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“Lo que ocurrió sobre el terreno en la madrugada del 28 de febrero revela hasta qué punto las prioridades
estaban desalineadas. Si EE. UU. buscaba una operación quirúrgica
para degradar la capacidad militar iraní y proteger sus bases en la
región, los resultados hablan de otra cosa. Los satélites mostraban impactos
en instalaciones navales y lanzaderas de misiles, sí. Pero también llegaban
imágenes dantescas desde Minab, donde una escuela elemental cercana a una
base militar fue alcanzada, matando a 150 niñas,
ataques al Hospitales de Teherán, atestados de víctimas civiles. El
sello de un ataque diseñado no para ser corto y ejemplarizante, sino para
ser total y, sobre todo, irreversible. Eso no era una advertencia; era una
declaración de guerra existencial. Era la firma de Israel, el socio que
necesita que el conflicto se convierta en una ciénaga para que Irán no
pueda levantar cabeza.
“Y en esa ciénaga es donde Trump corre el riesgo de quedar atrapado. Lo
que él concibió probablemente como un «show of force» espectacular al
estilo Trump —una explosión de grandeza que forzara a Irán a una
negociación de rendición— ha sido interpretado por el mundo y por los
mercados como la entrada en una trampa de costes infinitos. Irán no colapsó.
Su liderazgo ha sido sustituido por líneas duras de la Guardia
Revolucionaria que prometen venganza. El Estrecho de Ormuz, por
donde pasa el 25% del petróleo mundial, tiembla ante la posibilidad de
un bloqueo total. Y mientras los petroleros empiezan a desviar sus
rutas, el rendimiento del bono americano a 10 años se dispara: los
inversores exigen más rentabilidad por el riesgo de una inflación
que ya no ven transitoria, sino enquistada por la geopolítica.
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CÓMO ISRAEL CONVIRTIÓ LA PROMESA «AMERICA FIRST» EN UNA GUERRA
ETERNA PARA TRUMP.
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Por Alejandro Marcó del Pont | 05/03/2026 | Economía.
Fuente.
Revista Rebelión jueves 5 fe marzo del 2026.
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La influencia extranjera es uno de los
enemigos más perniciosos del Gobierno republicano (George Washington)
El 28 de febrero de 2026, las explosiones que sacudieron Teherán
no solo alcanzaron los enclaves subterráneos del programa nuclear iraní,
su onda expansiva viajó miles de kilómetros hasta fragmentar el cemento
político sobre el que Donald Trump había construido su segunda
presidencia. En una operación de una audacia y un riesgo extremos, la Fuerza
Aérea de Estados Unidos, en supuesta coordinación con Israel, lanzó
el ataque más contundente contra Irán desde la crisis de los rehenes de 1979.
El objetivo declarado por la Casa
Blanca era quirúrgico
y clásico: eliminar de una vez por todas la amenaza de las instalaciones
nucleares y el arsenal de misiles balísticos de la República Islámica.
Pero la magnitud de lo que se vivió en la madrugada —con informes que hablaban
no solo de bombas sobre centrifugadoras, sino de un misil que alcanzó el búnker
donde se refugiaba el líder supremo, Alí Jamenei— delataba una ambición
mucho mayor: la decapitación del régimen y su colapso definitivo.
Sin embargo, la pregunta que flota sobre los escombros de Teherán y sobre los mercados de Nueva York no es tanto si Irán puede reconstruirse, sino si Estados Unidos y su presidente podrán sobrevivir a las consecuencias de su propio éxito militar. La paradoja posee una belleza trágica propia de un drama griego. Donald Trump, el presidente que llegó al poder prometiendo enterrar las «guerras eternas» y poner «América Primero», acaba de abrir la puerta a un conflicto de desgaste en Oriente Próximo que amenaza con devorar su legado, su base electoral y la estabilidad de la economía global. Y todo apunta a que no lo hizo solo, que fue conducido hacia allí, con la precisión de un relojero suizo, por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.
