sábado, 27 de agosto de 2022

EUROPA. GRAN BRETAÑA, SIN TIMÓN Y EN CRISIS. “La crisis final del neoliberalismo”, como un Barco averiado que navega a la deriva en Alta Mar, sin conducción.

 &&&&&

Inflación, salud en colapso, sequía-falta de agua, (Agua privatizada a final de lo 80’, más de 30 millones de personas con uso de Agua restringida) Reino Unido y Francia, Chile en América privatizaron el Agua) altas temperaturas, caída del Salario Real, Huelgas (Transporte Ferroviario, Portuarios, Aéreo, Médicos y Enfermeras) Baja de Impuestos a las Corporaciones del 26% (2010) al 19%. Bono de ORO en tiempos de la Pandemia, para Ejecutivos, tarifazo energético, aumento hasta el 80% en las tarifas a partir del 1 de octubre, más de 15 millones de personas ingresaran en la llamada “Pobreza Energética” El peso del Brexit, sigue presente en la Crisis (retiro del Reino Unido de la U.E. serios intentos separatistas de Escocia y) baja inversión y el “agujero fiscal” problemas económico sociales. La emergencia Climática los espanta y no saber qué hacer en el futuro inmediato.


Barco fantasma, que navega en alta mar, sin tripulación con dirección a las costas  de Gran Bretaña y alertó a todos. Esta a la deriva.
***

La Herencia política de la “Dama de Hierro”, Margaret Thatcher, los sigue persiguiendo hasta hoy; Tasas Impositivas más bajas de los países del G-7; menos inversión, en tecnología, capacitación e investigación”, Costa Sur, aguas contaminadas, prohibido ingresar al Mar; A esta crisis, se añade una virtual acefalía desde que Boris Johnson renunció (lo renunciaron) en junio y quedó en funciones sin privarse por ello de contraer matrimonio y tomarse vacaciones en un gobierno sin cabeza. Imparable es el “gordito” primer ministro, discípulo del ex presidente Donald Trump. Escaza legitimidad sobre el nuevo Primer ministro. Ante una posible realidad de protestas sociales, es factible el Adelanto de Elecciones, en un país con larga tradición.

Toda esta inmensa y profunda Crisis de Crisis, distorsionada en parte por los Medios de Comunicación (Corporaciones Mediáticas), es en realidad la Bancarrota Política de Occidente, o la “Crisis final del neoliberalismo” que hoy se ahoga en el propio epicentro del proceso de “Desglobalización” o Crisis Final de la Globalización neoliberal. Está asfixiado y enfermo el sistema neoliberal, porque el “dios mercado” quedó totalmente contaminado por la Crisis de la Salud- el Covid-19 – y hoy se ahoga con su propia Guerra – Rusia-Ucrania.

/////



EUROPA. GRAN BRETAÑA, SIN TIMÓN Y EN CRISIS. 

“La crisis final del neoliberalismo”, como un Barco averiado, que navega a la deriva en Alta Mar, sin conducción.

*****

Por Marcelo Justo.

Desde Europa.

Página /12 sábado 27 de agosto del 2022.

“Prácticamente nada funciona en el Reino Unido” dicen los propios conservadores. Los dos dígitos de inflación por primera vez en cuarenta años, la caída del salario real a su peor nivel en décadas y las huelgas de transporte son algunos de los síntomas de un descontento generalizado. El Sistema Nacional de Salud está al borde del colapso, la sequía por un verano de altas temperaturas dejó sin agua a amplias zonas del país, los precios energéticos van a duplicarse en octubre y la conflictividad laboral se ha disparado. Hasta los abogados criminalistas acaban de anunciar un paro.

Por momentos parece que no hay sector en Gran Bretaña que funcione del todo. El primer ministro Boris Johnson renunció (lo renunció su propio partido) en junio y su sustituto recién se anunciará el 5 de septiembre. El barco de este país del G7 está averiado, a la deriva y sin nadie a cargo.

Trágico declive

En los medios conservadores hace rato que encendieron la señal de alarma. “Prácticamente nada funciona en el Reino Unido”, dice el semanario conservador “The Economist”. “El país está crujiendo”, diagnostica otro pilar del establishment, el “Financial Times”. Uno de los diagnósticos más lapidarios pertenece a un columnista estrella del ultraconservador matutino “Daily Telegraph”.

“Nuestro asombrosamente acelerado declive es trágico y, sin embargo, no sorprende. Estamos cerca del desenlace, del punto final, de un cuarto de siglo de fracaso político, intelectual y moral del cual la mayoría de nuestra clase política es cómplice”, escribe Allister Heath.


Gran Bretaña, sin Timón y en Crisis. Inflación, Salud en Colapso, falta de agua, tarifazo energético, etc.
***

Los problemas van más allá de la pandemia o la guerra con Ucrania.

“Hay una repentina conciencia de que la era de la covid-19, el Brexit, la Guerra en Ucrania y la emergencia climática están exponiendo fallas fundamentales que han estado supurando por décadas”, dice en el “The Guardian”, el columnista John Harris.

¿Quién invierte?

El mantra del gobierno conservador que asumió en 2010 tras el estallido financiero global fue que el problema residía en el déficit fiscal y la solución era bajar el gasto y estimular la inversión privada recortando los impuestos de ricos y corporaciones.

En los 80 Margaret Thatcher convirtió esta fórmula en dogma. Los conservadores del siglo 21 no cambiaron de discurso: los resultados fueron los mismos que con la “dama de hierro”.

A pesar de tener una de las tasas impositivas más bajas, el Reino Unido está en el fondo de la tabla de la inversión privada y pública de los países del G7.

