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"El fin de la Guerra Fría desligó al radicalismo y al conservadurismo del liberalismo centrista. Los efectos fueron drásticos. Décadas de consenso neoliberal fueron desafiadas por figuras como Donald Trump y Bernie Sanders. Cuando Trump asumió la presidencia —primero en 2017 y nuevamente en 2025— lo hizo como crítico del orden liberal de Estados Unidos. Sin embargo, el lema «Estados Unidos primero» no ha dado lugar a la reactivación de la producción nacional, a la mejora del bienestar social ni a la protección de la clase trabajadora. Por el contrario, el trumpismo se caracteriza por una corrupción masiva y descarada (tanto en el país como en el extranjero), el militarismo en el exterior y políticas internas de deportación masiva. Estados Unidos ha seguido ampliando sus compromisos y su gasto militares, pero sin un compromiso con el bienestar social interno. Mientras tanto, el optimismo de la población estadounidense respecto al futuro ha disminuido en general desde 2013.
"En resumen, Estados Unidos ha elegido el camino neofascista que Wallerstein consideró inicialmente como el menos probable: conflicto social, brutalidad y prejuicios. Los miembros de los estratos superiores han buscado aferrarse a sus notables privilegios y beneficios. En consecuencia, la población estadounidense lleva vidas más precarias, viviendo al día, con menos protecciones contra los riesgos de la enfermedad, la vejez y la inestabilidad laboral. En 2026, la guerra de Estados Unidos en Irán resume dos tendencias del declive hegemónico estadounidense. Una es la incapacidad de Estados Unidos para imponer su voluntad a pesar de contar con un ejército extremadamente poderoso. La otra es el descontento de la población estadounidense ante un nivel de vida reducido y una clase dirigente en la que ya no confía. Esos sentimientos de descontento, como señaló Wallerstein, pueden ser poderosos catalizadores de la acción política. Washington podría verse sorprendido una vez más por acontecimientos caóticos, tanto a nivel global como interno, que no puede controlar.
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Fuentes: Revista Jacobin.
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WALLERSTEIN PREDIJO LA CAÍDA DEL IMPERIO ESTADOUNIDENSE.
Sociólogo, Historiador, Científico Social Estadounidense. (1930-2019)
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Por Gregory P.
Williams | 27/08/2026 | EE.UU.
Fuentes. Revista Rebelión jueves 27 de agosto del 2026.
En pleno auge belicista tras el 11S,
Immanuel Wallerstein anticipó que la hegemonía estadounidense había iniciado
una caída irreversible. A más de dos décadas de la advertencia, la incapacidad
de Washington para gestionar la decadencia aceleró el giro neofascista interno
y empujó al mundo a una era de caos e inestabilidad.
En julio de 2002, Immanuel Wallerstein
participó en el programa matutino de llamadas en vivo de C-SPAN. Acababa de escribir un ensayo para
la revista Foreign Policy con un título provocativo:
«El águila ha aterrizado de emergencia». Wallerstein argumentaba que la
posición dominante de Estados Unidos en el escenario mundial estaba
en declive. Había pasado menos de un año desde los atentados del 11S y
la posterior invasión estadounidense de Afganistán. El gobierno de Bush
estaba preparando a sus fuerzas armadas y a la opinión pública para la invasión
de Irak, que comenzaría en marzo de 2003.
Conviene recordar que George W. Bush era una figura muy popular en ese
entonces. La aprobación del presidente había alcanzado un récord del 90
% el septiembre anterior y se mantenía por encima del 70 % cuando Wallerstein
hizo pública su advertencia sobre el declive. Sin embargo, a Wallerstein
le pareció el momento exacto para intervenir. Llevaba escribiendo sobre la decadencia
hegemónica de Estados Unidos desde principios de la década de 1980.
Pese a ello, aún creía, en el intervalo entre las invasiones de Afganistán e
Irak, que Estados Unidos tenía la oportunidad de gestionar
eficazmente su declive.
Wallerstein no creía que fuera posible
prolongar indefinidamente el dominio global de una gran potencia.
Sostenía que las grandes potencias alcanzan la hegemonía —término que
remite a un dominio global sin parangón— debido a factores
económicos, políticos y militares que, en última instancia, también erosionan
esa misma hegemonía. El declive hegemónico estadounidense comenzó mucho antes
del 11S, con la crisis económica de la década de 1970 y la guerra
de Vietnam.
