jueves, 9 de abril de 2026

ESTADOS UNIDOS PUEDE GANAR LAS BATALLAS, PERO NO LA GUERRA DE IRÁN. Imperio sin industria, imperio de papel.

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“Irán y la estrategia del desgaste. Irán ha comprendido bien esa limitación del imperio estadounidense y por eso se le enfrenta sin perseguir una victoria militar clásica que nunca podría alcanzar. Le basta con prolongar el conflicto, elevar los costes y tensionar el sistema global No es, ni de lejos, una potencia industrial. Décadas de sanciones han limitado severamente su acceso a tecnología avanzada, su capacidad manufacturera es modesta y sus cadenas de suministro están sometidas a una presión constante. No puede ganar una guerra convencional contra Estados Unidos. Probablemente lo sabe. Pero esa es, exactamente, la clave: no necesita ganarla, sino no perderla inmediatamente. Y para eso, sus limitaciones importan menos que las del adversario, porque la asimetría no opera en el plano de la capacidad total (totalmente a favor de Estados Unidos), sino en el del tiempo para las partes. Cada semana de conflicto que Irán puede sostener —con drones baratos, con la amenaza latente sobre el estrecho de Ormuz o las fuentes de petróleo, gas y azufre— es una semana que Estados Unidos tiene que financiar, reponer y justificar políticamente ante su propia opinión pública. La debilidad, bien administrada, puede ser una forma de resistencia. No porque Irán sea fuerte. Sino porque la guerra de desgaste no la gana quien tiene más, sino quien aguanta más. A Irán no le hace falta ganar la guerra para impedir que Estados Unidos e Israel la ganen.

“La gran potencia que domina el mundo no se enfrenta hoy a un enemigo más fuerte, sino a algo mucho más incómodo que le puede hacer perder la guerra: las consecuencias de su propio éxito. El mismo proceso que permitió maximizar beneficios a sus grandes empresas industriales debilitó la capacidad material necesaria para sostener el poder militar de Estados Unidos. Durante décadas, su poder descansó sobre una combinación de industria, finanzas y fuerza militar. Hoy, esa combinación sigue existiendo, pero ha perdido equilibrio. Sigue teniendo el ejército y las finanzas más poderosas del mundo, pero carece de la base material necesaria para sostener su poder cuando la guerra deja de resolverse en operaciones rápidas y pasa a depender de la capacidad de producción.

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Fuentes: Ganas de escribir.

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ESTADOS UNIDOS PUEDE GANAR LAS BATALLAS, PERO NO LA GUERRA DE IRÁN.

Imperio sin industria, imperio de papel.

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Por Juan Torres López | 09/04/2026 | Economía

Fuentes. Revista Rebelión jueves 9 de abril del 2026-

Lo que está ocurriendo con Estados Unidos en Irán es quizá el mejor ejemplo de cómo esa gran potencia ha construido su enorme poder sobre bases que no permiten sostenerlo indefinidamente y en cualquier condición. Sigue siendo capaz de destruir con una eficacia extraordinaria, pero no está claro que pueda mantener esa capacidad durante el tiempo necesario para ganar la guerra.

Como ha hecho en ocasiones anteriores con otras naciones, el ejército estadounidense es capaz de castigar ahora a Irán con extraordinaria eficacia. Da golpes muy dolorosos a su infraestructura, a sus fuerzas armadas y a su población, y siembra el caos y la destrucción en su territorio y economía. Pero Estados Unidos flaquea y será prácticamente imposible que pueda ganar la guerra cuando se ha encontrado con una resistencia derivada de nuevas formas de hacerla que obligan a mantener los golpes y ofensivas durante mucho tiempo.

Su enorme superioridad militar le permite entrar en la guerra y castigar duramente, pero no le garantiza salir de ella en condiciones de victoria por una razón bastante sencilla: desde hace décadas, Estados Unidos ha ido debilitando progresivamente su base industrial en sectores clave para proporcionarle producción armamentística y autonomía suficientes para enfrentamientos bélicos prolongados.


Imperio sin industria, Imperio de papel.
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Una economía financiarizada.

Al finalizar la segunda guerra mundial, Estados Unidos, cuya población representa­ba el 6% de la población del planeta, tenía un PIB equivalente al 50% mundial, casi el 60% de la producción industrial de todo el mundo y el 80% de todas las reservas de oro existen­tes. Hoy día, esas proporciones son del 25%, el 17% y el 25%, respectivamente.

