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“Es famosa la observación de Lord Acton: “El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe
absolutamente”. Pero Trump ha mostrado que no se requiere poder
absoluto para sumirse en una corrupción sin precedente. Una vez que
el sistema de pesos y contrapesos comienza a venirse abajo
–como de hecho ocurre en Estados Unidos–, los poderosos pueden
operar con impunidad. Los costos serán pagados por el resto
de la sociedad, porque la corrupción siempre es mala para la economía.
Uno esperaría que hayamos llegado al “tope de Trump”, que esta era
distópica de cleptocracia termine con las elecciones de 2026 y 2028.
Pero Europa, China y el resto del mundo no pueden confiar sólo
en la esperanza. Deben desarrollar planes de contingencia que reconozcan
que el mundo no necesita a Estados Unidos.
“¿Qué ofrece Estados Unidos de lo que
el mundo no pueda privarse?
Es posible imaginar un mundo sin los gigantes de
Silicon Valley, porque las tecnologías básicas que ofrecen
están ahora disponibles en muchas partes. Otros correrían a
suministrarlas, y bien podrían establecer salvaguardas mucho más fuertes.
También es posible imaginar un mundo sin las universidades
y el liderazgo científico estadunidense, porque Trump ha hecho ya su
mayor esfuerzo por asegurar que esas instituciones tengan que batallar
para mantenerse entre las mejores del planeta. Y es
posible imaginar un mundo donde los demás no dependan del mercado
estadunidense. El comercio trae beneficios, pero no tantos
si una potencia imperial busca hacerse con una porción desproporcionada
para sí misma. Llenar el “hueco en la demanda” planteado por los persistentes
déficits comerciales de Estados Unidos será mucho más fácil para el
resto del mundo que el reto que enfrenta Estados Unidos de atender
el lado de la oferta.
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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, acompañado por el secretario de Estado, Marco Rubio, y el vicepresidente, J.D. Vance, durante una reunión con ejecutivos de compañías petroleras en la Casa Blanca. Afp
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LA NUEVA ERA IMPERIAL DE EU/JOSEPH STIGLITZ.
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Por
Joseph Stiglitz.
Premio
Nobel de Economía 2001.
Especial
para el Diario La Jornada.
Fuente… La Jornada domingo 11 de enero del 2026.
El presidente
estadunidense Donald Trump ha atraído una ola de críticas por sus acciones
en Venezuela, violaciones
al derecho internacional, desdén por normas establecidas y amenazas contra
otros países, incluso aliados, como Dinamarca y Canadá. En todo el mundo
existe una palpable sensación de incertidumbre y premonición. Pero ya
debería ser obvio que las cosas no terminarán bien, ni para Estados Unidos
ni para el resto del mundo.
Nada de esto constituye una sorpresa
para muchos en la izquierda. Todavía recordamos la advertencia de despedida del
expresidente Dwight Eisenhower, referente al surgimiento de un complejo
industrial-militar a partir de la Segunda Guerra Mundial. Era
inevitable que una nación cuyo gasto militar era igual al del resto
del mundo combinado llegara con el tiempo a utilizar sus armas para
dominar a otros.
Sin duda, las intervenciones populares
se volvieron cada vez más impopulares
después de las malhadadas incursiones estadunidenses en Vietnam, Irak,
Afganistán y otras partes. Sin embargo, Trump nunca ha mostrado
mayor preocupación por la voluntad del pueblo estadunidense. Desde
que entró en la política (y con seguridad desde antes) ha considerado
estar por encima de la ley, alardeando de que podría dispararle
a alguien en la Quinta Avenida de Nueva York sin perder un voto.
La insurrección del 6 de enero de 2021 en el Capitolio –cuyo
aniversario acabamos de “celebrar”– mostró que tenía razón. La elección
de 2024 reforzó el control de Trump sobre el Partido Republicano,
al asegurar que no hará nada para obligarlo a rendir cuentas.
La captura del dictador venezolano
Nicolás Maduro fue descaradamente ilegal e inconstitucional. Como intervención militar,
requería el conocimiento previo del Congreso, si no su aprobación. E
incluso si se estipulara que se trataba de un asunto de “aplicación de
la ley”, el derecho internacional requiere que tales acciones se lleven a
cabo mediante la extradición. Un país no puede violar la soberanía de
otro ni capturar ciudadanos extranjeros –ya no digamos jefes de
Estado– dentro de otro país. El primer ministro israelí Benjamín
Netanyahu, el presidente ruso Vladimir Putin y otros han sido
acusados de crímenes de guerra, pero nadie ha propuesto enviar
soldados para capturarlos dondequiera que estén.
Aún más descaradas han sido las
subsecuentes
afirmaciones de Trump. Sostiene que su gobierno “manejará” Venezuela
y tomará su petróleo, dando a entender que no se le permitirá vender
al mejor postor. Dados estos designios, parecería que una nueva
era de imperialismo se cierne sobre nosotros. El poder
hace el derecho, y nada más importa. Las cuestiones
morales –como matar docenas de presuntos narcotraficantes
sin ninguna pretensión de proceso debido– y el imperio de
la ley han sido hechos a un lado, con apenas algún gemido de los
republicanos que alguna vez proclamaron con orgullo los “valores”
estadounidenses.