“Esta falta de inversión viene de décadas. Una obsesión con la eficiencia del gasto ha hecho que en vez de mantener y mejorar la infraestructura se la haya dejado colapsar. En el Reino Unido se trabaja mucho más que en Alemania y Francia, pero estamos muy por detrás en términos de productividad porque invertimos muchos menos en rubros clave incluidos tecnología, capacitación e investigación”, señala el editor económico del “The Guardian” Larry Elliot.

Dos ejemplos

La sequía en este bochornoso verano dejó a la vista que las corporaciones que manejan el suministro de agua, privatizado en los 80, no han construido ningún nuevo reservorio a pesar de que hubo un aumento poblacional de diez millones de personas en las últimas décadas. El mismo descuido se ve en el mantenimiento de un sistema que, en gran parte, viene de la época victoriana. El resultado es que unos treinta millones de personas enfrentan hoy un uso restringido del agua y que, en buena parte de la costa del sur inglés, de Cornualles a Devon, está prohibido meterse en el mar por la contaminación de las aguas.


Gran Bretaña en crisis. Costas del sur inglés contaminadas y prohibidas de ingresar a sus aguas.
***

Al igual que el resto del sector corporativo, los impuestos a las compañías responsables han bajado del 26% en 2010 al 19%. Pero más que estimular la inversión, las ganancias se usaron para pagar dividendos a los accionistas: el equivalente a más de setenta mil millones de dólares (57 mil millones de libras) en los últimos treinta años. Los ejecutivos de las empresas del sector tampoco se han perdido la fiesta. En los dos últimos años, plena pandemia, se adjudicaron bonos por más de 35 millones de dólares. En comparación Scottish Water, que permaneció en manos del estado, invirtió cerca de un 35% en infraestructura por hogar en el mismo período.

El sector energético, que registró ganancias extraordinarias con la guerra, está aumentando los precios de lo lindo. Este viernes se confirmó un aumento del 80% en las tarifas, que regirá desde el 1 de octubre, vísperas del duro invierno inglés. Accionistas y ejecutivos, felices: el público no tanto. Hasta en zonas tradicionalmente conservadoras como Surrey, en el sur del país, los votantes están desilusionados con el sistema privatizado y dispuestos a cambiar de partido.

“He votado casi siempre a los conservadores, pero no voy a volver a hacerlo. Las ganancias que están sacando las compañías de agua y de energía son un escándalo. Tendrían que ir a la cárcel en vez de ganar bonos millonarios”, comenta una jubilada, Mary Barnby.

Un país emparchado

A nivel del sector público, el congelamiento y reducción de la inversión desde 2010 hizo que el Sistema Nacional de Salud (NHS) tenga hoy uno de los más bajos números de camas hospitalarias por persona de un país desarrollado, algo que se notó durante la pandemia. El virtual congelamiento de salarios desde 2010 llevó a un éxodo de enfermeras y médicos, éxodo compensado solo parcialmente con la contratación de profesionales de países en desarrollo. El staff del NHS se parece cada vez más a la ONU por su mezcla de nacionalidades, pero, aun así, uno de cada diez puestos de enfermería sigue vacantes.


Gran Bretaña en Crisis. Prepararse para explosiones revolucionarias.

***

Mientras que en Alemania, España o Estonia los estados invierten en el sector ferroviario para sacarlo de la crisis que tuvo a raíz de la pandemia, el gobierno británico anunció cortes equivalentes a más de 2500 millones de dólares. Desde el 21 de junio hubo ocho huelgas que han semiparalizado la red ferroviaria.

El secretario general de RMT, el sindicato ferroviario, Mick Lynch, advirtió que el descontento actual puede terminar en una huelga general de facto (la última fue en 1927).

“Es algo que decidirá la central de trabajadores. Pero lo que vamos a ver en educación, salud, transporte y el sector privado es acción sincronizada de huelga”. En los últimos dos meses hubo señales claras de este descontento laboral: cancelación de miles de vuelos en plena temporada veraniega, medidas de fuerza en el puerto de Felixstowe por el que pasa el 48% del comercio de contenedores, huelgas en petroleras, fábricas y hasta en Amazon.

En agosto el índice inflacionario de los doce meses previos superó el 10%. Con la práctica duplicación de las tarifas energéticas a partir de octubre, el Banco de Inglaterra anticipa un 13% para los próximos meses. El cálculo es que unos quince millones de personas ingresarán en lo que se llama “pobreza energética” (destinan el 10% de sus ingresos a pagar el gas y la electricidad). En los bancos de alimentos para los sectores más postergados muchos no compran papa por el gasto en que incurrirán al cocinarla: en el invierno británico el dilema será para muchos encender la estufa o comer.

Más de lo mismo

A esta crisis, se añade una virtual acefalía desde que Boris Johnson renunció (lo renunciaron) en junio y quedó en funciones sin privarse por ello de contraer matrimonio y tomarse vacaciones en un gobierno sin cabeza. En más de la mitad de los ministerios no se toman decisiones hasta que haya un sustituto: en la prensa lo bautizan el “Zombie government”


Se va políticamente derrotado, pero siempre festejó su matrimonio y se fue de vacaciones. Deja a Gran Bretaña como un barco en alta mar, sin conducción y a la deriva.
***

El problema es que los dos candidatos para sustituirlo ofrecen más de lo mismo. La favorita, la canciller Liz Truss, promete una reducción impositiva de 27 mil millones de libras que favorecerá a empresas y multimillonarios para estimular la inversión en un país que todavía está lidiando con el agujero fiscal que le dejaron la pandemia y el Brexit. Su rival, el ex ministro de finanzas Rishi Sunak, es un poco más prudente y dice que ese es un objetivo a alcanzar más adelante. Pero privado de ese mantra impositivo, su programa contiene poco y nada.

