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“Desde la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, pasando por Javier Milei, José Antonio Kast o el
secretario general de la OTAN, Mark Rutte, avalan sus bombardeos a
Irán y justifican el genocidio de Israel al pueblo palestino. Y su primer
ministro, Benjamin Netanyahu, lo agasaja con carantoñas,
mientras el movimiento sionista lo financia. Ejerce el poder
como un tirano. Mientras, el pueblo estadunidense sufre sus
decisiones: inflación, empobrecimiento y represión. Sólo las empresas
armamentísticas y sus negocios obtienen beneficios.
“Mientras juega al golf,
remodela la Casa Blanca, decide invasiones, secuestros, torturas y
asesinatos. Bombardea Irán, con un coste diario de mil
millones de dólares para abastecer a su ejército, y cuando desespera,
emprende nuevas acciones. No busque comparaciones en el siglo XX.
A su lado, Hitler y Mussolini son hermanas de la caridad.
Sólo Calígula y Nerón le hacen sombra. Donald Trump se ha convertido
en el primer tirano trasnacional del siglo XXI. Como la frase pronunciada
por los condenados a muerte en el año 52 de nuestra era “¡Ave,
César, los que van a morir te saludan!” A lo cual el emperador
Claudio respondió ¿o no? Hoy podemos recrearla: “¡Ave,
Trump, tus crímenes no caerán en el olvido!
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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto Ap.
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DONALD TRUMP, ENTRE CALÍGULA Y NERÓN.
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La
Jornada Ciudad de México sábado 21 de marzo del 2026.
19 de marzo de 2026 00:03
Ni el nazi-fascismo con su Führer o la
Italia de Mussolini
se atrevieron a tanto. Sólo en la Roma imperial surgen personajes
cuyas conductas erráticas guardan semejanzas con Donald Trump. El primero,
Calígula. Gobernó entre los años 37 y
41 de nuestra era. Para coronarse emperador, asesinó a su primo Tiberio
Gemelo. Se anexionó Mauritania y acabó con la vida del rey
Ptolomeo, hijo de Cleopatra y Marco Antonio, quien, como Tiberio, era su
primo.
Calígula, ¿ Asesino y depravado, o víctima de la historia?
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Su ego no tuvo límites. Mandó construir bustos y estatuas
con su figura para adornar calles y templos. Sus apetitos sexuales
eran variados. Mujeres, hombres, niños y niñas, además de sus hermanas,
obligadas a prostituirse, entraban en su agenda (Jeffrey Epstein y
Donald Trump juntos). Durante su mandato, Roma sufrió una de sus peores
crisis económicas, acompañada de hambruna. Vació las arcas públicas,
pero no dejó de enriquecerse. Tuvo algún éxito militar, pero sus
derrotas lo acompañaron.
En Britania ordenó a su ejército recoger conchas marinas como
tributo al Monte Palatino. Y si hacemos caso a la leyenda negra,
le gustaba presenciar torturas y ejecuciones. Aunque no llegó a nombrar
cónsul a su caballo Incitatus, señaló que su equino
tenía más inteligencia que todos los senadores. En consonancia, le mandó
construir una cuadra en mármol, con túnicas, sedas y sirvientes en exclusiva
La historia no lo deja bien parado. Acabó asesinado.
No pasó mucho tiempo para que emergiese otro emperador
con ínfulas de dios. La sucesión de Claudio llevó al trono a un
singular sujeto: Claudio César Augusto Germánico, Nerón.
Como su primo, se convirtió en
tirano.
Gobernó del año 54 al 68 de nuestra
era. No rehuyó matar a sus opositores. Entre sus víctimas, Agripina, su madre,
y hermanastro, Tiberio Claudio César Británico.
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Le gustaba frecuentar prostíbulos y, como Calígula, disfrutaba
de hombres y mujeres. Sufría delirio de persecución. Asesinó a
generales, miembros de su guardia y senadores. Su ira se revertía
de odio. Tenía gustos exquisitos: le gustaban el juego, el circo,
componer canciones, tocar el arpa y recitar poemas. (En esos
años no disfrutaba del golf, como Trump en su campo de Miami).
