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“¿Se ha proclamado el estado de emergencia continental y
transatlántica? Parece
casi indudable. El senador demócrata Mark Warner, vicepresidente del Comité de
Inteligencia del Senado,
alerta de que la lógica empleada por Trump puede ser replicada por
otras potencias. Si EE. UU. justifica la captura de Maduro por
acusaciones penales, China podría invocar argumentos similares contra Taiwán
y Rusia contra Ucrania. El peligro —aclara Hirsh— es “el alumbramiento de un nuevo incentivo para
que regímenes autoritarios actúen sin preocuparse por la legitimidad
internacional”.
“Lectura que comparte The
Economist, donde se enfatiza en el cambio acelerado del orden mundial: “Trump
no se limita a eliminar a un dirigente hostil, sino que declara que EE. UU.
dirigirá Venezuela y gestionará su petróleo, lo que evoca el argumentario de la
invasión de Iraq y augura la normalización del control directo de recursos
estratégicos”, objetivo “incompatible con el compromiso liberal que Washington
decía defender”.
“Hirsh destaca que el despertar de la
Doctrina Monroe del
sueño de los injustos no es otro guiño a la doctrina MAGA ideada
desde la Heritage Foundation y su odio geopolítico a la herencia
de Hugo Chávez, sino la primera pica de una estrategia que señala a
México, Colombia y Cuba en la órbita americana y a Groenlandia,
territorio autónomo bajo soberanía danesa, y que amenaza al club
comunitario, sus aliados del otro lado del Atlántico. “Es la puesta
en liza de una política exterior coercitiva, pese a que tenga costes
geoestratégicos demasiado elevados frente a unos dudosos beneficios económicos
y empresariales”, explica. Como lo desvelan los constantes virajes de su
justificación –desde acusaciones de tráfico de drogas a flujos de inmigración,
petróleo o intereses geopolíticos, señala Hirsh— o la certificación de que “el
poder militar sustituye a toda búsqueda de consensos”, como aclara el seminario
británico.
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Fuentes: El diario [Imagen: Delcy Rodríguez, la nueva presidenta de Venezuela, y el dirigente chino Zheng Shanjie, en una imagen de archivo Europa Press]
*****
LAS CLAVES ECONÓMICAS DEL ATAQUE DE EE. UU. A VENEZUELA.
China, el petróleo y el precio del golpe al derecho internacional.
*****
Por Ignacio J. Domingo | 07/01/2026 | Economía.
Fuente. Revista Rebelión miércoles 7 de enero del 2026-.
La agresión militar de EE. UU. está
marcada por varios intereses internacionales, especialmente por el petróleo,
pero también por la ascendencia de China en la región
Los daños colaterales de la
intervención militar americana contra Nicolás Maduro no solo atentan contra el principio
de no injerencia internacional, sino que implican a China, Rusia y Europa
–entre otras latitudes– en una reconstrucción fulgurante con implicaciones económicas,
energéticas y de seguridad en el orden mundial.
Es la radiografía casi unánime de los
observadores diplomáticos del panorama mundial. El rasgo común que preside sus
análisis incide en varios hechos relevantes, aunque por encima de todos ellos Michael
Hirsh, columnista en Foreign Policy, para quien la decisión de Trump
“tritura lo poco que quedaba del respeto a las normas internacionales” y
lesiona “la capacidad futura de EE. UU. para invocar el derecho internacional
frente a agresiones exteriores”.
En este contexto, ¿cómo se está
remodelando el nuevo escenario mundial? Y sobre todo, ¿qué ha supuesto la intervención
estadounidense en Venezuela? Estos cinco interrogantes tratan de aportar
un halo de luz en medio de las oscuras bambalinas geoestratégicas de la
doctrina MAGA.
1/.
¿Qué papel juega China y cómo interpreta Pekín esta nueva afrenta de la Casa
Blanca?
