martes, 28 de abril de 2026

EL GIRO NEOLIBERAL FUE Y ES UNA VICTORIA DEL PODER, NO DE UNA TEORÍA ECONÓMICA.

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“La transición de las élites hacia este modelo ya está en marcha. Como ocurrió en los años setenta, las élites están utilizando la crisis —esta vez la crisis de la deuda, la crisis climática, la crisis de legitimidad democrática— para imponer un nuevo proyecto político que consolide su poder. Y lo están haciendo con una ventaja que no tenían hace cuarenta años: controlan la infraestructura digital sobre la que se sostiene la vida moderna. Controlan los datos, los algoritmos, las plataformas. Controlan la información que consumimos, las opiniones que nos formamos, las emociones que sentimos. Varoufakis lo ha advertido, los “tecnolords” controlan nuestras mentes, atrapando a millones en un ciclo incesante de dependencia digital, el circuito de la cloud rent. Y mientras nosotros debatimos sobre si la renta básica universal o la semana laboral de cuatro días son soluciones viables, ellos están construyendo un sistema a prueba de democracia, blindado por algoritmos y vigilancia, diseñado para perpetuarse más allá de cualquier ciclo electoral.

“El manifiesto de Palantir es un grito de guerra, pero también es un síntoma de debilidad. Si tuvieran el poder absoluto, no necesitarían justificarse. El hecho de que hayan sentido la necesidad de publicar sus 22 puntos, de explicar su ideología, de convencer a la opinión pública, indica que todavía no están seguros de haber ganado la batalla definitiva. Y mientras haya espacio para la duda, hay espacio para la resistencia. Pero el tiempo corre en nuestra contra. O reconstruimos un nuevo contrato social basado en la justicia, la igualdad y la democracia real, o aceptaremos mansamente la jaula de cristal que nos están preparando. La elección, todavía, es nuestra. Pero no por mucho tiempo. Mientras tanto anda un monstruo suelto en Argentina. Peter Thiel, el fundador de Paypal y Palantir, se instaló en el país para respaldar el experimento anarcocapitalista del sociópata Milei: autoridad, hambre y control social.

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Fuentes: El tábano economista [Imagen: los nuevos chupasangres de la tecnología: Musk, Mark Zuckerberg, Peter Thiel, Larry Ellison, Sam Altman y Jeff Bezos]

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EL GIRO NEOLIBERAL FUE Y ES UNA VICTORIA DEL PODER, NO DE UNA TEORÍA ECONÓMICA.

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Por Alejandro Marcó del Pont | 27/04/2026 | Economía

Fuente. Revista rebeliónmlunes 27 de abril del 2026.

Cómo la clase dominante cambió el mercado por la vigilancia (El Tábano Economista)

La última vez que alguien en el poder utilizó la palabra “mercado” con verdadera convicción el mundo era otro. Corrían los años setenta y el sistema capitalista enfrentaba una doble crisis que parecía anunciar su propio colapso, las tasas de beneficio se derrumbaban y las calles de Occidente hervían con la mayor oleada de luchas obreras desde los años treinta. Los capitalistas se sintieron acorralados.

Su respuesta no fue intelectual ni académica. Fue una ofensiva de clase perfectamente orquestada. El geógrafo marxista David Harvey ha sido implacable al señalar que el neoliberalismo no emergió como una teoría económica superior que derrotó al keynesianismo en el libre mercado de las ideas, sino como una respuesta política feroz de una clase dominante que vio peligrar sus privilegios. No fue una revolución intelectual, fue una guerra de clases. Harvey lo ha repetido hasta el cansancio. El neoliberalismo es, ante todo,

un proyecto para restaurar la dominación de clase de sectores que vieron amenazado su poder”.

Los capitalistas se sintieron amenazados en su propia casa. Y no estaban dispuestos a permitirlo. La respuesta fue brutal y meticulosa. No hubo debate académico. Hubo una estrategia de clase, desmantelar el estado de bienestar, aplastar la negociación colectiva, restaurar el poder de los propietarios del capital sobre los cuerpos de los trabajadores. El neoliberalismo nunca fue una verdad revelada por Milton Friedman o Friedrich Hayek, que anduvieron 40 años por los pasillos de la marginalidad. Fue la maquinaria de guerra de una élite asustada quien lo tomó para su beneficio. Y funcionó y sigue funcionando. Durante casi medio siglo, la clase trabajadora ha pagado el precio de aquella ofensiva con salarios estancados, se restauró el poder de los propietarios del capital, se desguazaron o privatizaron servicios públicos y se instaló una desigualdad que no dejó de crecer.



Los empleadores y las élites políticas de las décadas de 1970 y 1980 transformaron la turbulencia económica en una oportunidad para reconfigurar la sociedad según sus propios términos. No hubo un debate de ideas donde Keynes cayera derrotado por la superioridad lógica de Friedman. Hubo un golpe de clase silencioso, financiado con miles de millones de dólares, ejecutado a través de cátedras universitarias, medios de comunicación y parlamentos capturados. El estado de bienestar, aquel pacto social forjado tras la Segunda Guerra Mundial, que vinculaba el trabajo con la seguridad y el crecimiento con la redistribución, como consecuencia de dos guerras y la crisis del 1930, fue pulverizado pieza por pieza.

Hoy, ese viejo orden neoliberal agoniza. No es una recesión más. Es lo que Antonio Gramsci llamó una “crisis orgánica de hegemonía”: el paradigma que nos gobernó durante cuarenta años ya no sirve para explicar el mundo, y el nuevo aún no termina de nacer. La desregulación financiera llevó la deuda global a niveles insostenibles. El libre comercio, que alguna vez fue el evangelio de los mercados, ha desatado fuerzas que ahora devoran a sus propios creadores. Nacionalismos agresivos, guerras comerciales perpetuas, cadenas de suministro devastadas.

El sistema financiarizado ha llegado a un límite que amenaza con colapsar el edificio entero. Las élites lo saben. Y por eso están cambiando de estrategia. Ya no pueden permitirse el lujo del caos del mercado. Lo que necesitan ahora es orden. Control absoluto. Predictibilidad. Y lo están encontrando en un lugar que, hace apenas una década, parecía la promesa de un futuro más libre, la tecnología. Pero no cualquier tecnología. Una tecnología que no nos libera, sino que nos encierra. Una tecnología que no nos conecta, sino que nos vigila. Una tecnología que no nos da poder, sino que nos convierte en siervos de un nuevo orden, que el economista Yanis Varoufakis ha llamado “tecnofeudalismo”.



