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"Otro gran problema con estas
inversiones, como Urgewald
señala, tiene que ver con la manera como el tráfico de bonos
institucionales de mercados primarios a secundarios se utiliza
astutamente para justificar la irresponsabilidad ética. Cuando
una corporación emite acciones o bonos por primera vez, los inversionistas
que los adquieren constituyen lo que se conoce como mercado primario.
Pero estos inversionistas originales pueden vendérselos a otros
inversionistas, quienes en realidad no le aportan capital a la
corporación emisora. Estos inversionistas constituyen lo que se conoce como mercado
secundario. Cuando surgen interrogantes o cuestionamientos respecto
del impacto nocivo que los combustibles fósiles tienen sobre el clima,
abundan los argumentos para evadir o diluir responsabilidades. Por
ejemplo, que los inversores del mercado secundario en realidad no les financian
a esas grandes corporaciones desde el momento que no han invertido directamente
en ellas. Los mercados secundarios juegan un papel de complicidad
significativa en el desgaste de la salud presente y futura de la Tierra
al comercializar los bonos de los inversionistas originales. Aún
más, en muchos casos le agregan credibilidad a este tipo de operaciones.
"El planeta arde, y un grupo de gigantescos
capitales financieros sigue lucrando con sus cenizas. Mirada cortoplacista
y muchas veces negacionista para la cual no existen ni estadios
deportivos hirvientes ni poblaciones enteras que transpiran hasta
agotarse. Mientras tanto, estos capitales -apoyados por muchos
gobiernos- siguen jugando y ganando gracias a un incendio que nadie parece
poder apagar.
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Fuentes: Rebelión.
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CIFRAS MILLONARIAS EN COMBUSTIBLES FÓSILES.
Los que invierten en el caos climático.
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Por Sergio Ferrari | 30/06/2026 | Ecología social
Fuentes. Revista rebelión martes 30 de junio del 2026.
Desde las altas temperaturas en muchos
de los estadios donde se juega el Mundial de Fútbol a la canícula agobiante que
golpea gran parte de Europa esta segunda quincena de junio, la vida cotidiana
de millones de personas se ve cada vez más afectada por el calentamiento
global. Responsable principal del mismo, el uso excesivo de los combustibles
fósiles.
Uno de cada cuatro partidos del
Mundial 2026 se disputa bajo niveles de calor peligrosos, lo que obliga a los
jugadores a correr menos y dosificar sus esfuerzos. Según los criterios definidos por FIFPRO,
la asociación mundial de jugadores y principal contraparte sindical de la FIFA,
varios de esos encuentros podrían llegar a disputarse con 28 grados de
temperatura de “bulbo húmedo global” (WetBulb Globe Temperature, o
WBGT, su sigla en inglés), el índice que los expertos utilizan para
recomendar que se pospongan. Se trata de una medida diferente de la
temperatura habitual del aire ya que combina calor, humedad,
radiación solar y viento para calcular el estrés térmico real sobre el
organismo. Por ejemplo, una temperatura del aire de 40 grados con
un 30% de humedad equivale a unos 26 grados WBGT, cuando el
rendimiento físico se resiente mucho más de los aconsejable (https://www.fifpro.org/es/articulos/2023/08/once-consejos-para-abordar-condiciones-de-calor-en-el-futbol-profesional).
Si bien el techo y la climatización
del estadio de Dallas
permitieron que el partido del lunes 22 de junio entre Argentina y Austria
se jugara en condiciones relativamente “aceptables”, a esa misma
hora la temperatura ambiente oscilaba alrededor de los 37 grados.
Por momentos, el ritmo de ese partido tan áspero como intenso pareció
jugarse como en cámara lenta, y la temperatura tuvo buena parte de
culpa. Simple ejemplo del que ya es considerado el Mundial más caluroso de
toda la historia.
El propio 22 de junio varias regiones de España, Francia,
Portugal, Reino Unido, registraron temperaturas máximas en torno
de los 40 grados que batieron récords, en tanto que, en otros países
relativamente más frescos, como Suiza, los termómetros superaron
los 36 grados. Efectos brutales de la canícula que golpea buena parte
del oeste europeo.