Con un cóctel de prudencia financiera,
amortiguadores geopolíticos y contención dialéctica “diseñada para ganar tiempo y
limitar daños sin escalar el conflicto con Washington”, aduce Michal
Meidan, directora del China Energy Programme del Oxford Institute for
Energy Studies. En el frente energético, la pérdida potencial
del crudo venezolano –del que China llegó a ser el principal comprador—
“es relevante pero manejable”. Aunque Venezuela solo vendió
alrededor del 4% de los pedidos de crudo del gigante asiático y
de que el oro negro de Petróleos de Venezuela SA (PDVSA), la estatal
venezolana, tenga un alto contenido de azufre por su escasa capacidad
de extracción y refino, resulta clave para la construcción de
infraestructuras chinas.
Meidan aclara que “la pérdida de barriles
venezolanos golpea sobre todo a refinerías llamadas independientes” —las
conocidas como teapots— que dependen de ese petróleo
barato y difícil de sustituir. Sin embargo, otro colchón estratégico
amortigua este impacto —afirma— ya que cerca de 82 millones de barriles
de crudo están almacenados en buques frente a China y Malasia —casi en su
totalidad, bajo sanciones y una parte significativa de origen venezolano—
lo que “permitirá a Pekín cubrir sus necesidades a corto plazo”.
En paralelo, y mientras arremete
oficialmente contra la intervención militar de EE. UU. en uno de sus más sólidos aliados en
América Latina, donde ha dirigido sus tentáculos inversores casi con la
misma intensidad en África, Pekín se siente fortalecido sobre sus
reivindicaciones soberanas sobre Taiwán. “Venezuela sirve como caso de
estudio”, asumen fuentes diplomáticas chinas. Del mismo
modo que en el área económica, el equipo del superministro de
Finanzas chino Loan Fo’an dispone de un colchón fiscal de 850.000
millones de dólares extensibles según el reciente Decimoquinto Plan Quinquenal 2026-2030 para fortalecer el vigor
económico y abordar desafíos geopolíticos. Y alerta sobre un largo
escenario de conflicto en su socio caribeño.
Así, su banco central ha trasladado a
sus entidades financieras que dejen de percibir a Venezuela como centro neurálgico de sus
préstamos en América Latina, se aíslen de posibles contagios de activos tóxicos
y reputacionales y esperen a que la ocupación estadounidense genere
fricciones, costes o algún cambio de escenario que vuelvan a abrir
espacio para sus intereses.
2.
¿Quién ganará con el petróleo venezolano?
El control efectivo del sector
energético venezolano
por parte de EEUU promete ser largo
y tortuoso y, sobre todo, caro.
Aunque Venezuela alberga las mayores reservas probadas de crudo del mundo,
de hasta 303.000 millones de barriles, según la OPEP+, está lejos de llegar
a su potencial geológico y productivo de manera sostenible tras
décadas de expropiaciones y de pésima gestión institucional, su
infraestructura petrolera se encuentra próxima al colapso, alerta la
consultora Kpler, desde donde calculan que,
“incluso bajo una
transición política fluida con un levantamiento de las sanciones por parte de
Washington —dos supuestos inciertos— la cuota que Venezuela sería capaz de
poner en el mercado a finales de 2026 apenas llegaría a los 1,2 millones de
barriles diarios. ” Aún muy por debajo de su potencial, pero muy por encima de
los 800.000 actuales “.
Desde una perspectiva
financiera, Bloomberg pone cifras al desafío. Francisco
Monaldi, director de política energética latinoamericana en el Baker
Institute, estima que
“restaurar la capacidad
perdida requerirá inversiones de unos 100.000 millones de dólares en una
década”, magnitud comparable a una parte sustancial del gasto anual de
las supermajors americanas –ExxonMobil, Chevron y
ConocoPhillips que, junto a Shell, BP y Total Energies componen las Big Six
petrolíferas del mundo— siempre y cuando “los riesgos geopolíticos y legales
puedan ser asumibles”.
