&&&&&
“Según las fuentes estadísticas internacionales más
solventes, Estados Unidos no es ni mucho menos la primera
potencia mundial en todos los aspectos: ocupa el último lugar entre
las naciones más avanzadas en los indicadores de salud, el 57
en libertad de prensa y estado del clima y el medio ambiente,
el 46 en esperanza de vida, el 29 en ausencia de corrupción, el 27
en movilidad social, el 26 en indicadores educativos y el 24 en
la felicidad que sienten sus ciudadanos. Sí está en el primer lugar,
por el contrario, en número de personas encarceladas, en muertes
por armas de fuego, tiroteos escolares, muerte por drogas, quiebras
familiares por gastos médicos, obesidad infantil, muerte
por desesperación… y, entre los países más ricos del planeta,
también en desigualdad de ingreso y riqueza, mortalidad materna y
pobreza infantil. En cuanto a indicadores económicos, igualmente
es cierto que Estados Unidos es la primera potencia mundial en gasto
militar y endeudamiento. Lo mismo que ocupa esa posición de
privilegio por el número de guerras que ha provocado o en las
que ha participado, y en los golpes de Estado que ha impulsado
o dado directamente, utilizando sus servicios de inteligencia o fuerzas
armadas.
“Estados
Unidos destaca sobremanera en los rankings mundiales. Es
cierto. Pero también lo es que todas esas posiciones de vanguardia, como
acaba de señalar, no son precisamente como para sentirse orgulloso,
y que no permitan afirmar que ese país se encuentre en una Edad
de Oro.
/////
Fuentes: Ganas de escribir.
*****
EL DOLOROSO DECLIVE DE LOS IMPERIOS.
*****
Por Juan Torres López | 16/05/2026 | Economía
Fuentes. Revista Rebelión sábado 16 de mayo del 2026.
Desde hace semanas, la página web de la Casa Blanca se
abre con un texto que termina diciendo:
«Hemos entrado
indudablemente en una Edad de Oro de la grandeza estadounidense, que promete
aún mayores oportunidades y seguridad en el futuro».
Un mensaje que el presidente Trump
suele repetir añadiendo que su país es la primera gran potencia mundial en
todos los ámbitos.
Es indudable que el poder de ese país es inmenso y que está en
la vanguardia del mundo en muchos ámbitos cruciales para la economía, la
política y la vida de los seres humanos. Pero la Administración
estadounidense y su máximo líder hacen una lectura bastante parcial del
lugar que Estados Unidos ocupa en el mundo.
Según las fuentes estadísticas
internacionales más
solventes, Estados Unidos no es ni mucho menos la primera
potencia mundial en todos los aspectos: ocupa el último lugar entre
las naciones más avanzadas en los indicadores de salud, el 57
en libertad de prensa y estado del clima y el medio ambiente,
el 46 en esperanza de vida, el 29 en ausencia de corrupción, el 27
en movilidad social, el 26 en indicadores educativos y el 24 en
la felicidad que sienten sus ciudadanos. Sí está en el primer lugar,
por el contrario, en número de personas encarceladas, en muertes
por armas de fuego, tiroteos escolares, muerte por drogas, quiebras
familiares por gastos médicos, obesidad infantil, muerte
por desesperación… y, entre los países más ricos del planeta,
también en desigualdad de ingreso y riqueza, mortalidad materna y
pobreza infantil. En cuanto a indicadores económicos, igualmente
es cierto que Estados Unidos es la primera potencia mundial en gasto
militar y endeudamiento. Lo mismo que ocupa esa posición de
privilegio por el número de guerras que ha provocado o en las
que ha participado, y en los golpes de Estado que ha impulsado
o dado directamente, utilizando sus servicios de inteligencia o fuerzas
armadas.
Estados Unidos destaca sobremanera en los rankings
mundiales. Es cierto. Pero también lo es que todas esas posiciones
de vanguardia, como acaba de señalar, no son precisamente como para sentirse
orgulloso, y que no permitan afirmar que ese país se encuentre
en una Edad de Oro.