Muchos comentaristas se han referido
ya a las implicaciones
para la paz y estabilidad globales. Si Estados Unidos reclama al hemisferio
occidental como su esfera de influencia (la “doctrina
Donroe”) e impide a China el acceso al petróleo venezolano,
¿por qué China no debería reclamar el
este de Asia e impedir a Estados Unidos el acceso a los chips de Taiwán?
Para hacerlo no necesitaría “manejar” a Taiwán, sino sólo controlar sus políticas, en particular las que le permiten exportar a Estados Unidos.
La caída del Imperio Ingles.
*****
Vale la pena recordar que, a Gran Bretaña, la gran
potencia imperial del siglo XIX, no le fue bien en el siglo XX. Si
la mayoría de las otras naciones cooperan frente a este nuevo
imperialismo estadunidense –como deberían–, las perspectivas a
largo plazo para Estados Unidos serían aún peores. Después de
todo, Gran Bretaña al menos intentó exportar principios saludables de gobierno
a sus colonias, introduciendo un mínimo de estado de
derecho y otras instituciones “buenas”.
En contraste, el imperialismo
trumpista, ausente de
cualquier ideología coherente y por completo carente de principios,
es tan sólo una expresión de codicia y voluntad de poder. Atraerá
a los más avaros y mendaces réprobos que la sociedad estadunidense
puede producir. Tales ejemplares no producen riqueza: dirigen su energía
a la búsqueda de ganancias, saqueando a otros mediante el ejercicio
del poder del mercado, el engaño o la abierta explotación. Los
países dominados por los buscadores de ganancias producen algunos individuos
acaudalados, pero no llegan a ser prósperos.
La prosperidad requiere del estado de
derecho. Sin él,
existe una perpetua incertidumbre. ¿Se quedará el gobierno con mis
bienes? ¿Exigirán los funcionarios un soborno para pasar por alto algún
pecadillo insignificante? ¿La economía será un campo de juego parejo, o
los poderosos siempre darán la ventaja a sus amigotes?
Es famosa la observación de Lord
Acton: “El poder
corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Pero Trump ha
mostrado que no se requiere poder absoluto para sumirse en una corrupción
sin precedente. Una vez que el sistema de pesos y contrapesos
comienza a venirse abajo –como de hecho ocurre en Estados
Unidos–, los poderosos pueden operar con impunidad.
Los costos serán pagados por el resto de la sociedad, porque la corrupción
siempre es mala para la economía.
Uno esperaría que hayamos llegado al “tope de Trump”, que esta era distópica de cleptocracia termine con las elecciones de 2026 y 2028. Pero Europa, China y el resto del mundo no pueden confiar sólo en la esperanza. Deben desarrollar planes de contingencia que reconozcan que el mundo no necesita a Estados Unidos.
El mundo de Trump y los gigantes de Silicon Valley.
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¿Qué ofrece Estados Unidos de lo que
el mundo no pueda privarse?
Es posible imaginar un mundo sin los gigantes de
Silicon Valley, porque las tecnologías básicas que ofrecen
están ahora disponibles en muchas partes. Otros correrían a
suministrarlas, y bien podrían establecer salvaguardas mucho más fuertes.
También es posible imaginar un mundo sin las universidades
y el liderazgo científico estadunidense, porque Trump ha hecho ya su
mayor esfuerzo por asegurar que esas instituciones tengan que batallar
para mantenerse entre las mejores del planeta. Y es
posible imaginar un mundo donde los demás no dependan del mercado
estadunidense. El comercio trae beneficios, pero no tantos
si una potencia imperial busca hacerse con una porción desproporcionada
para sí misma. Llenar el “hueco en la demanda” planteado por los persistentes
déficits comerciales de Estados Unidos será mucho más fácil para el
resto del mundo que el reto que enfrenta Estados Unidos de atender
el lado de la oferta.
Una potencia hegemónica que abusa de su poder y amedrenta
a otros debe ser acorralada en su esquina. Resistir a este
nuevo imperialismo es esencial para la paz y la prosperidad de
todos. Si bien el resto del mundo debe esperar lo mejor, necesita
planear para lo peor y, al planear para lo peor, puede que no
haya alternativa al ostracismo económico y social: ningún otro recurso
más que una política de contención.
*Premio Nobel de economía,
execonomista en jefe del Banco Mundial, ex presidente del Consejo de Asesores
Económico del Presidente de Estados Unidos, profesor de la Universidad
Columbia, y autor, como su obra más reciente, de The Road to Freedom: Economics
and the Good Society (W. W. Norton & Company, Allen Lane, 2024).
Copyright:
Project Syndicate, 2026.www.project-syndicate.org Traducción:
Jorge Anaya
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