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"La verdadera batalla de 2028 no será entre demócratas y republicanos, sino dentro del Partido Demócrata. El aparato y sus donantes intentarán lo de siempre con los rebeldes: absorberlos, domesticarlos o financiar a sus rivales en las primarias. Del otro lado, el vicepresidente JD Vance (un candidato fabricado por Silicon Valley, con una biografía ficticia) o el secretario Marco Rubio (con su historial de ejecuciones sumarias en el Caribe y de niños muertos en los hospitales de Cuba), tendrán que vender otra versión de Make America Great Again, un dogma que no resiste ninguna rendición de cuentas. "El problema central no es un presidente ni un partido, sino una estructura que concentra la riqueza a un ritmo sin precedentes y la convierte en medios, plataformas, campañas y leyes. La redistribución, demonizada como socialismo, es lo que menos se discute. Algunas elecciones se pueden perder; la obscena acumulación de capital nunca está en duda. Sin reformas profundas y sostenidas, los años 40 verán una intifada social hoy impensable, no porque los pueblos sean violentos, sino porque cuando los poderosos les cierran todas las puertas a las reformas, la justicia social encuentra sus 1789. Los nuevos demócratas de la Generación Gaza pueden ganar una elección. Lo que no han ganado, todavía, es la oportunidad de cambiar lo que una o dos elecciones nunca cambiarán. Si no lo hacen ellos, lo hará la historia desatada, que es mucho menos amable.
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Fuentes: Página/12 - Imagen: Celebración del Partido Demócrata por la elección de Talarico como nuevo gobernador de Texas, 3 de noviembre de 2026. [Ronaldo Schemidt/AFP]
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DEMOCRACIAS CONTROLADAS, DICTADURAS PARTICIPATIVAS.
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Por Jorge
Majfud | 05/11/2026 | EE. UU.
Fuente. Revista rebelión jueves 5 de noviembre del 2026.
La verdadera batalla de 2028 no será
entre demócratas y republicanos, sino dentro del Partido Demócrata.
A mediados de octubre, apenas el 30
por ciento de los estadounidenses aprobaba la gestión de Donald Trump. Desde que Gallup comenzó estas
encuestas en los años 30, solo cinco presidentes cayeron más bajo: Truman
empantanado en Corea; Nixon días antes de renunciar; o George W. Bush entre las
ruinas de Irak y de Wall Street.
En estas elecciones, el voto
anticipado fue de 54 millones de ciudadanos (22%). La ansiedad suele indicar un deseo de
cambio y predecir un tsunami. Pero no debemos confundir frustración con
cambio. Los votantes no eligen otro sistema; eligen otra
administración del mismo sistema. El poder, el verdadero, no se somete a
referéndum ni nunca lo hará. Nunca un sistema cambió en alguna elección. La
esclavitud no fue abolida en las urnas, sino en una guerra civil. Las
reformas socialistas de los años 30 no nacieron de algún debate de ideas, sino
de la Gran Depresión.
Bueno, ya sabemos; es folklore: demócratas y republicanos siempre fueron dos facciones de un mismo partido: el del capital financiero, del complejo militar-industrial y de las corporaciones que financian a ambos. Discuten con pasión sobre el aborto o los baños públicos; rara vez sobre el presupuesto del Pentágono o la concentración de la riqueza que escribe las leyes y decide las guerras. En una democracia de mercado, el votante elige el envoltorio, no el contenido. Es terapia de grupo.
Aun así, las elecciones importan. No es lo mismo para un inmigrante
manejar mirando por el retrovisor por si aparece un agente de ICE que
volver a su casa a disfrutar de una cerveza, aunque no sea más que
el alivio del esclavo.
Por otro lado, la Generación Gaza
mueve el tablero y un
puño intenta detenerla. Thomas Massie, senador libertario de Kentucky, ganó
siete veces su banca oponiéndose a la ayuda a Israel, pero en mayo
de 2026 perdió la elección primaria más cara en la historia: más de 32
millones de dólares, unos nueve millones aportados por grupos
proisraelíes lo dejaron afuera.
Elon Musk donó a los republicanos unos
446 millones de dólares
(una propina para su fortuna), más de lo que recibieron los diez principales
candidatos demócratas. Comprar políticos que luego firmarán
billonarios contratos con las empresas de los donantes es una corrupción
legalizada, tan obscena como la cloaca Epstein.
Así, el sistema electoral de las
democracias liberales
se ha convertido, si alguna vez no lo fue, en el principal instrumento
de extorsión de las élites ―el verdadero poder. Un presidente
puede jugar a ser el hombre más poderoso del mundo, pero siempre hasta
cierto límite. Si lo cruza, el sistema lo sustituye. Por eso las elecciones
son tan importantes. No porque le den el poder al pueblo, sino porque
funcionan como una extorsión permanente sobre quien gobierna.
