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“El modelo económico de China, impulsado por sus élites estatales, descansa
sobre altas tasas de inversión en manufactura avanzada combinadas con un
consumo doméstico relativamente deprimido. Al no absorber toda la
producción internamente, el excedente industrial se proyecta hacia
los mercados globales en forma de exportaciones competitivas de vehículos
eléctricos, baterías y paneles solares. Las élites políticas
occidentales, temerosas de una segunda «ola de desindustrialización»
que arrase con sus industrias autóctonas y desestabilice sus sistemas
electorales, han respondido con la imposición de aranceles masivos y
cuotas proteccionistas. Esta dinámica amenaza con desmantelar
definitivamente el armazón institucional de la OMC, sumiendo al comercio
internacional en un régimen de represalias mutuas, reminiscente del de
la década de 1930. El análisis de la competencia entre China y
Estados Unidos a través de la confluencia de la geopolítica, la
macroeconomía y la sociología de las élites revela un panorama sombrío,
pero sumamente clarificador. La globalización, lejos de ser un
proceso natural irreversible, fue un proyecto político-económico
contingente, diseñado y sostenido por coaliciones de élites específicas
que hoy han retirado su respaldo.
“El sistema de economía-mundo analizado por Wallerstein está
experimentando una transición estructural donde la eficiencia económica
pura ha sido desplazada por el imperativo de la supervivencia y la autonomía
política. La advertencia de Richard Lachmann adquiere una
relevancia profética. Las élites de las grandes potencias, concentradas
en la preservación de su control interno y en la neutralización de sus
rivales directos, están desgarrando los bienes públicos globales —la estabilidad
financiera, la cooperación climática, la gobernanza tecnológica
común y la prevención de conflictos a gran escala— que garantizan
la viabilidad del propio orden internacional. No nos dirigimos hacia un colapso
automático del sistema, sino hacia una era de multipolaridad armada y
fragmentada, caracterizada por lo que los analistas denominan «paz
armada disuasoria». En este entorno, la estabilidad global dependerá de
la capacidad de las élites de poder en Washington y Pekín para
establecer mecanismos mínimos de gestión de crisis. Sin embargo, en la
medida en que las dinámicas políticas internas de ambas superpotencias
sigan premiando el nacionalismo defensivo y penalizando el compromiso
diplomático, los «pasajeros de primera clase» continuarán disputándose
el timón de un orden global que amenaza con fracturarse bajo sus pies.
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LA GRAN DIVISIÓN DEL SIGLO XXI:
la estructura de las élites y el
colapso de la interdependencia china-estadounidense.
*****
Por Alejandro
Marcó del Pont | 01/06/2026 | Economía.
Fuente.
Revista rebelión lunes 1 de junio del 2026.
Fuentes: El tábano economista
[Imagen: El naufragio, William Turner, 1805]
*****
Los pasajeros de primera clase están
saqueando el barco mientras se hunde (El Tábano Economista)
El orden internacional contemporáneo atraviesa una fase de
reconfiguración estructural que desafía las lecturas lineales de la transición
hegemónica. No asistimos simplemente a un choque clásico entre una
potencia establecida y una emergente, concebido bajo el prisma
tradicional del neorrealismo. Lo que define la presente coyuntura es la
desarticulación deliberada de la simbiosis económica más profunda de la
historia moderna impulsada por transformaciones de fondo en la composición, los
intereses y la percepción de riesgo de las élites de poder dentro de
los Estados Unidos y la República Popular China.
Para comprender la velocidad y la
naturaleza de este
rompimiento, la ciencia política clásica resulta insuficiente. Es
imperativo cruzar la geopolítica de las grandes potencias con la macroeconomía
global y, fundamentalmente, con una sociología crítica de las élites.
Como argumentó Richard Lachmann en su obra póstuma “Pasajeros
de primera clase en un barco que se hunde (2020)”, la parálisis estratégica y el
declive de las potencias imperiales a menudo no provienen de amenazas externas
insolubles, sino de la incapacidad de sus élites fragmentadas para
sacrificar privilegios de corto plazo en pos de la preservación del sistema en
su conjunto.
