación. Los actores que se benefician del caos (empresas petroleras, Irán, Rusia) tienen incentivos para mantener la tensión, mientras los perdedores consumidores estadounidenses y mundiales no tienen poder de veto. Como señaló Neil Quilliam de Chatham House: «Ahora que Ormuz ha sido cerrado, puede ser cerrado una y otra , y eso plantea una gran amenaza para la economía global».

“Esa prima de 40 dólares por barril es una transferencia de riqueza de los consumidores a los productores. Cuánto afectará a Trump esta contradicción en las urnas de noviembre dependerá de cuánto crean los votantes en la «Operación Paria Económico» sin mirar los resultados concretos. Pero la evidencia sugiere que los estadounidenses ya han hecho sus cálculos: 75% considera que la guerra no vale el costo, 41% cree que Trump carece de un plan coherente, y solo 15% piensa que ha cumplido sus objetivos. La «Operación Paria Económico» es, en última instancia, el reconocimiento de que Estados Unidos ha alcanzado los límites de lo que se puede lograr a través de sanciones y presión económica. El bloqueo mismo, un acto de guerra bajo derecho internacional, es un reconocimiento de que las sanciones empleadas durante décadas «no han cumplido su propósito previsto». Trump siempre ha tenido múltiples estrategias de salida. Pero como nota el análisis de CNN: «Las guerras tienen una manera de superar los planes de un presidente». La pregunta que queda abierta es si los votantes estadounidenses castigarán en noviembre esta contradicción entre la retórica de «América First» y una guerra que beneficia a adversarios declarados mientras perjudica a las familias estadounidenses. La respuesta, como algunas veces en política, la darán las urnas.

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Estados Unidos comenzó a instrumentar esta semana su nueva estrategia contra Irán, buscando asfixiar la economía iraní. Además la Casa Blanca aplicará sanciones  a cualquier país que intercambie con Teherán. 
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OPERACIÓN «PARIA ECONÓMICO»: 

LA ÚLTIMA CARTA DE TRUMP EN EL CALLEJÓN IRANÍ.

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Por Alejandro Marcó del Pont | 31/08/2026 | Economía

Fuentes Revista Rebelión lunes 31 de agosto del 2026.

«Seguimos luchando y presionando sin tener que enviar más tropas al terreno» (El Tábano Economista)

Cuando una potencia hegemónica no puede lograr sus objetivos máximos en una guerra y, al mismo tiempo, no puede permitirse el costo político de una rendición diplomática explícita, recurre a las sanciones económicas como cortina de humo. La «Operación paria económico», anunciada por el secretario del Tesoro Scott Bessent el 25 de agosto de 2026, es menos un arma de destrucción masiva contra Irán y más un escudo político doméstico para enmascarar un punto muerto estratégico, mientras el ciudadano medio subsidia esa ambigüedad con su inflación y su seguridad energética.

En la práctica, esta ofensiva económica representa una admisión tácita de que la opción militar está agotada, que la coalición internacional para un aislamiento total es imposible, y que lo único que queda es mantener una presión simbólica que permita a los políticos actuales sobrevivir a las elecciones de medio término sin tener que explicar por qué el conflicto no resolvió nada. Trump puede seguir diciendo que «seguimos luchando y presionando» sin tener que enviar más tropas al terreno, apelando a una base que apoya la presión máxima, pero se opone abrumadoramente a «botas en el suelo».

Los objetivos originales de la campaña militar estadounidense contra Irán eran ambiciosos y completamente imprecisos, por decir lo menos: asesinato del líder supremo Ali Khamenei, cambio de régimen, finalizar el enriquecimiento de uranio, desmantelamiento nuclear completo, eliminación del arsenal de misiles balísticos y drones, y ahora, como objetivo mínimo viable, la apertura del Estrecho de Ormuz. Casi siete meses después del inicio de la ofensiva en febrero de 2026, ninguno de estos objetivos se ha cumplido. Irán no solo mantiene su régimen intacto, sino que ha demostrado una resiliencia que pocos analistas occidentales anticiparon.

En el libro «Cómo funcionan las sanciones. Irán y el impacto de la guerra económica«, publicado en 2024 por Stanford University Press, se explora la eficacia limitada de las sanciones económicas contra la República Islámica. Aunque la obra tiene una perspectiva que no pudo considerar los cambios recientes en la región por su fecha de aparición, su tesis central se mantiene vigente: Irán lleva 47 años bajo sanciones occidentales y ha desarrollado una «economía de resistencia» sofisticada, con sustitución de importaciones, descentralización de plantas energéticas y un aparato bien aceitado para evadir sanciones petroleras. Como concluyen los autores, las sanciones

«no han obligado a Irán a estancarse», sino que, por el contrario, «lo han obligado a innovar, aunque no de maneras que resulten aceptables para Occidente».

Esta experiencia iraní no pasó desapercibida para otros actores globales. Rusia aprendió directamente de la experiencia iraní frente a sanciones. Un análisis de IUVM Press señala que

«la experiencia de tres años de Rusia frente a sanciones extensas, comparada con el casi medio siglo de sanciones integrales de Irán, prueba la resiliencia histórica de la nación y gobierno iraní «. Moscú ha adoptado un modelo asimilable al que otros países sancionados pueden seguir, adaptando las lecciones teheraníes a su propio contexto energético y financiero.

A esto se suma el factor chino, que ha advertido explícitamente a Washington que tomará represalias si se amplían las sanciones secundarias contra empresas chinas debido a su cooperación con Irán. China, el mayor importador de petróleo iraní, ha declarado que tomará todas las medidas necesarias contra la «represión del comercio con Teherán». El 7 y el 13 de abril de 2026, el Consejo de Estado de China promulgó dos reglamentos para contrarrestar las sanciones extranjeraslas Disposiciones sobre Seguridad Industrial y de la Cadena de Suministro (Ordenes del Consejo de Estado n.º 834 y 835) y las Disposiciones sobre Jurisdicción Extraterritorial.


Fuentes: El tábano economista [Imagen: "Callejón sin salida" de Jules Alfant]

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Estas normas complementan la autoridad existente de Beijing para tomar represalias contra sanciones extranjeras, incluyendo medidas contra empresas extranjeras que implementen dichas restricciones. La idea es clara: terminar con los tratados de empresas extranjeras que tomen acciones contra China, no permitir contratos o ventas de esas empresas en el mercado chino.

Todo da la impresión de que las sanciones son un juego de sombras, una venta de humo diplomático. El «Día D económico», en el vocabulario hiperbólico de Donald Trump, es tan limitado como hueco. Trump se refirió a la operación como «la operación económica más aplastante jamás emprendida contra país alguno». Sin embargo, casi siete meses después del inicio de la ofensiva estadounidense contra Teherán, la economía iraní, aunque dañada, está lejos de estar descarrilada. Las exportaciones de petróleo iraníes no solo se mantuvieron, sino que se recuperaron a niveles superiores a los del acuerdo nuclear en 2024, sosteniéndose en 2025 y principios de 2026.

