lunes, 25 de mayo de 2026

XI, PUTIN Y EL NACIMIENTO DE UN NUEVO EQUILIBRIO DE PODERES.

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“Lo que nació en Beijing no es una alianza clásica. No tiene artículo 5, como la OTAN, ni mando integrado, ni bandera común. Pero quizás por eso es más flexible. Es una entente de conveniencia histórica, una coalición de agravios, una sociedad de largo plazo entre dos Estados que no se aman, pero se necesitan; que no confían plenamente entre sí, pero confían menos en Estados Unidos; que no comparten idéntico destino, pero sí un adversario ordenador. Su fortaleza no reside en la pureza ideológica, sino en la complementariedad: Rusia rompe, China absorbe; Rusia desafía, China capitaliza; Rusia militariza la crisis, China la convierte en arquitectura.

“El mundo que emerge es más fragmentado, más propenso a malentendidos y escaladas. Japón se rearma con determinación, Corea del Sur profundiza alianzas de seguridad, India equilibra con cautela calculada, Estados Unidos redistribuye recursos entre dos océanos y la economía global se divide en corredores rivales. La historia del siglo XXI se está escribiendo en estos ejes pragmáticos, mientras otros debaten principios abstractos. Para los observadores atentos, la verdadera pregunta ya no es si este eje perdurará, sino cómo moldeará —y desafiará— el orden internacional en las décadas por venir. El tablero ha cambiado. El juego, con sus riesgos y oportunidades, apenas comienza.

“La unipolaridad no terminó con una declaración, ni con una foto, ni con una cumbre. Terminó lentamente. Lo que hizo la reunión Xi-Putin de mayo fue ponerle forma visible a ese final. La nueva época no será necesariamente más justa ni más estable. Puede ser más fragmentada, más transaccional, más armada y cínica. Pero será menos occidental en su centro de gravedad. Y en esa mutación, China y Rusia han encontrado una fórmula eficaz: no necesitan dominar juntas el mundo; les alcanza, por ahora, con impedir que Washington vuelva a dominarlo solo.

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Fuentes: El tábano economista [Imagen: Xi y Putin en el Palacio del Pueblo, mayo 2026 (Alexander Kazakov/pool Sputnik Kremlin Via Ap)]

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XI, PUTIN Y EL NACIMIENTO DE UN NUEVO EQUILIBRIO DE PODERES.

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Por Alejandro Marcó del Pont | 25/05/2026 | Economía

Fuentes. Revista Rebelión lunes 25 de mayo del 2026.

Reunión Xi Jinping y Vladímir Putin, más que un tratado de buena vecindad (El Tábano Economista)

La escena de Beijing tuvo la fidelidad de una ceremonia antigua y la frialdad de una advertencia moderna. Xi Jinping recibió a Vladimir Putin en el Gran salón del pueblo no como se recibe a un socio ocasional, sino como se administra una señal al mundo. La política internacional, cuando quiere decir algo importante, rara vez lo dice sólo con comunicados. Lo dice con tiempos, con gestos, con repeticiones. Putin llegó a China pocos días después de la visita de Donald Trump. Xi, sentado en el centro geométrico de esa coreografía, mostró lo esencial. Beijing puede hablar con Washington, pero no se subordina a Washington; puede negociar con Estados Unidos, pero su arquitectura estratégica mira hacia Eurasia. La cumbre de mayo no fundó la unión chino-rusa. Hizo algo más decisivo: la normalizó como uno de los hechos estructurales del nuevo siglo.

El primer dato es jurídico, pero su peso es histórico. Xi y Putin acordaron extender el Tratado de Buena Vecindad y Cooperación Amistosa, firmado originalmente en 2001. No es una formalidad. Ese tratado es la viga legal sobre la que ambos países construyeron una relación que superó la vieja desconfianza sino-soviética, la rivalidad comunista del siglo XX y el trauma ruso de haber dejado de ser el centro del mundo socialista. La diplomacia china subrayó que el tratado había establecido una base institucional para la buena vecindad, la amistad duradera y la coordinación estratégica integral. Esa fórmula, que puede parecer burocrática, es en realidad una promesa de continuidad: China y Rusia quieren que su vínculo sobreviva a coyunturas, guerras, presidentes estadounidenses y ciclos económicos.



La ganancia rusa es evidente. Rusia obtiene mercado, oxígeno financiero, respaldo diplomático y profundidad asiática. Después de Ucrania, Moscú desplazó a Europa, y China se convirtió en su comprador, su prestamista indirecto, su proveedor tecnológico posible y su escudo político parcial. Reuters señalaba que China es, por amplio margen, el mayor socio comercial de Rusia y el principal comprador de su crudo. Pero la ganancia china es menos ruidosa y más profunda. Beijing obtiene energía con descuento, acceso preferencial a recursos estratégicos, un socio nuclear capaz de obligar a Washington a dividir su atención, y una Rusia que mantiene ocupada a Europa mientras China consolida su primacía industrial, tecnológica y naval en Asia. La relación es asimétrica, sí, pero no débil, precisamente porque la asimetría favorece a China, Beijing puede administrarla sin desesperación.

El segundo dato es político. Ambos líderes firmaron una declaración sobre la formación de un mundo multipolar y un nuevo tipo de relaciones internacionales. Aquí está el corazón conceptual de la reunión. China y Rusia no se presentan como una alianza agresiva, sino como una corrección histórica. Su argumento es simple y poderoso: el momento unipolar posterior a 1991 fue una anomalía; Estados Unidos confundió victoria con derecho permanente de mando; el sistema internacional debe regresar a una pluralidad de centros de poder. Cuando Xi y Putin advierten contra la ley de la jungla”, no están haciendo una reflexión moral abstracta. Están acusando a Washington de haber transformado las reglas en instrumentos, las alianzas en cercos y el derecho internacional en un idioma usado selectivamente.

