miércoles, 30 de noviembre de 2016

UNO DE LOS LEGADOS DE FIDEL CASTRO- LA UNIDAD DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE.

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Todo lo antes dicho contribuye a explicar el enorme esfuerzo personalmente realizado por Fidel Castro con vistas a crear las condiciones políticas continentales que posibilitaron resistir la “globalización neoliberal” y  que posteriormente condujeron a la derrota, en el 2005, del Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA) impulsando por las administraciones de William Clinton y George W. Bush, así como apoyada por sus principales aliados latinoamericanos y caribeños. También para  lograr –en consuno con el ya físicamente desaparecido líder histórico de la Revolución Bolivariana, Hugo Chávez— la institucionalización y progresiva ampliación y profundización de la ahora llamada Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio entre los Pueblos (ALBA-TCP). Muchos más porque él previó, como pocos, que esa alianza estaba llamada a desempeñar un papel central en los diferentes proyectos de concertación política, cooperación e integración económica que, no obstante las grandes dificultades que los afectan y los afectarán, se han desplegado y se siguen desplegando en Nuestra América, incluidas la Asociación de Estados del Caribe (AEC), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).  

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UNO DE LOS LEGADOS DE FIDEL CASTRO- LA UNIDAD DE AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE.
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Dr. Luis Suárez Salazar. (Ciencias Sociológicas).

ALAINET. Sábado 26 de noviembre del 2016.

PRESENTACIÓN.-

Como se conoce, en las últimas horas de la noche del 25 de noviembre del 2016, el Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de la República de Cuba y Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, general de ejército Raúl Castro Ruz, con “profundo dolor” le anunció al pueblo de Cuba y a los demás pueblos del mundo que a las 10:29 de esa noche había dejado de latir el noble corazón de su hermano, el líder histórico de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz.

En medio de las diversas reacciones nacionales e internacionales causadas por esa inesperada y conmovedora noticia, busqué en mis archivos el escrito que en la última semana de mayo de 2016 había propuesto para un libro que desde los primeros meses de ese año estaba compilando la prestigiosa colega cubana Ana Cairo con vistas a celebrar el 90 Aniversario del natalicio de Fidel Castro.

Comoquiera que ese volumen aún está inédito, con algunos pequeños arreglos, he decidido divulgar ese escrito dirigido a relievar uno de sus principales aportes a la multifacética obra humanista, solidaria e internacionalista de la Revolución Cubana. También como un testimonio personal de agradecimiento por todo lo que aprendí en el estudio de su profundo y para mi imperecedero legado ético y teórico-práctico.

En mi concepto, ese legado hace y harán a Fidel merecedor de lo que dijo José Martí con relación a los que denominó “tres héroes” de las luchas de los pueblos latinoamericanos contra el colonialismo español (Simón Bolívar, José de San Martín y Miguel Hidalgo): “Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que le roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados”. Y agregó:

Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.

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FIDEL CASTRO: ARTÍFICE DE LA PROYECCIÓN EXTERNA DE LA REVOLUCIÓN CUBANA EN NUESTRA AMÉRICA.
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 Por: Luis Suárez Salazar.

ALAINET.

Introducción.

Como parte de las observaciones-participantes y de las investigaciones que desde hace cerca de cinco décadas he venido realizando y, en algunos casos, publicando sobre la que he denominado “proyección externa de la Revolución Cubana”, a fines de 2006 emprendí una cuidadosa identificación, lectura o relectura de los cerca 400 discursos pronunciados desde los primeros días de enero de 1959 por el líder histórico de esa revolución, Fidel Castro Ruz, en los que refería sus multidimensionales y profundas reflexiones sobre la historia, la realidad, las disyuntivas y perspectivas de los Estados nacionales o plurinacionales, así como de algunas de las islas y los territorios continentales sometidos a diferentes formas de dominación colonial por parte de Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y Holanda ubicados en el espacio geográfico, humano y cultural que en 1891 José Martí denominó Nuestra América.

Como fruto de esa investigación y tratando de evitar que se dogmatizara su pensamiento dialéctico y creador, preparé tres compilaciones contextualizadas y anotadas de los principales discursos o fragmentos de ellos en los que Fidel –como comúnmente lo denomina el pueblo cubano— había difundido sus siempre bien informadas consideraciones sobre las multiformes luchas populares, democráticas, anticoloniales, anti neocoloniales, antiimperialistas y, en algunos casos, anticapitalistas o socialistas que desde el triunfo de la Revolución Cubana se habían desplegado al sur del río Bravo y de la península de Florida. Asimismo, sobre los cambiantes contextos económicos, sociales y políticos internacionales y hemisféricos en que éstas se habían desplegado. 


