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“Lo que muestran los Archivos Epstein es la quiebra moral del capitalismo y del
imperialismo en su fase terminal. Es como si estuviéramos regresando a la
decadencia del imperio romano, en donde reinaba Calígula (por eso a Donald
Trump se le podría calificare de neo-Calígula). No es la quiebra moral de un
individuo, Jeffrey Epstein, sino de una civilización, la occidental y
cristiana, que naufraga en su propia podredumbre de mercantilización, consumo,
lujo, derroche, sevicia, violencia, tráfico sexual y sangre.
“Finalmente,
películas como Salo, los 120 días de Sodoma de Pierre Paolo
Passolini o la de Stanley Kubrick Ojos bien cerrados, han pasado de
los estudios cinematográficos, a la vida real, por obra y gracia del
capitalismo en su fase de putrefacción total. Y el mayor indicador de esa
podredumbre tiene nombre propio, como personificación individual del
capitalismo: Donald Trump, empresario inmobiliario, violador sexual, pedófilo
redomado, evasor de la justicia y en la actualidad presidente de los Estados
Unidos, con tanto poder que su vanidad y su espíritu de maldad congénita ponen
en peligro al mundo.
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Fuentes: El Colectivo (Medellín) - Rebelión / Imagen: "Parsing Bill', obra realizada por Petrina Ryan-Kleid; se hallaba en una pared de la mansión de Jeffrey Epstein, representa al expresidente de Estados Unidos Bill Clinton.
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ARCHIVOS EPSTEIN,
UNA PELÍCULA DE TERROR HECHA REALIDAD EN EL CAPITALISMO ACTUAL.
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Por Renán Vega Cantor | 14/03/2026 | EE. UU.
Fuentes. Revista Rebelión sábado 14 de marzo del 2026.
Imaginemos el guion de una terrorífica
película de ciencia ficción. Es la historia de un supermillonario sionista al
servicio de varios servicios de inteligencia de Estados poderosos (el Mossad
de Israel, la CIA de Estados Unidos, el M-16 de Gran Bretaña)
es un negociante de éxito, que tiene actividades en las finanzas, el
sector inmobiliario y acumulaba al final de su vida la suma de miles
de millones de dólares. Ese personaje es además un depredador sexual,
que tiene predilección sádica por niñas y jóvenes. Para realizar sus
orgias y bacanales cuentan con propiedades suntuosas que ha adaptado para tal
propósito: una isla privada, que está en territorio de los Estados
Unidos (en Islas Vírgenes, y el nombre no parece casual por lo de
vírgenes), varias mansiones en ciudades de Estados Unidos (Miami, Nueva
York) y de otros países (Paris), un “rancho de los horrores” en Nuevo México,
aislado y acondicionado para torturar, violar y matar mujeres jóvenes…
Para trasladarse libremente, sin las restricciones, demoras y cortapisas de
aeropuertos y vuelos comerciales, tiene su propio avión, al que denomina
Lolita Express, por aquello de la niña que protagoniza la novela
Lolita de Vladimir Nabokov. En el filme aparecen centenares de niñas y
jóvenes abusadas, asesinadas y desaparecidas, se ven desgarradoras
escenas de torturas y conversión de las mujeres en vulgares mercancías y
objetos sexuales intercambiables y desechables. Entre sombras aparecen imágenes
de cultos satánicos en las que hombres multimillonarios matan a niños y
bebes, mutilan sus cuerpos y consumen su sangre y algunos de sus órganos.
El personaje de la película no es un sicópata solitario, sino que forma parte de un engranaje global en el que sirve de intermediario de una red transnacional de tráfico sexual, negocios diversos, violencia y sadismo, academia e investigación científica y sofisticado desarrollo tecnológico. De ese engranaje forman parte presidentes y expresidentes de varios países (incluyendo a uno de Colombia), miembros de monarquías de Europa (de Gran Bretaña y Noruega), científicos expertos en biología, genética con tendencias eugenésicas y racistas, multimillonarios dueños o accionistas principales de grandes empresas tecnológicas del mundo informático y de la Inteligencia Artificial. También desfilan en la película cantantes, actores, gentes del jet set y de la farándula, que cuentan con millones de dólares en sus arcas.
Como el protagonista central de la
película forma
parte de tenebrosos servicios secretos tiene la misión, que asume con una impresionante
meticulosidad, rigor y disciplina, de registrar cualquier movimiento de los
miles de multimillonarios y hombres de éxito que participan en sus fiestas y
orgías y vuelan periódicamente en el Lolita Express. También registra
cualquier charla, por informal que fuera, con investigadores o científicos
que no participan en esas fiestas de sexo y sangre, pero reciben sus favores,
porque, además de todo, el protagonista de este filme de terror se presenta
como un filántropo que patrocina proyectos, aparentemente desinteresados, en el
campo de la genética, la biología, la IA y el transhumanismo. E impulsa
esos conocimientos porque el protagonista tiene una manía esquizofrénica
de alcanzar la eternidad. Como resultado de su culto a la información sobre
sus tropelías y, sobre todo, la de “sus invitados”, archiva millones de
correos electrónicos, miles de llamadas telefónicas, toma miles de
fotografías y graba cientos de horas de videos, en los que aparecen escenas
horripilantes de vejación y degradación de la condición humana de mujeres
jóvenes.
