sábado, 17 de octubre de 2026

CUANDO LA DEMORA SE CONVIERTE EN UNA FORMA DE PODER.

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“Como decía más arriba, comprender el mecanismo de la espera también permite enfrentarlo. Las universidades tienen algo que el hombre de Kafka no tenía, tiene una comunidad capaz de organizarse, construir alianzas e intervenir sobre su destino. Esa capacidad colectiva abre una posibilidad que ningún expediente puede clausurar por anticipado. Hacerla efectiva exige sostener el reclamo judicial y articularlo con una estrategia política y social, por ejemplo, seguir coordinando acciones entre universidades, gremios y estudiantes; explicar en cada territorio las consecuencias del desfinanciamiento; ampliar los compromisos de la cultura, el trabajo y la producción con la educación pública. Cada apoyo debe ayudar a convertir una demanda universitaria en una exigencia compartida de cumplimiento de la ley.

“Ninguna de estas acciones garantiza por sí sola el resultado, lo estamos experimentando. Sin embargo, juntas pueden modificar las condiciones del conflicto, impedir que el incumplimiento se naturalice y sostener la fuerza necesaria para lograr una respuesta. La esperanza se construye también así, reconociendo las dificultades y organizando las capacidades para superarlas. La imagen de Kafka nos ayuda a comprender el peligro. El desenlace nos corresponde escribirlo colectivamente. Hay una ley que hacer cumplir y una universidad que necesita seguir enseñando, investigando y abriendo oportunidades. Defenderla es ejercer, desde siempre, nuestra capacidad de construir un futuro común.

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Estudiantes movilizan en la 4ta Marcha Federal Universitaria en Rosario Andrés Macera-

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CUANDO LA DEMORA SE CONVIERTE EN UNA FORMA DE PODER.

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Por. Dr. Anselmo Torres.

Rector de la Universidad Nacional de Río Negro.

Fuente. Página /12 sábado 17 de octubre del 2026.

Hay una manera de privar a una sociedad de un derecho sin eliminar sus leyes, es postergar su cumplimiento hasta que la espera haya producido el daño. El derecho permanece escrito; quienes deberían aplicarlo deciden, mientras tanto, las condiciones para no hacerlo.

El conflicto por el financiamiento universitario obliga a pensar esa distancia. La discusión atraviesa el Congreso, los tribunales y las oficinas del Ejecutivo, pero su medida más concreta está en la vida cotidiana de las universidades. Allí, cada mes tiene consecuencias. Los salarios deben alcanzar para vivir, las becas deben permitir estudiar y las instituciones necesitan recursos para sostener sus actividades. Ninguna de esas necesidades puede quedar suspendida al ritmo de un expediente.

Franz Kafka ofrece una imagen inquietante para comprender esta experiencia. En “Ante la ley”, la parábola incluida en El proceso, un hombre llega ante un guardián y solicita entrar. El guardián le responde que en ese momento no puede permitirlo. El hombre pregunta si podrá ingresar más adelante. La posibilidad queda abierta y la espera comienza. Pasan los años. Finalmente, el hombre muere sin haber atravesado la puerta.



La fuerza del relato reside en esa promesa que nunca se cumple. La entrada no aparece clausurada de una vez y para siempre. Permanece como una posibilidad, administrada por una autoridad que decide cuándo sería oportuno ejercerla. La vida del hombre transcurre esperando una autorización.

No se trata de presentar esta como la única interpretación de Kafka ni de convertir una obra literaria en un dictamen jurídico. Se trata de reconocer una experiencia política que su literatura permite iluminar, la existencia de una ley puede convivir con la imposibilidad práctica de acceder a ella.

En la controversia universitaria hay, además, un antecedente decisivo. El 26 de junio de 2026, hemos informado que la Corte Suprema había dejado firme la cautelar referida a los artículos 5 y 6 de la Ley de Financiamiento Universitario, vinculados con salarios y becas. El propio comunicado distinguía ese avance de las tareas pendientes, conseguir su cumplimiento efectivo y avanzar en la aplicación integral de la ley.

Esa distinción permite formular el problema con precisión. Obtener reconocimiento judicial y conseguir que ese reconocimiento transforme la realidad son momentos diferentes, lo sabíamos. Entre ambos puede abrirse una distancia en la que el derecho pierda eficacia.

