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“Lo cierto es que la
posibilidad de que
la cumbre de Beijing
abra un nuevo período —aunque quizás todavía larvario— de una relación
menos conflictiva y más cooperativa entre China y Estados Unidos posee, más
allá de las intenciones de sus líderes, importantes bases materiales que
pueden tornarla viable. Stéphanie Balme sostiene que Estados Unidos y China son
dos sistemas que tienden a converger y a hibridarse: “Hoy, Estados Unidos
redescubre, a través de China, instrumentos que ellos mismos habían contribuido
a marginalizar durante las décadas de globalización liberal: política
industrial, subsidios masivos, control de las cadenas de suministro críticas y
seguridad tecnológica”.
“La hibridación se produciría en una dinámica en la que China profundiza
mecanismos de competitividad y recurre a instrumentos de mercado,
mientras Estados Unidos reivindica formas de intervención estatal
—antes demonizadas por la teoría liberal— en nombre de la seguridad
económica y la soberanía industrial. Balme incluso señala paralelismos
en las dinámicas políticas internas de ambas potencias: soberanismo,
conservadurismo social y centralidad del poder nacional. Lo que sí constituye
una evidencia es la existencia de una interdependencia compleja
entre ambas economías y el hecho de que la apuesta por la
coexistencia pacífica y la estabilidad empieza a emerger como un
interés compartido. La única cuestión que podría alterar
radicalmente este escenario sería un cambio en Estados Unidos respecto
de la política de “una sola China”. Esa es la línea roja reiterada en
Beijing por Xi Jinping y que, en principio, fue recibida con claridad por
Donald Trump.
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LA TRAMPA DE TUCÍDIDES Y LA CUMBRE TRUMP–XI JINPING,
por Manuel Rodríguez Cuadros.
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Por Manuel Rodríguez Cuadros. Jurista
y ex Ministro de Relaciones Exteriores.
Fuente. La República domingo 24 de mayo
del 2026.
" La única
cuestión que podría alterar radicalmente este escenario sería un cambio en
Estados Unidos respecto de la política de “una
sola China”. Esa es la línea roja reiterada en Beijing por Xi Jinping y
que, en principio, fue recibida con claridad por Donald Trump"
El lenguaje es el instrumento esencial
de la diplomacia.
Expresa siempre —o casi siempre— la voluntad negociadora o posicional de los
Estados. La precisión o imprecisión, la claridad o ambigüedad del lenguaje
marcan los márgenes de la negociación o de las correlaciones de fuerza. La
exactitud de lo que se dice o no se dice determina el alcance de lo que un jefe
de Estado o un negociador puede aceptar o no aceptar. A ese margen,
técnicamente, se le denomina “zona de posible acuerdo” (ZOPA).
Cuando los asuntos de Estado son de
especial trascendencia,
la manera más segura de instrumentar el lenguaje por vía oral es leyendo. De
esa manera, cada expresión es sopesada a partir de su significante (el término
o símbolo utilizado) y de su significado (el contenido real o la interpretación
política que se le atribuye).
El alcance y la trascendencia del encuentro en la cumbre entre los presidentes Xi Jinping y Donald Trump deben buscarse en el lenguaje que ambos mandatarios utilizaron para fijar sus posiciones y reseñar sus entendimientos. Con la salvedad de que Xi utilizó siempre la regla del lenguaje escrito. Trump la combinó con su conocida espontaneidad oral, que muchas veces hace más difícil la tarea de descifrar con exactitud sus posiciones.
Con el telón de fondo de una grave situación internacional
caracterizada por las políticas de poder unilaterales de la diplomacia
del America First, la competencia tecnológica y comercial entre
ambas naciones, la sensibilidad china respecto de la cuestión de Taiwán
y la redefinición del equilibrio global entre Washington y Beijing, Xi
optó por el uso de los dos extremos del lenguaje diplomático: el simbólico y el
de precisión absoluta.
En lenguaje simbólico hizo referencia
al ya clásico teorema
del historiador de la Guerra del Peloponeso, denominado la “trampa de
Tucídides”, concepto popularizado contemporáneamente por Graham Allison.
Dijo Xi:
“Mientras la
transformación del siglo se acelera y el panorama internacional atraviesa
cambios y turbulencias, el mundo ha llegado a una nueva encrucijada. ¿Pueden
China y Estados Unidos superar la ‘trampa de Tucídides’ y establecer un nuevo
paradigma de relaciones entre grandes potencias? ¿Podemos enfrentar juntos los
desafíos globales y aportar mayor estabilidad al mundo?”.
La trampa de Tucídides hace referencia a la constatación
histórica de que el ascenso de Atenas y el temor de Esparta a ser
desplazada como centro del poder hicieron inevitable la guerra.
Al recurrir Xi a este lenguaje
simbólico, es
evidente que no lo hace literalmente con referencia a la guerra, sino en la
acepción más amplia del conflicto, que puede incluirla, pero que en
el actual momento histórico remite más bien a la posibilidad —que debe
excluirse— de una relación de conflicto antagónico permanente.