El giro que lo cambió todo se produjo en el último cuarto del siglo pasado, con la globalización.

Estados Unidos favoreció que sus grandes empresas industriales se desplazaran a los países con mano de obra más barata para obtener mayores beneficios que luego volvían para alimentar su sector financiero. Dejó de ser el gran taller del mundo para convertirse en el centro de mando y de la especulación financiera global. La industria manufacturera pasó de representar el 25% del PIB en 1950 al 9,5 % en 2025. Y en ese mismo periodo las finanzas pasaron del 2,5% al 8% (o del 7% al 22,5% si se le suman los seguros y alquileres).

Durante décadas, la operación funcionó. Estados Unidos podía endeudarse sin descanso para comprar bienes —muchos de ellos estratégicos— porque el dólar seguía siendo la moneda de referencia global. La afluencia de beneficios financieros compensaba su déficit comercial.

Esa acumulación de poder financiero permitió consolidar un poder militar global sin precedentes. Con una moneda de reserva mundial y capacidad casi ilimitada de endeudamiento, Estados Unidos sostuvo un ejército desplegado en cientos de bases y afrontó guerras extremadamente costosas, como la de Irak, sin comprometer su estabilidad a corto plazo.



Las limitaciones de un imperio sin industria.

Con el paso del tiempo, sin embargo, esa situación ha ido mostrando una gran fragilidad en todos los terrenos y particularmente en el militar.

China aprovechó la globalización para desarrollar una base industrial mucho más sólida, mientras que las sucesivas intervenciones militares estadounidenses contribuyeron a que otros países buscaran alternativas al dólar. Al mismo tiempo, los beneficios financieros se concentraban en Wall Street y se orientaban a la especulación, deteriorando progresivamente la infraestructura material de la economía estadounidense.

La economía financiarizada de Estados Unidos se fue convirtiendo en una de papel, frente a las de otros países y fundamentalmente la de China que habían optado por consolidar a la industria como su principal motor y sostén. Y algo parecido le comenzó a ocurrir a su capacidad militar.

Estados Unidos mantiene un despliegue global con cientos de bases, pero dedica la mayor parte de su presupuesto a sostener esa estructura: entre un 30% y un 40% se destina a personal, otro 20–30% a operaciones y mantenimiento, y solo en torno a un 15–20% a la adquisición de nuevos sistemas.

Este modelo comienza a mostrar sus límites cuando las guerras dejan de decidirse por la superioridad inicial y pasan a depender de la capacidad de sostener el esfuerzo en el tiempo.

En conflictos recientes, Estados Unidos ha tenido que emplear grandes cantidades de munición de alta precisión en periodos muy cortos de tiempo (más de 800 misiles Tomahawk en poco más de un mes de guerra en Irán). Diversos informes del propio Departamento de Defensa y análisis de centros independientes advierten de que la capacidad de producción actual es limitada y que la reposición de estos sistemas puede llevar años. Cada vez tiene más dificultad para sostener ritmos de consumo propios de una guerra prolongada.

La fabricación de los nuevos sistemas de defensa y ataque requiere cadenas de suministro complejas: componentes electrónicos, sistemas de guiado y materiales avanzados que no se producen en masa. Son caros, sofisticados y lentos de fabricar y, sobre todo, dependen de un ecosistema productivo global y no autónomo en Estados Unidos.

Durante décadas, la ventaja estadounidense consistió en poder producir más que nadie. Hoy mantiene la capacidad de destruir más que ningún otro país, pero tiene crecientes dificultades para reponer al mismo ritmo esa capacidad. Estados Unidos sigue teniendo el ejército más poderoso del mundo, pero depende de una base industrial que ya no controla plenamente.

Su industria militar está diseñada para conflictos cortos y tecnológicamente dominados, no para guerras largas de desgaste donde lo decisivo es la capacidad de producción sostenida.

El propio Departamento de Defensa ha advertido de vulnerabilidades en áreas críticas como la microelectrónica, los materiales estratégicos o los componentes industriales. Incluso se han detectado dependencias inesperadas en la cadena de suministro de sistemas avanzadosen las infraestructuras de las bases y donde se producen las municiones.

Ya no basta con tener dinero para ganar guerras si no se puede transformar rápidamente en producción, porque el dinero no fabrica misiles si no existe la capacidad industrial para hacerlo.