La preparación de esas tres compilaciones,  mis propias experiencias personales, al igual que la mayor parte de las entrevistas que, junto a mi estimado colega y amigo holandés Dirk Kruijt, les realizamos entre el 2010 y el 2014 a cerca de 40 compañeras y compañeros cubanos y de otros países del mundo que, en uno u otro momento de sus vidas, habían participado en la implementación de las multiformes solidaridades de Cuba con los pueblos y con algunos gobiernos del continente americano,[5] me confirmaron que, sin negar los aportes de otros dirigentes de la Revolución Cubana, desde los primeros días de 1959 hasta, al menos, el 2006 Fidel Castro había sido el principal artífice, conductor, analista y a la vez cronista de las multifacéticas, consistentes y, en ciertos casos, cambiantes estrategias y tácticas desplegadas por el liderazgo político-estatal cubano hacia la que, en 1953, el entonces recién graduado médico argentino Ernesto Guevara de la Serna había denominado “nuestra Mayúscula América”.

Igualmente, el inspirador de las acciones emprendidas hacia ese continente por las direcciones de las diferentes organizaciones políticas, sociales, de masas, juveniles-estudiantiles y profesionales que han actuado o todavía actúan en la sociedad política y civil cubanas, al igual que de las conductas altruistas asumidas por los decenas de miles de cubanas y cubanos que han cumplido diversas misiones solidarias o internacionalistas en todo el mundo y, en particular, en buena parte de los 33 estados latinoamericanos y caribeños. 

La unidad antiimperialista: táctica y estrategia de la victoria.

En el breve espacio disponible para este escrito me resulta imposible sintetizar todos los  aportes teórico-prácticos realizados por Fidel a la elaboración e implementación de las estrategias, las tácticas y las acciones desplegadas por todos los actores sociales y políticos, estatales y no estatales, antes mencionados, así como a la comprensión de la historia y de la cada vez más compleja realidad latinoamericana y caribeña. Pero, partiendo de la narrativa y de los elementos empíricos que he sistematizado en algunos de mis escritos antes referenciados, puedo afirmar que todas ellas fueron emprendidas partiendo de las convicciones de su máximo líder acerca de la estrecha imbricación existente entre la Revolución Cubana y los demás procesos de cambios favorables a los intereses nacionales y populares que, en cada momento histórico-concreto, se estaban o todavía se están desplegado en  América Latina y el Caribe.

Esas convicciones, tributarias del legado de los próceres y mártires de las luchas por  las que José Martí denominó “primera” y “segunda independencia” de Nuestra América, así como de las tradiciones provenientes de la diversas interpretaciones revolucionarias e internacionalistas del marxismo, guiaron as multifacéticas solidaridades de la Revolución Cubana con los pueblos y algunos gobiernos del continente americano; incluido, el pueblo estadounidense. Estas fueron definidas por Fidel no solo como un ineludible deber histórico (“ser internacionalista es pagar nuestra propia deuda con la humanidad”), sino también como una necesidad estratégica para la preservación, la consolidación y el exitoso desenvolvimiento de la transición socialista cubana.

Mucho más por su temprana y reiterada comprensión de que el imperialismo –y en particular, el estadounidense— había sido, era y aún sigue siendo el enemigo principal y, en algunos casos, el enemigo inmediato de la emancipación política, económica, social y cultural de todas las naciones y pueblos de la que, en 1959, el Canciller de la Dignidad, Raúl Roa García, denominó “nuestra preterida, maltratada y exprimida súper patria común”.


Aunque esa comprensión ya estaba implícita en La Historia me absolverá y en las intervenciones públicas que Fidel realizó tanto en los Estados Unidos como en México durante la preparación de la expedición revolucionaria que, a bordo del yate Granma, finalmente arribó a las costas cubanas el 2 de diciembre de 1956,  comenzó a hacerse explícita en los diversos discursos que él pronunció, así como en las entrevistas y conferencias de prensa que ofreció durante las visitas que realizó a Venezuela, Estados Unidos, Argentina, Brasil y Uruguay entre fines de  enero  y los primeros días de mayo de 1959.

También en los innumerables discursos que antes y después de esos meses pronunció en Cuba para concientizar, movilizar y organizar al pueblo cubano para enfrentar y derrotar las diversas agresiones imperialistas que comenzaron a fraguarse desde el propio triunfo de la Revolución, así como para que, simultáneamente, expresara su solidaridad con las inter vinculadas luchas por la democracia, el desarrollo económico y social y la independencia política que entonces se estaban librando en diferentes Estados y territorios latinoamericanos y caribeños aún sometidos a diferentes formas de dominación colonial o neocolonial.

