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Desembocamos
en la necropolítica: una política donde se tolera la muerte de las personas y de la naturaleza para mantener vivas las economías. La necropolítica es una consecuencia de estos tiempos oscuros. En
esas condiciones, los países caen en sucesivas crisis, que pueden ser políticas, económicas o de otros tipos,
las que, al mismo tiempo, agravan la
problemática ambiental y suman impedimentos
para poder resolverla. Esto permite abordar una condición clave: los temas del Día Mundial del Ambiente son inseparables de otras dimensiones,
todas ellas enmarcadas en estilos de
desarrollo que sueñan con seguir creciendo
explotando tanto a las personas como
a la naturaleza. Se desatiende o
reniega de la crisis ambiental precisamente porque se interpreta que cualquier medida es un obstáculo al funcionamiento de las
economías. De un modo análogo, se recortan
las salvaguardas de los derechos humanos porque también son concebidas
como trabas para un buen desempeño económico.
Y, a su turno, se produce una política
raquítica que permite seguir destruyendo la naturaleza y tolera la pobreza
y la muerte de las personas.
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Fuentes: Rebelión [Imagn. Ypres after the First Bombardment, Christopher Richard Wynne Nevinson, 1927. Sheffield Museums].
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LA PORFIADA DEFENSA DE LA VIDA EN TIEMPOS OSCUROS.
Dia Mundial del Medio Ambiente.
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Por Eduardo Gudynas | 05/06/2026 | Ecología social
Fuentes Revista Rebelión viernes 5 de junio del 2026
El Día Mundial del Ambiente, el 5 de junio,
debería ser una celebración de la vida. Un encuentro con todas sus expresiones:
la belleza de los paisajes, la variedad de animales y plantas que albergan las
selvas, las llanuras y los mares, cada uno de ellos con sus peculiares modos de
existencia. Es encontrarse con todas esas vidas porque de ellas también
dependen las nuestras propias como humanos.
Sin embargo, el Día Mundial del Ambiente de 2026 es particularmente difícil. Se siguen talando las selvas, el cambio climático no se detiene, los mineros taladran y los petroleros perforan. Una vez más, como viene sucediendo año a año, la problemática ecológica se agrava, en unos asuntos a un ritmo acelerado, como ocurre con la pérdida de biodiversidad, y en otros más pausadamente, como son las alteraciones en ciclos biogeoquímicos. Pero nada se detiene. Las medidas para evitar esos problemas siguen siendo inefectivas, y apenas se logran algunos éxitos puntuales, como crear una nueva área protegida o controlar algún agroquímico que dadas esas circunstancias se celebran como enormes victorias.
Teorías y
prácticas entrampadas.
El balance de lo que podría resumirse como
la teoría y la práctica, que mutuamente se potencian, no es auspicioso. De
un lado la información, los argumentos y los debates progresan a tropezones.
Del otro lado las acciones que realmente se implementan están muy lejos de las medidas que son necesarias.
En el primer ámbito, todos los años deben
repetirse las evidencias de los problemas ambientales, tanto los
que se sufren dentro de cada país como
los que padece la biósfera. Se vuelven a publicar indicadores tales como
las hectáreas de bosques talados o el
número de especies amenazadas. Cada
5 de junio es necesario defender la
relación entre emisiones de gases invernadero y el cambio climático, ante la avalancha
de negacionistas. Ante medios de prensa
convencionales, refractarios a estos temas, es compressible
que se disfrute que, al menos en el Día Mundial del Ambiente, se pueda
hablar de la debacle ecológica.
Pero, al mismo tiempo, es como si nada
se aprendiera de año en año, lo que obliga
a repetir las evidencias.
También debe reconocerse que hay disputas
conceptuales que no se han saldado, y que eso, en parte, contribuye a los estancamientos. La más evidente se observa en la academia,
y junto a ella en organizaciones
ciudadanas y gobiernos, donde muchos creen que, incluyendo los recursos naturales como mercancías
dentro de los mercados, surgirían
milagrosamente bienes y servicios ambientales que resolverían esta problemática. Son reflexiones que pueden ser valiosas como exploración de ideas,
que sin duda nutren los papers en
los journals, pero han sido inefectivas en impedir el colapso ambiental. Lo son precisamente porque la mercantilización de la naturaleza es una de las causas básicas de
los problemas actuales, y no una solución.
