sábado, 23 de enero de 2010

Volviendo sobre los Origenes de la Crisis Mundial: La globalización financiera.

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El predominio del sector financiero sobre la economía real se puso de manifiesto en las políticas económicas de los países desarrollados con el retorno a tasas de interés fuertemente positivas para reducir la inflación y atraer capitales. Pero la globalización financiera implicó, sobre todo, un cambio significativo en las reglas del juego permitiendo a los agentes económicos tomar o colocar su dinero sin límites, gracias al conjunto de instrumentos que les ofrecía el mercado, y facilitando las prácticas especulativas.
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Volviendo sobre los orígenes de la crisis mundial: la globalización financiera.

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Buenos Aires Económico.

El Argentino.com Enero 6 del 2010.

Mario Rapoport

La actual crisis financiera internacional está lejos de haber terminado. En los Estados Unidos hubo este año una quiebra bancaria cada día y medio y el fin de esa pesadilla no se ve tan cercano. Quizás por eso, para encontrar soluciones, sea bueno recordar sus orígenes, que son más remotos que la burbuja especulativa de las hipotecas subprime y están vinculados a las transformaciones que sufrió el sistema bancario en las últimas décadas.

Todo comienza en los años ’70 con el derrumbe del sistema monetario internacional (y el abandono de la relación dólar-oro), la caída de las tasas de rentabilidad, la inflación y la enorme oferta de fondos prestables que fueron impulsando el llamado proceso de globalización financiera, facilitado por la aplicación generalizada de la informática y el salto en la tecnología de las comunicaciones.

El predominio del sector financiero sobre la economía real se puso de manifiesto en las políticas económicas de los países desarrollados con el retorno a tasas de interés fuertemente positivas para reducir la inflación y atraer capitales. Pero la globalización financiera implicó, sobre todo, un cambio significativo en las reglas del juego permitiendo a los agentes económicos tomar o colocar su dinero sin límites, gracias al conjunto de instrumentos que les ofrecía el mercado, y facilitando las prácticas especulativas. En casi treinta años el sector financiero aumentó en todos sus indicadores mucho más que las actividades productivas. Las cifras son elocuentes al respecto: entre 1980 y el 2007 el stock de activos financieros globales creció en volumen 9 veces (4 veces más que la producción mundial).

A su vez, el número de fondos especulativos desde la década del ’90 a la actualidad saltó de 600 a 10.000. Este proceso presentó cuatro características que se dieron en forma casi simultánea en el tiempo: la desregulación del movimiento de capitales, la apertura irrestricta de los mercados, la desintermediación y la creación de nuevos productos financieros. La desregulación provino de la decisión, en forma paulatina, de las autoridades monetarias de los principales países industrializados a partir de 1973/74, de liberar los movimientos de capitales, aboliendo todo tipo de reglamentaciones al respecto. Pero la apertura de los mercados se produjo no sólo
traspasando las fronteras nacionales, sino haciendo posible también la completa movilidad de los activos monetarios o títulos entre las diferentes clases de negocios y mercados financieros.

La desintermediación implica permitir la participación directa en los mercados de nuevos operadores, como los inversores institucionales (fondos de pensión, hedge funds, etcétera), sin la intervención de los bancos. De ese modo las empresas pueden financiarse por una emisión de títulos antes de recurrir a créditos bancarios con mayores exigencias. Los bancos mismos propulsaron gran parte de estas actividades creando fondos de ese tipo, incorporando en sus negocios activos financieros más riesgosos y organizando numerosas operaciones internacionales de fusiones o adquisiciones. En cuanto a los nuevos instrumentos financieros tuvieron por objeto, en un principio, proteger a los inversores contra el riesgo de la inestabilidad ligado a las tasas de interés o de cambio, aunque en verdad potenciaron el accionar de los especuladores,
desde los Madoff a la gran banca internacional, y aumentaron la volatilidad de los mercados.

Es el caso de los productos derivados, que dan la posibilidad de comprar o vender un activo determinado (acción, divisa, materias primas, etcétera) en una fecha futura aunque a un precio actual. Así puede evitarse un alza brusca del precio del activo, aunque la operación resulta perjudicial si ese precio baja. Pero si un inversor quiere tener menos riesgos hay otro que los asume procurando disponer del activo comprado en la fecha indicada (si se diera el primer caso) a un precio de venta menor para beneficiarse con la diferencia. Esto introduce un fuerte componente especulativo.

Además, se agregan una serie de circunstancias no pre v i s t a s : desde el riesgo del crédito, si la contraparte no está dispuesta o en la medida de satisfacer las cláusulas del contrato; el riesgo de liquidez, si una transacción no puede hacerse al precio de mercado; y otros. Incluido también un riesgo sistémico si la magnitud de las operaciones es grande y sus propósitos fracasan. A pesar de ello, las operaciones en los mercados de derivados crecieron 7 veces entre 1998 y el 2007.

Todos los grandes actores de las finanzas, desde los mismos bancos comerciales y los bancos de inversión hasta los fondos propiamente especulativos (ligados en muchos casos a esas instituciones o a corporaciones empresariales), operan desde los años ’80 en esos mercados. Otros instrumentos, como la transformación de los créditos bancarios o hipotecarios, a través de la emisión de títulos (acciones, obligaciones), fueron decisivos para el estallido de la crisis del 2007/2008. Al mismo tiempo, la inversión financiera basada en las políticas de desregulación del sector se expandió mundialmente en las corporaciones internacionales.

La caída de la rentabilidad en las actividades productivas hizo que, junto al desarrollo de los nuevos mercados financieros, una parte significativa de las ganancias empresariales proviniera de sus colocaciones en ellos. En los Estados Unidos, por ejemplo, la participación de esas operatorias en los beneficios del conjunto de las empresas, incluidas las transnacionales, pasó del 10 al 40% entre 1948 y el 2007. De ese modo, se terminó conformando a través de los mercados financieros una verdadera “economía internacional de especulación”. Los valores negociados en esos mercados se fueron separando cada vez más del proceso productivo, generando burbujas especulativas en las que el valor de los títulos o acciones resulta ampliamente superior al valor económico de los activos que le sirven de base, sean empresas o hipotecas.

El endeudamiento de los países periféricos formó una parte esencial de ese negocio financiero, que aprovechó el libre desplazamiento de los capitales, los diferenciales entre las tasas de interés internas y externas, y los cambios en las tasas de interés internacionales. A su vez, con los capitales circulando libremente, los llamados “paraísos fiscales”, que gozan de regímenes impositivos muy bajos y el resguardo que brinda el secreto bancario, permitieron la fuga de capitales de otros países, la evasión impositiva, el lavado de dinero y la actividad de organizaciones criminales.

La falta de reglas y límites a la banca de inversión, facilitó el involucramiento directo o indirecto en esas operatorias de los grandes bancos nacionales o transnacionales, que promovieron esta evolución y aumentaron la inestabilidad “inherente” al sistema, según la definición de Minsky. Se entraba plenamente en la era de lo que Keynes denominaba una “economía de casino”. Los bancos de inversión se suprimieron, pero aún no es suficiente. Crear nuevos mecanismos de regulación de las finanzas mundiales constituye hoy un requisito indispensable para comenzar a ver el sol sobre los escombros de la crisis.
Economista e historiador. Investigador superior del Conicet
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