miércoles, 8 de agosto de 2012

Capital financiero, Estado y crisis económica en Europa. “Hay grandes hechos que se presentan dos veces a lo largo de la historia: una como tragedia y la otra como farsa”.

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Primero la tragedia, la crisis y la recesión, en el epicentro se descubre la farsa verdadera de los países capitalistas, de las democracias de alta intensidad, de aquellos que nos han vendido permanentemente su modelo, su política, su sistema y en general  El Modelo Social Europeo. Descubramos la farsa: La cadena se rompe siempre por el eslabón más débil. Eso explica que la crisis de la deuda haya aflorado con el episodio de las hipotecas subprime, o con los ataques a las deudas soberanas de los países de la periferia europea. No obstante, la dinámica de sobreendeudamiento es generalizada. Cuando en 2008 estalla la crisis, según datos del McKinsey Global Institute, la deuda total (pública y privada, de hogares, empresas e instituciones financieras) equivale en Alemania al 274% del PIB, en Francia al 308%, en España al 342% y en el Reino Unido al 380%. Estados Unidos (290% del PIB) y Japón (460%) no son ajenos a esta dinámica. La acumulación masiva de deuda y de activos financieros sin respaldo real se presenta por tanto como una dinámica insostenible, una “salida en falso” a la crisis del capitalismo de los años setenta. Pero además, más allá de su insostenibilidad en el tiempo, esta acumulación de deuda se ha convertido en una palanca de recomposición social, dando lugar a una enorme batalla social. Esta batalla decidirá qué grupo social carga con el peso de la deuda y de los activos tóxicos. El papel del Estado en este punto vuelve a ser de nuevo crucial.
Desde el momento en el que estalla la crisis de la deuda en Europa, los Estados –y particularmente, las instituciones de la Unión Europea– se han puesto al servicio de los intereses del capital financiero nacional e internacional, hasta el punto de transformar una crisis bancaria en una crisis fiscal. No obstante, la enorme suma de las partidas comprometidas por los Estados con los rescates de sus sistemas financieros nacionales ha contribuido ampliamente a incrementar dichos déficits fiscales. Según datos de la Comisión Europea[iii], entre el 1 de octubre de 2008 y el 1 de octubre de 2011 la Comisión ha autorizado ayudas estatales a los sectores financieros nacionales por valor de 4,5 billones de euros (lo que supone el 36,7% de PIB de la UE). La mayor parte de las ayudas (3’5 billones de euros, el 27,7% del PIB de la UE) fueron acordadas el año 2008, principalmente bajo la forma de garantías y avales sobre el pasivo a corto plazo de las entidades bancarias. El billón de euros autorizado con posterioridad a 2008 se ha concentrado en ayudas de recapitalización directa a la banca y en la compra de activos tóxicos, no en garantías. Entre 2008 y 2010, el volumen de ayudas efectivamente utilizado por los bancos europeos se ha elevado a 1,6 billones de euros (el 13% del PIB de la UE), situándose las aportaciones por recapitalización y compra de activos tóxicos en 409.000 millones de euros (el 3,3% del PIB de la UE).


Como vemos, la “captura institucional” protagonizada por los intereses financieros a lo largo de las últimas décadas ha conllevado que las administraciones públicas europeas irrumpan en la batalla social abierta en torno al pago de la deuda facilitando la socialización de las pérdidas de la banca. Los inciertos derechos de cobro de los acreedores (inciertos en la medida en que para ejercerse precisan de la generación de una riqueza futura aún no producida) pasan a ser garantizados por los Estados europeos (mediante inyecciones de liquidez, avales públicos, compras de activos tóxicos, ayudas directas o mediante entradas en el capital de las instituciones). Para ello, los Estados se han endeudado nuevamente en los mercados financieros internacionales, imponiendo duros recortes en los gastos públicos y sociales con el fin de garantizar el futuro pago de dicha deuda. Y sin embargo, las instituciones financieras no repercuten en forma de crédito las ayudas recibidas, debido a que están en pleno proceso de saneamiento de balances (supeditado en todo caso al reparto anual de dividendos).
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Capital financiero, Estado y crisis económica en Europa.
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Hay grandes hechos que se presentan dos veces a lo largo 

de la historia: una como tragedia y la otra como farsa”.

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Nacho Álvarez Peralta.
Encrucijadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales.
Revista rebelión miércoles 8 de agosto del 2012.

A lo largo de la historia del capitalismo se han sucedido diversos periodos, en cada uno de los cuales la interrelación de los elementos que articulan el proceso de acumulación se ha producido de forma distinta. Así, el papel que ha tenido el Estado en la economía, el rol que ha jugado el capital financiero o la conformación de un determinado patrón de distribución de la renta son elementos que se han relacionado de forma diversa según el periodo histórico.
Conquistas sociales, “represión financiera” y modelo de acumulación posbélico.
En El 18 brumario de Luis Bonaparte Marx afirma que hay grandes hechos que se presentan dos veces a lo largo de la historia: una como tragedia y la otra como farsa. Sin embargo, comprobamos hoy día como una misma tragedia puede repetirse con escasas variaciones, y sin necesidad siquiera de la sutileza que caracteriza a la farsa.
En 1929 estalló una profunda crisis que hundió a la economía mundial en la Gran Depresión. En el estallido de dicha crisis tuvo un papel crucial la hegemonía del capital financiero y la formación de una enorme burbuja accionarial. El desempleo y la pobreza se dispararon en EEUU y en Europa. Durante la década siguiente y, de nuevo, al finalizar la II Guerra Mundial diversos países europeos vivieron situaciones de intensa confrontación política y social, dadas las durísimas condiciones laborales y las enormes necesidades sociales existentes en el momento. Dicha confrontación fue particularmente intensa en aquellos países donde el movimiento sindical tenía fuerza.
En mayo de 1936 el Frente Popular gana las elecciones en Francia. Ese mismo mes estalla una oleada de huelgas y ocupaciones por todo el país (casi 10.000 ocupaciones, 3 millones de huelguistas), que empuja a las organizaciones patronales –y también al propio gobierno de León Blum– a aceptar en los Acuerdos de Matignon las principales reivindicaciones del movimiento sindical: subida generalizada de los salarios, jornada laboral de 40 horas semanales, vacaciones pagadas, libertad sindical y establecimiento de convenios colectivos.
Tras la II Guerra Mundial, en las elecciones británicas de 1945 el conservador Winston Churchill fue sorprendentemente derrotado por el candidato laborista Clement Attlee, que recogía en su programa electoral las principales aspiraciones del pujante movimiento sindical británico: pleno empleo, asistencia sanitaria universal y gratuita, reforma fiscal progresiva y sistema de protección social “desde la cuna hasta la tumba”. El Partido Comunista Italiano –con un fortísimo peso electoral– formó parte tras las elecciones de 1946 del gobierno de coalición nacional, del que sería expulsado un año después bajo las presiones de la administración Truman como prerrequisito para la puesta en marcha del Plan Marshall. En Francia, el enorme prestigio que había acumulado el Partido Comunista Francés en la lucha contra el fascismo le llevó a ser la fuerza política más votada en las elecciones a la Asamblea Nacional de Noviembre de 1946.
Al finalizar la II Guerra Mundial las pujantes organizaciones políticas y sindicales de la clase trabajadora estaban bajo el control de la socialdemocracia, por un lado, y del estalinismo, por otro. Esto impidió que los movimientos de masas del momento desembocasen en procesos abiertamente revolucionarios[i]. No obstante, la fortaleza de estos movimientos arrancó importantes concesiones a las patronales de los respectivos países.
Así, se consiguen incrustar en el aparato del Estado conquistas sociales y democráticas relativamente ajenas a la lógica de la rentabilidad, dando lugar a nuevos marcos institucionales específicos de los países europeos: sistemas universales de protección social, regímenes tributarios basados en una fuerte progresividad fiscal, pleno empleo como condición y derecho básico de ciudadanía, nacionalización de los sectores económicos estratégicos, profunda regulación de los distintos mercados y, especialmente, del sector financiero (identificado como responsable de la Gran Depresión de los años treinta), etc. Se despliega con ello el programa histórico de la socialdemocracia, en su doble alcance: contención del movimiento obrero en el marco del capitalismo y conquista del Estado a fin de utilizarlo como herramienta de progreso social.

