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“El continente necesita una alternativa fuerte de izquierda, que debe surgir desde abajo. El poder
político no puede medirse únicamente por los resultados electorales. Los
gobiernos van y vienen. El poder duradero se construye mediante
organizaciones que sobreviven a las elecciones: sindicatos,
comunidades indígenas, comités vecinales y movimientos sociales. Ahí se
encuentra el verdadero contrapoder. No en un líder que gana una sola
vez, como ocurrió con Rafael Correa en Ecuador, sino en años de organización
local y en una presencia cotidiana. Eso explica, por ejemplo,
por qué la sociedad venezolana no se derrumbó después del secuestro
del presidente Maduro, sino que resiste gracias a la fuerza
de las bases organizadas y de las redes sociales profundamente
arraigadas. Por encima de todo, necesita una democracia «real»
que no solo cuente votos, sino que también ofrezca oportunidades y
futuro a la mayoría de la población. También esa democracia
se tendrá que conquistar desde la base. Sin ella, 2030 o 2035
podrían encontrar un continente más armado, más dividido, más
dependiente y más profundamente decepcionado que hoy.
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¿ESTÁ AMÉRICA LATINA BAJO EL HECHIZO DE LA EXTREMA DERECHA?
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Por Marc Vandepitte | 24/07/2026 | América Latina y Caribe
Fuentes Revista Rebelión viernes 24 de
julio del 2026.
Fuentes: Rebelión.
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Traducido del neerlandés por el autor.
América Latina está siendo arrasada
por una serie de victorias electorales de la derecha. Pero detrás de ese giro a
la derecha se esconden, más que una conversión ideológica, la ira, el miedo, la
inseguridad y una profunda crisis de la democracia.
De las últimas quince elecciones
presidenciales en América Latina, doce
las ganaron candidatos de derecha o de extrema derecha. Las
recientes victorias en Perú, Colombia, Chile, Honduras y Bolivia
confirman la imagen de un continente que se desplaza políticamente hacia la
derecha.
Candidatos como Abelardo de la
Espriella en Colombia
toman como modelo a figuras excéntricas y de extrema derecha como Nayib
Bukele en El Salvador y Javier Milei en Argentina. Prometen mega
cárceles para narcotraficantes, un Estado mínimo y una lucha
implacable (mano dura) contra la criminalidad.
Ese discurso encuentra eco en una
región donde
la inseguridad se ha convertido en una realidad cotidiana. América Latina y
el Caribe se encuentran desde hace años entre las regiones más violentas
del mundo. Según la ONU, la tasa de homicidios en la región
es aproximadamente tres veces superior al
promedio mundial, y uno de los principales motores de esa violencia
es el crimen organizado. En los últimos años este ha penetrado además en
países que antes eran relativamente seguros, como Chile y Uruguay.
Las redes criminales ya no se limitan al tráfico de
cocaína y fentanilo. También obtienen beneficios de la extracción ilegal
de oro, el tráfico de personas y la extorsión. Según
recientes encuestas de opinión, la población latinoamericana está
hoy más preocupada por la criminalidad que
por la pobreza o el desempleo.
Es un terreno difícil para la izquierda. Quien vive con miedo es menos receptivo a los relatos a largo plazo sobre justicia social. Los populistas autoritarios ofrecen un relato más sencillo: orden inmediato, un enemigo visible, una gran prisión, una frontera cerrada y una patria herida.
Miedo,
ira y una izquierda fatigada.
El giro a la derecha tiene muchas causas.
Surge de la ignorancia, de una educación deficiente, del miedo
al crimen, del cansancio ante la corrupción y de la sensación
de que nadie escucha a la gente común.
Muchos ciudadanos no votan necesariamente por amor al puño
de hierro. Votan porque llevan décadas sintiéndose ignorados. La opción
autoritaria entra precisamente en ese vacío y promete lo que los partidos
tradicionales ya no parecen poder ofrecer: control, claridad y
orden. A esto se suma la creciente influencia de las iglesias
evangélicas, que refuerzan los valores conservadores.
