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“Los llamados trolls. La diferencia entre ambos términos resulta fundamental. El
bot es automatización. El troll, en cambio, es una persona que interviene
deliberadamente para provocar, hostigar, confrontar o desviar una
conversación. Un troll puede utilizar una red automatizada
para multiplicar el alcance de sus mensajes, de modo que ambas
figuras pueden trabajar dentro de una misma operación. “Del otro lado
hay una persona molestándonos, agrediendo, pero en el caso del bot hay un
algoritmo automático y eso le permite a quien lo controla manejar una gran
cantidad de cuentas”, indica Emmanuel Larussi, ingeniero en Sistemas y
doctor en Ciencias de la Computación, para la estación AM750.
“Por su parte, las Naciones Unidas también describen
a los trolls como individuos o grupos que pueden asumir
identidades falsas y utilizar redes sociales para enviar o suprimir
determinados mensajes, difundiendo información errónea o desinformación
y generando la apariencia de que una determinada narrativa es mayoritaria
o ampliamente aceptada. Ante este panorama, la Unión Europea utiliza
actualmente el concepto de Foreign Information Manipulation and
Interference (FIMI) para describir determinadas operaciones
intencionales y coordinadas destinadas a manipular el entorno
informativo y afectar procesos políticos.
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Este fenómeno ha sido observado en campañas electorales de América Latina. Foto: Composición LR/IA.
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¿QUÉ SON LOS ‘BOTS’?
LA NUEVA ARMA DE MANIPULACIÓN POLÍTICA EN AMÉRICA LATINA.
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Detrás de una avalancha de me gusta, respuestas y tendencias en redes sociales puede no existir una multitud, sino una operación coordinada para fabricar consenso y amplificar determinadas narrativas. Estas redes de cuentas automatizadas, trolls y usuarios falsos ya forman parte de las disputas políticas en América Latina y plantean un nuevo desafío para la conversación pública y los procesos electorales.
Por Mauricio Guevara Condore.
Periodista.
Fuente, La República lunes 14 de
septiembre del 2026.
Una publicación aparece en X. En
cuestión de minutos llegan cientos de respuestas, miles de "me gusta"
y una cadena de
mensajes que parece confirmar que detrás de aquella consigna existe una
multitud. Pero
la multitud puede ser una ilusión. En el otro extremo de la
pantalla, una computadora puede estar coordinando cientos o miles de
cuentas diseñadas para comportarse como usuarios comunes.
La operación ya no necesita una
habitación
llena de teléfonos encendidos. Puede funcionar desde servidores en la
nube, mediante servicios de cómputo alquilados y sistemas capaces
de administrar numerosas direcciones IP. También puede adoptar una
forma más rudimentaria: dispositivos conectados a una computadora que
ejecuta órdenes simultáneas.
La tecnología cambia; el propósito
permanece: fabricar actividad
donde no necesariamente existe respaldo ciudadano es una
práctica ya conocida en Perú. Durante la década de 1990, y
especialmente en los años finales del régimen de Alberto Fujimori, los
llamados diarios chicha se convirtieron en uno de los ejemplos
más notorios de esta práctica.
Publicaciones como El Chino, La
Chuchi, El Tío, El Mañanero y La Yuca utilizaron sus portadas para atacar a
adversarios políticos y favorecer al oficialismo. Titulares como "Turista
Andrade continúa botando obreros de la Muni" o "Toledo abolla
a su gringa por hacerlo venado" muestran cómo el impacto emocional
y la descalificación podían ocupar el lugar de una discusión informada.
El paralelismo con las nuevas herramientas digitales puede plantearse así: antes se compraban portadas; hoy pueden fabricarse tendencias, interacciones o aparentes consensos. Antes el titular sensacionalista buscaba dominar la conversación desde el puesto de periódicos; hoy el contenido puede buscar lo mismo desde una pantalla.
La narrativa de los bots.
Marcelo Santos, profesor asociado de la Escuela de
Periodismo de la Universidad Diego Portales e investigador del
Centro de Investigación en Comunicación, Literatura y Observación Social, compara
una granja de bots con una instalación industrial en la que los teléfonos
dejan de ser herramientas personales para convertirse en piezas de una
maquinaria.
“A este tipo de
actividad la llamamos una actividad inauténtica, porque no hay usuarios reales
detrás. Son celulares con cuentas creadas sin una persona. Y que son
coordinadas, gestionadas,
en ese caso, por ejemplo, por
una persona o un equipo de una agencia de marketing”, precisó
en declaraciones para el medio chileno Bío Bío.