El modelo de acumulación posbélico –íntimamente vinculado a las conquistas arrancadas por el movimiento obrero durante estos años– se articula en Europa en torno a los siguientes elementos: un progresivo crecimiento del empleo, que permite un intenso incremento del consumo y la demanda agregada; un avance de la productividad que sostiene la rentabilidad y, con ello, la inversión empresarial; un proceso de redistribución de rentas a favor de los salarios, al crecer éstos por encima de la productividad; un Estado que acompaña la progresión regular de la demanda agregada mediante políticas económicas monetarias y fiscales expansivas; la institucionalización de los procesos de negociación colectiva entre patronal y sindicatos a nivel sectorial y nacional, estructurándose con ello el marco de las relaciones laborales y el conflicto social; y, finalmente, una férrea regulación pública sobre el sector financiero y bancario, que subordina las prioridades del capital financiero a las necesidades de financiación de la actividad productiva y yugula la tendencia inherente del sistema capitalista al sobreendeudamiento.
No obstante, no debe idealizarse el papel que cumple el Estado a favor de los intereses de la mayoría social durante este periodo, en la medida en que la consolidación del Estado del Bienestar y su mantenimiento en el tiempo dependen en última instancia del grado de organización y de la capacidad de reivindicación de la clase trabajadora.

En la economía capitalista no hay excepción, manda el pensamiento neoliberal fundamentalista.
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Neoliberalismo y restauración de la hegemonía financiera.
La profunda crisis de rentabilidad que atraviesan las economías desarrolladas desde principios de la década de 1970 –determinada por la dinámica de sobre-acumulación, la pérdida de eficiencia de las nuevas inversiones y las dificultades crecientes de valorización– supondrá la quiebra del modelo de acumulación posbélico.
Las crisis capitalistas son momentos de profunda reconfiguración económica, pero también política y social. El fuerte incremento del desempleo, junto con los límites que mostraba el instrumental keynesiano para enfrentar la crisis, facilitaron que las clases dominantes impulsasen una ofensiva para recuperar el terreno perdido durante las décadas anteriores, imponiendo las denominadas medidas neoliberales: privatizaciones generalizadas, apertura externa de las economías e impulso del proceso de mundialización, liberalización de los mercados de bienes y servicios, desreglamentación de la esfera financiera, flexibilización de los mercados de trabajo, etc.
En particular, dos fueron los pilares sobre los que se asentó a partir de 1980 la estrategia neoliberal: en primer lugar, quebrar la capacidad contractual del movimiento sindical (inicialmente en EEUU y Reino Unido, posteriormente también en la Europa continental); en segundo lugar, atender las exigencias de los actores financieros, fortalecidos durante la década de 1970 como consecuencia del reciclaje de los petrodólares y de la ruptura del sistema monetario internacional de Bretton Woods.
Estas medidas conllevaron una importante transformación del papel que el Estado y el capital financiero desempeñaban en la economía. Después de tres décadas en las que los poderes públicos habían impuesto un “corsé” a la banca, la generalizada desreglamentación de este sector posibilitó la restauración de la hegemonía financiera (tan característica de las décadas de principios del siglo XX). El resto de conquistas sociales alcanzadas al terminar la II Guerra Mundial pasaban a situarse igualmente en el punto de mira, iniciándose una erosión paulatina que se extendería –con mayor o menor intensidad según los países– a lo largo de las décadas de 1980, 1990 y 2000.
La ideología neoliberal predicaba una progresiva retirada del Estado de la economía. Sin embargo, el salto entre el discurso y la realidad fue siempre apreciable: el Estado no se retirará durante el periodo neoliberal de la economía, sino que modificará sus pautas de intervención para ponerse al servicio de la nueva hegemonía financiera. El Estado, que había sido el marco institucional en el que el movimiento obrero organizado había consolidado la protección laboral y social, pasa a ser “capturado” nuevamente por los intereses del capital financiero. Esta captura institucional determinará nuevas prioridades para las administraciones públicas: facilitar la ampliación de los marcos de valorización del capital y garantizar la rentabilidad privada.
La eliminación de los controles de capitales, la liberalización de los mercados monetarios y de los tipos de interés administrados, la apertura de los mercados bursátiles, la flexibilización de los coeficientes mínimos de reservas que debían mantener las instituciones financieras, o el impulso dado por las administraciones a los mercados de deuda pública son ejemplos del tipo de medidas mediante las cuales los Estados facilitaron la restauración de la hegemonía financiera.
Por otro lado, las políticas de rentas basadas en la “desinflación competitiva” impusieron un bloqueo en el crecimiento de los salarios reales, una desconexión del crecimiento de éstos con relación al crecimiento de la productividad y, como consecuencia, una distribución de la renta favorable a los beneficios empresariales.
Este conjunto de medidas posibilitó, en primer lugar, una recuperación de la rentabilidad; pero además permitió que el exceso de liquidez del sistema –fruto del nuevo patrón de distribución de la renta, favorable a los beneficios empresariales– se valorizase crecientemente en el ámbito financiero. Sin embargo, desembridar las economías europeas de las regulaciones financieras y bancarias mantenidas en décadas anteriores también incrementó la inestabilidad intrínseca del sistema y su insostenibilidad.



Deuda, crisis y regresión social.
El patrón de acumulación que se despliega a partir de 1980 con las medidas neoliberales es un patrón dirigido fundamentalmente por los intereses del capital financiero, que da lugar a una lógica crecientemente “financiarizada”.
La capitalización bursátil de las principales plazas financieras se dispara, sobrepasando varias veces el peso del PIB de las distintas economías nacionales; el valor de las transacciones financieras crece mucho más rápidamente que la actividad comercial y productiva; las instituciones financieras (banca comercial, banca de inversión, fondos de pensiones, fondos de inversión, compañías de seguro, hedge funds…) ejercen un intenso poder en los mercados de divisas, deuda y acciones, determinando el funcionamiento de las diversas economías nacionales así como de la economía mundial en su conjunto; la presencia en las estructuras accionariales de estas instituciones impone estrategias industriales basadas en la masiva distribución del excedente empresarial, la ausencia de reinversión, las operaciones de reestructuración y refocalización empresarial, así como la extensión de la subcontratación; finalmente, se incrementa notablemente el peso de los “ingresos rentistas” (intereses, dividendos, rentas de la propiedad, etc.) sobre el total de la renta nacional.
En realidad, no podemos caracterizar esta “lógica financiarizada” que se despliega desde 1980 como novedosa. Asistimos más bien a una extrema agudización de algunos de los rasgos inherentes a la lógica del capital.