Y para entender hacia dónde nos llevan, no hay mejor guía que el manifiesto que la empresa Palantir publicó hace apenas unos días, una especie de programa político de las Big Tech para un siglo de guerras. Un programa autoritario para dar aún más poder a las élites occidentales. Palantir no es una empresa cualquiera. Fundada en 2003 con una inversión de In-Q-Tel —el brazo de inversión de capital de la CIA—, desarrolló su tecnología de la mano de los analistas de la agencia, lo que le permitió crear un software de análisis de datos sin parangón en el mundo. Hoy, sus herramientas son de amplio uso en la CIA, el FBI, la NSA, y de manera controversial en agencias migratorias como ICE para identificar y localizar migrantes que busca detener y deportar.

Varoufakis ha comentado uno por uno esos 22 puntos con una lucidez que corta el aliento. El primer punto de Palantir afirma que “Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su auge” y que “la élite de ingenieros tiene la obligación de participar en la defensa de la nación”. Varoufakis responde:

“Silicon Valley tiene una deuda inconmensurable con la clase dominante que rescató a los banqueros criminales que arruinaron el sustento de la mayoría de los estadounidenses. La élite de ingenieros de Silicon Valley defenderá a esa clase dominante hasta la muerte (¡literalmente!), en nombre de la mayoría de los estadounidenses a quienes tratan con desprecio –es decir, como ganado que ha perdido su valor de mercado–”.

No es casualidad. Este manifiesto no es un documento aislado. Es la punta del iceberg de un fenómeno mucho más profundo. La emergencia de una oligarquía tecnológica que ya no se conforma con acumular riqueza, sino que quiere rediseñar la política, la economía y la sociedad a su imagen y semejanza. Individuos como Elon Musk, Jeff Bezos, Peter Thiel y Mark Zuckerberg ejercen una influencia sin precedentes sobre los Estados y las sociedades, aprovechando su riqueza personal, su dominio tecnológico y su control monopólico para eludir la autoridad estatal tradicional, convirtiéndose en actores cuasi soberanos.

La imagen de esos tres multimillonarios ocupando lugares de honor en la investidura de Donald Trump no fue una anécdota. Fue la puesta en escena de un nuevo orden, el matrimonio entre el poder político y el poder tecnológico ha consumado su luna de miel. Los ideólogos de la llamada Ilustración Oscura”, teorizan explícitamente sobre un orden posdemocrático basado en la figura del director general-monarca. Alex Karp CEO de Palantir, sin llegar tan lejos, propone una República tecnológica que, bajo un vocabulario republicano, despliega una estrategia que puede resumirse en una fórmula: transformar el Estado en una filial de su propia infraestructura digital, vaciando así la soberanía de su dimensión democrática.


El giro neoliberal es y fue una victoria del poder, no de una teoría económica. La nueva Tecnoligarquía.

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Este modelo, al que apunta esta nueva oligarquía, no es el neoliberalismo. El neoliberalismo fue una fase necesaria, pero ya cumplió su función. Su tarea era desmantelar el estado de bienestar, debilitar a la clase trabajadora y concentrar la riqueza. Ahora, con la clase trabajadora fragmentada y la desigualdad en niveles récord, las élites necesitan algo más eficiente que el caos del mercado. Necesitan una planificación centralizada de alta tecnología. Necesitan algoritmos que administren, plataformas que gobiernen y sistemas que predigan. Necesitan gobernanza algorítmica.

El mundo que están construyendo no es una democracia. Tampoco es una dictadura tradicional. Es algo nuevo, es la “república tecnológica”, donde el poder no reside en el pueblo ni en un partido, sino en los códigos y en los hombres que los controlan. Un sistema donde las decisiones sobre quién vive y quién muere, quién obtiene un préstamo y quién no, quién es vigilado y quién no, son delegadas a sistemas automatizados que operan bajo una aparente neutralidad técnica que oculta la más brutal de las arbitrariedades. Cualquier error, como un misil en una escuela de niñas en la localidad de Minab, en el sur de Irán, que mató a 165 de ellas es un traspié sin importancia, forma parte del aprendizaje de la IA de Palantir.

La transición de las élites hacia este modelo ya está en marcha. Como ocurrió en los años setenta, las élites están utilizando la crisis —esta vez la crisis de la deuda, la crisis climática, la crisis de legitimidad democrática— para imponer un nuevo proyecto político que consolide su poder. Y lo están haciendo con una ventaja que no tenían hace cuarenta años: controlan la infraestructura digital sobre la que se sostiene la vida moderna. Controlan los datos, los algoritmos, las plataformas.

Controlan la información que consumimos, las opiniones que nos formamos, las emociones que sentimos. Varoufakis lo ha advertido, los “tecnolords” controlan nuestras mentes, atrapando a millones en un ciclo incesante de dependencia digital, el circuito de la cloud rent. Y mientras nosotros debatimos sobre si la renta básica universal o la semana laboral de cuatro días son soluciones viables, ellos están construyendo un sistema a prueba de democracia, blindado por algoritmos y vigilancia, diseñado para perpetuarse más allá de cualquier ciclo electoral.



El manifiesto de Palantir es un grito de guerra, pero también es un síntoma de debilidad. Si tuvieran el poder absoluto, no necesitarían justificarse. El hecho de que hayan sentido la necesidad de publicar sus 22 puntos, de explicar su ideología, de convencer a la opinión pública, indica que todavía no están seguros de haber ganado la batalla definitiva. Y mientras haya espacio para la duda, hay espacio para la resistencia. Pero el tiempo corre en nuestra contra. O reconstruimos un nuevo contrato social basado en la justicia, la igualdad y la democracia real, o aceptaremos mansamente la jaula de cristal que nos están preparando. La elección, todavía, es nuestra. Pero no por mucho tiempo.

Mientras tanto anda un monstruo suelto en Argentina. Peter Thiel, el fundador de Paypal y Palantir, se instaló en el país para respaldar el experimento anarcocapitalista del sociópata Milei: autoridad, hambre y control social.