Esa es la dimensión más importante de la cumbre. No se trata sólo de comercio, ni de gas, ni de protocolos. Se trata de legitimidad. China y Rusia buscan disputar el relato fundador del orden contemporáneo. Frente a la idea occidental de un orden basado en reglas”, plantean la idea de un orden basado en soberanía, no intervención, equilibrio entre grandes potencias y centralidad formal de Naciones Unidas. La paradoja es evidente, Rusia se defiende de la expansión de la OTAN, China presiona sobre Taiwán y el Mar de China Meridional. Ambas potencias han encontrado una narrativa eficaz para buena parte del Sur Global, cansado de sanciones, dobles estándares y guerras presentadas como pedagogía democrática. La multipolaridad chino-rusa no promete un mundo más pacífico; promete un mundo menos obediente.



La solidez de la unión quedó también expuesta en la agenda material. Xi habló de economía, comercio, inversión, energía, recursos, transporte, ciencia, tecnología, innovación y nuevas fuerzas productivas. También mencionó educación, cultura, cine, turismo y deportes. No son adornos son capas de interdependencia. Una alianza frágil se sostiene en una amenaza común; una relación sólida crea mecanismos, cadenas, hábitos, rutas, empresas, bancos, universidades, laboratorios y foros. La cumbre no produjo el gran golpe que Moscú deseaba —el acuerdo definitivo sobre Power of Siberia 2—, pero incluso esa ausencia confirma el carácter maduro del vínculo. China no compra por solidaridad; compra por interés. No rescata a Rusia a cualquier precio; la integra cuando le conviene.

El gasoducto inconcluso es, en ese sentido, la metáfora perfecta. Rusia necesita vender gas a Asia tras el cierre parcial del mercado europeo; China necesita seguridad energética, pero no urgencia. Moscú empuja, Beijing calcula. El Kremlin habló de un entendimiento general, pero quedaron pendientes precio, calendario y detalles. En apariencia es una limitación. En realidad, muestra que el eje sino-ruso no funciona como bloque ideológico rígido, sino como sociedad estratégica entre potencias que se necesitan sin confundirse. Rusia aporta músculo militar, disrupción y energía; China aporta escala industrial, tecnología, capital, mercado y paciencia. La primera se mueve con la urgencia de quien pelea por no quedar encerrado; la segunda con la serenidad de quien cree que el tiempo trabaja a su favor.

El tercer dato es militar-estratégico. Xi y Putin criticaron el proyecto estadounidense “Golden Dome” y lo presentaron como amenaza a la estabilidad estratégica. También señalaron el deterioro del régimen de control nuclear. Ese punto no puede leerse de manera aislada. La defensa antimisiles, la inteligencia artificial aplicada al mando militar, las armas hipersónicas, los satélites, la guerra electrónica y el control del espacio cercano están fusionando la competencia tecnológica con la competencia nuclear. China y Rusia saben que, si Washington logra construir una arquitectura defensiva que reduzca la eficacia disuasiva de sus arsenales, el equilibrio estratégico se altera. Por eso su respuesta no es sólo diplomática: es una advertencia sobre la futura carrera de armamentos.

En ese tablero entra Corea del Norte, no como apéndice exótico, sino como pieza incómoda y útil. Pyongyang ha encontrado en la guerra de Ucrania una oportunidad histórica para salir de su aislamiento relativo. Su cooperación militar con Rusia le permite obtener dinero, experiencia de combate, tecnología, legitimidad y respaldo diplomático. Para Moscú, Corea del Norte ofrece munición, tropas, presión sobre los aliados asiáticos de Washington y una forma de demostrar que el frente contra Occidente no termina en Europa. Para Beijing, el asunto es más ambiguo: China no quiere perder influencia sobre Kim Jong Un, pero tampoco le desagrada que Corea del Norte mantenga ocupados a Japón, Corea del Sur y Estados Unidos. El resultado es una geometría triangular imperfecta, no hay un bloque monolítico China-Rusia-Corea del Norte, pero sí una convergencia de intereses suficientemente peligrosa.



Japón es el país que lee esta convergencia con mayor alarma histórica. Para Tokio, China es el desafío estructural, Rusia es el vecino imprevisible del norte y Corea del Norte es la amenaza nuclear inmediata. Lo que antes podían ser tres problemas separados empiezan a parecer un solo teatro estratégico, más complicado si agregamos el estrecho de Ormuz.

El informe 2026 del National Institute for Defense Studies de Japón está dedicado precisamente a las “asociaciones desequilibradas entre China, Rusia y Corea del Norte, y advierte que esa cooperación se ha convertido en una cuestión central para la seguridad japonesa. La preocupación no es retórica, si Japón debe imaginar presión simultánea en Taiwán, en las islas del sudoeste, en el mar de Japón y desde la península coreana, su doctrina de defensa cambia de escala.

La consecuencia será un Japón más armado, más autónomo y más estrechamente vinculado a Estados Unidos. El viejo pacifismo constitucional ya no desaparece por una reforma dramática, sino por acumulación de excepciones, presupuestos, capacidades de contraataque, interoperabilidad y miedo. El Japan Institute of International Affairs sostuvo en su Strategic Outlook 2026 que la profundización de la coordinación entre China, Rusia y Corea del Norte obliga a Japón a revisar sus documentos estratégicos centrales y a reconstruir su política de seguridad. En términos prácticos, eso significa más defensa antimisiles, más capacidades navales, más cooperación con Filipinas y Australia, y una relación aún más orgánica con Washington y Seúl.

