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"Todo intento por clausurar el pensamiento crítico alimenta nuevas preguntas acerca del origen de las prohibiciones. La censura revela aquello que procura ocultar. Y tal persecución intelectual confirma la fragilidad de un orden incapaz de sostenerse mediante razones compartidas. El conflicto entre trabajo y capital reaparece entonces bajo formas renovadas porque pertenece a la organización material de la producción y no a la voluntad subjetiva de propagandistas o gobernantes. Una defensa auténtica de la dignidad humana exige rechazar toda inquisición contemporánea, cualquiera que sea el vocabulario empleado para legitimarla. El pensamiento crítico constituye patrimonio universal porque permite reconocer vínculos entre experiencia individual y estructura histórica, entre sufrimiento cotidiano y organización económica, entre cultura y poder. Reducir esa capacidad a una etiqueta criminal como “terrorismo de izquierda” representa un ataque contra la inteligencia colectiva antes que contra una corriente política determinada. La emancipación intelectual comienza allí donde el lenguaje recupera precisión, la investigación recobra autonomía y la conciencia revolucionada descubre que la historia permanece abierta mientras existan mujeres y hombres dispuestos a comprenderla para transformarla.
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Marco Rubio ha recurrido al discurso del “terrorismo de izquierda” para señalar expresiones críticas al orden político y económico. Foto Afp.
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TERRORISMO DE IZQUIERDA Y SANTA INQUISICIÓN NEW AGE.
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El pensamiento crítico constituye
patrimonio universal porque permite reconocer vínculos entre experiencia
individual y estructura histórica, entre sufrimiento cotidiano y organización
económica, entre cultura y poder.
Por Fernando Buen Abad Domínguez *
Fuente. La Jornada sábado 25 de julio del 2026.
Cada ciclo del desarrollo imperial
estadunidense fabrica vocabularios destinados a convertir conflictos históricos
en anomalías rebeldes.
Hoy, la expresión “terrorismo de
izquierda”, empleada como categoría política indiscriminada, participa de esa operación al fundir
experiencias, procesos, tradiciones intelectuales y luchas sociales
heterogéneas dentro de una misma “nueva” figura criminal. Esa emboscada
no persigue precisión conceptual. Aspira a cancelar la inteligibilidad
del conflicto mediante una distorsión ideológica que sustituye el
examen de las causas por la condena preventiva de cualquier impugnación
al orden dominante. Cuando un representante del poder estatal
convierte esa fórmula en instrumento diplomático o jurídico, la controversia
deja de pertenecer al terreno de las ideas para ingresar en un dispositivo
de disciplina miento belicista donde la sospecha precede a la evidencia
y la obediencia adquiere rango de virtud cívica. La historia
demuestra que toda inquisición comienza con una redefinición del
lenguaje.
Aquella Santa Inquisición fue una institución creada por la
Iglesia católica durante la Edad Media con el propósito de investigar
y sancionar la herejía, entendida como cualquier creencia o
práctica que se apartara de la doctrina oficial. Existieron
diferentes tribunales inquisitoriales en varios países; los más conocidos
fueron la Inquisición española, establecida en 1478, la portuguesa y
la romana. Para ello, los tribunales recibían denuncias, investigaban
a los acusados y llevaban a cabo procesos judiciales. Se empleó
la tortura como método de interrogatorio y las sanciones podían
incluir penitencias, multas, confiscación de bienes, prisión e incluso
la entrega del condenado a las autoridades civiles para la aplicación
de la pena de muerte.
Toda palabra despojada de complejidad
dialéctico-histórica reduce
el horizonte del pensamiento y amplía la discrecionalidad del castigo.
La acusación remplaza al argumento. El expediente desplaza a la
investigación. La lealtad al imperio ocupa el lugar reservado al
conocimiento. Bajo esa arquitectura, universidades, sindicatos, centros
culturales, periodistas, científicos y organizaciones populares quedan sometidos
a una vigilancia que transforma la discrepancia en amenaza
existencial. El resultado consiste en una pedagogía del miedo
cuya eficacia depende menos de la represión abierta que de la normalización
cotidiana de la autocensura.
