viernes, 2 de agosto de 2019

¿2021 SERÁ EL AÑO INTERNACIONAL PARA LA ERRADICACIÓN DEL TRABAJO INFANTIL?

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El sector agrícola concentra, y de lejos, la mayor proporción de trabajo infantil. La agricultura absorbe el 71 por ciento del total de niños en situación de trabajo infantil, es decir, más de 108 millones de niños en términos absolutos. El trabajo infantil se concentra principalmente en el cuidado de ganado y la agricultura comercial y de subsistencia, y suele ser peligroso por su propia naturaleza y por las circunstancias en las que se realiza. El número de niños en situación de trabajo infantil en los sectores de servicios e industria es de 26 y 18 millones, respectivamente, pero es probable que estos sectores adquieran mayor importancia en algunas regiones, en razón de fuerzas tales como el cambio climático, que obliga a las familias a dejar las fincas y trasladarse a las ciudades. Según las estimaciones mundiales de 2016 sobre la esclavitud moderna, alrededor de 4,3 millones de niños menores de 18 años son víctimas del trabajo forzoso, lo que equivale a un 18 por ciento del total de 24,8 millones de víctimas del trabajo forzoso en todo el mundo.

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¿2021 SERÁ EL AÑO INTERNACIONAL PARA LA ERRADICACIÓN DEL TRABAJO INFANTIL?
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Eduardo Camín.

CLAE

Jueves 1 de agosto del 2019.


La Asamblea General de las Naciones Unidas ha instado a la comunidad internacional a emprender actividades para erradicar el trabajo forzoso e infantil, y declaró 2021 como el año para la Eliminación del Trabajo Infantil: el desafío previsto para 2025 se adelantó en cuatro años y se la ha pedido a la Organización Internacional del Trabajo que asuma el liderazgo de la implementación. 
Recordaremos que esta resolución subrayaba el compromiso de los estados miembros de
“Adoptar medidas inmediatas y eficaces para erradicar el trabajo forzoso, poner fin a las formas contemporáneas de esclavitud y la trata de personas y asegurar la prohibición y eliminación de las peores formas de trabajo infantil, incluidos el reclutamiento y la utilización de niños soldados, y, de aquí a 2025, poner fin al trabajo infantil en todas sus formas.” 
La Asamblea General reconoció la importancia del convenio sobre la Edad mínima (1999, número 138) y sobre las peores formas de trabajo infantil (1999, número 182) –cuya ratificación por los 187 estados miembros de la OIT es ya casi universal– así como la de la Convención sobre los Derechos del Niño. 

Reconoció también la importancia de
“revitalizar las alianzas mundiales para asegurar la aplicación de la Agenda 2o030 para el Desarrollo Sostenible, incluida la consecución de los objetivos y las metas relativas a la erradicación del trabajo infantil”. 
Es cierto que en los últimos años se ha logrado una evolución sustancial, en buena medida debido a la intensidad de las campañas de promoción y a la movilización nacional respaldada por medidas legislativas y prácticas. Solo entre 2000 y 2016, la reducción mundial del trabajo infantil en el mundo fue del 38 por ciento. 

“En los dos últimos decenios, la lucha contra el trabajo infantil ha cobrado un impulso extraordinario”, dijo Beate Andrees, Jefa del Servicio de Principios y Derechos Fundamentales en el Trabajo. 

“Sin embargo, a nivel mundial sigue habiendo 152 millones de niños inmersos en el trabajo infantil. Es evidente que tenemos que intensificar más las actuaciones, y la decisión de la Asamblea General de declarar 2021 el Año Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil será de gran utilidad para centrar la atención en los millones de niñas y varones que aún trabajan en el campo, las minas y las fábricas”, añadió.

Mientras tanto Argentina asumió el liderazgo de la promoción de este compromiso internacional, como seguimiento de la IV Conferencia Mundial sobre la Erradicación Sostenida del Trabajo Infantil, celebrada en Buenos Aires en noviembre de 2017. 

