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“Que los “arrastrados” no nos arrastren a la guerra. El escenario de actual confrontación
geopolítica ha tomado
ya ribetes de conflicto bélico abierto y extendido. Conflicto
que, por el carácter planetario que va asumiendo esta civilización,
extiende su influencia a todos los rincones del globo. Por lo que
es necesario colocarse en postura decidida contra estos afanes
destructivos. La posición humanista es no dejarse arrastrar
a discursos belicistas, que provocan mayor dolor y
sufrimiento en los pueblos. Es la forma justa y coherente para resistir
la pandemia de la guerra. Hay que denunciar, resistir y
finalmente vencer
esta pretensión de unos cuantos cortesanos del poder de arrastrar a la
destrucción que conllevan las guerras. Pretensión que solo
sirve a intereses particulares y mezquinos y nunca, más allá
de cualquier argumento que se enuncie, al bienestar común de los
pueblos.
“Jean Paul Sartre decía que “Cuando los ricos
se hacen la guerra, son los pobres los que mueren.”, y no se equivocó en lo
más mínimo. El juglar rockero León Gieco, en su canción-plegaria, pide
que la guerra no nos sea indiferente. “Es un monstruo grande y pisa fuerte,
toda la pobre inocencia de la gente”.
“Si los presidentes “arrastrados”, con voluntad de sometimiento
– lamebotas en la jerga popular – son incapaces de priorizar la
vida de su propia gente e intentan arrastrar al resto a la violencia,
debemos oponernos y adherir a tácticas de no colaboración con la
barbarie. Si quieren hacer la guerra, que vayan ellos y no
cuenten con nosotros. Es preciso alentar a las mayorías a
asumir una decidida postura de rechazo a la intención de profundizar
las violencias ya existentes en nuestras sociedades. Instalar y
preservar la paz y el derecho humano de poder vivir sin violencia comienza
en cada uno, pero debe constituirse asimismo en proyecto
político colectivo. Ese es el escudo que debemos construir hasta que
la no violencia se convierta en un rasgo permanente de la conciencia
humana.
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Fuentes: Rebelión.
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EL «FELPUDO DE LAS AMÉRICAS».
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Por Javier
Tolcachier | 09/03/2026 | América Latina y Caribe, EE.UU.
Fuentes. Revista Rebelión lunes 9 de
marzo del 2026.
Doce primeros mandatarios de América
Latina y el Caribe acudieron a la cita con el presidente de los Estados Unidos
de América, en Doral, Florida, quien los convocó a la firma del así llamado
“Escudo de las Américas”.
La foto es en sí misma elocuente. Una decena de varones blancos,
en representación de los sectores oligárquicos de Argentina, Panamá,
Paraguay, República Dominicana, Ecuador, Costa Rica, Estados Unidos y El
Salvador, más los recientemente electos en Chile y Honduras, José
Antonio Kast y Nasry “Tito” Asfura. A los que se sumó el presidente de Guyana,
Irfaan Alí (apoyado por EE. UU. en su diferendo territorial con
Venezuela). Al costado, casi como una concesión, pero visiblemente diferenciada
de este cuadro patriarcal, la primera ministra de Trinidad y Tobago, Kamla
Persad-Bissessar, quien ha sido funcional a la presencia militar
norteamericana en aguas del Caribe a través del Acuerdo sobre el Estatuto de
las Fuerzas (SOFA) firmado con Estados Unidos.
Más allá de la pose comunicacional, destinada a mostrar el inequívoco
alineamiento de confesos derechistas y su sumisión a los dictados de Washington,
el documento expone a las claras las intenciones imperialistas del
anfitrión.
¿Qué dice la “carta de Doral”?
En una escueta declaración de cuatro líneas, bajo la premisa de “fortalecer
la seguridad en el hemisferio occidental” expresa la intención de
“cooperar en materia de
seguridad fronteriza, en la lucha contra el narcoterrorismo y el narcotráfico y
la protección de infraestructuras críticas”.
El documento, firmado por 17 países, habilita claramente el uso de
contingentes militares para la seguridad interna, la creación de mecanismos de
inteligencia compartida y la coordinación de operativos para atacar – en
principio – a las organizaciones criminales transnacionales dedicadas al
tráfico de estupefacientes.
Los dos últimos puntos de la “Carta”
merecen atención. Más
allá de postular el contrasentido de una supuesta “promoción de la Paz a
través de la Fortaleza”, se afirma en ellos la intención de “hacer
frente a amenazas futuras a intereses mutuos.” y a otras “amenazas
compartidas que enfrenta el hemisferio occidental.” ¿A qué amenazas se
refiere?
