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“El peligro de la ola ultraderechista no concierne únicamente a Brasil,
sino a toda América Latina y al equilibrio del Sur Global. La
tentativa de liquidar la soberanía brasileña a través de estos títeres,
amantes del hegemonismo, busca reimplantar las estrategias de intervención
directa vía golpes blandos suaves según el manual del politólogo Gene
Sharp. Frente a la extorsión foránea y la genuflexión bolsonarista, la
defensa del proyecto integrador, popular y soberano encabezado por Lula
da Silva se convierte en la trinchera decisiva para la dignidad de todo
el continente.
“Detrás de la fachada de sintonía
internacional, el proyecto político de los Bolsonaro transita por un terreno minado de incertidumbres
legales. El caso más paradigmático es la situación de Jair Bolsonaro,
condenado a prisión por su participación en un intento de golpe de
Estado. A esto se suman investigaciones sobre redes de desinformación,
donde figura el consultor argentino Fernando Cerimedo, donde su
rol como artífice de campañas de manipulación y desinformación digital evidencia
la vulnerabilidad institucional frente a las injerencias
algorítmicas. Las ramificaciones judiciales demuestran que la extrema
derecha opera en un limbo híbrido, donde la agitación digital
compensa la podredumbre política y moral de sus líderes. Es la sombra
intervencionista. La
alianza entre los Bolsonaro y Trump expone una contradicción tan flagrante como
peligrosa: se aplauden discursos patrióticos mientras se avalan
medidas que lesionan la estabilidad política, social y comercial del
gigante sudamericano. Con un escenario judicial asfixiante y un andamiaje
de propaganda bajo la lupa, la derecha confía en la validación externa
para mantener viva una polarización que amenaza la democracia
institucional de cara a las urnas del próximo 4 de octubre. La soberanía
de Brasil y del continente está en juego.
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Fuentes: Rebelión / Hispan TV [Imagen: Flávio Bolsonaro junto a Donald Trump en el Salón Oval de la Casa Blanca el 26 de mayo de 2026. Créditos: Instagram/@FlavioBolsonaro]
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WASHINGTON Y EL ASALTO A LA SOBERANÍA BRASILEÑA.
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Por Pablo
Jofré Leal | 10/09/2026 | Brasil
Fuentes Revista Rebelión jueves 10mde septiembre del 2026.
En este artículo el autor reflexiona
sobre las futuras elecciones presidenciales en Brasil y analiza el papel sumiso
del candidato Bolsonaro, señalando que en esas elecciones Brasil decide entre
la dignidad y la soberanía y el entreguismo subordinado y vil.
El escenario político brasileño, de cara a las elecciones
presidenciales de octubre del 2026 no representa, únicamente, una pelea
doméstica por el sillón del ejecutivo en el palacio de Planalto
constituye el epicentro de una guerra geopolítica de baja intensidad.
Una contienda que influirá,
decisivamente, en el equilibrio de fuerzas en América Latina y parte importante de la
consolidación del sur global de cara a la próxima década. En un tablero
político brasileño, bajo un fortísimo asedio exterior, con Estados
Unidos participando activamente, apoyando en el apoyo a la ultraderecha
representada por Flavio Bolsonaro, como ariete contra la soberanía del
gigante sudamericano.
No se trata únicamente de una pugna
electoral entre dos
modelos antagónicos, sino del despliegue de un guion de intervención
orquestado desde Washington que busca quebrar la autonomía estratégica
del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, promoviendo abiertamente al clan
Bolsonaro y sus operadores ultraderechistas del mundo.
¿El objetivo? recolonizar la mayor
economía de América Latina y darle más fuelle a los gobiernos de ultraderecha que se han instalado en el
continente. Washington, en su contumacia política criminal, no abandona
su histórica política de considerar a América latina como su patio
trasero, sino que también ha intensificado y variado sus herramientas de
intervención a través de la llamada guerra híbrida [1].
Para el progresismo brasileño y sus aliados internacionales el
triunfo de Lula resulta absolutamente indispensable, para salvaguardar
así, la soberanía nacional y, al mismo tiempo, mantener esperanzas de
recuperación de espacios para la izquierda en el continente y punto de
referencia para el sur global.
La derecha brasileña ha mostrado su cara indigna de
sometimiento a Washington cuya expresión la vislumbramos en la recepción
en alfombra roja al abanderado derechista Flavio Bolsonaro en el salón
oval, para pedir la bendición trumpista y la anhelada fotografía que
tratara de salvar su candidatura y que desnuda la naturaleza de este pacto
colonial. La vanidad y la megalomanía se potencian en escenarios mediáticos.
Washington busca tutelar el próximo
gobierno brasileño y
para eso requiere a Flavio Bolsonaro. Figura modelada a imagen y
semejanza de los deseos de Trump. Por ello el aparato político, de
inteligencia, mediático ha diseñado y promocionado el instalar en el poder a un
candidato dócil, servicial, una figura subordinada a los intereses
del capital transnacional y la hegemonía estadounidense, que actúe
como un dique de contención frente a procesos de integración regional y
mundial.