Para Wallerstein, Estados Unidos enfrentaba la disyuntiva de toda potencia hegemónica en decadencia: un declive progresivo o una caída estrepitosa. George W. Bush eligió lo segundo. Hoy, Donald Trump ha acelerado aún más esa dinámica al desplegar agresivamente una de las pocas armas que le quedan a un hegemón en agonía: un aparato militar extremadamente poderoso.
Ciclos de hegemonía.
¿Por qué estaba en declive la
hegemonía de Estados Unidos? Para Wallerstein, la hegemonía estadounidense del siglo XX apenas
se diferenciaba de la holandesa del siglo XVII o de la británica del
siglo XIX. Estas tres potencias (y solo estas tres, según su
planteo) alcanzaron la hegemonía al montarse sobre una ola de fuerzas
económicas que no podían controlar del todo y al imponerse
militarmente sobre un rival. Tras su triunfo, la potencia hegemónica
pasaba a crear instituciones a su imagen y semejanza. Los británicos,
por ejemplo, se impusieron sobre Francia y luego crearon el Concierto
de Europa en 1815.
El ascenso de Estados Unidos a la
hegemonía
comenzó tras la recesión mundial de 1873. En el relato de
Wallerstein, la pérdida de cuota de mercado de Gran Bretaña en el
mundo se debió al despliegue de Estados Unidos y de su principal
rival, Alemania. Estados Unidos se convirtió en un gigante de la
producción de acero y, posteriormente, de automóviles, mientras que Alemania
lo hizo en la industria química. El ascenso económico de cada uno de
estos Estados fue precedido por una crisis política interna y una
posterior estabilización (relativa): en el caso estadounidense,
la victoria de la Unión en la Guerra de Secesión; en el alemán,
la unificación bajo el liderazgo prusiano tras la guerra franco-prusiana.
Wallerstein concebía las dos guerras mundiales
como una prolongada Guerra de los Treinta Años entre ambos rivales.
Señalaba que tanto las Provincias Unidas de los Países Bajos como
Gran Bretaña también habían alcanzado la hegemonía tras
conflagraciones de tres décadas (en el caso neerlandés, esto ocurrió
tras la Guerra de los Treinta Años original, entre 1618 y 1648).
Tras imponerse a Alemania y a las potencias del Eje en 1945,
la dirigencia estadounidense consideró que necesitaba tres
condiciones para sostener su prosperidad: 1) mercados
internacionales para su producción industrial; 2) un orden mundial que
garantizara el comercio a bajo costo; y 3) una suerte de pacto que
asegurara que la producción no sufriera interrupciones. Washington
logró estos objetivos mediante la reconstrucción de Europa Occidental
y Japón, la creación de grandes instituciones multilaterales como las Naciones Unidas y el
establecimiento de un acuerdo tácito con la Unión Soviética. Este último
movimiento, simbolizado por la Conferencia de Yalta en febrero de 1945,
fue para Wallerstein mucho más decisivo que la fundación de la ONU
dos meses después.
Según el relato convencional, la
Guerra Fría —que se
extendió aproximadamente desde 1945 hasta 1991 (si se toma el período
más amplio)— fue una contienda entre dos adversarios irreconciliables:
Estados Unidos y la Unión Soviética. Para Wallerstein, en cambio,
este período se articuló en torno a un pacto implícito entre las dos
grandes potencias. La esfera de influencia estadounidense abarcaba
aproximadamente dos tercios del planeta, mientras que la soviética
cubría el resto. Cada potencia dominaba su zona y utilizaba la amenaza
de la otra para alinear a sus aliados díscolos. Yalta
se sostenía en un «equilibrio del terror» entre ambas naciones.
El apogeo de la hegemonía
estadounidense
transcurrió aproximadamente entre 1945 y 1970. Como todo hegemón,
Estados Unidos terminó siendo víctima de su propio éxito.
Hacia 1970, Europa Occidental y Japón se habían convertido, a
ojos de Wallerstein, en pares económicos de Washington. En el
proceso de forjar socios comerciales —clave para el éxito de posguerra—,
Estados Unidos también construyó a sus propios rivales. Como
todo hegemón, Estados Unidos comenzó a perder su ventaja económica
siguiendo la misma secuencia en la que la había construido. Primero,
el hegemón pierde su ventaja en la agricultura y la industria;
luego, en el comercio; finalmente, en el sector financiero.
