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“Cuando termine esta guerra, si es que termina, y
comiencen las retrospectivas, los historiadores se preguntarán cómo
una nación que afirmaba tener como prioridad estratégica contener
a China terminó enfrascada en una guerra de desgaste
en Oriente Medio. La respuesta estará en los archivos: en los memorandos
de los think tanks financiados por Lockheed Martin, en
los correos electrónicos entre asesores y lobistas, en las actas de
las reuniones donde se decidió que la voz del pueblo, mayoritariamente
opuesta a la guerra, importaba menos que los intereses de una
minoría poderosa y bien organizada. No es una conspiración. Es un mecanismo
económico perfectamente documentado. Y mientras no se
aborde el problema estructural del dinero en la configuración de la
política de seguridad nacional, ningún presidente —sea Trump, Biden
o cualquier otro— podrá escapar de sus garras. La democracia
estadounidense en materia de política exterior ha sido secuestrada. Y los secuestradores,
como suele ocurrir, piden rescate en forma de misiles,
bombarderos y contratos millonarios. El rescate se paga con vidas
ajenas, en países lejanos, y con la seguridad futura de una nación
que olvidó cómo decidir la paz.
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Fuentes: El tábano economista [Imagen: "Los jugadores de Skat", de Otto Dix]
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¿QUIÉN CONTROLA LAS GUERRAS DE ESTADOS UNIDOS?
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Por Alejandro Marcó del
Pont | 23/03/2026 | Economía
Fuentes. Revista rebelión lunes 23 de
marzo del 2026.
Fuentes: El tábano economista
[Imagen: "Los jugadores de Skat", de Otto Dix]
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Cualquiera puede ir a Bagdad. Los
hombres de verdad van a Teherán (El Tábano Economista)
La frase, atribuida indistintamente
a Rambo o a Boogie el aceitoso, según el gusto del
lector, resume una
tentación que lleva décadas rondando los pasillos del poder en Washington.
Pero la cuestión real no es si Estados Unidos debe o no bombardear
Irán. La pregunta es quién decide que esa sea siquiera una
opción sobre la mesa cuando la mayoría de los ciudadanos se opone, cuando
los militares advierten de las consecuencias y cuando la propia
estrategia de defensa nacional dice que el verdadero enemigo está a
miles de kilómetros, en China.
La respuesta es incómoda, pero está documentada: la
política exterior estadounidense es el producto de una estrategia nacional
coherente como ya lo expusimos en el artículo Trump no improvisa,
pero el resultado es de una lucha feroz entre élites con visiones
del mundo radicalmente distintas y, sobre todo, con intereses
económicos muy concretos. No se trata de una conspiración con un
único cerebro, sino de un ecosistema opaco de intelectuales
neoconservadores, contratistas de defensa, lobbies extranjeros
y facciones internas de la Casa Blanca que compiten por controlar la
narrativa y, de paso, los presupuestos.
Históricos analizan que primero aparecen en Roma Calígula y Nerón. Siglo después insurgen en Alemania e Italia Hitler y Mussolini y en pleno siglo XXI Trump y Netanyahu. Comparaciones Políticas, son considerados como "grandes enemigos dels er humano y la Paz en el mundo. ¿ será cierto tales comparaciones?
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Lo que hace que el análisis sea
particularmente
confuso es que un conjunto paralelo de debates económicos y de negocios
se desarrolla casi independientemente de las consideraciones
estratégicas. Para entenderlo, hay que observar tres
corrientes de pensamiento que hoy se disputan el alma de la política
exterior estadounidense. Por un lado, están los asociados al movimiento
MAGA, que desean unos Estados Unidos más conservador y una
política exterior que sea extensión de las guerras culturales domésticas. El
vicepresidente JD Vance lo ha resumido con claridad: Estados
Unidos no debería «desperdiciar vidas siendo el policía del mundo».
Pero también existe un profundo escepticismo hacia las élites
washingtonianas, a las que consideran belicistas empedernidas.
Una segunda perspectiva, la de los autodenominados
«realistas», considera que la prioridad absoluta es el Indo-Pacífico.
China, no Irán, es el verdadero desafío existencial. Una guerra
en Oriente Medio sería un problema sin fin que desviaría recursos
cruciales de la contención de Pekín. Abogan por la contención de
Irán, no por su destrucción, y creen posible algún tipo de modus
vivendi que permita a Estados Unidos salir de la región. Su mentor
intelectual es Elbridge Colby, y sus propuestas suenan
a música celestial para oídos cansados de guerras interminables.