Mientras el presidente Lula defiende
la industrialización nacional,
la integración regional del Sur Global y una política exterior
multipolar a través de los BRICS, el bolsonarismo acude a la Casa
Blanca a rendir pleitesía y ofrecer las riquezas estratégicas de la nación
a cambio de tutela y apoyo político. Luego de su encuentro con Trump en
la Casa Blanca, Flavio Bolsonaro hizo un pedido específico y es
justamente lo que busca evitar Lula:
“Yo fui exactamente
a hacer ese pedido expreso a Trump, Estados Unidos tiene que declarar al
Comando Vermelho y al PCC como organizaciones terroristas de Brasil” sostuvo
Bolsonaro.
Una petición considerada una muestra
de vergüenza y entreguismo
a una potencia extranjera pero que en esencia representó una distracción
frente al ofrecimiento principal: entregar las riquezas brasileñas y su
autonomía como país.
Con este encuentro, el senador
derechista
buscaba impulsar su candidatura después de la filtración vinculada
con Daniel Vorcaro, un banquero encarcelado por sospechas de estar
detrás del mayor fraude financiero de la historia del país, algo que ha
lastrado su apoyo en las encuestas. Trump le sirve a la ultraderecha
para blindar a corruptos muestra de la catadura moral de este sector
político, tanto en Brasil como en el resto de nuestros países.
Tierras raras a precio de saldo.
La candidatura de Flavio Bolsonaro y sus apoyos no expresan una forma de
actuar aislada. Personifican los intereses del agronegocio depredador,
las facciones ultraconservadoras del movimiento evangélico
(cristianismo sionista ligado estrechamente al régimen israelí) y los
sectores militares que añoran la vuelta a un estado manu militari.
Un gobierno de Bolsonaro en alianza
con Washington tiene
también un trasfondo material: el control de los minerales críticos. En
plena pugna hegemónica contra China, Estados Unidos busca resolver su vulnerabilidad
de estos suministros estratégicos imponiendo el despojo de los
yacimientos en el mundo y entre ellos del gigante sudamericano.
Voceros y senadores afines a la línea
dura en Washington plantean
la necesidad de impulsar una victoria de la ultraderecha con Flavio
Bolsonaro, ya que este candidato garantiza a las corporaciones
estadounidenses acceso prioritario y sin condiciones a las reservas
brasileñas de tierras raras, sacrificando la soberanía industrial y
el valor agregado que defiende el proyecto popular de Lula.
La industria imperial ansia el control
de Neodimio y Praseodimio,
elementos esenciales para la fabricación de imanes permanentes de alta
potencia, para uso de motores de vehículos eléctricos, turbinas eólicas
y robótica avanzada. Disprosio y Terbio, para garantizar la estabilidad térmica
de los imanes en condiciones de alta exigencia tecnológica y militar.
Como también Niobio y Litio, minerales estratégicos en los que Brasil
posee reservas masivas, vitales para aleaciones aeroespaciales,
defensa y almacenamiento de energía.
Las declaraciones de los jerarcas
estadounidenses
ratifican sin rodeos esta doctrina intervencionista. El propio Trump
suele declarar que el denominado sur global, debe volver a alinearse con
las prioridades de seguridad y comercio de Estados Unidos. Advirtiendo a
los BRICS, del cual forma parte Brasil, que su postura para
buscar monedas o sistemas de pagos alternativos constituye un ataque directo
a la economía de Estados Unidos.
En sus redes sociales Trump ha amenazado directamente a la nación
sudamericana, afirmando que
«se encamina a un
desastre económico si insiste en desafiar el dólar y asociarse con nuestros
competidores globales» señalando a China como enemigo principal.
En un interesante análisis, desde el corazón del imperio
se señala respecto a los afanes de dominio de Trump que esta estrategia
“establece que
Estados Unidos debe controlar el hemisferio occidental en los ámbitos político,
económico, comercial y militar”, un corolario trumpiano de la doctrina Monroe,
que allanó el camino para la hegemonía de Washington hasta fines del siglo XX y
descuidándolo en las últimas tres décadas [2] con un Trump que ha entrado de
lleno en volver a reflotar esa doctrina de dominio.
Marco Rubio, secretario de Estado
y alfil de la política
de asfixia hacia la región, deja clara su hostilidad contra el proyecto
soberano brasileño al sostener:
«El liderazgo de
Lula en Brasil representa un obstáculo directo para los intereses estratégicos
de Estados Unidos en el hemisferio occidental». A ello sumó la amenaza
explícita: «Garantizaremos que aquellos gobiernos que abran las puertas a
la influencia de China en nuestros recursos críticos enfrenten severos costos
económicos y diplomáticos». Las palabras de Rubio desataron la crítica certera
de Lula «El tal Marco Rubio es el enemigo mortal de varios países
latinoamericanos”.
