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“¿Utilizará China su influencia sobre Irán para
resolver la crisis estadounidense en Asia Occidental y qué
precio tendrá que pagar Trump por ello en materia de comercio y
respecto al estatus de Taiwán?
Es probable que no sea factible
un gran avance. El resultado más probable es un enfriamiento temporal:
acuerdos para no dejar que la guerra comercial descarrile
aún más, presión diplomática sobre Irán y formulaciones vagas
sobre Taiwán. Mientras tanto se mantiene la contradicción subyacente
entre ambos países. Estados Unidos quiere conservar su dominación
mundial, mientras que China persigue un orden mundial
multilateral. Esta cumbre no cambiará nada de eso. Lo que China
teme, sobre todo a largo plazo, es el llamado “miedo
hegemónico” de EE. UU.: una gran potencia en decadencia que, por
desesperación, golpea salvajemente a su alrededor, fenómeno conocido
desde la Antigüedad griega como la “trampa de
Tucídides”. Las acciones de EE. UU.
en Irán y Venezuela, junto al bloqueo petrolero contra Cuba,
demuestran para Pekín que ahora el poder prevalece sobre el derecho,
lo que hace que el mundo sea imprevisible y peligroso.
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Fuentes: Rebelión.
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EL ENCUENTRO ENTRE TRUMP Y XI
SACA A LA LUZ LA DEBILIDAD ESTADOUNIDENSE.
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Por Marc Vandepitte | 14/05/2026 | Mundo
Fuentes Revista Rebelión jueves 14 de mayo del 2026.
Traducido del neerlandés por el autor.
Trump viaja a Pekín con la esperanza
de apagar los incendios que él mismo ha provocado. Xi Jinping se sienta a la
mesa de negociación con las mejores cartas.
Del 13 al 15 de mayo Donald Trump realiza una visita de Estado al presidente Xi Jinping en Pekín. La intención original era hablar sobre el conflicto comercial entre ambos países, pero ahora la agenda está dominada por la guerra en Asia Occidental, llamada euro céntricamente Oriente Medio. Hay mucho en juego, pero es muy dudoso que esta cumbre vaya a producir resultados tangibles.
Guerra Fría.
Las cosas no van realmente bien entre
las dos grandes potencias. Tras la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la Unión
Soviética, EE. UU. se presentó como el líder indiscutible de la política
mundial. En 1992, un año después de la caída de la Unión Soviética, el
Pentágono escribió:
“Nuestro primer
objetivo es impedir que aparezca un nuevo rival en el escenario mundial.
Debemos disuadir a los competidores potenciales incluso de aspirar a un papel
mayor a nivel regional o mundial”.
Treinta años después China se ha convertido en el principal
“competidor potencial” que debe ser contenido. El Congreso de EE.
UU. declaró en
el marco de las discusiones presupuestarias para 2019 que “la
competencia estratégica con China a largo plazo es una prioridad principal para
Estados Unidos”. Se trata de una estrategia integral que se lleva a cabo en
distintos frentes.
Washington intenta frenar el ascenso
tecnológico de China
impidiendo la exportación de chips avanzados y otras tecnologías
de alto valor. La economía china se ve obstaculizada con aranceles
comerciales y controles de inversión. Además, EE. UU. intenta aislar
económicamente a China de países vecinos como Japón,
Corea del Sur, Vietnam e India cerrando acuerdos comerciales con ellos y
formando así un
bloque conjunto.
La estrategia militar respecto a China sigue dos vías: una carrera armamentista
y el cerco del país. EE. UU. gasta 13 veces más en armamento
por habitante que China y Trump ha anunciado que el
próximo año quiere aumentar el presupuesto nada menos que en un
cincuenta por ciento.
Estados Unidos tiene alrededor de China
unas 400 bases militares. También hay
planes para desplegar un sistema de misiles de alcance medio en el Pacífico,
con lo que China quedaría dentro de su radio de acción.
