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“La prueba de fuego será 2035. En realidad, la discusión probablemente no pueda resolverse
hoy. Será la evolución del propio sistema la que determine cuál de las interpretaciones
resulta finalmente correcta. Por eso adquiere tanta importancia el experimento
iniciado en Zhejiang. Si durante la próxima década China consigue
reducir las desigualdades, reforzar la prosperidad común, mantener
subordinado al capital privado, profundizar la transición ecológica y
preservar el liderazgo público sobre los sectores estratégicos,
aumentarán los argumentos de quienes consideran que está desarrollando
una modalidad inédita de socialismo. Si, por el contrario, la lógica de
la acumulación privada termina imponiéndose sobre los objetivos sociales,
el concepto de capitalismo de Estado adquirirá una fuerza explicativa
mucho mayor. En consecuencia, el debate permanece abierto. No tanto
porque falten datos, sino porque el objeto de estudio continúa
transformándose.
Una última observación. La mayoría de los análisis -tanto favorables como críticos-
intentan responder a la pregunta «¿qué es China?». Sin embargo, el propio PCCh formula otra distinta: «¿hacia dónde
va China?». Es una diferencia metodológica de enorme importancia. Mientras gran parte de la
literatura occidental clasifica el sistema atendiendo a su estado
actual, el Partido lo define por su dirección histórica. Es
decir, sostiene que una sociedad puede contener elementos
capitalistas sin ser capitalista si esos elementos constituyen
una fase transitoria subordinada a un proyecto socialista de largo
plazo. Ahí reside, probablemente, el auténtico núcleo del debate: no
en si China utiliza mercados o empresas privadas pues eso es evidente,
sino en si esos instrumentos están transformando el socialismo o si,
por el contrario, es el socialismo el que está instrumentalizando al
mercado para alcanzar unos objetivos políticos previamente
definidos. Esa es la cuestión que la evolución de China durante las
próximas dos décadas ayudará a responder.
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Fuentes: Rebelión
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¿ES CHINA UN CAPITALISMO DE ESTADO?
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Por Xulio
Ríos | 17/07/2026 | Mundo
Fuentes, Revista Rebelión viernes 17 de julio del 2026.
La naturaleza del modelo económico y
político chino seguirá siendo objeto de debate durante mucho tiempo. Pocas
etiquetas han suscitado tanta controversia como la de «CAPITALISMO DE ESTADO», utilizada
con frecuencia para describir el sistema vigente en la República Popular China.
Se trata, además, de una expresión que en China provoca un rechazo frontal, no
solo por sus implicaciones ideológicas, sino porque se considera incapaz de
explicar la singularidad de un proyecto que sus dirigentes insisten en
presentar como una forma inédita de desarrollo socialista.
La discusión no es menor. Si China
fuera simplemente un capitalismo de Estado, cabría interpretarla como una variante autoritaria del
capitalismo contemporáneo. Si, por el contrario, estuviera construyendo una
modalidad original de socialismo, nos encontraríamos ante una experiencia
histórica distinta, todavía inacabada y cuyo desenlace permanece abierto.
Oficialmente, el modelo chino se
define como una economía socialista de mercado. La expresión no es casual. Desde la
perspectiva del Partido Comunista de China (PCCh), no se trata de una
economía de mercado en sentido liberal, sino de una economía con mercado,
donde este constituye un instrumento de asignación de recursos subordinado
a objetivos políticos definidos mediante la planificación.
El mercado no determina el rumbo del desarrollo; lo hace el Partido. El
objetivo declarado continúa siendo la construcción de una sociedad socialista
moderna hacia 2049, coincidiendo con el centenario de la fundación de la
República Popular, y no la culminación de una sociedad capitalista.
Precisamente ahí reside una de las primeras diferencias conceptuales. En las economías capitalistas el mercado constituye el principio organizador del sistema; en China, al menos en el plano doctrinal e institucional, el mercado se presenta como una herramienta al servicio de un proyecto político de alcance superior
Los
argumentos del capitalismo de Estado.
Quienes califican a China como
capitalismo de Estado
parten de elementos objetivos.
