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“Con mi manía de editor, recurrí al diccionario de la
Real Academia, y encontré que miserabilidad tenía carné de
identidad en español, con el mismo significado que en inglés: convertir algo o
a alguien en miserable. De paso, encontré también que, en inglés, immiseration
se asocia a la conocida tesis de Marx sobre la depauperación de los
trabajadores, como base de la riqueza de la clase alta. Comoquiera que sea,
miserabilizar recoge mejor que depauperar la lógica que
anima la política de EE. UU. actualmente en curso contra Cuba y los
cubanos. con nosotros. Aunque hacía apenas quince meses, el NPSM-5
(junio, 2025) declaraba “apoyar el acceso a Internet, la prensa libre, la libre
empresa y los viajes lícitos”, hoy resulta obvio que el verdadero objetivo es
castigar, reduciendo a la miseria, a todos aquellos que acepten convivir y
mantenerse dentro de un orden como el que existe aquí; aun a quienes quieren
transformarlo, democratizarlo, reformar su economía y su sistema político,
extender sus libertades y derechos; a maestros, estudiantes, académicos, emprendedores,
agricultores, artistas, intelectuales, trabajadores. Y de paso, reprimir a
todos aquellos que en EE. UU. o en otros países quieran relacionarse con
nosotros.
“Miserabilidad para
aislar y someter. A fin de cuentas, quintaesencia de una política concebida
hace 60 años, que ahora se aplica sin afeites ni peluquerías, en el estilo de
este Gobierno. ¿Cambiará en algo cuando, dentro de un mes, los que votaron
por ellos puedan elegir a un Congreso que les imponga algunas riendas?
¿Servirán esas riendas para que desistan de miserabilidad a Cuba? La verdad es que no lo sé. Aunque lo dudo.
/////
Fuentes: Resumen latinoamericano.
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MISERABILIZAR PARA SOMETER: EL RECURSO DEL MÉTODO DE
EE. UU. HACIA CUBA.
*****
Por
Rafael
Hernández | 16/10/2026 | Cuba.
Fuente. Revista Rebelión viernes 15 de octubre del 2026.
La
política estadounidense de cambio del régimen cubano mediante boicot
energético, amenaza de uso de la fuerza, castigos a corporaciones del sector
militar, campañas de desprestigio internacional, intimidación a terceros,
desinformación acerca del curso de las relaciones diplomáticas y otras acciones
de desestabilización, ha sido un fracaso incesante a lo largo de los últimos
ocho meses.
Digo
que ha fracasado porque, a pesar del estrago humano y el
desgaste político interno alcanzados, del minado a las relaciones exteriores de
Cuba y la desfiguración completa de la imagen país vigente apenas en 2019,
el resultado al que se aspiraba no se ha conseguido.
Más
que defenestrar al Gobierno cubano, se intentaba imponerle
un cambio a la venezolana; o sea, dejarle las manos puestas en las
palancas de mando, pero al precio de negociar la entrega del control real al
ocupante estadounidense, otorgándole a este facultades sobre política
interna y un sistema político refundado en sus propios términos: derecho de
pernada en el acceso a los bienes naturales y a los construidos en las “décadas
oscuras del castrismo”; sujeción de sus relaciones exteriores a su
tutelaje; privilegios a los intereses del exilio cubano en toda esa transición
y reordenando constitucionalmente el sistema, según un modelo capitalista
acoplado a la lógica de su esfera de influencia incontestable.
Esta
meta, en un plan de muy corto plazo, debía abrir la puerta a una nueva era,
donde reinara la prosperidad, la democracia, los derechos humanos y otros
bienes propios de un país libre, “donde iba a fluir la leche y la miel”,
como dice la Biblia.
A
pesar de lo que opinan algunos amigos míos, en la lógica de ese país imaginado,
no tendría sentido la anexión, ni el regime change, o la vuelta a 1958. Porque,
me pregunto yo, ¿para qué?