Si las palabras ganaran guerras, el conflicto de Donald Trump con Irán habría terminado hace mucho tiempo. Pero lo cierto es que Trump está atrapado en dos trampas que él mismo ha creado: una geopolítica y otra interna. La influencia de Irán sobre el Estrecho de Ormuz y su negativa a ceder le impiden poner fin a la guerra de forma definitiva a un precio militar aceptable. Meses después del ataque, la opinión generalizada es que es Trump quien necesita urgentemente poner fin a un conflicto que, con las elecciones de mitad de mandato a la vuelta de la esquina, ha hundido su índice de aprobación al 30%, el más bajo desde que asumió la presidencia y uno de los niveles más bajos con los que un líder estadounidense ha afrontado unas elecciones legislativas.

En medio de una campaña electoral donde los republicanos enfrentan riesgos significativos de perder al menos una cámara del Congreso, las sanciones contra Irán ofrecen beneficios políticos y estratégicos limitados para la administración Trump, mientras imponen costos económicos tangibles al ciudadano medio estadounidense. Las sanciones permiten a Trump proyectar acción decisiva sin comprometer tropas terrestres, apelando a votantes que apoyan la presión máxima, pero se oponen a «militares en el terreno» (58% de votantes de Trump se oponen a enviar tropas). Sin embargo, este beneficio es marginal: solo 38% de los estadounidenses apoyan las sanciones, y la guerra en general es vista como «no vale la pena el costo» por 75% de la población.

La administración argumenta que debilitar la economía iraní reduce la capacidad de Teherán para financiar proxis regionales y desarrollar armas nucleares. Sin embargo, 41% de los estadounidenses cree que Trump carece de un plan coherente para Irán, y solo 15% piensa que ha cumplido sus objetivos.

¿Qué le aportan las sanciones realmente al ciudadano medio estadounidense? El shock en los precios de la energía, derivado de la tensión en el Estrecho de Ormuz y las sanciones, han alterado la trayectoria de la inflación. La gasolina subió alrededor de un 17% desde el inicio del conflicto, impactando directamente el bolsillo de las familias. Los precios de alimentos y fertilizantes permanecen elevados debido a la guerra, afectando el costo de vida que los votantes identifican como su principal preocupación.


Lo que queda claro es que la «Operación Paria Económico» no es una estrategia ofensiva confiada, sino más bien un intento desesperado de enmarcar una derrota y encontrar una salida política a un conflicto que se ha convertido en una trampa electoral para los republicanos. Como señaló Kurt Bardella, ex asistente del Congreso:

«Lo que estamos viendo ahora es el completo desmoronamiento de todo lo que Donald Trump, MAGA y los republicanos dijeron que eran. Estaban contra los conflictos interminables en Medio Oriente y comenzaron un conflicto en Medio Oriente sin una estrategia de salida».

El Estrecho de Ormuz marca una contradicción fundamental entre los negocios de las élites y el impacto sobre la población y su voto. El cierre del Estrecho ha creado una economía de guerra que beneficia a actores específicos, mientras perjudica a la sociedad estadounidense promedio. Los datos confirman esta intuición de manera contundente.

¿Quiénes ganan con el Estrecho cerrado? La lista es ilustrativa. Irán vio sus ingresos petroleros aumentar 37% en marzo de 2026 frente al año anterior. Ahora vende petróleo con 20% de prima sobre precios previos a la guerra, cuando antes vendía con descuento de 10-15 dólares por barril por riesgo de sanciones. Arabia Saudita aumentó sus ingresos petroleros 4,3% a pesar de que las exportaciones cayeron 26%, gracias a que los precios más altos compensaron con creces la reducción de volúmenes. Omán aumentó 26% sus ingresos en marzo de 2026, gracias a sus puertos en el Mar Arábigo como salida alternativa del Estrecho.

Las empresas petroleras estadounidenses de Texas reportaron ganancias extraordinarias. Exxon Móvil informó una ganancia neta de 14.530 millones de dólares entre abril y junio, un incremento interanual del 105%, mientras que sus ingresos ascendieron a 116.020 millones de dólares, un 42% más que en igual período del año anterior. Chebrón casi cuadruplicó sus beneficios al registrar una utilidad de 12.070 millones de dólares, un salto del 385% respecto del segundo trimestre de 2025. Sus ingresos crecieron 56% y alcanzaron los 70.060 millones de dólares. La petrolera rusa Rosneft aumentó sus ventas en un mes 14.500 millones de dólares.



El Estrecho cerrado genera una redistribución de riqueza hacia productores petroleros y empresas energéticas, mientras impone costos a los consumidores y a países sin alternativas logísticas. La pregunta política es inevitable:

¿por qué Estados Unidos, bajo una administración que hizo campaña con «América First» y contra guerras interminables, está librando un conflicto que aumenta los precios de la gasolina para sus votantes, beneficia a Irán (su adversario declarado) con ingresos más altos, favorece a Rusia (otro adversario) con precios más elevados y contribuye a las empresas petroleras de Texas que no necesitan ayuda del gobierno?

La respuesta incómoda es que la guerra se ha convertido en su propia justificación. Los actores que se benefician del caos (empresas petroleras, Irán, Rusia) tienen incentivos para mantener la tensión, mientras los perdedores consumidores estadounidenses y mundiales no tienen poder de veto. Como señaló Neil Quilliam de Chatham House:

«Ahora que Ormuz ha sido cerrado, puede ser cerrado una y otra , y eso plantea una gran amenaza para la economía global».

Esa prima de 40 dólares por barril es una transferencia de riqueza de los consumidores a los productores. Cuánto afectará a Trump esta contradicción en las urnas de noviembre dependerá de cuánto crean los votantes en la «Operación Paria Económico» sin mirar los resultados concretos. Pero la evidencia sugiere que los estadounidenses ya han hecho sus cálculos: 75% considera que la guerra no vale el costo, 41% cree que Trump carece de un plan coherente, y solo 15% piensa que ha cumplido sus objetivos.

La «Operación Paria Económico» es, en última instancia, el reconocimiento de que Estados Unidos ha alcanzado los límites de lo que se puede lograr a través de sanciones y presión económica. El bloqueo mismo, un acto de guerra bajo derecho internacional, es un reconocimiento de que las sanciones empleadas durante décadas «no han cumplido su propósito previsto».

Trump siempre ha tenido múltiples estrategias de salida. Pero como nota el análisis de CNN: «Las guerras tienen una manera de superar los planes de un presidente». La pregunta que queda abierta es si los votantes estadounidenses castigarán en noviembre esta contradicción entre la retórica de «América First» y una guerra que beneficia a adversarios declarados mientras perjudica a las familias estadounidenses. La respuesta, como algunas veces en política, la darán las urnas.

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domingo, 30 de agosto de 2026

DAME MÁS PODER, POR ROSA MARÍA PALACIOS.