En mi concepto, el clímax de toda esa tenaz labor política y pedagógica fue el discurso que pronunció Fidel Castro el 2 de septiembre de 1960 en la ahora denominada Plaza de la Revolución José Martí. En ese discurso, le propuso a la entonces llamada Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba la aprobación a mano alzada de la ahora denominada Primera Declaración de La Habana. Sobre la base de las primeras realizaciones económicas, sociales y políticas de la Revolución, así como en respuesta a las primeras agresiones imperialistas contra el pueblo cubano y al apoyo que estas ya comenzaban a encontrar en buena parte de los gobiernos latinoamericanos entonces integrantes de la Organización de Estados Americanos (OEA), en esa declaración se proclamó a los cuatro vientos “el deber de las naciones oprimidas y explotadas a luchar por su liberación; el deber de cada pueblo a la solidaridad con todos los pueblos oprimidos, colonizados, explotados o agredidos, sea cual fuere el lugar del mundo en que éstos se encuentren y la distancia geográfica que los separe”. 

También se reafirmó la fe de la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba “en que la América Latina marchará pronto, unida y vencedora, libre de las ataduras que convierten sus economías en riqueza enajenada al imperialismo norteamericano y que le impiden hacer oír su verdadera voz en las reuniones donde cancilleres domesticados, hacen de coro infamante al amo despótico”. Asimismo,  ratificó “su decisión de trabajar por ese común destino latinoamericano que permitirá a nuestros países edificar una solidaridad verdadera, asentada en la libre voluntad de cada uno de ellos y en las aspiraciones conjuntas de todos”.

Antecedida por la fulminante derrota de la invasión mercenaria de Playa Girón organizada por la administración del republicano Dwight Eisenhower y emprendida por la del demócrata John F. Kennedy (a partir de la cual, a decir de Fidel Castro, “todos los pueblos latinoamericanos serían más libres”), y por las demoledoras críticas que, en la reunión del Consejo Interamericano Económico y Social de la OEA, efectuada en Punta del Este, Uruguay, en agosto de 1961, le realizó el comandante Ernesto Che Guevara a la Alianza para el Progreso, esos y otros enunciados de la Primera Declaración de La Habana fueron ratificados y ampliados en la que en otros escritos he denominado “Manifiesto Comunista de la Revolución Latinoamericana” aprobado a mano alzada por los cerca de dos millones de cubanas y cubanos que el 4 de febrero de 1962 se congregaron en la Plaza de la Revolución José Martí.

Nuevamente, a instancias de Fidel y luego de reiterar que “la historia de Cuba era parte de la historia de América Latina” y ésta de la historia de los demás países del mundo subdesarrollado y dependiente, al igual que rompiendo con el reduccionismo sociológico y con el sectarismo entonces imperante en diversos destacamentos de la ahora llamada “izquierda social, política e intelectual” de América Latina, así como de algunos países del Caribe insular y continental, en la ahora llamada Segunda Declaración de La Habana se indicó que:

En la lucha antiimperialista y anti feudal es posible vertebrar la inmensa mayoría del pueblo tras metas de liberación que unan el esfuerzo de la clase obrera, los campesinos, los trabajadores intelectuales, la pequeña burguesía y las capas más progresistas de la burguesía nacional. Estos sectores comprenden la inmensa mayoría de la población, y aglutinan grandes fuerzas sociales capaces de barrer el dominio imperialista y la reacción feudal. En ese amplio movimiento pueden y deben luchar juntos, por el bien de sus naciones, por el bien de sus pueblos y por el bien de América, desde el viejo militante marxista, hasta el católico sincero que no tenga nada que ver con los monopolios yanquis y los señores feudales de la tierra. Ese movimiento podría arrastrar consigo a los elementos progresistas de las fuerzas armadas, humillados también por las misiones militares yanquis, la traición a los intereses nacionales de las oligarquías feudales y la inmolación de la soberanía nacional a los dictados de Washington.

