&&&&&
¿QUÉ ES UNA REVOLUCIÓN SOCIAL?
Una revolución social es un cambio radical y acelerado en la
estructura de la sociedad que transforma el sistema político, económico o de
clases dominante. Cualquier revolución social es un shock para la sociedad,
cuyas consecuencias se pueden sentir durante años y décadas. Es como una
terapia de choque: en el caso de la evolución, los cambios ocurren lentamente,
y en el caso de la revolución, inmediatamente, de manera muy abrupta y rápida.
En la mayoría de los casos, las consecuencias negativas prevalecen sobre las
positivas, pero lo primero es lo primero.
Esta definición se entiende como
cualquier cambio revolucionario en la sociedad que lleve a un cambio en el
sistema social. En consecuencia, las revoluciones industriales, científica o
científico-tecnológica no tienen nada que ver con este término. Todos ellos
también modifican la sociedad, pero no lo hacen de manera tan abrupta, y no
suelen ir acompañados de conflictos a gran escala.
Causas de la revolución social.
La lista completa de razones puede ser muy larga. Por lo general, los estados de ánimo revolucionarios en la sociedad surgen cuando el número de personas insatisfechas con el sistema existente supera una cierta masa crítica. Al mismo tiempo, es importante que estos sentimientos sean apoyados tanto por la élite (que dirigirá la revolución) como por la masa principal de la población (que será su principal fuerza motriz, por así decirlo, los músculos).
Che Guevara se ha convertido en un
símbolo de la revolución en todo el mundo.
*****
Las revoluciones sociales no son
espontáneas, suelen ser iniciadas por un grupo de organizadores que luchan por
el poder, y son fruto de un largo y arduo trabajo. No siempre terminan con
éxito: la historia conoce muchos más ejemplos de intentos fallidos de organizar
una revolución que exitosos. E incluso el éxito no garantiza el logro de
objetivos a largo plazo, porque con el tiempo todo puede volver a la
normalidad. En Inglaterra y Francia, las revoluciones sociales en un principio
condujeron al derrocamiento de la monarquía absoluta y al establecimiento de un
sistema republicano, pero en ambos casos, poco después de
estos hechos, la monarquía fue nuevamente restaurada.
Consecuencias de las revoluciones sociales.
En cualquier caso, causan un enorme
daño a la sociedad, pudiendo retrasarla décadas en su desarrollo. Los eventos
revolucionarios casi siempre conllevan derramamiento de sangre a mayor o menor
escala. Francia, potencia líder en Europa antes de 1789, tardó décadas en
estabilizarse políticamente tras la Revolución: una guerra civil interior, el
Terror y las guerras napoleónicas se sucedieron, ralentizando su desarrollo
económico frente a países como Reino Unido.
Las consecuencias económicas de las
revoluciones sociales son aún más globales. A veces pueden no aparecer de
inmediato, pero en un año, dos, cinco o diez se harán sentir con toda su
fuerza. Cuantos más daños a la infraestructura y a la población se hayan
causado durante los hechos revolucionarios, más graves serán. Por ejemplo,
después de la revolución en Cuba, este país se convirtió en un peón en el juego
entre los EE. UU. y la URSS, y como resultado se convirtió en uno de los
estados más pobres del mundo.
Fuente. Cuales. Administrador.
/////
Manifestantes se movilizan en calles europeas en medio del descontento por las condiciones económicas y sociales. Foto Ap
*****
EUROPA: EL RETORNO DE LA REVOLUCIÓN SOCIAL.
*****
Por
Claudio Albertani.
Fuente.
Diario La Jornada, Ciudad de México viernes 6 de noviembre del 2026.
Tengo dos pasiones: la fanfarria y la
revolución,
las huelgas y los sabotajes,
las ZAD y las manifestaciones
espontáneas.
Tengo dos pasiones: la fanfarria, la
revolución,
resistamos, hagamos realidad el sueño,
¡que la tierra entera se levante!
Himno de la revuelta estudiantil.
Nadie lo había previsto. La
televisión, los partidos políticos y los grandes periódicos no tienen otra
explicación que la denostación, pero los hechos hablan por sí solos. Los liceos
empezaron a movilizarse a mediados de septiembre con demandas estrictamente
educativas.
Frente al deterioro de las escuelas,
la falta de profesores y el hacinamiento, pedían más presupuesto. Macron –el
rey sin corona, responsable del desmantelamiento de los servicios públicos y,
particularmente, del desastre educativo– los reprimió con extrema dureza. Antes
lo había hecho con los chalecos amarillos (2018-2020), la ZAD –Zona a Defender–
de Notre-Dame-des-Landes (2018), las protestas por las pensiones (2019-2020 y
2023), los ecologistas de Sainte-Soline (2023), y las revueltas en los suburbios
tras el asesinato de Nahel Merzouk por parte de la policía en Nanterre (2023),
sin olvidar las movilizaciones contra el genocidio en Palestina.
