&&&&&
“Porque quizás esa sea finalmente la cuestión más profunda que me dejó el 11 de septiembre.
Que un país puede cambiar. Que los sueños
pueden ser derrotados, pero también que pueden volver a ser soñados. Que
un Chile distinto es posible, pero que primero hay que atreverse a imaginarlo y
después construirlo. Y eso es precisamente lo que quienes nacimos en la pobreza
aprendemos de una manera particularmente dura, que las condiciones en las
que nacimos no fueron escogidas por nosotros, pero tampoco tienen por qué
convertirse en el límite de aquello que podemos imaginar para los que vienen
después. En ese aquel septiembre, no entendía de socialismo, capitalismo,
imperialismo, propiedad privada ni lucha de clases. Entendía el hambre. Entendía
las caras cansadas. Entendía que los adultos hablaban de cosas que no debía
escuchar. Entendía que había miedo. Muchos años después aprendería que esas
cosas aparentemente desconectadas formaban parte de una misma historia y que
aquella historia también era la mía.
El 11 de septiembre nos marcó a todos
y todas. Pero mucho
más a quienes nacimos en la pobreza, porque muchas veces heredamos sus costos
sin haber participado de sus decisiones. Y quizás por eso sigo buscando
respuestas, conversando con quienes estuvieron, escuchando a quienes
todavía pueden contar y tratando de reconstruir mi propio relato. No para
quedarme atrapado en el pasado, sino para recordar algo que el tiempo, la
derrota y la costumbre muchas veces intentan hacernos olvidar, que otro Chile
fue pensado, que otro Chile fue soñado y que, mientras alguien sea capaz de
volver a soñarlo, todavía es posible construirlo.
¡Viva el pueblo, vivan los
trabajadores!
/////
Fuentes: Rebelión.
*****
11 DE SEPTIEMBRE: EL DÍA EN QUE EL SUEÑO DE MUCHOS
SE VOLVIÓ LA PROPIEDAD
DE POCOS.
*****
Por Alejandro Mora Donoso | 11/09/2026 | Chile
Fuentes. Revista Rebelión viernes 11 de septiembre del 2026.
El hambre estaba a la vuelta de la
esquina. Las caras flacas, sin maquillaje, llenas de cansancio, son parte de lo
que el 11 de septiembre significa para mí. Algo que entonces parecía lejano,
casi incomprensible, pero que llevaba consigo un sentimiento de injusticia
terrible. Un sentimiento que, para ser honesto, no pasa hasta la fecha.
Para quienes somos de izquierda, el 11
de septiembre es un lugar particularmente difícil. Para algunos más que para
otros, lógicamente. Algunos lo vivieron bajo persecución, arresto, tortura y
desaparición. Para otros, como yo, fue un recuerdo de infancia atravesado por
el hambre y la pobreza.
Todos contamos algo del 11, moros y
cristianos. En mi familia contaban cómo los marinos tenían sitiados a los ratis
en Bilbao, en Talcahuano, a pocas cuadras de la casa, y cómo las balas se
escuchaban mientras ellos se escondían en el patio. Yo escucharía otras
historias años después, en las ollas comunes de comienzos de los años 80,
mientras compañeros de trabajo de mi padre llegaban todos los días al sindicato
para marchar contra la reforma portuaria.
El hambre estaba a la vuelta de la
esquina. Las caras flacas, sin maquillaje, llenas de cansancio, son parte de lo
que el 11 de septiembre significa para mí. Algo que entonces parecía lejano,
casi incomprensible, pero que llevaba consigo un sentimiento de injusticia
terrible. Un sentimiento que, para ser honesto, no pasa hasta la fecha. Yo no
escogí nacer donde nací. Mucho menos escogí vivir lo que viví. Pero décadas
después tendría que reconstruir mi propio relato, buscando explicaciones para
entender el porqué de mi propia historia.
Escuché la grabación de Allende por primera vez en aquella olla común. Me echaron para afuera de la pieza donde la estaban escuchando, pero alcancé a oír, entre el humo del cigarro, la voz del Presidente despidiéndose. Yo lo veía como un héroe. Tenía apenas siete años y, por supuesto, no entendía mucho de nada. No podía comprender qué significaban aquellas palabras, ni por qué los adultos escuchaban en silencio, ni por qué aquella voz parecía tener una importancia que yo todavía no podía medir.
Todo ese tiempo quedó encapsulado en
mis recuerdos y solamente unos diez años después tendría la madurez suficiente
para comenzar a buscar la verdad sobre aquel 11 de septiembre. La pregunta era
demasiado grande para mi cabeza de entonces. ¿Por qué las muertes? ¿Por qué la
barbarie? ¿Por qué la división? ¿Qué había ocurrido realmente para que un país
llegara hasta allí? Aprendería entonces algo de política, pero también algo
mucho más incómodo: que detrás de la historia de los grandes acontecimientos existen
historias pequeñas que no aparecen en los libros. La historia de los niños que
crecieron con hambre, la de los trabajadores que perdieron sus organizaciones,
la de las familias que aprendieron a vivir con miedo, la de quienes tuvieron
que esconderse, la de quienes desaparecieron y también la de quienes, como yo,
crecieron sin comprender del todo por qué sus vidas habían tomado un
determinado rumbo.