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lunes, 27 de abril de 2026

CRISIS MUNDIAL Y CRISIS POR FALTA DE CONCIENCIA.

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“Con el paso de los años se fue desarrollando el estudio de la conciencia, conforme el ser humano fue evolucionando desde la antigüedad. Se cree que las conciencias provienen desde los primeros homos sapiens hace miles de años.  Hasta la fecha, investigadores especialistas en temas relacionado al estudio de la conciencia, como la filosofía e incluso el mundo del arte, han intentado explicar qué es en sí y principalmente cómo es que se genera en el ser humano. Se dice que la conciencia la tenemos todos al nacer, e incluso se puede ser una persona muy consciente incluso ya siendo adulta y entender el mundo que nos rodea sin haber tenido los conocimientos previos o estar especializado en algún tema en particular, como la mayoría de las personas que han tenido acceso a la información desde la edad temprana. Lo que sí podemos asegurar es que la ciencia tiene un problema difícil de resolver en cuanto conocer el origen de la profunda falta de conciencia de gente como Netanyahu, Milei, Bukele y, sobre todo, Donald Trump. 

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Fotos Ap, Afp y Europa Press.

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CRISIS MUNDIAL Y CRISIS POR FALTA DE CONCIENCIA.

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Por Antonio Geshenson

Fuentes. Diario La Jornada. Ciudad de México domingo 26 de abril del 2026.

El mundo en los meses recientes ha sufrido grandes y devastadores acontecimientos, tanto para los pueblos agredidos como para el medio ambiente. El motivo es la ambición desmedida por los recursos naturales y por el poder. La falta del uso de la razón ha sido uno de los factores principales que han promovido las peores prácticas neoliberales. 

Concretamente, los gobiernos de Estados Unidos de América y países aliados se han convertido en los principales enemigos de la humanidad. La carencia de ética, responsabilidad, de conciencia, empatía y razonamiento, han sido elementos principales generadores de profundo sufrimiento para decenas de países y su población. 

Sin duda, es urgente promover y destacar en los programas educativos –desde los niveles primarios– la cultura de la conciencia. ¿Qué nos señala el uso de armas de alta destrucción y la imposición de “seudopolíticas” que más bien son restricciones para someter a la ciudadanía del país en la mira de la CIA, para someterlo, especialmente si se trata de un gobierno progresista? 



¿Por qué tiene que pagar la población civil los actos de ambición de aquellas naciones neoliberales que buscan extender su territorio y acaparar la riqueza natural de los países sometidos? 

Ahora, recordemos que las armas en sí, no matan humanos. Son las personas inconscientes quienes lo hacen y, lo peor, esto se ha convertido en el gran negocio de los millonarios irresponsables e inhumanos. También recordemos, que las órdenes plasmadas en un “documento oficial de gobierno” o divulgadas en los medios de comunicación, son sólo ideas al aire, no tienen en sí un valor propio o actúan por sí solas. Podemos decir que hasta pueden llegan a ser pensamientos o ideas efímeras, ningún valor humano puede avalar una orden de genocidio, por ejemplo. 

No obstante, dichas órdenes se aplican con efectividad, como es el caso del bloqueo a Cuba, o las invasiones o intervenciones en muchos países (es larga la lista de ejemplos), como se ha demostrado a lo largo de la historia y, especialmente con la enorme irresponsabilidad del presidente Donald Trump. Es decir, como lo estuvieron planificando, desde hace tiempo, para infiltrarse en Chihuahua y crear una beachhead (cabeza de playa). En este caso, con la complicidad del gobierno estatal, para desestabilizar al gobierno de la 4T. 

¿Qué mentalidades son aquellas que se aplican para crear enormes arsenales mortales? Muchos opinan: son simples ideas, por supuesto, sin sentido, para garantizar la paz mundial. Otros opinarán y argumentarán el derecho a tener armas guardadas en un almacén militar sin ser empuñadas por un soldado, claro eso puede parecer inocente y, hasta civilizado. Pero, no. También los arsenales acumulados son la causa de todo el sufrimiento mundial. Las armas, cualesquiera que sean, son dinero acumulado inservible. Dinero que no se invierte en el desarrollo intelectual y físico de millones de seres humanos en el mundo. Millones de dólares desviados, únicamente para mantener la idea de que ese armamento se traduce en paz. 



Por donde quiera que se le observe, ese asunto, el de resguardar la paz mundial con la amenaza latente de un ataque nuclear, es totalmente irracional, porque, si se le da la gana a cualquier mente tan ambiciosa que no ve las consecuencias desastrosas para nuestro planeta Tierra y sus ocupantes, el desastre puede ser una inadmisible realidad. 

Hablemos un poco de la conciencia, ¿qué es y para qué sirve? En palabras científicas médicas, es una mezcla de autoconciencia, procesamiento de información; una forma de cómo percibimos el mundo. 

Con el paso de los años se fue desarrollando el estudio de la conciencia, conforme el ser humano fue evolucionando desde la antigüedad. Se cree que las conciencias provienen desde los primeros homo sapiens hace miles de años. 

Hasta la fecha, investigadores especialistas en temas relacionado al estudio de la conciencia, como la filosofía e incluso el mundo del arte, han intentado explicar qué es en sí y principalmente cómo es que se genera en el ser humano. Se dice que la conciencia la tenemos todos al nacer, e incluso se puede ser una persona muy consciente incluso ya siendo adulta y entender el mundo que nos rodea sin haber tenido los conocimientos previos o estar especializado en algún tema en particular, como la mayoría de personas que han tenido acceso a la información desde la edad temprana. 

Lo que sí podemos asegurar es que la ciencia tiene un problema difícil de resolver en cuanto conocer el origen de la profunda falta de conciencia de gente como Netanyahu, Milei, Bukele y, sobre todo, Donald Trump. 

Colaboró Ruxi Mendieta

“Para Ximena Guzmán Cuevas y José Muñoz Vega, la justicia llegará”

 antonio.gershenson@gmail.com

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sábado, 25 de abril de 2026

GUERRA CON IRÁN: EL ELEFANTE NUCLEAR EN LA HABITACIÓN DE GUERRA DE TRUMP.

