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"A Europa le gusta proclamarse como líder climático, pero lo cierto es que sigue estando peligrosamente poco preparada. La mayoría de sus ciudades carecen de una infraestructura adecuada de refrigeración. Los planes de acción contra el calor son insuficientes. La población vulnerable es abandonada a su suerte mientras los gobiernos priorizan los beneficios empresariales y a los presupuestos militares por encima de la supervivencia humana. El mensaje de esta ola de calor es brutalmente sencillo: ya no estamos aproximándonos al abismo, estamos en caída libre. Cada nueva fracción de grado significa más cadáveres, más sufrimiento y más daños irreversibles al único hogar que tenemos.
"Ya pasó el tiempo de las medias tintas y las promesas ecologistas vacías (greenwashing). Necesitamos un implacable e inmediato desmantelamiento de la economía de los combustibles fósiles y poner fin a las guerras que la alimentan, así como una reorientación radical hacia una auténtica justicia, para las personas y para el planeta. El calor no está por venir. Está aquí. E incluso si desmanteláramos el sistema criminal que lo impulsa, es probable que empeore hasta hacerse insostenible. Existen estrategias que podrían brindar un alivio temporal si el mundo colabora y coopera para implementarlas. La lucha por la existencia humana ha comenzado. La pregunta es si lucharemos con la urgencia que el momento exige para priorizar nuestra humanidad común y nuestro planeta o si dejaremos que las cosas sigan como hasta ahora.
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Fuentes: Rebelión [Imagen: Mapa de la ola de calor en Europa a finales de junio (ERCC-CC BY 4.0)].
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EUROPA ARDE.
LA CRIMINALIDAD DEL CAPITALISMO FÓSIL Y LA ECONOMÍA DEL GENOCIDIO.
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Por Michael Leonardi | 04/07/2026 | Ecología social, Europa
Fuente. Revista Rebelión sábado 4 r4 julio del 2026.
Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo.
Europa está en llamas. Olas de calor
sin precedentes han azotado el continente, elevando las temperaturas por encima
de los 40 °C en numerosos países, colapsando infraestructuras, saturando
hospitales y cobrándose miles de vidas. Esto no es un desastre natural. Es la
consecuencia previsible y lucrativa de décadas de dependencia de los
combustibles fósiles y la explotación capitalista.
Según un análisis alarmante de The Economist, la ola de calor de finales de junio podría causar alrededor de 12.000 muertes adicionales en toda Europa. El estudio, que abarca 854 ciudades, muestra que el cambio climático provocado por el ser humano ha hecho que el fenómeno sea mucho más letal de lo que habría sido de otro modo. Solo Francia ya ha reportado más de 1.000 muertes adicionales, y España, Italia y Alemania también sufren un elevado número de víctimas. Los países del norte, a menudo menos preparados para el calor, se enfrentan a temperaturas muy superiores a los 30°C. Los ancianos y los pobres son quienes pagan el precio más alto. La Organización Mundial de la Salud ha confirmado más de 1.300 muertes adicionales relacionadas con el calor desde el 21 de junio.
Ola de calor en Alemania.
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Los océanos cuentan una historia aún
más sombría. En junio
de este año las temperaturas globales de la superficie del mar alcanzaron
un nuevo récord histórico, alcanzando medias de 21ºC, según el
Servicio Marino Copernicus de la UE, superando los récords
anteriores establecidos en 2023 y 2024. Los científicos advierten
que estamos entrando en un territorio desconocido, con olas de calor
marinas que se expanden e intensifican. Un fenómeno de El Niño de
gran magnitud ha echado más leña al fuego en un planeta
que ya arde, pero la causa principal es clara: décadas de
emisiones descontroladas de carbono por parte de la industria de los
combustibles fósiles.
No es una desgracia. Es un asesinato masivo con fines de lucro.
Los gigantes de la industria fósil (ExxonMobil, Shell, BP, Chevron o
la italiana ENI) saben desde hace medio siglo que sus productos
están calentando el planeta. Mintieron, presionaron, demoraron
el proceso y continuaron perforando, practicando el fracking y
expandiéndose. Solo en 2025, ENI reportó ganancias netas ajustadas
de alrededor de 5.000 millones de euros, mientras que las grandes
petroleras europeas, en conjunto, obtuvieron ganancias extraordinarias
desorbitadas. Informes de Greenpeace y otras instituciones han
denunciado repetidamente que estas empresas siguen priorizando la
extracción sobre la supervivencia, mientras tratan de lavar su
imagen con inversiones simbólicas en la «transición» energética,
que representan una fracción de su gasto en combustibles fósiles.
ENI ha estado profundamente implicada en acuerdos energéticos
vinculados a las operaciones de Israel en aguas palestinas ocupadas,
suministrando petróleo crudo que alimenta el aparato militar
que lleva a cabo lo que muchos expertos legales describen como acciones
genocidas en Gaza. El capital derivado de los combustibles
fósiles no solo calienta el planeta, sino que alimenta las
guerras y ocupaciones que aceleran el colapso ecológico.
