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“Silicon Valley y las grandes tecnológicas
de inteligencia artificial
necesitan dos insumos en escala masiva: energía barata y abundante,
porque los data centers consumen gigavatios, y minerales críticos
—litio, cobre, tierras raras, níquel, cobalto— para baterías,
chips y electrónica. El petróleo venezolano ayuda a mantener precios
energéticos competitivos. El Triángulo del litio y el cobre de Chile y
Perú, bajo mayor influencia estadounidense, reducen la
dependencia de cadenas controladas por Beijing. Microsoft,
Google, Amazon, Meta, Nvidia, AMD y Oracle ganan seguridad de suministro.
“El sector energético estadounidense —Chevron, ExxonMobil,
ConocoPhillips y las empresas de servicios como Halliburton y
Schlumberger— encuentra en la rehabilitación de la industria
petrolera venezolana contratos, inversión y participación en la renta.
La minería de minerales críticos y el capital financiero que financia
defensa, energía e infraestructura completan el círculo de
ganadores.
“América Latina no es el fin. Es el
medio. Energía
para alimentar data centers y la base industrial. Minerales para
baterías, chips y sistemas de defensa. Estabilidad política y
exclusión de China y Rusia para garantizar el suministro a largo
plazo. Las élites locales que colaboran, como se vio con Rodríguez,
administran el territorio, legitiman los acuerdos y capturan una
porción de la renta. El valor agregado y el poder de decisión
permanecen del otro lado. Por eso, una elección, no cambia la
influencia. El resto —gobiernos, poblaciones y parte de las propias
élites regionales— queda como variable de ajuste dentro de un esquema de
primacía hemisférica diseñado para sostener la carrera tecnológica
y militar de Estados Unidos. Lo que se exhibió en la ONU no fue un
incidente. Fue la confirmación pública de quién manda, quién
agradece y para quién trabaja realmente el protectorado.
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Fuentes: El tábano economista.
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AMERICA LATINA,
EL PROTECTORADO DE LA ÉLITE ENERGÉTICA Y TECNOLÓGICA DE
EE. UU.
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Por Alejandro Marcó del Pont | 05/10/2026
| Economía, Venezuela
Fuentes. Revista Rebelión lunes 5 de octubre del 2026.
Cuando la presidenta agradece al que
se llevó al presidente (El Tábano Economista)
El podio de mármol de la Asamblea
General de las Naciones Unidas ha escuchado durante décadas llamados a la paz,
a la cooperación y al fin de las desigualdades. El 22 de septiembre de 2026
escuchó otra cosa. Donald Trump subió a esa tribuna y habló como quien dicta
condiciones. Amenazó con “aniquilar” a Irán. Celebró haber detenido a “un
criminal, un dictador” llamado Nicolás Maduro. Reivindicó el derecho a usar la
fuerza militar en cualquier punto del hemisferio occidental si considera que
hay una amenaza. Y, refiriéndose al petróleo venezolano, soltó la frase más
antigua del poder: “Al vencedor le pertenecen los despojos”.
Delcy Rodríguez, presidenta encargada
de Venezuela, estaba presente
y escuchaba. Al día siguiente subió al mismo podio. Agradeció
explícitamente a Trump y a su Gobierno por
“su disposición a
retomar el camino de las relaciones diplomáticas y de cooperación”. Calificó de
histórica la reunión bilateral. Valoró el acuerdo energético como uno de los
más grandes jamás firmados. Habló de “renacimiento”. Prometió elecciones sin fijar
fecha. No mencionó a Maduro. El tono no fue de denuncia. Fue de alineamiento y
gratitud.
Esa secuencia —el vencedor reivindicando el botín y
la autoridad local agradeciendo en el máximo foro mundial— es la imagen más
nítida de un protectorado de facto. No hay tropas de ocupación
permanente ni anexión jurídica. Hay tutela. Estados Unidos controla los recursos
estratégicos, gran parte de los ingresos y las condiciones de la
transición. El Gobierno interino mantiene la fachada de soberanía y
colabora abiertamente.
El precedente es grave. Un Estado
poderoso puede entrar
en territorio ajeno, secuestrar a un jefe de Estado y juzgarlo en
sus tribunales bajo la etiqueta de “aplicación de la ley”, sin autorización
del Consejo de Seguridad. La Carta de las Naciones Unidas prohíbe el
uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia
política de cualquier país. La inmunidad de los jefes de Estado en
ejercicio también queda vulnerada. Cuando un miembro permanente del Consejo
de Seguridad actúa así y el sistema solo emite declaraciones, las reglas se
revelan selectivas. La ONU se convierte cada vez más en escenario
de legitimación o de queja, no en mecanismo real de contención del poder.