¿A la pobreza
generalizada, a la precarización de las mayorías, la degradación del medio
ambiente o la progresiva destrucción del tejido de protección social que
promueven los dirigentes políticos signatarios de la declaración? ¿O quizás al
peligro de extinción masiva si no se eliminan de inmediato los arsenales
nucleares?
Claro que no. La denominación de
“escudo” hace
referencia a la ya importante penetración del capital chino en la economía
latinoamericana, cuestión que difícilmente pueda resolver una alianza
militar, salvo que se piense en una confrontación futura directa.
En cuanto a la supuesta “lucha contra el narcotráfico”,
el fracaso de anteriores programas como el Plan Colombia o la Iniciativa
Mérida, – entre tantos otros – indican a las claras la ineficacia de
esas estrategias.
Uno de los momentos más violentos del discurso de Trump en el
cónclave fue cuando ofreció utilizar misiles estadounidenses para atacar
directamente a los jefes de los cárteles.
“Algunos de ustedes
están en peligro. Si quieren podemos utilizar nuestros misiles. ¡Bum! Son muy
precisos. Justo en el salón y fin de la persona del cártel”, dijo.
Asimismo, hizo explícita referencia a la intención de “ocuparse de Cuba”, en el sentido de forzar un cambio de orientación política contrarrevolucionario.
El Felpudo número uno de América Latina
y el Caribe y el Nuevo Emperador del Imperio, sediento de Poder y mirada
perdida frente a “La Trampa de Tucídides”.
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El “Felpudo de las Américas”.
Un felpudo es una suerte de
alfombrilla que se
coloca delante de las puertas de entrada para que el visitante se limpie el
calzado antes de ingresar. En el lenguaje coloquial, la palabra “felpudo”
es usada despectivamente para señalar a una persona que intenta de manera
interesada agradar de palabra u obra a otra que generalmente tiene
poder. Otros diccionarios lo definen como
“individuo adulador,
obsecuente y servil, que se usa a gusto y antojo para limpiarse los zapatos, o
simplemente para pisar. Cuando a uno lo tienen de felpudo entonces lo están
tratando sin consideración ni respeto.”, concluye la referencia. En relación
con la analogía, los comentarios sobran.
Otra característica de los felpudos es que pueden contener mensajes de
bienvenida.
¿Pero bienvenida a qué?
¿Cuál es el barro que debe quitarse para ser aceptado en este espacio? ¿Acaso
el barro de las botas militares de las numerosas incursiones militares
estadounidenses en estas tierras? ¿O el barro en el que penosamente intentan
sobrevivir los refugiados expulsados de sus hogares por el incesante bombardeo
de sus ciudades? Nada de eso.
La premisa de este documento, más allá
del impacto comunicacional,
es alinearse en la práctica con los intereses estratégicos de dominación
de Washington. ¿Y cuáles son esos intereses? Ante todo, intereses
económicos. Al igual que en la época de la colonización – y en el
más reciente intento de anexión como el Área de Libre Comercio de las
Américas (ALCA), Estados Unidos pretende blindar a Latinoamérica
y el Caribe para usufructo particular de las empresas
estadounidenses, intentando evitar que la arrolladora competencia china
siga copando el mercado, tanto en término de flujos comerciales
como de dividendos obtenidos de inversiones en infraestructura.
Un tema central de esta carrera
centrada en la preeminencia
geoeconómica es el de las tecnologías de punta. En este
ámbito, es fundamental para las potencias evitar que otros instalen sus propios
estándares y lógicas, condicionando así a largo plazo la producción.
Del mismo modo, Estados Unidos quiere conservar el dominio
sobre el entorno digital en América Latina y el Caribe, asunto
que quedó a las claras con las medidas de presión con las que la administración
trumpista apunta a barrer con el proyecto de cable transoceánico que
conectaría a China con Chile, abriendo una vía de conectividad
importante independiente del flujo de datos que hasta ahora deben pasar por
los Estados Unidos. Asunto que, más allá de lo estrictamente
económico, reviste importancia desde el punto de vista de la
ciberseguridad civil y militar.
Por último, no es menor el tema del aprovisionamiento de
materias primas. Si bien China ha ido reduciendo su dependencia
externa en el campo agroalimentario, la importación
minero-energética sigue siendo un tema clave para poder sostener
su aparato productivo.