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“Es un hecho innegable que lo único que Bibi pudo haber estado pensando fue que sería capaz de desencadenar una serie de eventos que llevarían a que Trump lanzara un ataque nuclear contra Irán o a que Israel se viera "justificado" en el uso de sus propias armas nucleares. Preferiría lo primero, pero se conformaría con lo segundo. Los chinos han llegado a la misma conclusión que yo, aunque no lo han declarado abiertamente. Portavoces estatales chinos, de forma extraoficial (o quizás semioficial), han afirmado que, si Israel utiliza armas nucleares, «dejará de existir como país». Si bien se ha emitido de forma discreta, se trata de una amenaza muy grave por parte de un país capaz de cumplirla. Quizás eso disuada a Bibi. Lo dudo. 

“La vía más sencilla para un ataque nuclear “justificado” sería un atentado al estilo del 11-S orquestado por Israel en territorio estadounidense. Esto probablemente llevaría a Trump a apretar el botón. Sin embargo, si eso no funciona, parece probable, si no seguro, que en algún momento Israel simplemente inventará alguna atrocidad en su propio territorio, alegará que “nuestra existencia está amenazada” y lanzará las armas nucleares. “dimitiría entonces y sería indultado por el tribunal israelí. Obviamente, no sé si esto sucederá. No soy un mago. No puedo predecir el futuro. Todo está en marcha y podrían ocurrir muchas cosas diferentes. Hay un sinfín de imprevistos que podrían ocurrir e impedirlo. Sin embargo, ahora mismo, es muy probable que la guerra con Irán termine con un ataque nuclear a gran escala contra el país.

¿Y qué sucede entonces?

No tengo ni idea.

Nadie lo hace.

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GUERRA CON IRÁN: EL ELEFANTE NUCLEAR EN LA HABITACIÓN DE GUERRA DE TRUMP.

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Por Andrew Anglin, The Unz Review

Fuente. Jaque al Neoliberalismo. Sábado 25 de abril del 2026

La mayoría obtenemos información y análisis sobre la guerra de Irán a través de podcasts. Los medios de comunicación tradicionales son inútiles y, para mi pesar, la época de los blogs prácticamente ha terminado. Las voces alternativas prefieren los podcasts.

El juez Napolitano, Glenn Diesen, Danny Davis, ese tipo uzbeko, todos repiten los mismos comentarios una y otra vez, creando suficiente contenido para escuchar a todas horas. (Dado que todo esto está permitido en YouTube y se está volviendo muy popular, cabe preguntarse si hay algo más turbio detrás, aunque la mayoría me parece honesta, así que, si se trata de una operación psicológica, la mayoría no está involucrada).

Tucker Carlson, la estrella de los podcasts, cuenta con una mayor variedad de invitados y, además, ofrece sus propios comentarios.

El profesor Jiang representa la perspectiva china. Si bien su contenido coincide en gran medida con el de los demás podcasts, incluye información más centrada en teorías conspirativas, como la relacionada con la masonería, lo que refleja una visión más conspirativa en China actualmente que en Estados Unidos. Su enfoque de la "historia predictiva" también tiene un carácter chino, una forma de añadir un toque místico al "análisis racional basado en los datos disponibles".

(Nota: Me sentí profundamente ofendido de que Tucker llamara a Jiang "profeta" en el título de su entrevista por predecir, después del incidente en el que se rascó la oreja, que Trump ganaría y luego iniciaría una guerra con Irán. Alguien más lo predijo. Alguien muy cercano. Alguien que está escribiendo esto ahora mismo).



En mi opinión, aproximadamente el 85% de lo que se dice en estos podcasts sobre la guerra es correcto.

(Nota: Excluyo a Scott Ritter, que es un chiflado desquiciado y/o un instrumento diseñado para hacer quedar mal a cualquiera que lo acoja. Atrapado públicamente en dos redadas contra menores, sería fácil de manipular. En serio, ¿sabes cuántas "chicas menores de edad" han intentado contactarme en los últimos 15 años? Adivina a cuántas les respondí. ¿Hasta qué punto puede llegar la estupidez?)

En ese 15% donde la mayoría, si no todos, los presentadores de podcasts no dan en el clavo, hay un gran problema. Se trata principalmente de señores mayores que parecen incapaces de comprender que alguien, incluido Netanyahu, esté dispuesto a iniciar una guerra nuclear. Sin embargo, él sí está dispuesto y es evidente que ese es su plan.



Vamos a repasar esto.

La versión actual, según la entendemos, es que el jefe del Mossad, el carismático y apuesto judío David Barnea, convenció a Donald Trump de que podía provocar un "cambio de régimen desde el aire" en Irán. Afirmaba que, si mataba al ayatolá y a otros líderes, y bombardeaba un poco, la población del país se sublevaría e instauraría una democracia jeffersoniana, o tal vez exigiría el regreso del sha, o lo que fuera. Puedo creer que Trump se lo creyera. No puedo creer que nadie más involucrado, a ningún nivel, se lo creyera. Según un reportaje del New York Times, vemos que todos en el gabinete de Trump, excepto Pete Hegseth (que realmente no cuenta), dijeron que el plan era absurdo. Eso incluye a Rubio, Ratcliffe, todos ellos.

Un cambio de régimen desde el aire nunca ha ocurrido (nota: hubo un ejército terrorista armado por Estados Unidos en Libia, pero eso tampoco fue un "cambio de régimen", sino simplemente la creación de anarquía, algo inviable en Irán, dado que las reservas de misiles y drones seguirían existiendo y alguien las usaría). Suponiendo que no se desmantele por completo el gobierno, asesinar a un líder nacional, por muy impopular que sea, siempre e invariablemente resulta en un fenómeno de "unión en torno a la bandera".

En este caso, imagínense a hombres de 19 años que estaban en una discoteca clandestina bajo los efectos del éxtasis el 28 de febrero y en una cueva, con turbantes y entrenando con Kalashnikovs el 1 de marzo. La gente simplemente no apoya a los países que atacan al suyo.

Existen décadas de estudios que demuestran que lo que hemos visto en esta guerra es exactamente lo que ocurriría: una represalia con misiles balísticos capaz de devastar las bases estadounidenses en la región y paralizar durante décadas a los estados del Golfo Pérsico, destruyendo puertos, yacimientos petrolíferos y plantas desalinizadoras; ataques exitosos contra Israel; y el cierre del estrecho de Ormuz. Además, todos los que estudiaron la situación sabían que esto conduciría a una crisis económica mundial, con el consiguiente colapso del suministro de petróleo, gas, fertilizantes y helio.