¿Hay algo nuevo? Algo. Entre los menores de treinta años el rechazo a Trump y a la política tradicional es abrumador. La Generación Gaza heredó deudas universitarias, alquileres imposibles y un planeta en llamas, mientras veía, en tiempo real, lo que los grandes medios llamaban “conflicto de Palestina”. Su opinión sobre el apartheid israelí ya era desfavorable años antes del ataque de Hamás de 2023; el genocidio la radicalizó. Como los estudiantes que presionaron contra el apartheid sudafricano en los 80, el último movimiento universitario fue un golpe moral que hoy se traduce en un nuevo grupo de políticos exitosos. El apoyo incondicional a Israel dejó de ser un consenso bipartidista y se convirtió en un cuestionamiento que alcanzó al mismo capitalismo como dogma.
Esa generación ya tiene rostros.
Zohran Mamdani ganó
la alcaldía de Nueva York con el aparato demócrata en contra. Jon
Ossoff ganará una banca en el senado en la conservadora Georgia. En Michigan,
Abdul El-Sayed, hijo de inmigrantes egipcios, el doctor que
defendió “Salud para todos”, resistió una guerra cultural contra su
nombre y su religión, y no le tembló la voz para condenar las
guerras en Irán y Palestina, se convertirá en el primer senador musulmán.
En Texas, donde los demócratas no ganan el Senado desde 1988,
James Talarico, exmaestro de 36 años, quien hizo
campaña contra los donantes millonarios, con su cristianismo que
recuerda más a la Teología de la liberación que a los Predicadores
de la prosperidad, podría ganar el Senado.
Lo nuevo no es que estos políticos de
izquierda existan,
sino que ahora pueden ganar. Hasta Trump ha sugerido terminar con los 3.800
millones de dólares anuales de ayuda militar a Israel (dinero que
vuelve a los fabricantes de armas estadounidenses) es una vieja maniobra,
pero indica que hasta el poder más reaccionario empieza a
hablar el idioma de la Generación Gaza.
Luego de la derrota, Trump hará lo que hace un buen vendedor:
mientras se hunde vende su salvavidas. Como cuando Bolsonaro perdió
en Brasil, mentirá que no se involucró. Es la narrativa del empresario,
pero también la del religioso: si un rayo cae sobre un templo, es
“una prueba divina”; si cae sobre un sindicato, es “un castigo
de Dios”. La fe nunca se ajusta a los hechos; los hechos se
ajustan a la fe.
La primera tentación de los demócratas
triunfantes será
el impeachment. Probablemente no les convenga. Destituir
a un presidente requiere dos tercios del Senado, y un juicio fallido
convertiría a Trump en héroe o mártir. Es más probable
que, con el control de comités en el Congreso, crezca la presión
para desclasificar los archivos Epstein. Si a una revelación
grave se sumara la necesidad psicoanalítica de matar al padre en decadencia,
el juicio político dejaría de ser impensable hasta para los
republicanos.
En el frente externo, el peligro es la
distracción. Washington e Israel
preparan planes para reanudar los ataques contra Irán, porque cuando un
gobierno pierde en casa, la solución está en victorias afuera. La
guerra es la forma más antigua de cambiar de tema. También de
sostener una economía que crece para unos pocos.
La verdadera batalla de 2028 no será entre demócratas y republicanos, sino dentro del Partido Demócrata. El aparato y sus donantes intentarán lo de siempre con los rebeldes: absorberlos, domesticarlos o financiar a sus rivales en las primarias. Del otro lado, el vicepresidente JD Vance (un candidato fabricado por Silicon Valley, con una biografía ficticia) o el secretario Marco Rubio (con su historial de ejecuciones sumarias en el Caribe y de niños muertos en los hospitales de Cuba), tendrán que vender otra versión de Make America Great Again, un dogma que no resiste ninguna rendición de cuentas.
El problema central no es un
presidente ni un partido,
sino una estructura que concentra la riqueza a un ritmo sin precedentes
y la convierte en medios, plataformas, campañas y leyes. La redistribución,
demonizada como socialismo, es lo que menos se discute. Algunas
elecciones se pueden perder; la obscena acumulación de capital nunca está en
duda.
Sin reformas profundas y sostenidas, los años 40 verán una intifada
social hoy impensable, no porque los pueblos sean violentos, sino
porque cuando los poderosos les cierran todas las puertas a las
reformas, la justicia social encuentra sus 1789.
Los nuevos demócratas de la Generación
Gaza pueden ganar
una elección. Lo que no han ganado, todavía, es la oportunidad de cambiar
lo que una o dos elecciones nunca cambiarán. Si no lo hacen ellos, lo
hará la historia desatada, que es mucho menos amable.
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