Precisamente las tres petroleras
estadounidenses —preferentemente Chevron, dice el consenso del mercado, que lo
achaca a su mayor presencia histórica en Venezuela— son las principales aspirantes por
hacerse con las riendas de PDVSA. Aunque antes tendrán que recuperar
sus cadenas de valor, proyectar extracciones a escala, desembolsar algún
centenar de millones de dólares a largo plazo en tecnología y acceder a
préstamos de bancos y aseguradoras que, de momento, muestran un
tibio interés y una ambigua cautela porque exigirán garantías y avales
ante supuestos de indemnizaciones por activos expropiados o posibles
litigios o saqueos.
3.
¿Tendrá este shock geopolítico repercusiones económicas globales?
Como en todo 2025, los mercados han
mostrado resiliencia. Wall Street (tanto el S&P 500 como el Nasdaq) ha registrado avances ligeros
impulsados por sectores sensibles al riesgo y a los activos
tecnológicos y de defensa que coinciden con las alzas de valores refugio
como el oro y la plata. Pero JP Morgan advierte de que los mercados
podrían estar subestimando las amenazas geopolíticas de un
giro diplomático de la Casa Blanca con estándares de intervención por
otras latitudes de su patio trasero, y Goldman Sachs
recomienda a sus clientes prudencia ante episodios de volatilidad
estructural prolongada, incluso
“en ausencia de una
crisis financiera sistémica”. No se trata tanto de pánico, sino de una
recomposición de peligros “más estructurales de lo perceptible a primera vista
en Venezuela”.
En S&P suman a esta ecuación
primas de riesgo
adicionales por nuevas recetas proteccionistas del plano comercial,
riesgos de desaceleración global y repuntes inflacionistas si el oro
negro se dispara, que no parece que vaya a ser el caso
admisible a corto o medio plazo, más bien al contrario.
“La combinación de una
geopolítica más agresiva con más barreras al comercio podría restringir el
crédito a empresas y hogares”, auguran sus expertos. Algo que en Moody’s
expresan de manera elocuente: las acciones unilaterales que erosionan normas
internacionales tienden a ensanchar los diferenciales de crédito en países y
empresas expuestos a arbitrariedad política “.
Y, en el caso
venezolano,” puede forzar un patrón de comportamiento que engorde las deudas
soberanas, revise los peligros legales y aumente los costes de capital en
economías percibidas como vulnerables geopolíticamente “, dentro de un efecto
lento, pero persistente.
4.
¿Cuál es el estado de salud de derecho internacional?
Arturo Bris, director del IMD World
Competitiveness del Center Douglas Geertz donde ejerce de profesor de Asunto
Geopolíticos y de Negocios, ahonda aún más en esta tesis, pero precisa que
“el derecho
internacional no murió [el pasado sábado], sino en 2003, durante la invasión a
Iraq sin mandato de Naciones Unidas. Origen —constata— de las más recientes
invasiones, anexiones, ocupaciones, genocidios y de una” abierta muestra de
desprecio generalizado a las resoluciones de la ONU “. Desde Georgia hasta
Ucrania, pasando por Gaza o Myanmar o las amenazas
ya nada veladas contra Panamá o Groenlandia por parte del actual inquilino
de la Casa Blanca. Este clima favorable al uso de la fuerza” se ha convertido
en una acción de normalización” de las relaciones diplomáticas.
Bris matiza esta tesis con otro
argumento demoledor:
“Vivimos en un mundo
bipolar, pero no entre Oriente y Occidente, sino entre países que aún creen
en las
reglas de juego internacionales y
los que pretenden regir el orden global bajo coacciones y poderío militar”. A
su juicio, “cuando las normas globales se vuelven opcionales, la justicia se
debilita, las fronteras pierden sentido, las instituciones su autoridad y,
dentro de las sociedades, la opinión pública empieza a creer que el poder, y no
las reglas, determina los resultados”.
