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“Irán y la estrategia del desgaste. Irán ha comprendido bien esa
limitación del imperio estadounidense
y por eso se le enfrenta sin perseguir una victoria militar
clásica que nunca podría alcanzar. Le basta con prolongar el conflicto,
elevar los costes y tensionar el sistema global No es,
ni de lejos, una potencia industrial.
Décadas de sanciones han limitado severamente su acceso a tecnología
avanzada, su capacidad manufacturera es modesta y sus cadenas de
suministro están sometidas a una presión constante. No puede
ganar una guerra convencional contra Estados Unidos. Probablemente
lo sabe. Pero esa es, exactamente, la clave: no
necesita ganarla, sino no perderla inmediatamente. Y
para eso, sus limitaciones importan menos que las del adversario,
porque la asimetría no opera en el plano de la capacidad total
(totalmente a favor de Estados Unidos), sino en el del tiempo para
las partes. Cada semana de conflicto que Irán puede sostener —con drones
baratos, con la amenaza latente sobre el estrecho de Ormuz o las fuentes
de petróleo, gas y azufre— es una semana que Estados Unidos tiene que
financiar, reponer y justificar políticamente ante su propia opinión
pública. La debilidad, bien administrada, puede ser una forma de
resistencia. No porque Irán sea fuerte. Sino porque la guerra de
desgaste no la gana quien tiene más, sino quien aguanta más.
A Irán no le hace falta ganar la guerra para impedir que Estados
Unidos e Israel la ganen.
“La gran potencia que domina el mundo
no se enfrenta hoy a un enemigo más fuerte, sino a algo mucho más incómodo que le puede
hacer perder la guerra: las consecuencias de su propio éxito. El mismo
proceso que permitió maximizar beneficios a sus grandes empresas
industriales debilitó la capacidad material necesaria para sostener el
poder militar de Estados Unidos. Durante décadas, su poder descansó sobre una
combinación de industria, finanzas y fuerza militar. Hoy, esa combinación
sigue existiendo, pero ha perdido equilibrio. Sigue teniendo el
ejército y las finanzas más poderosas del mundo, pero carece de
la base material necesaria para sostener su poder cuando la guerra deja de resolverse
en operaciones rápidas y pasa a depender de la capacidad de producción.
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Fuentes: Ganas de escribir.
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ESTADOS UNIDOS PUEDE GANAR LAS BATALLAS, PERO NO LA GUERRA DE IRÁN.
Imperio sin industria, imperio de papel.
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Por Juan Torres López | 09/04/2026 | Economía
Fuentes. Revista Rebelión jueves 9 de abril del 2026-
Lo que está ocurriendo con Estados
Unidos en Irán es quizá el mejor ejemplo de cómo esa gran potencia ha
construido su enorme poder sobre bases que no permiten sostenerlo
indefinidamente y en cualquier condición. Sigue siendo capaz de destruir con
una eficacia extraordinaria, pero no está claro que pueda mantener esa
capacidad durante el tiempo necesario para ganar la guerra.
Como ha hecho en ocasiones anteriores
con otras naciones, el ejército estadounidense es capaz de castigar ahora a
Irán con extraordinaria eficacia.
Da golpes muy dolorosos a su infraestructura, a sus fuerzas armadas
y a su población, y siembra el caos y la destrucción en su territorio
y economía. Pero Estados Unidos flaquea y será prácticamente
imposible que pueda ganar la guerra cuando se ha encontrado con
una resistencia derivada de nuevas formas de hacerla que obligan a
mantener los golpes y ofensivas durante mucho tiempo.
Su enorme superioridad militar le permite entrar en la guerra
y castigar duramente, pero no le garantiza salir de ella en condiciones
de victoria por una razón bastante sencilla: desde hace décadas,
Estados Unidos ha ido debilitando progresivamente su base
industrial en sectores clave para proporcionarle producción armamentística
y autonomía suficientes para enfrentamientos bélicos prolongados.
Imperio sin industria, Imperio de papel.
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Una economía financiarizada.
Al finalizar la segunda guerra
mundial, Estados Unidos,
cuya población representaba el 6% de la población del planeta, tenía un
PIB equivalente al 50% mundial, casi el 60% de la producción industrial
de todo el mundo y el 80% de todas las reservas de oro existentes. Hoy
día, esas proporciones son del 25%, el 17% y el 25%,
respectivamente.
El giro que lo cambió todo se produjo
en el último cuarto del siglo pasado,
con la globalización.
