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“En conclusión, la
urbanización de la Pobreza en el Perú enfrenta
una transformación profunda de su estructura de pobreza: el
crecimiento económico reciente ha perdido eficacia para reducirla de manera
sostenida, mientras la pobreza se ha urbanizado y concentrado especialmente
en la capital. A ello se suma una mayor vulnerabilidad de los hogares,
una débil movilidad ascendente y una creciente exposición a choques
económicos que erosionan los avances logrados. Si bien los programas
sociales siguen siendo un soporte importante, su impacto resulta insuficiente
frente a la magnitud y la nueva geografía del problema. En
este contexto, el reto central ya no es únicamente crecer más, sino
redefinir las políticas de empleo, protección social y desarrollo territorial
para responder a una pobreza más urbana, persistente y estructural.
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LA NUEVA GEOGRAFÍA DE LA POBREZA EN EL PERÚ 2025,
POR JAVIER HERRERA.
"La Urbanización de la Pobreza".
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"El Perú enfrenta una
transformación profunda de su estructura de pobreza: el
crecimiento económico reciente ha perdido eficacia para reducirla de
manera sostenida, mientras la pobreza se ha urbanizado y concentrado
especialmente en la capital".
Por Javier Herrera. Economista.
Fuente La República martes 12 de mayo
del 2026.
Durante años, el crecimiento económico
fue presentado como la gran receta peruana contra la pobreza. Y, en efecto, entre 2004 y 2013
el país vivió una etapa de expansión sostenida: el PBI llegó a
crecer alrededor de 6% anual y la pobreza cayó 35 puntos con
una rapidez espectacular. Sin embargo, algo cambió en la última década. Hoy
el Perú enfrenta una paradoja inquietante: la economía ha vuelto a
crecer, pero la pobreza sigue siendo mucho más alta que antes de la
pandemia. Es más, somos parte de los muy pocos países de la
región que aún no logran reducir la pobreza a, por lo menos, su
nivel prepandemia.
Entre 2019 y 2025, el PBI acumuló un
crecimiento real de 10,8%.
Aun así, la pobreza se mantiene 5,5 puntos porcentuales por encima de
los niveles prepandemia. La explicación no está solo en cuánto crece
la economía, sino en cómo y para quiénes crece. Los datos
muestran que la evolución del gasto entre 2019 y 2025 ha
tenido un sesgo muy débil en favor de los pobres (la redistribución la
redujo en apenas 0,35 puntos). En otras palabras, la recuperación
económica no ha logrado traducirse en mejoras significativas para
los hogares más vulnerables. Mientras antes el crecimiento reducía la
pobreza de manera casi automática, ahora esa conexión parece haberse
debilitado.
Esto revela un problema estructural. El crecimiento reciente ha sido débil y no ha generado suficiente empleo adecuado ni ingresos sostenibles. El mercado laboral continúa dominado por la informalidad y muchos trabajadores, aunque tienen empleo, permanecen por debajo de la línea de pobreza. No solo se trata de crecer a mayor ritmo y replantear los programas sociales, sino también de impulsar sectores intensivos en mano de obra y generar empleo de calidad.
Lima, la capital de la pobreza, hoy concentra más pobreza que todo el Perú rural.
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La pobreza ahora es principalmente urbana.
Uno de los cambios más profundos de
los últimos años es la transformación territorial de la pobreza. Durante décadas, la pobreza estuvo
concentrada en las zonas rurales. Hoy el rostro de la pobreza es cada
vez más urbano. La reducción sostenida de la pobreza rural es innegable. En
2004 superaba el 80%; en 2025 cayó a 35,5%. La capital, por su parte, entre
2004 y 2016 había logrado dividir por cuatro su pobreza. Desde
entonces, la tendencia se revirtió con el agravante de la pandemia y, en 2025,
es casi el triple (27,3%) que en 2016. Actualmente, incluso hay más
pobres en Lima que en toda el área rural del país.
En 2019, los pobres de Lima
representaban el 22,8% del total nacional. En 2025 alcanzan el 32,6%. En apenas seis años, la capital
ganó diez puntos porcentuales en la distribución nacional de la pobreza.
Igual ocurre con la pobreza extrema (uno de cada 20 pobres extremos
en 2019 era limeño y uno de cada cuatro en 2025). Este
fenómeno responde a una “urbanización de la
pobreza”, impulsada por migraciones
internas, cambios demográficos y un crecimiento urbano que las políticas
públicas no han logrado acompañar. La consecuencia es que los programas
sociales diseñados históricamente para zonas rurales no corresponden a
los nuevos desafíos de la pobreza propia de ciudades densamente pobladas.