Una encuesta el pasado fin de semana les daba una ventaja a los laboristas de ocho puntos sobre los conservadores y ponía por delante a su apocado líder Keir Starmer como mejor primer ministro que Johnson, Truss o Sunak.

¿Qué se viene?

El consenso es que el nuevo primer ministro gozará de una escasísima legitimidad: lo elegirán unos 200 mil miembros del Partido Conservador, en su mayoría mayores de 60 o 70 años que viven en zonas rurales. El resto del Reino, que enfrenta fuertes tensiones separatistas, sociales y generacionales, hará de invitado de piedra, una situación insostenible en medio de una crisis. A pesar de todo esto, a pesar de que Truss y Sunak están contaminados por su participación en el gabinete de Johnson, es posible que tengan la breve luna de miel que espera a los nuevos gobiernos. En algunos medios se especula que quien gane intentará aprovechar ese resurgimiento de expectativas para improvisar un paquete de ayuda masivo para el costo de la vida y convocar a elecciones anticipadas. 

 Es difícil que con tan escasa legitimidad y tantos agujeros económico-sociales el gobierno llegue a diciembre de 2024, más en un país que tiene una larga tradición de elecciones anticipadas. Pero más allá de los vaivenes políticos y electorales, los problemas de fondo no se irán con una nueva cara, sea del partido que sea. 

*****

viernes, 26 de agosto de 2022

LA CRISIS NOS HARÁ MÁS POBRES Y TAMBIÉN MÁS VULNERABLES. La crisis es una mierda I.

 &&&&&

"Bajo el dominio ideológico de lo que por convención llamamos neoliberalismo, la globalización implicó una serie de soluciones espaciales y financieras a la crisis de rentabilidad de las grandes corporaciones industriales occidentales y japonesas. Desde los años setenta, y en el lapso de unas pocas décadas, se desplazó buena parte de la producción intensiva en mano de obra de los viejos centros industriales occidentales a la costa asiática del Pacífico, en una secuencia que comenzó con los four tigers (Corea, Singapur, Taiwán y Hong-Kong), y que se puede dar por concluida con el dominio de China de la mayor parte de las ramas industriales, incluidas las de alta tecnología. La globalización implicó también una política forzada de libre comercio, sobre el presupuesto de la especialización de todos los países en aquellas producciones en las que tuvieran ventajas competitivas para la exportación, y cuyo resultado fue la crisis de buena parte de los países en vías de desarrollo, así como la articulación de la compleja cadena de suministro global de la que hoy dependemos. La globalización supuso también el estímulo de la desregulación financiera, como forma de generar beneficios rápidos sobre unos mercados de capitales permanentemente engordados. A pesar de las desigualdades crecientes dentro de cada país y de la creciente presión sobre el gasto público, la globalización feliz permitió a los países occidentales atravesar su desindustrialización relativa sobre la base de un acceso casi ilimitado al crédito barato y a la propiedad inmobiliaria. En definitiva, durante un par de décadas (los noventa y los dos mil) se vivió bien, a pesar de los bajos salarios, gracias al consumo a crédito". 

"La solución espacial a la crisis de rentabilidad entrañó, además, un efecto que en los años ochenta no era ni esperado, ni desde luego deseado. La transformación en los grandes talleres del mundo primero, de los pequeños aliados occidentales en el Pacífico, y luego del gigante comunista convertido al credo capitalista, hizo de estos tres mil quinientos kilómetros de costa asiática el área más dinámica del planeta y progresivamente su principal polo económico. En 1980, solo Japón estaba entre las diez primeras economías del planeta por PIB nominal. Hoy son cuatro (China, Japón, India, Corea del Sur). Antes de que acabe esta década, es más que probable que Indonesia entre en ese selecto grupo y China se convierta en la principal economía del mundo".

/////




LA CRISIS NOS HARÁ MÁS POBRES Y TAMBIÉN MÁS VULNERABLES.

La crisis es una mierda I.

*****

Por Emmanuel Rodríguez | 26/08/2022 | Economía

 

Fuente Rebelión jueves 26 de agosto del 2022.

En una situación de atomización laboral y de-sindicalización de la masa trabajadora, los incrementos de precios van a ser absorbidos en su práctica totalidad por la caída del nivel adquisitivo de la inmensa mayoría de los asalariados

La vuelta del verano traerá una serie de confirmaciones largamente anunciadas: una inflación sostenida en el umbral del 10%, una caída de todos los indicadores relativos al crecimiento económico (PIB, índices de producción industrial, consumo doméstico, etc.) y la consecuente pérdida de empleos. Este último factor caerá como una losa sobre cualquier atisbo de movilización que apunte a corregir la inflación con subidas salariales. La subida del 10% de los precios será unilateral y forzosamente asumida por la población con una caída simétrica del 10% de su poder adquisitivo. El decrecimiento capitalista era esto.

En el discurso periodístico, las causas y responsabilidades de la crisis han sido ya repartidas. Un autócrata oriental que gobierna sobre alrededor de 18 millones de kilómetros cuadrados, algo así como cuarenta veces la península ibérica o casi el 15% de la superficie emergida de la Tierra, decidió invadir una joven democracia de Europa oriental. El zar malvado, en lugar de arrepentirse de invadir esa nueva tierra de la libertad, decidió extender la guerra empleando su posición en el mercado de exportación de productos energéticos y materias primas (especialmente grano) para generar una crisis de suministros de gigantescas proporciones. No obstante, y a pesar del alto precio económico, EE.UU. y la Unión Europea, valedores de los principios universales de la libertad y la democracia, decidieron apoyar hasta al final a la joven Ucrania en su defensa contra el agresor ruso. El próximo invierno se prevé durísimo ante los previsibles cortes del suministro de gas y petróleo rusos. Pero resistiremos… bla, bla, bla.