También en la década de 1970, la derrota en Vietnam expuso
la debilidad militar de Estados Unidos y su incapacidad para
imponer su voluntad a escala global. Vietnam, escribió Wallerstein,
simbolizó el rechazo al orden mundial estadounidense por parte de los pueblos
postergados del mundo, conocidos a veces como Tercer Mundo o Sur Global.
El movimiento de independencia vietnamita contra las potencias coloniales
(Francia, Japón y Estados Unidos) fue una extensión de la ola
de protesta global que eclosionó en 1968. Según Wallerstein,
«la
generación del 68 no se limitó a condenar la hegemonía estadounidense.
Condenaron la complicidad soviética con Estados Unidos, condenaron Yalta» y
solo veían «dos bandos: las dos superpotencias y el resto del mundo».
El colapso de la Unión Soviética en
1991, de nuevo a contracorriente
del sentido común dominante, representó para Wallerstein un desastre
para Estados Unidos, porque perdió a su gran Otro. En un
ensayo de 1992, Wallerstein insistió en que la Guerra Fría
«no era un juego que
había que ganar, sino más bien un minué que había que bailar… El fin de la
Guerra Fría eliminó, en efecto, el último gran sostén de la hegemonía y la
prosperidad estadounidense: el escudo soviético».
La respuesta de Washington al declive hegemónico ha sido
reafirmar su grandeza, tanto en los discursos como en los hechos,
para intentar recuperar su posición global. Sin embargo, como explicó Wallerstein
en C-SPAN:
«Si eres el número
uno, no tienes por qué andar gritándolo. La gente lo sabe. Si tienes que
gritarlo, es porque algo anda mal. Algo está pasando».
Patrón del colapso en 7 etapas. Estados Unidos está en la étapa 5.
*****
Matar al mensajero.
Muchos de los oyentes que llamaban a
C-SPAN no
recibieron con agrado el mensaje de Wallerstein sobre el declive. La
audiencia expresó su malestar de diversas maneras: una persona
preguntó si flameaban banderas en el campus de Yale, dado el
aparente sesgo antiestadounidense del autor; otra lo acusó de haber
esquivado el reclutamiento para la guerra de Vietnam, sin reparar en que
había sido incorporado al servicio militar en una etapa anterior, durante
la guerra de Corea. A una tercera le dio escalofríos la sola idea
de Wallerstein en la presidencia:
«Si un tipo como él
estuviera al mando de Estados Unidos, el país terminaría como un armadillo,
hecho una bola, esperando a que le den una patada».
Ese tipo de exabruptos resultaba habitual para Wallerstein,
quien ya había escrito sobre el costo psicológico y nacional que el declive
hegemónico impone a quienes lo experimentan. Se trataba de un período
potencialmente peligroso para la política interna y para la clase
dirigente a la que la ciudadanía pudiera recurrir. En el programa,
Wallerstein aclaró que él solo era el mensajero y que Estados
Unidos se estaba aislando del mundo: no solo de las naciones que
necesitaba seducir, sino también de sus aliados más cercanos.
«Si sobreestimas tu
poder y andas por ahí actuando como un matón», afirmó, «pierdes mucho más que
si entablas un diálogo elemental».
Parte de la audiencia veía en
Wallerstein un
intento de reformar la política exterior estadounidense. Un espectador
preguntó cómo responder a las acusaciones de antiamericanismo, a lo que Wallerstein
respondió que procuraba apelar a la razón. Sostuvo que la política
exterior de Estados Unidos atentaba contra los propios intereses de sus
ciudadanos:
No apelo a su altruismo, apelo a su
egoísmo. Están provocando un impacto negativo mucho más veloz sobre Estados
Unidos y sobre sus propias vidas. En cuanto a su nivel de vida, su riesgo de
morir y todo lo que defienden, estarán peor si insisten con estas políticas que
si cambian de rumbo.
El declive no equivalía a una catástrofe. Históricamente,
las potencias hegemónicas no caen demasiado bajo: terminan
reacomodándose entre las demás grandes potencias, aunque con un nivel de
confort material superior al de la mayoría (basta observar hoy a
los Países Bajos o al Reino Unido). Es más: como escribió Wallerstein
en aquel ensayo de 1992, el declive podía ser «la mayor bendición de
todas». Estados Unidos tenía la oportunidad de abrazar un sentido moral.
Fue
«Abraham Lincoln quien
dio la nota moral: “Así como no querría ser un esclavo, tampoco querría ser un
amo”».