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“En este escenario, ¿qué puede hacer la oposición mayoritaria en Diputados? Tres caminos. El primero, perder. Recortan, modifican, va al Senado y pierden. El segundo, no aprobar nada. Si no hay aprobación, nada pasa al Senado. Si nada pasa al Senado, no hay ley. La tercera posibilidad es la negociación política global (a la espera de una reforma constitucional que arregle este engendro legislativo). Los seis partidos en el Congreso, o al menos 5, deberían hacer un acuerdo global que se aprueba en Diputados y en Senadores. Puede no gustarle al oficialismo, pero la alternativa es que no les aprueben nada por el temor de ser contradichos radicalmente en el Senado.

“Entonces, hoy la delegación de facultades es una prueba de fuego triple. Primero, para la reforma constitucional que nos llevó, sin mucho debate y con mala técnica, a un bicameralismo entrampado. Segundo, para el Ejecutivo. Diputados solo tiene poder mientras la decisión está en sus manos y ese poder, que puede ser obstruccionista sin duda (hay ya una larga experiencia desde el 2016 por parte del fujimorismo) desaparece en el Senado. ¿Van a perderlo tan rápido? No lo creo y, frente a esta realidad política, ¿cuál será la respuesta del Ejecutivo? Tercero, es una prueba de lo que podrían ser capaces de articular Nieto, López, Sánchez y Belmont. Lograron la mesa directiva de Diputados, pero si no son capaces de unir y mantener al menos 66 votos, le entregarán todo el poder a Keiko Fujimori, contradiciendo la voluntad de sus electores.

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DAME MÁS PODER,

POR ROSA MARÍA PALACIOS.

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"¿Cómo se resolverá esta negociación, si es que se da? Muy pronto para saberlo. Pero en este episodio político me temo que se juega mucho más que una delegación de facultades. Puede ser la primera ley de un Congreso bicameral, 34 años después".

Por Rosa María Palacios.

Abogada Master en Derecho. Periodista.

Fuente. La República domingo 30 de agosto del 2026.  

El gobierno ya aprobó formalmente su solicitud de facultades legislativas al Congreso. En comparación con el abortado proyecto que circuló los primeros días de gobierno, cambia el orden y el lenguaje, pero no la intención. En esta oportunidad la estrategia del Ejecutivo consiste en solicitar legislar en una combinación de asuntos sumamente específicos, a la vez que se requieren facultades para reformar grandes cuerpos legislativos.

Por ejemplo, se requiere regular la participación excepcional y transitoria de las Fuerzas Armadas en los centros penitenciarios. Un asunto bastante puntual. Pero, más adelante, se piden facultades para modificar todo el Código Penal, todo el Código Procesal Penal, todo el Código de Ejecución Penal y todo el Código Penal Militar Policial. Es decir, la columna vertebral de todo el derecho penal peruano. ¿Modificar qué artículos y en qué sentido? ¿Se derogarán a través de estas modificaciones las leyes procrimen? Ni una pista.

No faltan las normas demagógicas. Es decir, anuncios que venden bien, pero no resuelven nada, como cambiar de nombre al crimen organizado para llamarlo organización terrorista. Como si saber que el sicario que asesina ya no es “asesino” sino “terrorista”, fuera a cambiar en algo la situación de la víctima. O, por ejemplo, crear la enésima norma para sobre regular la legítima defensa.

En materia laboral, sucede lo mismo que en seguridad. Van de lo particularísimo (la revisión de los feriados queda, triunfo del MEF) a lo absolutamente gaseoso.

“Fortalecer el marco legal de la actividad privada, contemplando un régimen que fomente la formalización, incluyendo la seguridad social, los beneficios laborales y la protección contra el despido”, dice el proyecto.



Con ese texto puedes hacer toda la reforma laboral que quieras. Es decir, si quieres formalizar, ¿por qué no abolir el despido arbitrario y sustituirlo por uno libre sin reposición, ni indemnización? Eso va a formalizar muy rápido, ¿verdad? El texto da para lo que quieras. No lo dice, pero un lenguaje así de abierto, lo permite.

Hay algunos regalos a la oposición, en desmedro de los intereses particulares de Fernando Rospigliosi, como derogar la ley del colegio profesional de artistas. Un guiño de respaldo de Galarreta a Beingolea, que está soportando una serie de intrigas moduladas internamente para fomentar su pronto despido del Ministerio de Cultura. Pero, de nuevo, el mismo proyecto regresa al Big Bang normativo con una reforma “estructural” del Ejecutivo, lo que anuncia una reducción del aparato del Estado que puede mandar toda la cultura, como apéndice de otro ministerio.

Vale la pena mencionar un pedido que afecta directamente la contratación de personal de confianza en el sector público. Ataron de manos a Castillo para impedir a su gobierno contratar, poniendo requisitos rígidos y a veces imposibles como, por ejemplo, años de experiencia previa.

“Regular los requisitos de idoneidad para el acceso y ejercicio de la función pública, especialmente los funcionarios, directivos y personal de confianza” es un grito de ayuda. Galarreta tiene que desatar lo que ellos ataron. De nuevo, el lenguaje no dice “bajar” los requisitos, pero como en 1984 de Orwell, la neo lengua se deja entender. Es para eso.

¿Qué puede hacer la Cámara de Diputados? Como el pedido viene con carácter de urgencia, los plazos son cortos y no puede pasar por muchas comisiones (a pesar de la cantidad de temas que trae sobre actividades productivas). Es posible que, a la antigua, veamos largos debates para recortar, acotar, reformular lo solicitado en diputados. En un congreso unicameral aquello tenía todo el sentido del mundo. Ese debate producía un texto que luego era votado y, de aprobarse, se convertía en ley luego de su promulgación. Sin embargo, con las actuales reglas, esto ya no es así.

Supongamos que luego de una cruenta negociación, la Cámara de Diputados aprueba un proyecto muy acotado. Son 74 congresistas de oposición (aunque ya empezaron a verbalizarse algunas, siempre esperadas, disidencias) los que se imponen. ¿Todos felices? No. El proyecto pasa al Senado y este tiene el poder constitucional de modificarlo y restituirlo a los términos exactos de lo enviado por el Ejecutivo. La correlación de fuerzas políticas de mayoría y oposición es de 30 a 30. Pero, ya hemos visto en la elección de la mesa directiva del Senado, lo sencillo que le resultó al oficialismo agenciarse el silencio de un solo adversario para ganar la partida. Si repiten la operación, todo queda consumado.



Por supuesto, Renovación y Fuerza Popular pueden tener sus propios intereses, que el gabinete Galarreta no ha considerado. Es posible que en el Senado ellos sean los que recorten o agreguen texto. Pero la coordinación de los vicepresidentes de Fujimori debería garantizar que el proyecto final aprobado quede, al menos, al gusto de Galarreta, con toda la amplitud necesaria, casi para hacer lo que quieran. ¿Se podrá derogar lo que salga mal? Difícil, porque otra vez, el que corta el jamón es el Senado.

