miércoles, 7 de octubre de 2026

EL RETORNO DE LA DOCTRINA MONROE: AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE EN EL NUEVO TABLERO GLOBAL.

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“Este reposicionamiento se manifiesta en diversas iniciativas estadounidenses en la región. Por un lado, el renovado interés en infraestructuras críticas, como el Canal de Panamá o el puerto de Chancay en Perú, así como las presiones políticas para asegurar condiciones favorables de uso y limitar la influencia china, evidencian la centralidad geoeconómica de los corredores logísticos globales. Por otro lado, los acuerdos de cooperación militar en países como Ecuador reflejan una estrategia de mayor presencia en el Pacífico latinoamericano, vinculada tanto a la gestión de la geoestrategia militar como a los intereses minerales ubicados en la Zona Clarion-Clipperton. La atención creciente sobre puertos, bases logísticas y corredores marítimos en el Pacífico, así como la disputa en el Caribe, particularmente en torno a Venezuela y Cuba, responden a esta lógica de un mundo en proceso de reorganización.

“Así, la región no solo resulta relevante por sus recursos, sino también por su posición geopolítica en la arquitectura del comercio global y en la estrategia militar. El control territorial ya no se ejerce únicamente mediante el dominio directo, sino que se articula a través de redes logísticas, acuerdos de seguridad y mecanismos de influencia económica. La disputa contemporánea combina así dimensiones geoeconómicas y geoestratégicas en un mismo proceso. En este tablero de ajedrez reconfigurado, América Latina y el Caribe se consolidan como un espacio estratégico en la reorganización del poder global.

“El principal desafío para la región no radica en la escasez de recursos, sino en las limitaciones para gestionar y gobernar soberanamente su abundancia. En un contexto de creciente multipolaridad, la construcción de estrategias regionales de cooperación no solo es deseable, sino necesaria para evitar la profundización de una inserción subordinada y dependiente en una economía global en plena reorganización. En última instancia, América Latina y el Caribe enfrentan una disyuntiva estructural: continuar siendo el territorio donde otros disputan el futuro o constituirse en un actor capaz de intervenir activamente en la definición de las reglas de esa disputa. La región no es infortunada; es estratégicamente rica en un sistema que históricamente ha transformado su riqueza en subordinación.

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Fuentes: Rebelión.

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EL RETORNO DE LA DOCTRINA MONROE: 

AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE EN EL NUEVO TABLERO GLOBAL.

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Por Héctor López-Terán | 07/10/2026 | América Latina y Caribe.

Fuente Revista Rebelión miércoles 7 de otubre del 2026.

En 1823, el presidente James Monroe advirtió a las potencias europeas que el continente americano ya no era territorio de colonización. Dos siglos después, la Casa Blanca ha vuelto a esa doctrina ahora con un ‘corolario Trump’ inscrito en su Estrategia de Seguridad Nacional para disputarle a China el acceso a los minerales que sostienen la nueva oleada tecnológica

En el contexto actual, marcado por la transición hacia un orden internacional multipolar, América Latina y el Caribe adquieren una renovada relevancia estratégica. La demanda de minerales críticos —como el litio, el cobre o el molibdeno— podría multiplicarse exponencialmente en las próximas décadas, impulsada por la innovación tecnológica, las nuevas tecnologías de la información, la automatización, la digitalización y la incorporación de energías renovables. Esa demanda podría reconfigurar en la región la geografía de la extracción y, con ella, la organización económica y las relaciones sociales asociadas. [i] El resultado es un tablero de disputa integrado por los minerales, el monopolio tecnológico de las manufacturas y las energías renovables, que se expresa en la contienda global entre Estados y sus corporaciones.