Estados Unidos favoreció que sus grandes empresas
industriales se desplazaran a los países con mano de obra más barata
para obtener mayores beneficios que luego volvían para alimentar
su sector financiero. Dejó de ser el gran taller del mundo
para convertirse en el centro de mando y de la especulación
financiera global. La industria manufacturera pasó de representar el 25%
del PIB en 1950 al 9,5 % en 2025. Y en ese mismo periodo las finanzas
pasaron del 2,5% al 8% (o del 7% al 22,5% si se le
suman los seguros y alquileres).
Durante décadas, la operación
funcionó. Estados Unidos
podía endeudarse sin descanso para comprar bienes —muchos de
ellos estratégicos— porque el dólar seguía siendo la moneda de referencia
global. La afluencia de beneficios financieros compensaba su
déficit comercial.
Esa acumulación de poder financiero
permitió consolidar un poder militar global sin precedentes. Con una moneda de reserva mundial
y capacidad casi ilimitada de endeudamiento, Estados Unidos
sostuvo un ejército desplegado en cientos de bases y
afrontó guerras extremadamente costosas, como la de Irak,
sin comprometer su estabilidad a corto plazo.
Las limitaciones de un imperio sin industria.
Con el paso del tiempo, sin embargo, esa situación ha ido
mostrando una gran fragilidad en todos los terrenos y
particularmente en el militar.
China aprovechó la globalización para
desarrollar una base industrial
mucho más sólida, mientras que las sucesivas intervenciones militares
estadounidenses contribuyeron a que otros países buscaran alternativas
al dólar. Al mismo tiempo, los beneficios financieros se
concentraban en Wall Street y se orientaban a la especulación,
deteriorando progresivamente la infraestructura material de la economía
estadounidense.
La economía financiarizada de Estados
Unidos se fue
convirtiendo en una de papel, frente a las de otros países y
fundamentalmente la de China que habían optado por consolidar a la industria
como su principal motor y sostén. Y algo parecido le comenzó a
ocurrir a su capacidad militar.
Estados Unidos mantiene un despliegue global
con cientos de bases, pero dedica la mayor parte de su presupuesto a
sostener esa estructura: entre un 30% y un 40% se destina
a personal, otro 20–30% a operaciones y mantenimiento, y solo en
torno a un 15–20% a la adquisición de nuevos sistemas.
Este modelo comienza a mostrar sus
límites cuando las guerras
dejan de decidirse por la superioridad inicial y pasan a depender de
la capacidad de sostener el esfuerzo en el tiempo.
En conflictos recientes, Estados
Unidos ha tenido que emplear
grandes cantidades de munición de alta precisión en periodos muy
cortos de tiempo (más de 800 misiles Tomahawk en poco más de un
mes de guerra en Irán). Diversos informes del propio Departamento
de Defensa y análisis de centros independientes advierten de que
la capacidad de producción actual es limitada y que la reposición
de estos sistemas puede llevar años. Cada vez tiene más
dificultad para sostener ritmos de consumo propios de una guerra
prolongada.
La fabricación de los nuevos sistemas
de defensa y ataque requiere
cadenas de suministro complejas: componentes electrónicos, sistemas
de guiado y materiales avanzados que no se producen en
masa. Son caros, sofisticados y lentos de fabricar y, sobre
todo, dependen de un ecosistema productivo global y no
autónomo en Estados Unidos.
Durante décadas, la ventaja
estadounidense
consistió en poder producir más que nadie. Hoy mantiene la capacidad
de destruir más que ningún otro país, pero tiene
crecientes dificultades para reponer al mismo ritmo esa capacidad.
Estados Unidos sigue teniendo el ejército más poderoso del mundo,
pero depende de una base industrial que ya no
controla plenamente.
Su industria militar está diseñada
para conflictos cortos
y tecnológicamente dominados, no para guerras largas de desgaste
donde lo decisivo es la capacidad de producción sostenida.
El propio Departamento de Defensa ha
advertido de vulnerabilidades en áreas críticas como la microelectrónica, los materiales estratégicos o
los componentes industriales. Incluso se han detectado
dependencias inesperadas en la cadena de suministro de sistemas
avanzados o en
las infraestructuras de las bases y donde se producen las
municiones.
Ya no basta con tener dinero para
ganar guerras si no
se puede transformar rápidamente en producción, porque el
dinero no fabrica misiles si no existe la capacidad industrial para hacerlo.
Como han advertido
diversos informes del
propio sistema de defensa estadounidense, el problema no es
únicamente el consumo de munición, sino la capacidad de reposición.