Tales afirmaciones –posteriormente sintetizadas por Fidel en su llamado a la “unidad estratégica entre cristianos y marxistas” y en su sintagma: “La unidad antiimperialista es la táctica y la estrategia de la victoria”— guiaron la política internacional desplegada por la Revolución Cubana; incluida su apoyo político-diplomático, mediático y, en algunos casos, militar a las luchas por la democracia, la liberación nacional y social desplegadas por diferentes destacamentos de la izquierda, así como  como sus multiformes solidaridades hacia todos los gobiernos que, con independencia del horizonte programático de sus liderazgos civiles o militares o de las fuerzas sociales y políticas que lo hayan conducido, han emprendido diversos procesos de cambios revolucionarios, reformadores, nacional-populares e incluso reformistas en diferentes estados latinoamericanos y caribeños. También hacia aquellos que han mantenido una actitud respetuosa hacia la transición socialista cubana.

Paralelamente, Fidel Castro fue desarrollando sus trascendentales conceptos con relación a la importancia estratégica que ha tenido, tiene y tendrá para el porvenir de América Latina y el Caribe la unidad de sus pueblos, así como la integración política y económica de todos los Estados de ese continente. En mi consideración, él formuló por primera vez esas utopías en los antes referidos discursos que pronunció en Venezuela a fines de enero de 1959, así como en Argentina y Uruguay a comienzos de mayo del propio año. Sin embargo, acorde con los cambios que se fueron produciendo en la economía capitalista mundo, en el sistema internacional de los Estados, al igual que en el escenario hemisférico las fue perfilando a lo largo de su fecunda vida política. Al tal grado que, en el Cuarto Encuentro del Foro Sâo Paulo efectuado en La Habana en 1994, entre otras muchas ideas vinculadas a ese trascendental tema, señaló:

¿Qué menos podemos hacer nosotros y qué menos puede hacer la izquierda de América Latina que crear una conciencia en favor de la unidad? Eso debiera estar inscrito en las banderas de la izquierda. Con socialismo y sin socialismo. Aquellos que piensen que el socialismo es una posibilidad y quieren luchar por el socialismo, pero aun aquellos que no conciban el socialismo, aun como países capitalistas, ningún porvenir tendríamos sin la unidad y sin la integración.

Todo lo antes dicho contribuye a explicar el enorme esfuerzo personalmente realizado por Fidel Castro con vistas a crear las condiciones políticas continentales que posibilitaron resistir la “globalización neoliberal” y  que posteriormente condujeron a la derrota, en el 2005, del Acuerdo de Libre Comercio para las Américas (ALCA) impulsando por las administraciones de William Clinton y George W. Bush, así como apoyada por sus principales aliados latinoamericanos y caribeños. También para  lograr –en consuno con el ya físicamente desaparecido líder histórico de la Revolución Bolivariana, Hugo Chávez— la institucionalización y progresiva ampliación y profundización de la ahora llamada Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América-Tratado de Comercio entre los Pueblos (ALBA-TCP). Muchos más porque él previó, como pocos, que esa alianza estaba llamada a desempeñar un papel central en los diferentes proyectos de concertación política, cooperación e integración económica que, no obstante las grandes dificultades que los afectan y los afectarán, se han desplegado y se siguen desplegando en Nuestra América, incluidas la Asociación de Estados del Caribe (AEC), la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).    

A modo conclusión.

En mi concepto, esas y otras facetas de la obra teórico-práctica de Fidel Castro no incluidas en este escrito requieren ser estudiadas profundamente por las actuales y futuras generaciones latinoamericanas y caribeñas; en particular por las nuevas generaciones de cubanas y cubanos. Sobre todo porque aún en el hipotético caso de que algún día se logre la que he denominado “anormalización de las relaciones oficiales entre los gobiernos de Estados Unidos y de Cuba”, su pueblo, sus organizaciones políticas sociales, de masas, juveniles y estudiantiles, así como su vanguardia política tendrán que seguir luchando para defender la soberanía y la independencia política y económica de la Mayor de las Antillas.

Y, tales luchas, como pensó y reiteradamente planteó Fidel Castro forman y formarán parte de las multiformes contiendas de los demás pueblos latinoamericanos y caribeños para lograr juntamente su desarrollo económico, político y social, así como para obtener y preservar su verdadera y definitiva independencia. En ese contexto, mantiene y mantendrá toda su vigencia, la alegoría planteada por José Martí en su célebre ensayo Nuestra América:

Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores.  El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa […] No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene el tigre encima. 

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La Habana, 23 de mayo de 2016   

- Luis Suárez Salazar es Licenciado en Ciencias Políticas, Doctor en Ciencias Sociológicas y Doctor en Ciencias. Escritor y ensayista integrante de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), así como Profesor Titular del Instituto Superior de Relaciones Internacionales “Raúl Roa García” de La Habana, Cuba, al igual que de diversas cátedras de la Universidad de La Habana.

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