El drenaje hacia la esfera financiera de la liquidez no invertida en la actividad productiva ha conllevado la formación de enormes burbujas financieras y crediticias, aumentando el valor nominal de los activos y, con ello, el creciente divorcio entre el ámbito financiero y el productivo. Así, uno de los rasgos más significativos de este periodo es la enorme sobrevaloración de los activos que se ha producido. Esta sobrevaloración ha determinado que los activos financieros e inmobiliarios hayan pasado a tener –en general– un valor nominal muy superior a su valor real (siendo este último equivalente a la suma de los pagos futuros derivados de la tenencia de dichos activos). No obstante, el divorcio entre el ámbito financiero y el productivo nunca puede llegar a completarse, ni es sostenible en el tiempo: el fuerte crecimiento de las cotizaciones bursátiles no puede progresar indefinidamente si no está respaldado por incrementos en la productividad y los beneficios reales de las sociedades, del mismo modo que el continuo incremento de la deuda no puede mantenerse si no crecen los ingresos de las empresas y los hogares endeudados.
Esa acumulación de “activos ficticios”[ii] se sitúa precisamente en la base de la crisis actual. La fuerte expansión del crédito que las economías desarrolladas han experimentado a lo largo de las últimas décadas ha alcanzado tal dimensión que ha hecho evidente para los acreedores la imposibilidad de ejercitar sus derechos de cobro sobre los deudores. La consiguiente desvalorización de los “activos ficticios” acumulados ha dado paso a una intensa “recesión de balances” (hogares, empresas e instituciones financieras intentan desendeudarse simultáneamente, cortocircuitándose con ello el crédito, el consumo y la inversión).

La cadena se rompe siempre por el eslabón más débil. Eso explica que la crisis de la deuda haya aflorado con el episodio de las hipotecas subprime, o con los ataques a las deudas soberanas de los países de la periferia europea. No obstante, la dinámica de sobreendeudamiento es generalizada. Cuando en 2008 estalla la crisis, según datos del McKinsey Global Institute, la deuda total (pública y privada, de hogares, empresas e instituciones financieras) equivale en Alemania al 274% del PIB, en Francia al 308%, en España al 342% y en el Reino Unido al 380%. Estados Unidos (290% del PIB) y Japón (460%) no son ajenos a esta dinámica.
La acumulación masiva de deuda y de activos financieros sin respaldo real se presenta por tanto como una dinámica insostenible, una “salida en falso” a la crisis del capitalismo de los años setenta. Pero además, más allá de su insostenibilidad en el tiempo, esta acumulación de deuda se ha convertido en una palanca de recomposición social, dando lugar a una enorme batalla social. Esta batalla decidirá qué grupo social carga con el peso de la deuda y de los activos tóxicos. El papel del Estado en este punto vuelve a ser de nuevo crucial.
Desde el momento en el que estalla la crisis de la deuda en Europa, los Estados –y particularmente, las instituciones de la Unión Europea– se han puesto al servicio de los intereses del capital financiero nacional e internacional, hasta el punto de transformar una crisis bancaria en una crisis fiscal.
Los Estados europeos se encontraban con sus cuentas públicas equilibradas en el momento en el que estalla la crisis: según datos de AMECO, en 2007 el déficit público de la UE-27 se situaba en el -0,9% del PIB; en 2011 dicho déficit había pasado al -4,5%. Esta dinámica es similar en la mayoría de países: entre 2007 y 2011 el déficit público con relación al PIB pasa del -2,8% al -5,2% en Francia, del -1,6% al -3,8% en Italia, del -2,7% al -8,3% en el Reino Unido, del -6,8% al -9,2 en Grecia, del -0,1% al -3,9% en Bélgica y del -3,2% al -4,2% en Portugal. Aquellos países que se encontraban en situación superavitaria también pasaron a tener problemas fiscales: Holanda pasa del +0,2% al -4,6%, Irlanda del +0,1% al -13% y España del +1,9% al -8,5%.
Las causas de este incremento del déficit público son diversas: la crisis económica ha determinado un aumento de los gastos por desempleo en muchos países, al tiempo que se hundía la recaudación del IRPF, del IVA y, especialmente, del impuesto de beneficios.
No obstante, la enorme suma de las partidas comprometidas por los Estados con los rescates de sus sistemas financieros nacionales ha contribuido ampliamente a incrementar dichos déficits fiscales. Según datos de la Comisión Europea[iii], entre el 1 de octubre de 2008 y el 1 de octubre de 2011 la Comisión ha autorizado ayudas estatales a los sectores financieros nacionales por valor de 4,5 billones de euros (lo que supone el 36,7% de PIB de la UE). La mayor parte de las ayudas (3’5 billones de euros, el 27,7% del PIB de la UE) fueron acordadas el año 2008, principalmente bajo la forma de garantías y avales sobre el pasivo a corto plazo de las entidades bancarias. El billón de euros autorizado con posterioridad a 2008 se ha concentrado en ayudas de recapitalización directa a la banca y en la compra de activos tóxicos, no en garantías. Entre 2008 y 2010, el volumen de ayudas efectivamente utilizado por los bancos europeos se ha elevado a 1,6 billones de euros (el 13% del PIB de la UE), situándose las aportaciones por recapitalización y compra de activos tóxicos en 409.000 millones de euros (el 3,3% del PIB de la UE).
Como vemos, la “captura institucional” protagonizada por los intereses financieros a lo largo de las últimas décadas ha conllevado que las administraciones públicas europeas irrumpan en la batalla social abierta en torno al pago de la deuda facilitando la socialización de las pérdidas de la banca. Los inciertos derechos de cobro de los acreedores (inciertos en la medida en que para ejercerse precisan de la generación de una riqueza futura aún no producida) pasan a ser garantizados por los Estados europeos (mediante inyecciones de liquidez, avales públicos, compras de activos tóxicos, ayudas directas o mediante entradas en el capital de las instituciones). Para ello, los Estados se han endeudado nuevamente en los mercados financieros internacionales, imponiendo duros recortes en los gastos públicos y sociales con el fin de garantizar el futuro pago de dicha deuda. Y sin embargo, las instituciones financieras no repercuten en forma de crédito las ayudas recibidas, debido a que están en pleno proceso de saneamiento de balances (supeditado en todo caso al reparto anual de dividendos).
Cinco años después del comienzo de la crisis los niveles de endeudamiento global no se han reducido. No obstante, las ayudas a la banca han permitido trasladar a las administraciones públicas una parte creciente de los costes asociados a los activos tóxicos. De esta forma, será el conjunto de la ciudadanía –y especialmente las clases trabajadoras y populares– las que paguen la factura mediante durísimos recortes en sus salarios, en los servicios públicos (sanidad, educación, ayudas a la dependencia, etc.) o en las pensiones. Así, una profundísima transformación de los marcos laborales, salariales y sociales está aconteciendo en Europa como consecuencia de la crisis.
Asimismo, hay un elemento clave para entender en toda su dimensión la dinámica, primero, de sobreendeudamiento de las economías europeas y, después, de socialización de deudas en beneficio del capital financiero: el papel jugado por el Euro y la Unión Europea. La entrada en vigor del Euro en 2002 supuso una ampliación de los tradicionales desequilibrios comerciales y financieros intracomunitarios, ensanchando los déficits por cuenta corriente de los países periféricos así como sus necesidades de financiación externa respecto al núcleo central de la unión. Pero además, una vez que estalla la crisis la orientación de las instituciones de Bruselas es inequívoca: el Pacto del Euro institucionaliza la austeridad fiscal y la prioridad del pago de la deuda, para lo cual contempla igualmente la liquidación de los convenios colectivos así como los recortes salariales, del gasto público y las pensiones. Recuérdese además que los tratados de la Unión prohíben que los Estados europeos puedan recurrir a préstamos de sus propios bancos centrales, teniendo que endeudarse con la banca privada a tipos y condiciones de mercado. Esta intervención de las instituciones de Bruselas al servicio de los intereses del capital financiero se implementa además desde un ejecutivo no elegido directamente por los ciudadanos, como es la Comisión Europea, en contra incluso de las decisiones de gobiernos soberanos. Las exigencias que impone la Comisión Europea, acordadas con el BCE y el FMI en el marco de la llamada “troika”, se muestran por tanto difícilmente compatibles con la democracia.
Poco importa si las medidas de austeridad hunden aún más a las economías europeas –particularmente a las economías periféricas– en la depresión económica y profundizan la regresión social. Tampoco parece tenerse en cuenta el hecho de que estas mismas medidas fueron las que llevaron a América Latina durante los años ochenta a la llamada “década perdida (con un colapso de la actividad económica, un intenso crecimiento de las desigualdades y un empobrecimiento de las clases medias). El objetivo de las políticas implementadas es evidente: asegurar el pago de la deuda a los acreedores. Y, de paso, redefinir el terreno de las relaciones salariales, laborales y sociales en beneficio de la rentabilidad privada.
No obstante, parece difícil pensar que la estrategia del capital financiero y de las instituciones de Bruselas podrá ser llevada hasta el final: la espiral recesiva a la que la austeridad nos está conduciendo, junto con la acrecentada percepción de injusticia social derivada del proceso de socialización de las pérdidas de la banca, obligará a los gobiernos (tarde o temprano, por voluntad o por necesidad) a modificar su rumbo. Las resistencias políticas y sociales que dicha estrategia enfrentará difícilmente podrán ser ignoradas. Los bruscos giros hacia la austeridad emprendidos –en plena Gran Depresión– por el canciller alemán Heinrich Brüning en el verano de 1931, por el gobierno francés de Pierre Laval en 1935 o por Roosvelt en EEUU en 1937, evidencian las enormes limitaciones políticas y económicas de esas estrategias.
El periodo neoliberal nos deja sentados encima de una enorme montaña de deudas. La crisis en la que nos hayamos hoy inmersos es la crisis de las soluciones que se instrumentaron ante las dificultades experimentadas por las economías europeas durante los años setenta. Así, las dos principales palancas que articularon la superación de dichas dificultades –financiarización y contención salarial– han mostrado su insostenibilidad, dada la dinámica de sobreendeudamiento a la que han llevado. La batalla social abierta en este momento en Europa pivota precisamente en torno a qué grupos sociales deben pagar dichas deudas, cuándo y cómo.
Al ampliar el diafragma con el que observamos la dinámica económica a lo largo de todo un siglo comprobamos que lo excepcional en el capitalismo no es precisamente el periodo neoliberal, la desreglamentación económica y financiera generalizada, la dinámica de acumulación de capital ficticio o la sucesión de crisis económicas. Lo excepcional es precisamente la “represión financiera”, la consolidación de las conquistas sociales y la regulación pública en beneficio de la mayoría de la población. Sólo la enorme fuerza de los movimientos de masas pudo imponer dicha excepcionalidad al finalizar la II Guerra Mundial. De hecho, la única forma de garantizar derechos democráticos como la educación gratuita, la sanidad universal, las pensiones, el empleo digno o la protección social pasa hoy día porque movimientos de masas consigan poner de nuevo en entredicho la lógica de la rentabilidad privada (en particular, la del capital financiero).
¿Acaso es lógico que –con el objetivo de pagar la deuda que la banca ha transferido a los Estados– a los trabajadores se les recorten sus salarios, se cierren los quirófanos, se despidan profesores o aumente la regresividad fiscal? ¿Qué legitimidad tiene esa deuda “pública” que se incrementa continuamente, ayer por la desfiscalización de las rentas del capital y hoy por el avance de la socialización de las pérdidas bancarias? ¿Por qué debe ser pagada? Es lógico que la ciudadanía se haga estas preguntas. Precisamente también por ello sería lógico que se iniciase una auditoría de dicha deuda que sirviese precisamente para identificar su carácter ilegítimo.
El péndulo de la historia sitúa de nuevo a los pueblos europeos y al movimiento sindical frente a dilemas similares a los de la década de 1930. En sus manos está la reconstrucción de un movimiento de masas que, partiendo de la defensa de los derechos colectivos, avance hacia la impugnación de un sistema en el que dichos derechos son la excepción, no la norma.
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martes, 7 de agosto de 2012