También se enfrentan dificultades en los
vínculos entre las teorías y las prácticas. El mejor ejemplo es
que aun reconociéndose que deben
detenerse las emisiones de gases invernadero,
la mayor parte de las propuestas de
cambio que emplean la etiqueta de “transiciones”
quedan empantanadas en no terminar de romper con el carbón o los hidrocarburos, o en
promover nuevos extractivismos que necesitan del litio para el mundo eléctrico
que imaginan.
Otro ejemplo lo ilustra la reciente
conferencia internacional sobre la transición para dejar los combustibles
fósiles, convocada por los gobiernos
de Colombia y Países Bajos, que se reunió en la ciudad de Santa Marta. Sin duda fue muy bueno que
la administración de Gustavo Petro lo
hubiese logrado. Pero si somos
sinceros, y aunque sea doloroso indicarlo, no se consiguieron resultados concretos
y solo se puede celebrar que algunos
gobiernos testarudos aceptaran, por fin, al menos hablar en público sobre la posibilidad de abandonar sus adicciones al petróleo y el carbón, lo
que se les reclama desde hace casi
treinta años.
En el campo de la práctica, las medidas
concretas son limitadas, indefinidas o ineficientes. En todos los países persisten vacíos
normativos y frecuentemente los
incumplimientos, desde la caza
furtiva a los derrames de tóxicos, no son detectados ni castigados. Es más, han alcanzado los gobiernos actores
de la extrema derecha que lanzan medidas para desmantelar las normas y
controles ambientales. Ese
camino, iniciado por Donald Trump en Estados Unidos, ahora es imitado en nuestro
continente, tal como hacen las administraciones
Noboa en Ecuador, la de Milei en Argentina, Kast en Chile o Paz en Bolivia. Esto se ilustra con un ejemplo reciente que acaba de ocurrir en Bolivia donde,
con la aprobación de un nuevo
“Reglamento de adecuación de derechos mineros simplificado”, se elimina la licencia ambiental y la consulta previa para las cooperativas
mineras.
Las brechas persistentes.
Se mantienen
enormes brechas entre las medidas ambientales que serían necesarias y el apego de políticos, empresarios y buena
parte de la sociedad a estilos de
desarrollo que, al final de cuentas, son responsables de lo que padecemos. Inevitablemente surgen
múltiples interrogantes.
¿Cómo
discutir las vías para abandonar los combustibles fósiles, cuando los
gobiernos, empresas y amplios sectores ciudadanos ponen toda su atención en los
aumentos de los precios de los combustibles en América Latina por el bloqueo
del estrecho de Ormuz?
¿Cómo
reclamar la defensa de la Amazonia en Perú, si miles de personas acosadas por
la pobreza y falta de opciones se lanzan a la minería de oro aluvial para poder
ganar unos dólares?
¿Cómo alzar
la voz en Bolivia para evitar que los salares andinos sean devorados por la
minería de litio si el país está colapsado por bloqueos carreteros y demandas
cruzadas?
¿Cómo llamar
a la defensa de la vida si mueren miles de personas por los misiles que unos
países lanzan contra otros o llevan adelante impunemente un genocidio?
¿Cómo
señalar que se pierde la biodiversidad mientras la violencia urbana y rural se
mantiene en muchas regiones, y la muerte de las personas se vuelve una
cotidianidad, como si fuera una desgracia inevitable a las que todos deben
resignarse?
No tengo una respuesta mágica para esas preguntas, pero eso no implica, de ningún modo, una renuncia a seguir insistiendo en los llamados y reclamos a defender todas las formas de vida. El silencio no es una solución a esta problemática. Desentenderse de ese esfuerzo nos haría cómplices de la destrucción que denunciamos e intentamos revertir.
La política de la crisis ambiental.
