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“Es el mismo papel tóxico que desempeñaron destacados demócratas del establishment como
Murphy en el período previo a este lío, incitando implacablemente a Trump
y acusándolo de ser un cobarde a menos que se mostrara más agresivo
con Irán. Afortunadamente, este no es el caso de todos los demócratas,
algunos de los cuales, como la representante Yassamin Ansari,
se mostraron en favor del sentido común y la razón. Pero personas como el senador
Murphy, trabajando en tándem con los belicistas de derecha que influyen
en Trump —como Lindsey Graham y Mark Levin— tendrán tiempo y
oportunidades de sobra en las próximas semanas para sabotear la paz y sumirnos
a todos de nuevo en un caos intolerable, ya sea por el simple afán de ganar
puntos políticos o por razones más
nefastas.
“Por muy tentador que sea decir lo
contrario, el actual alto el fuego no es realmente una victoria para las fuerzas de la paz.
Más bien, es una derrota impresionante para el militarismo y, más
específicamente, para un presidente ebrio de poder militar y de una fe
equivocada en que Estados Unidos puede, por arte de magia, bombardear
sus deseos hasta hacerlos realidad. La paradoja es que, para que cualquier
paz perdure, todos tendremos que ayudarle a mantener la ficción de que ganó, y
a lo grande.
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Fuentes: Jacobin América Latina.
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EL ALTO EL FUEGO ES UNA CONTUNDENTE DERROTA PARA EE. UU.
Peligra la paz ante el sabotaje de Israel y el belicismo de la
oposición demócrata
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Por Branco Marcetic /15/04/2026/- EE.UU.
Palestina y Oriente Próximo.
Fuentes. Revista Rebelión miércoles 15 de abril del 2025
El cese al fuego anunciado por Donald
Trump es un reconocimiento tácito del fracaso de una guerra inútil e
insostenible. La posibilidad de una paz duradera pende de un hilo ante los
intentos de sabotaje de Israel y el irresponsable belicismo de la oposición
demócrata.
A pesar de haber durado solo seis semanas, la guerra de Donald
Trump contra Irán se perfilaba de alguna manera como la peor decisión de
política exterior de un breve siglo XXI repleto de ellas, un desastre
cada vez mayor en casi todos los niveles y para casi todos los involucrados,
por lo que todos deberíamos estar agradecidos de que ahora haya una oportunidad
de que termine. Desafortunadamente, que esto suceda realmente depende de mucho
más que del presidente, tan voluble y fácilmente distraído.
El anuncio de Trump ayer de un alto el
fuego de dos semanas
con Irán y las próximas negociaciones para un acuerdo permanente que ponga
fin a las hostilidades fue un raro reconocimiento de la realidad por parte
del presidente: que la poco atractiva opción de retirarse sin haber logrado
ninguno de los objetivos que se había fijado originalmente —de hecho,
empeorando varios de los problemas que la guerra supuestamente venía a
resolver— sigue siendo, con mucho, la mejor opción en un menú basura.
Esta guerra totalmente inútil ha sido tan desastrosa, tanto estratégica
como políticamente —para la presidencia de Trump como para el país—,
que en la práctica no le deja otra opción razonable. El hecho de que el
presidente aparentemente haya aceptado utilizar la propuesta de diez
puntos de Irán (y no su propio conjunto de quince puntos de exigencias
maximalistas) como base para las conversaciones es un reconocimiento tácito
del fracaso de la guerra como opción política. Por muy difícil que le
resulte a Trump aceptar esta línea de acción, las alternativas son
mucho peores.
Extraer el uranio de Irán es una
fantasía peligrosa.
Quien necesite pruebas, que se fije en la debacle en
que se convirtió para las fuerzas estadounidenses el rescate de un solo
hombre en las profundidades del país. Como sugiere el torbellino de
contradictorias declaraciones
públicas sobre el cierre del estrecho de Ormuz, Trump no tiene la
capacidad de reabrir militarmente el estrecho cuando los barcos son
fácilmente amenazados por los miles de drones baratos que Irán puede
fabricar cada mes. Con esta carta en la mano, los líderes iraníes se niegan a
capitular a pesar del inmenso castigo que Trump está infligiendo al
país, y sus opciones para intensificar ese castigo son una peor que la otra.
Las tropas terrestres serían
políticamente tóxicas y conducirían
a un aumento vertiginoso de las bajas estadounidenses en el mejor de los
casos, mucho más ahora que las temperaturas en el Golfo Pérsico están
a punto de superar los 37 grados. Intensificar la escala y la
violencia de los bombardeos, como Trump amenazó con hacer anteayer, no solo
pone en riesgo un desastre regional que probablemente dejaría a
Israel devastado (cuya
seguridad Trump ha señalado repetidamente como justificación para la
guerra), sino que es una iniciativa duramente
condenada incluso por el coro de voces de la derecha que suelen
festejarle cualquier cosa.
En resumen, al tiempo que Irán mantiene como rehén al conjunto de la
economía mundial, Trump solo puede amenazar con matar y destruir más.
Esa táctica ha llegado al límite de su utilidad.