“El dilema actual es ciudadanía plena o retorno del idiota social”.

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Respetable Maestro, Colega. (Sociólogo y Politólogo). Interesante la propuesta sobre su caracterización en relación al movimiento social 15-M y todo el conjunto de manifestaciones y protestas sociales (Occupa Wall Street, Democracia Real, Ya, los Ni, Ni ( Ni trabajan, Ni Estudian) falta el poderoso movimiento universitario chileno: “No queremos mejorar el sistema, el sistema hay que cambiarlo”; totalmente de acuerdo en su opinión sobre el actual movimiento mexicano, "yo soy, 132" contra la corrupción política desde la "dictadura de los medios"). Su opinión sobre la Primavera Democrática en los países árabes, respetable en el trabajo del maestro Samir Amin. Simplemente, consideramos, que el movimiento de la nueva Sociedad Civil árabe, - sindicalistas, trabajadores, desocupados, excluidos, perseguidos por la dictadura, en general la ciudadanía emergente - que el origen, el contexto interno y los objetivos políticos, son absolutamente diferentes al planteado en forma concreta por el movimiento los indignados, producto concreto de una crisis estructural y el fracaso de las políticas de alternativas de “solución” a la crisis. Igualmente, con mucho respeto expresamos, nuestra profunda discrepancia, en relación a la Democracia y el Sistema Político en los países de América Latina, desde México hasta el sur, Chile y Argentina. Propuesta política nuestra, que ya existe en nuestros trabajos en el presente Blogger de Sociología Política.


Perú. Cajamarca. El más grande, intenso, masivo, complejo, múltiple y polarizado movimiento social: "Conflicto Social" en contra de la más grande transnacional minera de oro Newmont-Yanacocha. "Conga No Va".
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Está ausente en esta “mirada mundial”, definitivamente hoy sobre los "Nuevos Movimientos Sociales anti-globalización", etiquetados por la derecha neoliberal como "Conflictos Sociales" que recorren como volcanes sociales y políticos y otros ya explotaron en América Latina, el protagonismo de nuevos actores sociales, (in)surgen ( Nuevos Sujetos Sociales Históricos) contra el nuevo proceso de acumulación mundial del capitalismo – el capitalismo del saqueo, el pillaje y la explotación – presentado y vigente hoy como fabulosas inversiones internacionales - cuando en realidad son las corporaciones transnacionales en el objetivo estratégico de explotar la diversidad de nuestros recursos naturales. Además estos “Conflictos Sociales” son el resultado del “Cambio de época histórica” y producto directo de la crisis estructural del sistema capitalista. Movimientos sociales en la coyuntura latinoamericana, construyen nuevas formas de liderazgo, social y humanista; y al no tener respuesta y menos al no existir políticas de Estado de los gobiernos, la crisis de la política y la crisis “final” de los partidos políticos, estas protestas, reclamos y movilizaciones, también como “nuevas formas de hacer política”, son fácilmente criminalizados por la imposición de la derecha conservadora, la nueva oligarquía financiera-exportadora y los poderes fácticos, que real y objetivamente dominan y controlan la política. Saludos. Desde Arequipa. Perú. Dr. Pablo Raúl.
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“El dilema actual es ciudadanía plena o retorno del idiota social”.
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Marcos Roitman Rosenmann vive en Madrid, es politólogo y acaba de publicar un libro que analiza a los indignados como movimiento social, asignándoles el rescate de la política en manos de los mercados, sin dejar de lado su especificidad y sus contradicciones.