Al mismo
tiempo, plantear interrogantes como las
que se acaban de enumerar, es un paso
fundamental para comprender que la problemática
ambiental es inseparable de las circunstancias
políticas. Precisamente, una de las
razones de las inacciones actuales, es que se presentan reclamos o se intentan medidas desconectadas de los contextos
políticos, económicos o sociales.
Eso nos
lleva a reconocer que somos testigos del deterioro de la calidad
de la política, entendida en su
clásico sentido de servir a la justicia,
la virtud y el bienestar de las personas. A medida que esos ideales se
abandonan, las democracias enflaquecen bajo distintos autoritarismos, las opciones y oportunidades para informar y debatir sobre la problemática
ambiental se acotan, y se generan
vacíos que son ocupados por las lógicas
mercantiles. Es una época de
oscuridad, para retomar un
calificativo de Hannah Arendt, empleado para los momentos de crisis y autoritarismo, que afectan las capacidades de pensar y derrumban los compromisos morales.
Bajo esa
dinámica es difícil enarbolar los reclamos ambientales. No solamente se cierran espacios, sino que quienes insisten, por ejemplo, en denunciar los impactos de los
extractivismos o el tráfico ilegal de maderas,
son perseguidos por el Estado y por los grupos económicos que se benefician
de la destrucción de la naturaleza. Entre los ejemplos más recientes se cuentan las medidas del Gobierno Noboa en Ecuador lanzando
investigaciones judiciales contra
defensores ambientales, o la imposición de controles en la gestión y las finanzas de las
organizaciones ciudadanas, como ocurre en Perú.
El deterioro
de la justicia y las salvaguardas de los derechos dentro de cada país se da la mano con los embates
contra los acuerdos multilaterales
que ofrecían esas coberturas, ya que gobiernos
como los de Estados Unidos, China o Rusia los atacan. Entretanto, bandas criminales toman el control de la explotación de recursos naturales, como ocurre con la minería de
oro aluvial, y la violencia se
multiplica hasta alcanzar los asesinatos.
Desembocamos
en la necropolítica: una
política donde se tolera la muerte de las personas y de la naturaleza
para mantener vivas las economías.
La necropolítica es una consecuencia
de estos tiempos oscuros. En esas condiciones, los países caen en sucesivas
crisis, que pueden ser políticas,
económicas o de otros tipos, las que, al mismo tiempo, agravan la problemática ambiental y suman impedimentos para poder resolverla.
Esto permite abordar una condición
clave: los temas del Día Mundial del Ambiente son inseparables de otras dimensiones, todas ellas enmarcadas en estilos de desarrollo que sueñan con seguir creciendo explotando tanto a las personas como a la naturaleza. Se desatiende o reniega de la crisis ambiental
precisamente porque se interpreta que
cualquier medida es un obstáculo al
funcionamiento de las economías. De un modo análogo, se recortan las salvaguardas de los derechos
humanos porque también son concebidas como trabas para un buen
desempeño económico. Y, a su turno,
se produce una política raquítica que
permite seguir destruyendo la naturaleza y tolera la pobreza y la muerte de las personas.
Es por esas razones que, en el Día Mundial del Ambiente, como en los demás días del año, no es posible celebrar medidas que apenas son actos cosméticos como las campañas de
publicidad de empresas o gobiernos,
es pertinente reconocer acciones valiosas, pero no contentarse con ellas si sabemos que no detendrán la avalancha de destrucciones que cotidianamente
presenciamos. Asumir las
dificultades que imponen los actuales contextos
políticos lleva, por el contrario, a
persistir porfiadamente en reclamar y actuar en defensa de todas las formas de vida. Estos tiempos oscuros se enfrentan iluminando con
alternativas, luchando contra la
contaminación, la extinción de
especies o la desaparición de
paisajes, con mejores teorías y
prácticas, al mismo tiempo que se
milita por la democracia y los derechos. Son tareas inseparables entre sí y
para todos los días del año.
Eduardo
Gudynas es investigador en el Centro Documentación
Información Bolivia (CEDIB).
Rebelión ha publicado este artículo con el
permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en
otras fuentes.
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