Porque
ese proyecto implicaba una revolución a la inversa, que cambiara radicalmente
el sistema mismo (no solo “el régimen político”) y restaurara el orden de ellos
en las relaciones con Cuba. De manera que, si consiguieran todo lo anterior,
tampoco tendría sentido restablecer, digamos, la Enmienda Platt. Porque, me
pregunto otra vez, ¿para qué?
La política hacia Cuba según el GPS del
acoso: rumbos en 2025-26.
De mi
época de estudiante, recuerdo varias teorías sobre política
exterior norteamericana, coincidentes en que, mientras más jerarquía tenía un
problema, más racionales eran las decisiones del aparato político. No solo
porque los actores eran menos y con más rango, sino porque la necesidad de
resolverlo era más alta, y por lo mismo, la pugna de intereses Inter
burocráticos tendía a disminuir. Típicamente, las crisis de seguridad
nacional demandaban ese tratamiento jerarquizado y urgente, especialmente
cuando había poco tiempo para decidir.
En
cambio, los problemas que no entrañaban una amenaza para la seguridad nacional,
ni eran imprevisibles ni perentorios, podían estar expuestos a grupos de
interés especial y a sus conflictos típicos, como los muy frecuentes en ese
campo de batalla, pactos y maniobras ocultas que es el Congreso de los EE.
UU. Naturalmente, cuando las políticas dependen de esa tupida madeja, las
políticas podían resultar mucho más incoherentes, circunstanciales y
zigzagueantes.
Si
con los lentes de aquellas teorías examináramos las políticas de EE. UU.
hacia Cuba a lo largo de 2025-2026, encontraríamos algunos puntos
clave para entenderla y caracterizarla, en vez de opiniones sobre su deber ser.
A partir de ese ejercicio empírico es que se podría intentar eso que las
ciencias sociales toman como piedra de toque: estimar pronósticos objetivos,
digamos, probables.
Al revisar el trazo de la política de EE. UU. a lo largo de los 20 meses de Trump 2.0, veríamos más claramente sus focos, ciclos y lapsos significativos.
Esta
línea de tiempo empieza con el gesto irrisorio de Biden,
una semana antes de dejar la Casa Blanca, al sacar a Cuba de la State
Sponsors of Terrorism (SSOT, Estados que Auspician el Terrorismo); decisión
revertida instantáneamente por Trump aun antes de que se cumpliera
legalmente —de manera que Cuba jamás llegó a salir de la lista negra.
Durante
los cinco meses siguientes, la medida más registrable fue prohibir las visas a
funcionarios cubanos y extranjeros involucrados en programas de cooperación,
especialmente las misiones médicas internacionales.
No es
hasta el National Security Presidential Memorandum/NSPM-5
(Memorandum Presidencial de Seguridad Nacional, 30 de junio, 2025), un
apretón que restringe transacciones financieras directas e indirectas con
entidades vinculadas a las fuerzas armadas (GAESA) y el MININT, y
refuerza la prohibición del turismo estadounidense, que la política anticubana
vuelve a sacar la cabeza. Apenas dos semanas después, se amplía la lista de
alojamientos prohibidos, así como de visas, castigando a funcionarios de
terceros países e instituciones regionales de salud involucrados con las
misiones médica.
El NPSM-5 declaraba “restringir prácticas económicas que
beneficiaran al régimen cubano o a sus agencias militares, de inteligencia o
seguridad, hacer cumplir la prohibición legal del turismo a Cuba y apoyar el
acceso a internet, la prensa libre, la libre empresa y los viajes lícitos”.
Una
mirada ponderada sobre este primer año muestra que la hostilidad hacia Cuba
se mantuvo, pero las medidas podrían describirse como más de lo mismo: EE.
UU. sigue tarjeteando la cooperación médica y el turismo, dos fuentes
principales de ingreso para Cuba, y aplicándoles nuevas vueltas de
tuerca.
Las
pausas que ocurren en esa escalada podrían interpretarse como de wait and see;
o como si no se hubieran adoptado de manera resuelta a largo plazo; o como si
otros temas prioritarios hubieran requerido mayor atención.