Finalmente, persiste el enfoque más
tradicional de la seguridad nacional estadounidense, los neoconservadores o,
ahora, Sion Con, el que percibe amenazas interrelacionadas con
China, Rusia, Irán y Corea del Norte. Esta visión del mundo, que los
críticos tachan de «neoconservadora», aboga por un alto
nivel de preparación militar y cooperación con aliados en tres
frentes simultáneos: el Indo-Pacífico, Europa y Oriente Medio. Para ellos, China
es ciertamente el principal adversario, como reconocía Marco Rubio
cuando aún era senador, pero eso no implica descuidar los demás
frentes.
El problema es que este debate
estratégico, ya de
por sí complejo, se desarrolla en paralelo a otro mucho más mundano: el
de los negocios. Y ahí las cosas cambian drásticamente.
El enfrentamiento entre estas élites no es puramente
intelectual. La «lógica fragmentada» que produce decisiones erráticas
y aparentemente contradictorias se debe en gran medida a los
potentísimos intereses económicos que financian a los centros de
pensamiento (think tanks), que generan la
cobertura intelectual para las guerras, que a su vez benefician a
las corporaciones que financiaron los think tanks. Es un ciclo
perfecto, autorreforzado y opaco.
El bloque halcón, heredero del
pensamiento neoconservador,
parte de una premisa simple: Estados Unidos debe mantener su
primacía global mediante una posición de fuerza militar indiscutible. Su
objetivo no es contener a Irán, sino buscar activamente el cambio
de régimen o, al menos, una degradación tal que le impida
proyectar poder en la región. Creen que Irán solo entiende
por la fuerza, que cualquier negociación es una concesión al mal y que la eliminación
de la amenaza iraní es innegociable, especialmente por la supervivencia
de Israel.
Este bando está liderado por figuras con larga trayectoria
intervencionista: Marco Rubio como secretario de Estado,
Mike Pompeo, John Bolton, Mike Waltz, este último embajador ante la
ONU y John Ratcliffe al frente de la CIA. En el Congreso
cuentan con senadores como Lindsey Graham y Tom Cotton. Y su brazo
intelectual son think tanks perfectamente
identificados: la Foundation for Defense of Democracies (FDD), el
American Enterprise Institute (AEI), el Jewish Institute for National
Security of America (JINSA), el Hudson Institute y el Washington
Institute for Near East Policy.
Son instituciones respetables, con expertos brillantes
y publicaciones influyentes. Pero también son instituciones
financiadas de manera muy particular. Y ahí es donde
conviene detenerse, porque el corazón del control reside en el dinero.
Según una investigación reciente del
Quincy Institute
publicada por Responsible
Statecraft, los think tanks más belicistas reciben
millones directamente de quienes fabrican las municiones que se están
usando ahora mismo en Irán. El Hudson
Institute ha cobrado más de cuatro millones de dólares desde 2019
de Lockheed Martin, Northrop Grumman, General Atomics y RTX. Northrop
fabrica los bombarderos furtivos B-2, valorados en 2.000
millones de dólares cada uno, que están atacando Irán. Lockheed
fabrica los aviones de combate y el sistema de radar THAAD,
valorado en 300 millones, que Irán destruyó recientemente. General
Atomics produce los drones MQ-9 Reaper. RTX fabrica el misil Tomahawk
que, según los informes, mató a 168 niñas en una escuela primaria
de Minab.
El Atlantic Council, que acepta más financiación de
la industria armamentística que ningún otro think
tank, publicó el año pasado un informe recomendando que Estados
Unidos adquiriera más misiles THAAD y SM-3 para hacer frente a
amenazas como Irán. Los fabricantes de esos misiles, RTX y
Lockheed Martin, habían donado al Atlantic Council 850.000 y 700.000
dólares, respectivamente, desde 2019. Ambos sistemas se están
utilizando intensamente en la campaña actual.
El
Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), cuyo presidente, el
general retirado Jack Keane, ha
pedido abiertamente «borrar a Irán del mapa» en Fox News, aparece
financiado por General Dynamics y CACI International Inc, aunque
recientemente eliminó los nombres de ambos donantes de su sitio web. Cuando
se les preguntó, respondieron que no comparten información sobre sus donantes
más allá de lo exigido por ley.
Pero quizás lo más revelador es el
fenómeno de los «dark
money think tanks». Alrededor del 40% de los principales centros de
análisis estadounidenses no revelan la identidad de sus donantes. La Fundación para la Defensa de las Democracias
(FDD), fundada originalmente para «mejorar la imagen de Israel en
Norteamérica», fue crucial para presionar a Trump a retirarse
del acuerdo nuclear con Irán en 2018. Históricamente, FDD
recibió millones de Bernard Marcus, Paul Singer y Miriam Adelson,
megadonantes pro-Israel que, en el caso de Adelson, llegó a donar
100 millones a la campaña de Trump.
