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“Este es un proyecto a largo plazo,
con lo cual el trumpismo tiene en mente mantenerse en el gobierno más allá de
este gobierno. Así considera la posibilidad de una re-reelección de Trump
(o su sucesión por alguien similar como JD Vance), y la posible
suspensión de las elecciones en aquellos estados opositores, utilizando la
conmoción interna generada por el accionar de ICE. ¿Es posible un golpe de
Estado? Todo puede ser, pero lo más probable es una agudización del
conflicto interno. Esto a pesar de que las políticas de Trump retienen
un 45% de apoyo de la opinión pública, sobre todo en el sur y el medio
oeste. Mientras tanto lo que se nota es que la crisis norteamericana
continúa sin interrupción, generando desesperación y una agudización
de las luchas entre los sectores dominantes. Y también que los sectores
dominantes siempre recurrieron, como una salida a las crisis norteamericanas,
a la guerra. Estamos ante un nuevo brinkmanship, o sea
pararse frente al abismo a ver quién cede primero antes de caerse al barranco.
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Fuentes: Diario Tiempo Argentino.
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PESADILLA AMERICANA.
LA DECADENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS.
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Por Pablo Pozzi | 03/02/2026 | EE.UU.
Fuentes. Revista Rebelión martes 3 de febrero del 2026.
Hace un cuarto de siglo Zbigniew
Brzezinski opinó que el poderío norteamericano no era tanto un
producto de su fortaleza sino, más bien, de la debilidad de sus oponentes en el
mundo post Unión Soviética. Como tal, él opinaba que la hegemonía
norteamericana se vería seriamente cuestionada a principios del nuevo milenio o
sea después del tiempo necesario para que fueran surgiendo nuevos contrincantes
que sintetizaran la nueva realidad. Este tema fue retomado por el sociólogo
brasileño Helio Jaguaribe.
Sólo cinco días antes
del ataque a las Torres Gemelas, Jaguaribe consideraba que “el poder
de Estados Unidos es inestable” por lo que asistimos al “unimultilateralismo:
una unipolaridad con reminiscencias del multilateralismo. Es decir, un
híbrido” (Clarín, 7 de septiembre de 2001).
Con Fabio Nigra estudiamos el tema en 2008, justo cuando ocurrió la crisis subprime. En ese entonces, coincidimos con Zbigniew Brzezinski. El poder norteamericano era omnímodo en 1992, más por la debilidad de las otras potencias que por virtudes propias. Sus problemas económicos, sus fracasos militares (sobre todo en Irak), el estancamiento de la propuesta del ALCA, sus dificultades con sus aliados de la OTAN, más la emergencia de competidores nuevos (China y la India) o la reaparición de algunos viejos, como Japón y Rusia, implicaban claros límites a este poder. Las respuestas de los grupos de poder en torno a los Clinton y a los Bush (que algunos analistas han tildado de «republícratas», porque forman un único partido que controlan a los dos partidos mayoritarios) no han hecho más que agudizar los problemas.
Brzezinski, junto con personajes como Howard
Baker (exjefe de gabinete de Ronald Reagan), creía que había que
aprovechar el colapso de la URSS para reducir el
gasto militar y usar ese dinero para modernizar el aparato productivo y la
infraestructura de Estados Unidos. Plantearon que tendrían diez años
antes que los nuevos desafíos se convirtieran en realidad. El sector contrario,
en general vinculado al complejo militar industrial, proponía profundizar el
poderío militar norteamericano, proyectarlo aún más a través del mundo, y así
exigir un tributo o un diezmo a diversos países, mientras se hacía con sus
mercados y recursos naturales, y ganar tiempo para resolver sus problemas.
Ambos planteaban resolver, de distinta manera, tanto la caída en la
productividad norteamericana, como el creciente déficit en su balanza
comercial. Las remesas de capital en la década de 1990, derivadas del
saqueo de Europa del Este, de la deuda externa del Tercer
Mundo, y del flujo de dinero derivado de actividades como el narcotráfico y
el armamentismo, llevó a una balanza de pagos superavitaria que ocultó los
problemas de fondo, y al triunfo de la segunda posición. La crisis subprime
de 2008 transparentó el fracaso de esta opción, y el salvataje de Obama a
los bancos junto con los incrementos en gasto militar generaron un déficit de
presupuesto que apenas si se ocultaba tras la venta de bonos de Tesoro y
el hecho de que el dólar era moneda de referencia.