Sombras sobre la democracia brasileña.
Volvamos a la disyuntiva en la que se
debate Brasil: un presidente como Lula,
referente para el sur global y capaz de desafiar a la hegemonía
estadounidense, enfrenta en las próximas presidenciales a Flavio
Bolsonaro, cuya fotografía junto al inquilino de la Casa Blanca en el
Despacho Oval sintetiza no sólo la indignidad de los políticos
ultraderechistas de nuestro continente, sino también una de las paradojas
de la geopolítica hemisférica.
Mientras la administración
norteamericana endurece aranceles —como el gravamen del 25% a miles de productos brasileños— bajo
el argumento de prácticas comerciales desleales, el, mandatario
republicano prodiga elogios hacia el clan Bolsonaro tildando a Flavio el
candidato de “joven inteligente que ama mucho a su país”. Es la sombra
de la vanidad, palmotear la espalda del débil.
Esto responde a una estrategia
calculada de intervención blanda en vísperas de las elecciones. El gobierno de Lula calificó
la medida como un “hito lamentable”, denunciando la complicidad de la familia
Bolsonaro al castigar la economía nacional para obtener réditos
electorales. El respaldo explícito de la Casa Blanca busca legitimar
a la extrema derecha, utilizando la presión económica como un
torniquete para debilitar al oficialismo.
¿Cómo puede amar a su patria quien
entrega las llaves de sus riquezas al amo extranjero a cambio de una palmadita
electoral? Es
la doble moral imperial y la conducta genuflexa de la ultraderecha.
A esto se enfrenta Brasil, que exige la necesidad de decidir por la dignidad
y la soberanía y no al entreguismo subordinado y vil.
Washington no tolera un Brasil
independiente, soberano y líder de la multipolaridad. Resulta evidente que en octubre
próximo se definen dos visiones: Una, de un Brasil donde a
ultraderecha no es más que la herramienta cipayo dispuesta a hipotecar
los recursos estratégicos de su pueblo para satisfacer los dictados hegemónicos
del imperio. Y, la otra visión, la de un Brasil con un líder
dotado de una visión de dignidad y esperanza que es la exigencia
de seguir avanzando en forma positiva como lo indican las propias
encuestas electorales que sitúan al actual mandatario con 6 a 7 puntos de
ventaja.
El peligro de la ola ultraderechista no concierne únicamente a Brasil,
sino a toda América Latina y al equilibrio del Sur Global. La
tentativa de liquidar la soberanía brasileña a través de estos títeres,
amantes del hegemonismo, busca reimplantar las estrategias de intervención
directa vía golpes blandos suaves según el manual del politólogo Gene
Sharp. Frente a la extorsión foránea y la genuflexión bolsonarista, la
defensa del proyecto integrador, popular y soberano encabezado por Lula
da Silva se convierte en la trinchera decisiva para la dignidad de todo
el continente.
Detrás de la fachada de sintonía
internacional, el proyecto político de los Bolsonaro transita por un terreno minado de incertidumbres
legales. El caso más paradigmático es la situación de Jair Bolsonaro,
condenado a prisión por su participación en un intento de golpe de
Estado. A esto se suman investigaciones sobre redes de desinformación,
donde figura el consultor argentino Fernando Cerimedo, donde su
rol como artífice de campañas de manipulación y desinformación digital evidencia
la vulnerabilidad institucional frente a las injerencias
algorítmicas. Las ramificaciones judiciales demuestran que la extrema
derecha opera en un limbo híbrido, donde la agitación digital
compensa la podredumbre política y moral de sus líderes. Es la sombra
intervencionista.
La alianza entre los Bolsonaro y Trump
expone una contradicción
tan flagrante como peligrosa: se aplauden discursos patrióticos
mientras se avalan medidas que lesionan la estabilidad política,
social y comercial del gigante sudamericano. Con un escenario judicial
asfixiante y un andamiaje de propaganda bajo la lupa, la derecha confía
en la validación externa para mantener viva una polarización que amenaza
la democracia institucional de cara a las urnas del próximo 4 de
octubre. La soberanía de Brasil y del continente está en juego.
Pablo Jofré Leal es periodista y
analista internacional.
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Notas
[1] La guerra híbrida es el mecanismo
por el cual el imperialismo contemporáneo ejecuta una “política de máxima
presión” combinado la fuerza militar indirecta, el sabotaje, asedio cibernético
y de manera fundamental la manipulación de la opinión pública, para derribar de
forma asimétrica a los proyectos nacionales, que se niegan a subordinarse a su
hegemonía.
[2] Según Mariano Aguirre para
reactivar la Doctrina Monroe Washington está reactivando y en otras reajustando
su presencia militar en la región, incrementar sus fuerzas navales para
controlar las rutas migratorias y el tráfico de drogas y desplegar efectivos en
las fronteras. Además, utilizará «el sistema militar superior al de cualquier
otro país del mundo» para acceder a los recursos energéticos y minerales de la
región.
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