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“El Viejo tonto, finalmente, no es tanto el símbolo de un
hombre que consigue mover una montaña como el de una sociedad
que acepta que determinadas empresas históricas no se
completan en una sola generación. La modernización china puede leerse,
así como una sucesión de generaciones que reciben una tarea, la
modifican, la corrigen y la transmiten a la siguiente. La revolución liderada
por Mao pretendía cambiar China en una generación; la modernización
descubrió que cambiar China era, en realidad, una tarea de
generaciones. Y la parábola del Viejo tonto, mucho más antigua
que el maoísmo, continúa ofreciendo una imagen poderosa de esa larga
marcha que no aporta la certeza de que la montaña desaparecerá
mañana, sino la convicción de que merece la pena empezar a moverla
hoy. Mao aporta muy tempranamente la idea de la transformación como empresa
histórica intergeneracional, pero el maoísmo incurre en la tentación
de acelerar artificialmente ese proceso; Deng introduce la paciencia,
la experimentación y el pragmatismo, mientras que Xi recupera
una visión más estratégica y deliberada de la modernización.
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Fuentes: Rebelión.
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MAO, LA MODERNIZACIÓN Y EL «VIEJO TONTO»
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Fuente. Revista Rebelión miércoles 9
de septiembre del 2026.
Por Xulio Ríos | 09/09/2026 | Mundo.
El 9 de septiembre de 1976, hace ahora
cincuenta años, moría Mao Zedong. Su muerte cerraba una etapa decisiva de la
historia contemporánea de China, pero no clausuraba su influencia. Medio siglo
después, Mao continúa presente en la memoria política y simbólica del país,
aunque la China actual sea, en muchos aspectos, profundamente diferente de
aquella que él gobernó. Una de las razones de esta persistencia es que, más
allá de las enormes contradicciones y tragedias del maoísmo, en su pensamiento
político ya estaba presente una determinada concepción de la transformación de
China: la modernización como una tarea histórica de largo aliento, que
exigía una voluntad colectiva capaz de afrontar obstáculos aparentemente
insuperables.
Hay una parábola que permite
aproximarse a esa idea con particular nitidez: la del Viejo tonto que mueve
las montañas (Yugong yishan), procedente de la tradición
clásica china. Según el relato, un anciano decide retirar dos
enormes montañas que dificultan el paso delante de su casa. Ante
las burlas de quienes consideran absurda la empresa, responde que, aunque
él no consiga terminarla, continuarán sus hijos, sus nietos y las
generaciones posteriores. La montaña, por tanto, acabará
desapareciendo.
Mao recuperó esta parábola en momentos
decisivos. En 1945,
poco antes de la victoria comunista, la utilizó para expresar una idea
que trascendería el contexto revolucionario inmediato: las grandes
transformaciones históricas exigen perseverancia, organización y confianza
en la capacidad humana para modificar una realidad aparentemente inmóvil. No
era solamente una metáfora sobre la revolución. Era también una
determinada filosofía de la acción histórica.
Aquí podemos encontrar una de las
conexiones más sugerentes con la modernización china posterior. La China que emerge de la revolución de
1949 heredaba un país extraordinariamente atrasado, fragmentado y
debilitado tras décadas de guerras, intervención extranjera y
convulsión política. La recuperación de la soberanía era inseparable de
la recuperación de la capacidad para transformar el país. Modernizar China no
podía ser, desde aquella perspectiva, una operación limitada a la economía pues
implicaba reconstruir el Estado, transformar la sociedad, elevar
la educación, desarrollar la ciencia y la industria y recuperar
una posición internacional acorde con su dimensión histórica.
El problema es que la voluntad
transformadora del maoísmo
acabó errando en varias ocasiones. El Gran Salto Adelante constituye
probablemente el ejemplo más dramático. La convicción de que la voluntad
política podía superar los límites económicos y materiales condujo a
una movilización cuyos costes humanos y económicos fueron enormes. La
Revolución Cultural llevó todavía más lejos esa lógica al considerar
que la propia sociedad podía ser remodelada mediante una movilización
ideológica permanente, incluso contra las instituciones, el conocimiento
especializado y buena parte de la propia tradición china.
La paradoja es significativa. La misma
cultura política que
podía proporcionar una extraordinaria capacidad de perseverancia podía alimentar
también una peligrosa confianza en la omnipotencia de la voluntad
política. El Viejo tonto podía representar la paciencia de las
generaciones, pero también podía ser interpretado como una invitación
a ignorar los límites de la realidad.
