&&&&&
"El orden mundial no hegemónico. Las guerras reseñadas son las manifestaciones actuales de un “orden mundial no hegemónico” en pleno desenvolvimiento. Retomando las categorías del neogramsciano Robert W. Cox (1926-2018), podemos definir este periodo como uno signado por la puesta en entredicho de las reglas de juego globales, el avance del proteccionismo económico y la desestabilización de los balances estratégico-militares. Para el experto canadiense, un “orden no hegemónico” se caracteriza por la carencia de un liderazgo capaz de combinar coerción y consenso, dando lugar a una fase de “revolución pasiva” a escala planetaria donde las potencias tradicionales intentan preservar sus privilegios frente al surgimiento de nuevas fuerzas sociales y políticas. En este marco, las instituciones internacionales pierden su apariencia de universalidad para convertirse en meros instrumentos de disputa. Tras el breve “momento unipolar” que siguió a la Guerra Fría, el sistema internacional ha mutado hacia una estructura que, además de “no hegemónica” —según la formulación de Cox— es, en la mirada de Mónica Hirst, Roberto Russell, Ana María Sanjuan y Juan Tokatlian, “posoccidental”. Y añadimos nosotros, incipientemente bipolar. En este último punto diferimos de la caracterización de Mearsheimer, quien considera que habitamos un mundo multipolar, resultado de la competencia entre Estados Unidos, China y Rusia. Nuestra perspectiva sostiene que Rusia, a pesar de su innegable peso nuclear y geográfico, carece de la base material necesaria para constituirse en un polo rector de poder global. Como reflejan los datos económicos, la economía rusa atraviesa una situación de debilidad estructural: es, en términos nominales, al menos 15 veces menor que la de Estados Unidos. Con casi el 40% de su presupuesto federal devorado por el esfuerzo bélico y la seguridad nacional, y un desplome de la inversión extranjera, Moscú se encuentra en una situación de desgaste que la aleja de la paridad estratégica con Washington o Beijing.
"En nuestra mirada, la verdadera competencia sistémica se da, como señalan Hirst et al., entre un “Norte 1” (Estados Unidos) y un “Norte 2” (China). Como bien han analizado estos autores en su caracterización de la dinámica triangular, este nuevo escenario sitúa a nuestra región en una circunstancia inédita de “doble dependencia” respecto de dos competidores con paridades relativas de poder. En este contexto, el alineamiento dogmático y el seguidismo ciego hacia cualquiera de los polos no constituye un buen negocio para un Estado mediano como la Argentina. La autonomía no debe entenderse como un aislamiento caprichoso, sino como la capacidad de diversificar vínculos para proteger el interés nacional en un mundo donde el poder ya no es unipolar y la competencia entre los Nortes tiende a intensificarse sobre las periferias ricas en recursos. Finalmente, es imperioso sopesar que este orden “no hegemónico”, “posoccidental” e incipientemente bipolar otorga a los Estados del Sur Global una mayor relevancia estratégica, pero también los convierte en un terreno decisivo de las crisis internacionales. La capacidad de navegar estas turbulencias depende de una lectura estratégica que reconozca que las grandes potencias son extremadamente sensibles a sus entornos geográficos. Si la Argentina no logra definir sus intereses de forma soberana, corre el riesgo de ser reducida a una mera correa de transmisión de agendas de seguridad ajenas, perdiendo la oportunidad histórica que el ascenso de nuevos polos de poder podría ofrecer para su desarrollo.
/////
Fuentes: El Cohete a la Luna.
*****
LA IMPORTANCIA DE AMÉRICA LATINA PARA ESTADOS UNIDOS.
Relevantes e Indefensos.
*****
Por Luciano Anzelini | 18/05/2026 | América
Latina y Caribe, EE.UU.
Fuentes- Revista Rebelión lunes 18 de mayo del 2026.