Por Pablo E. Chacón.
Revista de Cultura Ñ. Lunes 6 de agosto del 2012.
· Etiquetado como: Indignados.

Politólogo y sociólogo de la Universidad Complutense de Madrid, Marcos Roitman Rosenmann acaba de publicar Los Indignados. El rescate de la política. (Akal), donde desmenuza las causas que dieron origen al fenómeno colectivo que desde Madrid se expandió a otras capitales europeas y llegó hasta Wall Street y el DF Mexicano como una reacción a las políticas de ajuste comandadas por los gobiernos conservadores (de derecha e izquierda), cebados por la crisis económica y la explosión de la burbuja hipotecaria. El especialista conversó con Ñ digital desde Madrid.


PUERTA DEL SOL. En su proclama, los indignados dicen: “No estamos contra el sistema, es el sistema el que nos excluye”. (EFE)


-¿A quién representan,  en principio, los indignados?

-Hablar de un movimiento social ciudadano como “indignados” es una manera fácil de etiquetarlo. Su emergencia no es resultado de la cólera o de la ira social. Sus raíces  hacen referencia a la pérdida de la ciudadanía política. Forman parte de un entramado social que lucha por recuperar los espacios democráticos. Son hijos de una crisis del capitalismo caracterizada por la involución política, la corrupción, el aumento de la desigualdad social, el desempleo y un descrédito de la política como gestión tecnocrática.

-¿Y entonces por qué habla de un “retorno” de la política el periodismo cuando se refiere a ellos? ¿Donde estaba escondida la política?

-No creo que las cosas se puedan plantear en esos términos. Nunca la política ha estado ausente en el proceso de toma de decisiones. Pero su forma muta. Hoy, la política ha perdido centralidad, capacidad de control sobre el poder económico y el capital transnacional. Se ve arrinconada y transformada en un quehacer técnico. La desregulación supuso ceder terreno al capital financiero y especulativo. Los llamados “mercados”, que son las grandes empresas transnacionales, han hecho de la política un oficio espurio. La clase política se encuentra subordinada a los empresarios, mafias y al crimen organizado. De allí que uno de los eslóganes del movimiento de “indignados” sea “no nos representan”.

-¿No escribe Marx que toda economía es política? ¿Cómo entender ese aserto en este contexto?

-Sin dudas, la concepción marxiana sigue vigente. No se discute si la economía es o no política, lo que se pone en duda es el papel de la política en la creación de ciudadanía. Lo que se cuestiona es su rol: el papel en la creación de la sociedad política y la articulación de alternativas. Hoy existe una política económica diseñada que supone la despolitización de lo político. Proyecto que entró en vigencia en los 70 del siglo pasado. Sus orígenes se encuentran en la Trilateral y el advenimiento del neoliberalismo. Razón suficiente para rescatarla de los mercados. La alternativa es: ciudadanía plena o retorno del idiota social. Ese es el dilema actual. Ciudadano o consumidor.

-¿Hay rasgos comunes entre los “indignados” españoles, italianos, griegos, ingleses, los okupas de Wall Street y los activistas mexicanos?

-Podríamos decir que tienen en común ser luchas por la democracia y de resistencia social a los recortes presupuestarios, las reformas laborales, la pérdida de derechos políticos. Un llamado de atención que alza su voz contra la corrupción, el paro juvenil, el desempleo, la especulación financiera, y la forma de encarar la crisis. Sin embargo, hay grandes distancias. El movimiento iniciado en la Universidad Iberoamericana por los estudiantes criticando el control mediático de Televisa en favor del candidato del PRI, Peña Nieto, conocido como yosoy#132, en México, no guarda relación con la toma de Wall Street ni con el 15M. Lo genérico, ser hijos de una crisis profunda del capitalismo y su proyecto neoliberal, no debe hacer perder la perspectiva. Cada uno de ellos hunde sus raíces en las estructuras sociales y de poder que le dan vida y explican. No son espontáneos ni surgen de la nada. ¿Cómo sino explicar los piqueteros en Argentina, sin ir más lejos?

-¿Existe en este grupo un rechazo a la política como sistema de representación, o es un reclamo de reforma del Estado?

-Bien. En parte, y sólo en parte, se rechaza la política, o mejor dicho, una forma de hacer política, aquella que hemos definido anteriormente como falta de moral y ética democrática. Cuando los escándalos de corrupción, abuso de poder, sueldos desproporcionados, vidas lisonjeras, acuerdos tras bambalinas, uso de información privilegiada, impunidad y sobre todo alejamiento de los problemas ciudadanos, la sociedad civil ve a sus políticos como un problema no como parte de la solución y arremeten contra ellos. La desafección a la actividad política y los partidos y sindicatos  mayoritarios, sólo mayoritarios, se hace presente. El 15M es un movimiento heterogéneo donde coexisten jóvenes, desempleados, jubilados, intelectuales, militantes de muchos partidos de izquierda y apartidistas. En este sentido, claro que hay un reclamo por la reforma del Estado y el sistema electoral. Pero no es lo fundamental, aunque puede ser lo más llamativo. Como se señala en el libro sus reivindicaciones son globales y se da cuenta de ellas. 

-¿Y cuál sería la razón de la ausencia de "indignados" en América del Sur, donde los últimos años se han hecho múltiples reformas estatales con orientación ideológica opuesta a la que se intentó en los 90?

-América Latina no es un continente homogéneo. Se yuxtaponen diferentes procesos. Por citar algunos, Colombia, Chile, México, Honduras, Guatemala y Panamá se ubican en un extremo: articulan la opción neoliberal y han realizado reformas del Estado, sólo que en una dirección. Privatizar, desregular, descentralizar y otorgar todo el poder a las elites empresariales y las burguesías gerenciales transnacionales. Un proceso de desnacionalización. Basta ver sus resultados: pérdida de soberanía y un aumento de las desigualdades y la pobreza. Los recortes en educación, sanidad y la ausencia de una política fiscal que grave las grandes fortunas son notorios. En el otro extremo, sólo tres países –si exceptuamos la constitución socialista de Cuba de 1976–, han recreado el concepto de nación de manera inclusiva. Venezuela, Ecuador y Bolivia. Es decir, han realizado proceso constituyente variando la relación de poder y de clases. Buscando conjuntar el “Buen vivir”, la vida plena, con el rescate de la política: pérdida de soberanía y aumento de las desigualdades y la pobreza.

Tanto Brasil como Uruguay, Argentina o Perú no lo han planteado en esos términos. Las constituciones vigentes siguen siendo aquellas de la época neoliberal. Le recuerdo que en Chile rige la constitución de 1980 redactada por la dictadura, maquillada con reformas. Por ello se aplica la ley antiterrorista de 1981, criminalizando los movimientos sociales, sean estos de estudiantes, trabajadores o del pueblo mapuche.  La explicación no es simple, pero habla de correlaciones de fuerza y la fuerza de una alternativa democrática capaz de liderar un proyecto anticapitalista. No se trata del capitalismo con rostro humano o salvaje. Hoy el problema es de vida o muerte. El planeta entró en crisis y no hay salida en sus fronteras.


La juventud europea, es la más comprometida en la lucha, protesta y reivindicaciones del Movimiento Social de Los Indignados del 15-M.
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-Da la sensación de que la crisis económica europea, más que una crisis, es un diagrama económico nuevo del que todavía no se conocen los efectos sociales, ¿es así?