Pensando
en operaciones más importantes que Cuba, se me
ocurren varios frentes: contra la inmigración; intermediar en el conflicto Rusia-Ucrania;
en la campaña de aniquilación israelí contra Gaza; alzar los aranceles
contra China y sus propios aliados europeos, Canadá, México y otros
latinoamericanos; la nueva prioridad geopolítica en el océano Ártico; el
despliegue aeronaval en el Caribe y la amenaza contra Venezuela.
Explicar
la política que se hace hacia Cuba en Trump 2.0, y en concreto de las acciones
y las pausas en 2025, en las personalidades “obsesionadas con Cuba” dentro de
la Administración resultaría inconsistente, tomando en cuenta el contraste con
2026.
Como
se sabe, la plana mayor del trumpismo, los puestos clave en los órganos de
seguridad nacional, que intervienen típicamente en las alzas y bajas de la
política hacia Cuba, han permanecido prácticamente en las mismas manos en estos
20 meses.
El arrecia
miento de esa política desde inicios de 2026, más que por
personalidades, parece explicable por el metabolismo de la geopolítica, por
encima de todo.
El
detonante de ese cambio metabólico esta vez no fue una guerra en Centroamérica,
un conflicto en el suroeste de África, un alzamiento de infiltrados en
las lomas del Escambray, un estado de inestabilidad interno que
preconizara una guerra civil, una supuesta base de submarinos rusos o una
estación china de espionaje electrónico. Sino la operación
político-militar contra Venezuela, su efecto en el aparato de seguridad
nacional y su proyección incluso más allá del hemisferio.
Este acontecimiento, cuyas consecuencias no podían aparecer en ninguna bola de cristal estratégica de 2025, subió el perfil del recurso al intervencionismo por encima de lo preconizado en la Estrategia de Seguridad Nacional.
No
hay que olvidar la repercusión que tuvo en su momento Playa Girón en la
presencia de EE. UU. en el sureste de Asia, contribuyendo a
ponerlo en la vía rápida de la invasión a Vietnam. Pensando en términos
de big picture, la operación contra Venezuela el 3 de enero de 2026 fue
esa splendid little intervention (Teddy Roosevelt dixit) que
elevó la probabilidad de otras, animadas por la misma geoestrategia petrolera,
o sea, Irán.
No es
ningún misterio que la victoria a bajo costo de la operación en Caracas había
significado también una enorme ganancia política para EE. UU., dentro y fuera.
Al tiempo que había dañado a viejos enemigos suyos, como por ejemplo Cuba,
privándola inesperadamente del crudo venezolano.
He analizado en otra parte las
implicaciones geopolíticas del golpe de Caracas para las relaciones EE.
UU.-Cuba. Me limito a agregar aquí que, aunque el secuestro del presidente Maduro
había conllevado un daño colateral a la economía ya maltrecha de la isla, su
impacto político para esas relaciones fue muchísimo más grave.
Aquel
éxito evocaba otros eventos y pautas de la Guerra Fría, especialmente la
penetración de fuerzas armadas, gobiernos y organizaciones políticas de
izquierda en diversos países. En relación con Cuba, la fórmula de
encontrar “un disidente” (un traidor) en las filas Castro comunistas
había sido muy popular en la CIA y el NSC de JFK (1961-63) y LBJ
(1963-68). Uno capaz de asesinar a Fidel y dar un golpe palaciego;
tomar las riendas de la Revolución, y regresarla al buen camino.
Tan
obsesiva había sido esa idea, que el asesor de Seguridad Nacional de JFK, George
Bundy, le llegó a escribir un memo al presidente (lo leí, incrédulo, en un
archivo de papeles desclasificados en la Biblioteca JFK), donde le
decía: “We need to find any dissident in the Castro government —even
Fidel himself”.
Una mirada retrospectiva sobre el guion de la política de EE. UU. hacia Cuba en 2026 puede servir para contrastar algunas de estas hipótesis.
