domingo, 27 de noviembre de 2016

EL FIDEL QUE CONOCÍ. LA CONTRASEÑA UNIVERSAL DE LA REBELDÍA. PADRE NUESTRO.

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FIDEL SINÓNIMO DE REVOLUCIÓN.- Emir Sader.-
Fidel se ha vuelto sinónimo de Revolución, desde que las primeras fotos de aquellos barbudos que habían tumbado un dictador en el ya lejano año de 1959. Más todavía para nosotros, en América Latina, para quienes la revolución era un fenómeno distante en el tiempo y en el espacio -en Rusia, en China, con Lenin, con Mao-. Fue Cuba y con Fidel, quien planteó para nosotros y para tantas generaciones, la revolución como actualidad y apuntó hacia que la revolución era posible, aquí mismo en el nuestro continente. Fidel encarnó a la revolución en América Latina, pero también para todo el mundo, porque Cuba levantaba de nuevo la idea del socialismo, cuando este se había vuelto algo aparentemente petrificado, postergado.       

Yo empecé mi militancia política en 1959 repartiendo un periódico -Acción Socialista -, que tenía estampada la imagen de unos barbudos que habían tumbado un dictador  -en aquel momento, de América Central, no se hablaba por aquí todavía de Caribe -, posando como si fueran jugadores de fútbol. Luego mi generación se volvió la generación de la Revolución Cubana, que nos sedujo a tantos, con la convocatoria de los estudiantes para terminar con el analfabetismo en Cuba, con la reforma agraria, con la reforma urbana, con la fundación de la Casa de las Américas, con la soberanía frente al imperialismo, con la proclamación de la Revolución como una Revolución Socialista, con la resistencia en contra del intento de invasión de Bahía de los Cochinos, frente al intento de cerco naval a la isla, con todo lo que venía de allá, que nos alentaba y nos apuntaba caminos.

Solo pude ver a Fidel cuando visitó Chile, durante el gobierno de Allende. En sus varias visitas por ese país, hasta su discurso final en el Estadio Nacional. Después, inmediatamente después del golpe en Chile, pude encontrarme con el por primera vez, en La Habana, para discutir las consecuencias del golpe. Inolvidable verlo entrar, enorme, alto, enérgico, simpático, afectuoso. Ver como é tenía infinita capacidad de oír a las personas, de preguntar mucho, sobre Chile, sobre el golpe, sobre Allende, sobre Miguel Enríquez y el MIR, sobre Brasil.



Tuve el privilegio de convivir con su presencia en la vida cubana por muchos años, conocer cómo un dirigente se interesa por todo lo cotidiano de un país y del mundo, pronunciarse todo el tiempo sobre todos los problemas, ser el más radical crítico de la Revolución, apuntando problemas y alternativas, implacable con los errores, pero siempre apuntando hacia alternativas y despertando esperanzas. Haber presenciado sus discursos en la Plaza de la Revolución tantas y tantas veces es de las experiencias más impresionantes que uno pueda tener. En una de esas concentraciones, siempre para millones de personas, se homenajeaba a los muertos por el acto terrorista que tumbó a un avión cubano, que mató, entre otras personas, a un equipo de deportistas juveniles cubanos. Con todos los cuerpos presentes en la Plaza, Fidel hizo uno de sus discursos más emocionantes, que concluyó diciendo: “Cuando un pueblo enérgico y viril llora, la injusticia tiembla.” Provocó  las lágrimas de aquellos cubanos que se habían desplazado de todas partes para oírlo hablar durante horas al sol.