Desde posiciones liberales o
conservadoras
se subraya la coexistencia de propiedad pública y privada, la búsqueda sistemática
de beneficios, la integración plena en el comercio internacional, la
existencia de grandes corporaciones competitivas o una creciente
acumulación de riqueza. A ello se añade un Estado extremadamente activo
que protege sectores estratégicos, dirige la política industrial,
controla el sistema financiero y orienta la innovación tecnológica. Para
estos analistas, China habría sustituido el libre mercado por un capitalismo
gobernado desde el poder político.
Paradójicamente, parte de la izquierda
llega a una conclusión similar, aunque por razones muy distintas. Su principal argumento es que la expansión
de la propiedad privada, la aparición de una poderosa clase empresarial,
las desigualdades sociales, la existencia de relaciones salariales
plenamente mercantiles y la utilización del beneficio como incentivo
económico revelarían un abandono de los principios clásicos del socialismo.
Desde esta óptica, el discurso socialista funcionaría como una legitimación
ideológica de un sistema esencialmente capitalista.
Resulta llamativo que esta crítica
apenas se formulara durante las primeras décadas de la reforma, cuando China seguía siendo
un país relativamente pobre. Solo cuando el desarrollo económico
alcanzó dimensiones extraordinarias comenzó a generalizarse la idea de que semejante
éxito únicamente podía explicarse mediante una conversión al capitalismo.
Es como si el socialismo solo resultara creíble mientras administraba
la escasez y dejara automáticamente de serlo al generar prosperidad.
Esta lectura, sin embargo, tiende a
minimizar la importancia de las singularidades chinas y presupone que cualquier utilización
del mercado conduce necesariamente al capitalismo, una
equivalencia que ni la teoría económica ni la experiencia histórica
permiten establecer de forma automática.
La
respuesta china.
El rechazo chino a la etiqueta de
capitalismo de Estado
no responde únicamente a una cuestión terminológica. Aceptarla
implicaría reconocer que el proyecto iniciado en 1949 habría abandonado
sus fundamentos ideológicos para transformarse en una variante del
capitalismo.
Por ello, el PCCh insiste en que las
reformas introducidas
desde finales de los años setenta representan una evolución del
socialismo, adaptada a nuevas circunstancias históricas. La incorporación
del mercado, de la empresa privada o incluso del capital
extranjero no modificaría la
naturaleza del sistema porque todos esos instrumentos permanecerían subordinados
al liderazgo político del Partido.
Desde esta perspectiva, el criterio
decisivo no
consiste en determinar si existen mercados o propiedad privada
-presentes, en diferentes grados, en numerosas economías- sino en
establecer quién fija las prioridades del desarrollo y quién controla los resortes fundamentales del poder
económico.
En China, el Partido mantiene el
control absoluto sobre los sectores considerados estratégicos; conserva la propiedad pública
de la tierra urbana y limita profundamente la privatización del suelo
rural; dirige el sistema financiero; mantiene una presencia
orgánica dentro de las grandes empresas privadas; controla los
principales instrumentos de comunicación y planificación; y, sobre todo,
impide que el empresariado pueda constituirse como una fuerza
política autónoma capaz de condicionar al Estado.
Esta diferencia resulta esencial. En las economías capitalistas
son los grandes intereses privados quienes terminan condicionando la acción
pública. En China ocurre, al menos hasta el presente, el fenómeno
inverso: es el Estado, dirigido por el Partido, quien subordina
el capital privado a prioridades políticas definidas previamente.
El
papel de la planificación.
Una idea ampliamente extendida atribuye el éxito chino
exclusivamente a la apertura económica y a la inversión extranjera.
Sin embargo, esa explicación resulta claramente insuficiente.
La apertura fue importante, pero
probablemente lo decisivo haya sido la extraordinaria capacidad del Estado para planificar el desarrollo
durante más de cuatro décadas. El capital extranjero fue
admitido, aunque bajo condiciones compatibles con los objetivos nacionales
de industrialización, transferencia tecnológica y creación de
capacidades propias.
El resultado no ha sido únicamente la
recepción de inversiones internacionales, sino la construcción deliberada
de uno de los ecosistemas industriales más completos del mundo
bajo una lógica de soberanía económica que hoy se extiende a ámbitos
tan diversos como la seguridad alimentaria, las infraestructuras
críticas, la energía o las tecnologías avanzadas.