Es decir, expone que el declive imperial ocurre cuando las élites se vuelven tan corporativas y autorreferenciales que priorizan defender sus privilegios e ingresos sectoriales específicos antes que invertir en la preservación del sistema que las sostiene. En el caso de EE. UU., la élite de poder estadounidense (el complejo de seguridad nacional, Wall Street y el capital tecnológico de defensa) prefiere balcanizar la economía global para mantener su primacía antes que permitir una gobernanza multipolar compartida.
En el contexto estadounidense, la «élite
de poder»
descrita originalmente por C. Wright Mills —esa amalgama entrelazada
de mandos militares, líderes políticos y magnates corporativos— ha visto
fracturado su consenso de la era de la globalización. El ala
financiera de Wall Street y el bloque tecnológico de Silicon Valley,
que durante décadas operaron como los arquitectos de la interdependencia
con Pekín, hoy se ven subordinados a un nuevo consenso bipartidista
en Washington dominado por el aparato de seguridad nacional.
Si disfrutáramos de una mirada de Arrighi y
Wallerstein, habría una bifurcación sistémica, es decir, la economía-mundo
capitalista estaría agotando la fase de expansión financiera de la hegemonía
estadounidense. Siguiendo a Arrighi (Caos
y gobernabilidad en el sistema-mundo), cuando la potencia hegemónica recurre a la
militarización de las finanzas (sanciones, exclusión del SWIFT), acelera
la creación de estructuras alternativas por parte de las élites no
occidentales, precipitando la fragmentación del mercado mundial unificado.
Por el contrario, en Pekín, el
Politburó del Partido Comunista de China (PCCh) ha consolidado un modelo de primacía
de la seguridad estatal sobre la maximización del crecimiento económico abstracto.
Bajo la premisa de la «seguridad total», las élites estatales y las
empresas públicas (SOE, por sus siglas en inglés) han disciplinado a
los barones tecnológicos del sector privado, reorientando el capital nacional
desde el arbitraje financiero y las plataformas de consumo digital hacia la
manufactura avanzada, la soberanía de la cadena de suministro y lo que Giovanni
Arrighi identificó como la transición hacia un modelo de desarrollo no
desposeedor.
Este primer artículo examinará cómo la colisión entre
estas dos arquitecturas de élite está fragmentando la economía
internacional. A través de la lógica del de-risking (reducción
de riesgos), el nacionalismo tecnológico, la militarización de las finanzas
y la disputa por los cuellos de botella de la infraestructura global, las
dinámicas internas de las élites están arrastrando al sistema de economía-mundo
—en el sentido acuñado por Immanuel Wallerstein— hacia una multipolaridad
fragmentada e intrínsecamente inestable.
La arquitectura global de las últimas
cuatro décadas se
cimentó sobre un pacto implícito entre las élites occidentales y el
funcionariado reformista de Pekín tras la apertura económica iniciada por Deng
Xiaoping. Como analizó Giovanni Arrighi en Adam
Smith en Pekín (2007) este proceso no supuso una
mera capitulación de China ante el capitalismo neoliberal, sino una
convergencia de conveniencias. Para la élite corporativa y financiera de los
Estados Unidos, la incorporación de China a la Organización Mundial del
Comercio (OMC) en 2001 representó una bonanza sin precedentes. Una
masiva deflación de los costes laborales, la optimización de los retornos de
capital mediante la deslocalización (offshoring) y el acceso a un mercado
doméstico en expansión exponencial. Wall Street actuó como el
principal valedor de Pekín en Washington, asegurando que las tensiones
políticas sobre Taiwán quedaran subordinadas al flujo libre de
mercancías y capitales.
Por su parte, la élite del Partido
Comunista de China (PCCh)
utilizó este flujo masivo de inversión extranjera directa para
industrializar el país, absorber transferencias tecnológicas y sacar a centenares
de millones de personas de la pobreza, legitimando su monopolio del
poder político a través de un desempeño económico sin parangón. Durante
este periodo, las reservas de divisas chinas se reciclaron masivamente en
la compra de bonos del Tesoro de los EE. UU., creando un ciclo
macroeconómico cerrado: China producía, Estados Unidos consumía a
crédito, mientras Pekín financiaba la deuda estadounidense.