Más allá de la guerra de Ucrania, lo cierto es que la tensión de precios se venía anunciando por lo menos desde el inicio de la pandemia, en la primavera de 2020. Durante todo el año 2021, hemos observado encarecimientos en casi todos los mercados de exportación desde los productos energéticos hasta los manufacturados, desde el grano hasta los microchips. Por debajo de la guerra, como factor determinante de la invasión rusa, se deben contar, por lo tanto, otra serie de problemas seguramente más graves, más severos. 



Rupturas en las cadenas logísticas

Era el 20 de abril de 2020, el precio del petróleo de referencia en EE.UU., el West Texas, cayó por debajo de cero dólares. Al día siguiente, los mercados de futuros se hundieron con caídas que alcanzaron los 20 puntos negativos. Con los depósitos llenos en medio mundo, las empresas intermediarias estuvieron dispuestas, al menos durante unas horas, a pagar para que otros se hicieran cargo del petróleo en lugar de almacenarlo para su venta posterior. Por comparar con la situación actual, prácticamente durante todo el año 2020, el precio del petróleo se mantuvo por debajo de los 50 dólares. En abril de 2022, el precio medio del West Texas fue de casi 120 dólares el barril.

La pandemia de la covid-19 detuvo por unos meses el mundo. Y el mundo son las cadenas de suministros globales. La caída de demanda hundió los precios del petróleo, hizo disminuir severamente el comercio mundial y obligó a las empresas, primero a almacenar grandes cantidades de stock y luego a disminuir la producción. Una de las grandes debilidades estructurales de la llamada globalización económica radica, en efecto, en la complejidad logística. La fábrica global depende del movimiento continuo de una enorme cantidad de componentes que son fabricados por un número definido de empresas que en muchos casos presentan una fuerte concentración en áreas geográficas muy determinadas. Esto supone un volumen de tráfico gigantesco gestionado por un número indeterminado de empresas, pero que presentan también una fuerte tendencia a la concentración. De hecho, solo cuatro operadores globales (APM-Maersk, MSC, COSCO Group y CMA-CG M Group) distribuyen el 50% del comercio mundial. Por si esto fuera poco, la parte mayor de este tráfico se realiza también a partir de un pequeño grupo de hubs portuarios situados en el Extremo Oriente del planeta y en los grandes centros de consumo occidentales. 

La paradoja de este sistema, complejo y a la vez gigantesco, es que su flexibilidad no es muy alta. Fallos en algunos cuellos de botella, como el que se produjo en marzo de 2021 cuando un carguero de 400 metros de eslora quedó varado en el Canal de Suez, o disminuciones seguidas de crecimientos repentinos de la demanda, tienen efectos que el sistema no es capaz de absorber. Y esto es lo que ocurrió en el año de la recuperación de la crisis pandémica, 2021. Desde la primavera, pero sobre todo desde el otoño de ese año, se volvieron habituales las imágenes de decenas de gigantescos cargueros a la espera de atracar en los puertos de Los Ángeles, Rotterdam o Shenzhen. Las cadenas de suministros, deprimidas durante 18 meses, apenas pudieron responder a los incrementos repentinos de la demanda. Los cierres parciales de plantas y puertos en China (todavía la gran fábrica del mundo) arrastraron a peor la ya compleja situación del comercio mundial. 

Durante casi todo el año 2020, el precio del petróleo se mantuvo por debajo de los 50 dólares. En abril de 2022, el precio medio del West Texas fue de casi 120 dólares el barril

Consecuentemente, los precios se “tensionaron”. Mucho antes, por tanto, de la guerra de Ucrania, la inflación ya se había hecho presente: en octubre de 2021 la inflación interanual de la eurozona superó el 4%, en enero de 2022 ya era del 5%. La gran promesa neoliberal del libre comercio de bienes más baratos y servidos al instante se había visto repetidamente incumplida por la falta de microchips y retrasos en la distribución de algunos bienes, como los automóviles, que llegaron a servirse con más de seis meses de demora.



Un apunte histórico sirve para mostrar la diferencia entre la actual crisis de la fábrica global y el periodo de alta inflación del fordismo terminal de los años setenta, casi siempre atribuida a las alzas del petróleo de 1973 y 1979. En aquellos años, el llamado problema de estanflación (estancamiento + inflación) persistió durante algo más de diez años debido a una guerra monetaria sostenida entre capital y trabajo. La razón estaba en el movimiento obrero todavía existente. Las alzas de precios eran inmediatamente respondidas con reacciones de huelgas obreras y crecimientos aún mayores de los salarios. Un solo ejemplo: en España en 1976 y 1977, poco después de muerto Franco, la inflación superó el 25%, pero los salarios se incrementaron en un 30%. La mitad del problema de la Transición a la democracia en España se concentró en estos guarismos, para cuya solución se aplicaron los Pactos de la Moncloa, la institucionalización sindical que estabilizó el mapa laboral en torno a dos sindicatos moderados (CC.OO., UGT) y el desacople definitivo de la izquierda respecto del movimiento obrero. 

Pero en la crisis actual nada de esto va a ocurrir. La base de la inflación subyacente, que por lo general se atribuye a la respuesta salarial al alza de los precios, es hoy por hoy –y salvo sectores muy determinados con un poder estructural notable, básicamente la logística y los transportes, como se ve en las huelgas inglesas de estas semanas–, prácticamente una quimera. En una situación caracterizada por la atomización laboral y la radical de sindicalización de la masa trabajadora, las alzas de precios van a ser absorbidas en su práctica totalidad por la caída del nivel adquisitivo de la inmensa mayoría de los asalariados. La “solución” a la crisis inflacionaria derivada del colapso de las cadenas de distribución globales no va a tener otra salida que el empobrecimiento de la mayoría. La clase política ya ha asumido que este es el coste y nos prepara en consecuencia. 