Estados Unidos llega debilitado a esta contienda. Su capitalismo financiarizado —más orientado a la ganancia financiera que a la producción— privilegió durante años la rentabilidad de corto plazo, relocalizó su producción fuera del país y limitó así su propia transformación industrial. Enfrente tiene a China. Este país, a partir de una estrategia económica y política articulada tanto en el plano interno como externo, ha logrado posicionarse progresivamente como un actor central en la economía mundial. Hoy, su poder económico no solo se sustenta en su capacidad industrial y tecnológica, sino también en la concentración de insumos estratégicos, su extracción y refinación, así como en el incremento sostenido de la innovación. En contraste, Estados Unidos ha desarrollado una vulnerabilidad estratégica estructural, caracterizada por su creciente dependencia de minerales provenientes del exterior: su lista oficial de minerales críticos incluye hoy sesenta, diez más que la de 2022, particularmente para sectores clave como los semiconductores, la tecnología, la electrónica, la industria nuclear y la defensa. [II]

En esta disputa, América Latina y el Caribe emergen como un espacio clave para garantizar el acceso a recursos estratégicos. Su riqueza mineral la sitúa en el centro de las estrategias geopolíticas contemporáneas, intensificando la competencia entre potencias por el acceso a los yacimientos de la región. De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe [III], la región alberga cerca del 35 % del molibdeno, el 40 % del cobre y el 50 % del litio de las reservas mundiales.   Pese a esta riqueza minera explotada desde tiempos coloniales, la región continúa ocupando una posición subordinada en la economía mundial. Esta condición no es contingente: responde a una posición periférica producida históricamente por la dinámica del capitalismo global, que ha relegado a la región.



Históricamente, la centralidad de la región ha estado vinculada a los recursos que sustentan los distintos ciclos de acumulación capitalista. El carbón fue fundamental para la Revolución Industrial británica; el petróleo, para la hegemonía estadounidense y la consolidación del capitalismo fósil; y, en la actualidad, los minerales críticos sostienen una nueva oleada tecnológica y de reorganización económica. Aunque la relevancia de cada recurso ha variado según el periodo histórico, la expansión constante de la frontera extractiva ha reforzado el patrón de acumulación, bajo nuevas formas técnicas y organizativas, pero manteniendo una orientación exportadora destinada al beneficio de los mercados externos y a los procesos de reconfiguración tecnológica de los países centrales. La demanda mundial de ciertos recursos naturales, indispensables para la reproducción metabólica del capitalismo en materia y energía, ha anclado a la región en una posición estratégica. Pero esa centralidad se debe a lo que la región tiene, no a lo que transforma: la dependencia tecnológica ha impedido que su riqueza se traduzca en la. transformación de sus matrices productivas

Estados Unidos ha respondido al avance de China en la región —que Pekín enmarca en su documento de política hacia América Latina y el Caribe, actualizado en 2025— con una estrategia de reposicionamiento que combina instrumentos diplomáticos, económicos y militares. Con Donald Trump, la Doctrina Monroe se reactualiza en formas, más confrontativas y directas, orientadas al control político y económico de la región, con el objetivo de limitar la presencia de actores extrarregionales y garantizar el acceso a recursos estratégicos que respalden sus cadenas de suministro. La estrategia se expresa en la noción de un “mundo libre” promovida por la Estrategia de Seguridad Nacional y por diversas declaraciones del presidente Trump.

La securitización —es decir, presentar el narcotráfico, las organizaciones criminales y la migración como amenazas a la seguridad nacional— opera como mecanismo de legitimación de la intervención geopolítica: permite ampliar la presencia estadounidense en la región bajo marcos discursivos renovados y acompaña un reajuste de la presencia militar en el hemisferio occidental. La seguridad se convierte así en el lenguaje moral de la intervención: justifica tanto el combate a los grupos criminales del hemisferio como la contención de la denominada “amenaza extranjera”. Esa doble agenda tomó forma en marzo de 2026 con el Escudo de las Américas, respaldado por una docena de gobiernos de la región. A su vez, las diferencias políticas y la fragmentación diplomática regional sirven para reimpulsar la presencia militar estadounidense bajo una versión renovada de la estrategia aplicada durante el último cuarto del siglo XX.



Frente a esta presión, América Latina y el Caribe atraviesan un momento de inflexión: la Casa Blanca ha profundizado la divergencia de posiciones políticas entre los países de la región. Mientras algunos gobiernos han optado por alineamientos estratégicos con Estados Unidos, priorizando acuerdos de seguridad, inversión y cooperación militar como en los casos de Argentina, Ecuador y Colombia, otros han buscado preservar márgenes de autonomía frente a las presiones externas, como México y Brasil. Esta fragmentación limita la capacidad de acción colectiva y genera conflictos internos. Lejos de ser un accidente, esta desintegración funciona como una condición que facilita la presión externa, reproduciendo patrones históricos de subordinación y control derivados de la política exterior estadounidense. La región sigue apareciendo en la estrategia estadounidense más como un archipiélago de intereses nacionales que como un bloque articulado, capaz de negociar no solo los beneficios del ciclo extractivo, sino también la transferencia tecnológica que exige la reorganización económica contemporánea.