Fidel siempre sorprendió a todos con su audacia. Desde aquella primera, el asalto al cuartel Moncada, al desembarco del Granma, hasta sus iniciativas posteriores,  ya desde el poder, valiéndose siempre del factor sorpresa de la guerrilla.  Cuando Fidel abrió las puertas de todas las embajadas  para que los que quisieran irse de Cuba se fueran. Permitiendo que llegaran embarcaciones desde Miami, para recogerlos. Un gesto audaz que él supo revertir a favor de la Revolución, como todo lo que él hacía. Como cuando proclamó que el chico Elián sería recuperado por Cuba, objetivo que parecía imposible pero que él  logró. Como cuando él afirmó que Cuba recuperaría a sus 5 héroes presos en EUA, lo cual parecía absolutamente inviable, pero él supo construir, una vez más, la estrategia victoriosa para conseguir una vez más lo imposible.

Fidel fue sinónimo de Revolución por más de 50 anos. Quien quisiera saber de Revolución y del Socialismo bastará dirigir sus miradas hacia él. Él, junto con el Che, apuntará para tantas generaciones el horizonte del socialismo, de la Revolución, del compromiso militante. Fidel fue la personificación de la Revolución y del Socialismo. Su vida y sus palabras han sonado siempre como la voz más fuerte, más digna, más vibrante, con más esperanza, con más coraje que la Historia ha conocido.

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EL FIDEL QUE CONOCÍ.
Educado, respetuoso, militante, revolucionario, Líder, uno de los más grandes Oradores de nuestro tiempo.
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Por Ignacio Ramonet.-

Página /12 domingo 27 de noviembre del 2016.


Fidel ha muerto, pero es inmortal. Pocos hombres  conocieron la gloria de entrar vivos en la leyenda y en la historia. Fidel es uno de ellos. Perteneció a esa generación de insurgentes míticos – Nelson Mandela, Patrice Lumumba, Amilcar Cabral, Che Guevara, Camilo Torres, Turcios Lima, Ahmed Ben Barka – que, persiguiendo un ideal de justicia, se lanzaron, en los años 1950, a la acción política con la ambición y la esperanza de cambiar un mundo de desigualdades y de discriminaciones, marcado por el comienzo de la guerra fria entre la Union Soviética y Estados Unidos.

En aquella época, en más de la mitad del planeta, en Vietnam, en Argelia, en Guinea-Bissau, los pueblos oprimidos se sublevaban. La humanidad aún estaba entonces, en gran parte, sometida a la infamia de la colonización. Casi toda África y buena porción de Asia se encontraban todavía dominadas, avasalladas por los viejos imperios occidentales. Mientras las naciones de América latina, independientes en teoría desde hacía siglo y medio, seguían explotadas por privilegiadas minorías, sometidas a la discriminación social y étnica, y a menudo marcadas por dictaduras cruentas, amparadas por Washington.

Fidel soportó la embestida de nada menos que diez presidentes estadounidenses (Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Bush padre, Clinton y Bush hijo). Tuvo relaciones con los principales líderes que marcaron el mundo después de la Segunda Guerra mundial (Nehru, Nasser, Tito, Jrushov, Olaf Palme, Ben Bella, Boumedienne, Arafat, Indira Gandhi, Salvador Allende, Brezhnev, Gorbachov, François Mitterrand, Juan Pablo II, el rey Juan Carlos, etc.). Y conoció a algunos de los principales intelectuales y artistas de su tiempo (Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Arthur Miller, Pablo Neruda, Jorge Amado, Rafael Alberti, Guayasamin, Cartier-Bresson, José Saramago, Gabriel García Márquez, Eduardo Galeano, Noam Chomsky, etc.).

Bajo su dirección, su pequeño país (100 000 km2, 11 millones de habitantes) pudo conducir una política de gran potencia a escala mundial, echando hasta un pulso con Estados Unidos cuyos dirigentes no consiguieron derribarlo, ni eliminarlo, ni siquiera modificar el rumbo de la Revolución cubana. Y finalmente, en diciembre de 2014, tuvieron que admitir el fracaso de sus políticas anticubanas, su derrota diplomática e iniciar un proceso de normalización que implicaba el respeto del sistema político cubano.

