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“La atmósfera. Los océanos. El conocimiento. El agua. El código genético de la vida. Los comunes no son
una reliquia medieval. Son el marco jurídico, económico y ético
para la supervivencia en el siglo XXI. Por todo ello, o seguimos por la
senda actual de degradación ecológica, fragmentación social y erosión
democrática, o forjamos un nuevo paradigma que alinee
los sistemas humanos con nuestra naturaleza social y los límites
del planeta. No es una elección entre economía y ecología. No es una
elección entre crecimiento y bienestar. Es una elección entre seguir
fingiendo que somos máquinas de consumir en un planeta infinito,
o aceptar por fin que somos criaturas sociales, vulnerables, interdependientes,
viviendo en un mundo finito que nos necesita tanto como nosotros
a él. El periodo 2026-2030, dicen los autores, es la ventana. Evaluar los ODS,
construir el marco post-2030 mediante procesos deliberativos a múltiples
escalas. A partir de 2031, implementar. Adaptar. Corregir. Aprender.
“No es un plan quinquenal. Es un acto de fe colectiva. Hay algo en este artículo que trasciende lo académico. Quizá sea la honestidad brutal con la que nombra el sufrimiento: la soledad, la ansiedad de estatus, el trabajo vacío, la tierra envenenada. Quizá sea la ternura con la que recuerda que evolucionamos para cuidarnos unos a otros, y que cada política que ignora ese hecho es una pequeña violencia cotidiana. O quizá sea simplemente que, por primera vez en mucho tiempo, un grupo de científicos de primer nivel se atreve a decir, con datos y con citas, lo que mucha gente siente, pero no sabe articular: que este sistema no está diseñado para que seamos felices. Que no estamos locos por querer otra cosa. Que otra cosa es posible. Y que es urgente. Nueve firmas. Una revista médica. Un planeta al borde. Y una pregunta que ya no podemos esquivar: ¿Qué vamos a hacer con el tiempo que nos queda?
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Fuentes: Rebelión.
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EL MANIFIESTO DE NUEVE CIENTÍFICOS SOBRE UN PLANETA QUE YA NO PUEDE
MÁS.
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Por J. Luis Carpintero | 12/08/2026 | Ecología social.
Fuentes Revista Rebelión miércoles 12 de agosto del 2026.
Hay artículos que informan, pero el
que firman Kate Pickett, Robert Costanza y siete colegas más, es una petición
de auxilio escrita con datos, con evidencia, con la desesperación contenida de
quien ve el reloj acercarse a medianoche y decide, por fin, decir la verdad en
voz alta.
En mayo de 2025 nueve expertos
—epidemiólogos, economistas ecológicos, psicólogos sociales, defensores de los
derechos de la naturaleza— se encerraron durante tres días para deliberar
sobre ¿Qué viene después de 2030?
Lo que encontraron fue devastador.
Solo el 17% de las metas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible van por buen
camino. No el 50%. No el 70%. El 17%.
Una cifra que no es un fracaso logístico: es una sentencia. Es la prueba de
que no estamos ante un problema de implementación, sino ante una
contradicción estructural tan profunda como el cimiento mismo sobre
el que se construyó la idea moderna de «progreso».
Hemos cruzado ya seis de los nueve
límites planetarios, los. umbrales
que, según la ciencia, no conviene superar si queremos mantener
condiciones seguras para la vida humana en la Tierra.
(1-Cambio climático;
2-Integridad de la biosfera (pérdida de biodiversidad y degradación de
funciones biológicas), 3-Cambio en el uso del suelo, 4- Alteración del ciclo
del nitrógeno; 5-Alteración del ciclo del fósforo; 6-Uso de agua dulce;
7-Cambio atmosférico (p. ej., aerosoles y otros componentes que afectan la
química/temperatura del aire); 8-Carga de aerosoles (a menudo se trata como
parte del “cambio atmosférico” en formulaciones); Y 9-Entidades nuevas
(contaminantes químicos y materiales “nuevos” no naturales de forma amplia,
como plásticos persistentes, PFAS, etc.)
El clima se está desestabilizando,
la biosfera se desangra, y los ciclos del nitrógeno y el fósforo están rotos.
Mientras tanto, una de cada ocho personas en el
mundo sufre un trastorno de salud mental, la soledad se ha
convertido en epidemia, y miles de millones siguen excluidos de una
vida digna.
Los expertos indican que estas crisis
no son accidentes paralelos,
sino manifestaciones interconectadas de un sistema que entendió
mal qué somos como especie y qué necesitamos para vivir, nos
enfrentan a lo que nos han contado: un cuento falso sobre quiénes
somos.