Es completamente imposible que los israelíes creyeran en la teoría de que "mata al ayatolá y la democracia brotará extremidades y saldrá del Golfo Pérsico como un tetrápodo de la era paleozoica y se arrastrará hasta Teherán". Bibi es muchas cosas, pero no es tonto. El Mossad tiene todos los datos de espionaje electrónico y la mejor inteligencia humana de cualquier agencia de inteligencia del mundo. No se van a creer tonterías que harían reír a cualquier estudiante de primer año de ciencias políticas.

Consideremos la situación actual: Irán ha hecho lo que obviamente iba a hacer y está ganando la guerra. Ningún bombardeo podrá impedir que lancen misiles contra los países del Golfo, las bases estadounidenses, Israel y cualquier embarcación no autorizada que intente cruzar el estrecho. Ni siquiera arrasar completamente las ciudades, al estilo de Gaza, acabará con esta capacidad iraní.

Las posibilidades que se presentan en los podcasts son que Trump puede rendirse y ceder, accediendo a la mayoría o a todas las demandas de Irán, incluyendo la retirada de las tropas estadounidenses de la región, el fin de la agresión israelí y permitir que Teherán cobre un peaje en el estrecho, o puede seguir bombardeando hasta quedarse sin bombas mientras la economía mundial se derrumba e Irán seguirá teniendo el control indefinidamente.

Si adoptamos esta postura, entonces debemos preguntarnos por qué Bibi presionó tanto para que esta guerra continuara. Cualquiera de los dos posibles desenlaces planteados deja a Israel en una situación mucho peor que la que tenía antes del bombardeo.



Entonces, ¿cuál era el plan de Bibi?

La única respuesta posible a esa pregunta es que Bibi planeaba preparar el terreno para un ataque nuclear contra Irán. No se trataba de lanzar una sola bomba nuclear sobre Teherán, claro está, ya que eso no solucionaría nada, sino de lanzar entre 15 y 20 bombas nucleares e intentar acabar por completo con la civilización.

Trump debe haber oído hablar de este plan (presumiblemente después de que comenzara su "guerra de 48 horas"), dado el lenguaje utilizado en algunas de sus publicaciones en Truth Social, que incluyen frases como "toda una civilización morirá esta noche y nunca volverá a ser resucitada".

Sería injusto decir que los podcasters no hablan sobre el potencial de una guerra nuclear. Sí se menciona. Sin embargo, no se aborda el hecho de que este deba haber sido el plan de Bibi. No he visto a nadie decirlo. Y, sin embargo, no hay otra forma lógica de llegar a esa conclusión.

He oído a algunos de estos comentaristas abordar la idea de que Bibi no podía haber creído en la teoría del "levantamiento popular", y sus respuestas son que tal vez quería degradar a Irán, lo cual es definitivamente imposible dado que habría sabido exactamente que esto iba a suceder, o que estaba preocupado por sus casos judiciales, lo cual también es ridículo, dado que puede evitarlo con guerras en Gaza, Líbano y Cisjordania.

Es un hecho innegable que lo único que Bibi pudo haber estado pensando fue que sería capaz de desencadenar una serie de eventos que llevarían a que Trump lanzara un ataque nuclear contra Irán o a que Israel se viera "justificado" en el uso de sus propias armas nucleares. Preferiría lo primero, pero se conformaría con lo segundo.

Los chinos han llegado a la misma conclusión que yo, aunque no lo han declarado abiertamente. Portavoces estatales chinos, de forma extraoficial (o quizás semioficial), han afirmado que, si Israel utiliza armas nucleares, «dejará de existir como país». Si bien se ha emitido de forma discreta, se trata de una amenaza muy grave por parte de un país capaz de cumplirla. Quizás eso disuada a Bibi. Lo dudo.

La vía más sencilla para un ataque nuclear “justificado” sería un atentado al estilo del 11-S orquestado por Israel en territorio estadounidense. Esto probablemente llevaría a Trump a apretar el botón. Sin embargo, si eso no funciona, parece probable, si no seguro, que en algún momento Israel simplemente inventará alguna atrocidad en su propio territorio, alegará que “nuestra existencia está amenazada” y lanzará las armas nucleares.

Netanyahu dimitiría entonces y sería indultado por el tribunal israelí.

Obviamente, no sé si esto sucederá. No soy un mago. No puedo predecir el futuro. Todo está en marcha y podrían ocurrir muchas cosas diferentes. Hay un sinfín de imprevistos que podrían ocurrir e impedirlo. Sin embargo, ahora mismo, es muy probable que la guerra con Irán termine con un ataque nuclear a gran escala contra el país.

¿Y qué sucede entonces?

No tengo ni idea.

Nadie lo hace.

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viernes, 24 de abril de 2026

LA LÓGICA OCULTA TRAS EL BLOQUEO DE LOS ESTRECHOS.

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“En el centro de este rompecabezas está la presión sobre China. La medida busca, como objetivo paralelo y nada secreto, estrangular la línea de suministro energético del gigante asiático para forzarlo a mediar con Irán, atrapando a Pekín en el «atolladero de Ormuz». Es una maniobra para que China se queme las manos apagando un fuego que le quema su propia casa. A pesar de la doctrina oficial que habla de estabilidad, muchos analistas advierten que la crisis está debilitando la influencia estadounidense a largo plazo en el Golfo. La narrativa de Washington como proveedor último de seguridad se ha visto dañada, quizás irreparablemente. Los líderes del Golfo, que han visto cómo la Quinta Flota se mantiene al margen mientras sus petroleros arden, están sacando conclusiones. Y esto los está empujando a buscar un papel más independiente y desconfiado en el escenario global. Paradójicamente, la crisis ha creado un vacío de seguridad que las monarquías del Golfo no pueden llenar por sí solas. Desconfían de Estados Unidos, pero ¿a quién más pueden recurrir?

