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“Los problemas de nuevo tipo que van surgiendo son: cómo defenderse mejor frente a la violencia
militar-narco-paramilitar que confluyen para facilitar el despojo; cómo y de
qué modos construir lo nuevo en los territorios propios para que no sea calco y
copia de lo viejo. Son debates mayores. Un tema difícil de resolver, en el que
poco hemos avanzado, es cómo se pueden relacionar ambas culturas políticas, la
del trabajo asalariado y la del territorio, la que mira al Estado y la que
construye autonomías.
“Es
posible que una sola de esas dos culturas no sea suficiente para frenar al
capitalismo, por lo que parece necesario tender puentes y, con suerte,
hermanarse. Estoy convencido de que las autonomías son el mejor modo de
defender la vida, pero también comprendo que para las poblaciones urbanas se
trata de un desafío tan potente, que parece inalcanzable.
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Foto Afp.
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FÁBRICA Y TERRITORIO: DOS CULTURAS POLÍTICAS.
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Por Raúl Zibechi.
Fuente- Diario La Jornada, Ciudad de México. viernes 12 de abril del 2026.
En
buena parte del siglo XX, pero también en una porción del siglo anterior, los
capitalistas se empeñaron en conseguir trabajadores, en particular calificados,
para poder explotarlos y aumentar su riqueza. El centro de la vida económica
giraba en torno al trabajo asalariado. Los empleados se convirtieron en clase
mediante conflictos con los capitalistas y el Estado, construyeron sindicatos y
partidos para disputarles el poder político.
Con
la “revolución mundial de 1968” (Wallerstein), el capital se sintió acorralado
y comenzó a desmantelar los complejos fabriles tradicionales, trasladando las
fábricas hacia China y Asia, y automatizando las plantas de producción, para
luego robotizarlas, evitando de ese modo la presencia molesta de los obreros.
El núcleo de la acumulación pasó del capital productivo al especulativo.
La acumulación por despojo o robo (Harvey), pasó a ser más importante que la reproducción ampliada del capital (Marx), que nunca desapareció pero dejó de ser el núcleo del enriquecimiento capitalista en Occidente. En paralelo, pero como parte de un mismo proceso, el capital más concentrado fue monopolizando el poder político, tomando por asalto los Estados-nación para convertirlos en escudos de sus intereses. Las llamadas libertades democráticas son cada vez más restringidas, cuando existen.
Con
estos cambios aparecen también nuevos desafíos para las personas oprimidas y
explotadas del mundo. El más importante, es que la cultura de la acción
colectiva del periodo de hegemonía industrial (siempre en Occidente), ya no
resultaba suficiente ni útil en el periodo del despojo. La centralidad que
tuvieron las fábricas, el salario y las relaciones con el Estado (desde la
confrontación hasta la negociación) pasaron a ocupar un lugar mucho menos
importante en la vida real.
Pero
no así en la conciencia colectiva, de modo que el mundo del trabajo siguió
operando casi del mismo modo. Esto es algo habitual en la historia social, ya
que la cultura en general, y la cultura política en particular, evolucionan de
manera mucho más lenta que las relaciones sociales. Aunque las artes suelen
anticipar lo que viene y mantienen el filo de la crítica, la potencia creativa
suele ser aplastada por la machacona hostilidad de los grandes medios y la
mercantilización de las manifestaciones artísticas, de modo que la creatividad
termina sujetándose al mercado o se asfixia en los márgenes.
Poco
a poco, los pueblos fueron descubriendo que la mutación capitalista convirtió
los territorios en el centro de la acumulación a través del despojo. La década
de 1990 fue decisiva, con el despliegue del neoliberalismo que generó ondas
sísmicas que reorganizaron completamente las industrias y el mundo del
trabajo.
En esos mismos años hubo un cambio de gran calado en el concepto mismo de territorio, que dejó de ser el espacio donde se asienta el monopolio de la violencia legítima (Weber), para desplegarse una diversidad de territorios dentro mismo del Estado-nación. Lo realmente nuevo es el papel de los pueblos que viven en los territorios: pueblos originarios, negros y campesinos, principalmente, aunque las periferias urbanas comenzaron a jugar un papel destacado.
La
acumulación por despojo supone desplazar poblaciones para reordenar los
territorios en beneficio del capital (subcomandante Marcos), lo que en realidad
visibiliza a los sujetos colectivos que se asientan en ellos. Aunque no quiero
caer en un determinismo simplificador, creo que la transformación del
capitalismo y del Estado, y la emergencia de nuevos sujetos colectivos, está en
la base del ascenso de una nueva cultura política que comenzó a despegar,
también, en la década de 1990.
Esta
nueva cultura de la acción colectiva, que coloca en el centro los territorios y
a los pueblos que los habitan, gira en torno al autogobierno territorial y la
defensa de sus espacios, modos que denominamos autonomía. No es casualidad que
las autonomías levanten vuelo en todo el continente justo cuando el despojo se
intensifica, porque para los pueblos es el mejor modo de defender el territorio
y la vida.
Los
problemas de nuevo tipo que van surgiendo son: cómo defenderse mejor frente a
la violencia militar-narco-paramilitar que confluyen para facilitar el despojo;
cómo y de qué modos construir lo nuevo en los territorios propios para que no
sea calco y copia de lo viejo. Son debates mayores. Un tema difícil de
resolver, en el que poco hemos avanzado, es cómo se pueden relacionar ambas
culturas políticas, la del trabajo asalariado y la del territorio, la que mira
al Estado y la que construye autonomías.
Es
posible que una sola de esas dos culturas no sea suficiente para frenar al
capitalismo, por lo que parece necesario tender puentes y, con suerte,
hermanarse. Estoy convencido de que las autonomías son el mejor modo de
defender la vida, pero también comprendo que para las poblaciones urbanas se
trata de un desafío tan potente, que parece inalcanzable.
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