En octubre de 1962, la Tercera Guerra Mundial estuvo a punto de estallar a causa de la actitud del gobierno de Estados Unidos que protestaba contra la instalación de misiles nucleares soviéticos en Cuba. Cuya función era, sobre todo, impedir otro desembarco militar como el de Playa Girón (bahía de Cochinos) u otro directamente realizado por las fuerzas armadas estadounidenses para derrocar a la revolución cubana.

Desde hace más de 50 años, Washington (a pesar del restablecimiento de relaciones diplomáticas) le impone a Cuba un devastador embargo comercial -reforzado en los años 1990 por las leyes Helms-Burton y Torricelli- que obstaculiza su desarrollo económico normal. Con consecuencias trágicas para sus habitantes. Washington sigue conduciendo además una guerra ideológica y mediática permanente contra La Habana a través de las potentes Radio “Martí” y TV “Martí”, instaladas en La Florida para inundar a Cuba de propaganda como en los peores tiempos de la guerra fría.

Por otra parte, varias organizaciones terroristas – Alpha 66 y Omega 7 – hostiles al régimen cubano, tienen su sede en La Florida donde poseen campos de entrenamiento, y desde donde enviaron regularmente, con la complicidad pasiva de las autoridades estadounidenses, comandos armados para cometer atentados. Cuba es uno de los países que más víctimas ha tenido (unos 3 500 muertos) y que más ha sufrido del terrorismo en los últimos 60 años.

Ante tanto y tan permanente ataque, las autoridades cubanas han preconizado, en el ámbito interior, la unión a ultranza. Y han aplicado a su manera el viejo lema de San Ignacio de Loyola : “En una fortaleza asediada, toda disidencia es traición.” Pero nunca hubo, hasta la muerte de Fidel, ningún culto de la personalidad. Ni retrato oficial, ni estatua, ni sello, ni moneda, ni calle, ni edificio, ni monumento con el nombre o la figura de Fidel, ni de ninguno de los líderes vivos de la Revolución.



Cuba, pequeño país apegado a su soberanía, obtuvo bajo la dirección de Fidel Castro, a pesar del hostigamiento exterior permanente, resultados excepcionales en materia de desarrollo humano: abolición del racismo, emancipación de la mujer, erradicación del analfabetismo, reducción drástica de la mortalidad infantil, elevación del nivel cultural general… En cuestión de educación, de salud, de investigación médica y de deporte, Cuba ha obtenido niveles que la sitúan en el grupo de naciones más eficientes.

Su diplomacia sigue siendo una de las más activas del mundo. La Habana, en los años 1960 y 1970, apoyó el combate de las guerrillas en muchos países de América Central (El Salvador, Guatemala, Nicaragua) y del Sur (Colombia, Venezuela, Bolivia, Argentina). Las fuerzas armadas cubanas han participado en campañas militares de gran envergadura, en particular en las guerras de Etiopia y de Angola. Su intervención en este último país se tradujo por la derrota de las divisiones de élite de la Republica de África del Sur, lo cual acelero de manera indiscutible la caída del régimen racista del apartheid.

La Revolución cubana, de la cual Fidel Castro era el inspirador, el teórico y el líder, sigue siendo hoy, gracias a sus éxitos y a pesar de sus carencias, una referencia importante para millones de desheredados del planeta. Aquí o allá, en América latina  y en otras partes del mundo, mujeres y hombres protestan, luchan y a veces mueren para intentar establecer regímenes inspirados por el modelo cubano.

La caída del muro de Berlín en 1989, la desaparición de la Unión soviética en 1991 y el fracaso histórico del socialismo de Estado no modificaron el sueño de Fidel Castro de instaurar en Cuba una sociedad de nuevo tipo, más justa, más sana, mejor educada, sin privatizaciones ni discriminaciones de ningún tipo, y con una cultura global total.