Desde la perspectiva estadounidense, América Latina y el Caribe sigue siendo concebida como un espacio de alta relevancia estratégica. Más allá de la noción retórica de “patio trasero”, que expresa una relación de subordinación, la región representa para Estados Unidos un territorio clave para la proyección del poder económico, político y militar, especialmente en un contexto en el que se hacen cada vez más evidentes los dos modelos económicos en disputa. Estados Unidos impulsa una reorganización económica interna orientada a la reindustrialización —mediante subsidios e inversiones para repotenciar los sectores en los que perdió competitividad—, acompañada de una política exterior altanera, amenazante y beligerante, destinada a garantizar el acceso preferente a recursos estratégicos y a contener la influencia de actores extrarregionales. China, en cambio, promueve una estrategia anclada en la economía real y en una propuesta de gobernanza global, expresada en su XV Plan Quinquenal (2026–2030) y en la Iniciativa de Desarrollo Global.  Ante su ya evidente desventaja frente al país asiático, los estadounidenses recurren, quizás, a lo que pudieran ser sus dos últimos instrumentos de poder: la jerarquía del dólar y su aparato militar.

Este reposicionamiento se manifiesta en diversas iniciativas estadounidenses en la región. Por un lado, el renovado interés en infraestructuras críticas, como el Canal de Panamá o el puerto de Chancay en Perú, así como las presiones políticas para asegurar condiciones favorables de uso y limitar la influencia china, evidencian la centralidad geoeconómica de los corredores logísticos globales. Por otro lado, los acuerdos de cooperación militar en países como Ecuador reflejan una estrategia de mayor presencia en el Pacífico latinoamericano, vinculada tanto a la gestión de la geoestrategia militar como a los intereses minerales ubicados en la Zona Clarion-Clipperton. La atención creciente sobre puertos, bases logísticas y corredores marítimos en el Pacífico, así como la disputa en el Caribe, particularmente en torno a Venezuela y Cuba, responden a esta lógica de un mundo en proceso de reorganización.

Así, la región no solo resulta relevante por sus recursos, sino también por su posición geopolítica en la arquitectura del comercio global y en la estrategia militar. El control territorial ya no se ejerce únicamente mediante el dominio directo, sino que se articula a través de redes logísticas, acuerdos de seguridad y mecanismos de influencia económica. La disputa contemporánea combina así dimensiones geoeconómicas y geoestratégicas en un mismo proceso. En este tablero de ajedrez reconfigurado, América Latina y el Caribe se consolidan como un espacio estratégico en la reorganización del poder global.

El principal desafío para la región no radica en la escasez de recursos, sino en las limitaciones para gestionar y gobernar soberanamente su abundancia. En un contexto de creciente multipolaridad, la construcción de estrategias regionales de cooperación no solo es deseable, sino necesaria para evitar la profundización de una inserción subordinada y dependiente en una economía global en plena reorganización. En última instancia, América Latina y el Caribe enfrentan una disyuntiva estructural: continuar siendo el territorio donde otros disputan el futuro o constituirse en un actor capaz de intervenir activamente en la definición de las reglas de esa disputa. La región no es infortunada; es estratégicamente rica en un sistema que históricamente ha transformado su riqueza en subordinación.

Notas:

[I] Rivera Ríos, M., Araujo Loredo, O., García Veiga, J., & Lujano López, J. B. (2023). El capitalismo del quinto Kondratiev. Acumulación de capital, tecnología digital y procesossocioinstitucionales.

[II] Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2024, diciembre 8). Minerales críticos para la transición energética y la electromovilidad: Oportunidades para el desarrollo económico con desafíos socioambientales | Comisión Económica para América Latina y el Caribe.

[III] Ministerio de Relaciones Exteriores de China, & Gobierno de la República Popular China. (2025). Documento sobre la Política de China hacia América Latina y el Caribe.

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