Según un reciente estudio de Naciones
Unidas, el pronóstico
de la temperatura para el fútbol en un futuro no muy lejano podría ser
todavía más preocupante. Para el Mundial de 2050, por ejemplo, aunque la
sede aún no se ha designado, se prevé, hipotéticamente, que 14 de los
16 estadios anfitriones van a padecer calor extremo. En 11 de
esos recintos, las temperaturas incluso podrían impedir que se juegue.
En otras palabras, el calor podría conspirar contra la salud de deportistas
y espectadores a menos que se introduzcan cambios importantes en la infraestructura
y la programación.
También los estadios locales donde miles practican deporte, con menos recursos financieros para la protección del sol y la gestión del drenaje, el agua y la refrigeración, se verían mucho más expuestos. En este Mundial, solo 3 de los 16 estadios cuentan con climatización. (https://news.un.org/es/story/2026/06/1541552).
Penal contra el clima.
En términos generales, es la
utilización excesiva y descontrolada de los combustibles fósiles,
como el carbón, el petróleo y el gas, lo que contribuye al recalentamiento
climático al atrapar y retener en exceso la temperatura del sol.
Las emisiones que estos combustibles generan representan más del 75
% de los gases de efecto invernadero y casi 90 % de los gases
producidos por dióxido de carbono.
Como lo afirman expertos y organizaciones internacionales, no es novedad que el planeta se esté recalentando más rápidamente que en cualquier otro momento de la historia por lo menos desde que existen registros. Inevitablemente, las temperaturas excesivas modifican los patrones climáticos y alteran el equilibrio normal de la naturaleza. Con muchos riesgos no solo para los seres humanos sino también para toda otra forma de vida. Y, sin embargo, hay quienes procurar negar todo esto con tal de beneficiarse (https://www.un.org/es/climatechange/science/causes-effects-climate-change).
Goles en contra de la Tierra.
¿Quiénes lucran con el mercado de
combustibles que produce el amenazante calentamiento terrestre? Según el informe Cómo
invertir en caos climático, que la Organización No gubernamental
ambientalista alemana Urgewald acaba de publicar, aproximadamente 8.400
inversores institucionales globales poseen actualmente la estratosférica
cantidad de 6.500millones de dólares en acciones y bonos de la
industria y la comercialización de combustibles fósiles. Se
trata de bancos, aseguradoras, administradoras de pensiones de jubilados
en países “ricos” y gestoras de dineros activos de terceros (https://investinginclimatechaos.org/data).
El estudio que Urgewald realizó juntamente con otras 25
ONG, cuenta, por ejemplo, con el apoyo de la Alianza Climática de
Suiza, entidad que forma parte de la Alianza Europea por el
Clima, plataforma con más de 2 mil miembros institucionales (principalmente
ciudades y municipios) de 25 países.
Más del 95 % de estas inversiones se dirige a empresas que
expanden sus actividades con perspectivas de mediano y largo plazo, como
el desarrollo de nuevos yacimientos de petróleo y de gas o la
construcción de nueva infraestructura, como gasoductos, terminales
de gas natural licuado y centrales eléctricas de carbón y de gas.
Resultado del análisis público más
completo hasta
la fecha sobre las inversiones institucionales en el sector, Cómo invertir
en caos climático advierte que,
“si bien todos nos
vemos afectados, la mayoría desconoce [el hecho de que] los bancos comerciales
y los inversores que financian a las empresas de combustibles fósiles operan en
gran medida sin transparencia ni rendición de cuentas democrática”. Además, que
aun en esos casos en que “existen datos, las conexiones entre los inversores y
los proyectos de combustibles fósiles son deliberadamente complejas”.
(https://investinginclimatechaos.org/).
Mecanismos del desastre colectivo.
Al igual que cualquier otro tipo de corporaciones,
las del sector de combustibles fósiles se financian
principalmente mediante la emisión de acciones y bonos.