Esta diferencia puede apreciarse comparando el caso chino con
experiencias clásicas de capitalismo de Estado, como la desarrollada
durante décadas por el Kuomintang en Taiwán. Allí el Estado impulsó
la industrialización, pero con la finalidad de consolidar una economía
plenamente capitalista e integrada en la estrategia geopolítica
estadounidense. En China continental, por el contrario, el discurso
oficial insiste en que la industrialización constituye una etapa
dentro de un proceso histórico cuyo horizonte continúa siendo socialista.
¿Qué
debemos observar?
El verdadero problema quizá no
consista en decidir hoy si China es o no capitalismo de Estado, sino en identificar
qué parámetros permitirán responder a esa pregunta en el futuro.
Reducir el análisis al crecimiento del
PIB, al
volumen exportador o al número de millonarios resulta claramente insuficiente.
Si la propia legitimidad del modelo descansa sobre la promesa de construir
una sociedad distinta, será necesario evaluar también otros indicadores.
Entre ellos destacan la evolución de
la desigualdad;
el grado de universalización de los servicios públicos; la erradicación
de la pobreza extrema; la efectividad de las políticas de prosperidad
común; la capacidad para limitar la influencia política del gran
capital; la persistencia de la propiedad pública en los sectores
estratégicos; el mantenimiento del liderazgo político del Partido sobre la economía;
la transición ecológica; la lucha contra la corrupción y la consolidación
de formas de desarrollo menos dependientes de la lógica exclusiva
del beneficio.
En este sentido adquiere especial
relevancia el experimento desarrollado en Zhejiang, una de las provincias más
dinámicas del país. Allí se ensayan políticas que pretenden anticipar
la siguiente fase del modelo: fortalecimiento del liderazgo del
Partido, desarrollo verde y civilización ecológica, ampliación de
las políticas de prosperidad común, regulación del capital privado y
profundización de la lucha contra la corrupción. Su evaluación hacia
2035 probablemente ofrecerá algunas de las evidencias más sólidas para valorar
hacia dónde evoluciona realmente el sistema chino.
China
es otra experiencia histórica.
Quizá el principal error consista en
intentar encajar a China dentro de categorías elaboradas para explicar otras
experiencias históricas.
No cabe duda de que incorpora
numerosos
elementos que asociamos al capitalismo: mercados, empresas privadas,
competencia, acumulación, innovación o apertura internacional. Pero tampoco
cabe ignorar que el poder político mantiene un grado de
dirección económica, planificación estratégica y control sobre el
capital privado difícilmente comparable con las economías capitalistas
convencionales.
El «secreto» del modelo chino parece
residir menos en la economía que en la política. No es el Estado actuando como un gran
capitalista, sino un Estado que pretende alinear la actividad económica
con objetivos sociales, nacionales y estratégicos de largo plazo.
Que esa pretensión logre materializarse plenamente o termine siendo absorbida
por las dinámicas propias del capitalismo constituye precisamente la
gran incógnita.
En última instancia, será la propia
evolución de China la
que responda a esta cuestión. Nadie puede afirmar con certeza que el actual
modelo desemboque en una sociedad socialista plenamente desarrollada.
Pero tampoco resulta metodológicamente riguroso dar por supuesto que
la presencia del mercado u otros atributos “capitalistas”
invalida automáticamente esa posibilidad.
Cabe, por otra parte, hacer mención de
la persistencia
de las campañas de educación ideológica que apela a mantener a ultranza
la fidelidad a la misión fundacional o la revalidación del
marxismo, especialmente en el xiismo, como guía
inspiradora de los más de cien millones de militantes del PCCh. Es
este mandarinato el que vertebra las políticas del país en todos los
órdenes.
China continúa siendo, ante todo, una
especificidad histórica.
Su proyecto combina una fuerte tradición civilizacional, una reivindicación
permanente de la soberanía nacional y una experimentación
institucional sin precedentes. Tal vez por ello las categorías heredadas
resulten insuficientes para comprender una realidad cuya definición
definitiva todavía pertenece más al futuro que al presente.
Un
debate todavía abierto.
La definición del sistema económico
chino
constituye probablemente uno de los mayores debates intelectuales de las
últimas décadas. Lo menos que puede decirse es que no existe un consenso
académico. Al contrario, economistas, politólogos e historiadores utilizan categorías
diferentes para explicar una realidad que combina planificación estatal,
mercados, empresas privadas, empresas públicas y un partido único
que mantiene el monopolio del poder político.
