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"Soñar
con una sociedad diferente no constituye una ingenuidad; es un acto de
rebeldía, de responsabilidad histórica y de esperanza. Las grandes
transformaciones de la humanidad siempre nacieron de mujeres y hombres que se
negaron a aceptar la injusticia como destino y decidieron construir caminos
alternativos. El porvenir pertenece a quienes sean capaces de crear
instituciones al servicio de la vida, economías orientadas al bien común y
culturas donde la solidaridad constituya el fundamento de las relaciones
sociales.
"Porque
la verdadera riqueza de una nación no se mide por la cantidad de capital
acumulado, sino por la capacidad de sus hijas e hijos para cuidar la vida,
compartir los frutos del trabajo colectivo y hacer de la dignidad humana el
fundamento de toda convivencia. Allí reside la posibilidad de una nueva
civilización: una en la que la libertad deje de ser el privilegio de unos pocos
para convertirse en el patrimonio de todos; donde la justicia sea una práctica
cotidiana; y donde la solidaridad deje de ser una virtud excepcional para
transformarse en la forma natural de vivir en comunidad.
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Fuentes: Rebelión,
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LA LUCHA POR UNA SOCIEDAD FUNDADA EN LA VIDA.
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Por Ibsen X Hernández | 07/07/2026 | Otro mundo es
posible
Fuente. Revista Rebelión martes 7 de julio del 2026,
La
sociedad dominante posee ventajas materiales y, sobre todo, institucionales
frente a quienes sueñan con una patria organizada alrededor de la libertad, la
justicia y la dignidad humana. Los poderes establecidos diseñaron sistemas
educativos, estructuraron la economía y moldearon formas de organización
política orientadas a perpetuar privilegios y presentar las desigualdades como
fenómenos naturales e inevitables. El capital ha sido elevado a la categoría de
fin supremo, mientras que el ser humano y la naturaleza han sido relegados a la
condición de simples instrumentos de acumulación.
En ese escenario, los patriotas que colocan la vida por encima de la mercancía libran una batalla profundamente desigual. Se ven obligados a actuar dentro de instituciones concebidas bajo la lógica de la competencia, el individualismo y la concentración de la riqueza. Con frecuencia, se les exige transformar la realidad utilizando herramientas diseñadas para proteger los mismos intereses que producen la exclusión y la explotación. Esta es la contradicción permanente de quienes aspiran a construir una sociedad diferente con instrumentos creados para preservar el orden existente.
Sin
embargo, la historia demuestra que ninguna estructura de dominación es eterna.
Las civilizaciones cambian cuando los seres humanos son capaces de imaginar
nuevos horizontes y de crear las condiciones materiales, culturales y
espirituales que hagan posible su realización. La verdadera revolución no
consiste únicamente en conquistar el poder político; consiste, sobre todo, en
fundar nuevas formas de convivencia, nuevas instituciones y nuevas relaciones
humanas, donde el desarrollo económico esté subordinado al cuidado de la vida y
no al contrario.
El
desafío histórico consiste en construir una pedagogía de la solidaridad. No se
trata solamente de cambiar gobiernos, sino de formar mujeres y hombres nuevos,
capaces de pensar desde la cooperación y no desde la competencia; desde la
comunidad y no desde el egoísmo; desde el respeto por la naturaleza y no desde
su saqueo. Ninguna sociedad se transforma únicamente mediante leyes o decretos.
Las transformaciones profundas nacen de una nueva cultura, capaz de convertir
la fraternidad, la corresponsabilidad y el cuidado de la vida en prácticas
cotidianas.
La
humanidad atraviesa una crisis que no es solamente económica; es, ante todo,
una crisis ética y civilizatoria. La destrucción de los ecosistemas, las
guerras, el racismo, la exclusión y la obscena concentración de la riqueza
revelan el agotamiento de un modelo que ha colocado el lucro por encima del
cuidado de la existencia. Frente a esta realidad, emerge la necesidad de
construir una nueva racionalidad, fundada en la interdependencia entre los
seres humanos y en una relación respetuosa con la naturaleza.
Los
pueblos ancestrales y las comunidades que históricamente han hecho de la
solidaridad una forma de resistencia poseen una sabiduría indispensable para
este tiempo. Ellos nos recuerdan que nadie se salva solo; que la tierra no es
una mercancía, sino una madre generosa; y que la felicidad individual pierde
sentido cuando la comunidad sufre.
Soñar
con una sociedad diferente no constituye una ingenuidad; es un acto de
rebeldía, de responsabilidad histórica y de esperanza. Las grandes
transformaciones de la humanidad siempre nacieron de mujeres y hombres que se
negaron a aceptar la injusticia como destino y decidieron construir caminos
alternativos. El porvenir pertenece a quienes sean capaces de crear
instituciones al servicio de la vida, economías orientadas al bien común y
culturas donde la solidaridad constituya el fundamento de las relaciones
sociales.
Porque
la verdadera riqueza de una nación no se mide por la cantidad de capital
acumulado, sino por la capacidad de sus hijas e hijos para cuidar la vida,
compartir los frutos del trabajo colectivo y hacer de la dignidad humana el
fundamento de toda convivencia. Allí reside la posibilidad de una nueva
civilización: una en la que la libertad deje de ser el privilegio de unos pocos
para convertirse en el patrimonio de todos; donde la justicia sea una práctica
cotidiana; y donde la solidaridad deje de ser una virtud excepcional para
transformarse en la forma natural de vivir en comunidad.
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