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“Plata dulce. Por
ejemplo, la cotización de 1.000 m³ de agua cotiza hoy a USD 221, tras haber
alcanzado un máximo de USD 1.040 en 2022. En el último año, cayó USD
127 a partir de que Trump iniciara sus embestidas por la posesión de
Groenlandia. ¿Variaron, acaso, los
stocks de agua dulce en California? No, lo que variaron fueron las expectativas
del mercado respecto de quién controlará su posesión y su abastecimiento global
en los próximos años. Groenlandia alberga en sus hielos alrededor del 20%
del agua dulce mundial, además de importantes reservas energéticas y
minerales. El deshielo ártico la convierte, además, en un punto clave
para la navegación comercial, permitiendo rutas más cortas entre Asia y
Occidente. Así, la geopolítica del agua involucra, también, decisiones
logísticas de vital importancia para el comercio mundial.
“La reciente intervención militar en Venezuela ha tenido como principal objetivo la
toma del control, por parte de los EE. UU., de la producción y del
comercio petrolero de ese país. Detrás de esta maniobra de alto contenido
estratégico, se pierde de vista el enorme ahorro hídrico que le
deparará a la economía estadounidense: la extracción de cada millón de
barriles de petróleo venezolano consumirá no menos de 7.000 millones de
m³ de agua virtual que beneficiarán indirectamente a los productores de EE.
UU., mientras que los costos hidrográficos y ambientales recaerán en su
totalidad sobre Venezuela.
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El gobierno junto al sector minero quieren voltear la Ley de Glaciares. (Archivo).
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GEOPOLÍTICA DEL AGUA, UNA MIRADA SOBRE EL ORDEN INTERNACIONAL.
El hilo que une Groenlandia, Venezuela y la Ley de Glaciares.
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Muchos eventos de política exterior
aparentemente desconectados, hoy se articulan en torno a una feroz competencia
por la apropiación de recursos naturales escasos.
Por. Rubén Manasés Achdjian.
Fuente. Página /12 domingo 8 de febrero del 2026.
Los historiadores del futuro
probablemente describan nuestro presente como un momento de transición entre el
antiguo orden internacional unipolar surgido del colapso de la Unión Soviética
y un nuevo escenario global, posiblemente tripolar, en el que los EE.
UU. se verán obligado a ceder parte de su hegemonía en favor de los
intereses estratégicos de China y Rusia.
Vivimos tiempos de inestabilidad e
incertidumbre en los
que, como advertía Keynes, generalmente sucede lo inesperado antes
que lo inevitable. Muchos eventos de política exterior aparentemente
desconectados, hoy se articulan en torno a una feroz competencia por la
apropiación de recursos naturales escasos.
Si buscáramos un hilo conductor entre las declaraciones de Donald
Trump sobre la soberanía de Groenlandia, la intervención militar
estadounidense en Venezuela -con más olor a petróleo que a “democracia”-
y la propuesta de Milei para modificar la ley de
glaciares, ese denominador común sería el agua.
Habitualmente, los análisis económicos
oficiales cuantifican
el comercio exterior en términos monetarios, sin considerar los tipos o los
volúmenes de bienes intercambiados. Sin embargo, existen estudios que
convierten esas transacciones en cantidades de bienes físicos comparables, como
el volumen de agua dulce necesario para producir distintas mercancías.
En 1993, el geógrafo John Anthony
Allan creó el
concepto de agua virtual para medir y comparar cuánta agua dulce está
incorporada en la elaboración de un producto. Esta cantidad es “virtual”
porque no se ve en la forma exterior de la mercancía terminada pero sí se ha
utilizado en sus distintas etapas de producción.
A menudo, la producción y el consumo de una mercancía ocurren en territorios distintos. Cuando el agua utilizada es del propio país, se denomina autóctona; si el agua se encuentra incorporada a productos extranjeros, es exógena. Esta importante distinción permite analizar cuánta agua ahorra un país al importar productos y cuánta agua exporta junto con sus mercancías.
Comercio medido en agua.
Según algunas estimaciones, producir una tonelada de soja
requiere unos 2.500 m³ de agua; una de trigo, más de 1.400 m³; y una
de carne vacuna, hasta 17.000 m³. Nuestro país es un exportador
neto de agua virtual: sus ventas al
exterior contienen más de 55.000 millones de m³ anuales de agua dulce, una
cifra cercana a la de Australia, aunque muy lejos de la de Estados
Unidos. Entre los principales importadores netos de agua virtual figuran
Japón, Indonesia y China.