La base industrial de defensa “no está adecuadamente preparada
para el entorno actual” y, en escenarios de alta intensidad, Estados
Unidos podría quedarse sin determinados sistemas en cuestión de días.
Reponerlos no es inmediato: puede llevar años, e incluso
más de ocho en algunos casos, mientras que la producción de ciertos
misiles requiere hasta dos años. La cuestión, por tanto, no
es si puede destruir más que nadie, sino si puede sostener ese
ritmo de destrucción en el tiempo. Como señalaba recientemente
la analista Mackenzie Eaglen, del conservador American Enterprise
Institute, «guerra tras guerra, Estados Unidos sigue quedándose
sin municiones».
Y a esta enorme limitación se une otra no menos limitante
para Estados Unidos. La guerra moderna introduce una
enorme asimetría de costes, como también se está comprobando en Irán:
hay que utilizar sistemas de defensa muy caros para neutralizar amenazas
mucho más baratas. Los drones de bajo coste obligan a utilizar interceptores
que multiplican varias veces su precio y eso hace que la superioridad
tecnológica deje de ser una ventaja cuando no se puede sostener.
Dicho todo esto de otro modo más
simple: Estados Unidos
sigue teniendo el ejército más poderoso, eficaz y con mayor capacidad
de dar un golpe letal, pero siempre que la guerra no se alargue
demasiado.
Irán y la estrategia del desgaste.
Irán ha comprendido bien esa
limitación del imperio estadounidense
y por eso se le enfrenta sin perseguir una victoria militar
clásica que nunca podría alcanzar. Le basta con prolongar el conflicto,
elevar los costes y tensionar el sistema global
No es, ni de lejos, una potencia
industrial. Décadas
de sanciones han limitado severamente su acceso a tecnología
avanzada, su capacidad manufacturera es modesta y sus cadenas de
suministro están sometidas a una presión constante. No puede
ganar una guerra convencional contra Estados Unidos. Probablemente
lo sabe. Pero esa es, exactamente, la clave: no
necesita ganarla, sino no perderla inmediatamente. Y
para eso, sus limitaciones importan menos que las del adversario,
porque la asimetría no opera en el plano de la capacidad total
(totalmente a favor de Estados Unidos), sino en el del tiempo para
las partes. Cada semana de conflicto que Irán puede sostener —con drones
baratos, con la amenaza latente sobre el estrecho de Ormuz o las fuentes
de petróleo, gas y azufre— es una semana que Estados Unidos tiene que
financiar, reponer y justificar políticamente ante su propia opinión
pública. La debilidad, bien administrada, puede ser una forma de
resistencia. No porque Irán sea fuerte. Sino porque la guerra de
desgaste no la gana quien tiene más, sino quien aguanta más.
A Irán no le hace falta ganar la guerra para impedir que Estados
Unidos e Israel la ganen.
La gran potencia que domina el mundo
no se enfrenta hoy a un enemigo más fuerte, sino a algo mucho más incómodo que le puede
hacer perder la guerra: las consecuencias de su propio éxito. El mismo
proceso que permitió maximizar beneficios a sus grandes empresas
industriales debilitó la capacidad material necesaria para sostener el
poder militar de Estados Unidos.
Durante décadas, su poder descansó
sobre una combinación de industria, finanzas y fuerza militar. Hoy, esa combinación sigue
existiendo, pero ha perdido equilibrio. Sigue teniendo el ejército
y las finanzas más poderosas del mundo, pero carece de la base
material necesaria para sostener su poder cuando la guerra deja de resolverse
en operaciones rápidas y pasa a depender de la capacidad de producción.
Al final, como casi siempre, la
cuestión no es quién golpea más fuerte,
sino quién puede seguir haciéndolo cuando las facturas empiezan a llegar.
En este caso, en forma de una capacidad de producción de la
que Estados Unidos carece en estos momentos.
P.S. Después de haber entregado este
artículo para publicar, se informa del ultimátum de Trump a Irán: si no abre el estrecho, destrozará
la civilización, dice. Afirma que bombardeará instalaciones civiles,
fuentes de energía… cualquier cosa que se le ponga por delante. No le
preocupa reconocer que se va a convertir (si no lo era ya) en un
criminal de guerra. No creo que esto invalide la tesis de mi artículo.
Más bien lo contrario. Estados Unidos debe tratar de ganar dando
golpes cada vez más letales y rápidos, precisamente por lo que
acabo de señalar. Quizá me haya equivocado con el título y debería haber
dicho Imperio sin industria, imperio brutal.
Publicado en ctxt.es el 7 de abril de
2026
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