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"Precisamente por ello, la discusión no
debería centrarse en cuál indicador es "mejor". Cada uno responde a una pregunta
distinta. La pobreza monetaria cuantifica las privaciones económicas de manera
objetiva y comparable en el tiempo; los indicadores no monetarios muestran
dimensiones específicas del bienestar que el ingreso no alcanza a reflejar; y
los indicadores subjetivos revelan cómo las personas perciben su situación y
enfrentan el futuro. Utilizados conjuntamente, ofrecen una visión mucho más
rica y útil para la formulación de políticas públicas.
"No necesitamos reemplazar el indicador
de pobreza monetaria ni buscar una cifra única capaz de resumir una realidad
compleja. Lo que
se necesita para comprender cómo evolucionan las distintas dimensiones del
bienestar y orientar con mayor eficacia las políticas públicas es aprovechar
mejor la información que ya produce el sistema estadístico. La pobreza
monetaria seguirá siendo el principal termómetro de las privaciones económicas.
Pero ningún médico diagnostica el estado de salud de un paciente observando únicamente
su temperatura y sin preguntarle cómo se siente. Del mismo modo, ninguna
sociedad puede evaluar su bienestar mirando una sola cifra. Medir la pobreza
monetaria es indispensable, pero solo adquiere todo su significado cuando se
interpreta junto con los demás indicadores que describen las múltiples
dimensiones del desarrollo humano.
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LA POBREZA VISTA DESDE EL BOLSILLO Y DESDE LA PERCEPCIÓN DE LOS
HOGARES, por Javier Herrera.
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"La pandemia deterioró
simultáneamente la pobreza monetaria y los indicadores subjetivos de condiciones de vida; la recuperación recién comenzó a
apreciarse en 2025"
Por Javier Herrera.
Profesor Visitante del Departamento de
Economía de la PUCP.
Fuente. La República lunes 6 de julio del 2026.
Quién sabe mejor si un hogar es pobre:
¿los expertos estadísticos o las propias personas? ¿Debemos escoger entre un
enfoque objetivo o uno centrado en cómo las personas perciben su propia
situación económica y su nivel de vida?
En el Perú, como en la mayoría de los
países, la pobreza monetaria se define como el porcentaje de personas que viven
en hogares cuyos gastos son insuficientes para adquirir la canasta básica de
consumo. Es una
medida objetiva, basada en el consumo efectivo de los hogares y no en la
percepción que estos tienen sobre sus condiciones de vida. Es por ello por
lo que constituye una herramienta indispensable para diseñar, monitorear y
evaluar las políticas de lucha contra la pobreza. Precisemos que el
hecho de que la pobreza se mida en términos monetarios no significa que
pueda resolverse únicamente mediante transferencias de dinero. Su reducción
sostenida exige generar empleos de calidad, de mayor
productividad e ingresos estables. El crecimiento económico es una condición
necesaria para lograrlo, pero no suficiente.
Pero el bienestar depende de mucho más que del ingreso. La calidad de la educación y la salud, el acceso al agua segura, la conectividad, la infraestructura y la seguridad ciudadana también forman parte de las condiciones de vida. Estas dependen crucialmente de la acción del Estado y pueden ampliarse con inversión pública, inversión privada o asociaciones público-privadas, sin esperar a que el crecimiento económico por sí solo beneficie a toda la población. Esta idea ha sido ampliamente documentada. En El gran escape, Angus Deaton, premio Nobel de Economía, muestra que, en numerosos países, los avances sanitarios precedieron al crecimiento económico gracias a políticas públicas como las campañas de vacunación, el acceso al agua segura, la electrificación y la educación gratuita. Muchas mejoras del bienestar pueden alcanzarse antes de que aumenten los ingresos de los hogares. Estas políticas no sustituyen al crecimiento, pero amplían las oportunidades, atienden las urgencias y reducen las desigualdades mientras este llega.
La pobreza en el Perú. aumentaría el presente año y estará lejos de recuperar el nivel prepandemia.
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Por ello, aunque la pobreza monetaria
siga siendo el principal indicador de privación económica, no agota el concepto
de bienestar. Una
sociedad progresa no solo cuando aumentan los ingresos, sino también cuando
mejoran la salud, la educación, la seguridad, la calidad del empleo y el
funcionamiento de sus instituciones. Afortunadamente, contamos con un sistema
estadístico que permite observar esa realidad desde múltiples dimensiones y
perspectivas. Además de la pobreza monetaria, el INEI mide la vulnerabilidad
—es decir, el riesgo de caer en pobreza ante un evento adverso: pérdida
del empleo, enfermedad o desastre natural— y las necesidades
básicas insatisfechas, considerando la calidad de la vivienda, el
hacinamiento, la asistencia escolar y la dependencia económica.