Por supuesto, apelar una decisión judicial forma parte de las garantías del proceso. La presentación de un recurso no demuestra por sí sola una conducta abusiva. Corresponde examinar cada planteo, su admisibilidad y sus efectos. Pero esa precisión también exige distinguir entre discutir una resolución y estar habilitado para incumplir una obligación vigente. La existencia de una controversia no convierte automáticamente cualquier demora en legítima.

La cuestión política aparece cuando la sucesión de trámites termina haciendo de la espera una condición permanente. Cada decisión promete acercar una solución, mientras una nueva instancia vuelve a desplazarla. El procedimiento, concebido para proteger derechos, corre entonces el riesgo de absorber las energías de quienes necesitan ejercerlos.



El tiempo tiene aquí una distribución desigual. Quien administra los recursos puede prolongar una controversia; quien necesita un salario o una beca debe resolver cómo vivir durante esa prolongación. Para una familia, un mes de espera tiene un peso que ningún escrito judicial puede neutralizar. Para una universidad, la pérdida de un equipo docente o la interrupción de una investigación puede comprometer años de trabajo.

Por eso la demora puede operar como una forma de ajuste. Mientras se discute la obligación de financiar, el deterioro avanza. Después, una eventual recomposición de partidas encontrará una institución distinta, personas que se fueron, estudiantes que interrumpieron sus carreras, proyectos que perdieron continuidad. El dinero podrá reponerse, si alguna vez llega. Sin embargo, algunas oportunidades ya habrán pasado.

Hay también un desgaste político. Una comunidad obligada a demostrar reiteradamente la validez de su reclamo debe dedicar parte creciente de sus esfuerzos a conseguir que se cumpla lo reconocido. Enseñar, investigar y proyectar quedan atravesados por la necesidad de sostener las condiciones elementales para seguir haciéndolo. La incertidumbre termina organizando la vida institucional.

La lectura de Kafka invita a advertir ese mecanismo. Pero su potencia crítica se perdería si condujera a aceptar la impotencia como destino. Las universidades cuentan con organización colectiva, acción judicial, representación institucional y vínculos sociales. Esos recursos permiten disputar la espera y exigir que las decisiones tengan consecuencias.

El problema excede al sistema universitario. Si una obligación pública puede diferirse hasta agotar a quienes reclaman, se debilita la confianza en la capacidad de las instituciones democráticas para ordenar la vida común. La eficacia de una ley se juega también en el tiempo de su cumplimiento.

Defender la universidad pública exige, por eso, discutir quién paga el costo de cada demora. Detrás de los expedientes hay vidas, trayectorias y capacidades colectivas que no pueden esperar indefinidamente.

Una sociedad democrática debe poder ofrecer algo más que una puerta abierta hacia un futuro que nunca llega. Debe garantizar que los derechos puedan ejercerse mientras todavía existen las condiciones para hacerlo.

Como decía más arriba, comprender el mecanismo de la espera también permite enfrentarlo. Las universidades tienen algo que el hombre de Kafka no tenía, tiene una comunidad capaz de organizarse, construir alianzas e intervenir sobre su destino. Esa capacidad colectiva abre una posibilidad que ningún expediente puede clausurar por anticipado.

Hacerla efectiva exige sostener el reclamo judicial y articularlo con una estrategia política y social, por ejemplo, seguir coordinando acciones entre universidades, gremios y estudiantes; explicar en cada territorio las consecuencias del desfinanciamiento; ampliar los compromisos de la cultura, el trabajo y la producción con la educación pública. Cada apoyo debe ayudar a convertir una demanda universitaria en una exigencia compartida de cumplimiento de la ley.

Ninguna de estas acciones garantiza por sí sola el resultado, lo estamos experimentando. Sin embargo, juntas pueden modificar las condiciones del conflicto, impedir que el incumplimiento se naturalice y sostener la fuerza necesaria para lograr una respuesta. La esperanza se construye también así, reconociendo las dificultades y organizando las capacidades para superarlas.

La imagen de Kafka nos ayuda a comprender el peligro. El desenlace nos corresponde escribirlo colectivamente. Hay una ley que hacer cumplir y una universidad que necesita seguir enseñando, investigando y abriendo oportunidades. Defenderla es ejercer, desde siempre, nuestra capacidad de construir un futuro común.

Anselmo Torres es rector de la Universidad Nacional de Río Negro

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