A comienzos de la década de 1990,
Wallerstein
vislumbró dos futuros posibles para Estados Unidos. El primero derivaría
en el neofascismo, caracterizado por el conflicto social y por el
sometimiento de los sectores populares a la brutalidad y el prejuicio.
El segundo escenario, más esperanzador, asumía la forma de una solidaridad
nacional canalizada mediante la socialdemocracia y el avance hacia
el igualitarismo.
Aunque Wallerstein no solía inclinarse por pronósticos
desmedidamente optimistas, consideraba que la vía igualitaria era
más probable que la neofascista. Preveía una catarsis nacida de «un
estrés social compartido» que, articulada con la prosperidad económica
estadounidense y la noción popular de libertad, engendraría
un movimiento contra las principales dimensiones de la «asignación
desigual»: género, raza y etnia,
edad y clase.
Calculaba que el impulso del 68, al haber resquebrajado la hegemonía
estadounidense y destronado la ideología del liberalismo centrista,
conduciría a un movimiento de masas en favor del progreso.
Wallerstein contaba además con la
historia como guía. En los dos primeros antecedentes de hegemonía en la
economía-mundo capitalista —el holandés y el británico—, el declive hegemónico
fue seguido, a la larga, por una marcha hacia el bienestar y la igualdad. ¿Por
qué tendría que ser Estados Unidos la excepción?
Sin embargo, Wallerstein también dejaba abierta la rendija del
neofascismo. Si el fin de la Guerra Fría significaba el fin del
dominio estadounidense sobre dos tercios del globo, también
implicaba el fin del liberalismo centrista como garante cultural
de la economía-mundo capitalista. Desde las revoluciones de 1848,
al menos, el liberalismo centrista había sido la fuerza de gravedad
que mantenía a raya tanto a la izquierda radical como a la derecha
conservadora.
El liberalismo centrista prometía la efectivización de los derechos
democráticos y el bienestar económico, no de manera inmediata para todos los
pueblos, sino mediante un proceso gradual y ordenado administrado
por el Estado a lo largo de generaciones. El liberalismo
centrista, como señaló Wallerstein en su libro El moderno
sistema mundial IV, fue utilizado por «los fuertes [para] atenuar
el descontento de los débiles». Las figuras e instituciones poderosas
atenuaban el descontento de las masas desposeídas, así como los Estados
fuertes atenuaban el descontento de los Estados débiles.
Sin embargo, la ventaja económica de Estados
Unidos trastabilló a medida que el Sur Global comenzó a impugnar
la estructura de poder de Yalta. Tras el colapso de uno de sus
actores principales, la Unión Soviética, las masas y los
Estados débiles demostraron no ser tan débiles después de todo. Ante
ese escenario, para Wallerstein,
«los conservadores
volverían a ser conservadores, y los radicales, radicales. Los liberales
centristas no desaparecieron, pero vieron recortado su peso». Las posibilidades
ideológicas quedaban de pronto abiertas.
Tras la Guerra Fría, Wallerstein percibió un gran potencial
para que el declive de la hegemonía estadounidense estuviera
acompañado de una redistribución económica interna. Diez años más
tarde, aquel movimiento radical no se había materializado,
mientras que los halcones conservadores se hallaban firmemente entronizados
en el poder. Buscaban hacer alarde de su músculo militar porque,
según su lógica,
«si Washington no
ejerce la fuerza, Estados Unidos quedará cada vez más
marginado». Wallerstein, no obstante, advirtió que sus acciones provocaban
el efecto contrario. Inevitable como era el declive, la agresiva política
exterior del gobierno de Bush «solo contribuirá a la decadencia de Estados
Unidos, transformando un descenso gradual en una caída mucho más rápida y
turbulenta».
En retrospectiva, el ensayo de 2002 y la aparición televisiva de Wallerstein
constituyeron un intento por desviar a Estados Unidos de esa trayectoria.
Evidentemente, había abandonado la esperanza de un movimiento
socialdemócrata y reorientaba su atención hacia el propio poder
hegemónico en descomposición. En el verano de 2002, más de
seis de cada diez estadounidenses respaldaban la apertura de un segundo
frente bélico en Irak. La posición de Wallerstein era la de
un sector crítico, impopular pero persistente. Ante semejantes
cuestionamientos, el presidente Bush se limitaba a señalar que la historia
juzgaría sus actos.