Corea del Sur enfrenta una ecuación parecida, pero con una sensibilidad distinta. Su amenaza principal no es China en abstracto, sino Corea del Norte con capacidad nuclear y respaldo externo. Si Pyongyang se siente protegida por Moscú y tolerada por Beijing, el margen de maniobra surcoreano se estrecha. Por eso Seúl y Tokio, pese a sus heridas históricas, han empezado a actuar con pragmatismo creciente. El 19 de mayo, Corea del Sur y Japón acordaron ampliar la cooperación energética, incluyendo mecanismos sobre GNL, crudo, reservas y swaps de productos petroleros, y reafirmaron la coordinación trilateral con Estados Unidos frente a Corea del Norte y las tensiones regionales. No es casualidad que energía y seguridad aparezcan juntas. En Asia oriental, las rutas marítimas, los misiles y los puertos forman parte de la misma gramática estratégica.

India observa la escena con otra mezcla de incomodidad y oportunidad. Nueva Delhi también quiere un mundo multipolar; lo que no quiere es una Asia organizada alrededor de China. Ahí reside la diferencia esencial. Para India, el fin de la unipolaridad estadounidense puede ser deseable si amplía su autonomía, pero sería inaceptable si produce una hegemonía china en Eurasia. Rusia fue durante décadas un socio privilegiado de India, proveedor de armas y contrapeso diplomático. Pero una Rusia demasiado dependiente de China deja de ser contrapeso y empieza a ser problema. Por eso India no romperá con Moscú, pero acelerará su multi-alineamiento: seguirá en BRICS y en la Organización de Cooperación de Shanghái, mientras profundiza lazos con Estados Unidos, Japón, Francia y Australia.

Estados Unidos, por su parte, enfrenta la consecuencia de su propio éxito pasado. Durante treinta años actuó como si Rusia y China fueran problemas administrables por separado. Hoy se encuentra con que su presión simultánea sobre Moscú y Beijing contribuyó a acercarlas. Washington conserva ventajas inmensas: dólar, tecnología, alianzas, poder naval, mercados financieros, y perdiendo su capacidad de sanción. Pero ya no posee el monopolio de la iniciativa. Cada sanción acelera mecanismos alternativos; cada despliegue en Asia justifica la coordinación sino-rusa; cada crisis energética empuja a los países importadores a diversificar; cada guerra exhibe los límites de la coerción occidental. La pregunta estadounidense ya no es cómo preservar la unipolaridad, sino cómo evitar que la multipolaridad sea escrita por sus adversarios.



La economía mundial será una de las zonas principales de fricción. La unión China-Rusia no reemplaza al sistema financiero occidental, pero sí lo erosiona en los márgenes donde se juega la política real: pagos bilaterales, energía fuera del circuito europeo, comercio en monedas locales, seguros alternativos, bancos menos expuestos a sanciones, corredores terrestres euroasiáticos y tecnología adaptada a restricciones. Rusia no puede ofrecer a China lo que ofrece Occidente en consumo, capital e innovación abierta, pero sí puede ofrecerle energía, materias primas, espacio geográfico y una retaguardia continental. China no puede garantizar a Rusia prosperidad plena, pero sí impedir su asfixia. Esa combinación alcanza para alterar los cálculos de Washington, Bruselas, Tokio y Nueva Delhi.

Lo que nació en Beijing no es una alianza clásica. No tiene artículo 5, como la OTAN, ni mando integrado, ni bandera común. Pero quizás por eso es más flexible. Es una entente de conveniencia histórica, una coalición de agravios, una sociedad de largo plazo entre dos Estados que no se aman, pero se necesitan; que no confían plenamente entre sí, pero confían menos en Estados Unidos; que no comparten idéntico destino, pero sí un adversario ordenador. Su fortaleza no reside en la pureza ideológica, sino en la complementariedad: Rusia rompe, China absorbe; Rusia desafía, China capitaliza; Rusia militariza la crisis, China la convierte en arquitectura.

El mundo que emerge es más fragmentado, más propenso a malentendidos y escaladas. Japón se rearma con determinación, Corea del Sur profundiza alianzas de seguridad, India equilibra con cautela calculada, Estados Unidos redistribuye recursos entre dos océanos y la economía global se divide en corredores rivales. La historia del siglo XXI se está escribiendo en estos ejes pragmáticos, mientras otros debaten principios abstractos. Para los observadores atentos, la verdadera pregunta ya no es si este eje perdurará, sino cómo moldeará —y desafiará— el orden internacional en las décadas por venir. El tablero ha cambiado. El juego, con sus riesgos y oportunidades, apenas comienza.

La unipolaridad no terminó con una declaración, ni con una foto, ni con una cumbre. Terminó lentamente. Lo que hizo la reunión Xi-Putin de mayo fue ponerle forma visible a ese final. La nueva época no será necesariamente más justa ni más estable. Puede ser más fragmentada, más transaccional, más armada y cínica. Pero será menos occidental en su centro de gravedad. Y en esa mutación, China y Rusia han encontrado una fórmula eficaz: no necesitan dominar juntas el mundo; les alcanza, por ahora, con impedir que Washington vuelva a dominarlo solo.

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domingo, 24 de mayo de 2026

LA TRAMPA DE TUCÍDIDES Y LA CUMBRE TRUMP–XI JINPING, por Manuel Rodríguez Cuadros.

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“Lo cierto es que la posibilidad de que la cumbre de Beijing abra un nuevo períodoaunque quizás todavía larvario— de una relación menos conflictiva y más cooperativa entre China y Estados Unidos posee, más allá de las intenciones de sus líderes, importantes bases materiales que pueden tornarla viable. Stéphanie Balme sostiene que Estados Unidos y China son dos sistemas que tienden a converger y a hibridarse: “Hoy, Estados Unidos redescubre, a través de China, instrumentos que ellos mismos habían contribuido a marginalizar durante las décadas de globalización liberal: política industrial, subsidios masivos, control de las cadenas de suministro críticas y seguridad tecnológica”.