Marco Rubio ha recurrido con frecuencia a
ese repertorio discursivo para presentar cualquier cuestionamiento
estructural al capitalismo como expresión de radicalismo comunista
amenazante. Puesta la mira contra México y contra Cuba especialmente.
La estrategia responde a una lógica geopolítica que convierte
diferencias económicas y demandas populares en problemas de
seguridad nacional. Desaparece la explotación y el plus producto
como categoría analítica. Desaparecen las relaciones sociales
que producen desigualdad. Desaparecen las contradicciones entre capital
y trabajo. Permanece únicamente un enemigo abstracto cuya existencia
justificaría mecanismos extraordinarios de vigilancia, represión,
sanción y exclusión. Aquello que debería discutirse mediante evidencia
histórica termina administrado mediante categorías policiales.
Una operación semejante invierte el
orden racional de la investigación social. Ninguna sociedad debería ser acosada
cognitivamente mediante ideologías burguesas.
Las transformaciones históricas nacen
de la lucha de clases y
de los conflictos materiales en las relaciones verificables, de
formas específicas de apropiación de la riqueza, de distribuciones
desiguales del poder y de disputas permanentes por el control
del trabajo humano. Negar esa dinámica equivale a borrar el
fundamento mismo de su historia. Y la conciencia de clase emerge
precisamente cuando los individuos reconocen que los intereses
privados se infiltran como conciencia colectiva para la dominación
y así descubren que el sufrimiento perenne posee raíces históricas.
La
criminalización del pensamiento crítico intenta impedir ese reconocimiento.
Siempre que la pobreza aparece
desconectada de la concentración
de la riqueza, y que la precarización laboral se explica mediante
fracasos individuales; siempre que la desigualdad adquiere apariencia
de fenómeno natural, el conflicto estructural de clase se disfraza
tras una narrativa moralizante. Las mayorías dejan de percibirse como sujetos
históricos para contemplarse únicamente como administradoras
aisladas de dificultades personales. La fragmentación
constituye entonces una forma de gobierno mucho más eficiente que la
coerción permanente.
Una tradición humanista crítica nos recuerda que ninguna libertad
florece donde el miedo organiza el conocimiento. La investigación
científica exige contraste de hipótesis, crítica sistemática, revisión
permanente de evidencias y apertura intelectual.
Un poder que define de antemano las
conclusiones
aceptables degrada la ciencia hasta convertirla en protocolo
burocrático. La cultura pierde capacidad creadora cuando la sospecha
sustituye al diálogo. La filosofía renuncia a su función
emancipadora cuando acepta fronteras impuestas por intereses
ajenos a la búsqueda de la verdad. La universidad deja de formar
ciudadanos capaces de comprender la complejidad histórica para producir
administradores obedientes de consensos prefabricados. La experiencia
histórica enseña igualmente que ninguna hegemonía permanece
invulnerable.
Todo intento por clausurar el
pensamiento crítico
alimenta nuevas preguntas acerca del origen de las prohibiciones.
La censura revela aquello que procura ocultar. Y tal persecución
intelectual confirma la fragilidad de un orden incapaz de sostenerse
mediante razones compartidas. El conflicto entre trabajo y
capital reaparece entonces bajo formas renovadas porque pertenece
a la organización material de la producción y no a la voluntad
subjetiva de propagandistas o gobernantes.
Una defensa auténtica de la dignidad
humana exige rechazar
toda inquisición contemporánea, cualquiera que sea el vocabulario
empleado para legitimarla. El pensamiento crítico constituye patrimonio
universal porque permite reconocer vínculos entre experiencia
individual y estructura histórica, entre sufrimiento cotidiano
y organización económica, entre cultura y poder. Reducir esa
capacidad a una etiqueta criminal como “terrorismo
de izquierda”
representa un ataque contra la inteligencia colectiva antes que contra
una corriente política determinada. La emancipación intelectual
comienza allí donde el lenguaje recupera precisión, la investigación
recobra autonomía y la conciencia revolucionada descubre que la historia
permanece abierta mientras existan mujeres y hombres dispuestos a
comprenderla para transformarla.
* Doctor en filosofía.
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