-La respuesta enlaza con la anterior. La crisis es sistémica. No es financiera o especulativa. Estamos en presencia de una crisis global donde los cambios producidos en un afán predador y mercantilista han llevado al planeta entero a un colapso. Como sistema complejo, el grado de estrés al que ha sido sometido el planeta impide restaurar los nichos ecológicos o recuperar los grados de pureza de las aguas o el medio ambiente. La extensión de especies, la contaminación, las enfermedades endémicas y el deterioro de la calidad de vida, son los efectos de un sistema de explotación cuyo fundamento, ganar dinero, se sobrepone a cualquier consideración ética o democrática. Esa es la gran conclusión que se puede obtener de esta crisis: el agotamiento del capitalismo. Pero claro, dicha formulación la realizo en términos teóricos; en lo práctico, la deriva de Europa, sus elites políticas, tienden a no variar el rumbo, con lo cual el futuro adopta la forma de un totalitarismo invertido, es decir con políticos que obedecen y sociedades despolitizadas. De allí la importancia de estos nuevos movimientos sociales ciudadanos. 

-¿Existe alguna relación entre los indignados del mundo industrial y la llamada Primavera árabe? ¿Qué clase de mundo cree usted que está tomando forma?

-No son iguales, no tienen ni el mismo origen ni las mismas reivindicaciones, ni están sometidas a la misma lógica. El texto de Samir Amin “La primavera árabe” es muy claro al respecto. Creo que el intento de igualar todos los movimientos sociales y políticos que han nacido en este siglo XXI, para generar una explicación de carácter sincrético, no es un buen ejercicio intelectual. Si existe relación, hay que buscarla en la creación del mundo colonial, del imperialismo, de las formas de explotación transnacional y las luchas por la soberanía. Aunque resulte una perogrullada no es lo mismo Egipto o Túnez que España o Francia. Unos fueron primero colonias y luego países independientes. Europa ha sido cuna del capitalismo colonial y el imperialismo. El mundo emergente es de una extrema complejidad. Los intereses de los Estados Unidos, la lucha antiterrorista iniciada tras el ataque a las torres gemelas, el poder de los países emergentes, cambian la fisonomía y obligan a repensar el futuro en términos de incertidumbre y atractores. El futuro no está diseñado ni su dirección definida. En eso consiste el devenir de la historia y los procesos políticos. No hay modelos. Pero los caminos no son excluyentes. Defensa de la humanidad, democracia y justicia social, o totalitarismo invertido en manos de un tirano transnacional.    

-Finalmente, ¿cuál es su opinión sobre este movimiento en relación a los movimientos emancipatorios de los años 60 y 70, tanto en Europa como en diversas partes del mundo?

-El intento de comparar ambos procesos históricos no lleva a buen puerto: no guardan relación con el mayo francés ni con los movimientos antiimperialistas nacidos a la luz de la guerra de Vietnam. Creo, sin embargo, que su emergencia es el resultado del deterioro y del menosprecio a la vida en todas sus manifestaciones. Eso ya lo pone en otro plano de articulación. Su futuro es incierto, pero no cabe duda, cualquier proyecto democrático, al menos en España, debe contar con su presencia. En otros términos, el 15M debe ser parte del proyecto democrático, pero no todo el proyecto es 15M o expresión de indignados. 

-¿Por qué algunos hablan sobre los primeros quince días del 15M como fundante y el resto de la movida como un episodio anecdótico?

-Principalmente porque desconocen su articulación. El 15M está continuamente reinventándose. Comisiones de trabajo, acciones, manifestaciones, reivindicaciones, debates y propuestas. Tomar las plazas públicas, recuperar espacios y articular barrios y vecinos es una tarea no exenta de riesgo y contradicciones. Un lenguaje y una manera de actuar novedosa siempre acarrean discusiones y parálisis. En su interior se albergan familias, intereses y propuestas políticas contrapuestas, desde izquierda anticapitalista, ATACC, Izquierda Unida, el Partido Comunista, Corriente Roja, Democracia Real ya, juventudes socialistas, Partido Humanista, autogestionarios, anarquistas, etcétera. Unos y otros quieren direccionar el 15-M. El considerarlos una expresión anecdótica corresponde a los medios de comunicación del poder y a los intentos de acallar su propuestas, tildándolos de utópicos y antisistema, sin alternativas. Pero como el 15M señala: “No estamos contra el sistema, es el sistema el que nos excluye”.
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lunes, 6 de agosto de 2012

Mercosur cambia el orden geo-económico mundial. El significado geopolítico del ingreso de Venezuela al Mercosur. Franco salió a criticar al MERCOSUR.

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Venezuela ya es miembro de Mercosur, y esto supone un cambio significativo en el nuevo orden geoeconómico mundial. Mercosur es la quinta economía del mundo en términos de PIB, detrás de Estados Unidos, China, India y Japón, y delante de la mismísima Alemania. Se constituye así otro polo más en este mundo cada vez más policéntrico. Mercosur, con la entrada de Venezuela, cuenta con todo lo necesario para consolidarse como otra centralidad en el tablero internacional: mucho petróleo, otras energías, alimentos, mercado interno, creciente poder adquisitivo, y un aceptable desarrollo industrial. Además, goza de un territorio sin conflicto bélico, con importante solidez democrática, y con reglas políticas claras. Esta nueva reconfiguración regional tiene importantes efectos hacia dentro y hacia fuera.

Geopolíticamente -gravitación del espacio, tecnología y poder en la formulación de la política exterior de los Estados-, por primera vez la República Bolivariana de Venezuela se vincula con la Cuenca del Plata, única frontera real luso-hispánica donde se juega la unidad real de América del Sur, conformando como novedad un espacio geoeconómico que va desde el Caribe hasta Tierra del Fuego, por lo que podemos observar los primeros indicios de lo que podría ser en un futuro un Estado Continental Sudamericano.

El ingreso de Venezuela al Mercosur fue aprobado el 29 de junio en la cumbre del bloque celebrada en Mendoza, Argentina. El trámite fue ratificado el 31 de julio en una cumbre extraordinaria celebrada en Brasil. En la primera de las reuniones, las presidentas Cristina Fernández, de Argentina; Dilma Rousseff, de Brasil, y el mandatario de Uruguay, José Mujica, aprobaron la suspensión temporal de Paraguay debido a la destitución de Lugo. La oficialización de Venezuela como miembro pleno del Mercosur fue una decisión totalmente política y no jurídica y por eso es absolutamente ilegal, subrayó Franco. Según él, el autodenominado Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) tiene vinculaciones con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que son apoyadas por Caracas. “Esos grupos irregulares, deplorables y terroristas, hicieron del miedo un negocio, secuestrando y matando, y en esas condiciones no podemos aceptar a Venezuela”.
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Panorama MERCOSUR. Mercado Común del Sur.

Mercosur cambia el orden geo-económico mundial.
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 Alfredo Serrano M.
El Telégrafo

Venezuela ya es miembro de Mercosur, y esto supone un cambio significativo en el nuevo orden geoeconómico mundial. Mercosur es la quinta economía del mundo en términos de PIB, detrás de Estados Unidos, China, India y Japón, y delante de la mismísima Alemania. Se constituye así otro polo más en este mundo cada vez más policéntrico. Mercosur, con la entrada de Venezuela, cuenta con todo lo necesario para consolidarse como otra centralidad en el tablero internacional: mucho petróleo, otras energías, alimentos, mercado interno, creciente poder adquisitivo, y un aceptable desarrollo industrial. Además, goza de un territorio sin conflicto bélico, con importante solidez democrática, y con reglas políticas claras. Esta nueva reconfiguración regional tiene importantes efectos hacia dentro y hacia fuera.

