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“Friedrich Merz no solo fue presidente del consejo de supervisión de BlackRock
Alemania; sigue manteniendo estrechos vínculos con la élite financiera
que ahora se beneficia de sus decisiones de gobierno. La oposición en el Bundestag
ya ha denunciado abiertamente el conflicto de intereses, calificando a Merz de
«conflicto de intereses andante» y advirtiendo que «nosotros tenemos que
pagar todo esto, y encima soportar que este individuo nos recorte todas las
prestaciones estatales». El problema no es solo ético, sino estructural.
La concentración de la propiedad del DAX en manos de unos pocos
fondos estadounidenses (BlackRock, Vanguard, State Street, Fidelity, Capital
Group) ha convertido el capitalismo alemán en una plutocracia
transnacional, donde las decisiones que afectan a millones de
ciudadanos se toman en función de los intereses de unos pocos accionistas
institucionales.
“Alemania está cometiendo el mismo error en el que incurrió tres veces en el último
siglo y medio. Cada rearme alemán —desde la guerra franco-prusiana de
1870, pasando por la carrera armamentística previa a la Primera Guerra
Mundial en 1914, hasta el rearme nazi de 1933— ha terminado en
catástrofe. La historia debería habernos enseñado que la ecuación «austeridad
para la población + deuda ilimitada para armamento = desastre» no admite
excepciones. Pero las élites no aprenden. No aprenden porque no les
interesa aprender. A BlackRock y a la industria armamentística alemana
les importa muy poco si dentro de diez o veinte años Europa está en guerra. Les
importa el beneficio inmediato que obtienen de los miles de
millones de euros que el gobierno alemán está inyectando en el sector de la
defensa. Mientras tanto, los ciudadanos alemanes soportan una inflación
persistente, unos precios energéticos que no dejan de subir, un sistema
sanitario que se desmantela, unas pensiones que se reducen a «cobertura
básica» y unos salarios que no crecen al ritmo de los
precios. Todo ello para financiar un rearme que, si la historia sirve de
algo, acabará mal. El grito de la oposición de izquierdas en el Bundestag
resuena con una claridad que el gobierno de Merz se niega a escuchar: «La
factura del nuevo ciclo militar empieza a trasladarse al bolsillo de los
hogares». Mientras tanto, BlackRock sonríe y se frota las manos.
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Fuentes: El tábano economista [Imagen: el Canciller alemán Friedrich Merz anuncia un drástico recorte del estado del bienestar para financiar el rearme. Foto Reuters]
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ALEMANIA, DEL ESCUDO SOCIAL AL ESCUDO MILITAR.
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Por Alejandro Marcó del
Pont | 04/05/2026 | Economía.
Fuentes. Revista Rebelión lunes 4 de mayo del 2026.
La regla es: déficit para las armas,
austeridad para las personas (El Tábano Economista)
Nunca en la historia de la posguerra
alemana se había
visto una operación de ingeniería fiscal y social tan descaradamente hipócrita.
Mientras Friedrich Merz, anuncia un drástico tijeretazo de casi 40.000
millones de euros al Estado del Bienestar, el fin de la gratuidad del
seguro médico para cónyuges no cotizantes y pensiones reducidas a una mera «cobertura
básica», su Gobierno ha aprobado simultáneamente una reforma
constitucional que permite endeudarse sin límites para financiar el rearme,
eliminando de un plumazo cualquier restricción al déficit público cuando se
trata de armamento.
La máxima es sencilla y brutal: austeridad
para las mayorías, deuda ilimitada para las minorías armamentísticas. Y en el centro de esta operación, un
mismo nombre —BlackRock— aparece tanto en el pasado laboral del
canciller como en la lista de accionistas institucionales de prácticamente
todas las empresas del DAX (índice bursátil alemán) y, de manera
especialmente significativa, de los principales contratistas de defensa
alemanes, con una participación del 7,19 % en Rheinmetall AG.
El presupuesto alemán para 2026, aprobado por el Bundestag el
pasado noviembre, asciende a unos 524.000 millones de euros en gasto
ordinario, a los que hay que sumar los fondos especiales
extrapresupuestarios. El resultado es un endeudamiento total que roza los 180.000
millones de euros, la segunda cifra más alta desde el final de la Segunda
Guerra Mundial.