Cuanto más se prolongue la guerra sin
que Irán se rinda, peor será para Trump y Estados Unidos. La economía estadounidense ya
se encamina hacia un gran sufrimiento de cara a las elecciones de mitad
de término de este año, y semanas y meses más de interrupciones en la
cadena de suministro la enviarían directamente al abismo, si es que no va ya en
esa dirección. Las reservas de municiones de Estados Unidos siguen
agotándose a un ritmo insostenible, lo que significa que el ejército está
llegando al límite de su capacidad para librar realmente una guerra,
lo que amenaza con una vergüenza futura peor que retirarse
voluntariamente. Las humillaciones públicas se acumulan día a día a medida
que equipos y vehículos militares extravagantemente caros son destruidos
o fallan de manera muy pública.
Alto al fuego, es una contundente derrota para Estados Unidos.
*****
Por una cuestión de necesidad
práctica, Trump se ha
visto obligado a elegir la mejor de un conjunto de malas opciones para
sí mismo, la dolorosa decisión que tantos antes que él ha preferido no
tomar antes que poner en peligro sus presidencias. Eso no significa que
la paz sea inevitable: existe una enorme distancia entre las posiciones
de los líderes iraníes y la Casa Blanca, una distancia que será difícil de
salvar.
Pero el mayor problema, como siempre,
será Israel. Los
funcionarios israelíes están furiosos ante
la perspectiva de este acuerdo y ya están tratando de sabotearlo,
negándose a poner fin a su guerra genocida en el Líbano, tal como lo
exige el plan de diez puntos de Irán, y llevando a cabo esta mañana
su mayor
oleada de bombardeos contra el país. Israel tiene el incentivo
y, desafortunadamente, la capacidad de torpedear cualquier paz futura,
aunque esa capacidad depende por completo de la disposición del presidente
de Estados Unidos a complacerlos.
El único aspecto positivo es que
existe la posibilidad
de que esta guerra termine transformando la relación de Trump con Israel
y su primer ministro, Benjamín Netanyahu. Según varios informes, Netanyahu
y otros altos funcionarios israelíes desempeñaron un papel central en
convencer a Trump de que este fiasco era una buena idea, incluso alimentándolo
con una serie de garantías fantásticas que pronto resultaron
vergonzosamente erróneas. Poco después, vimos a Trump hacer el ridículo
al repetir en público muchas de esas afirmaciones israelíes,
incluida la idea de que todo terminaría rápidamente, que decapitar a los
líderes de Irán conduciría a un cambio de régimen y que habría un
levantamiento masivo del pueblo iraní, nada de lo cual resultó ser cierto.
El presidente debería estar furioso
por haber sido tan
claramente engañado, utilizado y humillado por los israelíes. En un
mundo con algo más de sentido que este, esto le facilitaría dar un golpe de
autoridad a Netanyahu y poner fin al constante belicismo de Israel a
costa de Estados Unidos. Pero eso requeriría un mínimo de firmeza, algo de
lo que ni Trump ni su predecesor han dado muchas muestras en sus
relaciones con Israel. De hecho, al menos según un funcionario
estadounidense anónimo, antenoche, cuando Trump tuvo la oportunidad
de decirle a Netanyahu por teléfono que se retirara del Líbano, se negó
a hacerlo. Un presagio preocupante, si apunta a que este mismo viejo
ciclo se repita de nuevo.
La otra incógnita es la oposición
demócrata a Trump, cuyos
miembros destacados están siendo muy poco útiles mientras el mundo reza
para que esto realmente termine. El primero de ellos es el senador de Connecticut
Chris Murphy, una voz destacada de la política exterior demócrata
que, prácticamente en el momento en que se anunció el alto el fuego anoche,
pasó de gritar que la guerra se estaba saliendo de control y que Trump debía
ser destituido
del poder urgentemente para salvar vidas, a atacar sin cesar un
acuerdo de paz con Irán y, en la práctica, provocar a
Trump para que reinicie las hostilidades (aparentemente, incluso
asumiendo la absurda y exigencia maximalista de que Irán se deshaga de
sus misiles convencionales, no nucleares).
Es el mismo papel tóxico que
desempeñaron
destacados demócratas del establishment como Murphy en
el período previo a este lío, incitando implacablemente a Trump y acusándolo
de ser un cobarde a menos que se mostrara más agresivo con Irán.
Afortunadamente, este no es el caso de todos los demócratas, algunos
de los cuales, como la representante Yassamin Ansari,
se mostraron en favor del sentido común y la razón. Pero personas como el senador
Murphy, trabajando en tándem con los belicistas de derecha que influyen
en Trump —como Lindsey Graham y Mark Levin— tendrán tiempo y
oportunidades de sobra en las próximas semanas para sabotear la paz y sumirnos
a todos de nuevo en un caos intolerable, ya sea por el simple afán de ganar
puntos políticos o por razones más
nefastas.
Por muy tentador que sea decir lo
contrario, el actual alto el fuego no es realmente una victoria para las fuerzas de la paz.
Más bien, es una derrota impresionante para el militarismo y, más
específicamente, para un presidente ebrio de poder militar y de una fe
equivocada en que Estados Unidos puede, por arte de magia, bombardear
sus deseos hasta hacerlos realidad. La paradoja es que, para que cualquier
paz perdure, todos tendremos que ayudarle a mantener la ficción de que ganó, y
a lo grande.
BRANKO MARCETIC: Redactor
de Jacobin Magazine y Autor de Yesterday’s Man: The
Case Against Joe Biden (Verso, 2020).
TRADUCCIÓN: NATALIA LÓPEZ
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