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“Una realidad geopolítica compleja. Esta lucha se desarrolla en un
escenario global cambiante
que está erosionando la solvencia a largo plazo del imperio
estadounidense. La guerra ilegal de Trump contra Irán está en
condiciones de impulsar la inflación a nivel global, acelerando la
tendencia de los bancos centrales a abandonar el dólar. Mientras los abogados
de la administración Trump revisan la Constitución boliviana buscando
formas ingeniosas de abrir los Andes para el Banco Mundial,
los soldados en el Golfo Pérsico intentan apuntalar la dominación
financiera estadounidense con bombas (con lo que, irónicamente, amenazan
las inversiones futuras). Así, aunque el arbitraje ISDS sigue siendo formidable en teoría, la
realidad geopolítica más amplia es mucho más compleja. Estados Unidos
está empujando a Venezuela hacia tribunales extraterritoriales para
imponerle sanciones, pero pronto podría carecer de la supremacía
militar y económica unilateral para hacerlas cumplir.
“Atrapado entre una crisis de
suministro de petróleo
en Oriente Medio y la demanda global interminable de minerales
críticos, el capital transnacional está ahora destinado a regresar
a Venezuela. La Revolución Bolivariana fue, en su núcleo, un proyecto
de nacionalismo de recursos arraigado en la creencia de que los dones
gratuitos de la naturaleza podían servir de puente hacia la prosperidad
y el desarrollo sostenible. Tras haber vaciado de contenido toda protección
significativa de la Constitución venezolana, la Asamblea Nacional
subordinó ahora plenamente la razón de ser del Estado a las necesidades
de «reducción de riesgos» del capital transnacional energético y minero.
Esto logró un resultado extraño pero funcional, tras años de intentos de
golpe de Estado y sanciones estadounidenses: ganar la guerra contra
el Estado Bolivariano por medio del propio Estado
Bolivariano.
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Fuentes: Jacobin América Latina - Imagen: El presidente Petro al rechazar el arbitraje del CIADI salvaguardó los recursos nacionales de Colombia.
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GOBIERNO DE EE. UU. BUSCA CONVERTIR A AMÉRICA LATINA EN UN PARAÍSO
DE LOS INVERSORES.
Coerción económica o injerencia militar.
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Por Logan McMillen. /05/05/2026/
América Latina y Caribe, EE. UU.
Fuentes. Revista Rebelión martes 5 de mayo del 2026.
Cuando la coerción fracasa, la
«Doctrina Donroe» recurre a la violencia, como lo hizo de manera más
espectacular con la invasión de Venezuela en enero.
La administración Trump está forzando a los gobiernos
latinoamericanos a someterse a tribunales de arbitraje que otorgan a las
multinacionales el extraordinario poder de demandar a los Estados que
nacionalizan recursos o simplemente aumentan el salario mínimo, si esto se
percibe como una amenaza a las ganancias de los inversores.
La nueva y amplia ley minera de
Venezuela, aprobada
el 9 de abril, es la última de una serie de «reformas» domésticas
supuestamente orientadas a reconstruir los sectores energético y minero del
país. Esto sigue a años de devastadoras sanciones estadounidenses y
desinversión, que vivieron los centros mineros de los estados Amazonas,
Bolívar y Delta Amacuro, abandonados a la gobernanza por parte de «sindicatos
criminales». Pero enterrada en las profundidades del texto de esta ley hay
una concesión histórica que redefinirá la relación de Venezuela con el capital
transnacional energético y minero en el futuro previsible: un mandato que
obliga a Caracas a someterse a un arbitraje al estilo de la Solución
de Controversias entre Inversores y Estados (ISDS, por sus siglas en
inglés).
Al acordar resolver las demandas empresariales en tribunales extraterritoriales, la Asamblea Nacional venezolana bajo la presidenta Delcy Rodríguez acepta ceder un pilar clave de su autoridad. Bajo un sistema al estilo ISDS, las corporaciones transnacionales de energía y minería obtendrían el extraordinario poder de demandar al Estado venezolano por implementar políticas tales como protecciones medioambientales o aumentos del salario mínimo, que podrían percibirse como amenazas a las «ganancias futuras esperadas». Se trata de herramientas procedimentales y de política a la vez, promovidas en gran medida por los bancos de desarrollo y el gobierno de Estados Unidos, diseñadas para desincentivar la formación de un Estado socialista en favor de una formación estatal de «reducción de riesgos».
La inclusión de esta cláusula de
arbitraje es una enorme
derrota para el proyecto más amplio de nacionalismo de recursos bolivariano.