“La hibridación se produciría en una dinámica en la que China profundiza mecanismos de competitividad y recurre a instrumentos de mercado, mientras Estados Unidos reivindica formas de intervención estatalantes demonizadas por la teoría liberal— en nombre de la seguridad económica y la soberanía industrial. Balme incluso señala paralelismos en las dinámicas políticas internas de ambas potencias: soberanismo, conservadurismo social y centralidad del poder nacional. Lo que sí constituye una evidencia es la existencia de una interdependencia compleja entre ambas economías y el hecho de que la apuesta por la coexistencia pacífica y la estabilidad empieza a emerger como un interés compartido. La única cuestión que podría alterar radicalmente este escenario sería un cambio en Estados Unidos respecto de la política de “una sola China”. Esa es la línea roja reiterada en Beijing por Xi Jinping y que, en principio, fue recibida con claridad por Donald Trump.

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LA TRAMPA DE TUCÍDIDES Y LA CUMBRE TRUMP–XI JINPING,

por Manuel Rodríguez Cuadros.

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Por Manuel Rodríguez Cuadros. Jurista y ex Ministro de Relaciones Exteriores.

Fuente. La República domingo 24 de mayo del 2026.

" La única cuestión que podría alterar radicalmente este escenario sería un cambio en Estados Unidos respecto de la política de “una sola China”. Esa es la línea roja reiterada en Beijing por Xi Jinping y que, en principio, fue recibida con claridad por Donald Trump"

El lenguaje es el instrumento esencial de la diplomacia. Expresa siempre —o casi siempre— la voluntad negociadora o posicional de los Estados. La precisión o imprecisión, la claridad o ambigüedad del lenguaje marcan los márgenes de la negociación o de las correlaciones de fuerza. La exactitud de lo que se dice o no se dice determina el alcance de lo que un jefe de Estado o un negociador puede aceptar o no aceptar. A ese margen, técnicamente, se le denomina “zona de posible acuerdo” (ZOPA).

Cuando los asuntos de Estado son de especial trascendencia, la manera más segura de instrumentar el lenguaje por vía oral es leyendo. De esa manera, cada expresión es sopesada a partir de su significante (el término o símbolo utilizado) y de su significado (el contenido real o la interpretación política que se le atribuye).

El alcance y la trascendencia del encuentro en la cumbre entre los presidentes Xi Jinping y Donald Trump deben buscarse en el lenguaje que ambos mandatarios utilizaron para fijar sus posiciones y reseñar sus entendimientos. Con la salvedad de que Xi utilizó siempre la regla del lenguaje escrito. Trump la combinó con su conocida espontaneidad oral, que muchas veces hace más difícil la tarea de descifrar con exactitud sus posiciones.



Con el telón de fondo de una grave situación internacional caracterizada por las políticas de poder unilaterales de la diplomacia del America First, la competencia tecnológica y comercial entre ambas naciones, la sensibilidad china respecto de la cuestión de Taiwán y la redefinición del equilibrio global entre Washington y Beijing, Xi optó por el uso de los dos extremos del lenguaje diplomático: el simbólico y el de precisión absoluta.

En lenguaje simbólico hizo referencia al ya clásico teorema del historiador de la Guerra del Peloponeso, denominado la “trampa de Tucídides”, concepto popularizado contemporáneamente por Graham Allison. Dijo Xi:

“Mientras la transformación del siglo se acelera y el panorama internacional atraviesa cambios y turbulencias, el mundo ha llegado a una nueva encrucijada. ¿Pueden China y Estados Unidos superar la ‘trampa de Tucídides’ y establecer un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias? ¿Podemos enfrentar juntos los desafíos globales y aportar mayor estabilidad al mundo?”.

La trampa de Tucídides hace referencia a la constatación histórica de que el ascenso de Atenas y el temor de Esparta a ser desplazada como centro del poder hicieron inevitable la guerra.

Al recurrir Xi a este lenguaje simbólico, es evidente que no lo hace literalmente con referencia a la guerra, sino en la acepción más amplia del conflicto, que puede incluirla, pero que en el actual momento histórico remite más bien a la posibilidad —que debe excluirse— de una relación de conflicto antagónico permanente.

Al mismo tiempo, al recurrir a la noción de potencias dominante y ascendente, hizo un reconocimiento implícito de la unipolaridad actual del poder, con Estados Unidos como potencia dominante. Pero también una autopercepción explícita de China como la potencia ascendente del sistema, una potencia capaz de poner en cuestión la hegemonía de la potencia dominante.



La base material de esta afirmación es evidente: China es hoy la primera potencia industrial y comercial del mundo, así como la primera economía medida en términos de paridad de poder adquisitivo. Pero sigue siendo la segunda economía global debido a la primacía estadounidense en servicios, desarrollo tecnológico, control del mercado financiero, capacidad de innovación e influencia sobre la evolución de la economía mundial. Pero el ascenso del poder chino ya no es solamente económico: es global e incluye dimensiones políticas, diplomáticas, militares y estratégicas.

La reflexión de Xi, alejándose del axioma de Tucídides, llama la atención sobre la necesidad de negarlo y apostar por una estabilidad estratégica que haga primar la negociación y la cooperación sobre el conflicto.

A este nivel —el del curso que deben tomar las relaciones sinoestadounidenses— el lenguaje simbólico es sustituido en Xi por la palabra precisa y los contenidos unívocos:

“¿Podemos establecer un nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias?”. La respuesta es afirmativa: “La revitalización de la nación china y el objetivo de hacer grande nuevamente a los Estados Unidos pueden avanzar juntos, ayudarse mutuamente al éxito y promover el bienestar del mundo entero”.

Por primera vez, China reconoce implícitamente la legitimidad de la opción MAGA (Make America Great Again), con sus componentes de nacionalismo económicoproteccionismo comercial, relocalización industrial y crítica a la globalización neoliberal—, así como del soberanismo, entendido como prioridad del interés nacional. Afirma también que este interés nacional norteamericano no tiene incompatibilidad con la estrategia china de desarrollo nacional, político y social, y abre el derrotero para “avanzar juntos y ayudarse mutuamente”.