Cada aparato puede estar asociado a
cuentas diferentes y responder
a instrucciones previamente definidas: compartir, comentar,
marcar una publicación o impulsar una etiqueta. La diferencia
entre una cuenta automatizada y una granja está precisamente en
esa escala. Un bot puede ejecutar una acción. Una red coordinada
puede convertir esa acción en una supuesta escena multitudinaria.
El objetivo más importante no siempre
consiste en convencer
a quien lee. Está en modificar el escenario en el que esa persona
recibe la información. Las plataformas utilizan señales de interacción
para ordenar aquello que aparece ante sus usuarios.
Natalia Aruguete, investigadora especializada en polarización
política y redes sociales en América Latina,
describe el fenómeno como una alteración de las condiciones de la
conversación pública.
“Puede aumentar
artificialmente el volumen de determinados mensajes, repetir consignas, atacar
a determinados actores y, sobre todo, producir una apariencia de consenso o de
rechazo social”.
Ahí comienza el verdadero poder
político de estas redes.
Una tendencia digital no permanece necesariamente encerrada en la
pantalla.
“Puede convertirse
en noticia; los medios lo cubren, los dirigentes responden, los periodistas
preguntan por él, se incorpora a entrevistas y debates, y entonces regresa a
las plataformas con una legitimidad y una audiencia nuevas”, apuntó la
especialista para Chequeado.
En una campaña electoral, esa dinámica puede ser especialmente valiosa.
Una candidatura no necesita que todas las cuentas falsas convenzan
a miles de votantes. Le basta, en determinados casos, con
provocar suficiente movimiento para que personas reales entren en
la discusión. La maquinaria crea el ruido; los usuarios humanos terminan
propagándolo.
Y en América Latina, el fenómeno ya
encontró un
espacio dentro de las disputas electorales. Para Santos, uno de los indicios
más reveladores es la actividad imposible para un ser humano. Durante el
seguimiento de la ascensión política de Jair Bolsonaro en Brasil,
encontró un usuario que publicó 120 mensajes en cuarenta minutos.
El nombre de Fernando
Cerimedo aparece en ese mapa. El consultor argentino,
vinculado como posible estratega digital a campañas de figuras
como Javier Milei, Jair Bolsonaro, Rodrigo Paz y José Antonio Kast.
Tras su aprehensión en Bolivia, la Fiscalía informó del hallazgo
de una denominada “mini granja de bots” en un inmueble de La Paz.
El episodio adquirió relevancia porque el propio Cerimedo había
descrito anteriormente el manejo de miles de cuentas creadas artificialmente.
En declaraciones públicas sostuvo que podían utilizarse para monitorear
conversaciones, producir contenido y elevar la exposición de
determinados temas. También reconoció administrar trolls.
Pese a este panorama, cabe precisar que no todo bot forma parte de una campaña política. Las herramientas automatizadas tienen usos legítimos: pueden responder consultas de clientes, recopilar información, seguir precios, monitorear indicadores o ejecutar tareas repetitivas. El problema es cuando lo que se busca es distorsionar.
Los llamados trolls.
La diferencia entre ambos términos
resulta fundamental. El bot es automatización. El troll, en cambio, es una persona que interviene
deliberadamente para provocar, hostigar, confrontar o desviar una
conversación. Un troll puede utilizar una red automatizada
para multiplicar el alcance de sus mensajes, de modo que ambas
figuras pueden trabajar dentro de una misma operación.
“Del otro lado hay
una persona molestándonos, agrediendo, pero en el caso del bot hay un algoritmo
automático y eso le permite a quien lo controla manejar una gran cantidad de
cuentas”,
indica Emmanuel Larussi, ingeniero en Sistemas y doctor en Ciencias de la
Computación, para la estación AM750.
Por su parte, las Naciones Unidas también describen
a los trolls como individuos o grupos que pueden asumir
identidades falsas y utilizar redes sociales para enviar o suprimir
determinados mensajes, difundiendo información errónea o desinformación
y generando la apariencia de que una determinada narrativa es mayoritaria
o ampliamente aceptada.
Ante este panorama, la Unión
Europea utiliza
actualmente el concepto de Foreign Information Manipulation and
Interference (FIMI) para describir determinadas operaciones
intencionales y coordinadas destinadas a manipular el entorno
informativo y afectar procesos políticos.
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