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"Es
verdad que no es este régimen el único culpable de
esta situación, sino que desde siempre se ha desconocido a los y las policías
su condición de trabajadores: se les niega el derecho de
sindicalización, no pueden discutir sus condiciones de trabajo, no
tienen paritarias, no pueden hacer declaraciones públicas, etcétera,
cuando en realidad son parte de un imprescindible servicio civil –no
militar-, cuya naturaleza solo los priva del derecho de huelga. Se reclutan jóvenes sin vocación,
se les coloca con poco entrenamiento en situaciones de riesgo, se les provee
de un arma que es un cañón, tienen miedo –como cualquiera-- y si se
equivocan se les suelta la mano. ¿Esto no es una anomia particular señora
ministra? ¡Déjelos hablar para que la expliquen! ¿Por qué no lo hace?
¿Por qué les niega el derecho a la palabra?
"La
anomia suicida es un estado subjetivo de profunda
frustración existencial, generado por la desintegración social que
provoca el desbaratamiento del Estado social de derecho que, si bien
nunca fue perfecto, hoy se lo aniquila en forma cuidadosamente planificada,
conforme a objetivos estratégicos foráneos, incompatibles con el desarrollo
humano de nuestra Nación. Los responsables políticos por esas muertes
tienen nombres y apellidos. Por mucho que hagamos en el futuro, a los
muertos nunca podremos resucitarlos.
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EFE.
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¿SUICIDIO O GENOCIDIO POR GOTEO?
*****
Por. Dr. Eugenio Raúl
Zaffaroni.
Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni es un
destacado jurista, abogado penalista y criminólogo argentino,
internacionalmente reconocido por su labor en la defensa de los derechos
humanos y el derecho penal.
Fuente. Página /12 jueves 4 de septiembre del 2026.
El
derecho a la vida es el primer derecho humano, pues es el
presupuesto de todos los demás. Es obvio que este derecho se lesiona cuando
se mata en la forma directa del homicidio doloso, por lo que es el delito más
severamente penado. No obstante, más grave aún es cuando se mata masivamente,
configurando un crimen contra la humanidad. Pero ahora, como lo observó Foucault, el viejo poder absoluto
de hacer morir y dejar vivir fue reemplazado –aunque no del
todo- por el biopoder de hacer vivir y dejar morir,
o sea que por lo general –salvo excepciones bélicas- no se mata, sino que se
crean las condiciones en que se deja morir a quienes se sabe
que en esas condiciones no sobrevivirán. Es lo que en alguna oportunidad hemos denominado genocidio
por goteo; son los muertos
del subdesarrollo, es decir, por deficiencias sanitarias, inadecuación
de caminos a los vehículos usuales, alimentación insuficiente,
deterioro de la previsión social, etc.
En los últimos tiempos y, en especial en 2025, la tasa de suicidios en nuestro país ha sufrido un salto que señala casi 12 suicidios anuales por 100.000 habitantes, en tanto que los homicidios dolosos bajaron a 3,6 en la misma medida, es decir que la muerte por autoagresión triplica a la de homicidios, con la particularidad que cerca de la mitad son personas entre los quince y treinta y cuatro años, que es una faja etaria en que por lo general predominan las muertes por tránsito; ahora están superadas por los suicidios.
Cabe
observar que, si
sucediese lo contrario, o sea, si los homicidios alcanzasen los 12 por 100.000
anuales, estaríamos frente a una situación social de violencia caótica. Como
si los datos anteriores no fuesen suficientemente alarmantes, se suman los
suicidios entre el personal policial, que también ha dado un salto numérico,
respecto del que la señora ministra de seguridad ha pretendido esquivar su
responsabilidad política, escudándose en que el fenómeno es común a toda la
sociedad, como si eso fuese resultado de algún problema meteorológico.
Frente
a este letal panorama se manifiestan diversas opiniones que,
correctamente, señalan que se trata de un fenómeno complejo –como todo
fenómeno social-, aunque en el fondo todos remiten de alguna manera a dificultades
económicas, como desempleo, salarios insuficientes, pensiones magras, falencias
comerciales y otras frustraciones, que afectarían la salud mental de la
población. A primera vista, daría la impresión de que la pobreza genera
suicidios, o sea, que a menor ingreso per cápita debiera haber
más suicidios, lo que no es verdad.
Esta conclusión errónea deriva de una visión estática de los hechos de nuestra sociedad, para cuya mayor y mejor aproximación debemos acudir al texto clásico de uno de los padres de la sociología: Émile Durkheim. No es necesario compartir el viejo funcionalismo de Durkheim ni menos coincidir con todos sus conceptos, pero tampoco es conveniente tirar por la borda todo lo considerado viejo, cuando podemos verificar su utilidad frente a algo que está sucediendo ante nuestros ojos.