Los medios de comunicación y las redes sociales desempeñan un papel muy importante. El panorama mediático en muchos países latinoamericanos está fuertemente concentrado en manos de familias ricas, grupos económicos y élites políticas. A consecuencia de ello las voces conservadoras, favorables al mercado y contrarias a la izquierda suelen tener más peso en el debate público.
Según The Economist, la derecha en América
Latina está construyendo su propia y poderosa red como contrapeso
al izquierdista Foro de São Paulo.i Los influencers difunden
ideas de derecha en internet y consideran la cultura como una
condición para el cambio político. Las redes sociales son
decisivas en este sentido: para el 40% de la población latinoamericana
constituyen la principal fuente de noticias.
Las campañas se basan en el humor, la
rapidez y la visibilidad digital. Con mucho dinero y apoyo de la red de campaña
de Trump, estrategas y lobistas difunden esas técnicas por todo el continente.
Desempeñaron un papel importante en las victorias electorales de
presidentes de derecha en Argentina, Honduras y Bolivia.
El contexto económico también hizo que los últimos años
fueran más difíciles para la izquierda. Tras la crisis de 2007 y 2008
los gobiernos progresistas dispusieron de mucho menos margen para
ampliar las inversiones sociales que en los años anteriores. Con programas
de reformas limitados, resultó más difícil construir un amplio apoyo
popular.
Algunos sectores de la clase
trabajadora y
de la población campesina buscaron por ello refugio en movimientos
neofascistas. No porque estos defiendan sus intereses socioeconómicos,
sino porque parecen ofrecer una respuesta a la inseguridad, el miedo
y la humillación inmediatos.
Finalmente, también están la injerencia y la
presión de Estados Unidos. Antes y después de las elecciones
presidenciales de Venezuela de 2024, Estados Unidos recurrió a todos los medios para
lograr que fuera elegida la candidata de extrema derecha, Machado.
El actual presidente Trump utiliza todo su peso político para apoyar
abiertamente a candidatos presidenciales de derecha o de extrema derecha
en América Latina o, a la inversa, para amenazar con sanciones
si fuera elegido un candidato de izquierda.
Los intentos de Trump de promover a la
extrema derecha
en Europa han tenido poco o ningún éxito;
en América Latina, por el contrario, sí parecen estar funcionando.
Desde que asumió el cargo en enero de 2025 la derecha ha ganado las
siete elecciones presidenciales celebradas en la región.
La
paradoja del éxito progresista.
Las cifras de Colombia muestran una paradoja llamativa.
Bajo el gobierno progresista de Gustavo Petro, la pobreza descendió en
2025 hasta el nivel más bajo jamás registrado. Casi 1,8
millones de colombianos salieron de la pobreza. También disminuyeron la pobreza
extrema y la desigualdad.
Sin embargo, en las elecciones presidenciales
los colombianos eligieron al abogado y empresario de derecha
Abelardo de la Espriella. Su programa nacionalista, centrado en una dura
lucha contra la criminalidad, se oponía frontalmente a la política
del gobierno anterior.
Eso demuestra que el progreso social no lleva automáticamente a la fidelidad
electoral. En cuanto las personas salen de la pobreza y pasan a formar parte de la clase
media, sus prioridades cambian.
Quieren sobre todo proteger su recién adquirido estatus.
Por ello, a menudo están menos
abiertas a políticas
progresistas que pretenden extender las mismas ventajas a los grupos
que todavía se quedan atrás. El éxito de la política progresista
modifica, por tanto, las expectativas y los intereses de su
propia base electoral.
Ese fenómeno no se limita a Colombia.
También en Argentina, Chile y Ecuador, periodos de gobierno progresista fueron seguidos
por líderes conservadores con prioridades completamente
diferentes. Por lo tanto, la izquierda no puede limitarse a señalar los avances
sociales alcanzados.
México constituye una importante excepción.
Después de la presidencia de Andrés Manuel López Obrador fue elegida Claudia
Sheinbaum, perteneciente al mismo movimiento político. Allí el proyecto
progresista sí logró conservar un amplio apoyo popular.
Ese apoyo no fue únicamente consecuencia de una gestión eficaz.