Estas definiciones implican, ya en el plano de la política exterior, apostar por la viabilidad de establecer entre Estados Unidos y China una relación de estabilidad estratégica y coexistencia pacífica, que reduzca las contradicciones antagónicas y permita que las coincidencias y la oposición de intereses puedan resolverse mediante la negociación y el interés recíproco.



Trump no dio respuestas específicas plenamente alineadas con lo dicho por Xi, pero en su propio lenguaje matizó más que nunca sus apreciaciones sobre el papel de China en la actual escena mundial y sobre el sentido y direccionalidad de las relaciones bilaterales.

Expresiones como

“Queremos una China fuerte, con una relación justa” o, más específicamente, en una referencia indirecta a la “trampa de Tucídides”, “el conflicto entre grandes potencias no beneficia a nadie”, así como sus reiteradas referencias al “respeto mutuo”, a la “competencia equilibrada” y a las “responsabilidades históricas” de ambas potencias, revelan una aproximación menos confrontación y de apertura a las propuestas de Xi Jinping.

Lo cierto es que la posibilidad de que la cumbre de Beijing abra un nuevo períodoaunque quizás todavía larvario— de una relación menos conflictiva y más cooperativa entre China y Estados Unidos posee, más allá de las intenciones de sus líderes, importantes bases materiales que pueden tornarla viable.

Stéphanie Balme sostiene que Estados Unidos y China son dos sistemas que tienden a converger y a hibridarse:

“Hoy, Estados Unidos redescubre, a través de China, instrumentos que ellos mismos habían contribuido a marginalizar durante las décadas de globalización liberal: política industrial, subsidios masivos, control de las cadenas de suministro críticas y seguridad tecnológica”.

La hibridación se produciría en una dinámica en la que China profundiza mecanismos de competitividad y recurre a instrumentos de mercado, mientras Estados Unidos reivindica formas de intervención estatalantes demonizadas por la teoría liberal— en nombre de la seguridad económica y la soberanía industrial. Balme incluso señala paralelismos en las dinámicas políticas internas de ambas potencias: soberanismo, conservadurismo social y centralidad del poder nacional.

Lo que sí constituye una evidencia es la existencia de una interdependencia compleja entre ambas economías y el hecho de que la apuesta por la coexistencia pacífica y la estabilidad empieza a emerger como un interés compartido. La única cuestión que podría alterar radicalmente este escenario sería un cambio en Estados Unidos respecto de la política de “una sola China”. Esa es la línea roja reiterada en Beijing por Xi Jinping y que, en principio, fue recibida con claridad por Donald Trump.

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sábado, 23 de mayo de 2026

TESIS EN LA ONU: ERRADICAR LA POBREZA SIN CRECIMIENTO PERPETUO.

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“Se plantea la necesidad de financiar esas transformaciones mediante impuestos a la riqueza y a las herencias, así como la cancelación de las cargas de deuda soberana insostenibles que impiden a muchos países invertir en protección social. Aunque los países de ingresos bajos y medios puedan necesitar aún cierto crecimiento para invertir en infraestructuras y servicios públicos, el desafío es “apoyar un crecimiento menos dependiente de las cadenas de suministro mundiales explotadoras”.

“Ese crecimiento debería “permitir el desarrollo sin perpetuar la desigualdad o el daño medioambiental” de acuerdo con la hoja. “Cuando comencé mi mandato hace seis años, la agenda ‘más allá del crecimiento’ estaba en los márgenes. Hoy, mientras nuestras estructuras económicas nos precipitan hacia la catástrofe climática y niveles extremos de desigualdad, está configurando cada vez más el debate”, afirmó De Schutter.

“La hoja de ruta se presenta en un momento crucial, cuando la comunidad internacional comienza a diseñar la próxima generación de Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que sustituirán a los actuales cuando expiren en 2030. De Schutter advirtió que estos nuevos objetivos «se quedarán cortos si no miran más allá del crecimiento».“Poner fin a la pobreza es uno de los desafíos más urgentes de la humanidad, pero seguirá siendo inalcanzable a menos que estemos dispuestos a repensar los supuestos económicos que han guiado mal las políticas durante generaciones”, concluyó De Shutter.

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Fuentes: IPS.

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TESIS EN LA ONU: ERRADICAR LA POBREZA SIN CRECIMIENTO PERPETUO.

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Por | 23/05/2026 | EconomíaOtro mundo es posible

Fuentes Revista rebelión sábado 23 de mayo del 2026.

La pobreza puede superarse más allá del crecimiento económico con políticas diferentes a las sostenidas hasta ahora por numerosos economistas, organizaciones y gobiernos, con acuerdos y políticas como mejores empleos, una renta básica universal y cancelación de las deudas soberanas insostenibles, afirma una nueva hoja de ruta presentada por un experto de la ONU.

GINEBRA – Un experto independiente de las Naciones Unidas presentó el miércoles 22 de abril una hoja de ruta para erradicar la pobreza sin necesidad de un crecimiento económico perpetuo, un enfoque que desafía décadas de ortodoxia en las políticas de desarrollo.

El modelo actual “no es realista ni sostenible, y a menudo es contraproducente”, afirmó Olivier de Schutter, relator especial sobre pobreza extrema y derechos humanos, en el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en esta ciudad suiza de Ginebra.

“Durante décadas, la narrativa dominante ha sido que el crecimiento económico es la única salida de la pobreza», declaró De Schutter en la presentación de su Hoja de Ruta para la Erradicación de la Pobreza más allá del Crecimiento.

Sin embargo,

“la economía global que hemos construido canaliza una inmensa riqueza hacia las manos de una élite diminuta, debilita las instituciones democráticas y atrapa a millones en trabajos mal pagados”, aseveró.

“Se basa en el saqueo de los recursos naturales y la mano de obra barata del Sur global, y ha causado daños irreparables al planeta”, dijo De Schutter.



Agregó que

“en nombre de la competitividad y el crecimiento, los gobiernos también han debilitado las protecciones laborales, desregulado los mercados y recortado los servicios públicos, profundizando la inseguridad y las desigualdades”.