El
Instituto Judío para la Seguridad Nacional de Estados Unidos (JINSA) es otro de estos grupos de
dinero opaco. Entre sus miembros se cuentan el exasesor de Seguridad
Nacional de Benjamin Netanyahu, el excomandante de la Fuerza Aérea
israelí y Elliott Abrams, exasesor de Trump para Irán,
además de más de una docena de generales y almirantes estadounidenses
retirados. Cuando comenzó la operación militar, JINSA publicó una carta
abierta firmada por 75 generales retirados apoyando la guerra.
Y luego están los gobiernos
extranjeros. El Atlantic
Council ha recibido 20,8 millones de dólares desde 2019,
principalmente de Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita. El Washington Institute for Near
East Policy, fundado como una escisión del lobby pro-israelí
AIPAC, obtiene alrededor del 95% de su financiación de contribuciones
privadas, dinero oscuro y donantes pro-seguridad de Israel.
Para quien quiera profundizar, existe una herramienta pionera: el Rastreador de Financiación de Think Tanks del Quincy Institute, que rastrea la financiación recibida de gobiernos extranjeros, el gobierno estadounidense y contratistas del Pentágono para los 50 think tanks más importantes del país durante los últimos cinco años. Los datos son abrumadores.
¿Expresan todos los Halcones, China, es el verdadero enemigo?
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Frente a esta maquinaria, el bloque
realista parece casi amateur.
El Quincy Institute, Defense Priorities, el Cato Institute, y en menor medida
Brookings y CNAS, abogan por una política exterior más sobria,
centrada en China y escéptica de las aventuras militares
en Oriente Medio. Pero su financiación es ínfima comparada con la de
los halcones. No fabrican misiles, no
tienen gobiernos extranjeros que quieran influir en la narrativa, no
cuentan con multimillonarios dispuestos a gastar fortunas en promover el cambio
de régimen en Teherán.
La consecuencia de todo esto es una
política exterior esquizofrénica. La Estrategia de Defensa Nacional publicada en enero afirma que
la prioridad es China. Pero la administración se encuentra
inmersa en una guerra de desgaste en Oriente Medio. El
enviado especial Steve Witkoff, que representa el ala pragmática,
ha hecho declaraciones sorprendentemente belicosas
en los últimos días. «Tienen uranio enriquecido al 60%, suficiente
para once bombas», dijo a los periodistas.
Mientras tanto, en el Congreso, se suceden las votaciones sobre
resoluciones de poderes de guerra que intentan, sin éxito, recuperar
la autoridad constitucional para declarar la guerra que el legislativo
lleva décadas cediendo al ejecutivo. Esta misma semana, el Senado
derrotó una medida para detener la acción militar por 47 votos a favor y
53 en contra, en una votación eminentemente partidista. La Cámara
se prepara para votar otra similar, pero incluso si prosperara, enfrentaría
un veto presidencial casi seguro.
El resultado es un presidente que
actúa como comandante en jefe con una libertad que los fundadores de
esta nación jamás imaginaron. Y unos think tanks que,
financiados por quienes se benefician de las guerras, proporcionan la
cobertura intelectual para que eso sea posible.
Cuando comenzó la operación militar,
las acciones de RTX, Northrop Grumman y Lockheed Martin se dispararon. La
guerra, para ellos, había comenzado excelentemente bien.
Cuando termine esta guerra, si es que termina, y comiencen
las retrospectivas, los historiadores se preguntarán cómo una nación que
afirmaba tener como prioridad estratégica contener a China
terminó enfrascada en una guerra de desgaste en Oriente Medio.
La respuesta estará en los archivos: en los memorandos de
los think tanks financiados por Lockheed Martin, en
los correos electrónicos entre asesores y lobistas, en las actas de
las reuniones donde se decidió que la voz del pueblo, mayoritariamente
opuesta a la guerra, importaba menos que los intereses de una
minoría poderosa y bien organizada.
No es una conspiración. Es un mecanismo económico perfectamente
documentado. Y mientras no se aborde el problema
estructural del dinero en la configuración de la política de seguridad
nacional, ningún presidente —sea Trump, Biden o cualquier otro— podrá
escapar de sus garras.
La democracia estadounidense en
materia de política exterior ha sido secuestrada. Y los secuestradores, como
suele ocurrir, piden rescate en forma de misiles, bombarderos y
contratos millonarios. El rescate se paga con vidas ajenas,
en países lejanos, y con la seguridad futura de una nación que olvidó cómo
decidir la paz.
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