Como han advertido diversos informes del propio sistema de defensa estadounidense, el problema no es únicamente el consumo de munición, sino la capacidad de reposición. La base industrial de defensa “no está adecuadamente preparada para el entorno actual” y, en escenarios de alta intensidad, Estados Unidos podría quedarse sin determinados sistemas en cuestión de días. Reponerlos no es inmediato: puede llevar años, e incluso más de ocho en algunos casos, mientras que la producción de ciertos misiles requiere hasta dos años. La cuestión, por tanto, no es si puede destruir más que nadie, sino si puede sostener ese ritmo de destrucción en el tiempo. Como señalaba recientemente la analista Mackenzie Eaglen, del conservador American Enterprise Institute«guerra tras guerra, Estados Unidos sigue quedándose sin municiones».

Y a esta enorme limitación se une otra no menos limitante para Estados Unidos. La guerra moderna introduce una enorme asimetría de costes, como también se está comprobando en Irán: hay que utilizar sistemas de defensa muy caros para neutralizar amenazas mucho más baratas. Los drones de bajo coste obligan a utilizar interceptores que multiplican varias veces su precio y eso hace que la superioridad tecnológica deje de ser una ventaja cuando no se puede sostener.

Dicho todo esto de otro modo más simple: Estados Unidos sigue teniendo el ejército más poderoso, eficaz y con mayor capacidad de dar un golpe letal, pero siempre que la guerra no se alargue demasiado.



Irán y la estrategia del desgaste.

Irán ha comprendido bien esa limitación del imperio estadounidense y por eso se le enfrenta sin perseguir una victoria militar clásica que nunca podría alcanzar. Le basta con prolongar el conflicto, elevar los costes y tensionar el sistema global

No es, ni de lejos, una potencia industrial. Décadas de sanciones han limitado severamente su acceso a tecnología avanzada, su capacidad manufacturera es modesta y sus cadenas de suministro están sometidas a una presión constante. No puede ganar una guerra convencional contra Estados Unidos. Probablemente lo sabe. Pero esa es, exactamente, la clave: no necesita ganarla, sino no perderla inmediatamente. Y para eso, sus limitaciones importan menos que las del adversario, porque la asimetría no opera en el plano de la capacidad total (totalmente a favor de Estados Unidos), sino en el del tiempo para las partes. Cada semana de conflicto que Irán puede sostener —con drones baratos, con la amenaza latente sobre el estrecho de Ormuz o las fuentes de petróleo, gas y azufre— es una semana que Estados Unidos tiene que financiar, reponer y justificar políticamente ante su propia opinión pública. La debilidad, bien administrada, puede ser una forma de resistencia. No porque Irán sea fuerte. Sino porque la guerra de desgaste no la gana quien tiene más, sino quien aguanta más. A Irán no le hace falta ganar la guerra para impedir que Estados Unidos e Israel la ganen.

La gran potencia que domina el mundo no se enfrenta hoy a un enemigo más fuerte, sino a algo mucho más incómodo que le puede hacer perder la guerra: las consecuencias de su propio éxito. El mismo proceso que permitió maximizar beneficios a sus grandes empresas industriales debilitó la capacidad material necesaria para sostener el poder militar de Estados Unidos.

Durante décadas, su poder descansó sobre una combinación de industria, finanzas y fuerza militar. Hoy, esa combinación sigue existiendo, pero ha perdido equilibrio. Sigue teniendo el ejército y las finanzas más poderosas del mundo, pero carece de la base material necesaria para sostener su poder cuando la guerra deja de resolverse en operaciones rápidas y pasa a depender de la capacidad de producción.

Al final, como casi siempre, la cuestión no es quién golpea más fuerte, sino quién puede seguir haciéndolo cuando las facturas empiezan a llegar. En este caso, en forma de una capacidad de producción de la que Estados Unidos carece en estos momentos.

P.S. Después de haber entregado este artículo para publicar, se informa del ultimátum de Trump a Irán: si no abre el estrecho, destrozará la civilización, dice. Afirma que bombardeará instalaciones civiles, fuentes de energía… cualquier cosa que se le ponga por delante. No le preocupa reconocer que se va a convertir (si no lo era ya) en un criminal de guerra. No creo que esto invalide la tesis de mi artículo. Más bien lo contrario. Estados Unidos debe tratar de ganar dando golpes cada vez más letales y rápidos, precisamente por lo que acabo de señalar. Quizá me haya equivocado con el título y debería haber dicho Imperio sin industria, imperio brutal.

Publicado en ctxt.es el 7 de abril de 2026

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