En el actual escenario de
fragmentación global, resulta indispensable revisitar las premisas que guían la
inserción internacional de las naciones periféricas. Una reciente entrevista concedida
a Infobae por John Mearsheimer —referente indiscutido del
neorrealismo— sacudió los cimientos de cierta academia regional que se
autopercibe marginal. Con la contundencia que lo caracteriza, Mearsheimer
sentenció que “América Latina es el área más importante del mundo para Estados
Unidos”.
Esta afirmación no es una concesión
retórica, sino una derivación lógica de su teoría estructural: para que una
potencia pueda proyectar su poder en teatros lejanos, como el este de Asia o
Europa, debe garantizar primero una preeminencia incontestada en su propio
hemisferio. Según su visión, al ser Washington un hegemón regional, el control
sobre el Hemisferio occidental es lo que le otorga la libertad de maniobra
necesaria para concentrarse en la contención de otros contendientes sistémicos.
Esta perspectiva sobre la relevancia
estratégica de América Latina colisiona con la mirada que han desarrollado
destacados analistas como Luis Schenoni y Andrés Malamud. Según estos
expertos, nuestra región atraviesa una trayectoria de declive y pierde
densidad en indicadores clave como proporción de la población mundial, peso
estratégico, volumen comercial, músculo militar y capacidad diplomática. En sus
propias palabras, “el apogeo de América Latina brilla a sus espaldas” .
Para estos autores, la pérdida de relevancia es un dato estructural: al no
representar ya una amenaza de seguridad (como en la Guerra Fría) ni ser una
fuente de insumos insustituibles (ante la supuesta autosuficiencia energética
de Washington), América Latina se habría convertido en una zona “menos
apetecible” y, por ende, crecientemente irrelevante.
Sin embargo, emerge aquí una paradoja
analítica que merece ser puntualizada. Grandes académicos, situados en las
antípodas ideológicas, coinciden en la centralidad estratégica de nuestro
territorio. Mientras Mearsheimer enfatiza el peso del hemisferio como un
espacio cuya estabilidad es indispensable para la competencia global,
intelectuales de la izquierda latinoamericana como Atilio Borón han sostenido históricamente
que ninguna región verdaderamente irrelevante habría sido objeto de la primera
doctrina de política exterior estadounidense —la Doctrina Monroe de 1823— ni
pionera en contar con un tratado de asistencia militar como el TIAR.
Esta convergencia entre Mearsheimer y Borón sugiere que la supuesta irrelevancia latinoamericana es, en rigor, una apreciación que —cuando se traslada al diseño de políticas— resulta funcional al centro para garantizar el flujo de recursos estratégicos sin la necesidad de negociar con actores autónomos. Subestimar nuestro valor estratégico es el primer paso hacia la claudicación soberana.
Entre
el lobby y la improvisación.
El análisis que Mearsheimer efectúa sobre los conflictos en curso
revela una profunda carencia de rumbo estratégico en Washington. En
Medio Oriente, la guerra entre el eje Washington-Tel Aviv e Irán no
parece responder a intereses nacionales estadounidenses cuidadosamente
ponderados, sino al influjo desproporcionado de grupos de cabildeo. En palabras
de Mearsheimer en su conferencia
magistral ante el Parlamento Europeo en noviembre de 2025:
“Estados Unidos
tiene una relación especial con Israel sin parangón en la historia. Esta
conexión, fruto del enorme poder del lobby israelí en Estados Unidos,
no solo implica que Estados Unidos apoyará a Israel incondicionalmente, sino
también que las fuerzas estadounidenses participarán en las guerras de Israel,
ya sea directa o indirectamente”.
En lo que respecta a la guerra actual,
y como ha
señalado —entre otros— Fareed Zakaria, nos encontramos ante
una presidencia norteamericana construida sobre el bluff y la
improvisación, donde la conducción del conflicto carece de
una estrategia esclarecida. Aun así, es importante señalar que la escalada
militar en curso no es un evento fortuito, sino que tuvo su preludio en
junio de 2025 con la agresión sistemática contra instalaciones clave del programa
nuclear iraní en sitios como Fordo, Natanz e Isfahán. Estos ataques
preventivos no solo han sido decisivos para el desmantelamiento del agonizante
orden internacional basado en reglas, sino que, como advirtió Kenneth
Waltz hace más de una década, podrían generar el efecto contrario al
deseado: convencer a Teherán de que la única vía para disuadir ataques
de potencias hostiles es, precisamente, alcanzar capacidades de disuasión
atómica.