La dificultad deriva de que China reúne características propias de sistemas
aparentemente incompatibles. Quienes privilegian el peso del mercado
concluyen que el país ya es esencialmente capitalista. Quienes
ponen el acento en la estructura del poder sostienen que el socialismo
sigue siendo el principio ordenador del sistema. Entre ambos
extremos abundan las posiciones intermedias.
La
interpretación liberal: un capitalismo dirigido.
Desde una perspectiva liberal, China
representa una modalidad de capitalismo de Estado. Autores como Barry Naughton,
Nicholas Lardy o Yasheng Huang, aun con diferencias importantes
entre ellos, coinciden en señalar que la economía china funciona
mayoritariamente mediante mecanismos de mercado. Los precios se
determinan esencialmente por la oferta y la demanda, existe competencia
entre empresas, proliferan las compañías privadas, el trabajo
asalariado constituye la relación económica dominante y la integración
en el capitalismo global es prácticamente completa.
La diferencia con las economías
occidentales residiría
en que el Estado conserva un papel mucho más activo. Controla el
sistema financiero, dirige la política industrial, protege
determinados sectores, interviene sobre los flujos de capital y
utiliza las empresas públicas como instrumentos estratégicos.
Desde esta perspectiva, el socialismo habría quedado
reducido a una legitimación política mientras el funcionamiento
cotidiano respondería, en esencia, a la lógica capitalista.
La
crítica marxista: una restauración capitalista.
Curiosamente, buena parte de la
crítica
procedente de la izquierda llega a una conclusión semejante, aunque por caminos completamente
distintos.
Autores como David Harvey, Minqi Li o
Au Loong Yu consideran que las reformas iniciadas por Deng Xiaoping condujeron progresivamente a una
restauración del capitalismo.
Su argumento principal no se centra en
la existencia de mercados
-que también existieron parcialmente en otras experiencias
socialistas- sino en la transformación de las relaciones sociales
de producción.
Subrayan varios elementos como el
crecimiento de
la propiedad privada; la formación de una poderosa clase empresarial;
la ampliación de las desigualdades sociales; la mercantilización
creciente del trabajo; la aparición de grandes fortunas; la integración
plena en el capitalismo mundial.
Desde esta óptica, el Estado continúa siendo fuerte, pero actúa
esencialmente para garantizar la acumulación de capital, aunque bajo dirección
del Partido.
No obstante, esta interpretación suele enfrentarse a una objeción
relevante. Si el capitalismo se hubiera restaurado plenamente, ¿cómo
explicar que el Estado siga controlando los principales bancos, los sectores
estratégicos, la política monetaria, la tierra urbana y una parte sustancial de
la inversión nacional?
Una
tercera interpretación: un modelo híbrido.
Otros investigadores consideran
insuficiente la dicotomía
entre socialismo y capitalismo.
El caso más conocido probablemente sea
Giovanni Arrighi.
En “Adam Smith en Pekín”, Arrighi sostenía que China no estaba reproduciendo
el desarrollo capitalista occidental sino construyendo una vía distinta
basada en una fuerte tradición estatal, un elevado grado de
planificación y una utilización pragmática del mercado.
Más recientemente, Isabella Weber ha insistido en que muchas de
las instituciones económicas chinas no proceden únicamente del marxismo
soviético, sino también de tradiciones administrativas imperiales
que concebían el mercado como un mecanismo útil siempre que
permaneciera bajo supervisión pública.
Desde esta perspectiva, el mercado no sería incompatible con el socialismo
siempre que no determinase por sí mismo la orientación estratégica
del desarrollo.
¿Qué
responde el PCCh?
La posición oficial del Partido
Comunista de China
parte de un razonamiento diferente. El criterio fundamental no
consiste en determinar si existe propiedad privada o mercado.
La verdadera cuestión consiste en responder quién
ejerce el poder político
y qué finalidad persigue la economía.
Para el PCCh, el mercado constituye únicamente un instrumento. El
sujeto dirigente continúa siendo el Partido. Esta diferencia no es
meramente retórica. Como se ha señalado, en China la tierra sigue
sin privatizarse plenamente; los bancos fundamentales permanecen
bajo control estatal; las grandes empresas estratégicas siguen
siendo públicas; las compañías privadas incorporan estructuras
permanentes
del Partido;
el Estado determina las grandes prioridades industriales,
tecnológicas y territoriales mediante planes quinquenales; el
capital privado carece de autonomía para convertirse en una fuerza
política independiente.