En este escenario, ¿qué puede hacer la oposición mayoritaria en Diputados? Tres caminos. El primero, perder. Recortan, modifican, va al Senado y pierden. El segundo, no aprobar nada. Si no hay aprobación, nada pasa al Senado. Si nada pasa al Senado, no hay ley. La tercera posibilidad es la negociación política global (a la espera de una reforma constitucional que arregle este engendro legislativo). Los seis partidos en el Congreso, o al menos 5, deberían hacer un acuerdo global que se aprueba en Diputados y en Senadores. Puede no gustarle al oficialismo, pero la alternativa es que no les aprueben nada por el temor de ser contradichos radicalmente en el Senado.

Entonces, hoy la delegación de facultades es una prueba de fuego triple. Primero, para la reforma constitucional que nos llevó, sin mucho debate y con mala técnica, a un bicameralismo entrampado. Segundo, para el Ejecutivo. Diputados solo tiene poder mientras la decisión está en sus manos y ese poder, que puede ser obstruccionista sin duda (hay ya una larga experiencia desde el 2016 por parte del fujimorismo) desaparece en el Senado. ¿Van a perderlo tan rápido? No lo creo y, frente a esta realidad política, ¿cuál será la respuesta del Ejecutivo? Tercero, es una prueba de lo que podrían ser capaces de articular Nieto, López, Sánchez y Belmont. Lograron la mesa directiva de Diputados, pero si no son capaces de unir y mantener al menos 66 votos, le entregarán todo el poder a Keiko Fujimori, contradiciendo la voluntad de sus electores.

¿Cómo se resolverá esta negociación, si es que se da? Muy pronto para saberlo. Pero en este episodio político me temo que se juega mucho más que una delegación de facultades. Puede ser la primera ley de un Congreso bicameral, 34 años después.

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sábado, 29 de agosto de 2026

LAS AMENAZAS IMPERIALES DE TRUMP CONTRA IRÁN Y EL MUNDO.

 

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"Por su parte, El general retirado Barry Richard McCaffrey, uno de los más condecorados de Estados Unidos enfatizó que “Trump ha perdido el control del Medio Oriente y varias bases gracias a su desastrosa guerra con Irán. ¡Qué desastre! En mi opinión, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos han perdido permanentemente el acceso a 15 bases en el Golfo. Irán ahora está listo para controlar la vía a los Estados del Golfo. Washington tendrá que negociar un nuevo acceso en Arabia Saudí, Israel, Europa del Sur. Las implicaciones de esto son enormes», sentenció el general. Todo hace indicar que nuevamente las pretensiones del frustrado emperador y convicto presidente estadounidense, ante la enorme resistencia multifacética de Irán, volverán a convertirse en un total fracaso.

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Fuentes: Rebelión.

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LAS AMENAZAS IMPERIALES DE TRUMP CONTRA IRÁN Y EL MUNDO.

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Por Hedelberto López Blanch | 29/08/2026 | Economía.

Fuentes. Revista Rebelión sábado 29 de agosto del 2026.

El convicto presidente estadounidense Donald Trump, tras haber sufrido una penosa derrota militar en la injustificada guerra que lanzó el 28 de febrero contra Irán, ahora anunció la «operación económica más devastadora de la historia de Estados Unidos” contra la nación persa.

Un editorial del diario The New York Times afirma que desde el inicio de la guerra,

“Trump dijo que Estados Unidos lograría una victoria total y completa y que Irán debía aceptar una rendición incondicional. Insinuó que se produciría un cambio de régimen, que no se le permitiría ningún enriquecimiento de uranio y que Estados Unidos, en colaboración con Irán, desenterraría y retiraría todo el material nuclear de grado casi militar. Además, que Washington controlaría el estrecho de Ormuz. Nada de esto parece cierto”. 

Trump, sometido a una fuerte presión de la opinión pública norteamericana, así como del Congreso, por las consecuencias de esa agresión, y a las puertas de las elecciones de mitad de mandato, advirtió en su red social Truth que cualquier país que permita a la República Islámica eludir las sanciones enfrentará fuertes repercusiones económicas.

Como si fuera el emperador del mundo agregó, con su enorme prepotencia, que quienes

“permitan que sus instituciones financieras, empresas, aeropuertos o entidades gubernamentales proporcionen algún tipo de ayuda a Irán, se enfrentarán a enormes consecuencias económicas”.

Entre las exigencias del autoproclamado aprendiz de emperador a sus aliados occidentales, están las de

“eliminar el contrabando de petróleo, líneas de intercambio, transferencias de efectivo, casas de cambio, registros de buques, empresas fachadas, las cuales deben terminar ya mismo”.



Inmediatamente Irán calificó la guerra económica de Trump como una “farsa” repetida por distintos funcionarios establecidos en la Casa Blanca, que no tiene otro destino que el fracaso.

En un mensaje en su cuenta X, el canciller Seyed Abás Araqchi repasó una serie de tácticas de presión fallidas empleadas por Washington contra Teherán a lo largo de su historia.

Recordó que hace 14 años

“las sanciones más devastadoras de la historia” declaradas durante la administración de Barack Obama contra Irán “fracasaron”. Según el canciller iraní, en 2018 la “máxima presión” impuesta por la administración de Donald Trump contra Irán también “fracasó”.

Abás Araqchi enfatizó que su país y Gobierno tienen muchas vías para volver a ganar esta nueva guerra económica lanzada por Estados Unidos.

Rusia y China, las dos potencias aliadas de Teherán que tienen numerosos convenios comerciales y financieros con la nación persa, rechazaron rápidamente las pretensiones de Washington de querer presentarse como el decisor de un mundo que ya no es unipolar.  

La cancillería de China rechazó enérgicamente la medida y sentenció que la cooperación entre su país y la nación persa se enmarca estrictamente dentro del derecho internacional y no debe ser objeto de interferencias ni perturbaciones. En el mismo sentido se manifestó el Ministerio del Exterior de Rusia.

Pero también resultan sintomáticas estas dos declaraciones de personeros estadounidenses.

El senador demócrata por el estado de Connecticut, Chris Murphy calificó de “desesperadas” las nuevas sanciones de Trump contra Irán y afirmó que Washington no ha logrado ninguno de sus objetivos bélicos.

“El “Día D” (fecha de inicio de la operación) es un espectáculo desesperado. Irán está ganando la guerra y Trump la está perdiendo, mientras los estadounidenses están pagando un precio muy alto”, afirmó Murphy al criticar las nuevas sanciones anunciadas por la Administración.

“Recordemos que ninguno de los objetivos bélicos de Trump se ha alcanzado. El sistema iraní permanece intacto y estable. Irán todavía tiene sus misiles, drones y programa nuclear; antes de la guerra Irán no controlaba el estrecho, ahora lo controla”, señaló el senador.

Por su parte, El general retirado Barry Richard McCaffrey, uno de los más condecorados de Estados Unidos enfatizó que

“Trump ha perdido el control del Medio Oriente y varias bases gracias a su desastrosa guerra con Irán. ¡Qué desastre! En mi opinión, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos han perdido permanentemente el acceso a 15 bases en el Golfo. Irán ahora está listo para controlar la vía a los Estados del Golfo. Washington tendrá que negociar un nuevo acceso en Arabia Saudí, Israel, Europa del Sur. Las implicaciones de esto son enormes», sentenció el general.