El protagonista quiere que, por su
potencia sexual
y por la inteligencia que dice poseer, se conserven su pene y su cabeza
para la eternidad, como una contribución personal a su visión de un mundo
de supermillonarios egoístas y brutales que creen una realidad distópica
en donde exista solamente ellos, junto con unos pocos miles de esclavos
que sean sometidos por engranajes de tipo tecnológico. El personaje cree
que es de una raza superior y por eso pretende inocular con su semen a muchas
mujeres para que estas queden embarazadas y traigan hijos superdotados al
mundo.
El personaje se mueve en un mundo de supermillonarios y
poderosos que son racistas, machistas, depredadores sexuales, que
desprecian a los pobres y humildes. Ellos no tienen límites morales
que les impidan bestializar a mujeres jóvenes con tal ejercer su poder y
conseguir con ello todo tipo de placer corporal. Las mujeres pobres son
simples objetos de placer, a las que puede violarse, torturarse y matarse
si es necesario.
Todos estos vicios paganos no se realizan de forma completamente
secreta, sino más bien reservada, porque periodistas, autoridades, senadores
y presidentes saben de su existencia, pero como son protagonistas de los
crímenes del pedófilo visible, guardan un silencio absoluto y
aparecen en el escenario público como honestos hombres de la política y
el espectáculo que cuentan con un amigo especial, al que idolatran por
su audacia y capacidad de agenciar emprendimientos de fiesta, diversión
y jolgorio en privado. En público presumen de su honestidad y transparencia,
en privado ponen en funcionamiento todas sus perversiones y capacidad de
hacer daño, sin ningún tipo de piedad ni arrepentimiento.
Todo es posible en estos “islotes de
fantasía” porque
quienes dictan e imponen el derecho son los poderosos, los mismos que
participan en los crímenes y violaciones. Por eso, nada ni nadie los
puede tocar, gozan de inmunidad e impunidad absolutas. E incluso, esos
mismos superpoderosos son los que le dictan las normas y formas
adecuadas y obedientes de comportamiento a los súbditos de sus propios
países y a los del mundo entero.
Al final de la película, cuando es evidente que ya no pueden
ocultarse por más tiempo estos paraísos del crimen, del sadismo y la
sevicia, el protagonista de la película es juzgado y condenado. Termina
en la cárcel, pero allí dura poco tiempo, porque sabe demasiado para
vivir mucho tiempo. Un día aparece muerto y los medios de desinformación
dicen que se ha suicidado, aunque la película muestra en directo que lo
han matado.
Allí parece terminar todo, pero al final la película, anuncia
una segunda parte en la que se dan a conocer los archivos secretos del pedófilo
sionista. Y anticipa que son millones de documentos y se dice que su
revelación hará temblar a los poderosos de la red internacional de sexo,
negocios, academia y poder científico, porque en esos archivos están
registradas todas sus acciones criminales.
Esto que se acaba de contar, por desgracia no es una película. Es
la vida real. El personaje se llamaba Jeffrey Epstein, las escenas
escabrosas transcurren en los Estados Unidos y los personajes famosos que
aparecen son Bill Clinton, Donald Trump, Bill Gates, el príncipe Andrés,
Michael Jackson, Andrés Pastrana y miles de nombres más, de famosos, que
forman parte de ese entramado criminal del capitalismo realmente existente.
Lo que muestran los Archivos
Epstein es la quiebra moral del capitalismo y del imperialismo en su
fase terminal. Es como si estuviéramos regresando a la decadencia del
imperio romano, en donde reinaba Calígula (por eso a Donald Trump
se le podría calificare de neo-Calígula).
No es la quiebra moral de un individuo, Jeffrey Epstein,
sino de una civilización, la occidental y cristiana, que naufraga en su
propia podredumbre de mercantilización, consumo, lujo, derroche, sevicia,
violencia, tráfico sexual y sangre.
Finalmente, películas como Salo,
los 120 días de Sodoma de Pierre Paolo Passolini o la de Stanley Kubrick Ojos
bien cerrados, han pasado de los estudios cinematográficos,
a la vida real, por obra y gracia del capitalismo en su fase de
putrefacción total. Y el mayor indicador de esa podredumbre tiene nombre
propio, como personificación individual del capitalismo: Donald Trump,
empresario inmobiliario, violador sexual, pedófilo redomado, evasor de la justicia
y en la actualidad presidente de los Estados Unidos, con tanto poder que su
vanidad y su espíritu de maldad congénita ponen en peligro al mundo.
Publicado en papel en El Colectivo
(Medellín), No. 115, marzo de 2026.
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