Pero Trump no improvisa, ya lo
hemos dejado en claro en otros artículos, por lo que seguir la secuencia
resulta revelador. Los discursos de la ONU (amenaza a Irán,
celebración de la captura de Maduro, afirmación de primacía
hemisférica seguidos al pie de la letra, son la expresión pública de
una cadena de documentos que se viene ejecutando con disciplina). El Project 2025 de la Heritage Foundation que aportó el plan de gobierno y de personal. El libro de
Elbridge Colby, La estrategia de la denegación (The
Strategy of Denial), suministró la teoría: denegar a China la
hegemonía en Asia, especialmente en torno a Taiwán,
concentrando recursos y eliminando distracciones. La Estrategia de Seguridad Nacional 2025
y la Estrategia de Defensa Nacional 2026
tradujeron esa lógica en política oficial: prioridad en el Indo-Pacífico y
fortificación del hemisferio occidental. El Plan estratégico del
Departamento de Estado para los años fiscales 2026-2030 coronó
el edificio. Su Objetivo 2 se titula sin rodeos “El hemisferio occidental
y el establecimiento de la Doctrina Donroe”.
Trump es el ejecutor ruidoso de un manual escrito antes. La “estrategia
de denegación” de Colby exige que EE. UU. no pelee en dos
frentes de gran potencia al mismo tiempo. Por él Europa debe asumir más
carga, Medio Oriente debe “gestionarse” o neutralizarse, y el hemisferio
occidental debe quedar asegurado como patio trasero estable, libre
de influencia china/rusa y de amenazas (migración, drogas,
gobiernos hostiles). Solo así se puede concentrar fuerza real en el
Indo-Pacífico.
En el esquema que une cada uno de los
documentos, las élites
estadounidenses son el sujeto principal cuyas necesidades se atienden. América
Latina funciona, en esta lógica, como la góndola del supermercado que
abastece energía y minerales críticos a bajo costo relativo y con
control geopolítico. Trump no inventa el menú: ejecuta lo que
esas élites requieren para mantener primacía tecnológica y militar
frente a China.
Ya no se trata solo de expulsar influencia militar extra-hemisféricas
como la doctrina Monroe de 1823. Ahora incluye contrarrestar a China
y Rusia en lo económico, en la infraestructura y en la deuda;
fortalecer alianzas estratégicas en la región, y reprimir carteles
y narcotráfico, incluso con fuerza si se considera necesario. La captura
de Maduro, el control del petróleo y la normalización con Rodríguez
son la aplicación concreta de ese capítulo.
El complejo militar-industrial es el gran beneficiario
estructural. Requiere reindustrialización de la base de defensa
—submarinos, misiles, drones, municiones, construcción naval— para
desplegar capacidades de denegación en Asia. Un hemisferio estabilizado libera
presupuesto, atención y plataformas. Lockheed Martin, RTX,
Northrop Grumman, General Dynamics, Huntington Ingalls y el ecosistema
de contratistas firman acuerdos de largo plazo y una narrativa que
justifica presupuestos elevados.
Silicon Valley y las grandes tecnológicas de
inteligencia artificial necesitan dos insumos en escala masiva: energía
barata y abundante, porque los data centers consumen gigavatios,
y minerales críticos —litio, cobre, tierras raras, níquel, cobalto—
para baterías, chips y electrónica. El petróleo venezolano ayuda
a mantener precios energéticos competitivos. El Triángulo del litio y el
cobre de Chile y Perú, bajo mayor influencia estadounidense,
reducen la dependencia de cadenas controladas por Beijing.
Microsoft, Google, Amazon, Meta, Nvidia, AMD y Oracle ganan seguridad de
suministro.
El sector energético estadounidense —Chevron, ExxonMobil,
ConocoPhillips y las empresas de servicios como Halliburton y
Schlumberger— encuentra en la rehabilitación de la industria
petrolera venezolana contratos, inversión y participación en la renta.
La minería de minerales críticos y el capital financiero que financia
defensa, energía e infraestructura completan el círculo de
ganadores.
América Latina no es el fin. Es el
medio. Energía
para alimentar data centers y la base industrial. Minerales para
baterías, chips y sistemas de defensa. Estabilidad política y
exclusión de China y Rusia para garantizar el suministro a largo
plazo. Las élites locales que colaboran, como se vio con Rodríguez,
administran el territorio, legitiman los acuerdos y capturan una
porción de la renta. El valor agregado y el poder de decisión
permanecen del otro lado. Por eso, una elección, no cambia la
influencia.
El resto —gobiernos, poblaciones y
parte de las propias élites regionales— queda como variable de ajuste dentro de un esquema de primacía hemisférica diseñado
para sostener la carrera tecnológica y militar de Estados Unidos.
Lo que se exhibió en la ONU no fue un incidente. Fue la confirmación
pública de quién manda, quién agradece y para quién trabaja realmente el
protectorado.
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