La resolución recibió el apoyo de 78 países.
“Esperamos que este sea un paso más en la intensificación de los esfuerzos y el avance, día a día, hacia un mundo en el que ningún niño sea sometido al trabajo infantil o a la explotación y un mundo en el que el trabajo decente para todos sea una realidad”, dijo Martín García Moritán, delegado de Argentina ante las Naciones Unidas. 

La agenda, un capricho de corte maquiavelista. 

Las sanas prescripciones de la moralidad por los cálculos del interés y la descarada persecución del triunfo constituyen lo que se acostumbra a llamar maquiavelismo. Es tristemente indiscutible que el maquiavelismo no tiene fecha, no pertenece a ningún país porque este es tan antiguo como extenso tan universal como lo es la propia perversidad humana. 

Pero, por triste ironía del destino, fue la Argentina de Mauricio Macri con sus actuales políticas económicas fondomonetaristas, que generan más precariedad, más pobreza, más injusticas asuma el liderazgo de la promoción de este compromiso internacional. Pero más allá de las agendas no deberíamos olvidar que los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) incluyen un compromiso mundial de poner fin al trabajo infantil. 

En concreto, la Meta 8.7 de los ODS exhorta a la comunidad mundial, entre otras cosas, a adoptar medidas inmediatas y eficaces para erradicar el trabajo forzoso, poner fin a las formas contemporáneas de esclavitud y la trata de personas y asegurar la prohibición y eliminación de las peores formas de trabajo infantil, incluidos el reclutamiento y la utilización de niños soldados, y, de aquí a 2025, (ahora 2021) poner fin al trabajo infantil en todas sus formas. 

Las estimaciones de 2016 cuentan una historia con relatos disimiles sobre los avances reales y el trabajo por concluir. Por un lado, dan cuenta de la notable reducción del trabajo infantil durante el período de 16 años que se inició cuando la OIT comenzó a supervisarlo en 2000. 

Por el otro, las estimaciones señalan también la retracción considerable del ritmo de esta reducción en los últimos cuatro años, precisamente en un momento en que se necesita un ímpetu vertiginoso para cumplir la ambiciosa meta de haber erradicado el trabajo infantil en 2025 (ahora 2021).

En el período 2012-2016, el número de niños en situación de trabajo infantil se redujo en 16 millones, apenas un tercio de la reducción en 47 millones alcanzada en el período anterior (2008-2012). En términos relativos, la proporción de niños en situación de trabajo infantil se redujo solo un punto porcentual entre 2012 y 2016, mientras que en el cuatrienio anterior disminuyó tres. La disminución del trabajo peligroso mostró un resultado similar. 

Una simple proyección de avances futuros basada en el desempeño de 2012 a 2016 —si todo siguiera igual— indica que, en 2025, 121 millones de niños estarían aún atrapados en una situación de trabajo infantil, y 52 millones de ellos, en trabajos peligrosos. Un cálculo similar indica que, aunque hubiésemos mantenido el ritmo del período 2008-2012, que fue el más ágil registrado hasta la fecha, tampoco hubiese sido suficiente. 


Cifras mundiales.

-152 millones de niños de entre 5 y 17 años de edad se encuentran en situación de trabajo infantil; casi la mitad de ellos, esto es, 73 millones, realizan trabajos peligrosos.

-El trabajo infantil peligroso es más prevalente entre los niños de entre 15 y 17 años. Sin embargo, la cuarta parte de todos los niños que realizan un trabajo peligroso (19 millones) son menores de 12 años.

-Casi la mitad (el 48 por ciento) de las víctimas de trabajo infantil tienen entre 5 y 11 años; el 28 por ciento, entre 12 y 14 años; y el 24 por ciento, entre 15 y 17 años de edad.