La globalización se gripa 

La inflación muestra, en todo caso, dimensiones más preocupantes que ciertas tensiones en la cadena de suministros. En cierto modo, esta crisis puede marcar un punto de inflexión en la articulación de la forma actual del capitalismo histórico que llamamos globalización. Por eso conviene profundizar algo más en el análisis de este último periodo. Por globalización entendemos el conjunto de arreglos económicos, pero también sociales y geopolíticos, que siguieron a la gran crisis del capitalismo industrial bajo dominio occidental que se desencadena entre 1968 y 1979, esto es, entre la fecha de comienzo de las revueltas estudiantiles y obreras contra ciertas formas de regulación socioeconómica de la época “fordista” (los “Treinta Gloriosos” de la larga posguerra) y el giro de la Reserva Federal de su entonces presidente Paul Volcker, que elevó los tipos de interés del 11,5 al 21,5%. A modo de aviso para navegantes acerca de lo que implica la política monetaria: la consecuencia de la brutal subida de tipos de Volcker fue una recesión que acabó efectivamente con la espiral de salarios-precios en EEUU, pero al precio de un paro de masas y de una política de recortes sociales que se extendería durante tres décadas. 



La globalización implicó también una política forzada de libre comercio, y cuyo resultado fue la crisis de buena parte de los países en vías de desarrollo 

Bajo el dominio ideológico de lo que por convención llamamos neoliberalismo, la globalización implicó una serie de soluciones espaciales y financieras a la crisis de rentabilidad de las grandes corporaciones industriales occidentales y japonesas. Desde los años setenta, y en el lapso de unas pocas décadas, se desplazó buena parte de la producción intensiva en mano de obra de los viejos centros industriales occidentales a la costa asiática del Pacífico, en una secuencia que comenzó con los four tigers (Corea, Singapur, Taiwán y Hong-Kong), y que se puede dar por concluida con el dominio de China de la mayor parte de las ramas industriales, incluidas las de alta tecnología. La globalización implicó también una política forzada de libre comercio, sobre el presupuesto de la especialización de todos los países en aquellas producciones en las que tuvieran ventajas competitivas para la exportación, y cuyo resultado fue la crisis de buena parte de los países en vías de desarrollo, así como la articulación de la compleja cadena de suministro global de la que hoy dependemos. La globalización supuso también el estímulo de la desregulación financiera, como forma de generar beneficios rápidos sobre unos mercados de capitales permanentemente engordados. A pesar de las desigualdades crecientes dentro de cada país y de la creciente presión sobre el gasto público, la globalización feliz permitió a los países occidentales atravesar su desindustrialización relativa sobre la base de un acceso casi ilimitado al crédito barato y a la propiedad inmobiliaria. En definitiva, durante un par de décadas (los noventa y los dos mil) se vivió bien, a pesar de los bajos salarios, gracias al consumo a crédito. 

La solución espacial a la crisis de rentabilidad entrañó, además, un efecto que en los años ochenta no era ni esperado, ni desde luego deseado. La transformación en los grandes talleres del mundo primero, de los pequeños aliados occidentales en el Pacífico, y luego del gigante comunista convertido al credo capitalista, hizo de estos tres mil quinientos kilómetros de costa asiática el área más dinámica del planeta y progresivamente su principal polo económico. En 1980, solo Japón estaba entre las diez primeras economías del planeta por PIB nominal. Hoy son cuatro (China, Japón, India, Corea del Sur). Antes de que acabe esta década, es más que probable que Indonesia entre en ese selecto grupo y China se convierta en la principal economía del mundo.

Como quien es despertado a bofetones de un sueño (el de la “paz perpetua”), cuando ahora se nos devuelve a la realpolitik con la posibilidad de una guerra entre bloques (China-Rusia contra Occidente) o incluso de una guerra nuclear, quizás solo se nos esté obligando a enfrentar la crisis de la globalización. El mundo al que nos acercamos a velocidad de vértigo no tiene ya nada que ver con el de la globalización pacífica dominada por el guardián americano de la libertad. Las contradicciones en este cuento –manifiestas en Irak, Afganistán y en general en la guerra contra el terror– nos debieran haber dado suficiente aviso.

El mundo futuro estará seguramente más fragmentado. En términos económicos, se producirá un proceso de regionalización y de reconcentración de los procesos productivos en bloques comerciales menos permeables. Políticamente, no es improbable que veamos sonar las trompetas de los viejos imperialismos enfrentados que traigan algunos recuerdos de antes de 1914. Socialmente, las sociedades desestructuradas deberán ser sometidas a distintos “tratamientos” y no están excluidas algunas tentaciones poco deseables que devuelvan a las democracias occidentales, convertidas en oligarquías, a sus viejos sueños imperiales de tinte fascista. 

Las preguntas son por tanto muchas, demasiadas. Con ánimo de simplificar lo más posible,

/ ¿se puede concebir un proceso de regionalización económica relativamente pacífico, eludiendo la competencia mortífera por los recursos esenciales del planeta cada vez más escasos como el petróleo o el gas?

/ ¿Es concebible una retirada negociada de EE.UU. de determinados ámbitos del dominio militar global en correspondencia con su menguado peso económico? Y en los términos más parroquianos a los que en estos lares nos acostumbran a pensar:

/ ¿qué significa o supone todo esto para la penúltima provincia del flanco suroccidental europeo?

Hay, no obstante, otro factor estructural poco tenido en cuenta en esta crisis y que probablemente no tenga ninguna corrección a futuro. Se trata de la onda larga de encarecimiento de los principales bienes de que disponemos para vivir: la energía, los alimentos, la tierra-agua y nuestro propio trabajo. Pero esto se tratará en la segunda entrega de La crisis es una mierda.

