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Una
egresada mexicana de la escuela recuerda:
“En
clase hablábamos mucho de nuestros países. En mi aula compartíamos, si no mal
recuerdo, las siguientes procedencias: Ecuador, Bolivia, Surinam, Guyana,
Mongolia, Tanzania, Palestina, El Salvador, Jamaica, República Dominicana,
México, Guatemala, y San Vicente.
Hablábamos a manera de anécdotas y de análisis. Alguien platicaba su situación y se iba desglosando naturalmente; con el medio ambiente, con el servicio de salud, con la situación política, con los movimientos sociales, con los índices de desarrollo humano. Todo para formar parte de la salud y después parte del proceso de salud-enfermedad. Nunca se nos exigió nada, solamente se nos recordaba: lo único que les pedimos es que vuelvan a sus países y que, tal vez, no le cobren lo mismo al pobre que al rico”.Y añade: “Una de las noches en que más nos comprendimos los estudiantes fue cuando murió Nelson Mandela.
En
ese instante corrieron a la Junta Estudiantil queriendo participar y organizar
actividades. Después de unas horas de planificación, volví a mi cuarto para
estudiar un poco y en el camino atravesé su albergue. Unos metros antes de
llegar, escuché gritos al unísono ininteligibles. Cuando llegué al pie de las
escaleras, vi a cientos de muchachos corriendo, subiendo y bajando, en una
especie de marcha energética, cantando a Mandela. Entonces comprendí lo que
hasta entonces había solamente leído: lo que Mandela significaba en la vida de
cada uno de mis compañeros y la manera en que habitaba cada uno de sus
corazones”.
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La doctora Mariuska Forteza Sáez es la jefa del servicio de oncopediatría del Instituto Nacional de Oncología de La Habana. Foto Jair Cabrera Torres / Archivo.
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CUBA, BOMBAS O MÉDICOS.
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Por
Luis Hernández Navarro.
Fuente. Diario La Jornada. Ciudad de México martes 19 de mayo del 2026.
En
su primera estrofa, la canción del rapero argentino Daniel Devita, en
solidaridad con los médicos cubanos, dice:
“Sanar
o provocar heridas/ Salvar o arrebatar las vidas/Ganar por ser el que más
cuida/o matar, ser el campeón homicida”.
Participante
en la primera línea de combate por dar salud a su
pueblo en pleno recrudecimiento del bloqueo económico, la doctora
Mariuska Forteza Sáez es una de las galenas que merecen el reconocimiento
de este himno.
Madre
de dos hijos, Mariuska es la jefa del servicio de oncopediatría
del Instituto Nacional de Oncología de La Habana.
Allí
llegan los casos más difíciles de entre 350 y 400 niños y adolescentes
afectados cada año por el mal. En la isla hay mil 400 pequeños con
esa enfermedad. Cada día, ella batalla para curarlos y atenderlos,
dando lo mejor sí misma.
Es
casi una especialista en hacer milagros, aunque diga que no los
hace.
“Los
médicos –advierte– no hacemos milagros. Se necesita una infraestructura,
recursos, medicinas, combustible. Voluntad existe, también conocimientos y
personas dispuestas, pese a todo”.
A
las dificultades de tratar un padecimiento tan difícil en
una población tan sensible, hay que añadirle la escasez, falta de
insumos sanitarios y carencia de repuestos del equipo médico provocados por la
nueva vuelta de tuerca del bloqueo estadunidense.
“Donde
quiera que vayas a poner la mirada –nos dice en el hospital– vas a ver que hay
una complicación extra a la que ya teníamos. Pero, a pesar de todas esas
complejidades, todos los pacientes reciben su atención especializada”.
“Todo
nuestro empeño –explica en sus redes sociales– se centra en brindar una
atención especializada para lograr control de la enfermedad, y tenemos los
conocimientos y la voluntad para ello; pero cada día es más difícil”.
A la
doctora Forteza –como al resto de sus colegas– le duele
enormemente el descenso de la supervivencia de sus niños.
“No
son cifras de producción de algo material o de cualquier otra índole –escribe–;
son seres humanos, niños que no pudieron disfrutar de la vida; los perdimos,
pudiéndolo evitar. Duele”.