-El trabajo infantil se concentra sobre todo en la agricultura (el 71 por ciento), que abarca la pesca, la silvicultura, la cría de ganado y la acuicultura –el 17 por ciento, en los servicios; y el 12 por ciento en el sector industrial, incluida la minería.

Características del trabajo infantil: la historia de dos relatos

El sector agrícola concentra, y de lejos, la mayor proporción de trabajo infantil. La agricultura absorbe el 71 por ciento del total de niños en situación de trabajo infantil, es decir, más de 108 millones de niños en términos absolutos. El trabajo infantil se concentra principalmente en el cuidado de ganado y la agricultura comercial y de subsistencia, y suele ser peligroso por su propia naturaleza y por las circunstancias en las que se realiza.

El número de niños en situación de trabajo infantil en los sectores de servicios e industria es de 26 y 18 millones, respectivamente, pero es probable que estos sectores adquieran mayor importancia en algunas regiones, en razón de fuerzas tales como el cambio climático, que obliga a las familias a dejar las fincas y trasladarse a las ciudades.

Según las estimaciones mundiales de 2016 sobre la esclavitud moderna, alrededor de 4,3 millones de niños menores de 18 años son víctimas del trabajo forzoso, lo que equivale a un 18 por ciento del total de 24,8 millones de víctimas del trabajo forzoso en todo el mundo.
 



Esta estimación incluye a un millón de niños en situación de trabajo forzoso víctimas de explotación sexual forzosa, tres millones en situación de trabajo forzoso para otras formas de explotación laboral, y 300.000 niños en trabajo forzoso impuesto por las autoridades del Estado. 

Muchas veces al definir el trabajo infantil se muestra una posición ambigua y contradictoria. Por más que las razones para combatir el trabajo infantil sea una obviedad, esta vara varía según sean los intereses. Aquí se admite la gravedad del problema, pero establece cuasi subrepticiamente que exigir la desaparición del “trabajo infantil” es inconveniente para las familias que sobreviven de los ingresos que obtienen de él.

De esta forma se afirma ambiguamente que el trabajo no es perjudicial para el niño y que, al contrario, estimula su independencia, confianza en sí mismo y lo dota de habilidades que le serán útiles en trabajos futuros. Los niños se sienten, así, satisfechos de sentirse útiles y de contribuir con el gasto familiar, dejando de ser una carga económica. 

Pero las actuales formas extremas de trabajo infantil, en la que los niños sufren tanto el efecto de las condiciones del trabajo peligroso como el trauma de la coacción, la amenaza de una pena y la falta de libertad, requiere la adopción de medidas urgentes por parte de los gobiernos y la comunidad internacional. 

El Estado y la sociedad deberían entonces alentar la protección de estos niños y el mejoramiento de sus condiciones de trabajo. El resultado es que estamos todavía muy lejos de alcanzar el mundo que deseamos: 152 millones de niños aún son víctimas del trabajo infantil, y casi la mitad de ellos, se encuentran en sus peores formas de explotación. Visto lo visto ¿sera 2021 una expectativa real? 
  
EDUARDO CAMIN, Analista uruguayo acreditado en la ONU-Ginebram asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la).

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jueves, 1 de agosto de 2019

CRECE EL HAMBRE EN EL MUNDO.(MILLONES DE NIÑOS ABANDONADOS POR LOS ESTADOS) GOLPEA FUERTE A LA AGRICULTURA FAMILIAR. (MIENTRAS LA RIQUEZA MUNDIAL SE MULTIPLICA Y SE CONCENTRA EN 8 BILLONARIOS).

