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“Trump ha reiterado que, una vez concretada la
victoria estadounidense en Irán, “tomará control
de Cuba casi de inmediato”. Si lo hace, se encamina hacia otro
desastre, como el que Washington sufriera en Playa Girón en abril de 1961. Los cobardes alados
podrán bombardear la isla y ocasionar grandes daños materiales en edificios e
infraestructura, pero para “tomar control” de
ese país los expertos militares estiman que se necesitaría colocar en el
terreno a una fuerza de unos 220.000 efectivos para
mantener el control y el orden tras la invasión, la misma que desencadenará una
lucha a brazo partido con las FAR de Cuba y las
milicias populares activas aún en las ciudades más pequeñas de la isla. Esta iniciativa de Trump,
además, dispararía el tiro de gracia a los tambaleantes cimientos del moribundo
orden mundial e instauraría una especie de ley de la selva en donde, siguiendo
la doctrina Trump, cualquier país podrá invadir
y apoderarse del territorio ajeno.
“Ya Beijing y Moscú advirtieron sobre este peligro e
hicieron llegar sus críticas a las pretensiones de Trump.
Pero alguien debería además decirle al bocón neoyorquino que, si avanza
militarmente sobre Cuba, estaría ofreciendo en
bandeja de plata la legitimación de una similar operación que pudiera hacer la República Popular China para reintegrar manu militari
a la estratégica provincia rebelde de Taiwán. Si tal
cosa sucediera, ¿con qué cara podría Washington
condenar a Beijing por recuperar por la fuerza
una provincia propia cuando intentó hacer lo mismo,
pero con un país independiente como Cuba?
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La fachada de la embajada de Estados Unidos en La Habana, Cuba. (EFE/EFE)
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TRUMP, ENTRE CUBA Y TAIWÁN.
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Por Atilio A. Boron. Sociólogo.
Politólogo. Dr. En Ciencias Sociales.
Maestro Universitario. Buenos Aires- Argentina.
Fuente. Página /12, martes 5 de mayo del 2026.
Trump y su mediocre equipo de colaboradores
no aprenden. Estados Unidos se empantanó en la guerra de Vietnam y sufrió una humillante derrota. Después hizo
lo mismo en Irak y Afganistán, con idénticos
resultados. La caótica huida de las fuerzas norteamericanas estacionadas en Kabul es una de las páginas más bochornosas de la
historia militar de los Estados Unidos. Ahora
agrede a Irán, bombardea indiscriminadamente
objetivos militares y civiles, amenaza con enviar a ese país a la “edad de piedra”. Pero la réplica de Teherán fue devastadora: destruyó casi todas las
instalaciones militares establecidas en las petromonarquías del Golfo y cerró el estrecho de Ormuz, ocasionando
un gran aumento en los precios del petróleo y
poniendo en jaque a la economía mundial.
Según informaciones filtradas del CENTCOM de Estados Unidos, había en esas bases entre 40 y 50.000 efectivos. Pero Asia Occidental, que como lo refleja la Biblia es una tierra pródiga en milagros, hizo que la Casa Blanca reconociera apenas catorce víctimas fatales —¡milagro bíblico si los hay!— y unos cuatrocientos soldados heridos, cifras absolutamente mentirosas que más pronto que tarde tendrán que ser rectificadas. Salvo que ante los primeros disparos ese nutrido contingente militar hubiera huido precipitadamente buscando refugio en algún país amigo de la zona o regresado cubierto de deshonra a Estados Unidos. Recordemos que la primera víctima de una guerra es la verdad, y al imperio no se le puede creer “ni un tantito así”, como advertía con razón el Che.
La destrucción del sistema de radares instalado
por sucesivos gobiernos de Estados Unidos en
esas bases coincidió con un súbito y radical cambio climático experimentado
desde fines de abril, cuando la interminable y extrema sequía de varios años
que había agobiado a Irán dio paso a lluvias
torrenciales en buena parte de su territorio. Esta rápida mutación parecería
confirmar las sospechas de las autoridades iraníes de que los radares estadounidenses
e israelíes orientaban la circulación de aviones que descargaban sustancias que
podían afectar la formación de nubes y disminuir el régimen de lluvias. Es
bien conocida la técnica de la “siembra de nubes”, realizada
con el propósito de provocar lluvias. Pero poco o nada se sabía de la
eficacia que podrían tener ciertas sustancias para impedir la lluvia. Ahora se
sabe algo más: se puede provocar y mantener una sequía. La guerra
climática ha entrado en escena.
Retomando el hilo de nuestra argumentación, Vietnam, Irak, Afganistán y ahora Irán son otros tantos hitos de previsibles
derrotas, ante lo cual cabe preguntarse por las razones que explican la
persistencia de ese “error”. Respuesta: Porque
no es un “error”, sino el implacable despliegue
del plan de negocios del gigantesco complejo “industrial-informático-militar”,
cuya rentabilidad se nutre de las infinitas guerras que provoca y libra el
imperio.
Ganancias que, no olvidemos, en parte se derivan del financiamiento de las carreras políticas de legisladores nacionales o estaduales, gobernadores y, por supuesto, de quienes deseen convertirse en inquilinos de la Casa Blanca. Va de suyo que estos políticos, con escasísimas excepciones, una vez que acceden a sus cargos, saben muy bien qué es lo que tienen que hacer: fomentar las guerras, en cualquier rincón del planeta, y mantener esta especie de keynesianismo perverso basado en un exorbitante gasto militar. Sin las superganancias del fatídico complejo, se acaba el financiamiento privado de la actividad política, y nadie en la clase política quiere que eso suceda.
Trump ha reiterado que, una vez concretada la
victoria estadounidense en Irán, “tomará control
de Cuba casi de inmediato”. Si lo hace, se encamina hacia otro
desastre, como el que Washington sufriera en Playa Girón en abril de 1961. Los cobardes alados
podrán bombardear la isla y ocasionar grandes daños materiales en edificios e
infraestructura, pero para “tomar control” de
ese país los expertos militares estiman que se necesitaría colocar en el
terreno a una fuerza de unos 220.000 efectivos para
mantener el control y el orden tras la invasión, la misma que desencadenará una
lucha a brazo partido con las FAR de Cuba y las
milicias populares activas aún en las ciudades más pequeñas de la isla. Esta iniciativa de Trump,
además, dispararía el tiro de gracia a los tambaleantes cimientos del moribundo
orden mundial e instauraría una especie de ley de la selva en donde, siguiendo
la doctrina Trump, cualquier país podrá invadir
y apoderarse del territorio ajeno.
Ya Beijing y Moscú advirtieron sobre este peligro e
hicieron llegar sus críticas a las pretensiones de Trump.
Pero alguien debería además decirle al bocón neoyorquino que, si avanza
militarmente sobre Cuba, estaría ofreciendo en
bandeja de plata la legitimación de una similar operación que pudiera hacer la República Popular China para reintegrar manu militari
a la estratégica provincia rebelde de Taiwán.
Si tal cosa sucediera, ¿con qué cara podría Washington condenar a Beijing por
recuperar por la fuerza una provincia propia cuando
intentó hacer lo mismo, pero con un país independiente como Cuba?
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