Durante décadas, el modelo del homo economicus
—ese ser racional, egoísta, consumidor compulsivo, obsesionado con
maximizar su utilidad individual— ha dictado políticas económicas,
diseños institucionales y hasta la forma en que nos miramos
unos a otros. Nos dijeron que la competencia era nuestra esencia.
Que el mercado era el espejo fiel de nuestra naturaleza.
Y es mentira.
La biología evolutiva, la
neurociencia, la antropología, la psicología social se unen en ese escrito para
explicar que el ser humano evolucionó para cooperar,
para cuidar, para pertenecer. Nuestros cerebros desarrollaron
circuitos neuronales especializados para la conexión social. La
cooperación activa nuestros sistemas de recompensa con más fuerza
que el interés propio. Porque no somos lobos solitarios disfrazados
de consumidores, somos animales sociales cuya supervivencia
dependió, durante milenios, del vínculo, del compartir, de
la comunidad.
Lo que Pickett y sus colegas llaman
«desajuste adaptativo» es,
en el fondo, una tragedia silenciosa: hemos obligado a criaturas diseñadas
para la ternura y la reciprocidad a vivir dentro de estructuras
que premian la competencia feroz y el estatus. Y el resultado
está a la vista: ansiedad crónica, adicciones, depresión, sociedades
fracturadas.
Hay algo profundamente humano —casi tierno— en esta constatación.
Como si la ciencia, por fin, nos estuviera diciendo: «No estás
roto. El sistema en el que vives es el que está roto.»
El artículo dedica una sección entera a desmontar la
idolatría del Producto Interior Bruto, y lo hace recordando que
no debemos confundir crecimiento económico con bienestar,
que nuestra herramienta de medición de crecimiento, el PIB, suma
como «positivo» la tala de un bosque, el derrame de
petróleo que exige limpieza, la construcción de una cárcel. Y
resta —o mejor dicho, ignora— el cuidado no remunerado de una madre,
la polinización de las abejas, la confianza entre vecinos, la belleza
de un río limpio. Es un termómetro que mide la fiebre y la llama salud.
Frente a esto, el artículo recoge las semillas de
esperanza que ya germinan: Bután con su Felicidad Nacional Bruta,
Nueva Zelanda con su primer Presupuesto de Bienestar en 2019, la alianza
de Gobiernos de Escocia, Gales, Islandia, Finlandia y Nueva Zelanda
reorientando sus políticas hacia lo que realmente importa. No son
utopías. Son políticas públicas. Están ocurriendo. Ahora.
El corazón analítico del texto propone
tres transformaciones sistémicas que se refuerzan mutuamente. No son recetas
técnicas. Son, en esencia, actos de rehumanización.
1. Democracia deliberativa: devolver la voz a quienes
la perdieron
El artículo cita el estudio de Gilens
y Page sobre 1.779
decisiones políticas en EE. UU.: las élites económicas y los grupos
empresariales influyen sustancialmente en las políticas; los ciudadanos
comunes, prácticamente no tienen influencia independiente. La
palabra «democracia» se vacía cuando el poder real reside en
quien puede pagar un lobista.
Frente a esa plutocracia disfrazada, los autores proponen las asambleas
ciudadanas: cuerpos de personas elegidas por sorteo que deliberan
informadas, libres de la presión de campañas, donantes y
encuestas. Irlanda resolvió el aborto tras décadas de bloqueo.
Francia produjo 149 medidas climáticas con 150 ciudadanos
elegidos al azar, en Bélgica, la comunidad germanófona.
Donde desde 2019, su Parlamento estableció un consejo ciudadano
permanente (formado por ciudadanos sorteados) que organiza asambleas
ciudadanas y da seguimiento a recomendaciones.
Son ejemplos de confianza en la gente
común, de creer
que, con información y espacio para escucharse, las personas pueden
decidir mejor que los intereses concentrados. Es una apuesta
por la inteligencia colectiva, por la razón entendida como empresa
social, como negociación cooperativa, no como arma de guerra
retórica.
Y Pickett y colaboradores se atreven a soñar en grande, en una asamblea
ciudadana global que alimente el marco post-2030. No como sustituto
de la ONU, sino como su conciencia. Como la voz de los miles
de millones que nunca tuvieron silla en la mesa.
Plantean trabajar por la democracia
económica, de
forma que el trabajo vuelva a tener alma, pues solo el 21% de los
trabajadores del mundo se siente comprometido con su empleo. Veintiuno
por ciento. El resto va cada mañana a un lugar donde su humanidad
se reduce a una transacción: horas por dinero, esfuerzo por
supervivencia, vida por salario.