La verdad es que Estados Unidos es un imperio en declive. Hay unos
datos muy elementales que quizá lo demuestren de forma muy rápida
y elemental. Al terminar la segunda Guerra Mundial, su Producto
Interior Bruto representaba el 50% del global, su producción
industrial equivalía al 60% de la de todos los países del mundo juntos,
y disponía del 80% de las reservas de oro existentes en el planeta.
Hoy día, el PIB de Estados Unidos representa el 25% del mundial, su industria
el 17% de la producción industrial global y sólo dispone del 25%
de las reservas de oro totales. Su peso en la economía, el comercio,
las finanzas, la tecnología e incluso en el poderío militar
sigue siendo muy alto, pero en todos esos ámbitos decae sin cesar.
Y lo hace, además, frente a China, una nación
pobre y atrasada hace muy pocas décadas y que ahora ha logrado
superar a Estados Unidos en muchos de los indicadores estratégicos más
relevantes.
¿Está Estados Unidos, cayendo, como el IMPERIO ROMANO? Todos los paralelismo explicados.
*****
Imperios en declive.
Ante esta situación en la que se encuentra Estados
Unidos me parece fundamental tener en cuenta que el declive de
todos los imperios que se han conocido y estudiado suele
tener características semejantes que es muy probable que se vuelvan a
dar ahora, en su caso.
Los imperios nunca declinan suavemente, digamos que aceptando
pasivamente su pérdida de influencia y poder. Lo hacen, por el contrario,
aumentando su agresividad, intensificando la extracción de
riqueza a otras naciones y convirtiéndose en más peligrosos
que nunca. Cuando su pujanza económica disminuye, aumentan la
coerción militar, la presión financiera y el control político.
Y, al no poder integrar ya bajo su manto a las demás naciones con
consensos y convicción, recurren a la amenaza y exigen obediencia ciega.
Eso ocurrió con Roma,
un imperio que terminó devorándose a sí mismo cuando, incapaz
de seguir expandiendo su poder, comenzó a exprimir a los campesinos y
artesanos y a generar una inflación disparada para poder financiar
un gasto militar que terminó provocando su colapso. La desigualdad
que eso produjo no fue un efecto colateral del declive, sino una de sus causas
estructurales más relevantes.
España controló durante el siglo XVI los
mayores flujos de metales preciosos que el mundo había conocido.
Era el imperio donde nunca se ponía el sol, pero comenzó a encadenar
bancarrotas y se convirtió en el Estado más endeudado de su época.
Casi la mitad de los ingresos de la Corona terminaban como intereses de
la deuda en los bolsillos de banqueros genoveses y alemanes,
mientras se deterioraban las condiciones de vida de la inmensa
mayoría de la población.
El Imperio británico, por el contrario, sí mantuvo su base productiva en la etapa de apogeo, pero no pudo evitar ni fue capaz de enfrentarse al ascenso de otras potencias como Alemania y Estados Unidos, en las últimas décadas del siglo XIX. Pero también reaccionó ante ello aumentando la agresión, la expansión colonial y las guerras cada vez más inútiles y costosas. La conocida como Guerra de los Bóers, en Sudáfrica, se había concebido como una operación rápida y de bajo coste. Sin embargo, se convirtió en un conflicto de desgaste que costó un cuarto de millón de bajas, generó una auténtica ruina financiera y puso al descubierto las limitaciones militares de un imperio que hasta entonces había podido actuar con total impunidad allí donde se le antojaba. El paralelo con las últimas guerras promovidas por Estados Unidos en Afganistán, Irak o Irán no puede ser más evidente.
Un mismo patrón.
La mayoría de los imperios conocidos han recurrido a la coerción y
a la expansión militar cuando su liderazgo económico menguaba y
por eso registran gastos militares exagerados en esa etapa que
agudizan el deterioro económico. Lo mismo que está sucediendo con
los Estados Unidos de nuestra época, un imperio que
prácticamente no ha dejado de estar en ningún momento en guerra durante
los últimos veinticinco años.