Hasta la víspera de su fallecimiento a los 90  años, seguía movilizado en defensa de la ecología y del medio ambiente, y contra la globalización neoliberal, seguía en la trinchera, en primera línea, conduciendo la batalla por las ideas en las que creía y a las cuales nada ni nadie le hizo renunciar.

En el panteón mundial consagrado a aquellos que con más empeño lucharon por la justicia social y que más solidaridad derrocharon en favor de los oprimidos de la Tierra, Fidel Castro - le guste o no a sus detractores - tiene un lugar reservado.

Lo conocí en 1975 y conversé con él en múltiples ocasiones, pero, durante mucho tiempo, en circunstancias siempre muy profesionales y muy precisas, con ocasión de reportajes en la isla o la participación en algún congreso o algun evento. Cuando decidimos hacer el libro “Fidel Castro. Biografía a dos voces” (o “Cien horas con Fidel”), me invitó a acompañarlo durante días en diversos recorridos. Tanto por Cuba (Santiago, Holguín, La Habana) como por el extranjero (Ecuador). En coche, en avión, caminando, almorzando o cenando, conversamos largo. Sin grabadora. De todos los temas posibles, de las noticias del día, de sus experiencias pasadas y de sus preocupaciones presentes. Que yo reconstruía luego, de memoria, en mis cuadernos. Luego, durante tres años, nos vimos muy frecuentemente, al menos varios días, una vez por trimestre.

Descubrí así un Fidel íntimo. Casi tímido. Muy educado. Escuchando con atención a cada interlocutor. Siempre atento a los demás, y en particular a sus colaboradores. Nunca le oí una palabra más alta que la otra. Nunca una orden. Con modales y gestos de una cortesía de antaño. Todo un caballero. Con un alto sentido del pundonor. Que vive, por lo que pude apreciar, de manera espartana. Mobiliario austero, comida sana y frugal. Modo de vida de monje-soldado.

Su jornada de trabajo se solía terminar a las seis o las siete de la madrugada, cuando despuntaba el día. Más de una vez interrumpió nuestra conversación a las dos o las tres de la madrugada porque aún debía participar en unas “reuniones importantes”…Dormía sólo cuatro horas, más, de vez en cuando, una o dos horas en cualquier momento del día.

Pero era también un gran madrugador. E incansable. Viajes, desplazamientos, reuniones se encadenaban sin tregua. A un ritmo insólito. Sus asistentes – todos jóvenes y brillantes de unos 30 años – estaban, al final del día, exhaustos. Se dormían de pie. Agotados. Incapaces de seguir el ritmo de ese infatigable gigante.

Fidel reclamaba notas, informes, cables, noticias, estadísticas, resúmenes de emisiones de televisión o de radio, llamadas telefónicas... No paraba de pensar, de cavilar. Siempre alerta, siempre en acción, siempre a la cabeza de un pequeño Estado mayor – el que constituían sus asistentes y ayudantes – librando una batalla nueva. Siempre con ideas. Pensando lo impensable. Imaginando lo inimaginable. Con un atrevimiento mental espectacular.

Una vez definido un proyecto. Ningún obstáculo lo detenía. Su realización iba de sí. “La intendencia seguirá” decía Napoleón. Fidel igual. Su entusiasmo arrastraba la adhesión. Levantaba las voluntades. Como un fenómeno casi de magia, se veían las ideas materializarse, hacerse hechos palpables, cosas, acontecimientos.

Su capacidad retórica, tantas veces descrita, era prodigiosa. Fenomenal. No hablo de sus discursos públicos, bien conocidos. Sino de una simple conversación de sobremesa. Fidel era un torrente de palabras. Una avalancha. Que acompañaba la prodigiosa gestualidad de sus finas manos.