Cuando un inversionista adquiere acciones, es decir, participación
en el capital de la empresa, se convierte en copropietario de esta,
con derechos como el voto en sus juntas generales, y se beneficia
cuando esas acciones aumentan su cotización en el mercado.
Por su parte, los bonos funcionan como préstamos que un inversionista
le hace a una compañía. A diferencia de las acciones, los bonos no
implican propiedad directa en la empresa. Cuando una corporación
emite un bono, lo que está haciendo es pedir que le presten dinero a
cambio de intereses liquidados periódicamente y comprometiéndose a devolver
el total del dinero que se le ha prestado en una fecha determinada,
o de vencimiento. La emisión de bonos es una de las principales
formas como una corporación, en este caso, del sector de
combustibles fósiles, financia grandes proyectos, desde nuevos yacimientos
de petróleo y de gas hasta la expansión de minas de carbón.
Un gran problema con las inversiones
institucionales en combustibles
fósiles es que ignoran las dramáticas consecuencias del recalentamiento
ambiental agravado por los mismos. La mayor motivación, quizás la única, de
estos inversionistas es enriquecerse aún más, de ninguna manera
dirigirse hacia fuentes energéticas alternativas de bajo impacto
en el efecto invernadero. Prueba de ello, la inmensa cantidad de
inversiones en bonos que no “maduran” sino hasta después del año
2050: aproximadamente 64 mil millones de dólares. Tiempos larguísimos,
algo así como una jugarreta financiera contra el clima, como lo
muestra el informe de Urgewald, ya que a ningún inversionista se le
ocurriría renunciar al capital que ha invertido en esos
bonos.
Más de 240 inversores poseen bonos de
combustibles fósiles con
vencimientos que se extienden hasta el año 2080, y aun después, como
los de la petrolera estatal brasileña Petrobras, que maduran recién
en 2115. Y con el agravante de que Petrobras planea expandir su producción
de petróleo más allá del año 2050 a expensas de los ecosistemas y las
comunidades más vulnerables de su país. El año pasado, comenzó a
perforar frente a la costa amazónica y recientemente anunció la
reanudación de sus actividades de perforación en la selva amazónica.
Entre los tenedores de sus bonos a largo plazo se encuentran Franklin
Resources (Estados Unidos), Manulife Financial
(Canadá), Royal London Group (Reino Unido), BlackRock (Estados
Unidos), OTP Bank Group (Hungría) y UBS (Suiza).
Otro gran problema con estas
inversiones, como Urgewald
señala, tiene que ver con la manera como el tráfico de bonos
institucionales de mercados primarios a secundarios se utiliza
astutamente para justificar la irresponsabilidad ética. Cuando
una corporación emite acciones o bonos por primera vez, los inversionistas
que los adquieren constituyen lo que se conoce como mercado primario.
Pero estos inversionistas originales pueden vendérselos a otros
inversionistas, quienes en realidad no le aportan capital a la
corporación emisora. Estos inversionistas constituyen lo que se conoce como mercado
secundario. Cuando surgen interrogantes o cuestionamientos respecto
del impacto nocivo que los combustibles fósiles tienen sobre el clima,
abundan los argumentos para evadir o diluir responsabilidades. Por
ejemplo, que los inversores del mercado secundario en realidad no les financian
a esas grandes corporaciones desde el momento que no han invertido directamente
en ellas. Los mercados secundarios juegan un papel de complicidad
significativa en el desgaste de la salud presente y futura de la Tierra
al comercializar los bonos de los inversionistas originales. Aún
más, en muchos casos le agregan credibilidad a este tipo de operaciones.
El planeta arde, y un grupo de gigantescos
capitales financieros sigue lucrando con sus cenizas. Mirada cortoplacista
y muchas veces negacionista para la cual no existen ni estadios
deportivos hirvientes ni poblaciones enteras que transpiran hasta
agotarse. Mientras tanto, estos capitales -apoyados por muchos
gobiernos- siguen jugando y ganando gracias a un incendio que nadie parece
poder apagar.
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