Para Bris, “estamos más
cerca de 1914 [preludio de la Primera Guerra Mundial] de lo que algún dirigente
está dispuesto a admitir”.
En Política Exterior hablan
de Venezuela como “protectorado
de Washington” después de que Trump traspasase con su orden de intervención
los ya “frágiles límites del tablero de ajedrez que surgió en 1948”, de que
haya desmontado los controles constitucionales sobre la Casa Blanca y de
haber implantado una legitimación, de facto, de futuras
agresiones de otras superpotencias.
El retorno de la Doctrina Monroe que
lleva el apellido del presidente americano en 1823, cuando se asumió como acción
exterior el dominio del hemisferio sur americano, conocido como patio
trasero de EE. UU., es ya un signo de realpolitk.
La Monroe fue una amenaza de Washington
a las naciones europeas de que no toleraría más colonizaciones en
Latinoamérica. Ahora —avisan en Política Exterior— “la gunboat
diplomacy que aplicó Theodore Roosevelt en los años cincuenta ha
regresado”.
No es casual —aseguran— que la
injerencia de la Delta Force de EE. UU. en territorio
venezolano se
produjera horas más tarde de la visita a Caracas de Qiu Xiaoqi,
responsable para América Latina del Gobierno chino, ni que un ciberataque
dejara sin electricidad al país, facilitando el ingreso de más de un centenar
de aeronaves y drones sin ser detectados. Sin embargo, con esta
actuación, Washington ha puesto en juego su credibilidad global,
“al hacerse responsable del desenlace de la crisis en Venezuela”. En términos de estabilidad, guerra civil o aparición de nuevos autócratas. Como reconocen varios think-tanks estadounidenses, “el éxito operativo inicial contrasta con la complejidad estratégica que se avecina”.
5.
¿Se ha proclamado el estado de emergencia continental y transatlántica?
Parece casi indudable. El senador
demócrata Mark Warner, vicepresidente del Comité de Inteligencia del Senado, alerta de que la lógica empleada
por Trump puede ser replicada por otras potencias. Si EE.
UU. justifica la captura de Maduro por acusaciones penales, China podría
invocar argumentos similares contra Taiwán y Rusia contra Ucrania. El
peligro —aclara Hirsh— es
“el alumbramiento de un
nuevo incentivo para que regímenes autoritarios actúen sin preocuparse por la
legitimidad internacional”.
Lectura que comparte The
Economist, donde se enfatiza en el cambio acelerado del orden mundial:
“Trump no se limita a
eliminar a un dirigente hostil, sino que declara que EE. UU. dirigirá Venezuela
y gestionará su petróleo, lo que evoca el argumentario de la invasión de Iraq y
augura la normalización del control directo de recursos estratégicos”, objetivo
“incompatible con el compromiso liberal que Washington decía defender”.
Hirsh destaca que el despertar de la
Doctrina Monroe del
sueño de los injustos no es otro guiño a la doctrina MAGA ideada
desde la Heritage Foundation y su odio geopolítico a la herencia
de Hugo Chávez, sino la primera pica de una estrategia que señala a
México, Colombia y Cuba en la órbita americana y a Groenlandia,
territorio autónomo bajo soberanía danesa, y que amenaza al club
comunitario, sus aliados del otro lado del Atlántico.
“Es la puesta en liza
de una política exterior coercitiva, pese a que tenga costes geoestratégicos
demasiado elevados frente a unos dudosos beneficios económicos y
empresariales”, explica. Como lo desvelan los constantes virajes de su
justificación –desde acusaciones de tráfico de drogas a flujos de inmigración,
petróleo o intereses geopolíticos, señala Hirsh— o la certificación de que “el
poder militar sustituye a toda búsqueda de consensos”, como aclara el seminario
británico.
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