Parafraseando
a Wayne Smith, se diría que Venezuela surtió sobre la
Administración Trump el mismo efecto que la luna llena sobre los hombres
lobo.
De
ahí que decretaran una súbita emergencia nacional relacionada con Cuba,
que justificara una declaración de cerco energético total a la isla (Orden
Ejecutiva 14380, 29/01/2026), apoyada en su recurso predilecto, la imposición
de aranceles a productos procedentes de países que le vendieran o suministraran
petróleo a la isla, directa o indirectamente.
Aunque
la Corte Suprema, pocos días después, falló contra el uso por
el ejecutivo de la International Emergency Economic Powers Act (IEEPA),
invocada por Trump para castigar o amenazar a cualquier país con medidas
económicas por su cuenta, la “emergencia nacional” y el boicot
energético a Cuba se mantuvieron como si fuera harina de otro costal.
La escalada de esta guerra económica 2.0 aplicaba
paralelamente un recurso novedoso: afirmar que se estaba negociando con
“figuras clave” dentro del régimen cubano, e incluso al punto de estar
alcanzando un acuerdo, en los términos de EE. UU.
Esta prestidigitación diplomática tuvo el efecto de
alarmar a muchos, particularmente en la selva oscura de las redes, pero también
en medios intelectuales e incluso entre analistas, convencidos de que un
coronel del MININT, nieto de Raúl Castro, estaba negociando con Washington el
destino de nuestras relaciones, “a nombre de la Revolución”.
Este
juego de manos no logró, sin embargo, que el Gobierno cubano hiciera
concesiones a priori, ni accediera a aceptar precondiciones, antes de sentarse
a negociar de verdad.
Dado
que esa pseudodiplomacia no tuvo frutos, salvo en contribuir a la confusión ya
existente y espantar a terceros en sus relaciones económicas con la isla, tres
meses después de declarado el boicot, este siguió atormentando la existencia de
los cubanos en la isla y diversificándose.
Así
que, a partir de mayo, se iniciaría una escalada distinta y diferente, no solo
en concentración de sanciones, sino en su alcance, más allá de “los
represores” (MINFAR, MININT) y sus “colaboradores”; de los “intereses
oficiales”; de la “base de apoyo del régimen” que supuestamente era
su blanco.
Establecida
al margen de las Cuban Assets Control Regulations
(CACR, Regulaciones para Controlar Activos Cubanos), la Executive Order 14404
(EO, Orden Ejecutiva 14404, 1/5/2026) imponía sanciones a personas y
entidades extranjeras vinculadas no solo a energía, sino a defensa,
minería/metales, servicios financieros y seguridad, así como a aquellas
instituciones financieras que realizaran transacciones con “personas
bloqueadas”.
Unos
días después, el castigo al Grupo de Administración Empresarial S.A. (GAESA) se
extendió a personas y entidades que fueran sus socios comerciales o financieros
en cualquier lugar del mundo. Bajo esta telaraña de antiguas regulaciones y
sucesivos decretos presidenciales, instituciones como el ICAP, los CDR y
el propio presidente de la República, fueron incorporados a la lista negra de
condenados.
La
extensión de las “sanciones” a la empresa estatal CUPET (11 de junio, 2026),
sin ninguna relación con las FAR o el MININT, ya que sirve combustible
mayoritariamente a ciudadanos, taxistas y transportistas privados, solo puede
responder al propósito de negárselo a todos en la isla. Un mes después (23 de
julio, 2026), otra vuelta de tuerca abarcaría a empresas dedicadas a finanzas y
servicios médicos.
Ese requinto en dirección del bloqueo generalizado confirmó su razón de ser, con el apretón más reciente contra el Banco Exterior de Cuba y otras empresas petroleras y mineras (3 de septiembre). Y se coronó al fin de este mes, cuando las “regulaciones sobre control de activos” (CACR) se cerraron sobre los intercambios educativos y culturales, las transacciones bancarias indirectas, y el acceso que supuestamente tenían las empresas privadas cubanas (MiPymes) a los bancos de EE. UU.