Al mismo tiempo, al recurrir a la noción de potencias dominante y ascendente, hizo un reconocimiento implícito de la unipolaridad actual del poder, con Estados Unidos como potencia dominante. Pero también una autopercepción explícita de China como la potencia ascendente del sistema, una potencia capaz de poner en cuestión la hegemonía de la potencia dominante.
La base material de esta afirmación es
evidente: China es
hoy la primera potencia industrial y comercial del mundo, así como la primera
economía medida en términos de paridad de poder adquisitivo. Pero
sigue siendo la segunda economía global debido a la primacía
estadounidense en servicios, desarrollo tecnológico, control del mercado
financiero, capacidad de innovación e influencia sobre la evolución de
la economía mundial. Pero el ascenso del poder chino ya no es
solamente económico: es global e incluye dimensiones políticas,
diplomáticas, militares y estratégicas.
La reflexión de Xi, alejándose del axioma de Tucídides,
llama la atención sobre la necesidad de negarlo y apostar por una
estabilidad estratégica que haga primar la negociación y la cooperación
sobre el conflicto.
A este nivel —el del curso que deben tomar las relaciones sinoestadounidenses—
el lenguaje simbólico es sustituido en Xi por la palabra precisa
y los contenidos unívocos:
“¿Podemos establecer un
nuevo paradigma de relaciones entre grandes potencias?”. La respuesta es
afirmativa: “La revitalización de la nación china y el objetivo de hacer grande
nuevamente a los Estados Unidos pueden avanzar juntos, ayudarse mutuamente al
éxito y promover el bienestar del mundo entero”.
Por primera vez, China reconoce implícitamente la legitimidad
de la opción MAGA (Make America Great Again), con sus componentes de
nacionalismo económico —proteccionismo comercial, relocalización
industrial y crítica a la globalización neoliberal—, así como del soberanismo,
entendido como prioridad del interés nacional. Afirma también que
este interés nacional norteamericano no tiene incompatibilidad con la
estrategia china de desarrollo nacional, político y social, y abre
el derrotero para “avanzar juntos y ayudarse mutuamente”.
Estas definiciones implican, ya en el plano de la política
exterior, apostar por la viabilidad de establecer entre Estados
Unidos y China una relación de estabilidad estratégica y coexistencia
pacífica, que reduzca las contradicciones antagónicas y permita
que las coincidencias y la oposición de intereses puedan resolverse
mediante la negociación y el interés recíproco.
Trump no dio respuestas específicas
plenamente alineadas
con lo dicho por Xi, pero en su propio lenguaje matizó más que
nunca sus apreciaciones sobre el papel de China en la actual escena
mundial y sobre el sentido y direccionalidad de las relaciones
bilaterales.
Expresiones como
“Queremos una China
fuerte, con una relación justa”
o, más específicamente, en una referencia indirecta a la “trampa de
Tucídides”, “el conflicto entre grandes potencias no beneficia a nadie”, así
como sus reiteradas referencias al “respeto mutuo”, a la “competencia
equilibrada” y a las “responsabilidades históricas” de
ambas potencias, revelan una aproximación menos confrontación y de apertura
a las propuestas de Xi Jinping.
Lo cierto es que la posibilidad de que
la cumbre de Beijing
abra un nuevo período —aunque quizás todavía larvario— de una relación
menos conflictiva y más cooperativa entre China y Estados Unidos posee, más
allá de las intenciones de sus líderes, importantes bases materiales que
pueden tornarla viable.
Stéphanie Balme sostiene que Estados
Unidos y China son dos sistemas que tienden a converger y a hibridarse:
“Hoy, Estados Unidos
redescubre, a través de China, instrumentos que ellos mismos habían contribuido
a marginalizar durante las décadas de globalización liberal: política
industrial, subsidios masivos, control de las cadenas de suministro críticas y
seguridad tecnológica”.
La hibridación se produciría en una
dinámica en la que China
profundiza mecanismos de competitividad y recurre a instrumentos
de mercado, mientras Estados Unidos reivindica formas de intervención
estatal —antes demonizadas por la teoría liberal— en nombre de la
seguridad económica y la soberanía industrial. Balme incluso
señala paralelismos en las dinámicas políticas internas de ambas
potencias: soberanismo, conservadurismo social y centralidad del poder
nacional.
Lo que sí constituye una evidencia es la existencia de una interdependencia
compleja entre ambas economías y el hecho de que la apuesta por
la coexistencia pacífica y la estabilidad empieza a emerger como
un interés compartido. La única cuestión que podría alterar
radicalmente este escenario sería un cambio en Estados Unidos respecto
de la política de “una sola China”. Esa es la línea roja reiterada en
Beijing por Xi Jinping y que, en principio, fue recibida con claridad por
Donald Trump.
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