La llegada de Xi Jinping al poder en
2012 marcó un punto de inflexión decisivo en la autopercepción de la élite
china. La crisis
financiera global de 2008 ya había sido interpretada en Pekín
como el síntoma inequívoco del declive terminal de la hegemonía financiera
occidental, una lectura alineada con las tesis de Ray Dalio sobre el
ciclo de grandes deudas
y el cambio de orden mundial. La élite china determinó que la dependencia del
consumo estadounidense
y de las tecnologías occidentales clave (como los semiconductores y el software
de infraestructura) exponía al país a un estrangulamiento estratégico.
En consecuencia, se lanzaron iniciativas estructurales como el Made
in China 2025 y, posteriormente, la estrategia de «Doble
Circulación» o Xiconomics,
diseñada para blindar el mercado interno y lograr la autosuficiencia
tecnológica, al tiempo que se proyectaba el poder infraestructural a
través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI).
El consenso de las élites que sostenía el orden globalizado
se quebró. En Washington, el giro hacia la confrontación que comenzó
bajo la administración Trump no fue una aberración transitoria, sino la
manifestación de un cambio tectónico en la elite de poder. Como reportó
un análisis exhaustivo de Foreign
Affairs en 2024, el establishment demócrata y el
republicano convergieron en una doctrina común, el compromiso económico con China
no había transformado su sistema político hacia el liberalismo; al
contrario, había financiado el surgimiento de un competidor comunista de
alta tecnología capaz de disputar la hegemonía estadounidense en el Indo-Pacífico
y el control de los estándares globales.
En el escenario contemporáneo
(2024-2026), la
competencia estratégica ya no se dirime primordialmente en el terreno
del libre comercio, sino en el control de las tecnologías de uso dual
(civil y militar) y la resiliencia de las cadenas de valor. La economía
internacional se ha convertido en un vector de la geopolítica, un fenómeno
que el Peterson Institute for International Economics (PIIE) ha catalogado como
la era de la «seguridad económica omnipresente».
El campo de batalla central de esta disputa es el ecosistema
de los semiconductores avanzados, la inteligencia artificial (IA) y
la computación cuántica. Las restricciones a la exportación
impuestas por la Oficina de Industria y Seguridad (BIS) del Departamento de
Comercio de EE. UU., iniciadas de forma sistémica en octubre de 2022
y endurecidas sucesivamente de manera drástica, representan un intento
explícito de estrangulamiento tecnológico. La doctrina del «patio
pequeño y valla alta» (small yard, high fence), formulada por el
asesor de seguridad nacional Jake Sullivan, busca asfixiar la capacidad
de China para desarrollar chips de vanguardia por debajo de los 14
nanómetros, limitando su acceso a los sistemas de litografía
ultravioleta extrema (EUV) producidos por la firma holandesa ASML y
a las unidades de procesamiento gráfico (GPU) de empresas estadounidenses.
Un informe del Center
for Strategic and International Studies (CSIS) detalla cómo esta política ha
obligado a una reestructuración forzosa de las cadenas globales. La
respuesta de Pekín no ha sido la capitulación, sino una movilización masiva
de recursos estatales a través de los «Grandes Fondos» de circuitos
integrados, forzando a las élites corporativas locales a sustituir todos los
componentes extranjeros. Firmas como Huawei y Semiconductor
Manufacturing International Corporation (SMIC) han logrado avances
significativos en la producción de chips a base de arquitecturas alternativas
y procesos de litografía madura optimizados, lo que demuestra los
límites de las sanciones unilaterales frente a un Estado con una base de
ingenieros de escala continental.