Y,
a pesar de toda su experiencia, no sabe bien a bien cómo explicarles
esto a las madres, que la miran directamente a los ojos, que reciben
cada palabra llevándola hasta lo más profundo de su alma.
Pero,
a unos cuantos kilómetros de distancia de allí, un
imperio sostiene que Mariuska y los miles de médicos y personal
sanitario cubanos, así como los científicos capaces de producir las
más sorprendentes vacunas y medicamentos para derrotar al mal, que
forman el ejército de batas blancas que batalla para procurar la salud
de millones de personas, son una amenaza a la seguridad nacional
de Estados Unidos. Y hace todo lo posible para que esos niños con
cáncer, y muchos otros enfermos más, no sanen.
Ese
mismo imperio quiere estrangular experiencias como
la de la Escuela Latinoamericana de Medicina (Elam), una de las criaturas
educativas y sanitarias de Fidel Castro. Se fundó en 1999.
Forma
parte del Programa Integral de Salud, que se desarrolló desde
octubre de 1998 para atender los desastres naturales causados por
los huracanes Mitch y Georges, que
afectaron a países centroamericanos y caribeños. En ella se entremezclan
dos grandes cruzadas de la revolución cubana: la pedagógica y la
de salud.
En
esta institución educativa, ubicada en las antiguas instalaciones
de la Academia Naval Granma, cedidas por el Ministerio de las Fuerzas
Armadas Revolucionarias, se han formado 31 mil profesionales de la salud
de 105 países, todos extranjeros. Sus estudiantes provienen
de naciones latinoamericanas, caribeñas, de Estados Unidos, África,
Asia y Oceanía. Pertenecen a más de 100 grupos étnicos y decenas de religiones.
Su objetivo es formar gratuitamente como médicos a jóvenes de otras
latitudes. En su mayoría, los alumnos son parte de familias de bajos
recursos y de lugares apartados. Visitar la Elan es como llegar a
una sucursal de Naciones Unidas. Se escuchan todo tipo de idiomas.
Una
egresada mexicana de la escuela, recuerda:
“En
clase hablábamos mucho de nuestros países. En mi aula compartíamos, si no mal
recuerdo, las siguientes procedencias: Ecuador, Bolivia, Surinam, Guyana,
Mongolia, Tanzania, Palestina, El Salvador, Jamaica, República Dominicana,
México, Guatemala, y San Vicente.
Hablábamos
a manera de anécdotas y de análisis. Alguien platicaba su situación y se iba
desglosando naturalmente; con el medio ambiente, con el servicio de salud, con
la situación política, con los movimientos sociales, con los índices de
desarrollo humano. Todo para formar parte de la salud y después parte del
proceso de salud-enfermedad. Nunca se nos exigió nada, solamente se nos
recordaba: lo único que les pedimos es que vuelvan a sus países y que, tal vez,
no le cobren lo mismo al pobre que al rico”.
Y añade: “Una de las noches en que más nos comprendimos los estudiantes fue cuando murió Nelson Mandela.
En
ese instante corrieron a la Junta Estudiantil queriendo participar y organizar
actividades. Después de unas horas de planificación, volví a mi cuarto para
estudiar un poco y en el camino atravesé su albergue. Unos metros antes de
llegar, escuché gritos al unísono ininteligibles. Cuando llegué al pie de las
escaleras, vi a cientos de muchachos corriendo, subiendo y bajando, en una
especie de marcha energética, cantando a Mandela. Entonces comprendí lo que
hasta entonces había solamente leído: lo que Mandela significaba en la vida de
cada uno de mis compañeros y la manera en que habitaba cada uno de sus
corazones”.
Muchos
de los médicos graduados regresan a sus lugares de origen
para brindar servicios en áreas con escasez de profesionales médicos.
¿Qué
peligro representa para Washington una escuela de medicina
ejemplar, con muy alto nivel educativo, en la que se han formado
incluso ciudadanos estadunidenses? ¿Acaso querer vestir de blanco la
vida es una amenaza contra el imperio? Salvar o arrebatar las vidas, he allí el
dilema.
X:
@lhan55
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