En el teatro europeo, la guerra entre Rusia
y Ucrania encuentra sus causas profundas en la precipitada decisión
transatlántica de expandir la OTAN hacia las fronteras rusas. En el
mencionado discurso ante el Parlamento Europeo, Mearsheimer fue lapidario:
“Europa y Estados
Unidos, de forma imprudente, intentaron incorporar a Ucrania a la OTAN, lo que
provocó una guerra perdida con Rusia que aumenta considerablemente las
probabilidades de que Estados Unidos abandone Europa y la OTAN quede
desmantelada”. En este marco, la insistencia en incorporar a Ucrania a la
alianza atlántica fue interpretada por Moscú como una “amenaza existencial que
[debía] evitarse a toda costa”.
Según Mearsheimer:
“La guerra de
Ucrania, que, según mi parecer, fue provocada por Occidente y, en especial, por
Estados Unidos, es la principal causa de la inseguridad europea actual”.
Según su interpretación, Washington
y sus aliados ignoraron deliberadamente las líneas rojas de Moscú
trazadas desde la cumbre
de Bucarest en 2008, lo que condujo inevitablemente a una tragedia
que podría haberse evitado mediante la diplomacia.
Rusia, en la mirada de este verdadero
analista emblema de las Relaciones Internacionales (RI), no es una
potencia con un plan maestro para conquistar Europa de Este, sino un
actor que ha recurrido a una guerra preventiva para impedir que su entorno
inmediato se transforme en una plataforma militar hostil. Como explicó Mearsheimer
ante los eurodiputados, la idea de que Putin busca recrear la Unión
Soviética es un argumento carente de evidencia empírica.
Sin embargo, la persistencia de Occidente en alimentar el conflicto ha dejado a Europa en una situación de extrema fragilidad, viéndose forzada a aceptar una dependencia creciente de la seguridad suministrada por Washington. Esta dinámica ha terminado por subordinar los intereses estratégicos de las capitales europeas a los dictados de la Casa Blanca, erosionando los márgenes de autonomía del proyecto comunitario europeo.
El
orden mundial no hegemónico.
Las guerras reseñadas son las
manifestaciones actuales de un “orden mundial no hegemónico” en pleno
desenvolvimiento. Retomando las categorías del neogramsciano Robert W. Cox
(1926-2018), podemos definir este periodo como uno signado por la puesta en
entredicho de las reglas de juego globales, el avance del proteccionismo
económico y la desestabilización de los balances estratégico-militares. Para el
experto canadiense, un “orden no hegemónico” se caracteriza por
la carencia de un liderazgo capaz de combinar coerción y consenso, dando lugar
a una fase de “revolución pasiva” a escala planetaria donde las
potencias tradicionales intentan preservar sus privilegios frente al
surgimiento de nuevas fuerzas sociales y políticas. En este marco, las
instituciones internacionales pierden su apariencia de universalidad para
convertirse en meros instrumentos de disputa.
Tras el breve “momento unipolar” que siguió a la Guerra
Fría, el sistema internacional ha mutado hacia una estructura que, además
de “no hegemónica” —según la formulación de Cox— es, en la mirada de
Mónica Hirst, Roberto Russell, Ana María Sanjuan y Juan Tokatlian,
“posoccidental”.
Y añadimos nosotros, incipientemente bipolar.
En este último punto diferimos de la caracterización de Mearsheimer,
quien considera que habitamos un mundo multipolar, resultado de la competencia
entre Estados Unidos, China y Rusia.