Venezuela representa el logro culminante de la estrategia de la Doctrina
Donroe de convertir países como Bolivia y Ecuador en corredores de recursos
securitizados y «amigables para los inversores». Al presionar a los
Estados para que acepten resultados de arbitraje que pueden derivar
en multas de cientos de millones de dólares, respaldadas por la amenaza
implícita de sanciones del Tesoro de Estados Unidos, las instituciones
de Bretton Woods pueden limitar las ambiciones de futuros líderes
que promuevan la soberanía económica, definiendo estrictamente el
alcance de la política doméstica.
Los sistemas al estilo ISDS se están convirtiendo rápidamente en
una prueba de fuego para la gobernanza soberana en la región andina,
trazando una línea clara entre los líderes que defienden el derecho
del pueblo a beneficiarse de los dones libres de la naturaleza
y los líderes que desmantelan sus constituciones bajo presión,
para facilitar la extracción extranjera. Sin embargo, como
revela la reciente decisión del presidente colombiano Gustavo Petro
de retirar a Colombia de este sistema de arbitraje favorable a
los inversores, la hegemonía estadounidense en la región podría tener sus
límites.
Reformas favorables al mercado en los
Andes. El conjunto de
herramientas estándar de la Doctrina Donroe implica brindar apoyo
diplomático y político a candidatos de derecha en países andinos, entre ellos Argentina,
Chile y Ecuador, ofreciéndoles cooperación militar y acuerdos
comerciales bilaterales favorables e inversión a través de bancos de
desarrollo a cambio de reformas «favorables al mercado» una vez que
se encuentren en el poder.
En el caso de Bolivia, el presidente
Rodrigo Paz revirtió
grandes progresos económicos y sociales logrados en dos décadas
de gobierno socialista. Desde que llegó al poder bajo el mandato
del «capitalismo para todos», Paz ha recortado los subsidios a los
combustibles, abierto las materias primas como la soja a la exportación,
negociado préstamos con el FMI y socavado las protecciones
laborales. También buscó facilitar la inversión minera transnacional
en —y la extracción de— las reservas de litio de Bolivia,
extraordinariamente abundantes y notoriamente intensivas en capital.
Además, Paz amenaza con desmantelar
mediante un «Decreto Supremo»
una de las defensas jurídicas más sólidas del mundo contra el imperialismo.
Durante casi dos décadas, la Constitución boliviana estipuló explícitamente
que las demandas empresariales deben resolverse dentro de la
jurisdicción soberana; si Paz socava gradualmente el espíritu
de esa cláusula aprobando «inversiones estratégicas» individuales
que se rigen por reglas al estilo ISDS, habrá logrado alinear a La
Paz, Caracas y Quito, dejando a Bogotá aislada en su defensa de la soberanía
económica.
Cuando la coerción fracasa, la
«Doctrina Donroe»
recurre a la violencia, como lo hizo de manera más espectacular
con la invasión de Venezuela en enero. La «Operación Resolución
Absoluta», que mató al menos a ochenta personas al servicio del secuestro
ilegal del presidente Nicolás Maduro y de la primera dama Cilia Flores
bajo dudosas acusaciones de narcotráfico, constituyó un uso sin
precedentes de la fuerza militar en América del Sur. También sirvió como
condición previa crucial para las reformas de los sectores
petrolero y minero del país, así como de advertencia al resto de la
región para que se alineara o se atuviera a las consecuencias.
La administración Trump continuó con este manual de jugadas bombardeando
la región fronteriza colombiana en operaciones conjuntas con fuerzas
ecuatorianas. Al canalizar apoyo militar y capital político hacia la
escalada de la «guerra contra las drogas» del presidente ecuatoriano Daniel
Noboa, el Pentágono está replicando los fracasos de un enfoque de
décadas, que no solo no logra abordar las raíces económicas del problema,
sino que, por el contrario, las agrava.
Simultáneamente, Noboa intenta fabricar una crisis económica en Colombia, de cara a sus próximas elecciones. Al imponerle aranceles del cien por ciento a los productos colombianos a partir del 1 de mayo, Noboa está cortando una arteria comercial vital que atraviesa directamente el suroeste de Colombia, una base de apoyo crucial para la coalición de izquierda Pacto Histórico. El presidente Petro acusó recientemente a miembros de la oposición de confabularse con Noboa para agravar esta crisis; Álvaro Uribe, figura destacada de la derecha colombiana, supuestamente visitó Ecuador apenas días antes de que se anunciaran los nuevos aranceles.
Justo frente a las costas de esta región fronteriza, el
ejército estadounidense amplió recientemente sus ataques contra embarcaciones
presuntamente dedicadas al «narcotráfico». Esta política de
asesinatos extrajudiciales, que también tuvo como blanco el Caribe,
ya dejó al menos 180 muertos. La inestabilidad resultante de
todas estas políticas le proporciona munición al argumento de que
el capital transnacional necesita mayor «seguridad jurídica» para
operar en la región, a través del arbitraje al estilo ISDS.