“No existe una potencia alternativa con la capacidad y la voluntad de reemplazar el paraguas militar estadounidense. Ni China ni Rusia quieren o pueden ser los nuevos gendarmes del estrecho. Esta es la gran paradoja que define el nuevo Oriente Medio: el Golfo es hoy más vulnerable que nunca, pero se siente más solo que nunca. Esa soledad los obliga a una diplomacia frenética y ambigua, diversificando sus alianzas con Pekín, Moscú y Ankara, no por amor, sino por puro instinto de supervivencia. Se aferran a cualquier clavo ardiendo para no caer al vacío. Y mientras el mundo contiene la respiración, la amenaza definitiva planea sobre los mercados como un buitre. Con aproximadamente 15 millones de barriles diarios de exportaciones de crudo del CCG varados, la tentación de usar el arma definitiva es grande. Los países del Consejo de Cooperación del Golfo, viendo cómo su riqueza se evapora y su relevancia se desvanece, podrían recurrir a lo que equivale a una «opción nuclear» energética: declarar fuerza mayor en sus contratos de exportación y retirar deliberadamente otro 20% del suministro mundial del mercado. Sería el golpe de gracia a una economía global ya tambaleante, un acto de autodestrucción para recordarle al mundo que, aunque heridos, ellos aún sostienen las llaves del grifo. En este ajedrez de sombras y petróleo, la única certeza es que el manual de la guerra fría ha sido reescrito con tinta de crudo y fuego. Y en la primera página, una frase resuena con fuerza. Quizás, solo quizás, mantenerlo cerrado no fue un error; fue el plan desde el principio.

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Fuentes: El tábano economista.

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LA LÓGICA OCULTA TRAS

EL BLOQUEO DE LOS ESTRECHOS.

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Por Alejandro Marcó del Pont | 23/04/2026 | Economía

Fuentes. Revista Rebelión jueves 23 de abril del 2026.

Fuentes: El tábano economista.

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Quizás mantener cerrado el estrecho de Ormuz fue siempre la estrategia (El Tábano Economista)

Quizás, solo quizás, la historia no sea como nos la han contado. Posiblemente la imagen de un mundo al borde del abismo energético, con los precios del crudo disparados y las bolsas temblando, no sea el reflejo de un error de cálculo estratégico, sino la fotografía precisa del objetivo buscado. Durante semanas, la narrativa dominante ha sido la de un incendio geopolítico fuera de control. Irán, acorralado, cierra el grifo de Ormuz en un acto de desesperación; los hutíes, sus fieles peones, bloquean Bab el-Mandeb; y Estados Unidos, el atribulado bombero global, corre de un lado a otro tratando de apagar las llamas sin quemarse demasiado.

Es una historia muy occidental, cómoda, lineal y, veremos posiblemente, errónea. La hipótesis que debe abrirse paso entre el ruido de los misiles es otra, mucho más incómoda: ¿y si el cierre de los estrechos no es una consecuencia indeseada de la guerra, sino su propósito central? Esta es una variante sofisticada de la tesis del «poder de los puntos de estrangulamiento«, largamente tratado aquí es dos artículos (aquí y aquí). Una doctrina que sostiene que, en un mundo hiperconectado, la capacidad de perturbar los nodos críticos del comercio global otorga un poder más formidable que el de un portaaviones.

Porque controlar no significa necesariamente abrir; a menudo, el verdadero poder reside en la prerrogativa de cerrar, de negar, de asfixiar. Y en esta ecuación, mantener cosidas las arterias de Ormuz y Bab el-Mandeb constituye un desafío estructural no solo para Teherán o Riad, sino, sobre todo, para las principales economías de Asia Oriental y Meridional. El impacto es un terremoto de intensidad variable: una fragilidad existencial en Japón y Corea del Sur, una tormenta perfecta sobre la pujante India y, un golpe quirúrgico a los cimientos del crecimiento chino. No es teoría de la conspiración de salón; es una alternativa fría de los manuales de geopolítica que se escribieron mucho antes de que Donald Trump volviera a poner un pie en la Oficina Oval.



Conviene recordar que, en Washington, ciertas ideas nunca mueren, solo esperan su momento. El manual de Elbridge Colby, «La estrategia de la denegación (The Strategy of Denial), y el meticuloso plan de la Heritage Foundation, el célebre “Project 2025”, no son meros ejercicios académicos para adornar estanterías. Son los planos de una nueva arquitectura de poder. Ambos textos, leídos con la perspectiva que otorga el caos actual, parecen mostrar que asfixiar a China a través de sus líneas de suministro energético no es una opción sobre la mesa, sino la mesa misma sobre la que se está jugando la partida.

La lógica es aplastante y sigue la estela de aquel otro artículo que titulé «Trump no improvisa”. La profesora Helen Thompson, de la Universidad de Cambridge, una de las mentes más lúcidas y respetadas en el análisis de la geopolítica de la energía, ha articulado esta sospecha con la precisión de un cirujano. Thompson argumenta que el hilo conductor constante durante esta segunda administración Trump ha sido la reconfiguración geopolítica del sector energético mundial, y que el cierre efectivo de Ormuz podría no ser un «error» estratégico, sino una característica deliberada del conflicto. En sus propias palabras, «hay que considerar la posibilidad de que parte de lo que está ocurriendo no se trata solo de Irán, sino del intento de la administración Trump de perjudicar a China«.

Si la sabiduría convencional se equivoca, entonces elevar el precio mundial del petróleo y mantenerlo alto podría ser un objetivo bélico fundamental. Es una jugada maestra de doble filo: perjudica a China, que depende de la energía importada, y beneficia a Estados Unidos, que hoy es un exportador neto. Y aquí viene el giro irónico. Sí este es el caso, el control iraní sobre el flujo de petróleo, ese espectro que aterra a Occidente, sería un resultado no solo tolerable, sino deseable para ciertos despachos en Washington.



¿Les parece descabellado? Como siempre, hagan los cálculos. El dinero, ese detector de falsedades infalible, nunca miente. Según el equipo de datos de Dow Jones Markets, desde que estalló esta guerra el pasado 28 de febrero, el sector energético estadounidense que cotiza en bolsa ha engordado su valor de mercado en 93.000 millones de dólares. Casi cien mil millones de razones para no tener prisa por apagar el fuego. Las estimaciones de ingresos para 2026 de estas empresas se han disparado en más de 200.000 millones de dólares, pasando de 1,9 billones a 2,1 billones. Su beneficio neto total estimado ha aumentado un 22%, unos 33.000 millones de dólares adicionales, hasta alcanzar la friolera de 183.000 millones. ¿Casualidad? Llamémoslo un feliz accidente geopolítico para esas mismas élites energéticas que pavimentaron con generosas donaciones el camino de Trump de vuelta a la Casa Blanca. La coincidencia es demasiado perfecta para ser fortuita.