Al mismo tiempo se notaban fracturas importantes entre los sectores dominantes. Los llamados “prusianos” (o sea el complejo militar industrial, petroleras, y un sector informático) habían promovido diversas guerras (los Balcanes, Libia e Iraq en particular) no sólo como forma de enriquecerse y acceder a recursos naturales como el petróleo, sino como forma de negar estos recursos a sus competidores y también de generar un caos mundial que dificultara la competencia. Sus contrarios, denominados “los cowboys” (alimenticias, agribusiness, y los volcados al comercio mundial) se vieron afectados por esto, particularmente porque muchos habían extendido sus operaciones a China y Rusia. Unas 150 corporaciones establecieron sucursales en China, y otro tanto invirtieron en Rusia. El resultado fue una disputa solapada entre estos sectores, que derivó en el primer gobierno de Trump. Su política, que respondía a los intelectuales del Claremont Institute, insistía que Estados Unidos no era más grande, y que por ende debía proteger el mercado interno, promover el comercio, reducir las tensiones internacionales, y dividir Rusia de China, esta última considerada como el principal competidor a nivel comercial.
Decadencia? La Inminente caída del Imperio Norteamericano.
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El fracaso de esta política surgió
tanto de las disputas internas entre sectores de poder, como de que China
aprovechó el relativo aislacionismo de Trump para penetrar profundamente
mercados norteamericanos como América Latina. El gobierno de Biden
representó un nuevo avance de “los prusianos”, promoviendo la guerra de Ucrania
(para debilitar a Rusia y la Unión Europea), dándole mano libre a
Israel con los palestinos y con Irán y Siria, y desatando guerras
regionales en Yemen y diversos lugares de África y Asia. El
resultado fue el debilitamiento del dólar como moneda de referencia, y el
aumento del endeudamiento hasta llegar a un 130% del PBI.
Al mismo tiempo, esto generó una
crisis interna con aumento de la inflación, mayores niveles de desempleo, y la
caída del nivel de legitimidad del sistema político a niveles nunca vistos.
Esta fue la base del segundo triunfo electoral de Trump, que prometió
cumplir las propuestas de su primer gobierno, mientras adoptaba buena parte de
la agenda “prusiana”.
Para llevar esto adelante necesitaba
movilizar a la opinión pública, y apuntó a hacerlo con su campaña contra los
inmigrantes, y contra aquellos que “se aprovechan de nosotros” fueran
ellos aliados como los países de la OTAN, o competidores como China.
Al mismo tiempo, se lanzó a recuperar su “patio trasero” y sus recursos
naturales y mercados. De ahí la invasión a Venezuela y las presiones
sobre gobiernos, como el de Argentina, que dejaran de comerciar con China.
Este es un proyecto a largo plazo, con
lo cual el trumpismo tiene en mente mantenerse en el gobierno más allá de este
gobierno. Así considera la posibilidad de una re-reelección de Trump (o
su sucesión por alguien similar como JD Vance), y la posible suspensión
de las elecciones en aquellos estados opositores, utilizando la conmoción
interna generada por el accionar de ICE. ¿Es posible un golpe de Estado?
Todo puede ser, pero lo más probable es una agudización del conflicto interno.
Esto a pesar de que las políticas de Trump retienen un 45% de
apoyo de la opinión pública, sobre todo en el sur y el medio oeste.
Mientras tanto lo que se nota es que
la crisis norteamericana continúa sin interrupción, generando
desesperación y una agudización de las luchas entre los sectores
dominantes. Y también que los sectores dominantes siempre recurrieron, como
una salida a las crisis norteamericanas, a la guerra. Estamos ante un
nuevo brinkmanship, o sea pararse frente al abismo a
ver quién cede primero antes de caerse al barranco.
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