La hoja expone que el crecimiento económico, definido como el aumento del producto interno bruto (PIB),

“se ha visto durante mucho tiempo como algo deseable en sí mismo, y los economistas han estudiado cómo conseguirlo, y los políticos cómo repartir sus beneficios”.

A su vez, los órganos de derechos humanos han considerado el crecimiento como una condición indispensable para el ejercicio de los derechos económicos y sociales, bajo el supuesto de que sin crecimiento no habría recursos que movilizar para

La asistencia sanitaria, viviendas sociales, educación o crear puestos de trabajo.

En cuanto a los gobiernos

“siguen actuando como si el crecimiento infinito fuera posible. Desoyendo las advertencias de los científicos, parecen creer que la actividad económica puede expandirse sin fin, como si la Tierra fuese a proporcionar recursos ilimitados eternamente”, advierte el documento.

Sostiene la hoja que mientras la economía se rija principalmente por la obtención del máximo beneficio, responderá a la demanda expresada por los grupos más ricos de la sociedad,

“provocando formas de producción extractivas que empeoran la exclusión social en nombre de la creación de más riqueza”.

“No logrará hacer efectivos los derechos de las personas en situación de pobreza”, sentencia el texto.



De Shutter afirma que

“el paso de una economía impulsada por la búsqueda de la maximización de los beneficios a una economía basada en los derechos humanos no solo es posible, sino que resulta necesario para mantenerse dentro de los límites planetarios”.

La nueva hoja de ruta fue construida con las contribuciones de más de 400 expertos de todo el sistema de la ONU, el mundo académico, los gobiernos, la sociedad civil y los sindicatos, y ofrece opciones de política concretas para una transición hacia una economía de derechos humanos.

Entre las medidas propuestas se incluye el fortalecimiento de los servicios públicos universales y los sistemas de cuidados, y la introducción de mecanismos de seguridad de los ingresos, como la renta básica universal.

Asimismo, la garantía de acceso a un trabajo digno a través de un empleo público garantizado, y la reducción del tiempo de trabajo, garantizando al mismo tiempo salarios justos y dignos.

Se plantea la necesidad de financiar esas transformaciones mediante impuestos a la riqueza y a las herencias, así como la cancelación de las cargas de deuda soberana insostenibles que impiden a muchos países invertir en protección social.

Aunque los países de ingresos bajos y medios puedan necesitar aún cierto crecimiento para invertir en infraestructuras y servicios públicos, el desafío es

“apoyar un crecimiento menos dependiente de las cadenas de suministro mundiales explotadoras”.

Ese crecimiento debería

“permitir el desarrollo sin perpetuar la desigualdad o el daño medioambiental” de acuerdo con la hoja.

“Cuando comencé mi mandato hace seis años, la agenda ‘más allá del crecimiento’ estaba en los márgenes. Hoy, mientras nuestras estructuras económicas nos precipitan hacia la catástrofe climática y niveles extremos de desigualdad, está configurando cada vez más el debate”, afirmó De Schutter.

La hoja de ruta se presenta en un momento crucial, cuando la comunidad internacional comienza a diseñar la próxima generación de Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que sustituirán a los actuales cuando expiren en 2030.

De Schutter advirtió que estos nuevos objetivos «se quedarán cortos si no miran más allá del crecimiento».

“Poner fin a la pobreza es uno de los desafíos más urgentes de la humanidad, pero seguirá siendo inalcanzable a menos que estemos dispuestos a repensar los supuestos económicos que han guiado mal las políticas durante generaciones”, concluyó De Shutter.

A-E/HM

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viernes, 22 de mayo de 2026

LA PRESENCIA DE CHINA EN AMÉRICA LATINA.

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“Pero al mismo tiempo, muchos gobiernos responden con un argumento sencillo, occidente nunca ofreció el nivel de financiamiento e infraestructura que ahora ofrece China, y aquí está la gran contradicción del asunto; para algunos, Beijing representa una oportunidad histórica de crecimiento, desarrollo, modernización y diversificación económica. Para otros, representa el nacimiento de una nueva dependencia extranjera disfrazada de cooperación. Lo cierto es que en 2026 América Latina ya no es un simple espectador del conflicto global, ahora es uno de los campos de batalla más importantes de la disputa entre China y EE. UU. por recursos, tecnología, energía y control económico. China ya no es solamente un comprador de materias primas, se convierte en un actor profundamente metido en sectores clave de la región, como el litio, cobre, puertos, telecomunicaciones, inteligencia artificial, minería, energía, vigilancia digital y movilidad eléctrica. La gran pregunta es si América Latina logrará usar esta relación para fortalecer industrias propias y ganar soberanía económica y desarrollo, o si terminará atrapada en un modelo de dependencia, deuda y control tecnológico extranjero. Porque la pelea por América Latina ya inició, y lo que pase en esta región durante las próximas décadas, podría definir buena parte del nuevo equilibrio mundial. 

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Fuentes: Rebelión.

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LA PRESENCIA DE CHINA EN AMÉRICA LATINA.

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Por Mg. José A. Amesty Rivera | 22/05/2026 | América Latina y Caribe.

Fuentes. Revista Rebelión viernes 22 de mayo del 2026.

La gente común de nuestros pueblos latinoamericanos ya no habla de China solamente como un país lejano que compra petróleo, hierro o soya, ahora se habla de una potencia que se está metiendo “hasta la cocina” en América Latina, y no solo en comercio, también en tecnología, puertos, carreteras, energía, telecomunicaciones, inteligencia artificial, vigilancia digital y hasta en el juego político de la región. 

En 2026, China dejó de ser simplemente “un cliente grande”, hoy es uno de los actores más poderosos dentro de América Latina y está peleando cara a cara con EE. UU. y Europa por el control económico y estratégico del continente.