El proyecto mexicano también construyó un sentimiento común de identidad
y propósito. Habló de humanismo mexicano y, de ese modo, trasciende
en parte las etiquetas clásicas de izquierda y derecha.
La
democracia, lanzar una moneda a cara o cruz.
Los resultados en América Latina no muestran una mayoría
estable de derecha, sino una polarización extrema. De la
Espriella ganó en Colombia por una diferencia inferior a un punto
porcentual. Márgenes tan reducidos no indican un mandato sólido,
sino una sociedad profundamente dividida.
La sociedad de varios países se divide casi exactamente en dos. Las
elecciones se ganan por diferencias mínimas, mientras las instituciones
se debilitan y la ira se acumula. La democracia sigue funcionando
en la superficie, pero por debajo se resquebraja. Las elecciones
se parecen cada vez más al lanzar una moneda sobre un país en llamas.
Una mitad gana por poco, la otra queda atrás con resentimiento y
se siente excluida.
Colombia muestra una profunda fractura entre seguridad y reforma social. Perú
vive en una crisis institucional casi permanente. Bolivia se
enfrenta a bloqueos, fracturas indígenas y conflictos por los
recursos naturales. Chile oscila entre promesas de orden y miedo
al cambio.
Según el Financial Times, la ola de derecha es por ello menos un giro ideológico duradero que una expresión de frustración por la criminalidad. La agenda económica de la derecha cuenta con poco apoyo amplio. Lo que queda es división, estancamiento y bloqueo político.
Encrucijada.
Sin embargo, los desafíos para América
Latina son
enormes. Económicamente el continente perdió terreno durante las
últimas décadas. En 1980 América Latina todavía representaba el 9 %
del PIB mundial. En 2019 esa proporción había descendido al 7%. Mientras
tanto, las economías emergentes asiáticas crecieron mucho más
rápidamente y ocuparon un lugar cada vez mayor en la economía
mundial.
La productividad, las inversiones, la participación en el comercio
mundial, la ciencia y la tecnología también muestran una tendencia
similar. América Latina corre el riesgo de volver a quedar atrapada
en un antiguo papel: proveedor de materias primas, sin
suficiente industria, ciencia ni salarios dignos.
América del Sur se enfrenta a una difícil elección
de cara a 2030 y 2035.
¿Se convertirá el continente en una
fuerza soberana en torno a los alimentos, el agua, la energía, los minerales
críticos y la biodiversidad?
¿O seguirá siendo un almacén
estratégico, administrado por élites nacionales e intereses extranjeros?
El continente necesita una alternativa
fuerte de izquierda,
que debe surgir desde abajo. El poder
político no puede medirse únicamente por los resultados electorales. Los
gobiernos van y vienen. El poder duradero se construye mediante
organizaciones que sobreviven a las elecciones: sindicatos,
comunidades indígenas, comités vecinales y movimientos sociales.
Ahí se encuentra el verdadero
contrapoder.
No en un líder que gana una sola vez, como ocurrió con Rafael
Correa en Ecuador, sino en años de organización local y en una presencia
cotidiana. Eso explica, por ejemplo, por qué la sociedad
venezolana no se derrumbó después del secuestro del presidente Maduro,
sino que resiste gracias a la fuerza de las bases
organizadas y de las redes sociales profundamente arraigadas.
Por encima de todo, necesita una democracia «real»
que no solo cuente votos, sino que también ofrezca oportunidades y
futuro a la mayoría de la población. También esa democracia
se tendrá que conquistar desde la base. Sin ella, 2030 o 2035
podrían encontrar un continente más armado, más dividido, más
dependiente y más profundamente decepcionado que hoy.
Nota:
i El
Foro de São Paulo es una red de partidos y movimientos de izquierda de América
Latina y el Caribe, fundada en 1990 por iniciativa, entre otros, del Partido de los
Trabajadores de Brasil. Su objetivo era reunir a las fuerzas de
izquierda después de la caída de la Unión Soviética y se convirtió
en una plataforma de concertación política para partidos
progresistas y socialistas de la región.
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