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“Nada de lo hecho por el magnate neoyorquino debe sorprendernos. Los
imperios, lo hemos repetido cien veces, exacerban su violencia en su fase de
declinación. Pero pese a los himnos triunfales que hoy suenan en la Pennsylvania
Avenue de Washington, el hecho de haber ganado una batalla no significa
que se haya ganado la guerra. El mismo entusiasmo prevalecía
cuando se bombardeaba furiosamente a Vietnam y, décadas después, a Afganistán.
Y en ambos casos Estados Unidos terminó sufriendo traumáticas y humillantes
derrotas. Si algo enseña la historia es que aventuras como la que hoy nos
preocupan suelen terminar mal para el imperio. No hay muchos
elementos para pensar que ahora el desenlace será más sonriente para la
banda de delincuentes que gobierna Estados Unidos, aunque haya que
esperar un tiempo porque la reacción popular ante las agresiones
imperiales rara vez es inmediata. Pero una vez que se
enciende es imparable.
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Imagen de portada: Simpatizantes del presidente Maduro se abrazan en el centro de Caracas el sábado 3 de enero, después de que el presidente Trump anunciara que Maduro había sido capturado y enviado a Estados Unidos. (AP Foto/Cristian Hernández)
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TRUMP: BOMBARDEO Y SECUESTRO EN TERRITORIO VENEZOLANO.
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Por Atilio A. Boron | 05/01/2026 | EE. UU.
Politólogo. Sociólogo. Dr. En Ciencias
Sociales.
Maestro Universitario. Buenos Aires.
Argentina.
Fuentes- Revista Rebelión lunes 5 de
enero del 2026.
Fuentes: Página/12.
Donald Trump acaba de destruir lo poco
que aún quedaba del tan mentado “orden mundial basado en reglas”. El bombardeo de numerosas
instalaciones militares (y sus inevitables daños colaterales en objetivos
civiles) en Caracas y alrededores seguido por el secuestro -que no
“extracción”- del presidente Nicolás Maduro Moros abre un nuevo capítulo en
el sistema internacional en donde numerosos actores van a poder
utilizar el precedente sentado por Trump en Venezuela para resolver
a su favor conflictos de poder en las más diversas locaciones del planeta.
El autoproclamado “presidente de la paz” y frustrado aspirante al premio Nobel de la Paz ha sido el más belicista de los últimos tiempos: arma hasta los dientes al genocida Benjamin Netanyahu y le prodiga toda clase de protección, desde la diplomática hasta la militar y mediática; obliga a sus indignos vasallos europeos a comprar armas y pertrechos militares para sostener al neonazi Volodimir Zelenski prolongando el martirio de la población ucraniana en una guerra que ya está irremediablemente perdida y que Trump había alardeado que la terminaría en 24 horas; extraviado por su patológica megalomanía Trump ordena bombardear el norte de Nigeria para, según él, poner a salvo a algunas comunidades cristianas supuestamente agredidas por fieles del Islam; se atribuye haber logrado la paz en Gaza, una mentira enorme porque el régimen racista israelí continúa con su matanza, ahora apelando al hambre, la sed y el colapso de la salud pública mientras más de seis mil camiones esperan hace meses en y la frontera cargados de alimentos, agua medicamentos; se vanaglorió de haber logrado la paz entre Camboya y Tailandia pero los ataques entre ambas partes se suceden sin pausa.
Y ahora es el turno de Venezuela, en una costosísima operación
que duró largos meses y que culminó con el sorprendente secuestro del presidente
y su señora esposa, Cilia Flores. En su conferencia pública Trump
dijo que este operativo militar demuestra que Estados Unidos es el país
más poderoso del mundo, un mensaje explícito dirigido a
China y, en cierto sentido, también a Rusia. No sólo eso: se ungió
a sí mismo como administrador imperial de Venezuela al decir que
“conduciremos el país hasta que podamos hacer una transición juiciosa y
apropiada”, y aclaró que Washington no va a permitir que “otro se
haga con el poder en Venezuela sin tomar en cuenta los intereses de su pueblo”,
suponiendo que el pueblo chavista, supuestamente abatido y domesticado, lo
vaya a recibir como su salvador y no como un
bandido que vino a robarle su petróleo, lo único que le
interesa a Trump. A éste jamás le preocuparon la democracia,
la justicia, la libertad o los derechos humanos, y mucho menos en
esta parte del mundo, y las y los venezolanos lo saben muy bien.