Para ello proponen empresas de
propiedad y gestión democrática:
cooperativas, empresas de empleados, organizaciones donde quien trabaja
decide. Y no es romanticismo, ya que los metaanálisis muestran
que estas firmas son más productivas, más innovadoras, más resilientes
en las crisis., por ejemplo, en nuestro país Mondragón emplea
a más de 80.000 trabajadores-propietarios, o en Italia, la
Emilia-Romagna genera cerca del 30% de su PIB en redes
cooperativas.
Esto nos lleva a que cuando la
actividad económica
la gobiernan quienes tienen un compromiso a largo plazo con sus
comunidades, y no accionistas lejanos buscando rendimientos
trimestrales, las decisiones se alinean naturalmente con la protección
del entorno. La democracia económica no es solo justicia laboral. Es
ecología.
Pero también nos hablan de despojo. Como ocurre cuando existen 3.200
millones de personas afectadas por la degradación del suelo, o de
los 1.600 a 3.000 millones que carecen de vivienda adecuada, no
porque falte espacio, sino porque la distribución está rota.
Del 60% de la tierra africana bajo tenencia consuetudinaria
que los marcos legales no reconocen, dejándola expuesta al
acaparamiento.
Pero también nos hablan de reencuentro. De los pueblos indígenas que
siempre supieron —y la ciencia ahora confirma— que el valor
de la tierra trasciende cualquier precio de mercado. De los servicios
ecosistémicos invisibles: la purificación del agua, la captura de
carbono, la polinización. De la capacidad evolutiva del cuerpo
humano para detectar alimentos nutritivos cuando está conectado con
paisajes diversos, una capacidad que la industrialización
alimentaria ha atrofiado.
La justicia territorial, plantean, exige pasar de la lógica de propiedad
y extracción a la de custodia y reciprocidad. No somos dueños de
la tierra. Somos parte de ella. Y ella, de nosotros.
El concepto de los comunes atraviesa
el texto como un hilo dorado.
De Ostrom a Barnes, de los derechos del río Whanganui en Nueva
Zelanda a la propuesta de tipificar el ecocidio como delito internacional,
el artículo traza una genealogía de la idea más radical y antigua
de la humanidad: hay cosas que no pueden ser de nadie porque
son de todos.
La atmósfera. Los océanos. El
conocimiento. El agua. El código genético de la vida. Los comunes no son
una reliquia medieval. Son el marco jurídico, económico y ético
para la supervivencia en el siglo XXI.
Por todo ello, o seguimos por la senda
actual de degradación
ecológica, fragmentación social y erosión democrática, o forjamos un
nuevo paradigma que alinee los sistemas humanos con nuestra
naturaleza social y los límites del planeta.
No es una elección entre economía y
ecología. No es una elección entre crecimiento y bienestar. Es una elección entre seguir
fingiendo que somos máquinas de consumir en un planeta infinito,
o aceptar por fin que somos criaturas sociales, vulnerables, interdependientes,
viviendo en un mundo finito que nos necesita tanto como nosotros
a él.
El periodo 2026-2030, dicen los
autores, es la ventana. Evaluar
los ODS, construir el marco post-2030 mediante procesos deliberativos
a múltiples escalas. A partir de 2031, implementar. Adaptar. Corregir.
Aprender.
No es un plan quinquenal. Es un acto
de fe colectiva.
Hay algo en este artículo que
trasciende lo académico.
Quizá sea la honestidad brutal con la que nombra el sufrimiento: la
soledad, la ansiedad de estatus, el trabajo vacío, la tierra
envenenada. Quizá sea la ternura con la que recuerda que evolucionamos
para cuidarnos unos a otros, y que cada política que ignora ese
hecho es una pequeña violencia cotidiana.
O quizá sea simplemente que, por primera vez en mucho
tiempo, un grupo de científicos de primer nivel se atreve a decir,
con datos y con citas, lo que mucha gente siente, pero no sabe
articular: que este sistema no está diseñado para que seamos felices.
Que no estamos locos por querer otra cosa. Que otra cosa es posible.
Y que es urgente.
Nueve firmas. Una revista médica. Un
planeta al borde. Y una pregunta que ya no podemos esquivar: ¿Qué
vamos a hacer con el tiempo que nos queda?
– Pickett, K.E., Costanza, R., De
Vogli, R., Kubiszewski, I., McGlade, J., Mortensen, L.F., Ragnasdottir, K.V.,
Wallis, S. y Wilkinson, R.G. «Wellbeing for people and the planet: how to value
everyone and everything on a thriving planet beyond 2030.»The
Lancet Planetary Health, vol. 10, 101475. 2026.
J Luis Carpintero Avellaneda.
Profesional sanitario jubilado y exprofesor de la UMA.
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