Todo hace indicar que nuevamente las pretensiones del frustrado emperador y convicto presidente estadounidense, ante la enorme resistencia multifacética de Irán, volverán a convertirse en un total fracaso.

Hedelberto López Blanch, periodista, escritor e investigador cubano, especialista en política internacional.

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viernes, 28 de agosto de 2026

ARGENTINA. SIETE DE CADA DIEZ JÓVENES ESTÁN FUERA DEL EMPLEO FORMAL. La crisis laboral en menores de 25.

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“La desigualdad resulta todavía más evidente cuando se observan conjuntamente educación y trabajo. Uno de cada cinco jóvenes no estudia ni trabaja, pero esta situación alcanza al 34,2 por ciento de los jóvenes del estrato muy bajo frente al 8,3 por ciento del medio alto. A su vez, la posibilidad de dedicarse exclusivamente a estudiar cae del 41,2 al 15,6 por ciento entre ambos extremos sociales. La combinación de menores oportunidades educativas y laborales termina reproduciendo las desigualdades de origen y estrechando las posibilidades de movilidad social. Para los jóvenes de los sectores más vulnerables, las dificultades para estudiar y acceder a un empleo estable no son problemas aislados, sino obstáculos que se acumulan y condicionan sus perspectivas de futuro.

“El estudio incorpora también la “herencia social” como factor determinante de las trayectorias juveniles. Entre los sectores más desfavorecidos, la situación laboral del principal sostén del hogar incide en las posibilidades de estudiar, aunque incluso un empleo protegido no alcanza para revertir las desventajas de un origen socioeconómico bajo: el malestar psicológico, el no tener amigos y situaciones de violencia de género son más comunes en estratos bajos y reproducen la fractura social.

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Un 22,5% de los jóvenes se desempeña en empleos irregulares Leandro Teysseire.

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ARGENTINA. SIETE DE CADA DIEZ JÓVENES ESTÁN FUERA DEL EMPLEO FORMAL.

La crisis laboral en menores de 25.

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Un estudio de la UCA revela la profundidad del deterioro sociolaboral de los trabajadores de 18 a 25 años.

Por Mara Padrazzoli.

Fuente. Página/12- viernes 28 de agosto del 2019.

Los jóvenes encuentran cada vez menos oportunidades de empleo formal. Un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la UCA reveló que casi 7 de cada 10 jóvenes de entre 18 y 25 años están inactivos, desocupados o tienen empleos informales. Solo el 14,2 por ciento accede a un trabajo formal.

En un mercado de trabajo cada vez más precarizado, para los jóvenes el acceso a un empleo estable y la posibilidad de construir un proyecto de progreso económico aparecen cada vez más lejos. El último informe del ODSA detalla que un 36,6 por ciento de los jóvenes permanece inactivo, es decir, ya sea por elección o desaliento no participa del mercado laboral ya sea trabajando o buscando empleo. Mientras que un 22,5 por ciento se desempeña en empleos irregulares, como changas o trabajos temporarios, una modalidad de tipo “refugio” antes las condiciones adversas para insertarse en el sector laboral formal.

A este universo de jóvenes precarizados se suma un 10,7 por ciento que lleva más de seis meses sin empleo, configurando un escenario de exclusión laboral persistente.

La capacidad del mercado laboral para crear nuevas fuentes de empleo está condicionada por el magro desempeño de los sectores económicos intensivos en mano de obra: típicamente la industria, la construcción y el comercio.



Se trata de ramas estrechamente vinculadas al consumo interno, que se resiente por la pérdida de poder adquisitivo y por la política oficial de contención de las paritarias. La retracción de las ventas limita el dinamismo de estos sectores y reduce su capacidad para generar empleo.

Según el estudio de la UCA, apenas un 30,2 por ciento de los jóvenes logra insertarse en trabajos regulares, pero dentro de ese grupo un 16 por ciento lo hace en condiciones precarias y sólo el 14,2 por ciento tiene un empleo formal pleno.

La formalidad laboral aparece como una posibilidad cada vez más acotada para una generación cuya inserción en el mercado laboral está marcada por la precariedad y la inestabilidad. El mercado laboral deja de funcionar como una vía de progreso y se convierte, para buena parte de los jóvenes, en un espacio de fragilidad difícil de superar.

La situación laboral de los jóvenes se deteriora a medida que se desciende en la escala social. Mientras el empleo regular alcanza al 38,9 por ciento de los jóvenes del estrato medio alto, la proporción se reduce a apenas 19,7 por ciento entre quienes pertenecen al estrato muy bajo.

En sentido inverso, el empleo irregular o el desempleo reciente trepan del 11,6 al 30,6 por ciento, mientras que el desempleo de larga duración pasa del 5,2 al 14,9 por ciento. Los datos muestran que el origen socioeconómico condiciona fuertemente las posibilidades de acceder a un empleo estable y de calidad.

El estudio amplía el debate habitual sobre jóvenes al mostrar que la exclusión constituye un proceso multidimensional y acumulativo. Las desventajas educativas se superponen con empleos más precarios, menores posibilidades de continuar estudiando, responsabilidades familiares más tempranas y mayores vulnerabilidades psicosociales.


Las brechas educativas son contundentes: mientras el 69 por ciento de los jóvenes del estrato medio alto inició o completó estudios superiores, el 64,7 por ciento del estrato muy bajo no terminó la escolaridad obligatoria.

La desigualdad resulta todavía más evidente cuando se observan conjuntamente educación y trabajo. Uno de cada cinco jóvenes no estudia ni trabaja, pero esta situación alcanza al 34,2 por ciento de los jóvenes del estrato muy bajo frente al 8,3 por ciento del medio alto. A su vez, la posibilidad de dedicarse exclusivamente a estudiar cae del 41,2 al 15,6 por ciento entre ambos extremos sociales.

La combinación de menores oportunidades educativas y laborales termina reproduciendo las desigualdades de origen y estrechando las posibilidades de movilidad social. Para los jóvenes de los sectores más vulnerables, las dificultades para estudiar y acceder a un empleo estable no son problemas aislados, sino obstáculos que se acumulan y condicionan sus perspectivas de futuro.

El estudio incorpora también la “herencia social” como factor determinante de las trayectorias juveniles. Entre los sectores más desfavorecidos, la situación laboral del principal sostén del hogar incide en las posibilidades de estudiar, aunque incluso un empleo protegido no alcanza para revertir las desventajas de un origen socioeconómico bajo: el malestar psicológico, el no tener amigos y situaciones de violencia de género son más comunes en estratos bajos y reproducen la fractura social.

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jueves, 27 de agosto de 2026

WALLERSTEIN PREDIJO LA CAÍDA DEL IMPERIO ESTADOUNIDENSE.