Nuestra perspectiva sostiene que Rusia,
a pesar de su innegable peso nuclear y geográfico, carece de la base material
necesaria para constituirse en un polo rector de poder global. Como
reflejan los datos económicos, la economía
rusa atraviesa una situación de debilidad estructural: es, en
términos nominales, al menos 15 veces menor que la de Estados Unidos.
Con casi el 40% de su presupuesto federal devorado por el esfuerzo
bélico y la seguridad nacional, y un desplome de la inversión extranjera, Moscú
se encuentra en una situación de desgaste que la aleja de la paridad
estratégica con Washington o Beijing.
En nuestra mirada, la verdadera
competencia sistémica se da, como señalan Hirst et al.,
entre un “Norte 1” (Estados Unidos) y un “Norte 2” (China).
Como bien han analizado estos autores en su caracterización de la dinámica
triangular, este nuevo escenario sitúa a nuestra región en una circunstancia
inédita de “doble dependencia” respecto de dos competidores con
paridades relativas de poder. En este contexto, el alineamiento dogmático y el
seguidismo ciego hacia cualquiera de los polos no constituye un buen negocio
para un Estado mediano como la Argentina. La autonomía no debe
entenderse como un aislamiento caprichoso, sino como la capacidad de
diversificar vínculos para proteger el interés nacional en un mundo donde el
poder ya no es unipolar y la competencia entre los Nortes tiende a
intensificarse sobre las periferias ricas en recursos.
Finalmente, es imperioso sopesar que
este orden “no hegemónico”, “posoccidental” e incipientemente bipolar
otorga a los Estados del Sur Global una mayor relevancia estratégica,
pero también los convierte en un terreno decisivo de las crisis
internacionales. La capacidad de navegar estas turbulencias depende de una
lectura estratégica que reconozca que las grandes potencias son extremadamente
sensibles a sus entornos geográficos. Si la Argentina no logra definir sus
intereses de forma soberana, corre el riesgo de ser reducida a una mera correa
de transmisión de agendas de seguridad ajenas, perdiendo la oportunidad
histórica que el ascenso de nuevos polos de poder podría ofrecer para su
desarrollo.
El
Atlántico Sur y las Fuerzas Armadas.
Este panorama global tiene
implicancias directas para la seguridad internacional y la defensa nacional de
la Argentina. La creciente
relevancia de nuestra región no es una concesión semántica o
diplomática, sino un dato concreto derivado de nuestros activos: parte del “Triángulo
del Litio”, el yacimiento de Vaca Muerta y, fundamentalmente,
nuestra posición como llave de acceso a la Antártida. El Atlántico Sur
ha dejado de ser un espacio remoto para convertirse en el epicentro de una puja
por recursos ictícolas, hidrocarburíferos y potencialmente
mineros (nódulos polimetálicos), vigilados de cerca por el enclave colonial
británico en Malvinas, que actúa como base militar de la alianza
anglo-norteamericana en la región.
Frente a este desafío soberano, el
actual gobierno ha optado por un proceso de “desnacionalización estratégica”. Este
fenómeno —que hemos abordado minuciosamente en artículos previos— se traduce,
en términos de gestión pública, en una parálisis del
planeamiento de la defensa nacional: a más de dos años de iniciada la
administración Milei, el Poder Ejecutiv0o ha sido incapaz de emitir la Directiva
de Política de Defensa Nacional (DPDN); y el Ministerio de Defensa de
llevar adelante la responsabilidad del planeamiento estratégico-militar del
sector, dejando un vacío que ha sido llenado con las instrucciones del Pentágono.
El resultado es un desfinanciamiento
crítico del Instrumento Militar. El Instituto Internacional de Estudios para la
Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés), el think
tank más prestigioso en el seguimiento de información militar a nivel
global, acaba de publicar su último
anuario, correspondiente a 2025. El estudio exhibe que el gasto en
defensa de la Argentina se halla en un piso histórico, siendo el más
bajo de la región.
