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“Pero más allá de la propia
lógica del conflicto,
cuanto más se prolonga, más frecuentes son las comparaciones con Vietnam:
a pesar de su superioridad militar, Washington corre el riesgo de verse
envuelto en una agotadora guerra de desgaste sin un desenlace claro. Vietnam
demostró que, incluso al perder en el campo de batalla, se puede ganar
estratégicamente. A los generales vietnamitas se les atribuye una fórmula que
se ha convertido casi en un axioma de los conflictos asimétricos: perder las
batallas, pero ganar la guerra. Dado el carácter existencial del conflicto,
todo indica que Irán está actuando así. Le va en ello su
supervivencia.
“Por eso, a pesar de los graves daños
sufridos, Irán aumenta de manera constante el costo del enfrentamiento
para Estados Unidos (e Israel), mediante la presión sobre los mercados
globales y el bloqueo del estrecho de Ormuz (lo que con la entrada de
los hutíes de Yemen al conflicto, podría replicarse en el estrecho de
Bab el Mandeb, que une el mar Rojo con el golfo de Adén). La guerra
trasciende el enfrentamiento con sus agresores y afecta los intereses de todo
el mundo. Ante Trump se perfila un dilema al que ya se enfrentaron sus
predecesores, desde Vietnam hasta Irak: llevar la escalada
militar a un nuevo nivel o retroceder y asumir una derrota estratégica. Esa es
la cuestión.
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La Jornada.
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IRÁN, ¿UN NUEVO VIETNAM PARA ESTADOS UNIDOS?.
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Por Carlos Fazio | 01/04/2026 | EE.UU., Palestina
y Oriente Próximo
Fuentes: La Jornada, Ciudad de México
miércoles 1 de abril del 2026.
Fuentes Revista Rebelión.
Al cumplirse un mes del artero e
ilegal ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán, resulta difícil entender
qué está ocurriendo sobre el terreno y qué decisiones toman las partes en la
realidad.
El conflicto se dirime en dos planos,
el de las narrativas y el de los hechos. La guerra está ligada a los discursos
de uno y otro bando: los ultimátums maximalistas de Donald Trump con
énfasis en la “rendición incondicional” son respondidos por la dirección
iraní con una nutrida matriz de represalias y exigencias que, de aplicarse,
transformaría el círculo estratégico de la guerra, consciente de que enfrenta
una amenaza existencial y está dispuesta a luchar hasta el final frente a dos
potencias nucleares. Por eso, los ataques aéreos de saturación del bando
agresor son respondidos con acciones simétricas de retaliación de la parte
iraní.
Esto no es simplemente la “niebla
de la guerra” ni la propaganda gris o negra clásicas. Se trata de un estilo
completamente nuevo de llevar a cabo operaciones militares, que en un alto
porcentaje se libran y se ganan en el ámbito de las simulaciones virtuales. Por
eso resulta muy difícil evaluar y considerar con seriedad el ultimátum postrero
de Trump que vence el 6 de abril o las acciones reales de la república
islámica. Por supuesto, hay que verificarlo todo y buscar las fuentes
originales, pero, en última instancia, sólo la realidad da la respuesta.
En ese intercambio de golpes virtuales
se entremezclan imágenes de acontecimientos reales y separar unas de otras se
vuelve casi imposible. Si bien parece claro que está en curso una nueva fase de
un plan de Washington y Tel Aviv por destruir, desmembrar y
dividir a Irán en pequeños estados étnicos sectarios y anárquicos
(siguiendo el modelo sirio) y reconfigurar de raíz la economía mundial y la
geopolítica, no se alcanza a comprender del todo las contradictorias tácticas
de guerra híbrida de Trump; su diatriba en Truth Social se
presenta y suena como una completa farsa. A su vez, aunque parece
incontrovertible que Irán cuenta con una estrategia cuidadosamente
elaborada que se está desarrollando en fases diferenciadas, tampoco resulta
nítida la lógica de la Guardia Revolucionaria Islámica. Menos aún, las
acciones de las monarquías petroleras vasallas del golfo Pérsico y del
mundo islámico.
Aunque sí es plausible señalar, que de
ser simplemente una potencia proxy, un portaviones terrestre
del Occidente colectivo en Medio Oriente que vivía de las subvenciones
de Estados Unidos y Europa, Israel (al influjo de los megamillonarios
del lobby judío israelí-estadunidense) se ha convertido en un
centro de toma de decisiones que incide directamente sobre el jefe de la Casa
Blanca y el Estado profundo (deep state). Según se infiere de
los dichos del periodista Tucker Carlson y del dimitente ex director del
Centro Nacional de Contraterrorismo de Estados Unidos, Joe Kent,
ambos no hace mucho cercanos a Trump, Israel ya no es “la cola que
mueve al perro”, sino el cerebro; con Benjamín Netanyahu y los
sionistas a la vanguardia ideológica del conflicto y haciendo el “trabajo
sucio” (Drecksarbeit), Friedrich “Blackrock” Merz
dixit.
Otra novedad del conflicto es que, a
diferencia de las guerras tradicionales, en las que los ejércitos dirigían su
potencia de fuego hacia infraestructuras estratégicas del enemigo –bases
militares, aeródromos, fábricas de armas– y en las que se podían rastrear las
líneas de suministro y trazar planes de batalla con relativa certeza, en las
dos últimas décadas, la lógica ha ido más allá de la zona de guerra física. La
revolución digital ha construido una segunda capa de infraestructura
estratégica tras las líneas del frente, transformando silenciosamente la
proyección de fuerza y la manera en que se libran las guerras. La
infraestructura digital ha pasado de la periferia de la guerra a su núcleo
operativo.
La recopilación de inteligencia, la
logística del campo de batalla y la coordinación de mando y control en
múltiples teatros dependen cada vez más de los sistemas en la nube de
inteligencia artificial. Según la perspectiva estratégica de Irán, la
columna vertebral tecnológica que sustenta las operaciones militares de Estados
Unidos e Israel (Amazon, Microsoft, Google, Oracle, Nvidia, IBM,
Palantir) no puede considerarse políticamente neutral; constituye una
extensión del propio espacio de batalla, un dominio donde se cruzan los activos
económicos, las plataformas empresariales y los objetivos de seguridad
nacional.
Pero más allá de la propia lógica del
conflicto, cuanto más se prolonga, más frecuentes son las comparaciones con Vietnam:
a pesar de su superioridad militar, Washington corre el riesgo de verse
envuelto en una agotadora guerra de desgaste sin un desenlace claro. Vietnam
demostró que, incluso al perder en el campo de batalla, se puede ganar
estratégicamente. A los generales vietnamitas se les atribuye una fórmula que
se ha convertido casi en un axioma de los conflictos asimétricos: perder las
batallas, pero ganar la guerra. Dado el carácter existencial del conflicto,
todo indica que Irán está actuando así. Le va en ello su
supervivencia.
Por eso, a pesar de los graves daños
sufridos, Irán aumenta de manera constante el costo del enfrentamiento
para Estados Unidos (e Israel), mediante la presión sobre los mercados
globales y el bloqueo del estrecho de Ormuz (lo que con la entrada de
los hutíes de Yemen al conflicto, podría replicarse en el estrecho de
Bab el Mandeb, que une el mar Rojo con el golfo de Adén). La guerra
trasciende el enfrentamiento con sus agresores y afecta los intereses de todo
el mundo. Ante Trump se perfila un dilema al que ya se enfrentaron sus
predecesores, desde Vietnam hasta Irak: llevar la escalada
militar a un nuevo nivel o retroceder y asumir una derrota estratégica. Esa es
la cuestión.
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