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SOCIOLOGÍA DEL HAMBRE. CRECE EL HAMBRE EN EL MUNDO. MILLONES DE NIÑOS ABANDONADOS POR EL ESTADO. Mientras la riqueza mundial se multiplica y concentra en 8 Billonarios, y 5 de ellos tienen más dinero que el 50% de la población mundial: 3,500 millones de pobres del mundo. El capitalismo salvaje golpea fuerte a millones de Niños. Hambre y Miseria de los Pequeños Agricultores (Agricultura familiar) y las Comunidades Rurales. (Distantes o alejadas de los Centros Periféricos y la Ciudad-Global). África el continente más pobre y más hambre y América Latina el más Desigual, Inseguro y violento del mundo. Por tercer año consecutivo diversas agencias de NACIONES UNIDAS han documentado niveles crecientes de hambre severa en el mundo, que afecta a 820 millones de personas. Más de 2.000 millones sufren inseguridad alimentaria “moderada o severa”. Durante el mismo periodo, el mundo viene experimentando lo que Reuters ha denominado una “sobreabundancia global de cereales”, con productos agrícolas excedentarios amontonados fuera de los silos de grano y pudriéndose por falta de compradores. Está visto que el aumento de las cosechas de grano no reduce el hambre global.

PESE A ELLO, NO PASA NI UN DÍA sin que algún dirigente académico, industrial o político se una al coro MALTHUSIANO para advertir de la inminencia de fenómenos de escasez de alimentos causados por el crecimiento de la población y la limitación de los recursos naturales. Por ejemplo, Richard Linton, decano de la Facultad de Agricultura y Ciencias de la Vida de la Universidad del Estado de Carolina del Norte, ha hecho sonar la alarma con palabras que nos son familiares: “Tenemos que hallar la manera de alimentar al mundo, doblando la oferta de alimentos”, ha declarado. “Y todos sabemos qué pasará si no producimos alimentos suficientes: será la guerra, la competición.”

“¿CÓMO ALIMENTAREMOS AL MUNDO?”, exclama el predicador. “Aumentar nuestra abundancia”, responde el coro. Hay tanta equivocación en esta respuesta. E incluso en la pregunta, que es profundamente arrogante. ¿Cómo alimentaremos –nosotros– al mundo? Sabemos a qué nos referimos con esta pregunta: a los países ricos, con semillas de alto rendimiento y una agricultura a escala industrial. EE UU piensa que está alimentando al mundo actualmente. Pero no es cierto.

MÁS DEL 70% DE LOS ALIMENTOS CONSUMIDOS en los países en desarrollo, donde el hambre es endémica, se cultivan en esos mismos países, en su mayor parte por pequeños agricultores. Estos agricultores son los principales proveedores de alimentos. Y utilizan tan solo el 30 % de los recursos agrícolas para ello (lo que implica que la agricultura industrial utiliza el 70 % de los recursos para alimentar al 30 % de la población). Ahí fuera no hay ningún mundo que espera de brazos cruzados que lo alimenten. La mayoría de las personas que pasan hambre son pequeños agricultores o gente que vive en comunidades rurales. No esperan a que les repartan alimentos; intentan activamente –y a menudo de forma desesperada– alimentar a sus familias y sus comunidades.

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CRECE EL HAMBRE EN EL MUNDO.
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(Millones de Niños(as) abandonados por los Estados. Golpea fuerte a la Agricultura Familiar. Mientras que la Riqueza Mundial se multiplica y concentra en 8 Billonarios).
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Timothy A. Wise.
Viento Sur.
Miércoles 31 de julio del 2019.

Por tercer año consecutivo diversas agencias de Naciones Unidas han documentado niveles crecientes de hambre severa en el mundo, que afecta a 820 millones de personas. Más de 2.000 millones sufren inseguridad alimentaria “moderada o severa”. Durante el mismo periodo, el mundo viene experimentando lo que Reuters ha denominado una “sobreabundancia global de cereales”, con productos agrícolas excedentarios amontonados fuera de los silos de grano y pudriéndose por falta de compradores. Está visto que el aumento de las cosechas de grano no reduce el hambre global.