Pekín responde a esta nueva Guerra Fría con inversiones y
comercio exterior. Con la campaña “nuevas fuerzas productivas” China
apuesta plenamente por industrias avanzadas como los vehículos
eléctricos, las baterías y la biotecnología. Con una gigantesca
inversión anual de 1.600 mil de millones de dólares China
quiere romper la dependencia de la tecnología occidental y
proteger al país contra la agresión estadounidense.
En el ámbito exterior destaca la Iniciativa de la
Franja y la Ruta, o la Nueva Ruta de la Seda, que
representa cientos de inversiones, concesiones de crédito, acuerdos
comerciales y decenas de Zonas Económicas Especiales por un valor de
900.000 millones de dólares. Están distribuidas en 72 países, con
una población total de unos 5.000 millones de personas, lo que
equivale al 65 % de la población mundial.
Una posición débil.
Cuando Donald Trump viaja a Pekín, no lo hace desde una
posición de fuerza. Su política exterior caprichosa y la escalada
del conflicto con Irán han debilitado seriamente a Estados
Unidos. El intento del año pasado de imponer a China aranceles
comerciales del 145% fue cancelado de inmediato cuando Pekín
bloqueó la exportación de tierras raras.
Washington esperaba golpear
a China con la guerra
contra Irán al presionar su suministro de petróleo, pero ese
objetivo ha fracasado. Es más, la inestabilidad en Asia Occidental
parece jugar precisamente a favor de Pekín. Mientras EE. UU. se
estanca en el estrecho de Ormuz y con ello siembra la inquietud en
los mercados financieros, China se perfila como un factor estable
y fiable en el comercio mundial.
El aumento de los precios de la
energía debido a la
guerra funciona como un
impulso para la energía verde. Dado que las empresas chinas
poseen el 70% de la producción mundial de tecnología verde, China
ve aumentar fuertemente sus exportaciones de paneles solares y baterías.
Además, Pekín actúa como “proveedor de última
instancia” de combustibles y fertilizantes, lo que aumenta su prestigio
diplomático en el Sur Global.
Los intentos de EE. UU. de
obstaculizar la industria tecnológica china han fracasado. Precisamente han
estimulado a China a innovar más rápidamente y a hacerse
menos dependiente del extranjero. La ventaja tecnológica de EE. UU. se
reduce visiblemente. Los avances chinos en Inteligencia Artificial
(IA) siguen pisándole
los talones a EE. UU., mientras empresas estadounidenses
como Nvidia presionan para obtener reglas más flexibles por miedo a
perder su mercado.
Trump está contra la pared en su propio país. El bloqueo
del estrecho de Ormuz dispara los precios del combustible y aviva
la inflación. Por ello, su popularidad ha caído a un punto
mínimo: un 62% de
la población desaprueba su política. Debido a esto, las perspectivas para
las elecciones de medio término de noviembre son particularmente sombrías.
Al desatar su guerra arancelaria y una contienda unilateral e
innecesaria contra Irán, Trump ha alejado a sus aliados y ha
creado espacio para que Xi Jinping forje un nuevo orden mundial
multilateral.
En el ámbito financiero la guerra erosiona aún más la hegemonía
de EE. UU. Los países utilizan cada vez más el renminbi chino
para eludir los riesgos del dólar y las sanciones estadounidenses.
Irán permite el paso de barcos por el estrecho de Ormuz a
cambio de pagos en moneda china o criptomonedas.
Esta situación le da a Xi Jinping mucho margen de negociación.
Washington ya no dicta las condiciones en esta nueva realidad,
sino que incluso debe pedir ayuda al presidente Xi para mantener abiertas
las vías navegables internacionales. En China reina
la convicción de que el poder de EE. UU. disminuye de forma
irreversible. Ahí se considera a Donald Trump como un síntoma de
este declive y, al mismo tiempo, como un acelerador de este.
Temas de conversación.