Paralelamente, la disputa se ha
trasladado al sector
de la transición energética, donde China ostenta un cuasi-monopolio
de facto. Según datos de la Agencia
Internacional de la Energía (AIE) analizados
por el Financial Times, Pekín controla más del 70% de la
capacidad de refinamiento de minerales críticos como el litio, el cobalto
y las tierras raras, y produce más del 80% de los módulos
solares y baterías para vehículos eléctricos a nivel mundial. La élite
automotriz y tecnológica europea y estadounidense se encuentra atrapada
en una contradicción insoluble. Cumplir con las metas de descarbonización
exige la integración de la tecnología china, pero la directriz
geopolítica ordena la reducción de riesgos —de-risking—.
Esta paradoja económica genera una intensa fricción en el
ámbito geofinanciero. La exclusión de Rusia del sistema SWIFT tras la
invasión de Ucrania aceleró un proceso que se ha descrito como la diversificación
del riesgo sistémico del dólar. La élite financiera china, en
coordinación con sus homólogos del bloque BRICS+, ha expandido el uso
del CIPS (Sistema de Pago Interbancario de China) y la internacionalización
del yuan a través de contratos de materias primas denominados en la moneda
china (el «petroyuan»).
Hoy en día, el nexo del poder se ubica en el
aparato burocrático de seguridad nacional (Pentágono, agencias de
inteligencia, Consejo de Seguridad Nacional) en estrecha alianza con
facciones del Congreso. Esta coalición ha redefinido el interés nacional en
términos de primacía militar y tecnológica. Silicon Valley, que
inicialmente mantenía una postura ambivalente y globalista, se ha
alineado progresivamente con Washington a medida que la computación de
frontera y la IA se han convertido en prioridades de defensa. El auge de
fondos de capital riesgo enfocados en «tecnología de defensa» (defense
tech) y el protagonismo de figuras que conectan el desarrollo
tecnológico con la seguridad estatal demuestran esta fusión.
China define su Plan de 5 años, con un Nuevo Pleno 2026 del Partido Comunista de la Republica Popular China.
*****
En la República Popular China, la estructura de élite está estrictamente
jerarquizada bajo el control de la dirección central del PCCh. El giro
político de la última década ha consolidado el poder de los tecnócratas
de la seguridad por encima de los cuadros puramente orientados al crecimiento
del PIB que dominaron las eras de Jiang Zemin y Hu Jintao.
Esta mutación interna se manifestó con claridad en la campaña de regulación
y disciplina de los grandes barones del sector tecnológico privado
(Alibaba, Tencent, Ant Group, Didi) que comenzó en 2020. La dirección del Partido
consideró que la acumulación descontrolada de capital, el control
monopolístico de datos sociales por parte de entidades privadas y
las veleidades financieras de sus fundadores amenazaban la estabilidad
del régimen y desviaban recursos de los sectores verdaderamente estratégicos. El
PCCh impuso multas billonarias, forzó reestructuraciones corporativas
e integró comités del Partido directamente en la gobernanza de
estas empresas.
La élite económica legítima en la
China actual es
aquella alineada con los objetivos del Estado. Las empresas de propiedad
estatal (SOE) que controlan la infraestructura pesada, la energía
y la banca, junto con una nueva generación de empresarios privados dedicados a
las «tecnologías de cuello de botella» (hard tech): semiconductores,
robótica industrial, biotecnología avanzada y nuevos materiales. La
riqueza personal ya no garantiza la impunidad ni la influencia política;
el capital debe subordinarse al imperativo histórico de la resiliencia
nacional frente a lo que Pekín percibe como un cerco estratégico
integral por parte de Occidente.
La colisión entre estas estructuras de élite proyecta riesgos
sistémicos sobre la estabilidad
geopolítica y macroeconómica global, manifestándose con especial
gravedad en tres áreas críticas.
La imposición de barreras tecnológicas está creando una bifurcación de la arquitectura
digital global, un fenómeno conocido como el «esplinternet». Países de
América Latina, África y el Sudeste Asiático se ven sometidos a una presión
diplomática y económica creciente para elegir entre la infraestructura
tecnológica estadounidense (basada en el software occidental, nubes de
datos hiperescalables — como la capacidad de un sistema tecnológico o
arquitectura en la nube para crecer de manera masiva y ágil en respuesta a
aumentos repentinos de demanda—, así como redes aliadas) o la infraestructura
china (redes 5G/6G de Huawei, sistemas de vigilancia urbana,
nubes estatales y cables submarinos financiados por Pekín).