La distancia entre pobreza urbana y
rural también se está reduciendo. Antes, un hogar rural pobre estaba mucho más lejos de poder
cubrir su canasta básica que un hogar urbano. Esa distancia
se ha acortado drásticamente. En 2004, la diferencia entre las brechas
de pobreza rural y urbana era de 15 puntos porcentuales. En 2025,
la diferencia es de menos de cinco puntos (4,7 puntos). Es decir, no
solo hay más pobres urbanos; también las carencias que enfrentan son
cada vez más severas.
Pobreza e inseguridad alimentaria
según áreas urbana y rural 2026.
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El hambre y la inseguridad alimentaria.
El problema alcanza incluso a la
alimentación. El déficit calórico —hogares que no logran comprar las calorías mínimas necesarias—
aparece ahora con mayor fuerza en Lima Metropolitana (41,6%) que en las otras
ciudades (33,2%) o en los hogares rurales (30,4%). Actualmente, la
capital concentra más hogares con problemas de inseguridad alimentaria
que varias regiones rurales del país. Entre un tercio (32,4%) de los
vulnerables y cerca de la mitad de los hogares pobres extremos
(47,3%) y pobres no extremos (40,5%), por falta de medios, tuvieron que
reducir las cantidades, saltarse una comida o pasar un día entero
sin comer. Los niveles son más preocupantes en las ciudades que en
el campo. Esto obliga a replantear las estrategias contra la pobreza urbana.
Experiencias como las ollas comunes, surgidas durante la pandemia,
muestran que existen mecanismos comunitarios que podrían fortalecerse y
ampliarse.
Cada vez más hogares vulnerables.
Cuando se consulta a los hogares sobre
su percepción de bienestar, el panorama también es pesimista. En 2025, poco más de siete de cada diez
hogares afirman que su nivel de vida sigue igual, mientras casi un quinto
considera que ha empeorado. Muy pocos (12%) perciben una mejora
real. Ello lo confirman las cifras sobre la población vulnerable, que son las
personas que podrían volver a caer fácilmente en la pobreza frente a
cualquier choque adverso. Esta situación es especialmente grave en las
zonas rurales, donde la vulnerabilidad pasó de 44,6% a 47%. Uno de
cada cinco hogares sigue expuesto a choques adversos que conllevan
pérdida de ingresos, daños patrimoniales o ambos. La sierra concentra
los impactos más severos desde 2021, con familias que no solo ven
reducirse sus ingresos, sino que además pierden bienes y activos.
Las transiciones de pobreza muestran, además, que escapar
definitivamente de la pobreza sigue siendo muy difícil. Entre 2024 y
2025, más de un tercio de quienes viven en pobreza extrema
permanecieron atrapados en esa condición y tres de cada cuatro pobres no
extremos que salen de la pobreza devinieron vulnerables. Solo un pequeño
grupo logró salir tanto de la pobreza como de la vulnerabilidad.
El necesario replanteamiento de los programas sociales.
Pese a todas las dificultades, los
programas sociales siguen siendo un amortiguador clave. Sin transferencias monetarias y en
especie, la pobreza en 2025 habría sido 7,2 puntos porcentuales mayor.
Sin embargo, existe una fuerte desigualdad territorial en el impacto de
estas políticas. En el área rural, la contribución de los programas
sociales sigue siendo mucho más importante que en las ciudades (10,1% y
6,6%). Y aunque hubo una ligera recuperación reciente, el alcance
todavía no retorna a niveles prepandemia. La expansión de la pobreza
urbana plantea entonces una pregunta urgente: ¿están preparados los
programas sociales para atender esta nueva realidad? La respuesta corta es no.
En conclusión, el Perú enfrenta una transformación
profunda de su estructura de pobreza: el crecimiento económico
reciente ha perdido eficacia para reducirla de manera sostenida, mientras la
pobreza se ha urbanizado y concentrado especialmente en la capital. A
ello se suma una mayor vulnerabilidad de los hogares, una débil
movilidad ascendente y una creciente exposición a choques
económicos que erosionan los avances logrados. Si bien los programas
sociales siguen siendo un soporte importante, su impacto resulta insuficiente
frente a la magnitud y la nueva geografía del problema. En
este contexto, el reto central ya no es únicamente crecer más, sino
redefinir las políticas de empleo, protección social y desarrollo territorial
para responder a una pobreza más urbana, persistente y estructural.
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