La gustaba la precisión, la exactitud, la puntualidad. Con él, nada de aproximaciones. Una memoria portentosa, de una precisión insólita. Apabullante. Tan rica que hasta parecía a veces impedirle pensar de manera sintética. Su pensamiento era arborescente. Todo se encadenaba. Todo tenía que ver con todo. Digresiones constantes. Paréntesis permanentes. El desarrollo de un tema le conducía, por asociación, por recuerdo de tal detalle, de tal situación o de tal personaje, a evocar un tema paralelo, y otro, y otro.

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LA CONTRASEÑA UNIVERSAL DE LA REBELDÍA.
                                 
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Eduardo Aliverti.

Página /12 domingo 27 de noviembre del 2016.

Vamos a empezar por una confesión personal. No puedo sacarme de la cabeza que se murió exactamente a los sesenta años de que el Granma saliera de México rumbo a Cuba con sus 82 expedicionarios. Había dicho "Si salgo llego, si llego entro, si entro triunfo". Es muy previsiblemente impactante lo que está ocurriendo, al menos en los medios de aquí, y lo que seguirá ocurriendo durante varios días. En los portales, en la televisión, en las redes --por supuesto que apartando las cloacas de esos seres chiquitos, que encuentran allí la descarga de su mediocridad y su ignorancia-- está el propio peso de la noticia pero se huele en la fraseología empleada, en los títulos, respeto. 

También se nos ocurre que hay dos razones, más allá que la muerte siempre genera reivindicación: Fidel ya era un mito viviente y dentro de ese mito había, entre otros, como dos desprendimientos. Uno era "Y en eso llegó Fidel", en alusión a cuando aparecía, sobre todo de sorpresa, en algún lugar y resolvía todo Y el otro: "¿Qué pasa cuando muera Fidel?". En realidad, Fidel ya no estaba en funciones ejecutivas desde hacía diez años aunque su lucidez intacta nos regaló esos escritos sobre el enemigo de siempre, sobre las amenazas planetarias, un tema que lo obsesionaba en los últimos años. Su desaparición física ha debido ser la cosa menos asimilada de este mundo, es como si por fin hubiera querido corroborarse que alguien puede ser inmortal. Volviendo a lo del Granma a uno le hace decir esto es lo único que le faltaba a este tipo, morirse en el aniversario sesenta.

Hace unos meses cuando Fidel cumplió 90 años recordábamos un pasaje de ese fílmico fenomenal de la televisión cubana "Cuando pienso en el Che". Se basa en una nota que le hace a Fidel en el '87, el periodista italiano Gianni Miná, una entrevista a lo Fidel de cuatro horas y cuando le pregunta "¿En qué piensa usted cuando piensa en el Che'". Fidel le contesta algo así como cuatro horas, de esas se extrajeron unos 48 minutos y sobre esa respuesta se montó ese trabajo. En algún momento le pregunta si acaso era cierto que ellos no apoyaron lo del Che en Bolivia. Fidel lo desmiente y lo alude a lo que les pasó a ellos porque lo del Che salió mal y  lo de ellos salió perfecto. Fidel dice cuando salimos con el Granma no sabíamos el destino que nos aguardaba pero aún si nos hubiera ido mal, no estábamos equivocados. El éxito o fracaso de una misión no determina su justeza. Se me ocurrió rememorarla en función de la fuerza de las convicciones inquebrantables. 

Y lo relaciono con la segunda razón del tipo de impacto que está provocando la muerte de Fidel porque hasta el último enemigo, hasta el último gusano, hasta el más recalcitrante de los reaccionarios, sabe que el muerto vive porque como sucedió con el Ché y como sucede con Fidel, decir Fidel a secas, como fue y será siempre,  es el indicador ecuménico de la lucha contra la injusticia, de la dignidad. A quién podría ocurrírsele no sentir admiración fuera de lo ideológico --o dentro y fuera-- por quien produjo la epopeya de sostener la dignidad de una isla de 110 mil kilómetros cuadrados a 110 millas del imperio más poderoso de la historia. Una isla que a no ser por él, y los suyos, sería Haití, como referencia de la cercanía geográfica, de la injusticia, la miseria. Todos, los unos y los otros, somos hoy conscientes de que murió e último grande. Visto desde el enemigo, los va a seguir jodiendo desde la tumba por los tiempos de los tiempos y visto desde este palo, seguirá conduciendo todo espíritu dispuesto a cambiar las cosas. Murió la contraseña universal de la rebeldía. Por eso es inmortal.