Expandir este arbitraje hace algo más que simplemente
asegurar contratos favorables para el capital energético y minero.
También fractura la solidaridad dentro de la Comunidad Andina,
garantizando así que los Andes continúen desempeñando un papel
subordinado dentro de la cadena de valor global e «ilegalizando» tanto
el nacionalismo de recursos como la industrialización de alto valor.
Sin embargo, a pesar de las ambiciones de largo alcance de la Doctrina
Donroe, el proyecto imperial estadounidense dista mucho de ser
invencible.
Colombia a la vanguardia.
En marzo, el presidente Gustavo Petro
dio el histórico y desafiante
paso de iniciar la retirada de Colombia de sistemas ISDS como el Centro
Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones (CIADI), del
Banco Mundial. Lo hizo alentado por cientos de economistas que
tienden puentes entre las corrientes dominantes y las heterodoxas. En el
momento de su anuncio, Colombia tenía más de 14.000 millones de dólares
en riesgo en casos judiciales que los países en desarrollo casi siempre
pierden.
Al rechazar el arbitraje, Petro
salvaguardó los
recursos nacionales de Colombia y su camino hacia una transición
energética verde soberano. También señaló el doble rasero subyacente
en los tribunales ISDS, ya los que los países del Norte Global
pueden rechazarlos mientras que muchos países del Sur Global deben someterse
a su jurisdicción como condición previa para obtener préstamos. En su
anuncio, argumentó que, si varios otros países
ya «salieron de este
tipo de arbitraje, incluyendo a los Estados Unidos, no veo por qué Colombia no
debería hacer lo mismo».
Esto se suma al historial de Petro de desafiar los dictados
geopolíticos tanto de Estados Unidos como de Europa, que
incluyen sus reiteradas condenas a la ya mencionada «Guerra contra
las Drogas», su negativa a enviar armas colombianas a Ucrania, su búsqueda
de integración económica con el bloque de los BRICS y, en
particular, su ruptura de relaciones diplomáticas con Israel.
Al abandonar los tribunales ISDS y perseguir una política exterior no alineada, Petro también les demostró a los líderes regionales que es posible sostener esta línea en materia de soberanía económica, incluso bajo amenaza militar directa. Esto explica por qué la administración Trump sigue empeñada en socavarlo.
Una realidad geopolítica compleja.
Esta lucha se desarrolla en un
escenario global cambiante
que está erosionando la solvencia a largo plazo del imperio
estadounidense. La guerra ilegal de Trump contra Irán está en
condiciones de impulsar la inflación a nivel global, acelerando la
tendencia de los bancos centrales a abandonar el dólar. Mientras los abogados
de la administración Trump revisan la Constitución boliviana buscando
formas ingeniosas de abrir los Andes para el Banco Mundial,
los soldados en el Golfo Pérsico intentan apuntalar la dominación
financiera estadounidense con bombas (con lo que, irónicamente, amenazan
las inversiones futuras).
Así, aunque el arbitraje ISDS sigue siendo formidable en teoría, la
realidad geopolítica más amplia es mucho más compleja. Estados Unidos
está empujando a Venezuela hacia tribunales extraterritoriales para
imponerle sanciones, pero pronto podría carecer de la supremacía
militar y económica unilateral para hacerlas cumplir.
Atrapado entre una crisis de
suministro de petróleo
en Oriente Medio y la demanda global interminable de minerales
críticos, el capital transnacional está ahora destinado a regresar
a Venezuela. La Revolución Bolivariana fue, en su núcleo, un proyecto
de nacionalismo de recursos arraigado en la creencia de que los dones
gratuitos de la naturaleza podían servir de puente hacia la prosperidad
y el desarrollo sostenible. Tras haber vaciado de contenido toda protección
significativa de la Constitución venezolana, la Asamblea Nacional
subordinó ahora plenamente la razón de ser del Estado a las necesidades
de «reducción de riesgos» del capital transnacional energético y minero.
Esto logró un resultado extraño pero funcional, tras años de intentos de
golpe de Estado y sanciones estadounidenses: ganar la guerra contra
el Estado Bolivariano por medio del propio Estado
Bolivariano.
Logan
McMillen escribe
análisis de política exterior desde la perspectiva de la economía política
crítica y la geografía, con foco en América Latina. Su trabajo ha aparecido en
«The New Republic» y «Responsible Statecraft», entre otras publicaciones.
Traducción: Pedro Perucca
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