Pese a ello, no pasa ni un día sin que algún dirigente académico, industrial o político se una al coro malthusiano para advertir de la inminencia de fenómenos de escasez de alimentos causados por el crecimiento de la población y la limitación de los recursos naturales. Por ejemplo, Richard Linton, decano de la Facultad de Agricultura y Ciencias de la Vida de la Universidad del Estado de Carolina del Norte, ha hecho sonar la alarma con palabras que nos son familiares: “Tenemos que hallar la manera de alimentar al mundo, doblando la oferta de alimentos”, ha declarado. “Y todos sabemos qué pasará si no producimos alimentos suficientes: será la guerra, la competición.”

“¿Cómo alimentaremos al mundo?”, exclama el predicador. “Aumentar nuestra abundancia”, responde el coro. Hay tanta equivocación en esta respuesta. E incluso en la pregunta, que es profundamente arrogante. ¿Cómo alimentaremos –nosotros– al mundo? Sabemos a qué nos referimos con esta pregunta: a los países ricos, con semillas de alto rendimiento y una agricultura a escala industrial. EE UU piensa que está alimentando al mundo actualmente. Pero no es cierto.

Más del 70% de los alimentos consumidos en los países en desarrollo, donde el hambre es endémica, se cultivan en esos mismos países, en su mayor parte por pequeños agricultores. Estos agricultores son los principales proveedores de alimentos. Y utilizan tan solo el 30 % de los recursos agrícolas para ello (lo que implica que la agricultura industrial utiliza el 70 % de los recursos para alimentar al 30 % de la población). Ahí fuera no hay ningún mundo que espera de brazos cruzados que lo alimenten. La mayoría de las personas que pasan hambre son pequeños agricultores o gente que vive en comunidades rurales. No esperan a que les repartan alimentos; intentan activamente –y a menudo de forma desesperada– alimentar a sus familias y sus comunidades.

Sin embargo, el mundo ya produce más que suficiente para alimentar a 10.000 millones de personas, o sea, unos 3.000 millones más de las que somos actualmente. ¿Por qué seguimos haciendo las cosas mal, creyendo que la producción de más mercancías agrícolas acabará con el hambre? El economista indio Amartya Sen ganó su premio Nobel por demostrar que pocas veces el hambre viene causada por la escasez de alimentos. Francés Moore Lappé nos demostró hace casi 50 años, en su obra seminal Diet for a Small Planet (Dieta para un pequeño planeta), que el hambre no viene causada por la escasez de alimentos. El hambre viene causada por la falta de poder de los productores de alimentos y de la gente pobre. Poder sobre la tierra, el agua y otros recursos naturales que permiten producir alimentos. Y poder para obtener ingresos que permitan a la gente adquirir los alimentos que necesita.

El espejismo de que nosotros alimentamos al mundo reside en lugares como Iowa, un territorio cubierto de punta a cabo por cultivos de grano y de soja, en un sistema concebido para ocupar hasta la última hectárea de suelo incomparablemente fértil. Pero es difícil encontrar pruebas fehacientes de que la prolífica producción de Iowa esté alimentando a todas las personas hambrientas del mundo en desarrollo. Iowa alimenta principalmente a cerdos, pollos, la industria de comida basura y automóviles; la mitad de nuestro grano se destina a la producción de etanol, y el 30 % del aceite de soja se emplea ahora para fabricar biocombustible. La gente pobre del mundo no puede permitirse comer carne ni conducir un automóvil; la comida basura es lo último que necesita.

Exportamos alrededor de la mitad de nuestras habas de soja y el 15 % de nuestro grano, pero ni siquiera estas cantidades sirven para alimentar a los hambrientos, pues se emplean principalmente como forraje, sobre todo para ganado porcino, en gran parte en China, el principal país productor de cerdos del mundo. Pero la gente pobre no come esa carne, sino que es principalmente la creciente clase media del país la que la consume. En el mejor de los casos, la prodigiosa producción de grano y soja de Iowa contribuye a abaratar un poco el precio de los alimentos de las clases medias emergentes del mundo en desarrollo. Pero es un espejismo decir que Iowa alimenta a la gente hambrienta.