La manifestación más obscena de este crimen se produce en
la fusión entre guerra y destrucción ecológica. Los ejércitos del
mundo, encabezados por los de Estados Unidos y sus aliados, se
encuentran entre los mayores emisores institucionales del planeta. Los genocidios
actualmente en curso en Gaza y Sudán, así como las guerras en
Ucrania, Irán y otros lugares tienen como consecuencia la emisión de
decenas de millones de toneladas de CO2 a la atmósfera, fruto de la combustión
de motores de aviones, tanques, la explosión de bombas y misiles y las
tareas posteriores de reconstrucción. Cada misil, cada dron, cada
ciudad reducida a escombros acelera el colapso climático que
provoca que estas olas de calor sean cada vez más letales. La guerra
no está separada de la crisis climática; es uno de sus
más perversos motores.
Los nuevos sacerdotes de la era
digital, los centros
de datos a hiperescala que impulsan la inteligencia artificial
(IA), están incorporando gran cantidad de calor adicional a un
planeta que ya está sobrecalentado. En 2024 estos centros consumieron
alrededor de 415 TWh [terawatios-hora] en el ámbito global, lo
que significa aproximadamente el 1,5% de la electricidad consumida en el
mundo, y se prevé que esta pueda duplicarse para 2030. En Europa
la demanda está disparada. Una sola gran instalación de entrenamiento
de IA puede consumir tanta energía como 100.000 hogares, y generar
un calor que aumente la temperatura de la superficie del suelo a
nivel local unos 2ºC, con picos de hasta 9ºC en ciertos lugares. El
auge de la inteligencia artificial no es “tecnología limpia”,
sino otro consumidor voraz de energía fósil en un sistema que no
puede dejar de crecer.
Aún más aterrador es el límite de resistencia del cuerpo humano. Los científicos definen una temperatura de bulbo húmedo de 35 °C como el umbral teórico de supervivencia: el punto en el que, incluso a la sombra y con agua ilimitada, el cuerpo humano ya no puede enfriarse mediante la transpiración. Estudios recientes demuestran que el estrés por calor mortal ya se produce a temperaturas de bulbo húmedo más bajas, especialmente en personas mayores y con enfermedades preexistentes. Durante esta ola de calor gran parte del sur de Europa se acercó o superó umbrales peligrosos, en los que la mortalidad aumenta drásticamente. No solo estamos perdiendo comodidad, sino también las condiciones ambientales básicas necesarias para la supervivencia humana.
Otra vez el calor extremo. Europa arde, porque el capitalismo fósil la está recalentando.
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Los escépticos siguen machacando con argumentos manidos: “son
ciclos naturales”, “los modelos están equivocados”, o “alarmistas como Guy
McPherson llevan años prediciendo la catástrofe”. McPherson,
el polémico ecólogo que lleva tiempo advirtiendo de la extinción
humana a corto plazo, continúa diciendo que estamos siendo testigos de
un colapso abrupto e irreversible provocado por ciclos de
retroalimentación: la liberación del metano del Ártico, el deshielo
del permafrost y el calentamiento acelerado. Si bien su
cronología exacta sigue siendo objeto de debate, la ciencia
subyacente que cita —el calentamiento descontrolado y los puntos de
inflexión— se ve cada vez más validada por observaciones generalizadas.
El historial real de los negacionistas es de constante
fracaso: cada predicción de “enfriamiento” o “estabilización” ha
sido refutada por los implacables registros de temperatura, el deshielo
y el aumento del nivel del mar. Su escepticismo no es ciencia,
sino una defensa ideológica de un modelo de negocio obsoleto.
A Europa le gusta proclamarse como líder climático, pero lo
cierto es que sigue estando peligrosamente poco preparada. La mayoría de
sus ciudades carecen de una infraestructura adecuada de refrigeración.
Los planes de acción contra el calor son insuficientes. La población
vulnerable es abandonada a su suerte mientras los gobiernos priorizan
los beneficios empresariales y a los presupuestos militares por
encima de la supervivencia humana.
El mensaje de esta ola de calor es
brutalmente sencillo:
ya no estamos aproximándonos al abismo, estamos en caída libre.
Cada nueva fracción de grado significa más cadáveres, más sufrimiento
y más daños irreversibles al único hogar que tenemos.
Ya pasó el tiempo de las medias tintas y las promesas ecologistas
vacías (greenwashing). Necesitamos un implacable e inmediato desmantelamiento
de la economía de los combustibles fósiles y poner fin a
las guerras que la alimentan, así como una reorientación radical hacia una
auténtica justicia, para las personas y para el planeta.
El calor no está por venir. Está aquí. E incluso si desmanteláramos
el sistema criminal que lo impulsa, es probable que empeore hasta hacerse
insostenible. Existen estrategias que podrían brindar un alivio
temporal si el mundo colabora y coopera para implementarlas. La
lucha por la existencia humana ha comenzado. La pregunta es si
lucharemos con la urgencia que el momento exige para priorizar nuestra
humanidad común y nuestro planeta o si dejaremos que las cosas sigan como hasta
ahora.
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