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PADRE NUESTRO.
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Martín Granovsky.

Página /12 domingo 27 de noviembre del 2106.


Los gobiernos populares que gobernaron o gobiernan en Sudamérica desde comienzos del siglo XXI le deben mucho a Fidel Castro. Los gobiernos y los líderes: Fidel no dejó de dar consejos realistas y constructivos a ninguno. Ayudó a la integración regional y a que los distintos procesos nacionales fueran acompañándose y, en lo posible, acompasándose en un mismo ritmo. Su último viaje al exterior, todavía como presidente de Cuba, fue justamente a Córdoba, en 2006, para una cumbre del Mercosur. 

Luiz Inácio Lula da Silva tiene una historia. Cuando ya era presidente del sindicato metalúrgico y había fundado el Partido de los Trabajadores, en 1980, en el momento de decidir si emprendía o no la carrera electoral se vio con Fidel en Cuba. ¿Estaba bien ser candidato a diputado estadual de San Pablo o la transformación de Brasil requería mucho más? Fidel le dijo que fuera candidato porque la diputación sería una base más de la construcción política alrededor de los gremios y del PT. Lula terminaría siendo presidente el 1° de enero de 2003. Bajo su gobierno y el de Dilma Rousseff Brasil, además, se convirtió en el principal inversor privado en Cuba y la clave de la expansión portuaria en el complejo de Mariel.

Evo Morales cuenta que antes de Hugo Chávez, Lula y Néstor Kirchner solo estaba Fidel. Dice que con él conversaba sobre la organización de los cocaleros y la política boliviana. Sobre los Estados Unidos. Y también sobre la política. “Néstor, Hugo y Lula eran hermanos mayores”, dice. “Fidel era todavía más, pero por suerte vinieron ellos.”

En 2005, cuando estaba por realizarse la cumbre de Mar del Plata que debía discutir si se formaba o no un Área de Libre Comercio de las Américas, Fidel organizó reuniones logísticas en La Habana. Hebe Bonafini viajó con Luis D’Elía. Hebe suele relatar que fue Castro quien le dijo que confiara en Néstor Kirchner.

Antes, en la transición democrática, Raúl Alfonsín sacó la conclusión de que el despliegue guerrillero del Frente Patriótico Manuel Rodríguez en Chile terminaría fortaleciendo a los militares chilenos y, de modo indirecto, a los militares argentinos porque les daba una excusa de presupuesto y poder. Tras una reunión con Fidel en La Habana, la actividad del FP Manuel Rodríguez se atenuó hasta hacerse inexistente en términos operativos. Fue en 1986. Dos años después el gobierno de Alfonsín dispuso el uso de fondos reservados para financiar al comando del No en el plebiscito que convocó Augusto Pinochet. El dictador fue derrotado y muy pronto terminó la tiranía.

En los últimos años, incluso ya retirado de la primera línea y con Raúl Castro como presidente de Cuba y primer secretario del Partido Comunista, Fidel utilizó cada encuentro con dirigentes extranjeros, incluida Cristina Fernández de Kirchner, que lo vio durante la visita del Papa Francisco en 2015, para subrayar la importancia de la integración a nivel de la Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe, CELAC la UNASUR y el MERCOSUR.

Con Chávez actuó directamente como un maestro cara a cara. Hasta fue el encargado de comunicarle a Chávez lo que habían descubierto los médicos cubanos. Tenía cáncer. El presidente venezolano llamó a Fidel de todas las maneras imaginables. Una es la más llamativa: “padre nuestro”.

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