En primera lugar, hacia dentro, los tres grandes países de Sudamérica se asocian en clave comercial generando así una potencial dinámica de intercambio comercial, de complementariedad productiva, de integración financiera y de flujos monetarios sin dólar. Este Mercosur es sólo un adelanto del Mercosur que se avecina con la llegada de dos países pequeños pero no menos importantes en términos políticos, económicos, energéticos y geoestratégicos: Bolivia y Ecuador. Si Paraguay vuelve a la democracia, será el siguiente. De esta manera, Sudamérica, en el marco amplio del UNASUR, y después de la desintegración de facto de la CAN, queda partida en dos bloques ciertamente antagónicos en cuanto a las relaciones con el exterior, y en propuestas de patrón económico y régimen de acumulación. En un lado, estaría Mercosur, y en el otro lado, algo más arrinconada por la pérdida de preferencias arancelarias en el creciente comercio intra-regional, está la alianza del pacífico (Chile, Perú, Colombia y México). Este grupo de países prefieren seguir subordinado al Norte (sea EU o EEUU) perpetuándose en una economía de base más estrecha y sufriendo las consecuencias del intercambio desigual.
En segundo lugar, hacia fuera, Mercosur avanza a toda prisa para posicionarse como gran polo económico y político, que se reubica más soberana y estratégicamente en el mundo, que modifica las relaciones de poder con el norte, y que teje alianzas en otras condiciones más justas con las economías emergidas. La relación con los BRICS es fluida, porque no sólo Brasil forma parte de esa alianza, sino que Argentina está invitada oficialmente a la próxima reunión del 22 de Septiembre del 2012 donde se acordarán las bases de la creación del Banco de los BRICS. Esta relación Mercosur-BRICS es fundamental por la importancia de éstos en la esfera mundial; e l propio FMI reconoce que al concluir 2012, los BRICS aportarán el 56% del crecimiento de la economía mundial, mientras que el G7 será responsable solamente del 9%. Mercosur además es la culminación máxima del grito de rechazo al ALCA y a la política económica de los Estados Unidos para con el continente.

Todo no será color de rosa; Mercosur tendrá dificultades y desafíos. Está conformado por tres gigantes y un país pequeño, con proyectos fuertemente nacionales, y la integración supondrá una suerte de juego-acuerdos en diferentes ámbitos que beneficien a todos sin grandes desequilibrios. Si llegan Ecuador, Bolivia y regresa Paraguay, habrá una gran diferencia entre los países grandes y los pequeños, y el reto es evitar una división “a lo europeo” del trabajo donde se concentre el valor añadido en algunas economías menoscabando al resto. Otro desafío es construir una integración superadora de la dimensión exclusivamente comercial, ocupándose así de relaciones económicas con contenido social y humano, ecológico, productivo, financiero, monetario y tributario. Las propuestas de política económica emancipadoras de estos países se debaten en una doble dialéctica: una, entre las urgencias coyunturales y transformaciones estructurales, y otra, entre la justicia social y la ambiental. En el próximo Mercosur, son múltiples y variadas las propuestas económicas de desarrollo. Todas siguen en proceso, en disputa, en transición. Unos abogan por un desarrollismo posneoliberal redistributivo, otros por un neodesarrollismo distribuidor, e incluso, existen tímidos planteamientos postdesarrollistas. El objetivo está en conciliar todos estos proyectos nacionales-populares, por la vía de una integración justa y enriquecedora a pesar de las diferencias, o quizás, esperemos que no, por la imposición de un único modelo mercosuriano de desarrollo impuesto por los más grandes y poderosos.
Doctor en Economía, Coordinador América Latina Fundación CEPS 

Venezuela, después de batallar su presidente, Hugo Chávez, por varios años, al final ingresó oficialmente al MERCOSUR. Sin embargo, las fuerzas sociales y políticas conservadoras y neoliberales, siguen oponiéndose aún , simple, porque son enemigas de todo proceso de integración latinoamericana.
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El significado geopolítico del ingreso de Venezuela al Mercosur.
 Miguel Angel Barrios.
Alainet

El ingreso de la República Bolivariana de Venezuela al Mercosur, como miembro pleno le otorga al mismo un salto cualitativo y cuantitativo. Ello hace necesario un análisis contextual y totalizador con el fin de racionalizar la etapa que estamos viviendo.
El siglo XXI ha materializado definitivamente el protagonismo absoluto de los Estados Continentales Industriales como únicos actores protagónicos del sistema mundial. Estados Unidos, China, India, Rusia y la Unión Europea son ejemplos paradigmáticos de lo antedicho.

Al mismo tiempo, sólo habrá unidad de América Latina a partir de América del Sur. Es en el subcontinente sudamericano donde se juega el principal campo estratégico de un futuro Estado Continental Sudamericano, capaz de ser protagónico también como los que nombramos anteriormente. El Mercosur es el anillo nuclear, sin Mercosur no hay Unasur ni Celac, esto hay que tener más que claro. No son, procesos antagónicos, son anillos envolventes, donde el núcleo es Mercosur.

México constituye la principal frontera hispanoamericana frente al mayor poder hegemónico de la historia, pero geopolíticamente se ubica afuera de la isla continental sudamericana, a tal punto que el 85% de su mercado externo se halla totalmente vinculado a los Estados Unidos. Por supuesto, Méjico, en nuestra gran frontera hispanoparlante ante los Estados Unidos y para el nuevo gobierno mejicano, será un enorme desafío, su relación verdadera con América del Sur.
Por primera vez desde su constitución en 1991, el Mercosur incorpora un nuevo Estado como socio pleno. Con la República Bolivariana de Venezuela se suma la tercera economía sudamericana, el Mercosur pasa a representar el 75% del Producto Bruto de esta región, y por consiguiente se empieza a originar el necesario poder intrínseco unificador que requiere todo proceso integracionista de toda la América del Sur.
Por primera vez, un país caribeño insertado en la masa continental sudamericana y que por ende históricamente durante el siglo XIX y XX, tuvo su área de influencia sobre todo el Caribe y América Central se entrelaza con el sur.
La República Bolivariana de Venezuela, a partir de su independencia en 1811, se encontró ante tres alternativas geoestratégicas. Las dos primeras fueron realizadas por Simón Bolívar durante las guerras de la independencia.

En la primera entre 1810-1817, Bolívar actuó en el área antillana durante la Primera República Venezolana, siendo derrotado parcialmente se exilia en las Islas de Jamaica y Haití, donde repiensa su proyecto unificador.