Emmanuel Rodríguez es historiador, sociólogo y ensayista. Es editor de Traficantes de Sueños y miembro de la Fundación de los Comunes. Su último libro es ‘¿Por qué fracasó la democracia en España? La Transición y el régimen de 1978’. Es firmante del primer manifiesto de La Bancada.

*****

jueves, 25 de agosto de 2022

LA JUVENTUD TRABAJADORA BUSCA UNIR LOS MOVIMIENTOS CLIMÁTICOS Y SINDICALISTAS.

 &&&&&

"En junio, la AFL-CIO, la mayor confederación sindical de Estados Unidos, anunció el lanzamiento de una iniciativa dirigida a los jóvenes trabajadores, concebida como un programa de empoderamiento que le garantizaba el acceso a la infraestructura sindical existente a través de las federaciones estatales y la red de centrales sindicales. «Los trabajadores jóvenes se están organizando desde la base, liderando campañas con mucha visibilidad a lo largo y ancho del país y logrando sus objetivos», aseguró a Truthout Liz Shuler, presidenta de AFL-CIO, a propósito de la decisión de la federación de relanzar un proyecto que data de 2009. «Los trabajadores jóvenes se dan cuenta de que el statu quo económico va en contra de sus intereses y, cuando miran alrededor en busca de respuestas, ven en la lucha colectiva, canalizada a través de las organizaciones sindicales, la solución a sus problemas», afirmó Shuler.

"Además de formar y movilizar a nuevos líderes sindicales, la iniciativa secundará los esfuerzos legislativos por aligerar la deuda de los estudiantes, defender el derecho de los deportistas universitarios a afiliarse y promover la educación en materia de negociación colectiva en la enseñanza secundaria.  Esta inyección de recursos podría fortalecer en gran medida los proyectos actualmente en curso, al tiempo que contribuiría a la salvación del propio movimiento obrero, según expuso en The Prospect John Hiatt, antiguo jefe de gabinete del presidente de la AFL-CIO. Desde luego, son muchas las campañas sindicales lideradas por jóvenes y las comisiones de jóvenes trabajadores que se beneficiarían de ese apoyo. La Red Laboral para la Sostenibilidad planea una Convergencia Climática de Jóvenes Trabajadores en Los Ángeles, en colaboración con la Hermandad Internacional de Trabajadores de la Electricidad. 

"Allí, en septiembre, congregarán a profesionales de todos los ámbitos unidos por la ambición de que el sindicalismo lidere la lucha contra el cambio climático. El Sindicato de Trabajadores del Transporte (TWU por sus siglas en inglés) ha creado en su división aérea un programa de jóvenes trabajadores bautizado como Comité Organizador de Futuros Líderes (FLOC por sus siglas en inglés) cuyos integrantes se han duplicado desde que se fundó en 2019, según Heather Laverty, de la TWU. En septiembre, el grupo planea ampliar el programa a las otras dos divisiones de TWU: transporte por carretera y ferrocarril.  «Los sindicatos son un gran nivelador social», declaró a Truthout Anthony Hernández, trabajador de una compañía aérea y líder de FLOC cuando se le preguntó por la importancia de que los trabajadores jóvenes se afilien a los sindicatos en medio de las actuales crisis económica, climática, de justicia racial y sanidad pública. «Estar afiliado a un sindicato me hizo comprender que […] no somos piezas de maquinaria prescindibles».

/////


    Fuentes: La marea climática [Imagen: Manifestación climática durante     el Día de la Tierra de este año. Foto: Mark Dixon/Flickr.]
                                                    ***

LA JUVENTUD TRABAJADORA BUSCA UNIR LOS MOVIMIENTOS CLIMÁTICOS Y SINDICALISTAS.

*****

Por Leanna First-Arai | 25/08/2022 | Ecología social

 

Fuente Rebelión jueves 25 de agosto del 2022.


En Estados Unidos, las nuevas generaciones involucradas en el movimiento obrero son cada vez más conscientes de la importancia del sindicalismo para luchar contra la crisis climática, y viceversa.

El movimiento obrero en América del Norte está recibiendo un nuevo y vigoroso impulso por parte del mismo grupo de edad que —al margen de su afiliación política y la brecha entre el mundo urbano y rural— ha expresado un apoyo mayoritario, cuando no abrumador, a una reforma a fondo de la política climática sin perder de vista la justicia social. 

Tras experimentar un leve repunte en 2020, la tasa de afiliación sindical en Estados Unidos retrocedió en 2021 a las cifras en las que viene manteniéndose desde hace unos años. Sin embargo, pese al estancamiento experimentado por otros grupos de edad, la afiliación sindical entre los trabajadores de 25 a 34 años fue en aumento durante ese período, pasando del 8,8% en 2019 a un todavía tímido 9,4% en 2021. Este incremento no explica el alud de campañas sindicales vivido en los últimos ocho meses —incluido el momento en que se redacta este artículo—, muchas de ellas lideradas por trabajadores jóvenes.

Los jóvenes se han criado en un ambiente sumamente adverso al sindicalismo y se incorporaron al mercado laboral tras décadas de desmantelamiento del movimiento obrero. En 1981, el expresidente Ronald Reagan aplastó una huelga de controladores aéreos despidiendo a once mil trabajadores en lo que fue el preludio de una era de represión sindical. Hasta ese año, se convocaban entre doscientas y cuatrocientas grandes huelgas anuales en Estados Unidos, pero esa cifra cayó en picado durante los dos mandatos consecutivos de Reagan. En 2017, sólo había siete grandes huelgas al año, según The Intercept.

En los últimos años, sin embargo, los jóvenes han revitalizado la estrategia de la huelga echando mano de la creatividad. Así, jóvenes de todo el mundo han liderado un gran número de huelgas escolares en defensa del clima, y los integrantes del movimiento Black Lives Matter organizaron una huelga por los derechos de la población negra. 