Creía salirse con la suya, pero el 17 de octubre la manifestación contra el costo de la vida –convocadas semanas antes por sindicatos, asociaciones vecinales y partidos de izquierda– se convirtió en otra cosa: a las 11 de la mañana, la Place de la République estaba llena y no se podía entrar. El recorrido de tres kilómetros y medio hasta la Place de Clichy desbordó calles y bulevares: marcharon más de 100 mil personas; 400 mil en el resto de Francia.
La Revolución Social más importante de la Historia.
*****
Explotó, acto seguido, la cólera de
los jóvenes: se habla de 3 mil comercios dañados y mil detenciones; 8 mil en
toda Francia desde el principio del movimiento. Las fotografías de la torre del
palacio municipal de Limoges en llamas dieron la vuelta al mundo. El lunes 19,
el Louvre –el museo más famoso del mundo– no abrió sus puertas: las estudiantes
bloquearon los accesos al grito de “dinero para la cultura, no para las
guerras”. Francia, no lo olvidemos, ha invertido cerca de 8 mil millones de
euros en la impopular guerra de Ucrania.
Impresiona ver cómo los estudiantes se
han adueñado del espacio público. Emocionan su creatividad, el humor, las
orquestas callejeras, las fanfarrias, sus bailes y su teatro. La inteligencia
colectiva no tiene prejuicios: echa mano incluso de la inteligencia artificial;
basta ver el reel de la Pantera Rosa ridiculizando a los policías. Destaca la
claridad política de los estudiantes: explican sus razones con lucidez e
ironía. Entonan La Internacional, Bella Ciao, El pueblo unido
jamás será vencido y La Marsellesa, rescatada tras un siglo de
nacionalismo rancio.
El primer ministro, Sébastien Lecornu, cree tener la solución: toques de queda parciales y prohibición de concentrarse a partir de las ocho de la noche en los centros históricos y los suburbios conflictivos. No va a funcionar: esto no tiene precedentes. Leo en un blog del movimiento: “¡Al basurero de la historia esos pájaros de mal agüero que daban por arruinada a una generación a causa de las redes sociales y la IA!”. Es verdad. Además, las reivindicaciones de los estudiantes son igualitarias: piden educación y cultura, pero también una vida mejor para todos (https://tinyurl.com/mx223ed3).
Ese mismo fin de semana Milán ardió
durante dos noches; Turín y Bolonia registraron severos disturbios.
Inmediatamente, los medios corporativos pusieron el grito en el cielo
argumentando que el “malvado” Putin estaba detrás de los facinerosos. Pero el
escenario era similar al de Francia: adolescentes hartos de tanta injusticia
saquearon tiendas de moda. Algunos regalaron prendas a personas en situación de
calle. Completamente desbordados, los policías confesaron que no sabían cómo
lidiar con estos “sujetos inéditos”. Una explicación plausible se encuentra en
el Manifiesto del Movimiento 17 de Octubre, difundido vía Instagram y Telegram:
“Somos jóvenes hartos de esperar; no nos representa nadie. Nos representamos
solos. No confiamos en la política institucional; los partidos institucionales
y los sindicatos forman parte del mismo Estado al que nos oponemos. Necesitamos
algo nuevo” (bit.ly/4dTeH3M).
En respuesta, la neofascista Giorgia
Meloni inventó el delito de “participación violenta en manifestación” –hasta
cinco años de cárcel por sumarse a un grupo de cinco o más personas–, extendió
el arresto preventivo a los menores de edad y exigió que los padres paguen por
los daños causados por sus hijos: ser adolescente es ahora un indicio de
delito. Y desplegó quinientos paracaidistas en Milán para reforzar el
contingente militar.
Las protestas no se limitan a Francia
e Italia. En España, el trágico caso del desalojo de María del Carmen Abascal
Martín (Maricarmen) ha detonado una histórica ola de indignación popular. En
Portugal, las calles de las principales ciudades se llenan de manifestaciones
por la falta de vivienda. Albania es el caso menos documentado, aunque no por
ello de menor importancia: un movimiento cívico contra la corrupción y contra
un desarrollo turístico de lujo vinculado a Jared Kushner, yerno de Donald
Trump, se ha transformado en un factor de movilización nacional hasta ahora
desconocido.
Todo esto desconcierta. De París a
Tirana, se respira la misma alegría irreverente. Quienes pontificaban sobre una
generación embrutecida por las pantallas –y desde el poder la tildaban de
apolítica– se topan hoy con lo contrario: una politización extrema que no pasa
por las urnas, sino por el cuerpo, la calle y el humor. La revolución social no
regresa como doctrina ni como programa, sino como experiencia: la idea de que
otra vida es posible aquí y ahora y la firme decisión de vivirla en común.
Enhorabuena.
Posdata: dedico estas palabras a la
memoria de Raoul Vaneigem, incansable profeta de las pasiones alegres.
*UACM, plantel San Lorenzo Tezonco
*****




No hay comentarios:
Publicar un comentario