También está aumentando ahora la extracción creciente de
riqueza a quienes habían sido los mejores aliados del imperio
estadounidense. Se comprueba particularmente con Europa, que soporta
costes energéticos extraordinarios, pérdida de capital
industrial, dependencia militar y tecnológica y subordinación
estratégica a Estados Unidos sin precedentes. Y lo que aún es más revelador
es que esa presión sobre los aliados produce precisamente el efecto
contrario al deseado. La hostilidad de Trump logra unir a Europa, acercar
a China, Japón y Corea del Sur, o generar un bloque cada vez más
numeroso de países antagónicos a Washington.
Por otro lado, los imperios en declive no sólo aumentan su agresión y
control hacia el exterior, sino también dentro de sus propias fronteras.
tal y como está ocurriendo ahora con Estados Unidos. Con la
excusa de combatir el terrorismo, allí se vigila masivamente a
sus ciudadanos, se militariza la acción policial y las libertades
y derechos civiles se erosionan sin cesar.
Quizá el síntoma más claro y paralelo con el patrón histórico es lo
que está ocurriendo con la distribución de la riqueza interna en Estados
Unidos. Roma exprimió a sus campesinos para pagar a los mercenarios,
España esquilmaba a sus vasallos para pagar a sus banqueros,
y ahora Estados Unidos recorta la sanidad y ayudas destinadas
a la población más pobre para financiar su gasto militar y los privilegios
fiscales que concede a los oligarcas.
Es igualmente característico de los
imperios en declive
que sus clases dirigentes se conviertan en algo así como autómatas
incapaces de reconocer las limitaciones que afectan a su poder y capacidad
de influencia. Los reyes siguieron embarcando a España en guerras
imposibles a pesar sus bancarrotas. El imperio japonés atacó a
Estados Unidos cuando se sabía perfectamente que no estaba en
condiciones de hacerle frente. La Francia napoleónica se
precipitó ella misma hacia el colapso creyéndose dueña y señora
del mundo en las estepas rusas… Los grandes imperios en declive
nunca se detienen a tiempo.
Y, por último, en todos ellos se da un fenómeno
que también estamos viviendo en estos momentos cuando comienza a
producirse el de Estados Unidos, la financiarización extrema de sus
economías. Lo que comienza siendo un imperio basado en el poderío
productivo, agrícola, industrial y comercial termina por no poder
sostenerse nada más que en la fuerza artificialmente lograda de su moneda
divisa, además de en los ejércitos.
La caída del Imperio Norteamericano, será larga y dolorosa.
*****
No es precisamente su Edad de Oro.
Estados Unidos no va a colapsar, ni a corto plazo ni siguiendo un
guion simple o predecible. No podemos saber lo que ocurrirá
en los próximos años, pero sí se puede sostener con certeza algo que
ya ha comenzado a producirse y a evidenciarse ante nuestros ojos:
Estados Unidos está entrando en la fase más peligrosa de todos
los procesos de dominio imperial. Aquella en la que el imperio
sigue siendo extraordinariamente poderoso, pero no lo suficiente como
para imponer su poderío sin costes igualmente extraordinarios a
los demás y a sí mismo. Tanto por el deterioro de los motores que
le dan fuerza interna, como por la existencia de competidores que
alteran las reglas de privilegio que había establecido para poder
sostener su imperio.
El mundo de hoy día ya no es unipolar y Estados Unidos
se sigue comportando, sin embargo, como si lo fuera. Y su
superioridad económica, financiera, tecnológica y militar ya no es
suficiente, ni siquiera, para imponerse a una potencia
media como es Irán. Algo, hace décadas impensable. Y, como nos ha
enseñado la historia, cuando todo esto ocurre es cuando el
imperio y el mundo sobre el que se proyecta se vuelven más
inestables y violentos. La prepotencia y la soberbia insultante de Trump
no son rasgos personales, son la característica estructural y muy
dolorosas para todos de los imperios que comienzan a caer.
También sabemos, por supuesto, que la historia no
tiene por qué repetirse siempre de la misma forma. Pero, por si
acaso, debiéramos prepararnos para estar en condiciones de enfrentarnos
a lo peor.
*****

No hay comentarios:
Publicar un comentario