Con los años fui entendiendo que el 11
de septiembre no fue solamente el día en que terminó el gobierno de Salvador
Allende. Tampoco fue solamente el comienzo de una dictadura brutal, aunque
aquello sea una verdad imposible de relativizar. Fue también el comienzo de una
profunda transformación de Chile, porque aquello que estaba en disputa no era
solamente quién ocupaba La Moneda. También estaba en disputa qué país se quería
construir, quién debía tener el poder económico, qué significaba la propiedad, qué
lugar tendrían los trabajadores, qué debía hacer el Estado y hasta dónde podía
llegar la democracia cuando comenzaba a tocar los intereses de quienes siempre
habían tenido más.
El 11 de septiembre fue el día en que
el sueño de muchos se volvió la propiedad de pocos. Después del golpe vino una
transformación profunda de la estructura económica chilena, pero también una
transformación de las expectativas, de las posibilidades y de aquello que una
sociedad podía imaginar como posible. El sueño de un Chile distinto, más justo,
más próspero para muchos y no solamente para unos pocos, fue derrotado junto
con un proyecto político, y sobre sus ruinas se construyó un país que todavía
habitamos.
Por eso creo que el 11 de septiembre
nos cambió a todos y todas, incluso a quienes nacimos después o éramos
demasiado pequeños para comprender lo que estaba sucediendo. De esa idea no
podemos escapar y tampoco deberíamos intentar escondernos. El 11 no terminó
cuando terminó el bombardeo de La Moneda, ni cuando terminó la dictadura, ni
siquiera cuando recuperamos formalmente está cuestión absurda y grotesca que
hoy llamamos «democracia». Sus consecuencias siguieron caminando con nosotros,
metiéndose en nuestras familias, en nuestros barrios, en nuestras
oportunidades, en nuestras pobrezas y también en nuestras formas de entender el
mundo. Los beneficiados fueron los menos y los costos los pagaron, de distintas
maneras, quienes habían soñado con un Chile próspero para muchos.
Hoy quedan cada vez menos personas
capaces de decir «yo estuve ahí». Quedan sobrevivientes, presos políticos,
exiliados, trabajadores, militares, funcionarios, niños de entonces y familias
que todavía cargan sus propias historias, pero el tiempo hace su trabajo y
lentamente aquella generación comienza a desaparecer. Llegará un momento en que
nadie podrá contarnos directamente cómo sonaron las balas, cómo se vivió el
miedo, cómo se escuchó la voz de Allende por una radio o cómo se sintió perder
un país conocido. Entonces quedarán los relatos. El mío es apenas uno de ellos.
Pero también está aquello que fui
encontrando después, durante los años en que me convertí en comunicador social
y comencé a conversar con esa historia grande de lucha. He tenido la
oportunidad de escuchar a sobrevivientes, de conversar con jóvenes que protagonizaron
aquellos años, con presidentes de cordones industriales, con revolucionarios de
verdad, con personas que cargaron sobre sus cuerpos y sus vidas la historia que
nosotros muchas veces conocemos solamente a través de los libros. Incluso,
muchos años después, terminé compartiendo una habitación de hospital con un
exmilitante del MIR. También pude conversar con familiares del Presidente
héroe. Son encuentros que quizás para otros sean solamente episodios, pero para
mí forman parte de una misma búsqueda, reconstruir ese relato para no olvidar,
para entender de dónde venimos y, sobre todo, para no aceptar que el país que
tenemos era el único país que podía existir.
Porque quizás esa sea finalmente la
cuestión más profunda que me dejó el 11 de septiembre. Que un país puede
cambiar. Que los sueños pueden ser derrotados, pero también que pueden volver a
ser soñados. Que un Chile distinto es posible, pero que primero hay que
atreverse a imaginarlo y después construirlo. Y eso es precisamente lo que
quienes nacimos en la pobreza aprendemos de una manera particularmente dura,
que las condiciones en las que nacimos no fueron escogidas por nosotros, pero
tampoco tienen por qué convertirse en el límite de aquello que podemos imaginar
para los que vienen después.
En ese aquel septiembre, no entendía
de socialismo, capitalismo, imperialismo, propiedad privada ni lucha de clases.
Entendía el hambre. Entendía las caras cansadas. Entendía que los adultos
hablaban de cosas que no debía escuchar. Entendía que había miedo. Muchos años
después aprendería que esas cosas aparentemente desconectadas formaban parte de
una misma historia y que aquella historia también era la mía.
El 11 de septiembre nos marcó a todos
y todas. Pero mucho más a quienes nacimos en la pobreza, porque muchas veces
heredamos sus costos sin haber participado de sus decisiones. Y quizás por eso
sigo buscando respuestas, conversando con quienes estuvieron, escuchando a
quienes todavía pueden contar y tratando de reconstruir mi propio relato. No
para quedarme atrapado en el pasado, sino para recordar algo que el tiempo, la
derrota y la costumbre muchas veces intentan hacernos olvidar, que otro Chile
fue pensado, que otro Chile fue soñado y que, mientras alguien sea capaz de
volver a soñarlo, todavía es posible construirlo.
¡Viva el pueblo, vivan los
trabajadores!
*****

No hay comentarios:
Publicar un comentario