En la segunda 1817-1830, con la ayuda del presidente de Haití Alejandro Petión, Bolívar recomienza su acción sentando su base de operaciones en Bogotá y a partir de allí reinicia su camino victorioso hacia la instauración de la Gran Colombia -actual Colombia, Ecuador y Venezuela-. Esta segunda ruta geoestratégica es el camino Andino que sustituye al camino inicial Antillano, ambos inventados por Bolívar, y que encuentra su punto culminante al hacerse cargo de la conducción general de las guerras de la independencia ante el retiro de San Martín por la falta de asistencia del centralismo de Buenos Aires, y que en diciembre de 1824 llegan a la victoria final de Ayacucho en el Alto Perú (actual Bolivia).
La posterior fragmentación de la América hispánica encorsetó geográficamente a Venezuela en el arco Andino Caribeño, es decir donde había desarrollado su acción según lo analizado, Simón Bolívar. Esta es la explicación de la participación de Venezuela en el pacto Andino en 1969 - año de su fundación-.
El presidente Chávez, como heredero del unionismo bolivariano en la concepción geoestratégica de conformar una "Nación de Repúblicas", reinventa la tercer ruta geopolítica de Venezuela en su historia, no como ruptura sino como continuidad de las dos anteriores en el objetivo de la unidad, y encuentra el camino estratégico del Atlántico Sur para Venezuela, con una originalidad inédita para la historia de ese país.
Geopolíticamente -gravitación del espacio, tecnología y poder en la formulación de la política exterior de los Estados-, por primera vez la República Bolivariana de Venezuela se vincula con la Cuenca del Plata, única frontera real luso-hispánica donde se juega la unidad real de América del Sur, conformando como novedad un espacio geoeconómico que va desde el Caribe hasta Tierra del Fuego, por lo que podemos observar los primeros indicios de lo que podría ser en un futuro un Estado Continental Sudamericano.
Además, al sumarse Venezuela, se avanza en la complementariedad de las economías del Mercosur, pues este país puede desempeñar un rol importantísimo de proveedor de inversiones e importador de una diversidad de productos de origen industrial y agropecuario, fortaleciendo el mercado común.
El país caribeño posee las reservas petrolíferas más importantes del continente y las gasíferas más grandes de América del Sur. Esta situación es clave, ya que un Estado Continental Industrial para poseer Renta Estratégica debe contar con cinco capacidades previas: Poder Alimentario, Poder Acuífero, Poder Demográfico, Poder Geográfico y Poder Energético.
En ese sentido, se abren posibilidades gigantescas de emprendimientos conjuntos para las compañías de hidrocarburos de la región, que privilegian la cooperación e integración energética.
Otro dato relevante, es la contribución de la República Bolivariana de Venezuela al combate de las asimetrías. En tal aspecto, no deberían existir justificativos para que las legítimas demandas de países de menor desarrollo relativo, como Paraguay y Uruguay, o incluso Bolivia no puedan ser atendidas y canalizadas por las tres mayores economías de Sudamérica.
Necesitamos comprender las mutaciones mundiales en curso y concentrar un Poder Regional Sudamericano -de ahí la importancia de la República Bolivariana de Venezuela-, de grandes convergencias.
El Poder Administrativo "políticamente correcto" ya no basta. La globalización nos obliga a todos a cambiar el lenguaje y la acción "municipalista" y cortoplacista. Ya no hay Nación sin Región, y no hay Región sin Poder Estratégico y por la tanto Decisorio. El ingreso de la República Bolivariana de Venezuela al Mercosur, están marcando el inicio de esa ruta.
Miguel Ángel Barrios (Argentina) es doctor en educación y ciencia política, autor de varias obras, entre ellas El Diccionario Latinoamericano de Seguridad y Geopolítica y Consejo Suramericano de Defensa. Desafíos Geopolíticos y Perspectiva Continentales.


FRANCO salió a criticar al MERCOSUR.
El Presidente de Paraguay expuso su disgusto por la incorporación de Venezuela y la suspensión de su país.
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El mandatario desde hace un mes y medio dijo que el bloque sudamericano está politizado: “Es un club ideológico de amigos”. Mientras, el destituido Fernando Lugo baraja la posibilidad de ser candidato a presidente.

En un nuevo capítulo de las discusiones que mantiene con los mandatarios de la región, el presidente paraguayo, Federico Franco, afirmó que el Mercosur se convirtió en un “club ideológico de amigos” y acusó a Venezuela de financiar a grupos terroristas en Paraguay y Colombia, según publicó ayer la prensa brasileña. “Paraguay no tiene nada contra Venezuela, su problema es con el presidente Hugo Chávez”, dijo Franco en una entrevista concedida al diario O Estado de Sao Paulo. Franco, que siendo vicepresidente sucedió en el poder en junio a Fernando Lugo, destituido en un juicio parlamentario express iniciado por el Congreso paraguayo, cuestionó la aceptación de Venezuela en el bloque del Mercosur sin contar con la aprobación del Poder Legislativo de su país. Para el jefe de Estado, el Mercosur dejó de ser una institución comercial.
El ingreso de Venezuela al Mercosur fue aprobado el 29 de junio en la cumbre del bloque celebrada en Mendoza, Argentina. El trámite fue ratificado el 31 de julio en una cumbre extraordinaria celebrada en Brasil. En la primera de las reuniones, las presidentas Cristina Fernández, de Argentina; Dilma Rousseff, de Brasil, y el mandatario de Uruguay, José Mujica, aprobaron la suspensión temporal de Paraguay debido a la destitución de Lugo. La oficialización de Venezuela como miembro pleno del Mercosur fue una decisión totalmente política y no jurídica y por eso es absolutamente ilegal, subrayó Franco. Según él, el autodenominado Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) tiene vinculaciones con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), que son apoyadas por Caracas. “Esos grupos irregulares, deplorables y terroristas, hicieron del miedo un negocio, secuestrando y matando, y en esas condiciones no podemos aceptar a Venezuela”, apuntó.
El gobernante guaraní evitó comentar si Paraguay realizará acuerdos con terceros países por fuera del bloque, pero advirtió que con las decisiones injustas del Mercosur su nación, libre y soberana, está eximida en este momento de cualquier tipo de compromiso con el Mercado Común del Sur. El gobierno de Franco ha recibido gestos de rechazo de países de la región, entre ellos Venezuela, que consideran que a partir de la salida de Lugo del Ejecutivo paraguayo se atentó contra la democracia. El ex vicepresidente volvió a mencionar que cuando los cancilleres del Mercosur viajaron en junio a Paraguay para intentar persuadir a los legisladores de no enjuiciar a Lugo, el canciller venezolano, Nicolás Maduro, se reunió en privado con la cúpula militar paraguaya. Sin embargo, el video de prueba que difundió su gobierno estaba cuidadosamente editado: la versión completa que difundió Telesur muestra a Maduro entrando al mismo lugar que sus pares regionales, Franco insistió con la acusación contra el canciller. “Maduro quiso imponer a los militares una declaración rechazando una decisión constitucional de otro país y eso es una hipocresía”, expresó el recientemente asumido presidente, para quien el viaje extraordinario de los cancilleres se trató de un injerencia en asuntos que sólo conciernen a su país.
Por otra parte, el ex presidente paraguayo Fernando Lugo afirmó que puede ser candidato a la presidencia durante las elecciones de 2013, según publicó ayer también la prensa brasileña. “Hay una oportunidad real de una candidatura al Senado y el Frente Guazú (alianza de partidos de izquierda), estoy analizando ese camino, pero también existe la cuestión de la Presidencia”, señaló Lugo en declaraciones al diario O Estado de Sao Paulo. El ex obispo católico, que el jueves y el viernes estuvo en San Pablo para someterse a exámenes médicos de rutina, después de tratarse en esa ciudad de un cáncer linfático, comentó que la Constitución paraguaya veta la reelección presidencial, pero que su caso es diferente porque él dejó el cargo antes de finalizar el mandato de 5 años para el que había sido elegido. Lugo admitió, a su vez, que frente a eso existe una incertidumbre, pues la mitad de la biblioteca dice que sí puede ser candidato y la otra que no.
“Hoy recibí la respuesta de tres consultas jurídicas diciendo que sí tengo derecho a aspirar”, apuntó Lugo, para quien la última palabra sobre su destitución todavía no fue dicha. Sobre el ingreso de Venezuela al Mercosur, Lugo opinó que Argentina, Brasil y Uruguay actuaron de forma lógica la semana pasada en Brasil, cuando oficializaron el ingreso del país caribeño al organismo regional. “¿Será posible que todos esos países sudamericanos estuvieran equivocados y Paraguay en lo cierto?”, preguntó el ex religioso.
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