Pero reducir esta compleja ecuación a los balances contables de Exxon o Chevron sería simplista. La conveniencia de cerrar ambos estrechos es una telaraña de intereses mucho más intrincada, donde otros jugadores con agendas propias bailan al borde del precipicio. ¿Qué sucede con el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), esos jeques que veían sus petrodólares fluir como ríos? ¿Qué papel juega Israel en este tablero? ¿Y qué hay de Irán, el supuesto villano de la película? Sobre todo, ¿cómo encajan en esta narrativa las economías de Asia, esos gigantes con los pies de barro energético?

Comencemos por los daños colaterales, porque en esta guerra de desgaste, las víctimas se cuentan por millones de barriles no entregados y puntos de PIB evaporados. Japón es el ejemplo más descarnado de vulnerabilidad extrema. El país del sol naciente es, energéticamente hablando, un rehén de Oriente Medio. Aproximadamente el 95% de sus importaciones de petróleo surcan las aguas que hoy son un cementerio de rutas comerciales, todas pasando por el embudo de Ormuz.

El impacto no se hizo esperar, en el mes siguiente al cierre, el precio del crudo se disparó más de un 80%, y llenar el depósito en Kioto o Kobe se convirtió en un lujo que duplica su coste anterior. La imagen es más elocuente que cualquier gráfico, en la semana posterior al bloqueo, ni un solo petrolero, ni uno, atracó en puerto japonés proveniente de la región. El silencio en los muelles de Yokohama es el sonido de una economía que contiene la respiración.



Corea del Sur, esa otra maravilla industrial asiática, se asoma a un abismo similar. Su economía, un prodigio de exportación y alta tecnología, ha recibido un golpe directo en su corazón productivo. Más del 60% del crudo que alimenta sus fábricas y el 54% de la nafta, un insumo petroquímico tan esencial como el oxígeno para su modelo industrial, transita por el mismo punto de estrangulamiento. La dependencia no es una cuestión de preferencia, es una viga maestra de su arquitectura económica; si cede, el edificio se viene abajo.

Para la India, la tercera economía de Asia, la crisis ha tomado la forma de una tormenta perfecta que azota con furia todos los flancos de su estabilidad macroeconómica y social. El problema de Nueva Delhi no es solo el crudo para mover sus fábricas y sus millones de vehículos. India importa alrededor del 60% de su consumo de Gas Licuado de Petróleo (GLP), ese combustible humilde pero vital que arde en las cocinas de cientos de millones de hogares. Y el 90% de ese volumen llega a través de Ormuz. De repente, la geopolítica de altos vuelos se cuela en la cocina de una familia encareciendo la comida y amenazando la seguridad alimentaria de una nación que depende de fertilizantes que también cruzan, o deberían cruzar, esas aguas. Es un shock multidimensional que erosiona los cimientos mismos de su crecimiento.

Y luego está China, el verdadero elefante en la habitación, o, mejor dicho, el dragón al que se pretende encadenar. Para Pekín, la crisis trasciende lo económico y se convierte en una vulnerabilidad estratégica de primer orden, una línea roja dibujada con crudeza por la «Línea de la Teoría de Colby«. Sostener que el bloqueo de los estrechos es un movimiento deliberado de Washington para asfixiar la «línea de vida» energética china y, con ello, frenar su ascenso geopolítico. Ya no es una tesis marginal en los seminarios universitarios; es una posibilidad que se discute en los centros de poder con la gravedad que merece. Los datos confirman la magnitud de este «Talón de Aquiles». En 2025, el 75% del crudo que devoraba la maquinaria china era importado, un total de 578 millones de toneladas. Arabia Saudita e Irak eran, por este orden, su segundo y tercer proveedor. Estrangular Ormuz es, en la práctica, poner un lazo corredizo alrededor del cuello del crecimiento chino. Y el nudo lo aprieta quien controla el estrecho, o quien se beneficia de que permanezca cerrado.

Mientras el dragón se retuerce, los halcones del Golfo, esos príncipes del petróleo que durante décadas dictaron cátedra sobre la opulencia, están descubriendo que su trono se tambalea. El cierre de facto del paso ha provocado pérdidas económicas que harían temblar al ministro de finanzas más insensible. Se estima que aproximadamente 14,8 millones de barriles de petróleo producidos diariamente por las naciones del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) —Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Omán y Bahréin— quedan varados sin una ruta de exportación viable. Están sentados sobre la mayor reserva de liquidez del mundo que no pueden vender. En conjunto, estos países podrían estar perdiendo hasta 1.200 millones de dólares diarios en ingresos por exportaciones.

Hagan la suma: desde que comenzó el conflicto, la hemorragia acumulada supera los 15.000 millones de dólares en ingresos por petróleo y gas. El Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta un panorama desolador. De las ocho economías más afectadas por el conflicto, cinco se contraerán en 2026. Catar, otrora el país más rico del mundo per cápita, ha sufrido la revisión a la baja más drástica de su pronóstico de crecimiento, una caída de casi 15 puntos porcentuales que refleja el daño extenso en su infraestructura energética.



Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, que cuentan con oleoductos de derivación para sortear el infierno de Ormuz, son «perdedores relativos», una distinción que solo consuela en un club de damnificados. Pero la verdadera pérdida para Riad y Abu Dabi no se mide en barriles o dólares, sino en la erosión acelerada de un pilar geopolítico que sostuvo su estabilidad durante décadas, el viejo y entrañable pacto de «petróleo por seguridad». Estados Unidos garantizaba la libertad de navegación y, a cambio, el Golfo inundaba los mercados con su crudo. Ese pacto, hoy, es papel mojado flotando en las aguas del Golfo Pérsico. Esta crisis está acelerando el giro de las petromonarquías hacia un mundo multipolar, empujándolas a diversificar sus alianzas y a reducir su dependencia histórica de un Washington que, por acción u omisión, parece haberlas abandonado a su suerte.