El próximo encuentro entre Trump y Xi girará en torno a tres temas
importantes: la guerra en Irán, las relaciones económicas y la
situación de Taiwán. Al mismo tiempo, el punto muerto sobre el estrecho
de Ormuz pesará como una sombra sobre todas las conversaciones.
El bloqueo del estrecho de Ormuz amenaza el suministro vital de
petróleo que mantiene en marcha la industria china, pero Pekín
ha acumulado grandes reservas para unos
cuatro meses. Trump insistirá firmemente ante Xi para que
utilice su influencia en Teherán a favor de un alto el fuego y la
liberación del estrecho de Ormuz.
La relación entre China e Irán, sin embargo, es compleja, porque China
también intenta mantener buenas relaciones con los Estados del Golfo.
Por ello, Pekín no puede simplemente dictar el rumbo de
Teherán, aunque quisiera hacerlo.
En el ámbito económico Trump busca rápidamente éxitos tangibles
de cara a las elecciones de medio término estadounidenses. Sobre
la mesa hay grandes acuerdos, como la compra de aviones
Boeing y productos agrícolas. A cambio, China quiere aranceles
de importación más bajos y controles de exportación menos
estrictos sobre la tecnología de alto valor.
La posibilidad de un verdadero avance sigue
siendo escasa. Más bien parece probable una prolongación de la
frágil tregua comercial. China espera más previsibilidad en los acuerdos
comerciales.
Sobre la cuestión de Taiwán se camina a tientas. Pekín
insiste en un rechazo estadounidense más firme a la independencia
taiwanesa, de modo que Washington debería luchar
contra la independencia de Taiwán en lugar de simplemente no
apoyarla. Es posible, aunque no seguro, que Trump lo acepte para
cerrar acuerdos, a pesar de la resistencia en Washington y Taipéi.
En resumen, para Xi son fundamentales la
estabilidad de las exportaciones y una postura más estricta
de EE. UU. respecto a Taiwán, mientras que Trump aspira
sobre todo a acuerdos que puedan agradar a su base electoral y a un pronto
desbloqueo del estrecho de Ormuz.
Miedo hegemónico.
La cumbre entre Trump y Xi tiene lugar en un momento en
que se están desplazando las relaciones de poder entre EE. UU.
y China. Washington llega a Pekín con necesidades
urgentes: una salida a la crisis en torno a Irán, precios del
petróleo más bajos, calma en los mercados financieros y un éxito
político de cara a las elecciones de medio término. Xi, en cambio,
puede presentarse como el líder de un país que, pese a la presión
sobre su abastecimiento de petróleo y sus exportaciones, parece mejor
preparado para una confrontación prolongada.
¿Utilizará China su influencia sobre
Irán para resolver la crisis estadounidense en Asia Occidental y qué
precio tendrá que pagar Trump por ello en materia de comercio y
respecto al estatus de Taiwán?
Es probable que no sea factible un gran avance. El resultado
más probable es un enfriamiento temporal: acuerdos para no
dejar que la guerra comercial descarrile aún más, presión
diplomática sobre Irán y formulaciones vagas sobre Taiwán.
Mientras tanto se mantiene la contradicción
subyacente entre ambos países. Estados Unidos quiere conservar su dominación
mundial, mientras que China persigue un orden mundial
multilateral. Esta cumbre no cambiará nada de eso.
Lo que China teme, sobre todo a largo plazo, es
el llamado “miedo
hegemónico” de EE. UU.: una gran potencia en decadencia que, por
desesperación, golpea salvajemente a su alrededor, fenómeno conocido
desde la Antigüedad griega como la “trampa de
Tucídides”. Las acciones de EE. UU.
en Irán y Venezuela, junto al bloqueo petrolero contra Cuba,
demuestran para Pekín que ahora el poder prevalece sobre el derecho,
lo que hace que el mundo sea imprevisible y peligroso.
Publicado originalmente en neerlandés
en De Wereld Morgen.
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