Muchos de esos jóvenes activistas que luchan contra el racismo y en defensa del clima se han integrado ahora en el movimiento obrero, según declaraciones a Truthout de Joshua Dedmond, secretario de juventud de la Red Sindical por la Sostenibilidad (LNS, por sus siglas en inglés):

«Creo que hay un deseo sincero por parte de los jóvenes trabajadores de salvar el abismo que separa el movimiento obrero y el de justicia climática», afirma.

Dedmond y otros integrantes del Proyecto de Escucha de Jóvenes Trabajadores liderado por la LNS están analizando cuatrocientas encuestas y setenta entrevistas en profundidad a trabajadores jóvenes con el fin de elaborar un informe que verá la luz este otoño y en el que se resumirán las experiencias de los jóvenes ante el impacto del cambio climático en el entorno laboral, así como el convencimiento de que los movimientos sindical y climático podrían fortalecerse mutualmente. Son muchos los jóvenes activistas que declaran haberse enfrentado al síndrome de burnout o desgaste profesional, lo que los ha llevado a plantearse qué características debe tener un entorno laboral sostenible y cómo asegurar a largo plazo las condiciones de trabajo, cuestiones que tienen mucho en común con la organización sindical. El movimiento obrero ofrece un espacio para tender puentes entre distintos movimientos sociales, afirma Dedmond, «lo que pasa por derribar los muros que los mantienen aislados». 

Al mismo tiempo, según las conclusiones preliminares de la encuesta llevada a cabo por la LNS, salta a la vista que los jóvenes involucrados en el movimiento obrero quieren incluir cláusulas de lucha climática en la negociación sindical. Aunque no ha sido fácil convencer a algunos de los trabajadores más veteranos para que se unan a la lucha contra el cambio climático, los jóvenes perciben con claridad la interdependencia de las crisis a las que se enfrentan.

Según Dedmond, «los trabajadores jóvenes aportan una perspectiva refrescante al señalar que no hay que sacrificar buenos puestos de trabajo en aras de la defensa medioambiental ni viceversa, sino que es posible aunar ambas voluntades». 

Mientras los gobiernos de todo el mundo aprueban partidas de billones de euros para implantar soluciones al cambio climático, la puesta en marcha de proyectos como parques eólicos marinos que potencian la biodiversidad o la instalación masiva de paneles solares en los tejados generará casi diez millones de puestos de trabajo sólo en Estados Unidos a lo largo de la próxima década, según las previsiones del Instituto de Investigación de Economía Política de la Universidad de Massachusetts. En opinión de los expertos, la capacidad de quienes hacen posible la transición energética para ampliar su margen de negociación frente al oportunismo empresarial será un factor decisivo a la hora de determinar si esta reorganización del mundo laboral vendrá acompañada de una mayor justicia social o si, por el contrario, se verá reducida a un mero un intercambio de cromos, de las grandes petroleras por los grandes fabricantes de baterías, las grandes eólicas y las grandes solares. 


Proteger el clima y crear empleo

Aunque todavía están muy por debajo de las tasas de sindicalización de sectores como el carbón, el gas natural o la energía nuclear, los trabajadores de las energías renovables se afilian cada vez más a los sindicatos. Según un informe del departamento de Energía y Empleo de Estados Unidos hecho público en 2021, casi el 10% de los trabajadores de la energía solar están sindicados, más del doble que el año anterior.

Este incremento se debe en parte a cuestiones relacionadas con la seguridad laboral. Al igual que los empleos asociados a la economía y los sistemas energéticos dependientes de los combustibles fósiles, algunos de los nuevos puestos de trabajo que ha traído consigo la transición energética –como la instalación de parques eólicos en alta mar– conllevan determinados riesgos. En Texas, donde la tasa de afiliación sindical —de apenas un 3,8%— es de las más bajas de Estados Unidos, sólo por detrás de Carolina del Sur, Carolina del Norte y Utah, los trabajadores de la construcción rara vez cuentan con un seguro médico u otros beneficios de los que sí disfrutan los trabajadores sindicados en otros lugares, según el grupo Texas Climate Jobs Project. Por tanto, si un operario sufre un accidente en el desempeño de su trabajo, el empresario no está obligado a indemnizarlo. Salvo que se amplíen las prestaciones sociales a las que tienen derecho estos trabajadores, como suele suceder en el marco de una negociación colectiva, es posible que veamos levantar grandes parques eólicos en alta mar a costa de las personas que los construyen. 

El impulso al empoderamiento colectivo de los trabajadores en medio de una transición energética también pasa por salvaguardar e incrementar los derechos ya conquistados. El movimiento obrero está detrás de instituciones que a menudo damos por sentadas, como los días festivos, el sistema de seguridad social o la existencia misma de la clase media. Sin embargo, el reciente desmantelamiento de otros pilares básicos de toda sociedad democrática —el derecho al aborto y la autoridad del gobierno federal para regular las emisiones de gases contaminantes de las centrales eléctricas, por mencionar sólo dos ejemplos— pone de manifiesto que, de la mano de la derecha política, los poderosos intereses empresariales tienen la capacidad de echar por tierra años de conquistas sociales. 


La Juventud trabajadora busca unir los movimientos climáticos con los movimientos sindicalistas.
***

Sharon Griffith es auxiliar administrativa y delegada sindical del Sindicato de Funcionarios Públicos de Estados Unidos (Utility Workers Union of America, UWUA por sus siglas en inglés), con sede en Nueva York, y además forma parte de la Comisión de Iniciativas de Jóvenes Trabajadores de dicho sindicato. En su opinión, los grupos de trabajadores jóvenes están en una posición ideal para revertir décadas de retórica antisindical.