La inversión en defensa ha caído al 0,56%
del PBI, un deterioro significativo si se lo compara con el 0,85%
destinado en 2015 (último año del gobierno de Cristina Fernández),
lo que evidencia un abandono
sistemático de la capacidad de defensa del territorio nacional. A
todo esto, debe añadirse que el presupuesto 2026 eliminó el financiamiento del FONDEF
(Fondo Nacional de Defensa), un programa creado por ley en 2020 que
garantizaba la asignación anual del 0,8% de los gastos corrientes del Estado al
reequipamiento militar.
A este cuadro de menesterosidad
presupuestaria se suma el peligroso proceso de policialización de las Fuerzas
Armadas. Al intentar convertir a los militares en policías
de frontera para la lucha contra el “narcomenudeo” —a
través de iniciativas como la “Operación Roca”— se desvían recursos y
atención de aspectos clave de la misión primaria como la protección de la
soberanía en el Atlántico Sur.
Esta desnaturalización ignora
las lecciones más
elementales del Informe Rattenbach, que demostró cómo un instrumento
militar distraído en funciones de seguridad interna y politizado carece —más
allá de ciertas excepciones
notables de algunas de sus unidades en la guerra de 1982— de la
aptitud profesional para enfrentar con éxito un conflicto convencional. Y no
puede menospreciarse, en un mundo conflictivo, incierto y pugnante como el
actual, el reciente presagio de un líder prudente —en el sentido realista del
término— como Luiz Inácio Lula da Silva, quien afirmó:
“Si no nos preparamos para defendernos, en cualquier momento nos invaden”.
La Argentina, sin renunciar jamás a su estrategia
diplomática de recuperación de las islas Malvinas —tal como lo prescribe
la disposición transitoria primera de la Constitución Nacional—, debe
entender que la diplomacia no puede ser efectiva si no está acompañada de
una defensa
activa. Es indispensable fortalecer las capacidades de control,
vigilancia, reconocimiento e inteligencia estratégica en el Atlántico Sur.
Solo mediante un incremento de los costos económicos y militares para el
ocupante británico se podrá dotar de peso real a los reclamos en los foros
internacionales.
Renunciar a la disuasión autónoma para
transformarse en una fuerza policial subordinada no solo compromete la
integridad territorial, sino que nos
sitúa en una fase de indefensión crítica frente a potencias que,
como el Reino Unido, hoy refuerzan activamente su preparación militar en
el Atlántico Sur.
De
peones a arquitectos.
Resulta indispensable recuperar la
lucidez estratégica para comprender el mundo que habitamos. Como señalábamos al
inicio, la sentencia de John Mearsheimer sobre la máxima relevancia de América
Latina para los Estados Unidos no es un elogio, sino una advertencia
sobre la intensidad de la disputa que se avecina en nuestro propio entorno
geopolítico. Ignorar esta centralidad en favor de un relato de irrelevancia
solo facilita la entrega de nuestros recursos y la fragmentación de nuestra
soberanía.
América Latina, en general, y la Argentina,
en particular, se encuentran ante una encrucijada. En un orden mundial “no
hegemónico”, “posoccidental” e incipientemente bipolar, la “occidentalización dogmática” y la
policialización de nuestras Fuerzas Armadas constituyen una claudicación que
compromete el futuro de la nación. El desafío es, por tanto, reconstruir una
política exterior y de defensa profesionales, centradas en la procura de
mayores márgenes de autonomía y en la defensa del Atlántico Sur y su
proyección antártica, que sean capaces de navegar las turbulencias de la
discordia global con un esclarecido sentido nacional.
Solo a través de la conciencia de
nuestra importancia estratégica, tal como lo reconocen con lucidez desde el
realista Mearsheimer hasta el marxista Borón, podremos dejar de
ser peones en juegos ajenos para convertirnos en arquitectos de nuestra
propia seguridad internacional.
Luciano Anzelini es doctor en Ciencias
Sociales (UBA) y profesor de Relaciones Internacionales (UBA-UNSAM-UNQ-UTDT).
*****