En unos de sus libros más clásicos (Le
suicide, Ètude de sociologie, París, Félix Alcan, 1897) clasificaba los suicidios
en altruistas, egoístas, anómicos y fatalistas. De esta clasificación, la que nos
llama la atención frente a la actual vivencia de nuestra sociedad es el tercero
de los grupos señalados: los suicidios anómicos. Para Durkheim –por decirlo simplemente- la anomia es
propia de un momento de desintegración social en que las normas o
comportamientos sociales que hasta ese momento eran eficaces, de golpe dejan de
serlo y las personas o, al menos una gran parte de ellas, quedan
desconcertadas, sin normas para conducirse y obtener los mismos resultados
de antes, quedan anómicas.
Para Durkheim esos momentos de desintegración social pueden darse en las grandes crisis financieras e industriales, pero también en las que llama crisis de prosperidad (pp. 264 y ss.), supuesto este último que no es precisamente el que vivimos. En cualquier caso, se trata de una sociedad que cambia rápidamente y abandona sus antiguas normas de acceso a las condiciones de vida hasta ese momento consideradas normales, sea que las reemplace por otras nuevas a las que muchas personas no se habitúan con rapidez, o bien porque se trate de una caída de las anteriores normas sin que nada las reemplace. Es obvio que esta última es la situación anómica de nuestra sociedad a partir de los recortes inmisericordes de la actual administración, acompañados por las mentiras e ironías crueles de sus ministros y los insultos escatológicos y gritos histéricos del presidente.
Dr. Raúl Eugenio Zaffaroni, en América latina tenemos un genocidio por goteo. Siempre escondido, camuflado o negado.
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Cuando el trabajo desaparece o tu
sueldo no alcanza, cuando tu pyme quiebra, tu boliche no rinde, tu
jubilación es miserable, los medicamentos no podés comprarlos, tus ahorros se
esfuman, pedís un crédito y te cobran diez veces más de lo que te dieron, tu
pibe diferente queda sin atención, los precios de los servicios estallan, es
decir, cuando todo lo que hasta ayer te funcionaba deja de funcionar porque el
Estado desaparece en sus funciones sociales elementales y no tenés otra pauta
de conducta a mano, no sabés qué hacer, eso es la anomia. No es un fenómeno
climático ni telúrico, es resultado de una política cuidadosamente planificada
para quebrar todas las reglas anteriores y que, para colmo, te acusa de
ser el culpable: con inigualable hipocresía te dicen que te
acostumbraste a lo que no merecés, a ser un mantenido social,
a carecer de iniciativa meritocrática, a ser un fracasado porque
no sabés cómo aproximarte a esos paradigmas del éxito que en un
año logran incrementar su patrimonio en dólares en un 40%.
¿Y en cuanto a la policía? La señora
ministra
parece ser de otro gobierno, extraño a este genocidio por goteo. Mientras la pareja de exministros
–ahora senadores- demolieron el Código Penal para dar seguridad según
su charlatanismo inconsistente, se destruye a la policía ¿Ignora
la señora ministra que siempre hubo una sobre representación de policías en
los homicidios intrafamiliares, por disponer del arma? ¿Pretende
ahora pagarles miserablemente para usarlos contra jubilados y
discapacitados?
Es
verdad que no es este régimen el único culpable de
esta situación, sino que desde siempre se ha desconocido a los y las policías
su condición de trabajadores: se les niega el derecho de
sindicalización, no pueden discutir sus condiciones de trabajo, no
tienen paritarias, no pueden hacer declaraciones públicas, etcétera,
cuando en realidad son parte de un imprescindible servicio civil –no
militar-, cuya naturaleza solo los priva del derecho de huelga. Se reclutan jóvenes sin vocación,
se les coloca con poco entrenamiento en situaciones de riesgo, se les provee
de un arma que es un cañón, tienen miedo –como cualquiera-- y si se
equivocan se les suelta la mano. ¿Esto no es una anomia particular señora
ministra? ¡Déjelos hablar para que la expliquen! ¿Por qué no lo hace?
¿Por qué les niega el derecho a la palabra?
La
anomia suicida es un estado subjetivo de profunda
frustración existencial, generado por la desintegración social que
provoca el desbaratamiento del Estado social de derecho que, si bien
nunca fue perfecto, hoy se lo aniquila en forma cuidadosamente planificada,
conforme a objetivos estratégicos foráneos, incompatibles con el desarrollo
humano de nuestra Nación. Los responsables políticos por esas muertes
tienen nombres y apellidos. Por mucho que hagamos en el futuro, a los
muertos nunca podremos resucitarlos.
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