Hoy resulta evidente que los halcones no lograron
preservar la hegemonía estadounidense ni remodelar el mundo a la
medida de los intereses de Washington. ¿Qué ha ocurrido entre
aquel momento y el presente?
Declive y negación.
El siglo XXI no ha empezado bien para
Estados Unidos.
La dirigencia estadounidense se ha empecinado en recuperar la hegemonía
perdida. A medida que el poder económico de Estados Unidos
disminuye en comparación con el resto del mundo, Washington ha
utilizado su ejército para hacer gala de fuerza e imponer sus objetivos
políticos. De hecho, Estados Unidos ha emprendido más
intervenciones militares desde 1991 que entre 1798 y 1990.
Esta opción constituye la estrategia clásica de un hegemón en
decadencia sumido en la negación: consciente de su caída, pero
incapaz de ver que su mejor opción viable era la gestión adecuada
del descenso.
Estados Unidos no ha logrado un mundo más
pacífico ni más próspero, ni ha mejorado la situación de las naciones
que invadió. En Universalismo europeo: la retórica del poder (2006),
Wallerstein cuestionó la lógica del intervencionismo. La potencia invasora
rara vez mejora la situación del lugar invadido en comparación con
lo que habría sido de no haber intervenido, conclusión confirmada por
las aventuras militares de Estados Unidos a lo largo y ancho del Medio
Oriente.
El veredicto de Wallerstein de 2002 podría haber sido escrito este
mismo año (o esta misma semana). Escribió que Estados Unidos se
encuentra como
«una superpotencia
solitaria que carece de poder verdadero, un líder mundial al que nadie sigue y
al que pocos respetan, y una nación que va a la deriva peligrosamente en medio
de un caos global que no puede controlar».
La reacción de la generación del 68 que él describió provino tanto del Sur
Global no alineado como de las masas descontentas en su propio
país. En el siglo XXI, la concatenación que comenzó a nivel del sistema-mundo
se trasladó rápidamente a la política interna estadounidense y
luego volvió a extenderse hacia afuera.
El fin de la Guerra Fría desligó al
radicalismo y al conservadurismo
del liberalismo centrista. Los efectos fueron drásticos.
Décadas de consenso neoliberal fueron desafiadas por figuras
como Donald Trump y Bernie Sanders. Cuando Trump asumió la presidencia
—primero en 2017 y nuevamente en 2025— lo hizo como crítico del orden
liberal de Estados Unidos.
Sin embargo, el lema «Estados Unidos
primero» no
ha dado lugar a la reactivación de la producción nacional, a la mejora
del bienestar social ni a la protección de la clase trabajadora.
Por el contrario, el trumpismo se caracteriza por una corrupción
masiva y descarada (tanto en el país como en el extranjero),
el militarismo en el exterior y políticas internas de deportación
masiva. Estados Unidos ha seguido ampliando sus compromisos y su
gasto militares, pero sin un compromiso con el bienestar social interno.
Mientras tanto, el optimismo de la población estadounidense
respecto al futuro ha disminuido en general desde 2013.
En resumen, Estados Unidos ha elegido el camino neofascista que Wallerstein
consideró inicialmente como el menos probable: conflicto social,
brutalidad y prejuicios. Los miembros de los estratos superiores han
buscado aferrarse a sus notables privilegios y beneficios. En
consecuencia, la población estadounidense lleva vidas más
precarias, viviendo al día, con menos protecciones contra los
riesgos de la enfermedad, la vejez y la inestabilidad laboral.
En 2026, la guerra de Estados Unidos en Irán resume dos
tendencias del declive hegemónico estadounidense. Una es la incapacidad
de Estados Unidos para imponer su voluntad a pesar de contar con un ejército
extremadamente poderoso. La otra es el descontento de la
población estadounidense ante un nivel de vida reducido y una
clase dirigente en la que ya no confía. Esos sentimientos
de descontento, como señaló Wallerstein, pueden ser poderosos
catalizadores de la acción política. Washington podría verse
sorprendido una vez más por acontecimientos caóticos, tanto a nivel
global como interno, que no puede controlar.
Gregory
P. Williams:
Profesor asociado de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales en la
Universidad Simmons de Boston. Su libro Contesting the Global Order:
The Radical Political Economy of Perry Anderson and Immanuel Wallerstein es
un título académico destacado de la American Library Association.
Traducción:
Natalia López.
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