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"El fin de la Guerra Fría desligó al radicalismo y al conservadurismo del liberalismo centrista. Los efectos fueron drásticos. Décadas de consenso neoliberal fueron desafiadas por figuras como Donald Trump y Bernie Sanders. Cuando Trump asumió la presidencia —primero en 2017 y nuevamente en 2025— lo hizo como crítico del orden liberal de Estados Unidos. Sin embargo, el lema «Estados Unidos primero» no ha dado lugar a la reactivación de la producción nacional, a la mejora del bienestar social ni a la protección de la clase trabajadora. Por el contrario, el trumpismo se caracteriza por una corrupción masiva y descarada (tanto en el país como en el extranjero), el militarismo en el exterior y políticas internas de deportación masiva. Estados Unidos ha seguido ampliando sus compromisos y su gasto militares, pero sin un compromiso con el bienestar social interno. Mientras tanto, el optimismo de la población estadounidense respecto al futuro ha disminuido en general desde 2013.

"En resumen, Estados Unidos ha elegido el camino neofascista que Wallerstein consideró inicialmente como el menos probable: conflicto social, brutalidad y prejuicios. Los miembros de los estratos superiores han buscado aferrarse a sus notables privilegios y beneficios. En consecuencia, la población estadounidense lleva vidas más precarias, viviendo al día, con menos protecciones contra los riesgos de la enfermedad, la vejez y la inestabilidad laboral. En 2026, la guerra de Estados Unidos en Irán resume dos tendencias del declive hegemónico estadounidense. Una es la incapacidad de Estados Unidos para imponer su voluntad a pesar de contar con un ejército extremadamente poderoso. La otra es el descontento de la población estadounidense ante un nivel de vida reducido y una clase dirigente en la que ya no confía. Esos sentimientos de descontento, como señaló Wallerstein, pueden ser poderosos catalizadores de la acción política. Washington podría verse sorprendido una vez más por acontecimientos caóticos, tanto a nivel global como interno, que no puede controlar.

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Fuentes: Revista Jacobin.

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WALLERSTEIN PREDIJO LA CAÍDA DEL IMPERIO ESTADOUNIDENSE.

Sociólogo, Historiador, Científico Social Estadounidense. (1930-2019)

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Por Gregory P. Williams | 27/08/2026 | EE.UU.

Fuentes. Revista Rebelión jueves 27 de agosto del 2026.

En pleno auge belicista tras el 11S, Immanuel Wallerstein anticipó que la hegemonía estadounidense había iniciado una caída irreversible. A más de dos décadas de la advertencia, la incapacidad de Washington para gestionar la decadencia aceleró el giro neofascista interno y empujó al mundo a una era de caos e inestabilidad.

En julio de 2002, Immanuel Wallerstein participó en el programa matutino de llamadas en vivo de C-SPAN. Acababa de escribir un ensayo para la revista Foreign Policy con un título provocativo: «El águila ha aterrizado de emergencia». Wallerstein argumentaba que la posición dominante de Estados Unidos en el escenario mundial estaba en declive. Había pasado menos de un año desde los atentados del 11S y la posterior invasión estadounidense de Afganistán. El gobierno de Bush estaba preparando a sus fuerzas armadas y a la opinión pública para la invasión de Irak, que comenzaría en marzo de 2003.

Conviene recordar que George W. Bush era una figura muy popular en ese entonces. La aprobación del presidente había alcanzado un récord del 90 % el septiembre anterior y se mantenía por encima del 70 % cuando Wallerstein hizo pública su advertencia sobre el declive. Sin embargo, a Wallerstein le pareció el momento exacto para intervenir. Llevaba escribiendo sobre la decadencia hegemónica de Estados Unidos desde principios de la década de 1980. Pese a ello, aún creía, en el intervalo entre las invasiones de Afganistán e Irak, que Estados Unidos tenía la oportunidad de gestionar eficazmente su declive.

Wallerstein no creía que fuera posible prolongar indefinidamente el dominio global de una gran potencia. Sostenía que las grandes potencias alcanzan la hegemonía —término que remite a un dominio global sin parangón— debido a factores económicos, políticos y militares que, en última instancia, también erosionan esa misma hegemonía. El declive hegemónico estadounidense comenzó mucho antes del 11S, con la crisis económica de la década de 1970 y la guerra de Vietnam.

Para Wallerstein, Estados Unidos enfrentaba la disyuntiva de toda potencia hegemónica en decadencia: un declive progresivo o una caída estrepitosa. George W. Bush eligió lo segundo. Hoy, Donald Trump ha acelerado aún más esa dinámica al desplegar agresivamente una de las pocas armas que le quedan a un hegemón en agonía: un aparato militar extremadamente poderoso.


Ciclos de hegemonía.

¿Por qué estaba en declive la hegemonía de Estados Unidos? Para Wallerstein, la hegemonía estadounidense del siglo XX apenas se diferenciaba de la holandesa del siglo XVII o de la británica del siglo XIX. Estas tres potencias (y solo estas tres, según su planteo) alcanzaron la hegemonía al montarse sobre una ola de fuerzas económicas que no podían controlar del todo y al imponerse militarmente sobre un rival. Tras su triunfo, la potencia hegemónica pasaba a crear instituciones a su imagen y semejanza. Los británicos, por ejemplo, se impusieron sobre Francia y luego crearon el Concierto de Europa en 1815.

El ascenso de Estados Unidos a la hegemonía comenzó tras la recesión mundial de 1873. En el relato de Wallerstein, la pérdida de cuota de mercado de Gran Bretaña en el mundo se debió al despliegue de Estados Unidos y de su principal rival, Alemania. Estados Unidos se convirtió en un gigante de la producción de acero y, posteriormente, de automóviles, mientras que Alemania lo hizo en la industria química. El ascenso económico de cada uno de estos Estados fue precedido por una crisis política interna y una posterior estabilización (relativa): en el caso estadounidense, la victoria de la Unión en la Guerra de Secesión; en el alemán, la unificación bajo el liderazgo prusiano tras la guerra franco-prusiana.

Wallerstein concebía las dos guerras mundiales como una prolongada Guerra de los Treinta Años entre ambos rivales. Señalaba que tanto las Provincias Unidas de los Países Bajos como Gran Bretaña también habían alcanzado la hegemonía tras conflagraciones de tres décadas (en el caso neerlandés, esto ocurrió tras la Guerra de los Treinta Años original, entre 1618 y 1648).

Tras imponerse a Alemania y a las potencias del Eje en 1945, la dirigencia estadounidense consideró que necesitaba tres condiciones para sostener su prosperidad: 1) mercados internacionales para su producción industrial; 2) un orden mundial que garantizara el comercio a bajo costo; y 3) una suerte de pacto que asegurara que la producción no sufriera interrupciones. Washington logró estos objetivos mediante la reconstrucción de Europa Occidental y Japón, la creación de grandes instituciones multilaterales como las Naciones Unidas y el establecimiento de un acuerdo tácito con la Unión Soviética. Este último movimiento, simbolizado por la Conferencia de Yalta en febrero de 1945, fue para Wallerstein mucho más decisivo que la fundación de la ONU dos meses después.