Alemania ha logrado eliminar el límite de gasto en defensa mediante una modificación constitucional de marzo de 2025. El artículo 109 de la Ley Fundamental incorporó una excepción. Todo gasto en defensa y seguridad que supere el 1% del PIB queda automáticamente exento del freno de deuda. En términos prácticos, eso significa que, a partir de un umbral de unos 45.000 millones de euros anuales (el 1% del PIB alemán), el Estado puede endeudarse sin límite para financiar rearme, protección civil, inteligencia, ciberseguridad y ayuda a países atacados como Ucrania, diluyendo la llamada disciplina fiscal que a otros países se les ha exigido durante décadas, con deuda no presupuestada.
Complementariamente, el gobierno creó
un fondo especial para infraestructuras de 500.000 millones de euros. Este patrimonio extrapresupuestario
no está sujeto al freno de deuda y se financia íntegramente con crédito, con la
condición de que el dinero se gaste en 12 años. Al mismo tiempo, la Comisión
Europea y el Consejo de la UE activaron para Alemania la cláusula
nacional de escape del Pacto de Estabilidad y
Crecimiento, que permite superar el límite de déficit del 3%
durante cuatro años siempre que el exceso se deba al aumento del gasto en
defensa.
El Tratado de Maastricht de 1992 estableció dos criterios básicos para
la pertenencia al euro: déficit público menor al 3% del PIB y deuda
pública menor al 60% del PIB. Alemania fue durante años el «alumno
ejemplar», pero la realidad actual es muy distinta. Según Euractiv, 11
de los 27 Estados miembros superan actualmente el límite del 3% de déficit
y 13 sobrepasan el 60% de deuda. La propia Alemania, una vez
contabilizados los fondos fuera de balance, alcanzó un déficit real del 3,2%
del PIB en 2025, superando el umbral de Maastrich.
BlackRock será uno de los que capture los fondos
de la política fiscal y de endeudamiento alemán. El fondo también ha lanzado
recientemente el ETF iShares Europe Defence UCITS, un producto
financiero que capitaliza directamente el incremento del gasto militar europeo.
De esta manera, la misma entidad, BlackRock, que asesora y dirige las
políticas de deuda pública (a través de su expresidente, ahora canciller) se
beneficia doblemente. Por un lado, de los contratos de rearme que
el propio gobierno impulsa; por otro, de la deuda pública emitida
para financiarlos, en la que BlackRock también es un actor destacado en
los mercados de bonos.
La ironía es doblemente cruel. Durante años, Alemania
aleccionó a los países del sur de Europa, Grecia en especial, sobre los
peligros del déficit y la necesidad de la ortodoxia fiscal. Ahora que le toca a
Berlín, no solo suspende sus propias reglas, sino que lo hace para un
fin —el rearme— que en el pasado ha terminado siempre en catástrofe.
La narrativa oficial para justificar este giro copernicano es la «amenaza
rusa». Según los propagandistas del gobierno, Alemania necesita
gastar hasta el 3,5 % de su PIB en defensa porque Estados Unidos ya
no garantiza su protección. Pero hay dos problemas fundamentales con este
relato.
El primero es que la principal amenaza para la economía alemana en
los últimos años no ha sido Rusia, sino la destrucción del gasoducto
Nord Stream el 26 de septiembre de 2022. Tres años después del sabotaje,
las consecuencias siguen siendo devastadoras. Pérdidas económicas estimadas en
más de 160.000 millones de euros, precios del gas un 84 % más
altos que antes de la guerra, dos años consecutivos de contracción del PIB
(‑0,3 % en 2023 y ‑0,2 % en 2024) y un crecimiento de apenas el 0,2 % para
2025. El fin del gas ruso barato ha hundido la competitividad de los
sectores de uso intensivo de energía y ha provocado una deslocalización
industrial silenciosa pero masiva.
El segundo problema es que mientras el
gobierno alemán predica la necesidad de «contención del déficit» para justificar recortes
sociales, la propia Unión Europea ha activado para Alemania la
«cláusula nacional de escape», que permite superar el límite del 3 %
de déficit del Tratado de Maastricht durante cuatro años si el exceso se
debe a gasto en defensa. Es decir: Alemania no necesita recortar el
Estado del Bienestar para cumplir las reglas europeas; elige hacerlo.