A ello se suman indicadores
provenientes de otras encuestas, como la ENDES y la ENAPRES, sobre anemia y
desnutrición infantil, seguridad ciudadana y calidad de los servicios públicos, así como módulos especializados
de la ENAHO sobre empleo, discriminación, asistencia escolar, confianza
en las instituciones y otros aspectos del bienestar. Ninguno
reemplaza a los demás. Juntos ofrecen una visión mucho más completa de las
condiciones de vida de la población que la que podría proporcionar una sola
cifra.
A estas mediciones objetivas se suman
las subjetivas, basadas en la percepción que tienen los propios hogares sobre
su situación económica. La ENAHO
pregunta si el nivel de vida ha mejorado o empeorado, si los ingresos son
suficientes para cubrir las necesidades del hogar, si estos son estables o si,
por su situación económica, el hogar se ve obligado a recurrir a sus ahorros o
endeudarse. También consulta cuál consideran que es el ingreso mínimo mensual
necesario para vivir adecuadamente. Cuando los ingresos se sitúan por debajo de
ese umbral, puede hablarse de pobreza monetaria subjetiva.
Lejos de sustituir a las mediciones
objetivas, estos indicadores permiten saber cómo experimentan las personas su
situación económica y cuáles son sus expectativas. El bienestar no depende
únicamente de los recursos disponibles, sino también de la estabilidad de los
ingresos, de la incertidumbre y de las oportunidades que las personas perciben
para mejorar sus condiciones de vida.
Lo notable es que ambos tipos de indicadores han evolucionado de manera muy similar. Entre 2007 y 2019, cuando la pobreza monetaria cayó de 42.4% a 20.2%, también disminuyeron el estrés financiero (de 32.5% a 21.9%), la proporción de hogares que declara vivir mal o muy mal con sus ingresos (de 40.8% a 22.5%), la percepción de inestabilidad de estos (de 42.2% a 23.2%) y el porcentaje que considera que su nivel de vida había empeorado (de 22.3% a 12.3%). La desaceleración económica frenó esa mejora y la pandemia provocó un deterioro generalizado. Entre 2024 y 2025, el estrés financiero se redujo (de 21.0% a 18.7%), al igual que la inestabilidad de los ingresos (de 32.5% a 29.6%), así como la proporción de quienes consideran que viven mal o muy mal (de 25.9% a 23.6%) o que su nivel de vida empeoró (de 24.7% a 17.4%). En el primer trimestre de 2026, comparados con el mismo periodo de 2025, todos los indicadores subjetivos de peores condiciones se desaceleraron significativamente, aunque no tanto como para compensar los años perdidos.
percepción subjetiva de condiciones de
vida y pobreza monetaria
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Existe, sin embargo, una diferencia
interesante. La pobreza monetaria subjetiva suele disminuir más lentamente que
la pobreza monetaria objetiva durante las fases de crecimiento económico. La explicación es conocida como la
paradoja de Easterlin o el fenómeno de las preferencias adaptativas:
a medida que aumentan los ingresos, también aumentan las aspiraciones y el
nivel de vida que las personas consideran aceptable. En consecuencia, la
percepción de suficiencia económica mejora con mayor lentitud que los ingresos
efectivos.
Precisamente por ello, la discusión no
debería centrarse en cuál indicador es "mejor". Cada uno responde a una pregunta
distinta. La pobreza monetaria cuantifica las privaciones económicas de manera
objetiva y comparable en el tiempo; los indicadores no monetarios muestran
dimensiones específicas del bienestar que el ingreso no alcanza a reflejar; y
los indicadores subjetivos revelan cómo las personas perciben su situación y
enfrentan el futuro. Utilizados conjuntamente, ofrecen una visión mucho más
rica y útil para la formulación de políticas públicas.
No necesitamos reemplazar el indicador
de pobreza monetaria ni buscar una cifra única capaz de resumir una realidad
compleja. Lo que
se necesita para comprender cómo evolucionan las distintas dimensiones del
bienestar y orientar con mayor eficacia las políticas públicas es aprovechar
mejor la información que ya produce el sistema estadístico. La pobreza
monetaria seguirá siendo el principal termómetro de las privaciones económicas.
Pero ningún médico diagnostica el estado de salud de un paciente observando únicamente
su temperatura y sin preguntarle cómo se siente. Del mismo modo, ninguna
sociedad puede evaluar su bienestar mirando una sola cifra. Medir la pobreza
monetaria es indispensable, pero solo adquiere todo su significado cuando se
interpreta junto con los demás indicadores que describen las múltiples
dimensiones del desarrollo humano.
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