Esta fragmentación no solo duplica de forma ineficiente los costes de
capital para las economías en desarrollo, sino que reduce la interoperabilidad
global, ralentizando el ritmo de la innovación científica compartida
y creando ecosistemas de información cerrados que exacerban la polarización
geopolítica.
La concentración geográfica de las cadenas de suministro
críticas significa que cualquier alteración en los «puntos de
estrangulamiento» (chokepoints) puede desencadenar ondas de choque
inflacionarias y parálisis industriales a nivel planetario, como el que ha dado
lugar a la
“guerra de los corredores”. El Estrecho de Taiwán, por
donde transita un porcentaje altísimo de la flota de contenedores del mundo
y prácticamente la totalidad de los chips de lógica avanzada producidos
por Taiwan Semiconductor Manufacturing Company (TSMC), constituye
el epicentro del riesgo geopolítico.
Un informe de la RAND Corporation advierte que incluso un bloqueo
de baja intensidad o una cuarentena aduanera impuesta por Pekín
sobre la isla costaría billones de dólares a la economía mundial en
cuestión de semanas. Asimismo, la proyección del poder naval chino en el Mar
de la China Meridional y el Estrecho de Malaca colisiona
directamente con la doctrina de libertad de navegación defendida
por el Comando del Indo-Pacífico de EE. UU., manteniendo la región en un
estado de alerta militar permanente.
El modelo económico de China, impulsado por sus élites
estatales, descansa sobre altas tasas de inversión en manufactura
avanzada combinadas con un consumo doméstico relativamente deprimido. Al
no absorber toda la producción internamente, el excedente industrial
se proyecta hacia los mercados globales en forma de exportaciones competitivas
de vehículos eléctricos, baterías y paneles solares. Las élites
políticas occidentales, temerosas de una segunda «ola de
desindustrialización» que arrase con sus industrias autóctonas y
desestabilice sus sistemas electorales, han respondido con la imposición
de aranceles masivos y cuotas proteccionistas. Esta dinámica amenaza con
desmantelar definitivamente el armazón institucional de la OMC, sumiendo
al comercio internacional en un régimen de represalias mutuas,
reminiscente del de la década de 1930.
El análisis de la competencia entre
China y Estados Unidos
a través de la confluencia de la geopolítica, la macroeconomía y la
sociología de las élites revela un panorama sombrío, pero sumamente
clarificador. La globalización, lejos de ser un proceso natural
irreversible, fue un proyecto político-económico contingente,
diseñado y sostenido por coaliciones de élites específicas que hoy
han retirado su respaldo.
El sistema de economía-mundo analizado por Wallerstein está
experimentando una transición estructural donde la eficiencia económica
pura ha sido desplazada por el imperativo de la supervivencia y la autonomía
política. La advertencia de Richard Lachmann adquiere una
relevancia profética. Las élites de las grandes potencias, concentradas
en la preservación de su control interno y en la neutralización de sus
rivales directos, están desgarrando los bienes públicos globales —la estabilidad
financiera, la cooperación climática, la gobernanza tecnológica
común y la prevención de conflictos a gran escala— que garantizan
la viabilidad del propio orden internacional.
No nos dirigimos hacia un colapso
automático del sistema,
sino hacia una era de multipolaridad armada y fragmentada, caracterizada
por lo que los analistas denominan «paz armada disuasoria». En este
entorno, la estabilidad global dependerá de la capacidad de las élites de
poder en Washington y Pekín para establecer mecanismos mínimos de
gestión de crisis. Sin embargo, en la medida en que las dinámicas
políticas internas de ambas superpotencias sigan premiando el
nacionalismo defensivo y penalizando el compromiso diplomático, los «pasajeros
de primera clase» continuarán disputándose el timón de un orden
global que amenaza con fracturarse bajo sus pies.
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