Desde la lógica oficial, precisamente estos elementos
impedirían definir el sistema como capitalista.
Aceptar esa etiqueta supondría reconocer que el Partido ha abandonado
su misión histórica, algo incompatible con toda su construcción
ideológica desde Deng Xiaoping hasta Xi Jinping.
¿Dónde
está realmente la diferencia?
Quizá la cuestión más interesante
consista en comparar el capitalismo de Estado clásico con el modelo chino.
En las experiencias habitualmente definidas como capitalismo de Estado
-Japón de la posguerra, Corea del Sur, Singapur o el citado Taiwán
gobernado por el Kuomintang- el Estado intervino intensamente para acelerar
la industrialización. Pero esa intervención perseguía consolidar
economías plenamente capitalistas. El éxito empresarial acababa
traduciéndose, tarde o temprano, en influencia política de las élites
económicas.
China presenta, hasta ahora, una
lógica diferente.
Los grandes empresarios pueden acumular riqueza, pero no pueden constituirse
como un poder autónomo frente al Partido. No controlan el sistema financiero.
No
controlan los grandes medios de comunicación. No determinan la orientación de la
planificación. NO financian partidos políticos alternativos.
Y cuando el liderazgo considera que determinados sectores concentran
un poder excesivo -como ocurrió recientemente con las plataformas
digitales o el sector inmobiliario- interviene directamente para reequilibrar el sistema. Esta subordinación
permanente del capital al poder político constituye probablemente la principal
diferencia respecto del capitalismo de Estado convencional. Es
más, el Partido conserva intacta toda la capacidad para condicionar
e incluso revertir la política del país.
El
verdadero criterio.
Por ello, quizá la pregunta adecuada
no sea si China
tiene mercado. La inmensa mayoría de las economías contemporáneas
utilizan mercados. La cuestión verdaderamente relevante consiste
en averiguar quién gobierna a quién. ¿Gobierna el mercado al Estado?
¿O gobierna el Estado al mercado?
En las economías liberales, el poder económico tiende progresivamente
a condicionar el poder político. En China, al menos hasta el presente,
sucede justamente lo contrario. Ello no demuestra automáticamente
que el modelo sea socialista. Pero sí obliga a reconocer
que las categorías tradicionales resultan insuficientes para
describirlo.
La
prueba de fuego será 2035.
En realidad, la discusión probablemente no pueda resolverse
hoy. Será la evolución del propio sistema la que determine cuál de las interpretaciones
resulta finalmente correcta. Por eso adquiere tanta importancia el experimento
iniciado en Zhejiang.
Si durante la próxima década China
consigue reducir las
desigualdades, reforzar la prosperidad común, mantener
subordinado al capital privado, profundizar la transición ecológica y
preservar el liderazgo público sobre los sectores estratégicos,
aumentarán los argumentos de quienes consideran que está desarrollando
una modalidad inédita de socialismo.
Si, por el contrario, la lógica de la acumulación
privada termina imponiéndose sobre los objetivos sociales, el
concepto de capitalismo de Estado adquirirá una fuerza explicativa
mucho mayor.
En consecuencia, el debate permanece
abierto. No
tanto porque falten datos, sino porque el objeto de estudio continúa
transformándose.
Una
última observación.
La mayoría de los análisis -tanto favorables como críticos-
intentan responder a la pregunta «¿qué es China?». Sin embargo, el propio PCCh formula otra distinta: «¿hacia dónde
va China?».
Es una diferencia metodológica de
enorme importancia.
Mientras gran parte de la literatura occidental clasifica el sistema
atendiendo a su estado actual, el Partido lo define por su dirección
histórica. Es decir, sostiene que una sociedad puede contener elementos
capitalistas sin ser capitalista si esos elementos constituyen
una fase transitoria subordinada a un proyecto socialista de largo
plazo.
Ahí reside, probablemente, el auténtico núcleo del debate:
no en si China utiliza mercados o empresas privadas pues eso es
evidente, sino en si esos instrumentos están transformando el socialismo
o si, por el contrario, es el socialismo el que está instrumentalizando
al mercado para alcanzar unos objetivos políticos previamente
definidos. Esa es la cuestión que la evolución de China durante las
próximas dos décadas ayudará a responder.
Xulio Ríos es autor de Marx
& China. La sinización del marxismo (Akal, 2025).
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