En este tablero de perdedores, ¿Dónde queda Israel? A primera vista, el Estado judío también sufre un coste estratégico considerable. Con ambos estrechos cerrados, el 99% de su comercio exterior quedaría bloqueado, una asfixia logística de primer orden. Además, perdería su principal fuente de suministro, ya que el 62% de su crudo, proveniente de Azerbaiyán y Kazajistán, llega a sus refinerías tras atravesar esos mismos cuellos de botella. El resultado inmediato sería un incremento de al menos el 15% en los precios de los combustibles. Un disgusto, sin duda.

Pero miren más allá del surtidor de gasolina. Para Israel, esta crisis es, sobre todo, una oportunidad histórica para consolidar su papel como un actor energético y de seguridad indispensable en la región. El principal beneficio estratégico que se abre paso entre los escombros de la guerra es la posibilidad de posicionarse como la ruta terrestre alternativa y segura para el flujo de energía del Golfo hacia una Europa sedienta, sorteando por completo el volátil Estrecho de Ormuz y la amenaza iraní. La infraestructura clave existe y se llama oleoducto Eilat-Ashkelon, una serpiente de acero que conecta el Mar Rojo con el Mediterráneo. Vinculen este conducto con el oleoducto saudí Este-Oeste, el famoso Petroline, y habrán creado un corredor terrestre que evite por completo las aguas controladas por los Guardianes de la Revolución.

Operar este corredor no solo transformaría a Israel en el centro de gravedad del sistema energético mundial, sino que fortalecería de manera irreversible sus lazos estratégicos con los estados del Golfo, creando una enorme palanca económica y geopolítica. La crisis subraya la vulnerabilidad de las monarquías del Golfo ante la sombra alargada de Teherán, lo que refuerza el papel de Israel como un socio de seguridad confiable, el único con la capacidad y la voluntad de plantar cara al enemigo común. Si bien la normalización diplomática abierta puede verse afectada en el corto plazo —las fotos de apretones de manos tendrán que esperar—, la cooperación en seguridad y defensa con países como los Emiratos Árabes Unidos se ha fortalecido significativamente en la oscuridad de las salas de guerra.



Y llegamos al actor principal, Estados Unidos, el director de orquesta de este caos aparente. El bloqueo de Ormuz encaja como un guante en lo que se ha denominado la «Estrategia Abierta» de Washington. Al crear una incertidumbre insoportable en el suministro del Golfo, Estados Unidos busca que los compradores globales —europeos, asiáticos, todos— lo perciban como un proveedor más fiable y seguro. Es la vieja lógica del miedo: compren mi petróleo porque el de los otros puede no llegar.

Aprovechando sus vastas reservas de esquisto y su creciente capacidad de exportación de Gas Natural Licuado (GNL), se posiciona para reemplazar a los países del CCG como la fuente principal de energía para el mundo, especialmente para una Europa desesperada por llenar sus tanques y una Asia que busca desesperadamente rutas seguras. La inestabilidad en la región ha generado una «prima de riesgo de tránsito por Ormuz» que encarece el barril que sale del Golfo y, por contraste, hace que el petróleo estadounidense sea más competitivo. Es una política de «empobrecer al vecino» a escala global.

A diferencia de las economías asiáticas, que se retuercen de dolor, Estados Unidos es menos dependiente del crudo de Ormuz. De hecho, es un beneficiario neto del aumento de los precios globales. Sus ingresos por exportaciones de energía se incrementan, llenando las arcas de sus empresas y permitiéndole, irónicamente, subsidiar el combustible a nivel nacional para mitigar la presión pública y evitar que el votante medio sienta todo el rigor de la crisis en su bolsillo, cosa que todavía no hecho. Es un rompecabezas de poder y dependencia donde la estrategia de Washington busca un delicado y cínico equilibrio, ganar dinero con el sufrimiento ajeno.

En el centro de este rompecabezas está la presión sobre China. La medida busca, como objetivo paralelo y nada secreto, estrangular la línea de suministro energético del gigante asiático para forzarlo a mediar con Irán, atrapando a Pekín en el «atolladero de Ormuz». Es una maniobra para que China se queme las manos apagando un fuego que le quema su propia casa. A pesar de la doctrina oficial que habla de estabilidad, muchos analistas advierten que la crisis está debilitando la influencia estadounidense a largo plazo en el Golfo.

La narrativa de Washington como proveedor último de seguridad se ha visto dañada, quizás irreparablemente. Los líderes del Golfo, que han visto cómo la Quinta Flota se mantiene al margen mientras sus petroleros arden, están sacando conclusiones. Y esto los está empujando a buscar un papel más independiente y desconfiado en el escenario global. Paradójicamente, la crisis ha creado un vacío de seguridad que las monarquías del Golfo no pueden llenar por sí solas. Desconfían de Estados Unidos, pero ¿a quién más pueden recurrir?

No existe una potencia alternativa con la capacidad y la voluntad de reemplazar el paraguas militar estadounidense. Ni China ni Rusia quieren o pueden ser los nuevos gendarmes del estrecho. Esta es la gran paradoja que define el nuevo Oriente Medio: el Golfo es hoy más vulnerable que nunca, pero se siente más solo que nunca. Esa soledad los obliga a una diplomacia frenética y ambigua, diversificando sus alianzas con Pekín, Moscú y Ankara, no por amor, sino por puro instinto de supervivencia. Se aferran a cualquier clavo ardiendo para no caer al vacío.

Y mientras el mundo contiene la respiración, la amenaza definitiva planea sobre los mercados como un buitre. Con aproximadamente 15 millones de barriles diarios de exportaciones de crudo del CCG varados, la tentación de usar el arma definitiva es grande. Los países del Consejo de Cooperación del Golfo, viendo cómo su riqueza se evapora y su relevancia se desvanece, podrían recurrir a lo que equivale a una «opción nuclear» energética: declarar fuerza mayor en sus contratos de exportación y retirar deliberadamente otro 20% del suministro mundial del mercado.

Sería el golpe de gracia a una economía global ya tambaleante, un acto de autodestrucción para recordarle al mundo que, aunque heridos, ellos aún sostienen las llaves del grifo. En este ajedrez de sombras y petróleo, la única certeza es que el manual de la guerra fría ha sido reescrito con tinta de crudo y fuego. Y en la primera página, una frase resuena con fuerza. Quizás, solo quizás, mantenerlo cerrado no fue un error; fue el plan desde el principio.

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