La quintaesencia de una política concebida
hace 60 años.
¿Por
qué ese repunte de medidas en junio, julio y sobre todo septiembre?
¿Será
pura coincidencia las 176 medidas aprobadas en junio de 2026, el mayor paquete
de reformas económicas, organizadas en 23 ejes que incluyen banca privada,
apertura al capital extranjero, reforma salarial, descentralización y cambios
en subsidios y planificación?
Si el
enemigo principal son los oficiales de las FAR o el MININT, la
dirigencia o la burocracia del Gobierno y el PCC, ¿cómo es que todas esas
nuevas executive orders (EO) y extensiones de las assets control regulations
(CACR) afectan a servicios médicos, empresas no pertenecientes al sector
militar, universitarios y artistas, y significativamente, empresas privadas?
Hace
un par de semanas, un viejo amigo me envió el borrador de una ponencia, que iba
a presentar en un evento organizado anualmente por cierta asociación en Miami,
donde se suele formular y debatir el futuro de Cuba. La encontré muy
interesante y provocadora, y como he tenido la oportunidad de discutir sobre
ese futuro con diversos auditorios, imaginé el debate que iba a propiciar. Se
lo comenté, y él, con su habitual bonhomía, se sonrió y me contestó que había
encontrado una palabra en inglés que definía la esencia de la política de EE.
UU. hacia Cuba: immiserate. Y me propuso que lo aceptáramos como
neologismo.
Con
mi manía de editor, recurrí al diccionario de la Real Academia, y
encontré que miserabilidad tenía carné de identidad en español,
con el mismo significado que en inglés: convertir algo o a alguien en
miserable. De paso, encontré también que, en inglés, immiseration se
asocia a la conocida tesis de Marx sobre la depauperación de los
trabajadores, como base de la riqueza de la clase alta.
Comoquiera
que sea, miserabilizar recoge mejor que depauperar la
lógica que anima la política de EE. UU. actualmente en curso contra Cuba
y los cubanos. con nosotros.
Aunque hacía apenas quince meses, el NPSM-5 (junio, 2025)
declaraba “apoyar el acceso a Internet, la prensa libre, la libre empresa y los
viajes lícitos”, hoy resulta obvio que el verdadero objetivo es castigar,
reduciendo a la miseria, a todos aquellos que acepten convivir y mantenerse
dentro de un orden como el que existe aquí; aun a quienes quieren
transformarlo, democratizarlo, reformar su economía y su sistema político,
extender sus libertades y derechos; a maestros, estudiantes, académicos, emprendedores,
agricultores, artistas, intelectuales, trabajadores. Y de paso, reprimir a
todos aquellos que en EE. UU. o en otros países quieran relacionarse con
nosotros.
Miserabilidad para
aislar y someter. A fin de cuentas, quintaesencia de una política concebida
hace 60 años, que ahora se aplica sin afeites ni peluquerías, en el estilo de
este Gobierno.
¿Cambiará
en algo cuando, dentro de un mes, los que votaron por ellos puedan elegir a un
Congreso que les imponga algunas riendas? ¿Servirán esas riendas para que
desistan de miserabilidad a Cuba?
La verdad es que no lo sé. Aunque lo
dudo.
Rafael Hernández. Politólogo,
investigador, profesor, escritor cubano. Graduado de Literatura francesa e
Historia de la Filosofía en la Universidad de La Habana (1973), Maestro en
Ciencia política en El Colegio de México (1977) y estudios de doctorado sobre
América Latina en la UNAM. Ha publicado numerosos libros y ensayos
sobre política, historia, cultura y sociedad civil cubanas, política
norteamericana, relaciones interamericanas, seguridad internacional y
migración. Fundó las revistas de ciencias sociales y estudios culturales Cuadernos
de Nuestra América y Temas, la cual dirige desde su creación en 1995.
Tomado de Blog América / El Art fue publicado
inicialmente en On Cuba.
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