Embriagado por sus palabras, Trump
acusó a Maduro de traficar una “cantidad colosal” de drogas en los Estados
Unidos por medio del (ficcional) Cartel de los Soles y de enviar disimulados como migrantes
a criminales del Tren de Aragua. Además, calificó al narcotráfico
como una campaña orquestada por Venezuela para matar ciudadanos
estadounidenses, equiparándola con las mayores organizaciones
terroristas a nivel global. Una mentira más de un embustero serial:
el Washington Post demostró que en su primer mandato
Trump dijo 30.573 mentiras. En todo caso no deja de llamar la
atención que esta preocupación por poner a salvo a la población
estadounidense de los estragos del narcotráfico no haya sido tenida
en cuenta cuando indultó al expresidente hondureño Juan Orlando
Hernández, sentenciado por la justicia de Estados Unidos a 45 años de
prisión por haberse comprobado que participó en diversos operativos
que culminaron con la introducción en ese país de más de 400
toneladas de cocaína y otras drogas. Pero el narcotraficante es Maduro.
La desesperación de Trump por mostrar
algún éxito en la política exterior, luego de casi un año de continuos
traspiés, lo impulsó a apostar todas sus fichas en la operación venezolana. Pero este fue apenas el
primer acto de una tragedia que tendrá varios episodios más,
y es poco probable que los siguientes sean tan afortunados
para Washington como el de esta madrugada. Además, incentivará
conductas semejantes en otros actores del ya convulsionado sistema
internacional.
¿Por qué Beijing debería esperar hasta
el 2049, cuando se cumplan cien años del triunfo de la Revolución, para
completar la reunificación de Taiwán, una rebelde provincia china manipulada
por Estados Unidos para acosar a la República Popular China? Sobre todo, si sobran los
antecedentes que demuestran irrefutablemente que Taiwán siempre
formó parte de China.
Entre otros antecedentes de peso hay cuatro cartas revérsales
cursadas entre Washington y Beijing que así lo certifican.
¿Por qué debería el régimen de Tel
Aviv esperar un minuto más y no aplicar todo su formidable poderío militar para
acabar con la Autoridad Nacional Palestina en Cisjordania y construir el Gran
Israel, desde el río hasta el mar, extendiendo aún más el incendio en Medio
Oriente?
¿Por qué Azerbaiyán debería abstenerse
de culminar su campaña y apoderarse definitivamente de todo el territorio de
Armenia?
¿Por qué Rusia debería abstenerse de
acabar rápidamente la guerra descargando ahora sí todo su potencial destructivo
para devastar a Ucrania y quedarse con gran parte de su territorio?
¿Qué reglas le impedirían hacer eso,
en imitación a lo hecho por Trump?
Nada de lo hecho por el magnate
neoyorquino debe sorprendernos. Los imperios, lo hemos repetido cien
veces, exacerban su violencia en su fase de declinación. Pero pese a los himnos
triunfales que hoy suenan en la Pennsylvania Avenue de Washington,
el hecho de haber ganado una batalla no significa que se haya ganado la guerra.
El mismo entusiasmo prevalecía cuando se bombardeaba
furiosamente a Vietnam y, décadas después, a Afganistán. Y en ambos
casos Estados Unidos terminó sufriendo traumáticas y humillantes
derrotas. Si algo enseña la historia es que aventuras como la que hoy
nos preocupan suelen terminar mal para el imperio. No
hay muchos elementos para pensar que ahora el desenlace será más
sonriente para la banda de delincuentes que gobierna
Estados Unidos, aunque haya que esperar un tiempo porque la reacción
popular ante las agresiones imperiales rara vez es inmediata.
Pero una vez que se enciende es imparable.
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