Para entender la magnitud del abismo
al que se asoma Trump,
hay que abandonar por un momento los mapas de los generales y poner la mirada
en las gasolineras de Ohio y Pennsylvania. El corazón del movimiento MAGA
late al ritmo del precio del crudo. Su núcleo electoral, la clase trabajadora
blanca y la clase media manufactureras, fueron las grandes víctimas de la inflación
post-pandemia. Cada dólar que sube el barril es un voto que se aleja de las
urnas republicanas. Los analistas de Goldman Sachs y Barclays llevaban
semanas advirtiéndolo en sus informes: un conflicto abierto con Irán
dispararía el petróleo. El Brent y el WTI, superarían con facilidad la
barrera de los 100 dólares, llevando la inflación de vuelta a
territorios prohibidos, cerca del 5%. Las hipotecas se encarecerían, el
crédito para el pequeño negocio del Medio Oeste se congelaría y el sueño de
«America First» se desvanecería en un espejismo de estanflación.
La lógica elemental dictaba que Trump no podía permitirse ese escenario. Su
instinto de supervivencia política, que siempre ha sido su principal
brújula, debería haberle llevado a contemporizar, a amenazar quizá con un bombardeo
simbólico sobre instalaciones militares abandonadas. Pero no a esto. No a
un ataque que, según fuentes de inteligencia, citadas por Reuters y The
Straits Times días antes de la operación, fue desaconsejado
explícitamente por la CIA. La agencia advertía que un «golpe
decapitador» contra Jamenei no provocaría el colapso del régimen,
sino su relevo por figuras aún más radicales de la Guardia Revolucionaria
(IRGC), dispuestas a una guerra de desgaste infinita. Si la inteligencia
americana lo sabía, si los modelos económicos lo predecían, ¿qué nube
tóxica nubló el juicio del presidente?
La respuesta, incómoda pero cada vez más aceptada en los círculos analíticos de Washington, tiene dos caras. Una, la más volcánica y pública, es la del propio Netanyahu, un superviviente nato que lleva décadas viendo en Irán una amenaza existencial que debe ser eliminada antes de que sea demasiado tarde. Su lógica era la del «ahora o nunca». Con un presidente americano impredecible y deseoso de demostrar fuerza, y con un análisis equivocado de los ayatolás más débiles por las protestas internas, la ventana de oportunidad se abría de par en par. La otra cara, la más turbia y que circula en los pasillos del poder bajo el sigilo del off the record, tiene nombre y apellido: el lobby israelí y los expedientes Epstein.
Se sabe, y no es un secreto para los
servicios de inteligencia, que Jeffrey Epstein no trabajaba solo; su red de influencia y chantaje era
una telaraña que conectaba con intereses israelíes, con el Mossad. La
teoría que gana adeptos es que el material comprometedor que el Departamento
de Justicia estadounidense guarda en sus cajas fuertes sobre figuras clave
del establishment no es propiedad exclusiva del Gobierno
federal. El Mossad, se argumenta, tiene una copia. Y en el momento
crucial, cuando la maquinaria bélica dudaba entre la prudencia y la
audacia, esa información pudo haber actuado como un sutil, pero eficaz,
elemento de coerción. No hace falta un vídeo de Trump en una situación
comprometida para doblegar su voluntad; basta con tener la capacidad de
filtrar información sobre un colaborador cercano, un familiar o un donante
clave para que la geometría de las decisiones empiece a torcerse.
Más allá de la leyenda negra de los
videos y las fotos,
la influencia del lobby israelí en Washington es una realidad tan
tangible como el mármol del Capitolio. Académicos de la talla de John
Mearsheimer y Stephen Walt lo documentaron hace años en «The Israel
Lobby and U.S. Foreign Policy». No es una conspiración, es un hecho
político: el Comité Estadounidense–Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC) y
sus satélites financian campañas, moldean discursos y condicionan votaciones
en el Congreso con una eficacia aplastante. Ningún político que aspire a
mantenerse en el poder quiere enfrentarse a una maquinaria de desprestigio
multimillonaria financiada por el lobby. Esa coerción, la financiera y la
política, es tan efectiva como cualquier chantaje. Así, cuando el Pentágono
y el Departamento de Estado debatían la respuesta a Irán, las
opciones que priorizaban la «ventaja militar cualitativa» de Israel pesaban
más en la balanza que aquellas que defendían la estabilidad económica
doméstica.