Sudamérica, que representa solo el 6%
de la población mundial, posee la mayor disponibilidad per cápita de agua
dulce. Brasil lidera
el ranking con un promedio de 33.000 m³ por habitante y Argentina ocupa
el sexto lugar, con 20.500 m³. No obstante, en los últimos treinta años,
nuestro país perdió cerca de 5.500 m³ por persona, lo que explica en buena
parte la aridez y semiaridez del 80% del territorio, una situación que
pone en riesgo las reservas hídricas futuras.
Las investigaciones sobre el agua
impulsaron nuevas
ramas de análisis económico y político, como la hidropolítica y la
geopolítica del agua, que buscan gestionar este recurso de manera eficiente
para asegurar su acceso universal y evitar conflictos armados por su carencia. Entre
2020 y 2025, el Pacific Institute documentó 1.428 conflictos ligados
al agua en el mundo, de los cuales 105 evolucionaron en enfrentamientos
armados, como los casos recientes ocurridos en Gaza y Donetsk.
El capitalismo global opera bajo tres
lógicas: privatizar
bienes colectivos, defender el mercado como el único mecanismo
eficiente para asignarlos y convertir cualquier activo tangible en un
instrumento financiero. El agua dulce también ha sido alcanzada por
este proceso.
Desde diciembre de 2020 cotiza en
Nasdaq -el segundo
mercado de valores más importante de los EE. UU., luego de Wall
Street- un índice bursátil (el NQH20) que fue creado con el objeto aparente
de que los agricultores californianos tuvieran una mayor previsibilidad
sobre los precios futuros del agua pero que, en la práctica, actúa como un
instrumento que facilita la especulación financiera.
Plata dulce.
Por ejemplo, la cotización de 1.000 m³
de agua cotiza hoy a USD
221, tras haber alcanzado un máximo de USD 1.040 en 2022. En el
último año, cayó USD 127 a partir de que Trump iniciara sus
embestidas por la posesión de Groenlandia.
¿Variaron, acaso, los stocks de agua dulce en California? No, lo que
variaron fueron las expectativas del mercado respecto de quién
controlará su posesión y su abastecimiento global en los próximos años.
Groenlandia alberga en sus hielos alrededor del 20%
del agua dulce mundial, además de importantes reservas energéticas y
minerales. El deshielo ártico la convierte, además, en un punto clave
para la navegación comercial, permitiendo rutas más cortas entre Asia y
Occidente. Así, la geopolítica del agua involucra, también, decisiones
logísticas de vital importancia para el comercio mundial.
La reciente intervención militar en Venezuela ha tenido como principal objetivo la toma del control, por parte de los EE. UU., de la producción y del comercio petrolero de ese país. Detrás de esta maniobra de alto contenido estratégico, se pierde de vista el enorme ahorro hídrico que le deparará a la economía estadounidense: la extracción de cada millón de barriles de petróleo venezolano consumirá no menos de 7.000 millones de m³ de agua virtual que beneficiarán indirectamente a los productores de EE. UU., mientras que los costos hidrográficos y ambientales recaerán en su totalidad sobre Venezuela.
En Argentina.
En Argentina, los sectores
incorporados al
régimen de incentivos a las grandes inversiones (RIGI) —como la minería
y los hidrocarburos— son usuarios intensivos de agua dulce. El proyecto del
gobierno para reformar la Ley de Glaciares busca habilitar la
explotación de estas enormes masas de hielo ricos en agua dulce, hasta
ahora protegidos.
De aprobarse estas modificaciones, cualquier glaciar y su zona aledaña
podrían quedar fuera de resguardo estatal si la autoridad de aplicación dejara
de considerarlos como reservas estratégicas, como fuente de recarga
de las cuencas hidrográficas o que su destino no fuera necesario para el
consumo humano o la actividad agrícola.
La desprotección de los glaciares
tiene como contracara la explotación económica privada. Una vez más se intenta imponer la lógica
capitalista de subordinar los recursos naturales -que, en origen, son
colectivos- a las decisiones de un grupo reducido de corporaciones
económicas privadas.
La geopolítica del agua ocupa hoy un
lugar central en la
discusión del nuevo orden mundial. Detrás del discurso de la eficiencia
económica, la captación de inversiones, el desarrollo y el estímulo a la
iniciativa privada se esconde, una vez más, la depredación de los recursos
naturales, cuyos beneficios se exportan a los centros globales del poder
político y económico mientras que los enormes costos ambientales
que este despojo genera, terminan hipotecando la vida cotidiana de
nuestras comunidades locales, cada día más empobrecidas.
Rubén Manasés Achdjian es politólogo y
doctor en Ciencias Sociales (UBA) ruben.achdjian@gmail.com
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