Y la verdad es que esto no pasa de la noche a la mañana; mientras América Latina se hunde entre deuda, crisis económicas, corrupción, industrias quebradas y gobiernos desesperados buscando financiamiento, Beijing llega ofreciendo plata rápida, obras gigantescas y tecnología sin sermones políticos ni condiciones incómodas.

Ahí fue donde China encuentra la puerta abierta, lo que hace veinte años parecía un simple negocio comercial, hoy es una transformación completa del mapa de poder latinoamericano. 



China ya controla o participa en puertos, redes eléctricas, minas, telecomunicaciones, proyectos energéticos, satélites y sistemas tecnológicos sensibles; su influencia se mete desde las calles de Bogotá hasta las minas de litio en Bolivia, pasando por el petróleo venezolano y los puertos gigantes del Pacífico.

Y mientras muchos gobiernos celebran inversiones y acuerdos, otros advierten que la región podría estar entrando en una nueva forma de dependencia extranjera; porque sí, cambió el jugador, pero el riesgo de subordinación sigue allí.  

El comercio es probablemente la cara más visible de esta expansión, China ya es el principal socio comercial de varios países sudamericanos, compra cantidades cuantiosas de soya, cobre, hierro, petróleo, carne y litio, mientras inunda la región con maquinaria, tecnología, paneles solares, productos industriales y vehículos eléctricos.

Hoy el comercio entre China y América Latina supera el medio billón de dólares al año, una cifra que hace dos décadas parecía pura ciencia ficción. 

Pero detrás de estos números bonitos aparece una realidad incómoda; América Latina sigue exportando materia prima barata e importando productos industrializados, o sea, seguimos jugando el viejo papel de proveedores de recursos mientras otros se quedan con la tecnología, la industria y las ganancias grandes



Brasil es uno de los mejores ejemplos. China se convirtió en el principal comprador de soya brasileña y también absorbe enormes cantidades de hierro, petróleo y carne; hay regiones enteras del agro brasileño que dependen directamente de lo que decida Beijing. Si China compra más, la economía rural respira, si China baja las compras, miles de productores tiemblan. Este nivel de dependencia ya preocupa dentro de sectores industriales brasileños, especialmente porque productos chinos mucho más baratos están golpeando fábricas locales y aumentando la vulnerabilidad económica.

Mientras tanto, empresas chinas avanzan sobre redes eléctricas, energía, puertos y telecomunicaciones. Huawei prácticamente se volvió protagonista del despliegue tecnológico brasileño y juega fuerte en las redes 5G.

Además, marcas chinas de vehículos eléctricos están entrando agresivamente al mercado latinoamericano, desplazando poco a poco a fabricantes occidentales. Y aquí es donde la pelea geopolítica se pone seria, porque el 5G no es solamente internet rápido, aquí también se juega inteligencia artificial, automatización industrial, vigilancia urbana y control de infraestructura crítica. 

Washington lo sabe perfectamente, por esto Estados Unidos lleva años presionando a gobiernos latinoamericanos para frenar el avance tecnológico chino.



Argentina enfrenta otro escenario delicado. El país tiene una de las mayores reservas de litio del planeta, un recurso fundamental para baterías, autos eléctricos y toda la transición energética mundial. China ya se está posicionando fuerte dentro del llamado “triángulo del litio”, compartido con Bolivia y Chile. Pero además del litio, Beijing financió represas, ferrocarriles y proyectos energéticos argentinos. Y el punto más sensible sigue siendo la estación espacial china instalada en Neuquén, en plena Patagonia. Oficialmente es una base científica.

Extraoficialmente, muchos en Washington sospechan posibles usos militares o de inteligencia. Esto demuestra que la competencia entre China y EE. UU. ya no ocurre solamente en Asia o en el Mar del Sur de China, la batalla también se está jugando en territorio latinoamericano. 

Chile ocupa otro lugar clave porque controla algunos de los minerales más importantes para el futuro energético global. El cobre chileno es vital para industrias tecnológicas y eléctricas, mientras el litio se vuelve prácticamente oro moderno; China ya participa en minería, energía y telecomunicaciones chilenas. 

Y EE. UU. mira con preocupación proyectos relacionados con cables submarinos, centros de datos y redes digitales estratégicas, porque quien controle los minerales críticos y la infraestructura digital del futuro tendrá una ventaja brutal sobre la economía mundial. 


Perú se ha convertido en uno de los principales laboratorios de expansión china en infraestructura; empresas chinas tienen enorme presencia en minas de cobre y oro, pero el proyecto que más preocupa a Washington es el mega puerto de Chancay. Este puerto, financiado con capital chino, podría cambiar completamente las rutas comerciales entre Sudamérica y Asia. Para Beijing, es una pieza estratégica dentro de su expansión marítima global, para EE. UU. es otro punto de influencia china creciendo en el Pacífico latinoamericano.

Bolivia también entró de lleno en el tablero geopolítico gracias al litio. Durante años el país tuvo dificultades para industrializar sus reservas, y ahí apareció China ofreciendo financiamiento, tecnología y acuerdos industriales. Además, crecieron convenios relacionados con satélites, telecomunicaciones y vigilancia digital. Muchos ya llaman al litio “el petróleo del siglo XXI”, y no es exageración. El país o bloque que domine ese recurso tendrá poder enorme sobre la economía energética del futuro.

Venezuela representa probablemente uno de los vínculos más profundos entre China y América Latina. Durante años, Beijing prestó miles de millones de dólares respaldados con petróleo venezolano, incluso después del colapso económico, China mantuvo apoyo financiero, tecnológico y diplomático al gobierno venezolano. Empresas chinas participaron en telecomunicaciones, sistemas de monitoreo estatal y vigilancia digital, y esto encendió todas las alarmas en Washington. Porque para EE. UU. no se trata solamente de negocios, también ven una expansión de modelos de control político apoyados en tecnología china.