Porque el verdadero objetivo no es la sostenibilidad fiscal, sino la
transferencia masiva de recursos públicos hacia la industria armamentística, de
la que BlackRock es uno de los principales accionistas.
Mientras Merz recorta prestaciones
sociales y multiplica
la deuda para financiar el rearme, las grandes corporaciones alemanas que
sustentan el índice DAX están abandonando el país de manera acelerada. La
hipocresía de las élites empresariales alemanas alcanza cotas
insospechadas: piden más gasto público en defensa (donde están invertidas)
y simultáneamente deslocalizan su producción a China y Estados Unidos, donde
los costes energéticos y laborales son más competitivos.
En China, Volkswagen opera más de 30
plantas y construye
su mayor centro de I+D fuera de Alemania en Hefei; la química BASF
ha invertido 87.000 millones de euros en su mega-complejo de
Zhanjiang (18 plantas integradas), su tercera mayor base de producción
global; BMW y Mercedes cuentan con dos plantas cada una, y el
número de empresas alemanas en China supera ya las 8.200. China
se ha convertido de nuevo, en 2025, en el mayor socio comercial de Alemania.
En Estados Unidos Rheinmetall, el principal beneficiario del rearme alemán,
opera 6 plantas en territorio estadounidense, mientras recibe miles de
millones en contratos públicos alemanes. BMW, Mercedes, Volkswagen y BASF
han realizado expansiones multimillonarias en EE. UU., atraídas por los
bajos precios energéticos (gracias al fracking) y los incentivos
fiscales de la Ley de Reducción de la Inflación de Biden.
El mensaje es inequívoco, las élites
empresariales apoyan
el rearme alemán siempre que éste no afecte a su cuenta de resultados. Mientras
el gobierno alemán inyecta centenares de miles de millones en defensa e
infraestructuras, las empresas del DAX invierten esos mismos recursos en
otros países. El patriotismo de las élites es, como siempre, simple
cuando hablamos de armamento (donde los beneficios son seguros), inexistente
cuando hablamos de mantener empleos y tejido industrial en Alemania.
BlackRock y Merz tienen una relación incómodamente
estrecha. El canciller fue presidente del consejo de supervisión de BlackRock
Alemania entre 2016 y 2020. No era un gestor de activos cualquiera, era la
cabeza visible en Alemania del mayor fondo de inversión del mundo, con
más de 10 billones de dólares bajo gestión directa y presencia en
prácticamente todas las grandes empresas del planeta.
El conflicto de intereses es
flagrante. BlackRock es
accionista institucional de todas las principales empresas de defensa
europeas y estadounidenses: en Rheinmetall (7,19
%), Airbus (alrededor del 5 %), Leonardo (3 %), Thales
(más del 1 %), BAE Systems, y también de sus competidoras
estadounidenses Lockheed Martin (4,9 %), Boeing (3,9 %), Raytheon (4,8 %) y Northrop
Grumman (4,2 %). La misma entidad que financió el ascenso político
de Merz y de la que él fue su máximo representante en Alemania es
ahora la principal beneficiaria del rearme que él mismo impulsa desde la Cancillería.
No se trata de una conspiración, sino de la constatación de un
hecho: Alemania está transfiriendo decenas de miles de millones de
euros de deuda pública a manos de los accionistas de la industria
armamentística, encabezados por BlackRock. Los recortes sociales no son un
accidente; son la otra cara de la misma moneda. El déficit público no se
reduce; simplemente se reorienta, hacia el armamento en lugar de hacia la
sanidad, las pensiones o la educación.
Para entender la magnitud de lo que está ocurriendo, es obligado
recordar la reunión secreta del 20 de febrero de 1933 en la
residencia oficial del presidente del Reichstag, Hermann Göring. Allí,
Adolf Hitler, recién nombrado canciller, se reunió con entre 20 y 25 de los
principales industriales y banqueros alemanes: Gustav Krupp von
Bohlen und Halbach (Krupp), Fritz von Opel (Opel), Günther Quandt (que luego
sería nombrado líder de la economía de armamento), representantes de Siemens,
IG Farben, Allianz, BASF, Telefunken, Agfa, Bayer y Deutsche Bank.