Según el relato convencional, la Guerra Fría —que se extendió aproximadamente desde 1945 hasta 1991 (si se toma el período más amplio)— fue una contienda entre dos adversarios irreconciliables: Estados Unidos y la Unión Soviética. Para Wallerstein, en cambio, este período se articuló en torno a un pacto implícito entre las dos grandes potencias. La esfera de influencia estadounidense abarcaba aproximadamente dos tercios del planeta, mientras que la soviética cubría el resto. Cada potencia dominaba su zona y utilizaba la amenaza de la otra para alinear a sus aliados díscolos. Yalta se sostenía en un «equilibrio del terror» entre ambas naciones.

El apogeo de la hegemonía estadounidense transcurrió aproximadamente entre 1945 y 1970. Como todo hegemón, Estados Unidos terminó siendo víctima de su propio éxito. Hacia 1970, Europa Occidental y Japón se habían convertido, a ojos de Wallerstein, en pares económicos de Washington. En el proceso de forjar socios comerciales —clave para el éxito de posguerra—, Estados Unidos también construyó a sus propios rivales. Como todo hegemón, Estados Unidos comenzó a perder su ventaja económica siguiendo la misma secuencia en la que la había construido. Primero, el hegemón pierde su ventaja en la agricultura y la industria; luego, en el comercio; finalmente, en el sector financiero.

También en la década de 1970, la derrota en Vietnam expuso la debilidad militar de Estados Unidos y su incapacidad para imponer su voluntad a escala global. Vietnam, escribió Wallerstein, simbolizó el rechazo al orden mundial estadounidense por parte de los pueblos postergados del mundo, conocidos a veces como Tercer Mundo o Sur Global. El movimiento de independencia vietnamita contra las potencias coloniales (Francia, Japón y Estados Unidos) fue una extensión de la ola de protesta global que eclosionó en 1968. Según Wallerstein,

«la generación del 68 no se limitó a condenar la hegemonía estadounidense. Condenaron la complicidad soviética con Estados Unidos, condenaron Yalta» y solo veían «dos bandos: las dos superpotencias y el resto del mundo».

El colapso de la Unión Soviética en 1991, de nuevo a contracorriente del sentido común dominante, representó para Wallerstein un desastre para Estados Unidos, porque perdió a su gran Otro. En un ensayo de 1992, Wallerstein insistió en que la Guerra Fría

«no era un juego que había que ganar, sino más bien un minué que había que bailar… El fin de la Guerra Fría eliminó, en efecto, el último gran sostén de la hegemonía y la prosperidad estadounidense: el escudo soviético».

La respuesta de Washington al declive hegemónico ha sido reafirmar su grandeza, tanto en los discursos como en los hechos, para intentar recuperar su posición global. Sin embargo, como explicó Wallerstein en C-SPAN:

«Si eres el número uno, no tienes por qué andar gritándolo. La gente lo sabe. Si tienes que gritarlo, es porque algo anda mal. Algo está pasando».


Patrón del colapso en 7 etapas. Estados Unidos está en la étapa 5.

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Matar al mensajero.

Muchos de los oyentes que llamaban a C-SPAN no recibieron con agrado el mensaje de Wallerstein sobre el declive. La audiencia expresó su malestar de diversas maneras: una persona preguntó si flameaban banderas en el campus de Yale, dado el aparente sesgo antiestadounidense del autor; otra lo acusó de haber esquivado el reclutamiento para la guerra de Vietnam, sin reparar en que había sido incorporado al servicio militar en una etapa anterior, durante la guerra de Corea. A una tercera le dio escalofríos la sola idea de Wallerstein en la presidencia:

«Si un tipo como él estuviera al mando de Estados Unidos, el país terminaría como un armadillo, hecho una bola, esperando a que le den una patada».

Ese tipo de exabruptos resultaba habitual para Wallerstein, quien ya había escrito sobre el costo psicológico y nacional que el declive hegemónico impone a quienes lo experimentan. Se trataba de un período potencialmente peligroso para la política interna y para la clase dirigente a la que la ciudadanía pudiera recurrir. En el programa, Wallerstein aclaró que él solo era el mensajero y que Estados Unidos se estaba aislando del mundo: no solo de las naciones que necesitaba seducir, sino también de sus aliados más cercanos.

«Si sobreestimas tu poder y andas por ahí actuando como un matón», afirmó, «pierdes mucho más que si entablas un diálogo elemental».

Parte de la audiencia veía en Wallerstein un intento de reformar la política exterior estadounidense. Un espectador preguntó cómo responder a las acusaciones de antiamericanismo, a lo que Wallerstein respondió que procuraba apelar a la razón. Sostuvo que la política exterior de Estados Unidos atentaba contra los propios intereses de sus ciudadanos:

No apelo a su altruismo, apelo a su egoísmo. Están provocando un impacto negativo mucho más veloz sobre Estados Unidos y sobre sus propias vidas. En cuanto a su nivel de vida, su riesgo de morir y todo lo que defienden, estarán peor si insisten con estas políticas que si cambian de rumbo.

El declive no equivalía a una catástrofe. Históricamente, las potencias hegemónicas no caen demasiado bajo: terminan reacomodándose entre las demás grandes potencias, aunque con un nivel de confort material superior al de la mayoría (basta observar hoy a los Países Bajos o al Reino Unido). Es más: como escribió Wallerstein en aquel ensayo de 1992, el declive podía ser «la mayor bendición de todas». Estados Unidos tenía la oportunidad de abrazar un sentido moral. Fue

«Abraham Lincoln quien dio la nota moral: “Así como no querría ser un esclavo, tampoco querría ser un amo”».

A comienzos de la década de 1990, Wallerstein vislumbró dos futuros posibles para Estados Unidos. El primero derivaría en el neofascismo, caracterizado por el conflicto social y por el sometimiento de los sectores populares a la brutalidad y el prejuicio. El segundo escenario, más esperanzador, asumía la forma de una solidaridad nacional canalizada mediante la socialdemocracia y el avance hacia el igualitarismo.

Aunque Wallerstein no solía inclinarse por pronósticos desmedidamente optimistas, consideraba que la vía igualitaria era más probable que la neofascista. Preveía una catarsis nacida de «un estrés social compartido» que, articulada con la prosperidad económica estadounidense y la noción popular de libertad, engendraría un movimiento contra las principales dimensiones de la «asignación desigual»: género, raza y etnia, edad y clase. Calculaba que el impulso del 68, al haber resquebrajado la hegemonía estadounidense y destronado la ideología del liberalismo centrista, conduciría a un movimiento de masas en favor del progreso.

Wallerstein contaba además con la historia como guía. En los dos primeros antecedentes de hegemonía en la economía-mundo capitalista —el holandés y el británico—, el declive hegemónico fue seguido, a la larga, por una marcha hacia el bienestar y la igualdad. ¿Por qué tendría que ser Estados Unidos la excepción?