Sin embargo, los países presentes en la cita de Doral no tienen peso específico irremplazable en estos aspectos. En la práctica, Brasil, México, Colombia, Chile y Perú – que no fueron invitados a la reunión – representan alrededor del 90% de la actividad comercial de América Latina con China, según señala Gilberto García, economista en jefe del Observatorio de Complejidad Económica (OEC). Pero esto explica hacia donde apuntarán los esfuerzos de los cañones geopolíticos de la administración norteamericana en los próximos tiempos.
El lado sucio del felpudo.
Más allá del espectro económico, como ya señaláramos en una nota
anterior, otro objetivo de este “pacto” asimétrico es continuar
militarizando la región, de intervenir en los conflictos aportando más
destrucción y sobre todo, de intentar ejercer un control armado y represivo
sobre las poblaciones a través de la difusión del miedo y la inseguridad
ciudadana. Asunto que, al igual de lo sucedido en la II guerra mundial,
aportará además pingues ganancias a la industria de armamentos
estadounidense, incluida la producción de sistemas de vigilancia,
espionaje y varios etcéteras. una arista del capitalismo de plataformas
que se acompaña con el control corporativo del discurso social y la
vigilancia de la subjetividad.
Lejos de aportar mayor seguridad – sin duda una preocupación
masiva de la población – contraponer mayor violencia a la violencia
es intentar apagar el fuego con nafta. Pero la ecuación resultante de
inducir el miedo, el odio y la polarización resulta, por ahora, efectiva
y ha dado dividendos políticos al avance de las derechas en la región.
Con la declaración de “alianza
militar” se pretende
arrastrar a la guerra a una región que explícitamente se declaró Zona de Paz
en 2014, cuando la integración regional todavía respiraba bajo un
signo de soberanía.
Doce años después, todo eso parece haberse
esfumado bajo la presión de un imperio en plena decadencia, que
encuentra como último bastión la utilización de la fuerza bruta.
Parece así confirmarse la tesis de la “Trampa de Tucídides”, señalada por el politólogo estadounidense Graham Allison, al analizar a lo largo de la historia la reacción de potencias en declive ante el ascenso de poderes que disputan su hegemonía. En clara referencia a un potencial conflicto armado con China, en un estudio realizado por el Centro Belfer de Ciencia y Asuntos Internacionales de la Universidad de Harvard, Allison concluyó que, de dieciséis casos estudiados, en trece las partes entraron en guerra.
Que los “arrastrados” no nos arrastren a la guerra.
El escenario de actual confrontación
geopolítica ha tomado
ya ribetes de conflicto bélico abierto y extendido. Conflicto
que, por el carácter planetario que va asumiendo esta civilización,
extiende su influencia a todos los rincones del globo. Por lo que
es necesario colocarse en postura decidida contra estos afanes
destructivos. La posición humanista es no dejarse arrastrar
a discursos belicistas, que provocan mayor dolor y
sufrimiento en los pueblos. Es la forma justa y coherente para resistir
la pandemia de la guerra.
Hay que denunciar, resistir y
finalmente vencer
esta pretensión de unos cuantos cortesanos del poder de arrastrar a la
destrucción que conllevan las guerras. Pretensión que solo
sirve a intereses particulares y mezquinos y nunca, más allá
de cualquier argumento que se enuncie, al bienestar común de los
pueblos.
Jean Paul Sartre decía que
“Cuando los ricos se
hacen la guerra, son los pobres los que mueren.”, y no se equivocó en lo más mínimo. El
juglar rockero León Gieco, en su canción-plegaria, pide que la guerra no
nos sea indiferente. “Es un monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre
inocencia de la gente”.
Si los presidentes “arrastrados”, con voluntad de sometimiento
– lamebotas en la jerga popular – son incapaces de priorizar la
vida de su propia gente e intentan arrastrar al resto a la violencia,
debemos oponernos y adherir a tácticas de no colaboración con la
barbarie. Si quieren hacer la guerra, que vayan ellos y no
cuenten con nosotros.
Es preciso alentar a las mayorías a asumir una decidida postura
de rechazo a la intención de profundizar las violencias ya
existentes en nuestras sociedades. Instalar y preservar la paz y el derecho
humano de poder vivir sin violencia comienza en cada uno, pero
debe constituirse asimismo en proyecto político colectivo. Ese es
el escudo que debemos construir hasta que la no violencia se
convierta en un rasgo permanente de la conciencia humana.
Javier
Tolcachier
es un investigador perteneciente al Centro Mundial de Estudios Humanistas,
organismo del Movimiento Humanista y comunicador en Agencia Internacional
de Noticias Pressenza.
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