Colombia muestra otro fenómeno interesante, aunque históricamente fue uno de los aliados más cercanos de Estados Unidos en Sudamérica, China logró avanzar fuerte en infraestructura y tecnología. El metro de Bogotá, construido por un consorcio chino, es uno de los símbolos más visibles de ese avance. Incluso empresarios colombianos comenzaron a mirar más hacia Asia mientras algunos mercados occidentales se desaceleran; esto manda un mensaje clarísimo, hasta los aliados tradicionales de Washington están buscando diversificar relaciones. 



México vive quizás el equilibrio más complicado de todos, su economía depende profundamente de EE. UU., pero China ya se volvió clave en manufactura, electrónica y vehículos eléctricos. Washington acusa constantemente a empresas chinas de usar territorio mexicano para esquivar aranceles y entrar indirectamente al mercado norteamericano. Mientras tanto, fabricantes chinos siguen creciendo gracias a precios más baratos y producción masiva; México intenta jugar en ambos bandos sin romper con ninguno. 

Panamá sigue siendo una joya geopolítica por el canal interoceánico; China entendió hace años que controlar rutas logísticas globales vale tanto como controlar petróleo o minerales. Empresas chinas participaron en puertos, infraestructura marítima y proyectos estratégicos vinculados al comercio internacional, y claro, EE. UU. no piensa quedarse tranquilo viendo cómo Beijing gana terreno en uno de los puntos más sensibles del continente. 

Ecuador también recibió una ola fuerte de capital chino en hidroeléctricas, minería y petróleo, pero varios proyectos terminaron cuestionados por sobrecostos, fallas técnicas y dependencia financiera. Ahí nace otra discusión cada vez más fuerte en América Latina; ¿China realmente ayuda al desarrollo o simplemente está construyendo una nueva forma de dependencia?

Uruguay intenta mantener el equilibrio, comercia cada vez más con China, vende productos agrícolas y fortalece acuerdos tecnológicos, pero sin romper totalmente con Occidente. 

Costa Rica tiene un peso simbólico importante porque fue uno de los primeros países centroamericanos en romper relaciones con Taiwán para reconocer oficialmente a China, desde entonces crecieron inversiones, cooperación tecnológica e infraestructura. Pero también aparecieron investigaciones sobre minería ilegal y tráfico de oro vinculadas a cadenas internacionales conectadas, supuestamente con el mercado chino. Esto demuestra la posibilidad que la expansión económica también puede mezclarse con redes criminales, corrupción y destrucción ambiental. 



En Cuba y Nicaragua, la relación con China tiene además un componente político clarísimo, ambos gobiernos ven en Beijing un aliado frente a sanciones y presiones occidentales; China participa en telecomunicaciones, infraestructura y financiamiento estatal.

En Nicaragua, el acercamiento explotó después de romper relaciones diplomáticas con Taiwán. Y mientras eso ocurre, países como Paraguay enfrentan presiones económicas internas para acercarse también a Beijing.

La pelea diplomática entre China y Taiwán ya aterrizó de lleno en América Latina

Uno de los sectores donde China avanza más rápido es el de vehículos eléctricos, marcas como BYD, Chery, Geely y MG están entrando con fuerza gracias a modelos más baratos y agresivos que muchos competidores occidentales, en este sentido, Brasil, México, Chile y Colombia son mercados prioritarios. 

Esto acelera la transición energética, sí, pero también aumenta la dependencia tecnológica de cadenas industriales controladas por China. Huawei sigue dominando buena parte de las telecomunicaciones latinoamericanas pese a toda la presión de Washington, y aquí ya no estamos hablando solamente de celulares o internet, estamos hablando de inteligencia artificial, automatización, vigilancia urbana y seguridad nacional.

EE. UU. teme que China termine obteniendo acceso privilegiado a infraestructura crítica latinoamericana mediante estas tecnologías. 

El espacio también entró en la pelea. China desarrolla cooperación espacial con Argentina, Bolivia, Venezuela y Brasil, oficialmente son proyectos científicos, pero Washington sospecha posibles usos militares duales. La competencia espacial ya dejó de ser cosa exclusiva de las superpotencias tradicionales



América Latina ahora forma parte del tablero geopolítico; las críticas al avance chino son cada vez más fuertes. Muchos economistas creen que la región corre el riesgo de hundirse otra vez en el viejo modelo extractivista, que es, exportar recursos baratos mientras otros desarrollan industria y tecnología. Otros alertan sobre deuda, pérdida de soberanía y dependencia tecnológica.

Además, comunidades indígenas y grupos ambientalistas denuncian contaminación, destrucción ecológica y conflictos sociales relacionados con proyectos extractivos impulsados por empresas extranjeras, incluidas compañías chinas.

Pero al mismo tiempo, muchos gobiernos responden con un argumento sencillo, occidente nunca ofreció el nivel de financiamiento e infraestructura que ahora ofrece China, y aquí está la gran contradicción del asunto; para algunos, Beijing representa una oportunidad histórica de crecimiento, desarrollo, modernización y diversificación económica. Para otros, representa el nacimiento de una nueva dependencia extranjera disfrazada de cooperación.

Lo cierto es que en 2026 América Latina ya no es un simple espectador del conflicto global, ahora es uno de los campos de batalla más importantes de la disputa entre China y EE. UU. por recursos, tecnología, energía y control económico. China ya no es solamente un comprador de materias primas, se convierte en un actor profundamente metido en sectores clave de la región, como el litio, cobre, puertos, telecomunicaciones, inteligencia artificial, minería, energía, vigilancia digital y movilidad eléctrica.

La gran pregunta es si América Latina logrará usar esta relación para fortalecer industrias propias y ganar soberanía económica y desarrollo, o si terminará atrapada en un modelo de dependencia, deuda y control tecnológico extranjero. Porque la pelea por América Latina ya inició, y lo que pase en esta región durante las próximas décadas, podría definir buena parte del nuevo equilibrio mundial. 

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