Sin embargo, Wallerstein también dejaba abierta la rendija del neofascismo. Si el fin de la Guerra Fría significaba el fin del dominio estadounidense sobre dos tercios del globo, también implicaba el fin del liberalismo centrista como garante cultural de la economía-mundo capitalista. Desde las revoluciones de 1848, al menos, el liberalismo centrista había sido la fuerza de gravedad que mantenía a raya tanto a la izquierda radical como a la derecha conservadora.

El liberalismo centrista prometía la efectivización de los derechos democráticos y el bienestar económico, no de manera inmediata para todos los pueblos, sino mediante un proceso gradual y ordenado administrado por el Estado a lo largo de generaciones. El liberalismo centrista, como señaló Wallerstein en su libro El moderno sistema mundial IV, fue utilizado por «los fuertes [para] atenuar el descontento de los débiles». Las figuras e instituciones poderosas atenuaban el descontento de las masas desposeídas, así como los Estados fuertes atenuaban el descontento de los Estados débiles.

Sin embargo, la ventaja económica de Estados Unidos trastabilló a medida que el Sur Global comenzó a impugnar la estructura de poder de Yalta. Tras el colapso de uno de sus actores principales, la Unión Soviética, las masas y los Estados débiles demostraron no ser tan débiles después de todo. Ante ese escenario, para Wallerstein,

«los conservadores volverían a ser conservadores, y los radicales, radicales. Los liberales centristas no desaparecieron, pero vieron recortado su peso». Las posibilidades ideológicas quedaban de pronto abiertas.

Tras la Guerra Fría, Wallerstein percibió un gran potencial para que el declive de la hegemonía estadounidense estuviera acompañado de una redistribución económica interna. Diez años más tarde, aquel movimiento radical no se había materializado, mientras que los halcones conservadores se hallaban firmemente entronizados en el poder. Buscaban hacer alarde de su músculo militar porque, según su lógica,

«si Washington no ejerce la fuerza, Estados Unidos quedará cada vez más marginado». Wallerstein, no obstante, advirtió que sus acciones provocaban el efecto contrario. Inevitable como era el declive, la agresiva política exterior del gobierno de Bush «solo contribuirá a la decadencia de Estados Unidos, transformando un descenso gradual en una caída mucho más rápida y turbulenta».

En retrospectiva, el ensayo de 2002 y la aparición televisiva de Wallerstein constituyeron un intento por desviar a Estados Unidos de esa trayectoria. Evidentemente, había abandonado la esperanza de un movimiento socialdemócrata y reorientaba su atención hacia el propio poder hegemónico en descomposición. En el verano de 2002, más de seis de cada diez estadounidenses respaldaban la apertura de un segundo frente bélico en Irak. La posición de Wallerstein era la de un sector crítico, impopular pero persistente. Ante semejantes cuestionamientos, el presidente Bush se limitaba a señalar que la historia juzgaría sus actos.

Hoy resulta evidente que los halcones no lograron preservar la hegemonía estadounidense ni remodelar el mundo a la medida de los intereses de Washington. ¿Qué ha ocurrido entre aquel momento y el presente?



Declive y negación.

El siglo XXI no ha empezado bien para Estados Unidos. La dirigencia estadounidense se ha empecinado en recuperar la hegemonía perdida. A medida que el poder económico de Estados Unidos disminuye en comparación con el resto del mundo, Washington ha utilizado su ejército para hacer gala de fuerza e imponer sus objetivos políticos. De hecho, Estados Unidos ha emprendido más intervenciones militares desde 1991 que entre 1798 y 1990. Esta opción constituye la estrategia clásica de un hegemón en decadencia sumido en la negación: consciente de su caída, pero incapaz de ver que su mejor opción viable era la gestión adecuada del descenso.

Estados Unidos no ha logrado un mundo más pacífico ni más próspero, ni ha mejorado la situación de las naciones que invadió. En Universalismo europeo: la retórica del poder (2006), Wallerstein cuestionó la lógica del intervencionismo. La potencia invasora rara vez mejora la situación del lugar invadido en comparación con lo que habría sido de no haber intervenido, conclusión confirmada por las aventuras militares de Estados Unidos a lo largo y ancho del Medio Oriente.

El veredicto de Wallerstein de 2002 podría haber sido escrito este mismo año (o esta misma semana). Escribió que Estados Unidos se encuentra como

«una superpotencia solitaria que carece de poder verdadero, un líder mundial al que nadie sigue y al que pocos respetan, y una nación que va a la deriva peligrosamente en medio de un caos global que no puede controlar».

La reacción de la generación del 68 que él describió provino tanto del Sur Global no alineado como de las masas descontentas en su propio país. En el siglo XXI, la concatenación que comenzó a nivel del sistema-mundo se trasladó rápidamente a la política interna estadounidense y luego volvió a extenderse hacia afuera.

El fin de la Guerra Fría desligó al radicalismo y al conservadurismo del liberalismo centrista. Los efectos fueron drásticos. Décadas de consenso neoliberal fueron desafiadas por figuras como Donald Trump y Bernie Sanders. Cuando Trump asumió la presidencia —primero en 2017 y nuevamente en 2025— lo hizo como crítico del orden liberal de Estados Unidos.

Sin embargo, el lema «Estados Unidos primero» no ha dado lugar a la reactivación de la producción nacional, a la mejora del bienestar social ni a la protección de la clase trabajadora. Por el contrario, el trumpismo se caracteriza por una corrupción masiva y descarada (tanto en el país como en el extranjero), el militarismo en el exterior y políticas internas de deportación masiva. Estados Unidos ha seguido ampliando sus compromisos y su gasto militares, pero sin un compromiso con el bienestar social interno. Mientras tanto, el optimismo de la población estadounidense respecto al futuro ha disminuido en general desde 2013.

En resumen, Estados Unidos ha elegido el camino neofascista que Wallerstein consideró inicialmente como el menos probable: conflicto social, brutalidad y prejuicios. Los miembros de los estratos superiores han buscado aferrarse a sus notables privilegios y beneficios. En consecuencia, la población estadounidense lleva vidas más precarias, viviendo al día, con menos protecciones contra los riesgos de la enfermedad, la vejez y la inestabilidad laboral.

En 2026, la guerra de Estados Unidos en Irán resume dos tendencias del declive hegemónico estadounidense. Una es la incapacidad de Estados Unidos para imponer su voluntad a pesar de contar con un ejército extremadamente poderoso. La otra es el descontento de la población estadounidense ante un nivel de vida reducido y una clase dirigente en la que ya no confía. Esos sentimientos de descontento, como señaló Wallerstein, pueden ser poderosos catalizadores de la acción política. Washington podría verse sorprendido una vez más por acontecimientos caóticos, tanto a nivel global como interno, que no puede controlar.

Gregory P. Williams: Profesor asociado de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la Universidad Simmons de Boston. Su libro Contesting the Global Order: The Radical Political Economy of Perry Anderson and Immanuel Wallerstein es un título académico destacado de la American Library Association.

Traducción: Natalia López.

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