El orden del día era sencillo, recaudar tres millones de
Reichsmarks para financiar la campaña electoral nazi de marzo de 1933,
cuyo objetivo era alcanzar la mayoría de dos tercios para aprobar la Ley de
Habilitación que concedería a Hitler poderes dictatoriales. Según las
actas, se recaudaron 2.071.000 Reichsmarks en la propia reunión, y Goebbels
afirmó haber obtenido los tres millones completos.
El historiador y escritor
francés Éric Vuillard, en su libro El orden del día, narra con
extraordinaria precisión
el desarrollo de aquella reunión. Los industriales escucharon a Hitler
y Göring explicarles que el comunismo era la amenaza inminente, que
la democracia parlamentaria no podía hacer frente a esa amenaza y que se
necesitaba un «golpe de autoridad». A cambio de su financiación, los
industriales obtendrían la destrucción de los sindicatos, la prohibición del
Partido Comunista, la eliminación de cualquier restricción al rearme y
la garantía de que el nuevo régimen serviría fielmente a los intereses del
gran capital.
La historia posterior es conocida: el rearme masivo alemán
condujo a la Segunda Guerra Mundial y a la muerte de decenas de
millones de personas. Los mismos industriales que financiaron a Hitler, tras la guerra, recuperaron su lugar en
la élite económica alemana como si nada hubiera ocurrido.
Hoy, el paralelismo es escalofriantemente evidente. Friedrich
Merz, expresidente de BlackRock Alemania. Como en 1933, la élite
industrial y financiera alemana apoya esta política porque se
beneficia directamente de ella. BlackRock,
el mayor accionista de Rheinmetall y de casi todas las empresas del DAX,
no tiene ningún incentivo para detener un proceso que multiplica el valor de
sus inversiones.
La diferencia es que hoy la retórica es distinta. Entonces hablaban de «comunismo»,
ahora hablan de «amenaza rusa». Pero el mecanismo es idéntico: crear
un enemigo externo, movilizar el aparato del Estado en favor de la industria
armamentística, financiar todo ello con deuda pública y cargar el
coste sobre las espaldas de los ciudadanos mediante recortes en el Estado
del Bienestar.
Friedrich Merz no solo fue presidente del consejo de supervisión de BlackRock
Alemania; sigue manteniendo estrechos vínculos con la élite financiera
que ahora se beneficia de sus decisiones de gobierno. La oposición en el Bundestag
ya ha denunciado abiertamente el conflicto de intereses, calificando a Merz de
«conflicto de intereses
andante» y advirtiendo que «nosotros tenemos que pagar todo esto, y encima
soportar que este individuo nos recorte todas las prestaciones estatales».
El problema no es solo ético, sino estructural. La
concentración de la propiedad del DAX en manos de unos pocos fondos
estadounidenses (BlackRock, Vanguard, State Street, Fidelity, Capital Group)
ha convertido el capitalismo alemán en una plutocracia
transnacional, donde las decisiones que afectan a millones de
ciudadanos se toman en función de los intereses de unos pocos accionistas
institucionales.
Alemania está cometiendo el mismo
error en el que
incurrió tres veces en el último siglo y medio. Cada rearme alemán
—desde la guerra franco-prusiana de 1870, pasando por la carrera
armamentística previa a la Primera Guerra Mundial en 1914, hasta el rearme
nazi de 1933— ha terminado en catástrofe. La historia debería habernos
enseñado que la ecuación «austeridad para la población + deuda ilimitada
para armamento = desastre» no admite excepciones.
Pero las élites no aprenden. No aprenden porque no les interesa
aprender. A BlackRock y a la industria armamentística alemana les
importa muy poco si dentro de diez o veinte años Europa está en guerra. Les
importa el beneficio inmediato que obtienen de los miles de
millones de euros que el gobierno alemán está inyectando en el sector de la
defensa.
Mientras tanto, los ciudadanos
alemanes soportan una
inflación persistente, unos precios energéticos que no dejan de subir,
un sistema sanitario que se desmantela, unas pensiones que se reducen
a «cobertura básica» y unos salarios que no crecen al ritmo
de los precios. Todo ello para financiar un rearme que, si la historia
sirve de algo, acabará mal.
El grito de la oposición de izquierdas
en el Bundestag resuena
con una claridad que el gobierno de Merz se niega a escuchar:
«La factura del nuevo
ciclo militar empieza a trasladarse al bolsillo de los hogares».
Mientras tanto, BlackRock sonríe y se
frota las manos.
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