Lo que ocurrió sobre el terreno en la
madrugada del 28 de febrero
revela hasta qué punto las prioridades estaban desalineadas. Si EE.
UU. buscaba una operación quirúrgica para degradar la capacidad militar
iraní y proteger sus bases en la región, los resultados hablan de otra
cosa. Los satélites mostraban impactos en instalaciones navales y lanzaderas
de misiles, sí. Pero también llegaban imágenes dantescas desde Minab,
donde una escuela elemental cercana a una base militar fue alcanzada, matando
a 150 niñas, ataques al Hospitales de Teherán, atestados de víctimas
civiles. El sello de un ataque diseñado no para ser corto y ejemplarizante,
sino para ser total y, sobre todo, irreversible. Eso no era una advertencia;
era una declaración de guerra existencial. Era la firma de Israel, el
socio que necesita que el conflicto se convierta en una ciénaga para que Irán
no pueda levantar cabeza.
Y en esa ciénaga es donde Trump corre el riesgo de quedar atrapado. Lo que él concibió probablemente como un «show of force» espectacular al estilo Trump —una explosión de grandeza que forzara a Irán a una negociación de rendición— ha sido interpretado por el mundo y por los mercados como la entrada en una trampa de costes infinitos. Irán no colapsó. Su liderazgo ha sido sustituido por líneas duras de la Guardia Revolucionaria que prometen venganza. El Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 25% del petróleo mundial, tiembla ante la posibilidad de un bloqueo total. Y mientras los petroleros empiezan a desviar sus rutas, el rendimiento del bono americano a 10 años se dispara: los inversores exigen más rentabilidad por el riesgo de una inflación que ya no ven transitoria, sino enquistada por la geopolítica.
La lógica de Netanyahu, fría y
calculadora, ha
funcionado a la perfección. Ha conseguido que el ejército más
poderoso de la Tierra participe en la eliminación de su mayor enemigo
estratégico sin tener que sacrificar la totalidad de sus reservas.
Ha logrado que EE. UU. queme su crédito político y económico en un
conflicto que, para Israel, es de vida o muerte. Para Trump, en
cambio, el balance es un desastre absoluto. No solo ha roto su promesa
fundacional de terminar con las guerras eternas, sino que lo ha hecho en un
momento de máxima vulnerabilidad económica para su electorado. La
fractura en su base leal, la profundamente antiglobalista que lo subió
al poder, puede ser ya imborrable. Le ven como un presidente que fue
engañado o chantajeado, o sencillamente traicionó sus principios por
presiones externas.
La teoría de la «captura estratégica» que se estudia en las academias
militares cobra aquí vida propia. Cuando un aliado menor logra que la potencia
mayor ejecute acciones que sirven exclusivamente a sus intereses
regionales, incluso a costa del bienestar interno de la potencia, la
relación deja de ser una alianza para convertirse en una tutela invertida. Y
eso es lo que ha sucedido. Netanyahu ha mirado a Trump a los ojos y le
ha convencido de que asesinar a Jamenei era un regalo. Pero ese regalo venía
trasmitido con la inflación, la subida de tipos y la certeza de una
derrota en las elecciones de medio mandato.
Mientras el humo se disipa sobre
Teherán y las
primeras represalias iraníes golpean bases americanas en siete países,
una pregunta sobrevuela el Despacho Oval: ¿quién gobierna realmente la
política de defensa de Estados Unidos? La respuesta, por incómoda que
resulte en un país que se precia de su soberanía, parece apuntar hacia
Jerusalén. Donald Trump, el negociador que prometía no dejarse engañar, ha
caído en la trampa más antigua del tablero de Oriente Próximo: creer que
se puede usar la fuerza sin pagar un precio político. Su legado, el de «America
First», yace ahora enterrado bajo las ruinas de un bombardeo que no
traerá la paz, sino una guerra eterna diseñada en los despachos de Tel
Aviv. Y la historia, una vez más, le recordará no como el presidente que
acabó con las guerras, sino como aquel al que su aliado más astuto
utilizó para empezar la más peligrosa de todas.
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