Se consideraba un mecenas. Tenía la debilidad de mandar
crucificar a los condenados a muerte o bien que sufriesen
tormentos antes de ser devorados por perros. En guerra continua,
salvo un interregno, se declaró pacifista. Acabó desangrando
las arcas para financiar sus campañas militares, pero su fortuna
creció y creció. Con políticas de pan y circo, se ganó el apoyo
de una parte de sus conciudadanos.
Sobre el gran incendio de Roma, aunque todas las sospechas recaen
sobre su persona, culpó a los cristianos y comenzó su persecución.
Entre sus delirios de grandeza, fue a participar a las Olimpiadas. No
logró triunfar. Pero los griegos, para no causar un conflicto
internacional, le otorgaron corona de laureles. Una vez en Roma,
montó un desfile para que el pueblo la contemplase en señal de victoria.
Le encantaba la lisonja. Si alguien manifestaba desacuerdo,
terminaba mal. Así le fue a su tutor, Séneca, a quien acusó
de malversación de fondos en dos ocasiones y de mantener
relaciones sexuales con Agripina. Nerón acabó suicidándose a los 30
años.
¿Cuántos asesores, secretarios de
Estado han sido destituidos por Trump cuando han mostrado disconformidad
con sus políticas? Calígula
y Nerón expresan la personalidad de Donald Trump. Igual de melodramático,
el actual inquilino de la Casa Blanca sufre de megalomanía.
Amante de los excesos y complejo de superioridad, reviste su
poder con mansiones, torres que llevan su nombre o retretes de
oro.
Sus devaneos sexuales no tienen nada
que envidiar a Nerón y Calígula. Prostitutas, menores de edad, orgías y
drogas.
Busca el reconocimiento y ser
condecorado. Tiene mentalidad
de un niño de cinco años, dirá Guillermo Fesser, corresponsal español en Estados
Unidos.
Un día piensa en blanco, al siguiente en negro, luego
en gris y por último en verde. Sus acciones, declarando la guerra
al mundo, proyectan derrotas estratégicas en el medio y largo
plazos. Ningún objetivo alcanzado. Conmigo o sin ti es el mensaje.
La realidad no acompaña sus
declaraciones. Sus aliados
naturales son degradados a la condición de comparsas. Y sus detractores
reciben insultos, descalificaciones y los caricaturiza. Se rodea
de aduladores. El presidente de la FIFA, Gianni Infantino, se
inventa un premio de la paz para entregar, por primera vez,
a su amigo Trump, como desagravio al no obtener el Premio Nobel. Su
receptora, en audiencia pública en la Casa Blanca, le hace
entrega del recibido en Oslo. ¿No sea que se enfade?
Desde la presidenta de la Comisión
Europea, Ursula von der Leyen,
pasando por Javier Milei, José Antonio Kast o el secretario general de
la OTAN, Mark Rutte, avalan sus bombardeos a Irán y justifican el
genocidio de Israel al pueblo palestino. Y su primer ministro,
Benjamin Netanyahu, lo agasaja con carantoñas, mientras
el movimiento sionista lo financia.
Ejerce el poder como un tirano. Mientras, el pueblo estadunidense
sufre sus decisiones: inflación, empobrecimiento y represión.
Sólo las empresas armamentísticas y sus negocios obtienen
beneficios.
Mientras juega al golf, remodela la Casa Blanca, decide
invasiones, secuestros, torturas y asesinatos. Bombardea Irán,
con un coste diario de mil millones de dólares para abastecer a su
ejército, y cuando desespera, emprende nuevas acciones. No
busque comparaciones en el siglo XX. A su lado, Hitler y Mussolini
son hermanas de la caridad. Sólo Calígula y Nerón le hacen
sombra.
Donald Trump se ha convertido en el
primer tirano trasnacional del siglo XXI.
Como la frase pronunciada por los
condenados a muerte
en el año 52 de nuestra era “¡Ave, César, los que van a
morir te saludan!” A lo cual el emperador Claudio respondió ¿o
no? Hoy podemos recrearla: “¡Ave, Trump, tus crímenes no
caerán en el olvido!
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