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“La desigualdad resulta todavía más evidente cuando se observan conjuntamente
educación y trabajo. Uno de cada cinco jóvenes no estudia ni trabaja, pero esta
situación alcanza al 34,2 por ciento de los jóvenes del estrato muy bajo frente
al 8,3 por ciento del medio alto. A su vez, la posibilidad de dedicarse
exclusivamente a estudiar cae del 41,2 al 15,6 por ciento entre ambos extremos
sociales. La combinación de menores oportunidades educativas y laborales
termina reproduciendo las desigualdades de origen y estrechando las
posibilidades de movilidad social. Para los jóvenes de los sectores más
vulnerables, las dificultades para estudiar y acceder a un empleo estable no
son problemas aislados, sino obstáculos que se acumulan y condicionan sus
perspectivas de futuro.
“El estudio incorpora
también la “herencia social” como
factor determinante de las trayectorias juveniles. Entre los sectores más
desfavorecidos, la situación laboral del principal sostén del hogar incide en
las posibilidades de estudiar, aunque incluso un empleo protegido no
alcanza para revertir las desventajas de un origen socioeconómico bajo: el
malestar psicológico, el no tener amigos y situaciones de violencia de género
son más comunes en estratos bajos y reproducen la fractura social.
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Un 22,5% de los jóvenes se desempeña en empleos irregulares Leandro Teysseire.
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ARGENTINA. SIETE DE CADA DIEZ JÓVENES ESTÁN FUERA DEL EMPLEO FORMAL.
La crisis laboral en menores de 25.
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Un estudio de la UCA revela la
profundidad del deterioro sociolaboral de los trabajadores de 18 a 25 años.
Por Mara Padrazzoli.
Fuente. Página/12- viernes 28 de agosto del 2019.
Los jóvenes encuentran cada vez menos
oportunidades de empleo formal. Un informe del Observatorio de la Deuda Social
Argentina (ODSA) de la UCA reveló que casi 7 de cada 10 jóvenes de entre 18 y
25 años están inactivos, desocupados o tienen empleos informales. Solo el 14,2
por ciento accede a un trabajo formal.
En un mercado de trabajo cada vez más
precarizado, para los jóvenes el acceso a un empleo estable y la posibilidad de
construir un proyecto de progreso económico aparecen cada vez más lejos. El
último informe del ODSA detalla que un 36,6 por ciento de los jóvenes permanece
inactivo, es decir, ya sea por elección o desaliento no participa del mercado
laboral ya sea trabajando o buscando empleo. Mientras que un 22,5 por ciento se
desempeña en empleos irregulares, como changas o trabajos temporarios, una modalidad
de tipo “refugio” antes las condiciones adversas para insertarse en el sector
laboral formal.
A este universo de jóvenes
precarizados se suma un 10,7 por ciento que lleva más de seis meses sin empleo,
configurando un escenario de exclusión laboral persistente.
La capacidad del mercado laboral para
crear nuevas fuentes de empleo está condicionada por el magro desempeño de los
sectores económicos intensivos en mano de obra: típicamente la industria, la
construcción y el comercio.
Se trata de ramas estrechamente
vinculadas al consumo interno, que se resiente por la pérdida de poder
adquisitivo y por la política oficial de contención de las paritarias. La
retracción de las ventas limita el dinamismo de estos sectores y reduce su capacidad
para generar empleo.
Según el estudio de la UCA, apenas un
30,2 por ciento de los jóvenes logra insertarse en trabajos regulares, pero
dentro de ese grupo un 16 por ciento lo hace en condiciones precarias y sólo el
14,2 por ciento tiene un empleo formal pleno.
La formalidad laboral aparece como una
posibilidad cada vez más acotada para una generación cuya inserción en el
mercado laboral está marcada por la precariedad y la inestabilidad. El mercado
laboral deja de funcionar como una vía de progreso y se convierte, para buena
parte de los jóvenes, en un espacio de fragilidad difícil de superar.
La situación laboral de los jóvenes se
deteriora a medida que se desciende en la escala social. Mientras el empleo
regular alcanza al 38,9 por ciento de los jóvenes del estrato medio alto, la
proporción se reduce a apenas 19,7 por ciento entre quienes pertenecen al
estrato muy bajo.
En sentido inverso, el empleo
irregular o el desempleo reciente trepan del 11,6 al 30,6 por ciento, mientras
que el desempleo de larga duración pasa del 5,2 al 14,9 por ciento. Los datos
muestran que el origen socioeconómico condiciona fuertemente las posibilidades
de acceder a un empleo estable y de calidad.
El estudio amplía el debate habitual sobre jóvenes al mostrar que la exclusión constituye un proceso multidimensional y acumulativo. Las desventajas educativas se superponen con empleos más precarios, menores posibilidades de continuar estudiando, responsabilidades familiares más tempranas y mayores vulnerabilidades psicosociales.
Las brechas educativas son
contundentes: mientras el 69 por ciento de los jóvenes del estrato medio alto
inició o completó estudios superiores, el 64,7 por ciento del estrato muy bajo
no terminó la escolaridad obligatoria.
La desigualdad resulta todavía más
evidente cuando se observan conjuntamente educación y trabajo. Uno de cada
cinco jóvenes no estudia ni trabaja, pero esta situación alcanza al 34,2 por
ciento de los jóvenes del estrato muy bajo frente al 8,3 por ciento del medio
alto. A su vez, la posibilidad de dedicarse exclusivamente a estudiar cae del
41,2 al 15,6 por ciento entre ambos extremos sociales.
La combinación de menores
oportunidades educativas y laborales termina reproduciendo las desigualdades de
origen y estrechando las posibilidades de movilidad social. Para los jóvenes de
los sectores más vulnerables, las dificultades para estudiar y acceder a un
empleo estable no son problemas aislados, sino obstáculos que se acumulan y
condicionan sus perspectivas de futuro.
El estudio incorpora también la
“herencia social” como factor determinante de las trayectorias juveniles. Entre
los sectores más desfavorecidos, la situación laboral del principal sostén del
hogar incide en las posibilidades de estudiar, aunque incluso un empleo
protegido no alcanza para revertir las desventajas de un origen socioeconómico
bajo: el malestar psicológico, el no tener amigos y situaciones de violencia de
género son más comunes en estratos bajos y reproducen la fractura social.
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