 

Y es un espejismo peligroso pensar que podemos resolver el problema del hambre en el mundo incrementando la producción mundial a base de implantar la agricultura industrial. Peligroso porque la manera en que se cultivan esos alimentos en explotaciones de monocultivo con un uso intensivo de productos químicos, está destruyendo literalmente la base de recursos –suelo, agua, clima– de la que depende la futura producción de alimentos. Volvamos a Iowa: este Estado ha perdido la mitad de la capa superficial del suelo debido a la erosión, consecuencia de un excesivo cultivo en hileras con uso de maquinaria pesada. En la última década han pasado a cultivarse más de 200.000 hectáreas de terrenos nuevos de reserva, ya que los agricultores se han dedicado a plantar hasta la misma orilla de los ríos, tratando de hacer un buen negocio gracias a los elevados precios del grano destinado a la producción de etanol. El suelo es un recurso renovable, pero solo si se cultiva de una manera que lo protege y lo renueva.

Iowa tampoco consigue renovar el otro recurso renovable que es el agua. La agricultura de este Estado es de secano, pero se bombea agua de los acuíferos de Jordán y Dakota con unos caudales que impiden que vuelvan a llenarse. Se precisan 19 litros de agua al día para criar un puerco; con 20 millones de puercos, esto suma más de 139.000 millones de litros de agua al año. Se requieren 11 litros de agua para destilar 4 litros de etanol a partir del grano; esto suma más de 45.000 millones de litros al año. Si la producción de etanol y de carne aumenta al ritmo previsto, estos grandes acuíferos acabarán secándose.

Al mismo tiempo, el uso excesivo de productos químicos requeridos para el grano y la soja contamina el agua potable y destruye hábitats de especies que la agricultura precisa para cultivar alimentos. Un reciente informe de Naciones Unidas alerta sobre extinciones masivas, mientras que otro estudio documenta “apocalipsis de los insectos”, que incluye la pérdida de polinizadores cruciales para los cultivos. Todos los ámbitos de la agricultura de Iowa están implicados en el cambio climático y a su vez amenazados por el mismo. La agricultura industrial es una emisora importante de gases de efecto invernadero: los excesivos fertilizantes vertidos en los campos de cereales de Iowa emiten nubes de óxido nítrico, que es más potente que el dióxido de carbono. Las granjas industriales de este Estado también contribuyen a ella cuando se vierten los purines concentrados en los campos de los agricultores.

El clima cambiante hace que las prácticas agrícolas actuales sean sumamente destructivas. Los modelos de la NASA para Iowa predicen una alta probabilidad de tormentas más intensas, como el reciente ciclón, frecuentes inundaciones y una creciente amenaza de largas sequías. Un estudio de la Universidad de Minnesota calcula que, en 2075, la producción de grano de Iowa será un 20 a 50 % más baja que hoy.

No es un sistema que funcione bien, y si nos preocupa la disponibilidad global de alimentos, nosotros, en los países ricos, deberíamos dejar de apostar por la agricultura industrial y adoptar de inmediato dos medidas sencillas: en primer lugar, reducir el despilfarro de alimentos, que malgasta un tercio o más de los alimentos producidos en todo el mundo. En segundo lugar, dejar de destinar cosechas y tierras a la producción de biocombustible. Mientras tanto, dejemos de alimentar el espejismo de que el aumento de la producción de mercancías agrícolas estadounidenses contribuirá a reducir el hambre en el mundo.

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TIMOTHY A. WISE es el director del Programa de derechos sobre tierras y alimentos del Small Planet Institute de Cambridge, Massachusetts (EE UU).
Texto original en francés:
https://heated.medium.com/world-hunger-is-on-the-rise-bd2ae8fc96c4

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