«Podemos ofrecer [a los jóvenes trabajadores] nuestra versión de la historia antes de que la implacable propaganda empresarial [les inculque la idea de que] deberían considerarse afortunados por tener un trabajo», afirmó Griffith en 2015, en un acto de la Convención anual del UWUA. «Es más, podemos transmitirles la noción de que, en realidad, son las empresas, los patrones, los que deberían considerarse afortunados por tenernos a sueldo». 

A juicio de la activista climática Alexandria Fisher, el movimiento obrero ha demostrado ser un marco más eficaz para las intervenciones centradas en el cambio climático que otros entornos más convencionales en los que ha participado, como la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP), que año tras año ha fracasado a la hora de cumplir sus propósitos.

En 2017, Fisher aceptó un puesto en el Ministerio de Energía de la provincia canadiense de Alberta. Allí se afilió al Alberta Union of Provincial Employees —el sindicato del sector público más importante del oeste de Canadá, que congrega a cerca de cien mil funcionarios— y fue elegida para presidir su comisión medioambiental. En colaboración con un grupo de mujeres que, como ella, rondaban la treintena, ayudó a aprobar una resolución por la que el sindicato se comprometía a descarbonizar los planes de pensiones de sus afiliados. En última instancia, lograron «convencer a los habitantes de una región que vive del petróleo a luchar contra el cambio climático». Fisher no dudó en elogiar a los veteranos del sindicato por su apoyo y la voluntad de ceder el testigo, lo que ha permitido crear un espacio de liderazgo para las nuevas generaciones y sus distintos puntos de vista. 


Nombran a Liz Shuler, la primera Mujer líder la la AFOL-CIO la Central Sindical más grande e histórica de Estados Unidos.
***

En junio, la AFL-CIO, la mayor confederación sindical de Estados Unidos, anunció el lanzamiento de una iniciativa dirigida a los jóvenes trabajadores, concebida como un programa de empoderamiento que le garantizaba el acceso a la infraestructura sindical existente a través de las federaciones estatales y la red de centrales sindicales.

«Los trabajadores jóvenes se están organizando desde la base, liderando campañas con mucha visibilidad a lo largo y ancho del país y logrando sus objetivos», aseguró a Truthout Liz Shuler, presidenta de AFL-CIO, a propósito de la decisión de la federación de relanzar un proyecto que data de 2009. «Los trabajadores jóvenes se dan cuenta de que el statu quo económico va en contra de sus intereses y, cuando miran alrededor en busca de respuestas, ven en la lucha colectiva, canalizada a través de las organizaciones sindicales, la solución a sus problemas», afirmó Shuler.

Además de formar y movilizar a nuevos líderes sindicales, la iniciativa secundará los esfuerzos legislativos por aligerar la deuda de los estudiantes, defender el derecho de los deportistas universitarios a afiliarse y promover la educación en materia de negociación colectiva en la enseñanza secundaria. 

Esta inyección de recursos podría fortalecer en gran medida los proyectos actualmente en curso, al tiempo que contribuiría a la salvación del propio movimiento obrero, según expuso en The Prospect John Hiatt, antiguo jefe de gabinete del presidente de la AFL-CIO. Desde luego, son muchas las campañas sindicales lideradas por jóvenes y las comisiones de jóvenes trabajadores que se beneficiarían de ese apoyo. La Red Laboral para la Sostenibilidad planea una Convergencia Climática de Jóvenes Trabajadores en Los Ángeles, en colaboración con la Hermandad Internacional de Trabajadores de la Electricidad. Allí, en septiembre, congregarán a profesionales de todos los ámbitos unidos por la ambición de que el sindicalismo lidere la lucha contra el cambio climático. El Sindicato de Trabajadores del Transporte (TWU por sus siglas en inglés) ha creado en su división aérea un programa de jóvenes trabajadores bautizado como Comité Organizador de Futuros Líderes (FLOC por sus siglas en inglés) cuyos integrantes se han duplicado desde que se fundó en 2019, según Heather Laverty, de la TWU. En septiembre, el grupo planea ampliar el programa a las otras dos divisiones de TWU: transporte por carretera y ferrocarril. 

«Los sindicatos son un gran nivelador social», declaró a Truthout Anthony Hernández, trabajador de una compañía aérea y líder de FLOC cuando se le preguntó por la importancia de que los trabajadores jóvenes se afilien a los sindicatos en medio de las actuales crisis económica, climática, de justicia racial y sanidad pública. «Estar afiliado a un sindicato me hizo comprender que […] no somos piezas de maquinaria prescindibles».

La historia demuestra que el impulso desde dentro —y en los márgenes— del movimiento obrero tradicional posee un enorme potencial para transformar el paisaje social, según Timothy Minchin, catedrático de Historia norteamericana en la Universidad La Trobe (Victoria, Australia) y autor de Labor Under Fire. Entre 1933 y 1945, la tasa de afiliación sindical en Estados Unidos pasó del 9,5% al 33,4%, lo que permitió mantener a raya los ingresos del 10% más rico de la población durante esos años. 


La Central Sindical norteamericana.

***

Minchin afirma que los trabajadores jóvenes son especialmente susceptibles al ejemplo de otros, y así lo demuestran las recientes campañas sindicales de empresas como Amazon, Starbucks o Trader Joe’s.

«Cuando la gente se da cuenta de que otros han logrado organizarse, se siente con fuerzas para hacer lo mismo», afirmó Minchin. «De hecho, las cosas pueden cambiar bastante deprisa, lo que resulta alentador». 

En vista del estancamiento de las políticas climáticas a nivel gubernamental, la actual expansión del movimiento obrero podría tener una enorme influencia a la hora de atajar la crisis climática y mejorar la calidad de vida de quienes ya la están sufriendo de lleno.

*****