Después de la muerte de Mao, la modernización china
experimentaría una profunda rectificación. Deng Xiaoping no abandonó la idea
de la transformación del país, pero modificó radicalmente sus
instrumentos. La prioridad pasó de la lucha de clases al desarrollo
económico; de la movilización ideológica a la experimentación;
de la ruptura con la tradición a la recuperación de elementos útiles
del pasado; y de la voluntad de transformar inmediatamente la sociedad
a la construcción gradual de las capacidades materiales necesarias para
hacerlo.
En cierto sentido, el Viejo tonto
regresaba,
pero con una lectura diferente. La montaña ya no tenía necesariamente
que ser derribada de una vez: podía ser rodeada, perforada,
atravesada o removida poco a poco. La modernización china posterior a
1978 fue, en buena medida, un aprendizaje sobre cómo convertir la voluntad
transformadora en un proceso más pragmático, experimental y acumulativo.
El Viejo tonto. Baidu Enciclopedia.
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Esto ayuda también a comprender la continuidad existente entre etapas
políticas que a veces se presentan como radicalmente contrapuestas. Mao,
Deng y Xi representan modelos muy diferentes de ejercicio del poder y
distintas fases de la modernización, pero comparten la convicción
de que China debe recuperar, mediante una acción deliberada y sostenida,
su capacidad de desarrollo y su posición en el mundo. La diferencia
fundamental reside, en buena medida, en la respuesta a una misma
pregunta: ¿cómo se mueve la montaña?
de esa extraordinaria transformación
existe una cultura política que concede enorme importancia a la planificación,
a la continuidad histórica, a la movilización de recursos y a la capacidad de
perseguir objetivos durante largos periodos.
También existen, naturalmente,
importantes zozobras.
La historia china del último siglo demuestra que la El denguismo
confió especialmente en el crecimiento, la apertura y la experimentación.
A partir de los años noventa, la integración económica internacional
se convirtió en una poderosa palanca de transformación. Con Xi Jinping
reaparece con fuerza la dimensión estratégica y nacional de la
modernización. La innovación tecnológica, la seguridad económica, la
reducción de las vulnerabilidades externas, la revitalización rural, la prosperidad
común o la construcción de un país fuerte forman parte de un
proyecto que vuelve a subrayar la necesidad de una dirección política
capaz de mantener el rumbo durante décadas.
Por eso resulta interesante contemplar
los cincuenta
años de la muerte de Mao no simplemente como una efeméride sobre
el pasado, sino como una ocasión para preguntarnos qué permanece de
aquella concepción de la transformación. La China tecnológica de las inteligencias
artificiales, los vehículos eléctricos, los trenes de alta
velocidad o la exploración espacial parece muy alejada del país rural y
empobrecido de 1949. Y, sin embargo, detrás voluntad de modernizar puede
producir avances extraordinarios, pero también costes inmensos cuando
carece de contrapesos, de información fiable o de capacidad para
corregir los errores. Esa es quizá una de las grandes lecciones que
separan la experiencia maoísta de la posterior pues no basta con saber adónde
se quiere llegar; hay que saber medir el camino, reconocer los
obstáculos y rectificar cuando sea necesario.
El Viejo tonto, finalmente, no es tanto el símbolo de un
hombre que consigue mover una montaña como el de una sociedad
que acepta que determinadas empresas históricas no se
completan en una sola generación. La modernización china puede leerse,
así como una sucesión de generaciones que reciben una tarea, la
modifican, la corrigen y la transmiten a la siguiente.
La revolución liderada por Mao
pretendía cambiar China
en una generación; la modernización descubrió que cambiar China era,
en realidad, una tarea de generaciones. Y la parábola del Viejo tonto,
mucho más antigua que el maoísmo, continúa ofreciendo una imagen
poderosa de esa larga marcha que no aporta la certeza de que la
montaña desaparecerá mañana, sino la convicción de que merece la
pena empezar a moverla hoy.
Mao aporta muy tempranamente la idea
de la transformación
como empresa histórica intergeneracional, pero el maoísmo incurre
en la tentación de acelerar artificialmente ese proceso; Deng
introduce la paciencia, la experimentación y el pragmatismo,
mientras que Xi recupera una visión más estratégica y deliberada de la
modernización.
Xulio Ríos acaba de publicar China, la modernización permanente (Txalaparta,
2026)
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